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And now... What? [Priv. Ji Ahn Kyŏng] [+18]

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Mensaje por Ji Ahn Kyŏng el Jue Ago 06, 2020 8:40 am

Entre placenteros suspiros y ocasionales aunque gustosos jadeos por esas atenciones que recibía al unísono, con el rostro ligeramente girado en su dirección, no apartó la mirada del contrario en ningún momento, contemplándole con unos ojitos que pedían, rogaban, y exigían por más mientras mordía su propio labio inferior en un sutil pero provocador gesto. Más, sí. Porque no era suficiente, porque lo necesitaba. Necesitaba tenerlo, necesitaba sentirlo… Y lo necesitaba en ese preciso instante. No quería esperar; no podría hacerlo durante mucho más tiempo antes de que aquello se convirtiera prácticamente en una tortura.

¿Desesperado? Sí, total y definitivamente sí; si todavía quedaba alguna duda, solo con verle por más de dos segundos seguidos, deberían quedar resueltas. Y sin embargo, por mucho que le pesase, no podía tenerlo. No tan pronto. Lo sabía; era perfectamente consciente de ello y, aun así, ahí estaba, incitándole a ello también verbalmente con esa simple y entrecortada frase. Que no sabía a qué esperaba le había dicho. ¿No lo sabía? Mentira; había mentido muy descaradamente con esas palabras. Por supuesto que lo hacía, claro que conocía la razón: que si tenía que gritar, puestos a ello, que fuera de placer y no de dolor.

Ahora bien, con el pensamiento nublado y solo centrado en ese deseo, ¿creéis que el humano estaba en condiciones de pararse a pensar en lo que hacía, decía, o siquiera de replantearse qué era eso que se le pasaba por la cabeza? No, evidentemente no. Entre el alcohol, las confianzas, y esa excitación que le consumía… Era imposible. No cuestionaba, solo se dejaba guiar por esa ansia que se había adueñado de él. Y en serio que hubiera abierto la boca para responder a esa maliciosa pregunta que el demonio le había planteado pero… Ese segundo dedo al fin. Sentir cómo se hundía y se adentraba en su interior, cómo se acompasaba con ese primero e imitaba también sus movimientos… No pudo. No pudo contestar; su única respuesta fue un nuevo jadeo y una sencilla expresión que delataba su disfrute.

Y ahí estaba eso que les impedía acelerar y comenzar ya con lo que sus cuerpos demandaban; que se unieran de una vez, que fueran uno, que exploraran y jugaran entre ellos y el uno con el otro hasta saciarse. No obstante, debían esperar. El demonio lo había dejado muy claro con ese interrogante. ¿Quería terminar en el hospital? No, obvio que no. Apartando la vista de él y quedando básicamente al frente, negó con la cabeza.
– N-No. – Aquí sí que se dignó a hablar y, si bien hubiera sido bonito poder decir que lo hizo entrando en razón y convencido de ello, me temo que ese estaba lejos de ser el caso. Y aunque lo hubiese sido, con la respiración acelerada como la tenía, hubiera dado igual cuánto se esforzase, no hubiera podido sonar de ese modo.

En fin, que tras esta pequeña “charla”, si es que se la podía considerar así en primer lugar, dado que los movimientos ajenos no habían cesado, los sonidos que se le escapaban o, mejor dicho, que tan libremente dejaba salir –porque no, siendo bajos e íntimos como lo eran, no intentaría silenciarlos; total, nadie más que el otro podría escucharlos–, tampoco lo hicieron. Pero vaya, que si creía que así se iba a quedar la cosa, se equivocaba. Y mucho además. Para ser exactos, tanto como con ese pensamiento de que no sería hasta estar más avanzados que mordería el cojín. Error, craso error.

Ni siquiera prestó atención a lo que quiera que el contrario hubiese dicho. Le había escuchado; sabía que había hablado. ¿Qué había querido decirle? Ni idea. No había captado el mensaje y tampoco le importaba. ¿Por qué? ¿De verdad hace falta que lo explique? En el mismo instante en que sintió esas caricias por aquella zona interna, primeramente, sus párpados se alzaron con sorpresa solo para, inmediatamente después, bajarlos por instinto ante aquella tan placentera sensación que repentinamente le invadía. Iba a alzar la voz. Iba a hacerlo. Lo sabía. No se contendría. No podría evitarlo. Pero estaban en la terraza; no... No queriéndolo pero no teniendo más remedio, se estiró hasta dar con el famoso cojín y apresarlo con los dientes, ahogando ese sonido que, aunque igualmente terminó saliendo, lo hizo de forma muchísimo más leve. ¿Estaría el íncubo satisfecho con lo que había conseguido?
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Mensaje por Araxiel el Jue Ago 06, 2020 11:07 am

Cierto es que el contacto visual con el contrario le encantaba, poder ver esas expresiones que le estaba regalando en conjunto con cada jadeo que salía de entre sus labios; y sin embargo le estaba fastidiando de igual modo o en mayor medida. ¿Por qué? Por su carita de cachorro lastimero con la que parecía querer persuadir al demonio. Oh no, nada de eso. Podía tirarse así todo el encuentro si quería pero no lograría su objetivo. Que tenía efecto, eso es correcto, pero a pesar de todo no avanzaría tan rápido. Había quedado claro después de todo, y como el propio humano dijo, no parecía estar por la labor de acabar en el hospital. Ya se encargaría el albino de cuidarlo; que no estaba en las condiciones óptimas para ello, sinceramente, no obstante él solo podría controlarse. Siempre lo hace al fin y al cabo.

Dedicó  algunos minutos a acariciar aquella nueva zona encontrada, y viendo la nueva reacción que obtuvo, dedujo que alguien estaba disfrutando demasiado. Qué tentador dejar de masturbarle para quitarle ese cojín de la boca y que gritase a pleno pulmón, ¿no os parece? Porque al demonio esa idea le estaba llamando mucho la atención. Era tan tentadora... Aferró su labio inferior con cierta malicia en un intento de contenerse, notando cómo su mano derecha había perdido casi por completo el ritmo, quedando prácticamente quieta al haberse perdido en esos maravilloso pensamientos. ¡Araxiel, concéntrate! Se relamió recuperando su ladina sonrisa, y con ella, aquel masaje masturbatorio por su miembro.

De la nada, otra cuestión llegó a su cabeza. ¿Cuánto iba a durar si seguía así? Ese pensamiento le hizo ensanchar más su sonrisa en un intento de encontrar por sí mismo la respuesta. Aunque no estaba seguro de querer averiguarlo. Si resultaba que la fiesta terminaba pronto, sería de lo más aburrido. Que le saciaría igual, pero algo en su interior se quedaría con ganas de más, eso seguro. Aún así, y tras haber recuperado el ritmo con la diestra, la zurda también siguió estimulando aquella zona interna, acariciando tonto como alcanzaba a tocar con ambos dedos y dejándole que reprimiese todo tipo de sonidos en ese cojín; que se seguían escuchando, pero muy diferentes.

¿Sería el momento de ir más allá? Bueno, solo había un modo de averiguarlo. Viendo que se había adaptado al segundo dedo, o que estaba muy ocupado gozando como para quejarse, el tercero comenzó a hacer acto de presencia, tanteando el terreno con suavidad. Le daría un pequeño respiro; dejaría de centrarse en esa zona para volver a esos movimientos de entrada y salida para que el tercero se fuese acoplando poco a poco. Y sí, sin prisa. De eso no tenía después de todo. Pero maldad le sobraba. Es por eso que, aunque el tercero no entrase por completo en las primeras veces, los otros dos sí que lo hacían e iban directos a tocar ese punto que tanto le había gustado.

