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Can’t wait to fall again [Priv. Jun'ichi Hōjō]

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Mensaje por Ieilael el Lun Ago 03, 2020 5:45 pm

Había llegado el día, en efecto. Diría que despertó ilusionado como un niño aquella mañana y, sin embargo, sería mentira. ¿Qué por qué? No por no estar emocionado, eso desde luego; tan solo… Bueno, que Ieilael no acostumbraba a dormir y esta no sería una de esas raras y extrañas excepciones. De esta manera, entretenido con sus cosas como estaba, cuando escuchó la alarma sonar, no tardó en dejarlo todo y vestirse con lo primero que encontrase; total, una vez en el trabajo tendría que cambiarse igualmente y, con un poco de suerte, le dejarían quedarse algo de lo que se tuviera que probar para la sesión. Sí, así es; tampoco era un día libre. Entonces, ¿de dónde venía la ilusión que irradiaba el ángel? De lo que vendría una vez finalizada la jornada, evidentemente.

¿Y qué se supone que era eso tan especial? ¡Una salida! ¡Un paseo! ¡Un encuentro! ¡Un…! ¡Una…! Lo que sea; el nombre es lo de menos. El caso es que al fin había llegado el día en el que se reuniría con ese joven dragón para, bueno, dar una vuelta por un mercado callejero que el chico había mencionado aquella vez en el bosque cuando buscaban al árbol que resultó no ser un árbol sino una persona y… Me voy por las ramas. A lo que iba, que, ya de paso, eso les serviría también para que Ieilael pudiese probar un poquito de lo que el mundo tenía que ofrecerle y ampliar ese excesivamente reducido y escaso repertorio de sabores conocidos que poseía. Porque, de nuevo, al igual que no tenía necesidad de dormir, tampoco la tenía de alimentarse.

Todavía quedaba rato hasta poder materializar sus planes, no obstante, el resplandor en su rostro era obvio; estaba contento, feliz. Si es que solo había que verle la cara para darse cuenta. Y vaya que si sus compañeros de trabajo se percataron de ello… Es cierto que el ángel tenía una personalidad alegre y extrovertida, pero no dejaba de ser alguien tranquilo y, verle con tanta energía… Llamaba la atención, solo eso. ¿Que si le preguntaron al respecto? Por supuesto, ¿a quién no le gusta un buen chisme? ¿Su respuesta? Que había quedado con amigo. Lo que pudiera o no pensar el resto… Le daba bastante igual; solo eran un par de amigos que iban a divertirse, eso es todo.

Una vez hubo terminado, esperó paciente en la recepción, con el teléfono a mano por si acaso se le complicaba la cosa al muchacho para llegar hasta allí a recogerle como habían acordado.
– ¡Jun! – exclamó al verle, acercándose a él. – ¿Qué tal? ¿Cómo estás? ¿Te ha costado encontrar este sitio? ¿Estaban claras las direcciones? Una vez vi que había una opción para mandarlas directamente, pero no sé cuál es. ¿Debería aprenderla? creo que así sería más fácil que… – Fue en ese instante que cerró la boca, dándose cuenta de la cantidad de palabras que había soltado de un momento a otro. – Eh… P-Perdón. – se disculpó, agachando un poco la cabeza y riendo con un cierto nerviosismo, algo avergonzado. – ¿V-Vamos? – propuso. Y, por una fracción de segundo, muy tentado estuvo de tomarle de la mano; sin embargo, terminó por resistir y quedarse con las ganas, optando, tan solo, por seguirle de cerca.
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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Mar Ago 04, 2020 9:57 am

Para variar, y como ya era típico en esa casa, cuando el dragón despertó estaba solo. No había ni rastro de esa mujer que era su ama entre otras muchas cosas. Cada vez la sentía más lejos, y era irónico, ¿no? Vivían bajo el mismo techo, pero en realidad apenas se veían. Ella parecía estar muy ocupada con su trabajo, porque cuando no se hacía cargo del mercado, debía mantener esa imagen de cantante que tenía. ¿El dragón? Solo salió de la cama resignado. Otro día más que e iría sin haberla visto siquiera. Se dirigió al baño, se dio una ducha rápida y se vistió con un conjunto que ella le regaló.

Bueno, centrándose en otras cosas menos deprimentes; hoy saldría de casa y no para trabajar. No quería saber nada del mercado. La última vez que tuvo un supuesto día para sí mismo, terminó batallando con un dragón y... Cómo decirlo... Los dragones hacen mucho más daño de lo que parecen. ¿El escándalo que crearon en el campo de girasoles? Pues un cuarto quemado, otro congelado y el resto prácticamente arrasado cuando la batalla comenzó en tierra firme. Vaya, que quien fuese el loco que quisiera comprar a esa criatura ya podía estar preparado para ello. ¿El resultado? Varias heridas a lo largo y ancho del cuerpo masculino.

Pero todo sería diferente ese día, en definitiva. Nada de irse como lo hizo. Nada de atender otros asuntos que no fuese, simple y llanamente, estar con su amigo y enseñarle las deliciosas especialidades del mercado de pulgas. Había un montón de variedad, y esperaba que al ángel le gustase todo aquello. Así pues, y como el dinero no era un problema para él siendo la mascota de quien era, tomó un taxi y fue hasta el lugar de trabajo del susodicho. No tardó mucho en llegar, pagando por el trayecto, bajando del auto y buscando con la heterócroma mirada a... Espera. —¿Ah? —giró sobre sí mismo divisándolo y acercándose—. Hola —saludo de manera simple, alzando una ceja por la repentina ola de preguntas. Qué digo ola, eso era más bien un tsunami—. Ah... Has preguntado mucho —reconoció.

Comenzó a caminar antes de decidirse por responder sus preguntas, guiándole en dirección al mercado de pulgas. —Estoy bien —asintió de manera leve. No era mentira al fin y al cabo. En esos momentos estaba bien; un poco deprimido tal vez y con un par de heridas que debían terminar de sanar, pero por lo demás todo bien—. ¿Qué tal tu día? ¿Mucho trabajo? Te ves bastante emocionado —comentó, haciendo una pequeña pausa—. Y no, no me ha costado llegar. Creo que al taxista tampoco —ahí es cuando debería haber reído o sonreído, pero no. Recordemos que eso de expresarse no iba mucho con él. Hacía lo que podía dentro de su habitual neutralidad.


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Mensaje por Ieilael el Mar Ago 04, 2020 5:00 pm

Había preguntado mucho de golpe, lo sabía, era consciente de ello. No había podido evitarlo; una vez empezó, cogió carrerilla y… Bueno, que cuando quiso darse cuenta, esa cantidad ingente de palabras ya había salido de su boca. Culparía a todo de la emoción, por supuesto. Y aun así, algo avergonzado, si bien ya se había disculpado por ello, desvió la mirada hacia ningún punto en concreto, alzando una mano y colocándola tras su nuca, rascando un poco con un ligero nerviosismo. – Lo siento, lo siento. No… N-No era mi intención. – Sí, pidió perdón de nuevo; lo haría las veces que hiciera falta, de hecho. Porque sería muchas cosas, pero el ángel no era un tipo orgulloso ni muchísimo menos. Todo, claro está, riendo un poco.

En fin, que pasado este momento, pronto emprendió la marcha siguiendo al dragón de cerca, caminando a su lado, en silencio y mirándole con una amplia sonrisa, como si nada hubiera sucedido.
– Me alegra oír eso. – asintió, curvando todavía más sus labios en un agradable gesto, feliz y contento; sincero, en cualquier caso. Ahora bien, de haber sabido sobre esas heridas a medio curar, aun si fueran pocas, leves, simples rasguños sin importancia o… Daba igual lo que fueran, de haber tenido conocimiento al respecto, hubiera dejado esa expresión y actitud despreocupada a un lado para adoptar un semblante algo más serio. Teniendo la posibilidad de sanarlo todo de inmediato, ¿cómo no se pararía a curarle? Pues eso. No obstante, por suerte o por desgracia, Ieilael adivino no era; no tenía forma de saber nada de esto si no salía de la propia boca del que consideraba amigo.

– Bien, bien. Tenemos un acuerdo con una marca nueva y… – Cerró la boca; no podía ir dando esos datos por ahí. Temas de contratos, confidencialidad y tal; nada personal. – Ah… Bueno, andamos preparando la temporada de otoño. En unos meses podrás verlo todo. – rio, afable y simpático, como siempre, tratando de contener esos deseos de soltar en primicia aquello en lo que andaban trabajando. Sin embargo, no, no podía. De nuevo, tendría que quedarse con las ganas. – Y… Eh… ¿T-Tú crees? – preguntó, respecto a esa supuesta emoción que, si bien era más que evidente, el ángel prefería pasar por alto y fingir que no se estaba comportando fuera de lo normal. – Llevan diciéndome lo mismo toda la mañana pero… Desde que hablaste de ese mercado… Supongo que tenía ganas de ir. Solo eso. – explicó. Y lo cierto es que perfectamente hubiera podido preguntar la dirección y aventurarse a ir solo, no obstante… ¿A quién vamos a engañar? ¿Que no era infinitamente mejor en compañía?

– ¿Taxista? ¿Has venido en…? – Parpadeó un par de veces; no confuso pero, por algún motivo, sí sorprendido. Así, sin pensárselo dos veces, llevó una de sus manos hasta el bolsillo en el que guardaba la cartera, sacándola y fijando la vista en el joven, decidido. – ¿Cuánto ha sido? – inquirió, más que dispuesto a hacerse cargo de todos los gastos que pudieran tener ese día. Por favor, que se había gastado nueve mil quinientas libras en una guitarra por puro capricho; el dinero no era problema. – Espero que sepas que invito yo. – aclaró. Y no, no iba a aceptar lo contrario; ya se lo dijo la vez anterior: era un ángel testarudo. Si él se tomaba las molestias de llevarle hasta allí y enseñarle todo aquello, ¿qué menos, no?

Pues yo también dejo una imagen. Que no se le ve entero pero me da iwá (?)
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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Miér Ago 05, 2020 10:17 am

Por un instante dirigió su mirada al contrario, negando ligeramente. Tal vez debería empezar a expresarse más y mejor, de lo contrario, volvería a provocar situaciones similares y no quería eso. No le había molestado lo más mínimo la efusividad ajena, solo fue un simple comentario y, por ello, tampoco esperaba que se fuese a disculpar. No había nada que disculpar en primer lugar. —Solo era un comentario —habló en un tono, tal vez, algo bajo. Por eso mismo, porque sabía que por su culpa, por no exteriorizar tanto como el resto podría crear confusiones. Que su rostro no cambiase de la neutralidad no significaba que le desagradase la emoción del contrario.

En fin, ya estaba hecho. Tal vez también se debiese a tener la mente un poco en otra parte. Porque sí, andaba un tanto molesto por ser incapaz de ver a su ama aún viviendo en la misma casa. Ahora que se habían reencontrado, de nuevo, le privaban de poder estar con ella tanto como le gustaría. ¿No era motivo suficiente para estar algo distraído y en su propio mundo? Bueno, quizás no lo fuese para todo el mundo, pero así lo era para el dragón.

Suena interesante —comentó haciendo una pequeña pausa—. Me alegra que todo vaya bien —agregó con una voz algo más calmada y alta, recuperando la normalidad de siempre e intentando no pensar demasiado en lo que no debía. Lo importante era el presente. Ya solucionaría el resto más adelante, si es que podía hablar con ella en algún momento, claro—. Espero que no hayas acabado muy cansado. Te espera un largo día de comer y caminar sin parar —exageró un poco, pero ese era el plan inicial; enseñarle las delicias mundanas de un mercado callejero y, como es de suponer, no son pocas. ¿Y a lo siguiente? Asintió más que convencido—. Realmente. Te ves como un niño pequeño el día de Navidad —y no es como él supiese del tema por haberlo vivido en sus carnes, pero con tantos años había podido ver a las familias reunirse para cenar y a los niños jugar con sus juguetes nuevos. Así veía al ángel en esos momentos.

Ladeó un poco la cabeza con cierta inocencia por esa cuestión, al menos, así fue hasta que vio lo que trataba de hacer. —No te voy a decir eso —negó con firmeza. En realidad no estaba seguro de decir que lo había pagado él mismo. Como tal no trabajaba, y por tanto, un sueldo no tenía por lo que, en teoría, el dinero era de su ama así que... Ella era quién había pagado el taxi y, como es de suponer, es la que le paga todo; incluso los caprichos que a ella se le antoja comprarle. En fin, que podría decirse que era el niño mimado de la jefa. Ojo, que no le importaba lo más mínimo. Él no iba pidiendo que le comprasen cosas; las cosas llegaban a él cuando menos se lo esperaba. ¿Malcriarlo? Tal vez es lo que estaban haciendo con el dragón—. ¿Por qué? —cuestionó—. Solo son un par de monedas, tampoco es nada grave. Puedo pagarlo —dijo, porque de primeras se negaba a aceptar cosas de nadie y mucho menos aún de un amigo. De ella era otra historia, ¿pero del ángel? No lo haría tan fácilmente.
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Mensaje por Ieilael el Jue Ago 06, 2020 4:47 pm

Solo un comentario. Lo sabía, no era algo que hubiese dudado y, aun así, había sentido esa necesidad de disculparse por aquella oleada de preguntas que le había lanzado en cuestión de segundos, una detrás de otra. La emoción del momento, quién sabe. – Oh. Sí, sí. Claro, un comentario. Está bien. Lo sien… – Y calló de inmediato. – Ah… – Ya iba a disculparse otra vez. ¿No podía, por favor, centrarse un poquito? Que no pasaba nada, no había por qué pedir perdón, y ahí que iba a hacerlo otra vez; a disculparse por haberse disculpado. Nervioso y, en parte también algo avergonzado, rio un poco. ¿A qué se suponía que venía todo esto? Si no había ningún problema, estaban los dos solos de camino al mercado, tranquilos y charlando como dos amigos… No lo entendía. Él no solía comportarse así, entonces, ¿por qué…? No, no, no. Mejor no darle vueltas; no era importante. Cambio de tema. Tenía que cambiar de tema. – Y… Eh… ¿Q-Queda muy lejos de aquí ese sitio?