Y así estuvo, jugando con él, hasta que las tres falanges del anular se hundieron por completo en compañía de los otros dos. No podría decir con exactitud el tiempo que llevó aquello, tampoco es como si necesitase saberlo. Solo sabía que, fuera el que fuese, aquella tarea de prepararlo estaba llegando a su fin. Ya quedaba mucho menos para el segundo plato, el que iba a llenarle y a saciar gran par de esa hambre que tenía, con el que dejaría al otro rendido hasta el punto de querer dormir sin intenciones de levantarse temprano.  Lo que había comenzado como simple placer ahora era una necesidad un tanto desesperante. Sabía que no sería como aquella primera vez, y eso, en el fondo, le provocaba curiosidad. Sin tener que preocuparse tanto y pudiendo disfrutar desde el segundo uno... ¿Resultaría ser así de verdad?
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Mensaje por Ji Ahn Kyŏng el Jue Ago 06, 2020 2:18 pm

Lo había hecho. Tan pronto y ya lo había hecho. Un par de dedos; no había sido necesario más para obligarle a tomar ese cojín con los dientes. Tenía asumido que iba a acabar mordiéndolo en algún punto y, honestamente, estaba bien con ello; no tenía problemas al respecto. Al momento de aceptar ese nuevo rol pasivo, también había aceptado ese hecho; encantado, incluso. ¿Pero esto? Si todavía no habían ni empezado con la acción propiamente dicha… No eran más que unos preparativos necesarios para lo que vendría después y… ¿Es que acaso se había propuesto torturarle esa noche? Bueno, “torturarle”. Entrecomillado mejor, sí, que, después de todo, esa expresión que mostraba, esos gemidos ahogados y esa espalda arqueada no delataban precisamente su sufrimiento.

Y si a ese placer que encontraba desde el interior le sumamos también la masturbación de la que el otro se estaba encargando, pues… en fin. ¿O no? Porque, de un instante a otro, poco a poco, dejó de notarla. Que seguía disfrutando de lo lindo de esas caricias internas y, no nos engañemos, no estaba dispuesto a soltar el almohadón en lo que durase aquello; sin embargo, sentía que algo le faltaba. Como si eso fuera a servir de ayuda, y todavía con ese gustoso semblante que le exponía por completo, abrió los ojos y giró muy ligeramente el rostro, buscando la mirada ajena de soslayo, queriendo saber si sucedía algo y, en definitiva, a qué se debía ese parón. Ahora bien, encontrándoselo sonriente y relamiéndose, pronto volvió a él ese movimiento y, con ello, la intensidad de los sonidos que escapaban de su garganta. Bendito cojín, de verdad. ¿O maldito, tal vez, por eso de acostarse con un demonio? A saber.

El caso es que, sintiendo de manera superficial ese tercer dedo, y notando cómo los otros dos regresaban a esa tarea inicial de dilatarlo saliendo y entrando de él, pudo volver a suspirar. No tranquilo, eso evidentemente no porque, en serio, que solo hacía que verle; demasiada excitación en el cuerpo como para relajarse ahora. Y más después de ese intenso disfrute que había experimentado hasta hacía pocos segundos atrás. Así que sí, suspiró; aliviado, gustoso, deseoso, desesperado y con ansias de más, de mucho más, pensando en que ya apenas debía quedar para obtener eso que tanto quería; al contrario en su interior. Y sí, también dejó el cojín para que el íncubo pudiera apreciar ese sonido que, igualmente, iba dirigido y dedicado única y exclusivamente a él. ¿Error? Sí. Completa y definitivamente, sí.

¿Que por qué fue un error dejarlo? Por esa malicia ajena. No, si estaba claro que quería torturarle. Una placentera tortura, pero tortura al fin y al cabo. Habiéndose adaptado ya al primer y segundo dedo, el tercero no se le hizo especialmente complicado. Entonces, ¿cuál era el problema? Que iba directo a ese punto interno que tanto disfrute le brindaba. ¿Ni un respiro iba a darle? De hecho, la primera vez que regresó con ese tercero ya hundiéndose poco a poco, fue imposible que contuviera un sonoro gemido. Que quedó a medias puesto que rápidamente volvió a apresar el almohadón entre los dientes pero… Por un segundo, por un mísero segundo, había sido audible. Efectivamente, confiando en que ya había pasado y no esperándoselo de vuelta, alzó la voz. No, si a este paso, medio vecindario se acabaría enterando de lo que estaba teniendo lugar en esa terraza.

No obstante, había aprendido; no lo soltaría. Ya no. No sabría cuánto podría aguantar si aquello se extendía más de la cuenta, pero que hiciera lo que quisiera; por nada del mundo iba a soltar ese cojín y, de hacerlo, lo tendría bien a mano para no repetir aquello. ¿Lo soltó? Sí. Apenas unos instantes, pero lo hizo.
– A-Arax… – intentó llamarle, sin embargo, no pudo ni completar su nombre antes de que un notorio jadeo le interrumpiese. – P-Por favor. – volvió a pedírselo antes de morderlo de nuevo, mirándole con los mismos ojitos suplicantes y exigentes. Lo quería, lo deseaba, lo necesitaba. Ya estaban bastante avanzados, ya podía hacerlo. No volvería a negarse, ¿verdad? No tenía motivos para ello... ¿Cierto?
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Mensaje por Araxiel el Jue Ago 06, 2020 3:24 pm

Exquisito. Cada jadeo, casa gemido, cada mirada, cada mínimo movimiento, cada mirada suplicante... Estaba degustando y alimentándose de ello con todo el placer del mundo y más. La verdad que disfrutaría del menú completo, eso es obvio, pero estaba ansioso por llegar al postre de aquel buffet libre que se le había ofrecido tan sumisamente. En algún punto, sin cesar con esas atenciones que le brindaba, una loca idea pasó por su mente y no dudó en llevarla a cabo. No era nada malo, tampoco nada peligroso y mucho menos doloroso. Solo se trataba de un pequeño antojo que le había dado, una especie de pequeño regalo por todo aquello que el contrario le ofrecía, todos esos sonidos y el conjunto de él en sí.

Inclinándose en su dirección, demasiado tentado por ver esa espalda arqueada, deslizó la lengua por toda su extensión, desde la parte más baja que alcanzó a tocar hasta la más alta llegando casi a su cuello. Se relamió por completo saboreando aquello, dejando algunos besos sobre su piel y teniendo la maldad no solo de sonreír, sino de jugar con él y soplar en su oreja para llamar su atención. —¿Arrepentido de ser el alimento de un íncubo? —cuestionó, con tanta maldad como lujuria, siendo en un tono lo suficientemente bajo para que solo él lo escuchase y, por si fuese poco, con aires coquetos. Hacerle enloquecer parecía ser la meta que quería alcanzar antes de pasar al siguiente paso y brindarle aquello por lo que había estado esperando.