Por suerte para todos, pero sobre todo para el ángel, la conversación continuó fluyendo con naturalidad, pudiendo olvidarse fácilmente de esa especie de metedura de pata que había tenido al principio. – Lo es, lo es. Si supieras la de cosas que están preparando… Me gustaría contártelo pero parece que no puedo decir nada así que… ¡Que sea sorpresa! – De nuevo, nada personal; tan solo el contrato que tenía firmado, que le impedía desvelar nada antes de tiempo. Y en fin, que tras esa breve exclamación, evidentemente ilusionado, le dedicó una sonrisa tan amplia como deslumbrante. Si es que daba igual lo que se empeñase en decir que actuaba con normalidad, se notaba a kilómetros que estaba entusiasmado.

– Estoy perfectamente, no te preocupes. Además, si me canso de caminar siempre puedo echar a volar, ¿no? – bromeo, riendo un poco por su propia ocurrencia. Que, en realidad, todo había que decirlo, dudaba que fuera a cansarse de ninguna manera; al fin y al cabo, era un plan bastante tranquilito y, por una vez, normal. – ¿E-En serio? Ah… P-Pues no sé… No me… No me noto raro. – Mentira. Sabía perfectamente que no era así como solía comportarse; sencillamente, prefería aparentar lo contrario. O bueno, intentarlo, porque muy bien no le estaba saliendo. Cambio de tema. Mejor cambiar de tema otra vez, sí, sí. – ¿Hay algo que quieras por Navidad? – cuestionó, inocente de él, sin saber la cantidad de meses que quedaban hasta que dicha fecha llegase. Aunque, no nos engañemos, si lo hubiese sabido, hubiese dado igual; no terminaba de comprender cómo funcionaba eso del tiempo. Y, no, por si las dudas, no le importaría comprarle algo de regalo si él quería.

– ¿Ah? – Centró la mirada de inmediato en el dragón, alzando los párpados en señal de sorpresa. – ¿Por qué no? – No, tampoco lo entendía. ¿Que no era lógico que quisiera encargarse él de los gastos cuando era el otro el que, básicamente, le guiaba y le mostraría todas esas maravillas que el mundo terrestre tenía que ofrecer? – Porque me estás llevando y me vas a enseñar todas esas cosas que come la gente por aquí abajo. – Y sí, abajo. En comparación del cielo, la Tierra era “abajo”. De cualquier manera, incluso si optaba por negarse a su invitación, siempre tenía la opción de acercarse primero al puesto del que fueran a comprar algo y adelantarse a pagar. Estaba decidido a invitarle y, vaya, que era un angelito testarudo.
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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Sáb Ago 08, 2020 10:12 am

Sus ojos se centraron en el contrario, atendiendo a sus palabras y cuestionándose algo. Con intenciones de saciar sus dudas, se aventuró a preguntar directamente. —Ieilael —lo llamó en primer lugar para captar su atención—. ¿Estás nervioso? —cuestionó sin rodeos. Era algo que se había estado preguntado los pocos minutos que llevaban juntos. Que apenas habían intercambiado cuatro palabras, pero había algo allí que le hacía al dragón pensar de ese modo—. ¿Recuerdas a los gatos de aquella vez? —el último encuentro para ser más exactos, tampoco había pasado tanto tiempo—. Puedo olerlo —dijo sin contexto aparente—. No hay motivos para estar nervioso, ¿cierto? ¿Por qué no te relajas? ¿Tan emocionado estás? —agregó, ladeando con ligereza el rostro. ¿Había sido muy directo? Seguramente, pero quería saciarse.

Obvio que no se había olvidado de esa cuestión, aunque lo vio como un extraño cambio de tema pero no le dio mucha importancia. —No queda muy lejos, a unos... ¿Diez minutos más o menos? —y sí, lo preguntó porque no estaba seguro. Diez o quince; la cosa es que no estaba a mucha distancia y dando un paseo se llegaba fácilmente. El dragón, aún habiendo entendido lo que el contrario quiso decir, la verdad es que desconocía por completo los temas relacionados con contratos de empresas o el simple funcionamiento de un empleado promedio. Nunca había trabajado de ese modo; todo era diferente antes, solo eso. Cuando los tiempos cambiaron él solo vivía viajando sin rumbo fijo, sin necesidad de trabajar para sobrevivir pues, al fin y al cabo, no era un cachorrito indefenso—. Ah... Que sea sorpresa en ese caso —asintió sin más. Tampoco tenía mucha importancia, ¿cierto? Mientras que su amigo estuviese bien y no tuviese dificultades en el trabajo.

Podrías —le dio la razón en eso de volar—, pero mejor pararse a descansar —comentó, haciendo una pausa para explicarse—. Vamos a un sitio bastante transcurrido así que no suena como buena idea eso de abrir las alas, ¿no te parece? Podemos sentarnos en un banco o algo —a las muy malas, porque dudaba que fuesen a cansarse con facilidad. Aunque bueno, para comer estar sentados también parecía un buen plan; mejor que estar caminando y esquivando gente. Bueno, ya se vería. Depende de cuánto comiesen—. ¿Ah? —sacudió la cabeza en un claro gesto de confusión. ¿Y ese repentino cambio de tema? Vaya, había sido más impactante que el anterior, eso desde luego—. ¿Por Navidad? —se quedó pensativo por un rato. Era una buena pregunta, pero por más que se esforzase en encontrar algo, no había nada en particular que quisiese—. La verdad es que no. Nunca he celebrado la Navidad de todos modos. ¿No son fiestas para estar con la familia? —indagó con curiosidad y cierto desconocimiento, siendo lo que él había visto y no por experiencia propia—. Hasta hace poco no tenía ni familia —y no sabía si su ama era de las que celebraba esas cosas, o siquiera si estarían juntos en esas fechas.

Negó, simplemente. No le diría lo que le había costado el taxi. Era extraño que alguien le comprase cosas o que pagase por el. Eso es todo. La falta de costumbre. Que podría ser todo lo opuesto viviendo con quien vivía, esa mujer dispuesta a gastarse una fortuna entera de ser necesario solo en caprichos para el dragón... Pero no. El de mirada heterócroma era alguien modesto y sencillo que no necesitaba de lujos. —Si tú lo dices... —murmuró, no muy convencido aún de que esa fuese la respuesta. En fin, que pasado el tiempo llegaron a la entrada del mercado callejero. Tomando una gran bocanada de aire para llenar sus pulmones de aire, aspiró cada aroma que llegaba a sus fosas nasales. Todo olía delicioso. ¿Por dónde podrían comenzar?

¿Alguna vez has probado el queso? —lo miró, pensando en un puestecito que hacía un manjar de lo más delicioso para los amantes de este alimento—. Hay algo llamado sándwich de queso frito -el nombre ya habla por sí solo-. Irónicamente es como una hamburguesa, pero el vez de llevar carne, lleva queso frito rebozado en harina, huevo y pan rallado —explicó, intentando que el otro se hiciese una idea aunque, claro, si no conocía los ingredientes que mencionaba, pues como si le hablase en dracónico, ¿verdad?—. ¿Te parece bien para comenzar?


Primer plato, marchando~
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Mensaje por Ieilael el Dom Ago 09, 2020 11:47 am

Al escuchar su nombre completo, quedó quieto por unos instantes, paralizado y sin siquiera dirigir la mirada a él; como un niño cuando sabe que sus padres están a punto de regañarle, igual. Que, bueno, tampoco sería el caso pero, por algún motivo que no comprendía, se veía incapaz de actuar de otro modo. – ¿Eh? – Fue lo primero que salió de él, manteniendo una pequeña sonrisa que delataba su nerviosismo. – ¿N-No? – Maldición. Ni siquiera había podido pronunciar un monosílabo como afirmación. Quería haber sonado firme y seguro, aparentar que no pasaba nada y regresar a la normalidad, sin embargo… No iba a ser tan fácil. – Los… Los gatos, sí. – Asintió, un poco confundido pero recordando aquel encuentro a la perfección a pesar de todo. – Ah… N-No. – No, si, desde luego, no había ninguna razón para ponerse así; solo eran ellos dos, un par de amigos, yendo a ese mercado callejero a saborear algo de comida mundana… No debería estar nervioso. – ¿Tal… Tal vez? – Sí, culparía a la emoción.

Bendito cambio de tema. Suspiró hondo. ¿Qué le pasaba? De ser cualquier otra criatura se hubiera planteado estar enfermo o algo similar, no obstante, en su caso, eso era imposible.
– Ya… E-Entonces debe estar cerca. – comentó, fingiendo que nada extraño sucedía. O más bien, intentándolo. Porque a la vista está que eso de mentir, para bien o para mal, no era uno de sus fuertes. Así, caminando a su lado, sin prisa pero sin pausa, al final se dignó a rodar los ojos en su dirección. Le miró, sí, de soslayo y en silencio, tan solo escuchando lo que tuviera que decir para contestar a sus palabras. Y, de la nada, descendió la vista una vez más por apenas un par de segundos. ¿A dónde? A esa mano ajena que más cerca tenía. En efecto, ese pensamiento de tomársela y avanzar de ese modo había vuelto a su mente. Sin embargo, rápido negó para sí mismo y se centró en lo que se tenía que centrar. – Bueno, confío en que no haga falta que paremos… No estoy tan mayor; aguanto bien. – De nuevo, seguía insistiendo con aquella absurda idea de que su edad “no era para tanto”. ¿Por qué? Quién sabe. Nunca le había importado y, ahora, ahí estaba; queriendo parecer un jovenzuelo más.

– No lo sé. ¿Lo son? – preguntó, sin tener demasiada idea del tema. – Tampoco la he celebrado pero… A la gente parece que le gusta, ¿no? Se ve divertido. – reflexionó en voz alta, ampliando un poco esa suave y dulce sonrisa que siempre solía acompañarle. – No hay por qué celebrar nada, ¿verdad? No es obligatorio. Puede ser solo una excusa para regalarle cosas a la gente. – añadió, desviando la mirada y dejando caer muy sutilmente que no le importaría comprarle algo a él. A nadie en realidad, tampoco vamos a mentir. Vaya, que a su otra amiga le había comprado una guitarra como regalo de “cumpleaños” aun si no era el cumpleaños de ninguno de los dos. O sí, a saber. A estas alturas, que Ieilael no recordase la fecha de su nacimiento no debería ser nada sorprendente. Y bueno, que muy a su pesar, tuvo que resignarse a no pagar el dinero del taxi. Ahora bien, que no esperase que fuese a rendirse respecto a la comida porque no estaba dispuesto a dejarle poner ni una sola libra. Los gastos corrían a su cuenta. Punto.

– ¿Queso? – cuestionó, ladeando la cabeza mientras trataba de rebuscar entre sus memorias qué era aquello y si lo había probado alguna vez. Al final, solo negó; decidiéndose a prestar atención a las explicaciones del dragón que… Hubiera sido bonito poder decir que  las entendió, no obstante, no sería el caso. Sabía que hablaba de comida y, en fin, que de algunos de esos ingredientes que nombró sí que tenía una imagen mental pero… Que no, que no se enteró ni de la mitad. – ¡Claro! ¡Vamos! – exclamó, con ese inocente brillito de ilusión en sus ojos, entusiasmado con la idea y confiando en el criterio ajeno. De esta manera, junto al otro, se acercaron a dicho puesto y, mientras le dejaba a él pedir –porque no se había quedado con el nombre–, se adelantó a sacar la cartera y pagar por ambos. Y vaya, que si antes le brillaban los ojitos, al hincar el diente y probar semejante delicia… No hay palabras para describirlo; era un nuevo nivel de fascinación. No dijo nada; tampoco hacía falta. Ese sutil color por sus mejillas ya hablaba por sí solo.
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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Mar Ago 11, 2020 2:48 pm

Se mantuvo en completo silencio limitándose a poco más que observar a su amigo. Ese día estaba particularmente extraño, dijera lo que dijese. Por favor, que podría engañar a cualquiera pero no a alguien con los sentidos tan desarrollados. Y bueno, que no se necesitaba ser un genio para darse cuenta que, por algún motivo, estaba más nervioso que de costumbre. Le recordó a ese momento en el que, hablando de la edad, quería restar importancia al tema de que tuviese casi tres mil años, asegurando que aún era joven y que no era para tanto. Bueno, no era exactamente igual, pero se entendía el ejemplo. El punto era ese; los nervios sin sentido aparente -al menos para el dragón-.

Sin embargo decidió no darle mayor importancia creyendo que, tal vez, si insistía en querer averiguar el motivo solo lograría empeorar la situación y hacer que ese nerviosismo ajeno fuese en aumento. No quería eso, no quería sentirse incómodo después de tantos encuentros con él; bueno, tampoco habían sido tantísimos, pero suficientes para considerarlo como un amigo, y eso, ya era mucho para el dragón teniendo en cuenta su personalidad reservada. Pero, oh, espera... El tema de la edad nuevamente. —No parece que estés mayor, ya te lo he dicho —comentó sin haberse fijado en nada acerca del contrario, ignorando que había mirado su mano con intención de tomarla. Un poco absorto en el camino y no tan centrado en el ángel—. Aún así, si hay que parar lo haremos. No es bueno comer y caminar. Tenemos todo el tiempo del mundo hoy, ¿cierto? Comamos sin prisa, saborea tanto como te plazca.