Ojo, que no es como si él no lo quisiese también; lo deseaba con todas sus ganas y más. Pero antes de ello, siguió por algunos minutos estimulando aquella zona con sus tres dedos, complacido por lo que veía y escuchaba, incluso llegando al grado de enternecerse por esos actos desesperados de morder el cojín como si su vida dependiese de ello. ¿No era adorable? Pobre, había terminado en la boca del lobo él solito; peor, se había servido a sí mismo en bandeja de plata y el depredador no rechazó semejante oferta. ¿Y quién la hubiese rechazado. —Me encantas tanto que te voy a dar un respiro —comentó, cesando con aquella masturbación pero, oh, que los demonios eran traicioneros, ¿no le advirtió de ello? Sí, le daría el respiro sobre su miembro, pero no por el resto del cuerpo. Deslizó sus cortas y bien cuidadas uñas por su costado con una caricia suave, un toque que erizaría su piel con suerte; nada desagradable, eso desde luego.

Sin embargo, al escucharle alzó una ceja, soltando una muy sutil risa por ese fallido intento de mencionar su nombre completo. ¿No era como en los viejos tiempos cuando solo le llamaba por ese diminutivo? No fue exacto, pero por un momento se acordó de aquella memoria por algún motivo, algo que, por cierto, le hizo dejar en sus labios una sonrisa entrañable. —¿Ya has llegado al límite? —preguntó con la misma actitud que mostraría un niño lleno de inocencia y desconocimiento a un adulto con la esperanza de que resolviese sus dudas. Pura actuación, obvio—. Te dije que te excitaría hasta que estuvieses jadeando y rogando, ¿lo recuerdas o la necesidad de sentirme nubla tu mente? —dijo al tiempo que de su interior extraía aquellos tres dedos, llevando esa misma mano a su propia hombría para acariciarla, irónicamente y a pesar de ese acto, mostrando aún esa supuesta inocencia en el rostro.

Entonces ha llegado el momento de que te deje sin energía —informó de que, en efecto, comenzaría con aquello que ambos deseaban tanto. Guió su miembro hasta esa dilatada entrada que había estado trabajando el tiempo necesario para que, el cambio, si bien podría llegar a ser molesto al principio, al menos no le doliese; o eso esperaba. Es lo último que quería en realidad. Y no se entretuvo con juegos de provocar, con roces innecesarios para desesperarlo aún más. Directo a lo que él también quería, así fue. Ejerciendo algo de presión y avanzando sus caderas, comenzó a adentrarse en su interior, no muy rápido ni profundo. Él mismo también tenía que acostumbrarse a eso y no sería bonito romperse nada. Eso sí, con las manos libres, la diestra poco tardó en posicionarse sobre la cadera ajena mientras que, por el momento, la opuesta se mantuvo quieta.
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Mensaje por Ji Ahn Kyŏng el Jue Ago 06, 2020 10:15 pm

De espaldas al contrario, con ambas manos inmovilizadas en esta área, y en aquella sugerente posición que, para empezar, había terminado adoptando como consecuencia de su disfrute que con afán de provocar, no pudo salvo estremecerse al momento de sentir esa lengua ajena recorrerle hasta prácticamente su cuello. Por no hablar también de aquellos besos que le fue dejando, claro. Un bonito regalo después de tanta “tortura” a la que había sido sometido. ¿Acabó ahí? Oh no, por supuesto que no. No se estaba acostando con cualquiera; era nada más ni nada menos que un demonio. Su “maldad” no podía terminar tan rápido. Bien, si con ese húmedo contacto por su piel no había podido evitar cerrar los ojos –apresando todavía ese cojín que no soltaría de no ser estrictamente necesario, visto lo visto–, con ese travieso soplo los abrió de golpe, dirigiendo la mirada a él de inmediato.

¿Arrepentirse? No. Nada en absoluto. Ni en broma. No se arrepentía de ninguna de las cosas que habían vivido juntos; ni las presentes, ni las pasadas de cuando era poco más que un adolescente torpe e inexperto. Hubiera estado bien poder decir que contesto convencido, con seguridad y firmeza pero, seamos sinceros, a estas alturas de la historia, sonar de ese modo era misión imposible; daba igual cuando estuviera dispuesto a esforzarse, no funcionaría.
– N-No. – Negó ligeramente con la cabeza, queriendo reafirmarse en esa negativa y despegándose de ese almohadón que apresaba por los dientes por apenas el tiempo justo como para pronunciar esa sílaba. Que sí, sería desesperante y no tendría la cabeza donde tenía que tenerla, no obstante, con todo, estaba resultando una experiencia increíblemente placentera.

Habiéndose acomodado ya a esos tres dedos, deseoso por más pero disfrutando igualmente de todo aquello, los sonidos, si bien leves por obvios motivos, continuaban escapando de su garganta. Y aunque estos no se detuvieron, cuando lo siguiente llegó a sus oídos, su corazón que bombeaba con fuerza se saltó un latido. ¿Por qué? ¿Cómo que le encantaba? ¿Qué quería decir con eso? Hubiera podido entender semejante reacción de su yo de quince años encariñado con el íncubo pero… ¿Su yo actual? Le había gustado demasiado, más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Y si a eso le sumamos ese suave roce de las uñas contrarias por su costado… A su merced, en la palma de su mano; así le tenía. No sabría decir si el sutil color en sus mejillas se debía a sus palabras, al calor que sentía, o a una mezcla de ambas cosas.

¿Que le hubiera gustado poder contestar? Sin duda, sin embargo, no sería el caso. El otro tenía toda la razón del mundo; ahí no había nada a lo que pudiera replicar. Sí, se lo había advertido desde el inicio, y sí, esa misma necesidad le impedía centrarse en otra cosa que no fuese el aquí y el ahora, en ellos, en ese sofá. Es más, hasta el hecho de que se encontraban en la terraza comenzaba a disiparse en su mente. Ese era el punto en el que se encontraba. Eso sí, notando sus dedos abandonarle para no volver a introducirse, liberando su boca, volvió a suspirar a sabiendas de lo que le esperaba; ansiándolo, deseándolo.
– Hazlo. – pidió, rogó, ordenó, exigió… Lo que sea. Lo quería y lo quería en ese instante y en ese sofá; sin esperas.

Un gemido. Esa fue su respuesta al sentir al demonio hundirse poco a poco en él. ¿Que era un tanto incómodo? Pues sí, no vamos a negarlo, no obstante, se le pasaría; lo sabía de sobra; siempre era lo mismo, al fin y al cabo. En cuanto se adaptase a esa nueva sensación, esa incomodidad inicial dejaría paso al auténtico placer, a eso que ambos buscaban para saciarse, cada uno a su manera. Pero vaya, que haberse entregado a ese papel de pasivo con tanta rapidez no quería decir que fuese a quedarse quieto. No, ni siquiera semi-inmovilizado como estaba. Sin decir nada, sin aviso, desde su posición, echó el cuerpo lentamente hacia atrás para acelerar esa tan deseada penetración. Sin prisa pero sin pausa, únicamente se detuvo cuando sintió al contrario invadirle por completo, quedando inmóvil por varios segundos después de aquello, acomodándose a dicha profundidad y, por si eso no bastara, sonriéndole, complacido.
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Mensaje por Araxiel el Vie Ago 07, 2020 8:54 am

Una de sus cejas se alzó de manera sutil sin querer demostrar demasiado esa sorpresa momentánea que le invadió. Oh... Así que todavía era capaz de hablar... Bueno, "hablar", que solo dijo una palabra y era un simple monosílabo. Pero eso ya era todo un logro. En serio, pensaba que a estas alturas sería incapaz de decir algo coherente. Vaya con el niño... Ya no tan niño, eso desde luego, y no solo en cuanto a físico. Desde luego que había crecido, eso ya era más que obvio; sin embargo y a pesar de todo, seguiría tratándolo como aquella vez, con menos gentileza y más maldad, pero sin causarle ningún tipo de daño. Tanto era así que incluso llegó a aflojar un poco el agarre de su cola por las muñecas ajenas. No se lograría soltar, cierto, el agarre seguía siendo firme a pesar de todo y por el momento no pensaba darle esa libertad.

¿Y eso? ¿Estaba viendo bien? Al estar aún sobre él prácticamente, por la cercanía y por el modo tan descarado que tuvo de llamar su atención, pudo apreciar por un instante ese pequeño sonrojo en las mejillas ajenas. Adorable. Simplemente adorable. No dijo nada al respecto, prefiriendo ahorrarse los comentarios para no incrementar ese rubor. En fin, que sobraba esa nueva palabra que salió de entre los labios ajenos. No necesitaba escucharla para saber que lo quería, tanto o más como él. Claro que lo haría, sin dudar; sin embargo, lo que le hizo afianzar ese agarre en su cadera y que un placentero suspiro escapase de su interior fue aquel movimiento del contrario. De haber sido otra la circunstancia, de haberlo hecho de manera más contundente, tal vez hasta el propio demonio se hubiese quejado. Pero no fue el caso. Se sentía demasiado bien para decir nada negativo. Que no se lo esperaba, eso era lógico, pero había disfrutado de aquel pequeño gesto. ¿A que es simple de complacer?

Una vez que aquella primera penetración llegó a su fin, porque al contrario no paró hasta profundizar, se quedó allí quieto por unos instantes, deslizando los dedos de la mano izquierda con suavidad por su espalda, desde la parte más alta a la más baja con una suave caricia, guiando esa mano hacia su cadera sin separarse de su piel. Aunque no la dejó ahí, inclinándose de nuevo en su dirección, aún sin apenas moverse para dejarle esos momentos de nueva adaptación, creó un camino de besos al mismo tiempo que la mano ascendía por su costado y reptaba hasta su pecho entreteniéndose de nuevo con aquel pezón. Cerca de su oído, tanto como pudo, dejó salir un ligero suspiro antes de hablar. —¿Vas bien? —preguntó, más como una pequeña burla por aquellos tiempos pasados que como una duda real—. ¿Quieres que pare? —y por si existían dudas, aquella otra cuestión debería resolverlas. Sí, todo ello era una pequeña broma que dejaba muy claro que, en efecto, recordaba lo sucedido hacía doce años ya. Que todo era muy diferente ahora, pero rememorar aquello le hizo volver a sentir ese cariño que una vez sintió por ese joven adolescente; el mismo sentimiento que le hizo alejarse después.

Tras aquella pequeña broma, porque no dejaba de ser eso, dejó de atender también ese pezón para erguir el cuerpo. De a poco salió de su interior un par de centímetros volviendo a enterrarse en él para comenzar con ese, por el momento, lento vaivén de caderas. Ya habría tiempo de acelerar y ser menos cuidadoso, pero por ahora, seguiría siendo cuidadoso. Y bueno, si hasta la fecha, desde el momento de cambiar de roles, no había regalado ningún sonido al coreano, eso cambiaría a partir de ahora. Suspiros, por el momento, es lo que se podían escuchar por esa gustosa nueva sensación que nada tenía que ver con los simples dedos. Aquello era otro nivel. Algo que, sinceramente, comenzaba a saciarle muy poco a poco. Empezaba a saborear esa delicia que, aunque intentaba evitar todo lo posible, le delataba como lo que era; un íncubo que degustaría hasta la última gota de su ser.
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Mensaje por Ji Ahn Kyŏng el Sáb Ago 08, 2020 11:25 am

Dejando de sentir tanta presión como acostumbraba en sus muñecas –que, si bien antes tampoco puede decirse que fuera excesiva, que le hiciera daño o que le incomodara de algún modo–, su primer impulso fue mover ligeramente las manos. Así, pronto cayó en la cuenta de que, aunque había aflojado el agarre, todavía seguía inmovilizado. Y tampoco es que le importase mucho en realidad; el rol de pasivo lo había aceptado a la primera de cambio y, vaya, que si además de pasivo también le quería sumiso por un rato, él sin el menor de los problemas, le concedería el capricho. Total, no le molestaba, no le dolía, iba a disfrutar igual y, bueno, que tampoco sería la primera vez que se viera en una situación similar; en doce años pasan muchas cosas. Y en fin, que, de todas formas, en esa posición en la que se encontraba tampoco es como si hubiera mucho que poder hacer con las manos liberadas, todo hay que decirlo. A lo sumo, mantener ese cojín a su lado por si acaso volvía a necesitarlo o masturbarse mientras el contrario le atendía desde atrás. Sin embargo, mejor dejarlo estar por un rato. Bastante masaje y bastante disfrute había tenido en esos primeros momentos; tampoco era plan de empezar y durar cinco minutos. Se merecía un descanso, ¿o no?

Como sea, el caso es que al escuchar ese placentero suspiro y sentir cómo se aferraba a su cadera, esa satisfactoria sonrisa que le dedicaba ahora que por fin se habían unido y ya le tenía completamente en su interior, se ensanchó. Complacido, sí, y mucho. Pero más aún de que el otro también hubiese disfrutado de ese lento movimiento con el que había acabado por penetrarle. Porque sí, al humano le importaba el disfrute ajeno tanto como el propio; si él iba a divertirse y a gozar, quien quiera que fuera a acompañarle también debía hacerlo. El demonio que convivía junto a él y que ahora se limitaba a poco más que observar en silencio –sí, aquello también entraba dentro de sus gustos– no podía decir lo mismo; la diferencia entre ambos era abrumadora y más que notoria. A lo que iba, que el hecho de haberse atrevido a hacer algo así, sin dudas y sin titubeos, no era salvo otra prueba más para el íncubo de que ese adolescente que había conocido había crecido y ya no era tan niño.

Y ya sin apresar el almohadón del sofá con los dientes, dispuesto a regalarle todos los sonidos que salieran de entre sus labios, volvió a suspirar, gustoso por esas caricias por su espalda y cadera. Por no hablar también de ese instante en el que el contrario se reclinó sobre él y le regaló todos aquellos besos mientras, por su parte, todavía quieto, se iba haciendo a esa nueva sensación. Suspiro que, por otro lado, finalizó casi como un leve jadeo al percatarse de que esa traviesa mano que se había dedicado a deslizarse por su cuerpo había optado por entretenerse con uno de sus pezones. Ahora bien, fue el escucharle una vez más, tan de cerca, lo que consiguió hacerle estremecer y que la piel se le volviese a erizar. Le había gustado; ese sencillo gesto, oír su voz… Le había encantado y, por mucho que lo no dijera con palabras, por su reacción a algo tan simple, era más que evidente lo que le había hecho sentir. No obstante… ¿Y esa pregunta? Volvió a rodar los ojos en su dirección al oírle, sin comprender muy bien qué había podido llevarle a plantear semejante cosa. Y no fue hasta que el siguiente interrogante llegó a su canal auditivo que entendió por dónde iban los tiros. ¿Y ante eso qué hizo el coreano? Reír un poco. Una risa baja, suave, sutil… Y entrecortada.