A lo siguiente, aquel tema de la Navidad... Tenía ciertas dudas al respecto. No podía responder de manera segura, solo en base a lo que había oído y visto en sus años de viajes. Es por ello que encogió un poco los hombros como una posible primera respuesta. —Sí, parecen divertirse —le da la razón porque, en definitiva, así es al menos cómo se ve desde fuera. No obstante, esa pequeña explicación posterior le hizo observarle de manera directa, ladeando la cabeza como un cachorrito—. ¿Por qué la gente esperaría a un día concreto para regalar algo? —cuestionó—. Es decir, si quieres hacerlo, solo hazlo; ¿por qué esperar? —y no decía eso directamente al contrario, solo era una manera de hablar. ¿Pero acaso su lógica no era más obvia? En fin, cosas de humanos; no juzgaría después de todo. Que cada uno hiciese lo que se le antojase.

Dicho y hecho. No estaba seguro de que el contrario hubiese entendido aquella explicación, pero no había otra; así era plato, le gustase o no. No podía inventarse alimentos para que lo comprendiese. Pero mejor que lo viese por si mismo y lo probase para decidir si le gustaba, ¿no? Poco tardaron en llegar al puesto, siendo el dragón el encargado de pedir con educación y amabilidad dos de esos sándwiches-hamburguesas. Sin embargo, cuando quiso darse cuenta, el contrario ya estaba pagando. ¿En qué momento? No podía haberle dado tiempo. ¡Qué velocidad tiene el testarudo! Por un segundo le miró un poco mal, cierto, pero rápido cambio su expresión. Si tanto insistía en pagar que lo hiciese, ya ni se esforzaría en negarse o hacerlo el primero. Sí, acababa de perder esa batalla contra el ángel.

Cuando el plato estuvo hecho y en manos de cada uno, no tardó mucho en dar un buen bocado y saborear todo ese queso fundido que salía. Una deliciosa maravilla para su paladar. ¿Que prefería la carne, ya fuese cruda o cocinada? Por supuesto, eso era obvio viniendo de una criatura carnívora, aunque, al haber vivido tanto tiempo en su forma humana, se acostumbró a no ser tan exquisito y, si debía comer un poco de lechuga, lo haría. Como era de suponer no la pediría si le diesen a elegir, pero bueno, se podía tolerar. Así fue como rodó los ojos al otro, dispuesto a preguntar si le había gustado aquel primer alimento escogido; no lo hizo, no preguntó nada. Se quedó observándole de nuevo sin articular palabra alguna, fijándose en ese tono rojizo de sus mejillas. Sí que debía agradarle el sabor, ¿cierto?

Se tomó el tiempo necesario para degustar aquello, y siendo sinceros, tampoco le duró mucho. Estaba acostumbrado a comer bastante, y de igual modo, también era capaz de no alimentarse si las circunstancias así lo requerían. ¿Y qué era una pequeña hamburguesa en comparación a un ciervo, por ejemplo? Pues no mucho la verdad. —¿Qué tal? ¿Tiene tu aprobado? —bromeó un poco, pero la curiosidad estaba ahí aún siendo bastante consciente de que la respuesta sería afirmativa; solo había que verle para saberlo.
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Mensaje por Ieilael el Miér Ago 12, 2020 1:05 pm

– No lo soy. – Se apresuró a responder nada más escuchar la voz ajena, pronto cayendo en la cuenta de que no había contestado exactamente a lo que había dicho. – O-O sea… N-No lo estoy. – Ahora sí, se corrigió. Y si bien le miró por unos instantes tras alzar la mirada de esa mano que, al final, no se decidió a tomar, poco tardó en volver la vista al frente, todavía visiblemente nervioso. – T-Tampoco lo soy pero… Ah… D-Da igual. – Ni responder apropiadamente había podido. Que sí, que se empeñaba en afirmar que no le sucedía nada, no obstante, no hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que no era verdad. ¿Qué diablos le pasaba si, por más que rebuscaba por algún motivo, no había razón alguna para actuar de ese modo?

– ¿Eh? – En serio, por mucho que esta vez no hubiese salido de él, benditos cambios de tema. No soportaba ese nerviosismo sin sentido; era odioso. – ¿No es bueno? – ¿Cómo iba a saberlo, si no comía prácticamente nunca? – Está bien. Aunque… Tampoco sé con cuánto me lleno… si es que lo hago. – Quién sabe, tal vez no lo hiciese nunca o quizás se saciase a los dos bocados. De cualquier manera, siempre sería mejor advertirlo por lo que pudiera pasar, ¿no?

¿A lo siguiente? Pues de buenas a primeras no dijo nada, quedando pensativo al respecto. Tampoco podía decir que entendiese por qué esperar a unas fechas concretas para regalar algo a alguien porque, en primer lugar, ni siquiera controlaba eso de las fechas. Unas pocas horas, un par de días o unos meses… Todo se sentía igual para Ieilael; no sabría distinguir una cosa de la otra.
– ¿Tradición? ¿Costumbre? Puede que para ellos sea importante, no lo sé. O tal vez resulte difícil conseguir que la gente se reúna de normal en un sitio… – divagó en voz alta, buscando algo que justificase un comportamiento tan extraño como aquel. Que a saber cómo era en el caso de los humanos y demás criaturas terrestres, pero arriba a veces resultaba complicado encontrar tiempo libre y hacer algo que no fuese acatar órdenes. – ¿Seguro que no hay nada que quieras? – insistió, curioso. – Yo… – Hizo una pequeña pausa. – ¡Un piano! Quiero un piano. Grande. De cola. Blanco. –Puestos a pedir, que no quedase. Y sí, solo con imaginárselo ya se le iluminó todo el rostro.

Al momento de pagar, después de que el dragón pidiese por ambos, rodó los ojos hasta él, ladeando la sonrisa en un travieso gesto que, sin embargo, no quedó ahí al comprobar cómo le miraba por poco que durase. Sí, como si se tratase de un niño en vez del ser milenario que realmente era, cerró los ojos con fuerza y le sacó la lengua en una infantil mueca solo para, instantes después, volver a curvar sus labios en una sonrisa tan amplia como victoriosa y triunfal. Se había salido con la suya, eso había que celebrarlo de algún modo.

Y ya con el sándwich, hamburguesa, o lo que quiera que fuese esa cosa de queso que nunca antes había probado –porque, de verdad, no se había enterado ni de la mitad de la explicación contraria. Que la agradecía, pero siendo realistas, no le había servido de mucho–, fascinado por semejante sabor, rápidamente y sin pensárselo mucho dio otro bocado. Y otro más, y otro… Y así hasta que no quedó nada. Por supuesto, sin prisas, a su ritmo, tardando algo –o tal vez bastante, a saber– más que su buen amigo. Eso sí, ni una palabra en todo el proceso; demasiado ocupado saboreando tal delicia.
– ¡Sí! ¡Aprobado! ¡Aprobadísimo! – exclamó con efusividad tras dar un último mordisco y tragar, con una gran sonrisa, y los ojitos brillantes y llenos de ilusión. Por no hablar también de esa sutil coloración en sus mejillas, claro. Vamos, que aunque hubiese querido negarlo para, qué sé yo, gastarle una broma, hacerse el interesante o algo de eso, nadie se lo hubiera creído. – ¿El resto también va a ser como este… esta…? Eh… – Intentó recordar el nombre del alimento, en serio, pero no hubo manera. – ¿Como esta cosa? – preguntó inocente, sin apartar sus ojos de los ajenos.
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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Jue Ago 13, 2020 10:17 am

Una de sus cejas se alzó por esa repentina contestación recibida, tan tajante y segura. Era, prácticamente, la frase más larga que había dicho sin que le temblase la voz. —¿Hay algún problema? —cuestionó—. No creo que la edad lo sea, ¿cierto? ¿Por qué pareces ponerte a la defensiva? —hizo una pequeña pausa—. También lo hiciste en aquel árbol —añadió, por si acaso no había quedado claro. ¿Lo decía por molestar? Pues no en realidad, en serio que quería saber qué sucedía respecto a un simple número. Sin embargo, tras pensarlo un poco más en profundidad, solo negó con ligereza—. No importa —comentó, no queriendo crear una mala atmósfera por algo que no tenía importancia.

Frente a lo siguiente se silenció, pensativo. La verdad que nunca había pensado en algo similar. Si el ángel no necesitaba comer, de hacerlo, ¿comería mucho o poco? ¿Se llenaría con nada o no tendría fondo? Qué curioso... Sí, en definitiva. —Lo averiguaremos hoy —aseguró. No tenía muchísimos puestos pensados, solo algunos concretos que se le antojaron pero, por comida no sería estando en un mercado lleno de variedades—. Y, bueno, respondiendo a la pregunta... Siendo tú la verdad es que no sé hasta que punto puede ser malo —reconoció en primer lugar—. Cuando comes y haces ejercicio al momento te da aquí un dolor —dijo llevándose una mano al costado, entre la cintura y la cadera—. Puede ser intenso y molesto, por eso la gente suele reposar con calma tras comer. No es como si fuésemos a hacer algo concreto, pero puede pasar solo con caminar —intentó explicarse de la mejor manera posible, pero recordando la velocidad con la que el ángel se curaba... Tenía sus dudas al respecto y, tal vez, simplemente a él no le sucediese.

Sus hombros se alzaron con ligereza sin darle demasiada bola al asunto. Tampoco es como si le interesase la vida mundana cuando, en realidad, apenas se relacionaba con humanos. Convivía entre ellos pero siempre estaba en su propio mundo. Por mucho que los años pasasen y las cosas cambiasen, él seguía teniendo unos pensamientos, quizás, anticuados en algunos sentidos. Se adaptaba a las nuevas tecnologías que iban apareciendo, sin embargo, no le gustaba usarlas por ejemplo. La Navidad era algo similar: conocía lo muy básico pero ignoraba por completo la festividad porque él no la celebraba y no tenía a nadie que lo hiciese. Claro que, por otro lado, tomó nota mental de esa alegría al mencionar lo que deseaba el contrario. Un piano, ¿eh? Interesante. —Lo lamento... No hay nada ahora mismo en mi cabeza —negó con suavidad. Por más que pudiese pensar, no había nada que quisiera o que le hiciese algo de ilusión poseer.

Los heterócromos ojos que portaba, a medida que iba comiendo aquello que por cierto no le duró demasiado, recorrieron el mercado en busca del siguiente puesto que pudiesen visitar. Había uno en concreto que le recordaba de manera lejana a su país de origen. No era exactamente como en Japón, pero el concepto era el mismo solo que con otro tipo de alimentos. Aunque de tanto observar la zona hubo en un punto que se cruzó con la mirada ajena, viéndole de lo más sonriente y sin apenas sándwich ya. Sí que debía haberle gustado. Y bueno, por si quedaban dudas -que no era el caso- esas palabras lo confirmaron. Era un alivio que lo hubiese disfrutado. —Ahora tengo otra cosa en mente. Pequeñas porciones de lo más variadas.

Hizo un pequeño gesto con la cabeza para que le siguiese. El dragón no era alguien especialmente alto, aunque tampoco era de baja estatura. Por suerte, podía abrirse paso con facilidad entre la gente y, sobre todo, dejarse guiar por sus sentidos. Había una grandiosa mezcla de olores, cierto, pero podía diferenciar ese aroma a país nipón. Sin saber cuánto tardó, al final encontró aquel puesto algo amplio, con mesas y sillas para poder disfrutar de la comida. Y vaya, que ya había personas ahí disfrutando de la variedad. —Mira —señaló esas bandejas ya preparadas—. Eso se llama bento. Es algo muy común de Japón. ¿Qué te parece? Te las pueden preparar a tu gusto o elegir una al azar —observó a su acompañante—. ¿Eliges o prefieres que sea sorpresa?


Segundo plato, marchando~
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Mensaje por Ieilael el Vie Ago 14, 2020 11:01 pm

Negando con las manos y la cabeza, ya iba a apresurarse a contestar nada más escuchar esa pregunta y, sin embargo, con lo siguiente, especialmente con aquella primera parte, solo se quedó en silencio, observándole ligeramente sorprendido pero con una expresión más neutral de la que acostumbraba. No. Cierto. La edad solo era un número. Un número no importa para ser amigos. Entonces, ¿por qué se ponía de ese modo, a la defensiva, como el dragón había señalado, cada vez que salía el tema? Nunca le había dado importancia y, ahora… No. Volvió a negar con la cabeza. Daba igual, eso. No importaba.

– Oh… – Fue lo primero que salió de él al oír las explicaciones ajenas, entendiendo mejor a qué venía esa duda. – Entiendo… Qué curioso. – comentó, habiendo bajado la mirada para ver dónde se sentía ese supuesto dolor que, evidentemente, al no comer por no necesitarlo, no conocía. – Yo… Bueno, ¿cómo lo digo? Es verdad que puedo curar prácticamente cualquier cosa al instante pero… – Y sí, dijo “prácticamente” porque su poder también tenía sus limitaciones. ¿Por ejemplo? Que no podía sanar a nadie que fuera débil a la luz, para empezar. A ver, técnicamente sí que podía, no obstante, estaría dañando de otro modo a esa criatura así que… Como si no pudiese. Y por otro lado, era incapaz de sanar ningún tipo de herida provocada por un ángel de rango superior. Que arcángel sonaría muy bonito, pero no era un puesto precisamente alto dentro de la jerarquía divina. – No puedo hacer nada si solo es dolor. ¿Solo duele? ¿No hay ningún problema que lo genere? Si no lo hay, mi poder es inútil; no puedo aliviarlo. – reveló. En resumen, que si solo dolía, no quedaba otra que aguantarse.

Siguiendo con su camino y curioseando cuanto había a su alrededor, miró al joven de soslayo al oír que, por lo pronto, no había nada que quisiera recibir.
– Si en algún momento se te ocurriera algo… No me importaría comprártelo. – afirmó, volviendo la vista a los alrededores, con una suave pero simpática y sincera sonrisa. Y teniendo en cuenta el dineral que se había gastado en una guitarra por puro capricho, no escatimaría en gastos. – Aunque no sé cuándo es Navidad. – agregó, cayendo en la cuenta de ello. Ni cuándo era, ni cuánto quedaba… Por no saber, ni siquiera sabía qué día era aquel.

En fin, que ya casi sin rastro de aquel sándwich, terminó cruzándose con la mirada ajena. Y si bien sonriente e ilusionado por la comida, no pudo evitar perderse en esos heterócomos ojos por unos instantes. Que solo serían dos o tres segundos en realidad, sin embargo, aquellos fueron unos largos momentos para Ieilael. Momentos en los que no pudo hacer otra cosa que no fuese contemplar esos orbes de diferente coloración. Eran bonitos. Como su sonrisa, que también la recordaba muy bonita. Oh, y como aquel enorme dragón también era bonito, sí. Bueno, él en general era bonito; no vamos a mentir. Espera. Un segundo. ¿Cómo que era bonito? Es decir, no, nunca había pensado que no fuera agradable a la vista y tampoco había titubeado a la hora de llamarle cosas como “precioso” o “bello” pero… ¿Ahora era bonito? ¿Cuándo exactamente había pasado de serle indiferente a gustarle lo que tenía frente a sus ojos?
– ¿P-Pequeñas porciones? – preguntó, saliendo de su ensimismamiento al escucharle nuevamente, no queriendo pensar en ello y convencido de que ese sutil rubor por sus mejillas se debía a la emoción que ya sentía de antes.

De cualquier manera, tratando de concentrarse en aquello para lo que habían arreglado aquel encuentro, le siguió en silencio, más observándole a él que a cualquier otra cosa que tuviese alrededor. Al menos, hasta que le señaló aquellas bandejas y rodó los ojos a ellas.
– Ah… ¿Mi gusto? Sería exactamente igual que pedirlo al azar. No sabría qué elegir. – confesó. – Quiero lo mismo que vayas a pedir tú. – Después de todo, él sabría mejor cuál de todas sería una buena combinación de alimentos, ¿no? Así, sin darle más vueltas ni cuestionar nada, se acercó al dependiente del puesto, señalando al contrario y pidiendo dos de lo que quiera que fuese a elegir. Y sí, ya tenía la cartera preparada.
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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Lun Ago 17, 2020 9:29 am

Mantuvo su silencio para dejar hablar al contrario, curioso y en cierto modo interesado por saber más sobre su amigo. ¿De qué se trataría esta vez? La verdad es que poco sabía de él. Le había visto curarse en un parpadeo durante aquel primer encuentro, cierto; también le había visto curar a otras personas, es decir, cuando en el desierto curó el nacimiento de su ala. También era consciente de que, si aseguraba que podría ofrecerle un brazo para que probase el sabor de un ángel, debía tener unas capacidades regenerativas de infarto. La cuestión era: ¿hasta qué punto llegaba eso? Por suerte el contrario aclaró un poco sus dudas, y para qué mentir, resultó de lo más interesante. —Ah, pues... —se quedó pensativo—. No lo sé —se sinceró—. Es un dolor que solo aparece, no es como si fuese a matarte pero resulta molesto; como si alguien muy fuerte te agarrase del costado y apretase de manera prolongada —intentó explicar de un modo que se diese a entender. Él lo había experimentado, no obstante, no sabía qué lo producía en realidad y si el ángel podría curarse.

Sus cejas se alzaron cuando los párpados hicieron lo mismo, abriendo los ojos algo más de lo normal con cierto asombro por esas palabras tan directas y sinceras. Se apresuró a negar, agitando una de sus manos de un lado a otro, con un rostro sosegado que, si bien no era sonriente, al menos dejaba claro que no estaba cabreado. —No es necesario —aseguró—. Quiero decir... Agradezco el gesto, pero en serio, no hace falta que me compres nada —y aunque no era alguien muy expresivo, como ya es obvio a estas alturas, por su tono y esa mueca con un atisbo de infantilismo e incluso ternura, tal vez avergonzado, se podía deducir que había algunos temas que le parecían más delicados que otros. ¿Por qué? Bueno. Simplemente no sabía cómo reaccionar cuando alguien le regalaba algo. En contadas ocasiones había obtenido algún obsequio por lo que, quizá por la falta de costumbre, no sabía cómo debía reaccionar. ¿Solo aceptarlo sin más? De hacerlo se sentiría mal; en deuda con la otra persona—. Ah... Es en unos meses. Cuando llegue el clima frío —comentó con respecto a la fecha.

Allí, en el segundo puestecito de comida, pudo fijarse de nuevo en su amigo y esa sonrisa que seguía vistiendo y parecía que no desaparecería en ningún momento. Era agradable. Claro que él mismo también estaba disfrutando, aunque no sonriese como el contrario o no riese a pleno pulmón. No obstante, había pequeños detalles que lo delataban. No era un robot al fin y al cabo; cambiaba de expresiones y de tono al hablar, eso ya era bastante para saber cómo podía o no encontrarse, ¿cierto? —¿Ninguna llama tu atención? —cuestionó—. Las hay muy coloridas —señaló aquellas en las que abundaban los vegetales—. En fin... —murmuró, rodando los ojos hasta todas las bandejas y señalando dos de ellas con exactamente los mismos alimentos. Eso era lo que el ángel quería, ¿cierto? Pues eso tendría. Tomó ambas bandejas de plástico cuando el vendedor se las sirvió, una en cada mano, desviando la mirada a una solitaria mesa donde poder sentarse. Aquello no era como el sándwich; mejor sentarse y relajarse un rato.

Dejó ambas bandejas sobre la mesa, girando para volver y... Y nada, porque vio a su amigo pagando. De nuevo, volvió a entrecerrar los ojos para mirarle mal, frustrado por la velocidad que tenía para soltar el dinero. Claro que poco le duró. Empezaría a asumir que no iba a poder soltar ni una moneda durante aquel encuentro. Así pues, terminó por tomar asiento y quitar ese plástico protector que recubría la comida, abriendo esos palillos de madera y acomodándolos a su mano derecha. Cuando el contrario también se acomodó junto a él, procedió a señalar uno a uno todo el contenido para decir lo que era cada cosa. —Esto de aquí es arroz, lo más común que puede comer un japonés; y los asiáticos en general. Por encima tenemos un poco de gyudon, que es ternera estofada —con los palillos señaló lo siguiente—. Esto se llama tonkatsu. Es una chuleta de cerdo empanada —pasó a lo siguiente—. Esto de aquí es tamagoyaki. Es... Como una tortilla; solo es huevo —si ya dudaba que conociese ingredientes básicos, aún más que supiese lo que era una tortilla, por eso, intentó simplificar. Por un segundo incluso miró al contrario dudando de que se estuviese enterando de algo—. Esto solo es una ensalada con un poco de lechuga, tomate, zanahoria y maíz —señaló lo último, un detalle de lo más delicioso a simple vista—. Y una fresa como postre —terminó con la explicación, centrando sus ojos en su acompañante—. Aunque no te hayas quedado con ningún nombre, solo pruébalo y me dices si te gusta o no —dicho eso, cuando iba a empezar a comer, recordó algo—. ¿Sabes utilizar los palillos? —porque eso era algo importante para comer, desde luego.
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Mensaje por Ieilael el Lun Ago 17, 2020 5:18 pm

Ladeó un poco la cabeza al escuchar la respuesta que tuviera que darle, algo confuso al respecto. Bueno, si no sabía ese dato, no tenían forma de averiguarlo a menos a alguno le que pasase, ¿cierto? Aunque mejor que no sucediera nada, ¿no? Es decir, si resultaba tan molesto como el otro decía, mejor sentarse un rato para no arriesgarse a ello. – Ya… Entiendo. Creo que nunca he sentido nada de eso. – Principalmente porque tampoco acostumbraba a alimentarse, no vamos a mentir. A lo sumo podría probar algún pequeño bocado si se le antojaba pero poco más; tal vez un vaso de agua ocasional. ¿Y qué hizo después, al contemplar esa pequeña mueca ajena? Ampliar su ya de por sí gran sonrisa, lleno de orgullo al haber conseguido que reaccionara aunque solo fuese un poquito. Que el dragón no era el muchacho más expresivo a estas alturas era algo obvio y, sí, eso estaba bien, sin embargo, lograr sonsacarle una pizca de esa expresividad de la que casi parecía carecer de normal resultaba de lo más satisfactorio.

– No me importaría hacerlo. – contestó, con una tranquilidad y una calma que, seamos sinceros, poco iban a durarle teniendo en cuenta el tema que estaban tratando. – No. – Negó rotunda y rápidamente. – ¡Quiero hacerlo! – se corrigió de inmediato, decidido. – ¿No quieres probar? – preguntó, reduciendo distancias y acercándose a él hasta quedar apenas a unos pocos centímetros el uno del otro, con sus ojos bien fijos en los contrarios y emocionado hasta decir basta, sin ser consciente de que, de no ser por el contexto, aquello fácilmente podría interpretarse de otro modo. – La gente parece divertirse, tú lo has dicho. ¿No te gustaría intentarlo también? Aunque solo sea una vez. – Y no, no se molestó en ocultar la ilusión que le haría algo tan simple como aquello. Que no terminaba ni de comprender de qué se trataba o cómo es que se celebraba dicha festividad, no obstante, la curiosidad podía con él y, en fin, debía aprovechar ahora que se paseaba por la Tierra, ¿verdad? A saber cuándo podría volver una vez cumpliese con su cometido.

Así, volviendo a distanciarse y retomando cualesquiera que fueran sus posiciones anteriores, guardó silencio, pensativo.
– ¿Unos meses? Pero si hace poco hacía frío. – Y entiéndase “hace poco” por “medio año atrás”.  Claro que, ¿qué es medio año para alguien que carga casi con tres mil? Pues nada; un parpadeo. En resumen, que si hasta ahora no había hecho gala de ello, ya debía empezar a verse que había algún pequeño desajuste con la noción que tenía del tiempo. Vaya, que no era precisamente su mayor fuerte. De cualquier manera, ya en aquel puestecito, siguiendo la mano contraria, ojeó lo que sería su siguiente comida a probar. – No es que ninguna me llame la atención pero… No sé a qué sabe ninguna. Seguro que tú sí así que… confío en tu elección. Sorpréndeme. – comentó de lo más alegre, sonriéndole antes de que pidiesen y pagasen lo debido –bueno, que pagase el ángel. Porque se negaba a dejar que el dragón pusiera ni una sola libra– para poder sentarse en aquella mesa y disfrutar de la comida.

Situándose frente a él, listo para hincar el diente, escuchó las explicaciones ajenas con atención, asintiendo a cada cosa que dijera. Con deslumbrante una sonrisa, evidentemente. ¿Se estaba enterando de algo? Pues no mucho. Podía imaginar algunos de los ingredientes que mencionaba, eso es cierto; sin embargo, la imagen que tenía en su mente poco o nada tenía que ver con lo que tenía frente a sus ojos.
– Está bien. – afirmó, con la mirada brillante por la emoción y, cual pequeño infante, rodando los ojos por la zona en busca de algún cubierto con lo que llevarse aquello a la boca. Hasta que… escuchó al joven hablar. – ¿Palillos? – Parpadeó un par de veces, visiblemente confundido. ¿Que no los estaba usando solo para señalar los distintos alimentos? ¿Servían para algo más? – Ah… ¿N-No? – Asumiendo que tuvieran alguna otra utilidad, claro; que señalar con ellos podía hacerlo perfectamente. – ¿P-Para… qué se usan? – cuestionó. Y sí, preguntó “para” y no “cómo”. Primero debía saber qué función tenían y, luego, si eso, ya se preocuparía de averiguar la manera de ponerla en práctica.
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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Mar Ago 18, 2020 11:57 am

Bueno, No le sorprendía que no supiese de lo que hablaba teniendo en cuenta que no necesitaba comer o beber y... ¿Haría ejercicio? Ese era otro motivo por el que solía entrar ese dolor. Por ello es que dirigió la mirada al contrario y lo observó con detenimiento, como si le escanease, analizándole desde la punta de los pies hasta el mechón más alto y rebelde que tuviese. A ver... Muy atlético no se veía a simple vista, las cosas como eran pero... ¿Se ejercitaría? Vaya pregunta más extraña es la que había llegado a su mente, pero no importaba, el contrario se encargó de sacarle de sus propios pensamientos con bastante facilidad.

Pero no, no fue el joven quién reaccionó en primer lugar; fue su dragón interior quien lo hizo. Sin ser consciente porque aún seguía un poco en las nubes, sus pupilas se rasgaron y por algún motivo retrocedió un paso. ¿Qué estaba pasando? Se centró en lo que debía y se encontró con el rostro ajeno cerca. Muy cerca. Demasiado cerca. Vaya que de no ser por su dragón no se hubiese ni percatado de lo sucedido. Sin embargo, a pesar de la nueva forma de sus pupilas, estas no se mostraban realmente pequeñas; estaban algo dilatadas. —¿A-Ah? —parpadeó con confusión porque algo ahí no cuadraba. Se había perdido parte de la conversación—. ¿Intentarlo? —cuestionó, intentando centrarse y encontrar el motivo por el que preguntaría algo así. ¿Intentar el qué? Arrugó la nariz por un momento, ahogando un gruñido—. L-Lo siento... No te he escuchado. E-Estaba algo distraído —murmuró y, aunque su rostro se mantuvo serio, podía apreciarse cierta vergüenza provocada por la situación y su propio error. Qué falta de educación. Eso no era propio de él—. ¿Cuál era la pregunta?