Se acostaban y, ¿qué hacía el demonio? Hacerle reír. No tenía remedio. Ojo, que se sintió bien y apreció ese momento de intimidad y confianza entre ambos, como si nada hubiera pasado y no hubiesen estado doce años sin saber que había sido del otro porque uno de ellos decidió marcharse sin siquiera avisar. Pero vaya, que a la vista está que rencor por ello no le guardaba; no estarían en esta situación de ser así. Total, que tras este simpático momento, aún sonriente por ello, negó con la cabeza. No, no quería que parase. Por nada del mundo quería algo así. Y que no se atreviera a ir tan lento y a preguntarle cada dos segundos lo mismo como aquella primera vez. Ya no era necesario; no era ese muchachillo nervioso, torpe e inexperto que solo se dejaba guiar. Ahora, esa incomodidad inicial de a poco se iba disipando, comenzando a sentir un leve pero cierto placer a causa del vaivén que recién comenzaba. Y poco a poco, sería ese disfrute el que fuera ganando terreno hasta que las molestias desaparecieran por completo. Así, esos suspiros ajenos que tanto le gustaba escuchar, empezaron a mezclarse con sus propios jadeos. Leves, sí, sin embargo, era cuestión de tiempo que volviese a alzar la voz; lo sabía.
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Mensaje por Araxiel el Sáb Ago 08, 2020 2:39 pm

Ver ese sutil movimiento en las manos ajenas y, sin embargo, aún no se decide por liberarlo. Que de querer el otro solo debía pedirlo, tampoco es como si fuese a obligarle a nada, pero, como quejas no escuchaba precisamente, pues ahí seguiría un rato más. Mientras, disfrutaría al máximo de las vistas que el contrario le ofrecía en aquella maravillosa posición, y no solo de eso; también de cada sonido que salía de su boca, de cada suspiro, jadeo y gemido. Placer audiovisual para el demonio. Un conjunto sublime para emocionarlo. Porque quería seguir escuchando más de todo él, de lo que podía ofrecerle. Quería averiguar de lo que era capaz ahora que no hablaba la inexperiencia, los nervios o las inseguridades. Quería todo de él en ese preciso momento.

Frente a aquella pequeña broma, por la reacción ajena, solo pudo sonreír con cierta diversión. Al parecer lo había captado, que no era tan difícil de entender, desde luego. Le gustaba, pero ya no lo haría de nuevo. Sabía que todo iba bien, no notaba nada fuera de lo normal y, de ser así, el otro era mayor para decirlo, ¿cierto? Que tenía boca para hablar, no solo para jadear y morder el cojín; acto que, todo sea dicho, le seguía fascinando. No tanto por el gesto en sí, sino por lo que había tras él, es decir, si lo mordía era para silenciarse, ¿no? Por lo tanto, algo debía estar haciendo bien si provocaba tantos sonidos en el joven, ¿cierto? Por eso es que le encantaba aquello.

Habiendo dejado esos segundos de adaptación, con suerte minutos, pronto comenzó con aquel suave vaivén en sus caderas. Claro que deseaba profundizar de nuevo, claro que deseaba acelerar el ritmo y claro que deseaba dejarse llevar. Pero todo a su debido tiempo. Al menos si quería una experiencia agradable para ambos, no se dejaría controlar por simples impulsos. No lo hacía de normal, menos aún con alguien a quién conocía de antes y al que tenía cierto aprecio: sentimiento que por cierto intentaría cortar al terminar aquello por el bien de ambos. Amigos sí, podían serlo, pero debía fijar un límite en esa amistad, un límite que ahora mismo se estaría saltando de estar ya establecido, pero en fin. Mañana sería el día de hacerlo, hoy solo disfrutaría y llenaría el estómago -no literal, pero se entiende el punto-.

Mantuvo ese ritmo más o menos lento por un rato para, poco a poco, ir incrementándolo. Con ambas manos reposando sobre las caderas ajenas, casi sintió el impulso de hundirse de manera profunda y tal vez no tan cuidadosa. Sería muy fácil hacerlo en esa posición, con ese control que el otro le había cedido pero... ¿Y si era demasiado pronto? Pero... ¿Y si no? No obstante, otra brillante idea pasó por su mente. Guió sus propias manos hasta las ajenas con un suave roce que cualquiera disfrutaría, aflojando aún más el agarre de su cola y tomando al contrario por los antebrazos. No solo le hizo estirarlos hacia atrás, sino que con algo de fuerza y ayudándose de su cola, la cual posicionó sobre el pecho ajeno, tiró de él para que se irguiese y, con ese movimiento, se hundió una única vez alcanzando tanta profundidad como le fue posible en un movimiento, quizás, más rápido de lo que había estado haciendo.

En esa nueva posición, y como contraste, dejando algunos besos por su cuerpo, se decidió a hablar sin dejar de penetrarle, pero esta vez, recuperando el ritmo anterior y midiendo su fuerza porque, en resumen, no quería hacerle daño. —Quiero verte la cara cuando termines —admitió sin muchos rodeos, dejando varios besos por su piel y acariciando el pecho con su demoníaca cola; una nueva sensación dado su tacto—. Quiero escucharte Ahn —reconoció también dejando que un pequeño jadeo chocase contra la espalda ajena—. Quiero que me demuestres cuánto has crecido —añadió también a su lista de deseos y peticiones. Que las cumpliese o no era otra historia, pero ahí estaban; no todas y cada una de ellas, solo las que más ansiaba—. Quiero observar cada centímetro de ti mientras disfrutas —finalizó, soltando sus brazos y saliendo de su interior para terminar sentándose en el sofá, fijando su celeste mirada en él y dibujando en sus labios una sonrisa tan lasciva como maliciosa.
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Mensaje por Ji Ahn Kyŏng el Dom Ago 09, 2020 10:04 am

Mentiría si dijera que no quería más y que ese suave vaivén que recién comenzaba era suficiente para él. Más. Seguía queriendo más. Mucho más. Que sí, que por fin le tenía en su interior y por fin habían comenzado a moverse después de tanta preparación, sin embargo, aquello no bastaba. Y ojo, que ese lento ritmo se le hacía de lo más agradable –cosa que demostraba con esos leves jadeos que salían de entre sus labios al compás de estas sutiles embestidas–, y también lo agradecía para facilitarle esa adaptación inicial pero… Lo dicho, solo era el comienzo. Y así, si bien no hubo rastro de dolor como tal en ningún momento, esa incomodidad propia del principio poco a poco se fue disipando con el pasar de los segundos, minutos, o lo que quiera que tardasen. Vaya, que el coreano no tenía la cabeza muy en su sitio y la última de sus preocupaciones en ese preciso instante era saber por cuánto tiempo se habían mantenido en esa suavidad y gentileza. Que, a ver, diría que tenía cosas más importantes en mente, pero no nos engañemos; no podía ver más allá de ellos dos, de ese sofá, y del placer de ambos.