Obviamente que un poco se sorprendió por eso de "hace poco", sin embargo no dijo nada al respecto. Ya había notado que el contrario no parecía comprender el tiempo como el resto. Ojo, que él mismo no era el indicado para hablar cuando también cargaba con unos centenares de años a sus espaldas, no obstante, él si era consciente de los días, las horas e incluso los minutos. Siempre había vivido en el plano terrestre al fin y al cabo, ¿no? Bueno, una vez acomodados en la mesa y tras esa explicación de cada alimento, tal vez algo larga, dirigió la mirada a la bandeja ajena. Tomó los palillos que en ella había y los abrió, dejando los suyos propios apoyados por ahí. —Para comer, así que presta atención. ¿Eres zurdo o diestro? —preguntó—. Dame tu mano dominante —y fuera cuál fuese, la tomó con sus propias manos y dejó uno de los palillos en posición; uno de los extremos, algo centrado, lo dejó reposar entre ese hueco que unía el índice y el pulgar de la mano mientras que, el otro extremo, lo colocó sobre la primera falange del dedo anular—. Este palillo no se mueve y lo tienes que sujetar con el pulgar —y al decir eso, tomó el otro palillo—. Este es el que debes mover y el que se encargará de hacer pinza para poder sujetar la comida —y como hizo con él primero, también se lo posicionó correctamente, dejando que reposase sobre la primera falange del dedo corazón y quedase sujeto con la punta del pulgar y el índice.

Bien, la explicación ya estaba, ahora solo quedaba que fuese capaz de hacerlo y, para qué mentir, esa era la parte más compleja. Tomó sus propios palillos y sin mucho problema alcanzó una pieza de esa chuleta de cerdo empanada, alzándola con naturalidad y mostrándoselo. —Si se te complica puedo pedir algún tenedor —dijo con cierta diversión. Claro, él que estaba acostumbrado a ello lo hacía ver sencillo pero, la verdad era que, cuando alguien no sabía del tema se le dificultaba bastante. Y bueno, ya puestos pues se llevó ese pedazo a la boca, saboreándolo y sorprendiéndose del buen sabor a pesar de ser comida callejera. Vaya, que le hizo recordar su país natal.
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Mensaje por Ieilael el Mar Ago 18, 2020 1:43 pm

Sin poder evitarlo, sus párpados se alzaron ligeramente en señal de sorpresa al observar, una vez más y tan de cerca, ese cambio en las pupilas ajenas. Que no era la primera ocasión que le había visto hacerlo, cierto, sin embargo, mentiría si dijera que no le seguía asombrando que pudieran pasar de una forma a otra tan rápido y con tanta facilidad. Quién sabe, tal vez fuese porque las suyas no hacían nada de eso y se quedaban tal cual, redondas, por mucho que pasara de verse como un humano común al ángel que en verdad era. ¿Lo más fascinante de aquella escena? Más allá de esa cercanía el uno con el otro y de ese pequeño cambio contrario, fue la reacción que tuvo el propio joven. Vaya, que eso sí que no lo había visto venir. ¿Distraído? Bueno, no pasaba nada; a todo el mundo le pasa en algún momento. Y si no que se lo digan a él, que cada vez que el otro esbozaba alguna sonrisa, por diminuta o fugaz que fuese, no pudiendo resistirlo, se quedaba mirándola casi hipnotizado.

– ¿No quieres probar? – repitió como le había pedido, curvando sus labios levemente en una suave y cálida sonrisa, y dando ese mismo paso hacia delante que el dragón había dado hacia atrás, volviendo a reducir esa distancia como un inicio pero sin llegar a hacer contacto con él. – Yo quiero hacerlo. – insistió con aquella idea, empleando las mismas palabras de antes. Si tenía que volver a decirlo, lo haría tal cual para que no se perdiese nada. – Regalarte algo. – añadió poco después, todavía, inocente de él, sin caer en la cuenta de que todo lo anterior, sin el contexto apropiado, podría interpretarse de una forma completamente diferente a la que se estaba refiriendo. – Aunque la Navidad sea para celebrarlo en familia… ¿Quién dice que no se puede hacer con amigos? – cuestionó, emocionado solo de pensarlo. ¿Que no estaría bien? ¿No sería divertido? No estaba dispuesto a regalarle nada a su familia porque, primero, la relación no era buena y, segundo, porque hasta donde sabía, además de ese engendro que vagaba libre por la isla, ningún otro estaba rondando por los alrededores.

Por un instante, cuando aquella nueva pregunta llegó a su canal auditivo, bajó la vista hasta sus manos, pensativo.
– Zurdo. – concluyó, tras apenas un par de segundos. Así, sin saber para qué la requería exactamente ni qué planeaba, extendió dicha extremidad hacia él y… La tomó. La estaba tomando. Se estaban tocando. Calma. Calma, por favor. Que aquello no era nada, solo un simple gesto, una muestra de la amabilidad ajena; solo le estaba ayudando. Claro, solo eso. Nada más. Pero… Pero… ¿Por qué no podía dejar de darle vueltas? Si ni siquiera era la primera vez que se tocaban. Vamos a ver, que habían bailado juntos y… Perdido en sus pensamientos y sin enterarse absolutamente de nada, dejándose hacer, sus mejillas se encendieron sutilmente, poco a poco. ¿La razón? Ese recuerdo del baile; sus manos unidas, la contraria sobre su hombro y la suya propia por la espalda ajena. ¿Por qué diablos importaba eso ahora si en su momento le había sido completamente indiferente? Por el amor de Dios… No podía ser. Tenía que centrarse. Como sea, pero tenía que centrarse.

– ¿A-Ah? – Parpadeó un par de veces, desconcertado al dejar de sentir su tacto. Bien, bien. Ya está. Ya había pasado. Vuelta a la normalidad. O eso esperaba. ¿Era tenue coloración en su rostro? Una pequeñez sin importancia. No pasaba nada; todo controlado. O no. Porque a ver qué hacía ahora si no había escuchado lo que quiera que le hubiese explicado. Tranquilidad, Ieilael. – No, no, no. N-No hace falta. P-Puedo hacerlo. P-Puedo… – ¿Podía dejar de ponerse nervioso por nada, por favor? Que no, que no podía; no sabía cómo demonios usar esos palillos porque había tenido la cabeza donde no tenía que tenerla. ¿Lo intentó? Por supuesto. Varias veces, además; sin éxito, claro. Trató de imitarle y, aunque en alguna ocasión pudo parecer que lo conseguiría, la porción con la que se había hecho, siempre terminaba cayendo antes de llegar a su boca. – Eh… Esto… T-Tal vez… T-Tal vez sí que n-necesite ese tenedor… – admitió finalmente, aceptando su derrota; avergonzado y desviando la mirada, evidentemente.
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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Miér Ago 19, 2020 9:39 am

Vale, sí, había sido un pequeño error suyo; un descuido por estar en las nubes, hasta ahí todo bien pero... ¿Por qué el contrario volvía a avanzar ese paso que el dragón había retrocedido? Lo más importante: ¿probar el qué? No sabía si es que se había perdido tanto del hilo de la conversación o que sus neuronas se estaban tomando unas repentinas vacaciones. No comprendía a qué jugaba el otro, y sin embargo, pronto se recuperó. Volvió a notar cómo su dragón se agitaba como aquella última vez en el árbol viviente. En definitiva, tenía que haber un patrón para las acciones del colosal reptil. Espera... ¿Era por la cercanía del ángel? Pero eso no tenía sentido; estuvo en su casa y bailaron juntos, incluso se lo llevó volando. Mas cerca no pudieron estar, ¿cierto?

¿Hacer? —frunció con ligereza el ceño, tal vez pensando en lo que no debía. Ya no sabía ni qué pensar, pero desde luego, que alguien allí tenía muy claro lo que quería: no era ni el ángel ni el joven, sino el propio dragón que se guiaba por instintos animales. Lo que le llevaba a pensar, ¿acaso el ángel tenía algo especial que llamaba tanto a su dragón? Era de lo más extraño pues, si se paraba a pensar, eso solo sucedía con una persona y ella no estaba presente en esos momentos. ¿Tal vez fuese porque, al sentirse un poco solo, intentaba aferrarse a alguien que le de un mínimo de atención? No, tampoco podía ser eso. No tenía sentido, simplemente. El dragón había comenzado a reaccionar cuando la confianza entre ambos aumentó.

Ah... Regalarme algo... —suspiró por un momento, desviando la mirada e intentando recuperar la naturalidad de sus pupilas pero, vaya, que ahí seguían rasgadas—. Ah... Sí, bueno... ¿Por qué no? —murmuró, aún sin mirarle, pensativo. Cuando se centró en lo que debía dirigió su heterócroma mirada a la contraria—. No puedo prometer nada. Tengo que... ¿Pedir permiso? No sé si decirlo de ese modo, pero, ya sabes; tendría que avisar antes de hacer algo así. No creo que hubiese problema aunque nunca se sabe —encogió un poco los hombros. ¿Y si resultaba que su ama se enfada porque pasaba demasiado tiempo con el ángel? Ellos eran amigos de la infancia, quizás les gustaría pasar tiempo juntos también.

Se mantuvo en silencio tras su explicación con respecto al uso de los palillos, observando cómo lo hacía el contrario. Adorable. Un momento... ¿Adorable? Ni que fuese un cachorrito o algo. ¿Por qué había pensado eso? Desvió la atención a su propia bandeja, tomando una porción de arroz y llevándosela a la boca sin problema, distraído de nuevo. Al menos así fue hasta que notó su propio pecho estremecerse. De nuevo el dragón hacía de las suyas, ¿pero qué pretendía? No es como si pudiese transformarse en ese lugar y estirar las alas. Nada de eso, que su instinto se estuviese quieto un rato, por favor. Ah... Claro... Había reaccionado porque el contrario al final perdió su batalla con los palillos. Sin añadir nada solo se levantó, se acercó a aquel hombre que les había servido la comida y le pidió un tenedor; uno de estos de plástico que pinchaban lo justo y necesario, pues de esos.

Volvió con su amigo ofreciéndole el cubierto, tomando asiento nuevamente y comenzando a comer más centrado en esa tarea que en cualquier otra. Bueno, ahora tocaba pensar: ¿qué vendría bien después de aquello? —¿Qué tal si vamos a por algo de beber luego? —propuso entre bocado y bocado, viendo su bandeja vaciarse con bastante facilidad. Al fin y al cabo, ¿no era solo un pequeño aperitivo para los kilos de carne que podía comer de una sola sentada? En fin, que se sumió por un momento en sus pensamientos en busca de algo, recordando al poco algo que podía estar bien—. Hay por aquí una tienda que hacen batidos de frutas. También venden helados. ¿Te parece buen postre o quieres seguir comiendo? —preguntó con curiosidad.
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Can’t wait to fall again [Priv. Jun'ichi Hōjō] Empty Re: Can’t wait to fall again [Priv. Jun'ichi Hōjō]

Mensaje por Ieilael el Miér Ago 19, 2020 2:57 pm

¿Por qué dio ese pequeño pasito hacia delante cuando el contrario había retrocedido? Quién sabe. La emoción del momento, tal vez. Sí, solo con pensar en esa remota idea de poder regalarle algo al dragón y poder celebrar aquella fiesta en compañía del otro ya bastaba para que la ilusión se apoderase de él. Que el ángel sería muchas cosas pero, desde luego, para estos temas era un hombre bastante simple. Es decir, eran amigos, ¿no? Le apreciaba, era un muchacho agradable y, bueno, se lo pasaba bien a su lado, ¿por qué no probar a celebrar aquello juntos también? En su cabeza todo tenía sentido y era perfectamente lógico. Inocente de él, de haber sido consciente de que casi cada palabra que había salido de su boca podía ser interpretada de otra forma, nunca se hubiera atrevido a nada parecido. Por favor, que ni a darle la mano se había lanzado al final. De tener la menor idea de lo que estaba haciendo en ese momento, jamás se hubiera acercado de ese modo.

– ¿Quieres? – Mentiría si dijera que no se le iluminó la mirada al escucharle acceder a ello, aunque solo fuese un simple regalo. – ¿De verdad? – Y de haber podido se hubiera acercado más, sin embargo, bastante reducida era ya la distancia entre ambos así que, no siendo capaz de dar ese paso, sencillamente se quedó quieto en el sitio, sonriente y, en definitiva, feliz y contento por lo que había llegado a sus oídos. Sí que era fácil de complacer, sí. – ¿Pedir permiso? – Ladeó levemente la cabeza, confuso por un par de segundos y, al fin, alejándose del dragón hasta posicionarse como quiera que estuviesen antes. – ¡Oh, claro! – Asintió con energía, habiendo tenido, de pronto, una brillante ocurrencia. – ¿Y si la celebramos los tres? – preguntó. – De jóvenes no teníamos estas cosas. – Más que nada porque, en sus días de juventud, ni siquiera había nacido la persona cuyo nacimiento supuestamente se conmemoraba. – Si ella quiere… Bueno, si tiene tiempo… – Se corrigió, siendo bien conocedor de que, en la actualidad, su vieja amiga era una mujer ocupada y con responsabilidades que atender. – Los tres podríamos… Podríamos… Hacer lo que sea que se haga además de dar regalos. – Que ni idea de qué actividades tendrían lugar, pero quería formar parte de ello igualmente. Un capricho que tenía, ya está.

De cualquier manera, librando esa ardua batalla contra los palillos que, todo sea dicho, perdería estrepitosamente, de cuando en cuando, con el mayor disimulo que le era posible, alzaba la mirada para contemplar al dragón y, bueno, intentaba averiguar cómo es que él sí podía hacerlo. De verdad, que aquello era imposible; no comprendía esa facilidad ajena para atrapar alguna porción y llevársela a la boca con éxito. Claro que, no podía preguntar; si lo hacía se descubriría a sí mismo y… No, no, no. No más pensar en eso. Esa distracción había sido una tontería pasajera. Ya está. Nada más. Fin del tema. Avergonzado por su derrota y desviando la mirada, tomó ese tenedor de plástico con el que el joven regresó tan amablemente.
– G-Gracias. – comentó, con un sutil color por sus mejillas y, ahora sí, empezando a degustar la comida, que ya iba siendo hora después de tanto intento fallido.

¿Su reacción? Pues bien, sus párpados y cejas se alzaron en señal de sorpresa, el rubor se hizo algo más evidente, y sus ojos volvieron a iluminarse, entusiasmado y sobrecogido por los sabores que recién acababa de descubrir. ¿Que si le había gustado? ¿En serio hacía falta preguntarlo? Sin decir nada, hinchando las mejillas al tener la boca llena, asintió al nuevo plan. Algo de beber estaría bien, sí. No podía decir que tuviera sed, no obstante, para eso habían quedado, ¿no? Para probar y conocer. Diría que vació su bandeja con relativa velocidad pero, y si bien tampoco es que fuese especialmente lento, a comparación del muchacho… Sí que le llevó bastante más tiempo. Y no solo porque también hubiese empezado más tarde, que también.
– Siento hacerte esperar. – se disculpó cuando cayó en la cuenta de que era el único que seguía comiendo. – Una de esas cosas estará bien, sí. – ¿Sabía qué “cosas” eran esas? Lo cierto es que no. Sí, le sonaban los nombres, sin embargo, no era capaz de imaginarlas. Había dicho algo de bebida, ¿no? Intuía que sería algo del estilo, pero a saber. Sea como fuere, el ángel seguía más que dispuesto a explorar aquel mercado.
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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Vie Ago 21, 2020 10:43 am

Recomponiéndose de lo sucedido, porque su dragón cada vez se comportaba de un modo más extraño -o bueno, que él no comprendía por el momento-, terminó asintiendo de manera leve a su cuestión. ¿Por qué no? Claro, siempre y cuando tuviese ese permiso mencionado. No es como si creyese que se lo negaría pero nunca se sabía. Quién sabe, tal vez ella tuviese ya planes en mente y, después de todo, él no era nadie para negarse a sus palabras... ¿O sí? No, en principio no; seguiría sus órdenes sin importar nada siempre que las creyese convenientes y no le afectase de una mala manera, es decir, que si su ama le ordenaba algo que seguro le llevaba a la muerte, no lo haría. Ya pasó por eso una vez y no lo repetiría.

Sí, claro que quiero —dijo, y sin embargo, se quedó pensativo. ¿Realmente quería o solo respondió con esa afirmativa porque al contrario parecía hacerle ilusión? Pues en esos precisas instantes no tenía ni idea, pero la cosa es que al final terminó por aceptar. —¿Los tres? —eso no era algo que esperase, desde luego. No obstante, que el otro retrocediese y se volviese a crear la distancia entre ambos fue tranquilizador. Tanto que de un parpadeo a otro sus pupilas recuperaron su redondez mundana, dejando de lado esas otras filosas que lo delataban como el reptil que era—. Bueno, si tanto quieres se lo puedo preguntar —asintió levemente, pero de la nada, tuvo una idea mejor—. O podrías venir un día a casa y así habláis directamente. Seguro que tenéis muchas cosas que contaros. ¿Hace cuánto que no os veis? —cuestionó con cierta curiosidad y, bueno, indirectamente cambiando un poco de tema.

Bajó un poco su cabeza, como un asentimiento, cuando el otro le agradeció. Ese simple gesto venía siendo un "de nada", pero prefería seguir con su comida que pararse a hablar. Estaba mucho mejor de lo que hubiese imaginado, es decir, ni siquiera era un restaurante; se trataba de un pequeño puesto callejero pero, vaya, que estaba todo delicioso. El arroz en su punto, el tonkatsu crujiente por fuera pero bien hecho por dentro, los vegetales se notaban frescos... Y eso que no era su alimento favorito. Donde estuviese la carne que se quitase lo demás, eso desde luego. Mirando de soslayo al ángel pudo apreciar que, aunque a su ritmo, parecía que su bandeja también iba bajando poco a poco y, sin escuchar ningún tipo de queja, debía ser una señal de que le gustaba, ¿verdad?

Cuando los minutos pasaron y terminó con lo suyo, simplemente espero paciente a que su amigo también finalizase. No tenían prisa, eso estaba claro. Aprovecharía ese corto rato para descansar lo ya comido. Si no recordaba mal el puesto mencionado, con batidos y helados, debía estar cerca. —No hay nada que sentir —aseguró—. Come tranquilo, no tenemos prisa, ¿o sí? —indagó, observándole por un momento—. ¿Tienes algo que hacer después? —preguntó, ya por la simple curiosidad. No quería robarle más tiempo del necesario si es que tenía algún plan más después de aquel recorrido gastronómico—. ¿Cosas? —ladeó un poco la cabeza—. ¿Los batidos o los helados? —porque, al momento, no supo identificar que quería decir con "cosas". Que tal vez fuesen ambas o tal vez una de las dos en concreto, a saber.

Cuando ambos terminaron no dudó en recoger las dos bandejas y tirarlas a una papelera cercada colocada, en dicho lugar, para esa finalidad. Mejor eso a que la gente fuese dejando todo por las mesas. Así pues retomaron el camino, esta vez, en busca de algo para beber y refrescarse. Siendo verano era una buena opción. Bueno, eso al dragón la verdad es que no le importaba por el tema de sus elementos naturales pero, puestos a enseñar al ángel los pequeños placeres de la comida mundana, algo frío cuando el clima era cálido sonaba a una de las mejores opciones. No tardaron mucho en llegar. Los heterócromos ojos recorrieron todos aquellos vasos de plásticos tan coloridos. ¿Cuál elegir? Lo pensó por unos momentos antes de decidirse por uno. —Quiero un batido de menta y coco —miró a su amigo—. ¿Vas a querer un batido o prefieres un helado? —señaló la zona donde vendían los mismos.


Postre, marchando~
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Mensaje por Ieilael el Sáb Ago 22, 2020 12:19 pm

Solo fueron cuatro palabras. Una sencilla afirmación; nada más. Eso, tan solo eso, fue suficiente para, por si ese brillo en su mirada y esa luminosidad en su sonrisa no bastara, teñir también muy sutilmente sus mejillas de una tenue coloración rosada. Sí, solo pensar en aquel plan futuro ya le hacía toda la ilusión del mundo. ¿Que teniendo en cuenta su edad y que, de ambos, era el mayor no debería actuar de otra manera más formal y madura? Pues puede ser, sin embargo, no nos engañemos, que su corazón seguía siendo el de un niño; solo había que sacarlo a la luz. Y ahí le tenía el dragón; siendo consciente de ello o no, era lo que había conseguido llevándolo al mercado, enseñándole algunos de los sabores que el mundo tenía que ofrecer, hablándole sobre ellos aunque poco o nada entendiese, conversando sobre esas curiosas costumbres humanas, accediendo a ese capricho que había tenido sobre celebrar juntos la Navidad y, en resumen, acompañándole.

¿A su pregunta? Simplemente asintió. Sí, los tres. Si es que podía darse el caso, claro; de lo contrario, con ser solo dos también se contentaría. Que no sería lo mismo, por supuesto, no obstante, lo disfrutaría igual.
– Por mí no hay problema. – contestó, risueño y lleno de energía. – Ah… No lo sé. – Al menos era sincero con sus respuestas. Apenas era consciente del paso del paso del tiempo; se le hacía imposible determinar la fecha de la última conversación que hubieran podido mantener. – La vi al poco de llegar a la isla aunque… Tardé en reconocerla. Ha cambiado mucho. – confesó. ¿Qué no era obvio que su apariencia actual no se correspondía con la que él guardaba en sus memorias? Por muy cercanos que hubieran sido, reconocerla de buenas a primeras no fue fácil. – Después nos hemos visto alguna vez más. Entiendo que ahora es una mujer ocupada. – añadió, riendo suavemente por algunos segundos, pareciéndole de lo más curioso que, en el pasado, no se hubieran visto más a menudo por él y, en la actualidad, lo fuera por ella. Que tampoco es como si le importase demasiado teniendo todo el tiempo del mundo para reunirse ahora que se habían reencontrado, pero vaya.

– ¿Ah? No gran cosa. Iba a buscar a alguien, pero no tengo ninguna prisa. ¿Por qué? – ¿A quién? A la misma niña de siempre. Huiría nada más se percatase de su presencia, lo sabía, sin embargo, eso no le detendría y, hasta que llegase el momento, allí estaría para asegurarse de que no sufría ningún daño. ¿Que no lo había dicho ya? No disfrutaba del dolor de nadie; no siquiera del de esos a quienes aborrecía con toda su ala. Y por ello, no iba a permitir que nadie más la hiriese. – Eh… – rio algo nervioso, desviando la mirada por un momento con una ligera vergüenza. – N-No sé qué es ninguno de los dos. O-O sea… S-Sí que he escuchado los nombres pero… Ah… No… – Nunca los había probado y, de tenerlos delante, lo más seguro es que tampoco supiese identificarlos como lo que verdaderamente eran. Vamos, que por si no había quedado suficientemente demostrado a estas alturas, ni las bebidas ni las comidas eran su fuerte.

Avanzando un poco, cuando hubo terminado, pronto siguieron con su camino hasta el puesto. Una vez allí, rodó los ojos por todo el lugar, asombrado por la gran variedad de que había.
– ¿Todo esto son esas cosas que has dicho antes? – preguntó, curioso e inocente. Por favor, que los había de casi todos los colores, formas y tamaños. Entro los distintos envases, las tarrinas, los conos, los… – ¿Eso también es un…? ¿Cómo era? ¿Helado? – Señaló unos concretos; rojos y blancos –de fresa y yogur de vainilla, para los entendidos–, cilíndricos y alargados, con un palo incrustado que, intuía, sería para sujetarlo. – Quiero eso. – insistió, sin perder la sonrisa, ya volviendo a sacar la cartera para pagar por ambos. Así, cuando finalmente lo tuvo entre las manos y se aventuró a probarlo, no pudo sorprenderse más. Tanto, que su sorpresa vino acompañada de un escalofrío y hasta un pequeño saltito en el sitio. – Está frío… – murmuró, como si fuera lo más fascinante del universo y no algo excesivamente obvio. – ¡Por eso los llaman helados! ¡Ahora lo entiendo! – exclamó emocionado. Vamos, que acababa de hacer el descubrimiento del siglo.

El polo del nene (?)
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Can’t wait to fall again [Priv. Jun'ichi Hōjō] Empty Re: Can’t wait to fall again [Priv. Jun'ichi Hōjō]

Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Mar Ago 25, 2020 9:38 am

Hubo algo entre todo lo que dijo el contrario que le dejó algo más serio que de costumbre. Debía darle la razón en ese mismo punto; aunque no supiese cómo era de joven, ahora estaba claro de que era una mujer ocupada. Muy ocupada. Demasiado tal vez. Eso es lo que le molestó un poco. Volver de nuevo a esos sentimientos con los que se despertaba cada mañana, solo, en una casa tan grande. Dijeron que estarían uno junto al otro, y sin embargo, apenas se veían. Eso no es lo que imaginaba después de aquel reencuentro. Pensaba que pasarían horas y horas uno en compañía del otro, recordando viejos tiempos, hablando de lo que sucedió cuando se separaron... Nada de eso estaba sucediendo. Solo estaba en casa, o paseando por la isla. Con suerte coincidían en el mercado si le ordenaban algo. ¿Era egoísta por su parte querer pasar tiempo junto a ella?

Lo es —concluyó, notándose en él aunque no quería, esa distracción; como si no hubiese estado junto al ángel en esos momentos en los que se sumía en sus pensamientos. —¿Qué hay de ti? ¿No eres un hombre ocupado? —cuestionó, haciendo referencia a su trabajo, claro. La primera vez que se cruzaron iba muy bien arreglado, tal vez de alguna sesión, pero luego en el evento se puede entender que estaba libre, al igual que en sus siguientes encuentros. A ver, tenía entendido que buscaba a alguien, pero eso no se consideraba trabajo, ¿cierto? ¿O tal vez era eso lo que en realidad le mantenía tan ocupado?— Solo era curiosidad. No quiero molestar, eso es todo —se sinceró, porque de tener otros planes no se entretendría de más. Ahora, sabiendo que realmente no tenía nada más que hacer, o que al menos prisa no tenía, podía alargar más el encuentro.

¿Alargarlo más? ¿Por qué? Ah... Tal vez no quiera volver a esa casa para estar solo. Seguro se trataba de eso. En ese caso, cuando llegase el momento de la despedida, iría al mercado a intentar ver a su ama; si no lo conseguía daría alguna vuelta hasta que la noche reinase en los cielos. Eso es, cansarse para dormir y así no pensar de más. Genial. Ya estaba todo planeado en ese caso. —Tranquilo, es normal si no necesitas comer o beber —comentó, señalando la parte de las bebidas—. Todos estos son batidos de frutas y, bueno... Pues se hacen con frutas —dijo, porque para él sonaba más que obvio pero a saber si era de ese modo para el contrario también—. Lo mejor es que los hacen con hielo, por eso resultan tan refrescantes —hizo una pausa para mirar el otro apartado—. Helados también hay mucha variedad. Te lo pueden servir en ese cono, que por cierto, es comestible , o en una tarrina —al menos, así eran las bolas de helado.