Ahora bien, con la espalda arqueada y las manos todavía inmovilizadas, sencillamente se dejó hacer, permitiéndole al otro marcar el ritmo y ser quien les guiase; nada de echarse hacia atrás ni de repentinos movimientos sin advertencia como aquel de antes, como aquella primera penetración. Confiaba en el demonio, en que no sería brusco, en que le haría disfrutar. Y así, con ese compás al que las caderas ajenas se movían y la velocidad a la que el contrario se iba hundiendo en él acelerando, su voz también comenzó a hacerse más notoria, dejando escapar jadeos cada vez más altos y menos discretos. Nada exagerado por el momento, eso sí; no obstante, ni punto de comparación con esos suspiros que le había regalado antes. Tanto que, pronto, en cuanto esa lentitud que le había servido para acomodarse a la nueva sensación se esfumó, hasta comenzó a liberar pequeños gemidos que, de cuando en cuando, se colaban entre tantos y tan evidentes jadeos. Le estaba gustando, por supuesto. De no ser el caso, tampoco tendría problemas en hacérselo saber; la comunicación era importante.

Notando las manos ajenas deslizarse una vez más por su cuerpo, se sorprendió por esa repentina “liberación” de sus extremidades. Y sí, entrecomillado. Que por mucho que la cola ya no estuviera ahí haciendo el que había sido su trabajo, ahora eran las manos contrarias las que apresaban sus brazos. Problema en estirarlos como parecía querer, ninguno; pero las sorpresas no terminaron ahí. Acostumbrado al vaivén y a la postura anterior, jadeante y acalorado, bajó ligeramente la vista para contemplar esa cola que ahora recorría su pecho. Se sentía extraño, diferente y, sin embargo, no se opondría a ello. Sin cuestionar lo que pretendía, porque hasta se había olvidado de que se encontraban en la terraza y no en el interior de la vivienda, siguió al íncubo, irguiéndose y… De pronto, sus párpados se alzaron de golpe y de su garganta salió un elevado gemido que… En fin, si alguno de sus vecinos estaba despierto, que disfrutase del espectáculo. Cosas que pasan cuando, por obvios motivos, no puedes morder el cojín para silenciarte. Estremeciéndose por la rapidez y la profundidad de esa única embestida con la que había sido penetrado, cerró los ojos y mordió su propio labio inferior, recreándose en aquella gustosa y placentera sensación. Y le hubiera gustado poder gemir el nombre ajeno pero… Las palabras no salían.

Y no, no los abrió ni siquiera al escuchar su voz, sintiendo y disfrutando de sus movimientos, sus besos, ese pequeño jadeo y, en definitiva, de todas y cada una de las atenciones que le dedicaba. ¿Verle la cara al terminar? Podía hacerlo. Un cambio de postura y listo; deseo concedido. ¿Escucharle? ¿Que no lo estaba haciendo ya? Los suspiros que había abandonado, los jadeos que se agolpaban en su garganta y los gemidos que salían de entre sus labios iban todos dirigidos a él. ¿Demostrar cuánto había crecido? ¿No había quedado claro? Le había tenido entre sus piernas, había buscado esa máxima profundidad a la primera de cambio… ¿Y observarle? Todo lo que quisiera; que se deleitase con cada centímetro de piel si así lo deseaba. De esta manera, siendo soltado y reclinándose en el sofá, apoyándose sobre este con los antebrazos mientras recuperaba el aire y trataba en vano de calmar su agitada respiración, rodó la vista al demonio, buscando la razón que le había llevado a no volver a enterrarse en su interior. Sentado. Estaba sentado. ¿Quería…? ¿Cómo aquella vez?


– ¿Se ha… acabado ya lo de… hacer de sumiso? – preguntó con gracia, entrecortado pero sonriendo con una cierta malicia y con sus oscuros ojos bien clavados en los celestes ajenos. – Hace mucho que no… voy arriba. – añadió, por si acaso. Porque a diferencia de ese adolescente primerizo e inexperto que algún día fue, ahora era bien consciente de la importancia que tenía la comunicación. Y bueno, que era lógico. ¿Le habéis visto? Que el humano no era precisamente pequeño. Alto, fuerte, musculado… Vamos, que no cualquiera podría con él. No obstante, también era bien cierto que no se estaba acostando con otro mortal y, vamos, que si él confiaba en poder hacerlo, Ahn no se negaría. Es más, le faltó tiempo para posicionarse sobre el otro, a horcajadas, tomando su miembro y masajeándolo con la diestra mientras la zurda reposaba sobre una de las mejillas contrarias. ¿Qué hizo entonces? Antes de nada, besarle. Con ganas, con deseo, con ansia y desesperación. Y mientras, guió aquella masculinidad hasta su entrada, solo rozándola, provocándole, y alargando aquello innecesariamente. – A-Ara… – gimió su nombre directamente contra sus labios nada más separarse, descendiendo la cadera y volviendo a sentir cómo le invadía en su plenitud. Todo al mismo tiempo.
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Mensaje por Araxiel el Dom Ago 09, 2020 11:49 am

No nos engañemos. Esa lentitud inicial por la simple adaptación estaba bien, al menos, podía sentirlo y comenzar a saciarse cada vez más con todos esos sonidos que escapaban por la boca ajena. Sin embargo, y siendo completamente sinceros, el hecho de haberle embestido esa única vez de manera rápida y profunda había sido otra maravilla de diferente nivel. Si no lo repitió fue por esas simples dudas de que, tal vez, fuese pronto y pudiese resultar molesto para el contrario; algo que, dicho sea de paso, casi descartó de inmediato al oír ese sonoro gemido que pareció desgarrar su garganta al intentar escapar. Eso es lo que quería. Mucho más de esos gemidos. Tanto le había gustado que hasta un jadeo le abandonó, disfrutando de aquello bastante más de lo que hubiese imaginado al principio del encuentro.

Así que eres capaz de hablar todavía —rió por lo bajo, relamiéndose los labios sin perder detalle alguno de todo él, incluso, llegando a aferrar el inferior con los dientes delatando ese placer. Le fascinaba como alguien así podía aceptar con tanta facilidad un rol u otro—. No escuchaba quejas por tu parte —comenta divertido—, sin embargo soy una criatura caprichosa cuando tengo hambre. Te lo he dicho; quiero verte y escucharte, quiero que me alimentes y que no necesite volver a hacerlo por un mes —habló con toda la calma que la situación le permitía, y en realidad, no eran mentira sus palabras. De normal era alguien tranquilo sin apenas intereses más allá de vivir una vida sin problemas, pero cuando su sangre de íncubo hacía acto de presencia... Sí, era caprichoso, y por eso mismo, por un simple antojo del momento, es que ahora quería cambiar.

Claro, que escuchando ese pequeño comentario... Decidió añadir algo más. —No es necesario que vayas arriba —dijo con total sinceridad. En serio, que la postura era lo de menos en esos momentos. ¿Que se había sentado? Sí; para ver su reacción más que nada. No le hubiese importado demasiado que el otro hubiese terminado por recostarse en el sofá. Ahora, con saciar ese deseo de verle le era suficiente. Eso sí, que ver cómo se decidía a adoptar esa nueva posición sobre él... En principio le hizo ampliar una sonrisa llena de lujuria como no podía ser menos, llevando ambas manos a la cadera contraria y deslizándolas de manera algo firme por sus piernas, sin ejercer fuerza o sin arañar, solo dejando que notase sus dedos.

Y sí, por si las dudas existían, un notorio jadeo resonó por parte del demonio gracias a esa simple mano por su hombría. Alzó un poco la vista hasta fijarla en los ojos contrarios que también lo observaban Correspondió ese beso con la misma intensidad, con las mismas ganas y con la misma desesperación mostrada por el humano. No es que fuese un romántico empedernido que bañase a besos a sus parejas sexuales -que también-, pero aquello sabía tan bien... Así que, degustando de aquella boca masculina tanto como pudo, al separarse para recuperar el aire, se vio sorprendido por ese gemido contra sus labios, por su nombre siendo dicho de esa manera tan malditamente excitante y por esa nueva sensación de volver a notar el cálido interior del coreano. Vaya, que ni corto ni perezoso dejó salir un nuevo jadeo.

Ahora era el turno del otro, de que marcase el ritmo que prefiriese; y así mejor. No es como si fuese alguien irracional, pero podía llegar a pasar que el hambre le cejase por un momento y, por el bien de todos, prefería que nada de eso sucediese. Estaba bien eso de tener poder, pero por un rato. A demás, qué aburrido hacerlo solo de un modo, ¿cierto? En fin, que ahora tenía acceso a mucho más que antes, como aquellos pezones que había atendido con sus dedos, jugando con ellos... Esta vez mejor usar la boca. Su mano izquierda se quedó acariciando la pierna del contrario, por el lateral de su muslo. Por otro lado, la opuesta ascendió por su espalda con suavidad, acercando el rostro a su pecho mientras tanto y dando una primera pasada de advertencia con la lengua sobre aquel pezón; dulce sabor del sexo. Sin mucho más tiempo que perder, comienza a entretenerse en aquella zona porque, si bien le daría un respiro a otras, estarse quieto no era lo suyo.

Hablando de estar quieto; su cola, a pesar de todo, se agitó de un lado a otro con un simple movimiento pacífico, como un sutil recordatorio de que seguía ahí. No obstante, la dejó reposar en el sofá. Podría ocultarla, cierto, pero no era lo que quería. Haría al humano experimentar su tacto por todo el cuerpo, y sí, eso incluía que, en un par de minutos, se dedicaría a masturbarle de nuevo con ella. Estaba aguantando bien, eso era cierto; por eso mismo no quería que aquello terminase tan rápido y de seguir estimulándole de tantas maneras tan diferentes, es lo que lograría. No, su plan era otro; alargar aquello cuanto pudiese.
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Mensaje por Ji Ahn Kyŏng el Dom Ago 09, 2020 6:35 pm

¿Su primera reacción ante las palabras ajenas? Una suave y entrecortada risa, divertido y simpático dentro de lo que las circunstancias permitían. ¿Que si era capaz de hablar? Por supuesto. Lento y, lo dicho, entrecortado por lo agitado de su respiración pero, habiendo cesado por unos cortos momentos con toda la acción, podía centrarse un poco más y emitir algún sonido que no fuera, básicamente, un suspiro, jadeo, o gemido. Porque recordemos que antes, con esa única pero rápida y profunda embestida, por mucho que había querido llamarle y pronunciar su nombre, no le había sido posible. – Tampoco tengo… quejas. – contestó, dejando claro que, de haberlas tenido, problema en decirlo, ninguno. Que, vaya, no había sido el caso; lo había disfrutado de lo lindo y… Bueno, a las pruebas me remito. – Pues… capricho concedido. – le respondió después de esa explicación durante la cual se había dedicado a relajarse un poco y a intentar regular, sin demasiado éxito, su respiración.

No sería necesario, cierto, sin embargo, por probar no pasa nada, ¿verdad? Si sucedía cualquier cosa o si, simplemente se aburrían de esa posición, siempre podrían cambiar a cualquier otra. Y, en fin, que esa postura… Que los recuerdos volvieran era inevitable. Así pues, apenas tardó en decidirse y situarse sobre él, disfrutando de esas caricias que el demonio le brindaba. Bien, si quería que le demostrara que no era ningún niño, así lo haría ahora que tenía más libertad de movimiento. ¿Lo primero? Masturbarle. Sin pensárselo dos veces, tomó el miembro ajeno y comenzó a masajearlo, firme pero con cuidado, ni muy rápido ni muy lento, acelerando paulatinamente en lo que durase aquel beso que, por otro lado, no estaba dispuesto a finalizar así como así. Nada de eso. Hasta que no le quedara más remedio por la falta de aire, así se mantuvo, saboreando esos labios que tanto le gustaban y jugando con esa traviesa lengua en el interior de su boca. ¿Y el gemido de después? Todo parte del plan. Sabía lo que hacía; ya se lo había advertido al principio: ese adolescente que conoció había crecido y experimentado.

Aunque algo más veloz que con aquella primera penetración, en esta ocasión tampoco se detuvo hasta no tenerle dentro por completo, quedando sentado sobre él y llevando ambas manos hasta sus hombros para usarlas como punto de apoyo para lo que vendría a continuación. De esta forma, apenas se dio a sí mismo un par de segundos de nueva adaptación, no necesitando más antes de alzar ligeramente la cadera para volver a bajarla y repetir, comenzando, una vez más, con aquel placentero vaivén que, más pronto que tarde, consiguió hacerle suspirar. Suspiro que acabó convertido en un jadeo al notar esa humedad por uno de sus pezones, todo sea dicho. Ah… Está bien, que disfrutase un poco de aquello si quería; no había problema. No obstante, más le valía saber que aquello no sería eterno; él también quería su momento.

¿Y esa cola demoníaca que había mantenido sus brazos inmóviles hasta hacía no tanto? Ni se fijó en ella, honestamente. Ahora estaba a otras cosas, moviéndose sobre el íncubo, jadeando y gimiendo, alternando los ritmos con los que hacía al otro hundirse repetidamente en él. Comenzó lento, suave, sutil… Y de a poco fue acelerando y profundizando cada vez más. No sería brusco ni violento, sin embargo, en determinados puntos sí que buscó unas penetraciones más rápidas y profundas; más duras. Y justo antes de que aquello escalase y llegaran a un nuevo nivel, paraba de nuevo, volviendo a ese primer ritmo más calmado. Sí, él también quería alargar la experiencia y disfrutar del y con contrario lo máximo posible. Hasta aquí todo bien, pero mentiría si dijera que le parecía suficiente. No, nada de eso. Con la diestra, tomó el mentón ajeno, levantándolo y queriendo que volviese a centrarse en sus labios. Volvió a besarle, en efecto, dejándose llevar por el deseo y la lujuria. Mientras, dirigió cada una de sus manos hasta las contrarias, tomándolas y guiándolas hasta sus glúteos. Que hiciera lo que quisiera, pero era su turno.