La sorpresa llegó cuando, entre sus manos, sostuvo su batido de coco y menta y el contrario se decidió al final por un helado; un polo para ser más exactos y, por su color, tal vez de fresa, frambuesa o algún fruto rojo. Eso sí, antes de siquiera poder llevarse la pajita a la boca para dar un primer sorbo, una de sus cejas se alzó no solo por el entusiasmo ajeno, sino por ese comentario que soltó. ¿No era lógico? Y se hubiese reído, cierto, pero no fue el caso. Apenas esbozó una sutil sonrisa que rápido ocultó cuando dio el primer trago de su batido. Delicioso y bien frío. Bueno, que eso no suponía un problema para él teniendo en cuenta que podía congelarlo en cualquier momento.

¿Quieres que vayamos a un sitio más tranquilo a tomarnos esto? —preguntó. No es como si se estuviese mal en el mercado, pero oye, que tal vez resultaba más agradable sentarse en un banco sin que la gente pasease por tu lado constantemente y corriese el riesgo de que se cayese el helado. Solo de imaginar la cara de tristeza del ángel si eso llegaba a pasar le provocó una risa interna que, obviamente, no exteriorizó. Pero fue divertido en su cabeza, verle como un niño pequeño llorando porque le han tirado su tan preciado polo.
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Can’t wait to fall again [Priv. Jun'ichi Hōjō] Empty Re: Can’t wait to fall again [Priv. Jun'ichi Hōjō]

Mensaje por Ieilael el Miér Ago 26, 2020 12:39 pm

Tras hablar, se quedó en silencio por varios instantes, tan solo contemplando al dragón. ¿Sucedía algo? Bien era cierto, y lo sabía de sobra a estas alturas, que el chico no era la persona más expresiva, sin embargo, había algo ahí que le molestaba ligeramente; esa especie de… ausencia. Que físicamente seguía con él, eso desde luego, pero mentalmente dio la impresión de encontrarse muy lejos. Aunque, bueno, quizás “molestia” como tal no sea la palabra más indicada; tal vez “preocupación” sería más acertado. – ¿Estás bien? ¿Pasa algo? – preguntó directamente, alzando el brazo hasta dejar reposar suavemente la palma de su mano sobre una de las extremidades ajenas, cerca del hombro. O al menos, así lo hizo hasta que cayó en la cuenta de ese contacto. – L-Lo siento. – se disculpó, apartándose un poco y bajando la mirada.

– ¿Yo? Ah… No… ¿O sí? N-No lo sé. – Y ahí estaban otra vez esos nervios tontos y sin sentido que venían atacándole a cada rato desde que se había encontrado con el muchacho. Por favor, que no era tan difícil de responder. – Eh… O-O sea… El trabajo me suele dejar bastante tiempo libre. Es… raro el día que no me queda tiempo. – Que, por supuesto, podía darse el caso; al fin y al cabo, unos días siempre pueden ser más atareados que otros. Cosas que pasan. – Por lo demás… Diría que todo lo hago porque quiero y que no cuenta pero… – Hizo una breve pausa, pensativo. – No sabría decir hasta qué punto eso es cierto. – admitió sin muchos rodeos. ¿Por qué? Porque era bien consciente de lo que una simple frase de cualquier superior podía hacer con él y estaba muy al tanto de que no todos sus deseos eran enteramente suyos. ¿A lo que escuchó después? Alzando un poco las cejas en señal de sorpresa, rápidamente negó tanto con la cabeza como con las manos. – No, no, no. No molestas. Nunca has sido una molestia. Eres buena compañía; me gusta estar contigo. Hasta podrías llamarme en medio de la noche y encantado te vería. – asintió con energía y convicción, pensando más bien en un paseo nocturno o algo por el estilo.

Emocionado como un pequeño infante y con los ojitos brillantes de ilusión por lo que acababa de averiguar, levantó la mirada para observar al contrario y compartir con él su gran hallazgo… Pero no. No abrió la boca; ni una sola palabra salió de entre sus labios. En su lugar, se quedó en silencio, contemplando, admirando los ajenos y esa sutil curvatura que dibujaban en los pocos segundos que durase dicha mueca. En cuanto esta se esfumó, tan solo desvío la vista hacia cualquier punto en el que el dragón no entrase en su campo visual, parpadeando un par de veces en un torpe intento de centrarse mínimamente y, por supuesto, con un ligero sonrojo comenzando a hacer acto de presencia por sus mejillas.
– ¿E-Eh? A-Ah… U-Un sitio tranquilo, s-sí. ¿Quieres sentarte en algún lado? C-Creo que por ahí había un banco…

Inconscientemente y queriendo que le siguiera, el ángel se aventuró a, ahora sí, tomar la mano libre del muchacho. Al momento no se percató de ello, no obstante, avanzando en dicha dirección, cayó en la cuenta de lo que había hecho y, si antes el rubor en su rostro era bastante ligero y podría pasar medianamente desapercibido, ya sí que no había forma de ocultarlo. Que tampoco era nada exagerado, pero a esa reducida distancia se hacía más que evidente. ¿Soltarle? No, nada de eso. ¿Qué diría si lo hiciera? No tenía motivos para ponerse así y, si le preguntaba por qué… Sabía solo se avergonzaría más de lo que ya estaba. Vamos, que tampoco podía. Ahora bien, la cosa no quedó ahí. Era verano, hacía calor… y si no te das prisa, los helados se derriten. Eso mismo fue lo que sucedió con el de Ieilael. Notando cómo algunas gotas de frío líquido comenzaban a caer y no queriendo desperdiciar nada, no tardó en deslizar su lengua por toda la extensión del helado; lamiéndolo con cuidado, grácil, y de abajo a arriba.

Repitió dichos movimientos en un par de ocasiones más, lentos y por si acaso; sin embargo, en una de estas, mientras inocentemente se encargaba de aquel postre y, ya puestos a saborearlo debidamente, introducía también los primeros centímetros del mismo en su boca, todavía con esa tenue coloración rojiza por su rostro, sus grisáceos orbes rodaron hasta los contrarios, clavándose en los mismos por unos breves instantes. ¿Su intención? Averiguar cómo le había sentado su atrevimiento de tomarle de la mano y pasear de aquella forma hasta el banco; nada más. Una vez llegaron, se separó y no tardó en sentarse. No obstante, una nueva duda había asaltado su mente durante el camino: ¿cuánto? En completo silencio, limitándose a poco más que observar el polo en su mano, concentrado, se humedeció los labios y cogió aire. ¿Qué hizo? Cuando se vio preparado para ello, bajó los párpados y, sin pensárselo dos veces, volvió a introducirlo en su cavidad bucal, descendiendo lenta pero firmemente hasta tenerlo dentro prácticamente en su totalidad. Una vez conseguido esto, repitió el mismo movimiento a la inversa y, cuando se hubo apartado de él, volviendo a abrir los ojos, recuperándose, dejó escapar un suave suspiro.
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Can’t wait to fall again [Priv. Jun'ichi Hōjō] Empty Re: Can’t wait to fall again [Priv. Jun'ichi Hōjō]

Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Vie Ago 28, 2020 6:27 am

Tal vez sí que estaba algo disperso para lo que solía ser él, y eso no le gustaba mucho; no por sentirse de ese modo en sí, sino más bien por cómo debe estar haciendo sentir a su amigo. Seguro que le está incomodando por su falta de educación. Debería estar solo disfrutando del presente y no pensando en cosas inadecuadas para el momento. Qué descortés por su parte. Ni se había dado cuenta hasta el momento, tan absorto estaba en su propio mundo. —Estoy bien —aseguró, deslizando la mirada a esa mano que le había tocado sin ningún tipo de permiso. ¿Su reacción? Ninguna, solo volver a mirarle—. No hay problema por ello —por el contacto físico, que tampoco ha sido la gran cosa—. Solo estaba pensando en otras cosa. Lamento si te has sentido incómodo por mi ausencia —se disculpó, porque a pesar de su frialdad, en realidad era alguien educado.

De nuevo esos nervios inexplicables, o al menos, sin explicación aparente para el dragón. Seguía sin entender muy bien porque invadían al ángel de ese modo. ¿Pasaba algo y no se estaba enterando de nada? Bueno, fuera lo que fuese escuchó con atención acerca de su trabajo. Él no sabía nada acerca del mundo del modelaje, eso desde luego, y aunque quería pensar que era similar a ser cantante como lo era ella, la verdad es que veía similitudes muy justas; ella debía entrenar la voz, aprender de música, memorizar coreografías... ¿Que eso no lleva mucho tiempo? Y si pensaba en un modelo...: cambiarse de ropa y hacerse fotos. Vale, tal vez no tuviesen nada que ver y por eso el contrario tenía más tiempo libre. Claro, todo esto desde la ignorancia y su propia perspectiva.

Ah... Bueno, lo tendré en cuenta; pero en plena noche suelo dormir —añadió eso último porque, para él, era obvio que a esas horas estaría durmiendo. Que para el contrario tal vez no fuese así, pero cosas que pasan después de todo. Ahora bien, otra vez esos nervios. ¿Por qué? ¿Qué había pasado en ese corto lapso de tiempo para que al de blanquecinos cabellos la temblase tanto la voz? Se quedó en silencio, rememorando, intentando encontrar algo que pudiese tener un mínimo de sentido. Espera... Aunque su expresión no suele cambiar, hace medio minuto había sonreído. ¿Era por eso? Si lo recordaba bien, en el baile el ángel dijo algo con respecto a su sonrisa, ¿cierto? Pero en ese momento no reaccionó como lo hace ahora. Qué extraño...—. Vayamos.

Dispuesto a caminar en dirección a ese banco donde poder sentarse y degustar su refrescante bebida, se vio sorprendido por un acto ajeno que nunca hubiese esperado. Su heterócroma mirada se dirigió a esas manos ahora tomadas, que si bien podría haberla apartado con un gruñido de advertencia, no hizo nada ni semejante. Eran amigos después de todo; no veía problema en que lo hiciese siempre que con ello se sintiese cómodo. ¿Que cómo se sintió? Pues bueno, por no dejar la mano muerta terminó por aferrar la contraria sin darle mucha importancia al asunto. Eso sí, que por mucho que se iba tomando su batido pudo fijarse en el rubor que adornaba esas mejillas que parecían porcelana.

Pero si pensaba que ahí se quedaría la cosa... Cuán equivocado estaba el joven reptil alado. Si tan solo se hubiese quedado en ese sonrojo sin más nada malo hubiera sucedido. ¿Entonces qué pasó? Que tal vez no fue una buena idea dejar que se comprase ese tipo de helado. Jun no fue consciente al momento, pero había otro que sí percibió esos movimientos ajenos como algo... ¿Atrevido? Bueno, que lo relacionó con otro tipo de acciones, con los mismos movimientos pero en contextos diferentes. Sí, el gruñido que resonó bajo su pecho se hizo notar, al igual que un ligero aumento en su temperatura corporal. Al dragón le gustaba lo que veía, cosa de instinto animal tal vez, sin embargo el joven solo quería que el coloso se calmase. No podía ir gruñendo por ahí como si tal cosa. ¿Que no? Solo se intensificó, no de manera muy exagerada, cuando el ángel dirigió la mirada a su persona. No, no reaccionó, no sabía ni dónde meterse por esos calores que lo estaban invadiendo.

Al llegar al banco casi pareció desplomarse en él, y cuando se hubo soltado de su amigo, llevó ambas manos a su vaso de plástico para, concentrándose, intentar bajar la temperatura de su cuerpo y con ello enfriar de nuevo su bebida, porque sí, la había calentado sin darse cuenta. Una vez logrado se llevó la pajita de nuevo a la boca, saboreando aquella delicia líquida. Su error, sin embargo, fue desviar los ojos por un segundo en dirección del otro, encontrándoselo... ¡¿Qué se supone que estaba haciendo?! Obviamente que el primero en reaccionar fue el dragón, gruñendo con fuerza pero, esta vez, topándose con el batido que había tragado y entremezclándose ambos en su garganta. ¿Conclusión? Nunca gruñáis si estáis tragando, porque... Bueno... El pobre no solo termino por escupir un poco de su bebida al atragantarse con ella, sino que, por culpa de eso que estaba tocando la moral desde dentro, había congelado todo el vaso y parte de sus manos.

Tras toser un par de veces y recuperarse se deshizo del hielo de sus manos. —Lo siento —sí, se disculpó por el espectáculo que acababa de dar—. No sé qué me pasa últimamente —mintió, pero solo un poco. No estaba completamente seguro de lo que sucedía, cierto, pero comenzaba a tener una idea que cada vez cobraba más fuerza. En definitiva, el ángel era el culpable de que su dragón no estuviese tranquilo; ojo, que no era malo, solo extraño. ¿Acaso no le había pasado solo con su todo?
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Mensaje por Ieilael el Vie Ago 28, 2020 4:26 pm

¿De verdad estaba bien? Bueno, era lo que acababa de decir, ¿no? Como buen amigo, creería en su palabra aunque, también es cierto que no estaba del todo seguro de que nada sucediera. No obstante, que si decía que todo estaba como debía, al menos haría el esfuerzo de no darle vueltas de más a un asunto que no le iba a llevar a ninguna parte. – ¿Ah? No, no. No ha sido incomodidad; solo… Por un momento he pensado que pasaba algo y… Solo me preocupo. Solo eso. – explicó, dibujando una sencilla y pequeña sonrisa en sus labios, queriendo indicarle que, en efecto, estaba lejos de sentirse molesto o, en fin, incómodo, como él había dicho. No quería verle decaído o lo que quiera que hubiese sido aquello; nada de eso. Quería que se lo pasara bien y disfrutara de aquel rato juntos por el mercado.

Rio un poco porque se lo hubiera tomando tan al pie de la letra, divertido por la respuesta que había obtenido.
– No era más que un ejemplo. – aseguró, con una deslumbrante sonrisa adornando su jovial rostro. Oh, pero eso sí, tomaría una rápida nota mental de aquello. – ¿Eres de los que duerme de noche? – preguntó, bastante curioso. ¿Que por qué? Pues porque, si bien él no necesitaba descansar como tal, sabía que otras muchas criaturas –la mayoría, probablemente– que sí que lo hacían. ¿Y entonces? Bueno, del mismo modo que era conocedor de aquello, también era consciente de que no todos los seres duermen a las mismas horas del día; había quienes vivían por la noche y descansaban por la mañana, y todo lo contrario. El dragón frente a él, por lo que había dicho, parecía pertenecer a los segundos. – Podrías llamarme al amanecer y encantado iría. – se corrigió. – O… No sé, cuando… Cuando quieras. – No, desde luego que ese tema no era su fuerte. ¿Qué sabía él sobre qué se hacía al amanecer, si despertar o seguir durmiendo? Nada, absolutamente nada.

Y bueno, centrémonos. La mano. La mano. Sí, esa que tan gratuitamente había tomado por impulso y sin darse cuenta. La misma que le hizo sonrojarse en cuanto se percató de la forma en la que estaban caminando hacia aquel banco. No la había apartado. No había dicho nada. No se había quejado. Vale. Calma. Calma, por favor. Solo era eso, un simple y común contacto; no pasaba nada. No era especial. No tenía que ponerse así por eso; no tenía sentido hacerlo. Tranquilidad. Mejor centrarse en el helado, que a este paso terminaría derretido y… No. Afianzó ese agarre. Se aferró a él. Al sentirlo, con las mejillas algo más encendidas, por mucho que quiso mirarle, al momento no encontró el valor, limitándose a poco más que rodar los ojos en dirección opuesta. ¿Por qué reaccionaba así? ¿Qué sentido tenía? Sí, de acuerdo, en ocasiones podía emocionarse un poco más de la cuenta por cosas cotidianas y de lo más sencillas, y sí, por supuesto que le gustaba pasar tiempo con otros amigos pero… esto… Esto era raro. No lo entendía. Era frustrante no entenderlo.

Habiéndose centrado en el helado y habiéndose calmado al menos un poco, fue que, con aquel postre en la boca, inocente de él, se atrevió a mirarle queriendo saber cómo se lo había tomado y… ¿Estaba bien? ¿En serio? Si no se apartaba y no decía nada… Debía estarlo, ¿no? ¿Qué fue ese gruñido, entonces? De nuevo, no tenía respuesta para sus preguntas. ¿Qué le estaba pasando? ¿Que acaso se le había olvidado cómo actuar como una persona normal? Mejor no pensar mucho más en el tema; suficientemente ruborizado estaba ya como para añadir más leña al fuego. Así, sin nada que decir y queriendo fingir que todo estaba en orden, con sus manos tomadas, continuó encargándose de ese helado como había venido haciendo hasta ese punto. Al menos, hasta que llegaron al banco, se sentaron, y tuvo esa brillante ocurrencia que, en toda su ingenuidad, no dudó en poner en práctica.


– ¿J-Jun? – Parpadeó un par de veces, algo confuso por la reacción del joven, apartando también el helado de sus labios para centrar su atención en el contrario. – ¿Estás bien? ¿Pasa algo? ¿Puedo… ayudar de alguna forma? – preguntó, una vez más, preocupado. Preocupación a la que también hubo que sumar la sorpresa de contemplar el vaso y parte de las manos ajenas congeladas. – Ah… No… No tienes por qué disculparte. – contestó, dando por hecho que, independientemente de lo que hubiese sido aquello, se encontraba mejor. O esa fue la sensación que tuvo cuando le observó librarse del hielo. – Supongo que, en ese caso, estamos igual. – reconoció, bajando la mirada al helado antes de volver a llevárselo a la boca. – Tal vez sea porque tenía ganas de venir desde que hablaste de este sitio. No lo sé. – conjeturó, incapaz, por ahora, de ver un poco más allá y darse cuenta de la verdadera razón que le motivaba a comportarse de esa manera que tan extraña se le antojaba.
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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Sáb Ago 29, 2020 6:44 am

Aún a pesar de haber "solucionado" aquel pequeño acontecimiento, igualmente descortés por su parte, volvió a disculparse por su actuación. —Lo lamento. En serio que no sucede nada solo... Tenía la cabeza en otra parte. Sé que no debería pero he divagado solo sin darme cuenta —explicó, aunque no tendría ni por qué ser necesario, pero veía correcto hacerlo para que su amigo comprendiese que, realmente, no sucedía nada malo. Solo había sido eso, un momento en el que estaba pensando de más cosa que, por otro lado, no debería. ¿Acaso ella pensaba tanto en él? En cierto modo... Empezaba a dudarlo; hasta ahí llegaba su decepción ese día que, por otro lado, seguía en aumento.

Ladeó un poco la cabeza con una momentánea confusión. Ah... Solo un ejemplo... Tal vez sí que se lo tomó muy literal por ese despiste inicial, aunque nunca estaba mal saber la opinión del otro. Y si ya estaba algo confuso, este sentimiento solo creció un poco más con esa pregunta. ——asintió en primer lugar, haciendo una pequeña pausa antes de aventurarse a añadir—. Bueno, si no tengo nada que hacer en principio sí, duermo por las noches —y tengamos claro que, "cosas por hacer", era una referencia a salir de caza si se lo ordenaban o situaciones por el estilo. Pero claro, de normal dormía por la noche; y como un bebé. En ocasiones podía tener el sueño ligero, cierto, pero de normal solía hacerlo sin problema, descansando y recuperando energías para el día siguiente—. Lo tendré en cuenta —repitió lo dicho con anterioridad, sí; pero era cierto. Que no le llamaría sin un buen motivo, eso estaba seguro, sin embargo estaba bien saber que el contrario estaría dispuesto a acudir a su llamado.

¿Qué sucedió tras ello? Bueno, ese corto paseito tomados de la mano que, si bien el de cabellos bicolor pareció no darle mucha importancia, el ángel parecía un manojo de nervios. No entendía el por qué exacto, cierto, pero por la actuación de su dragón, ese que se guiaba por simple instinto, empezaba a hilar momentos del pasado junto a su amigo y a notar sutiles conexiones. No obstante, cuanto más pensaba más raro se le hacía todo. Bailaron juntos en aquel evento enmascarado y ninguno de los dos reaccionó de ningún modo atípico; vaya, que más pegados no pudieron estar. Entonces, ¿por qué ahora era todo diferente? Desde el inicio de aquel encuentro Ieilael había estado actuando como un infante, ilusionado por todo; también nervioso. Esos momentos son en los que se centró.

Nada. Su distracción, ver al contrario disfrutar del polo de ese modo tan curioso, caso ahogarse él solo con la bebida y posteriormente congelar el vaso... En fin, que tal vez aquel no estaba siendo su día. —Tranquilo —murmuró, recuperando el aire después de toser como un condenado y acordarse de toda la estirpe de los dragones por no entender el actuar de ese coloso que no dejaba de gruñir—. Estoy bien. Solo... Me he atragantado un poco —diría el motivo, pero estaba seguro que ese sonido no había pasado desapercibido y, la verdad, no sabía cómo excusarse. No tenía mucho sentido esa forma de actuar tan peculiar. Por favor, que era un joven aparentemente normal, no un animal irracional que iba gruñendo a diestro y siniestro. Ah... Qué mal todo...

Claro que, aquella última parte no se la esperaba. Desvió la mirada al contrario al escucharle, con cierta curiosidad. No estaba muy seguro de a qué podía referirse y, sin embargo, tenía una ligera idea. ¿Que no había estado pensando en ello desde hacía un rato atrás hasta ahora? Pues eso, más o menos podía intuir que era a lo que se refería el ángel. —Tal vez... —habló en un tono bajo. Una idea de lo más peculiar pasó por su mente, de la nada, haciendo que centrase su completa atención en su amigo—. ¿Alguna vez has ido a la playa? —cuestionó—. No hay comida como en el mercado pero es algo que hacen mucho los humos; van a tomar el sol, bañarse en el mar, jugar en la arena... Se divierten en general —explicó, por si acaso nunca había hecho ese tipo de cosas—. ¿Qué te parece si vamos un día antes de que se acabe el verano? —propuso, intentando, con suerte, desviar el tema a algo más alegre y menos... Raro.
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Mensaje por Ieilael el Sáb Ago 29, 2020 7:15 pm

Al escuchar sus palabras, negó inmediatamente, tanto con la cabeza como con las manos. No, no era necesario que se disculpase. Si solo había sido eso, estaba bien. Cualquiera puede distraerse por un momento, al fin y al cabo, ¿no? – No hay nada que lamentar. – aseguró, esbozando una pequeña sonrisa que trató de ser lo más simpática y amigable posible en un intento de transmitirle que, en efecto, no había ningún problema por aquello. – Pero me alegra saber que estás bien y no es nada. – añadió del mismo modo; quizás incluso endulzando un poco aquel apacible semblante, aliviado. ¿Y cuando le respondió a aquella curiosa pregunta? Tan solo asintió, tomando nota mental de todo. De acuerdo. Dormía por la noche. Ya sabía cuándo no debía molestarle con mensajes, ni visitas, ni… nada. – Entiendo. Yo… Siempre suelo estar despierto. – comentó con naturalidad. Porque sí, podía descansar si así lo deseaba, no obstante, no acostumbraba a hacerlo. Vamos, que podía contactarle cuando quisiera.

– Oh… Ya… B-Bueno… Si hubiera algo que pudiera hacer… Ya sabes que no tengo problema en echar una mano. – insistió. Que claro que le creería si aseguraba que todo estaba en orden y que solo se había atragantado, pero quería que eso quedase claro. Le curó el ala herida aquella vez en el desierto, cierto, sin embargo, y más ahora que se habían vuelto cercanos, quería que supiera que estaría ahí para lo que fuera. – D-Debe ser eso. – asintió, llevándose el helado a la boca y volviendo a lamerlo porque, bueno, de adorno no estaba y tampoco era plan de que acabase derretido. – Siento si he estado raro. Me… Me hacía ilusión venir. – confesó, desviando la mirada por unos instantes y tomando un mechón rebelde para colocarlo tras su oreja. – Me lo he pasado bien. – agregó, rodando los ojos al dragón una vez más, dedicándole enteramente a él una suave pero sincera sonrisa. – Gracias.

Dicho todo esto, volvió a centrarse en aquella delicia helada por un rato, de un modo similar al de antes salvo por una diferencia; no volvería a introducirlo al completo en su boca. Después de todo, eso solo había sido la curiosidad del momento y ya había sido saciada. En su lugar, se limitaría a lamer y, a lo sumo, encargarse con la boca de los primeros centímetros hasta que… En fin, ya no quedase nada. – ¿La playa? – Ladeó levemente la cabeza, alzando los párpados y las cejas en señal de sorpresa. No se esperaba nada similar por parte del joven, honestamente. Ojo, que no le desagradaba la idea; todo lo contrario. – Sé lo que es la playa. – confirmó, seguro de haberla pisado en algún momento de su vida. ¿Cuándo? A eso ya no podía responder con tanta seguridad. – ¡Claro! – Accedió de inmediato, sí; sonriendo feliz y alegremente por tener otra oportunidad de pasar tiempo el muchacho hasta que… cayó en la cuenta de algo.

Playa. Arena. Tomar el sol. Bañarse. Poca ropa. Le hubiera gustado poder decir que no, que no se había imaginado nada en absoluto y que ningún recuerdo del dragón con pocas o ninguna prenda había llegado a su mente pero… Sería mentira. Lo hizo, sí. Y en consecuencia, sus mejillas volvieron a encenderse. ¿Negarse? ¿Cancelar el plan? No, por supuesto que no. Jamás. Nunca haría nada como eso. Lo que le estaba pasando solo era cosa de la emoción por haber descubierto nuevos sabores; no volvería a repetirse. Era una tontería, evidentemente. Por favor, que ya le había visto antes de esa forma. Lo tenía todo controlado. Ningún problema. Así, con todo ello en mente, en algún punto se terminó el helado, dejando poco más que aquel palo que alguna vez hubiera estado incrustado en el hielo y que, posteriormente, tiraría a la papelera más cercana. Y hubiera seguido junto al dragón por más tiempo, continuando con sus planes y hablando de todo y nada a la vez, no obstante, algo, o mejor dicho alguien, pronto llamó su atención.


– La niña… – murmuró, siguiéndola con los ojos. No debía haberle visto entre la gente; no se pasearía por allí de ser de otra manera. – L-Lo siento, Jun. Tengo… Tengo que irme. Creía que podría quedarme más pero… ¡L-Lo siento! – explicó, levantándose del banco y poniéndose en pie; disculpándose también, ya de paso. – ¡Llámame! – Para acordar el encuentro a orillas del mar o… Para lo que quisiera, realmente. – O… O te llamo yo. N-No sé. Por la noche no. No te llamaré por la noche. – Negó con la cabeza, alejándose ya algunos pasos. – ¡Duerme bien! – se despidió. ¿Se… despidió? Ni siquiera era de noche. ¿Qué demonios había sido eso? Avergonzado y atacado por los nervios una vez más, comenzó a caminar en la misma dirección que la híbrida pelirosa, perdiéndose, eventualmente, entre la multitud.
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