De golpe, sin aviso ni advertencia de ningún tipo, cuando mantenía ese tranquilo vaivén y parecía que así continuaría, descendió su cadera súbita y repentinamente, con fuerza, asegurándose de que se enterrase bien hondo en él y liberando otro sonoro gemido por ello. Lejos de volver a alzarse y seguir, aprovechándose de que lo tenía completamente en su interior, se detuvo para hacer algunos sugerentes movimientos circulares que aumentasen el placer de ambos y, al mismo tiempo, se inclinó de nuevo hacia él; ahora, buscando su cuello para llenarlo, primero de besos y mordiscos que, por mucho que intentaban ser delicados, terminaban por mostrar esa ansia que le carcomía por dentro. Y en segundo lugar, viendo que sus dientes también habían cobrado un cierto protagonismo por la piel ajena, pasó la lengua por esta hasta que alcanzó su oído, liberando un pequeño jadeo.
– Te dije… que no me… movía como un niño... – le recordó, jadeante y convencido de que su yo pasado jamás se hubiera atrevido a nada similar. – …Ara. – Y sí, entre coqueto y travieso, terminó aquella frase con su nombre. O bueno, mejor dicho, con ese diminutivo por el que solía llamarle.
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Mensaje por Araxiel el Dom Ago 09, 2020 7:56 pm

Y si las tienes puedes decirlas directamente, sin rodeos —que para algo tenían ya una edad y, si aquello se basaba en disfrutar, eso es lo que harían; no pasarían un mal rato solo por la falta de comunicación. Por favor, que eran dos hombres adultos capaces de hacer algo tan sencillo, y más aún existiendo ya un poco de confianza previa; y no solo de aquel café algunos días antes de esta improvisada quedada. Más allá, doce años atrás: un verano entero, tres meses conociendo a una persona y viéndose casi a diario... Pues digo yo que había confianza, ¿no? Cierto es que aquello pudo perderse con el pasar del tiempo, es lógico, pero ahí estaban de nuevo y, si hasta la fecha habían sido sinceros con lo que querían -más o menos, porque el demonio no sabe ni lo que quiere y oculta información-, ¿por qué no decir si algo no les gusta?

Dicho eso, con el contrario sobre él, no pudo salvo hacer un esfuerzo por seguir mostrando esa ladina sonrisa aparentemente confiada y tranquila. No, la mano del contrario masturbándole no servía de mucha ayuda para mantener la calma. Saciarse sí, pero al mismo tiempo ansiaba cada vez por mucho mas en busca de un límite que, tal vez, el humano no pudiese ofrecer. Pero no podía hacer eso, no podía descontrolarse con él. Debía ser cuidadoso a pesar de todo, porque sí, podría tener un cuerpo espectacular con una musculatura de lo más marcada y tonificada, sin embargo, seguía siendo un humano; una criatura a la cuál sería muy sencillo romper un hueso de emocionarse y hacer más fuerza de la debida, por ejemplo. Por ello, notando su corazón acelerarse, solo dejó que suspiros saliesen de él en un intento de que nada de eso sucediese, gustoso por las sensaciones, eso sí.

No obstante, una vez de nuevo en su interior, ese sentimiento de excitación descontrolada parece disiparse un poco. Sigue estando ahí, desde luego, pero se ve capacitado para no propasarse en ningún sentido posible. Claro que, debía reconocerlo; el ya no tan adolescente estaba jugando con fuego y podía terminar quemado. Si sabía lo que hacía o no lo desconocía por completo, pero esos movimientos... Ay esos movimientos, con esas provocaciones tan descaradas. Esos cambios de ritmo que, cuando parece adaptarse a la velocidad, casi parece parar de golpe y cambiar a algo más lento para, segundos después, volver a incrementar en la rapidez. Le estaba matando poco a poco aunque no de manera literal. Estaba llevando al albino a ese límite que podía hacerle perder la cordura en cualquier momento y solo entregarse al placer desenfrenado sin más.

Tan centrado estaba en no perder el control que ni fue consciente de en qué momento pudo dejar de atender al contrario y quedar con la espalda pegada al respaldo del sofá, con la zurda aún sobre el muslo del otro y, la otra, en la pierna opuesta pero sin hacer presión alguna; simplemente estaban ahí sin apenas moverse. Casi ido, extasiado, degustando toda esa energía que el humano iba perdiendo poco a poco con cada movimiento que hacía. Lo bueno estaba aún por llegar, y sin embargo, lo quería ya. ¿Sabéis lo que tampoco resultaba de ayuda? Ver cómo el contrario guiaba sus propias manos hasta aquellos trabajados glúteos. Oh, no... Los aferró con bastante notoriedad y, tal vez, pasando de la firmeza a la fuerza. Dudaba que aquello fuese a hacerle daño pero, en comparación a cómo había estado siendo hasta el momento, el cambio era más que notorio.

No, no, no, no.... Esto no podía seguir así. Apenas se dio cuenta de aquel nuevo beso iniciado por el contrario, necesitando de un un par de segundos para reaccionar y corresponderlo con clara desesperación. Tanto fue así que no dudó en morder su labio inferior al separarse tras haber alargado aquello, después de haberse entretenido con la lengua ajena lo suficiente por el momento, de haberla acariciado y saboreado. En definitiva, era el momento de parar aquello. Y cuando se disponía a ello... Esa profunda penetración tan diferente a las demás en conjunto con los posteriores movimientos circulares, sumado al gemido... Eso fue lo que le hizo reaccionar y volver en sí pero, tal vez, no de la mejor manera posible. Porque aquello le había gustado, desde luego, tanto que el humano no fue el único en gemir. ¿La diferencia? Que cuando se escuchó a sí mismo, queriendo negar la realidad, se vio con un notorio color rojizo en las mejillas intentando ocultar lo obvio. Sí, ese gemido había sido suyo y de nadie más, pero que no estaba acostumbrado a ellos y menos cuando había estado tan distraído intentando no cometer ninguna estupidez.

Por si fuese poco o aún no terminaba de regresar en sí, con esos besos por el cuello sí que lo hizo. Lo primero fue apartar las manos de sus glúteos que, seguramente, hubiese dejado rojizos por la fuerza ejercida; de nuevo, nada muy exagerado pero diferente a lo que había mostrado hasta la fecha. Bien, ahora, lo siguiente; sincerarse tras escuchar esas palabras en su oído. —Ya lo he comprobado —respondió haciendo una pausa para regular su agitada respiración, sintiendo el placer de toda la situación ahora que estaba más calmado pero, no quería arriesgar—. N-No debí hacer esto —dijo sin un contexto aparente—. Lo siento... —murmuró, aferrando su hombría con la diestra para masajearla, y aunque comienza con lentitud, poco tarda en acelerar con esos movimientos ascendentes y descendentes buscando, con cierta desesperación, terminar aquello. Lo necesitaba con urgencia, necesitaba alimentarse y saciar a su íncubo interior antes de perder el control. Se negaba a hacerle ningún tipo de daño al joven. Y no es que el placer ajeno no le importase, que tal vez resultase hasta egoísta por su parte, pero pudiendo simplemente apartarse y encerrarse en su habitación, haría al otro terminar después de todo.
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Mensaje por Ji Ahn Kyŏng el Lun Ago 10, 2020 10:21 am

Lo sabía. Lo sabía perfectamente; que si tenía alguna queja de algún tipo o si algo le incomodaba podía decirlo. No, no hacía falta que nadie se lo recordase; a estas alturas de la vida era algo que tenía bastante claro. ¿El adolescente que el otro conoció doce años atrás? Pues a ese tal vez sí que hiciera falta decírselo pero, lo dicho, ya no era el mismo; no se comportaba igual, no se movía igual, no reaccionaba igual y era totalmente consciente de lo que quería, lo que le gustaba y lo que no. Y esos momentos con el demonio le habían encantado, eso es todo. Si el contrario no había escuchado quejas, era sencillamente porque no las tenía. Y seamos sinceros, por mucho tiempo que hubiera pasado desde la última vez que se posicionara sobre alguien, cuando adoptó dicha postura, sentado sobre el íncubo, tampoco tuvo quejas. En fin, que no se estaba acostando con un mortal cualquiera, tenía que aprovechar ahora que podía, ¿cierto? Así, dio paso a todos esos movimientos sobre las caderas ajenas, alternando la calma con la rapidez, no dejándoles, a ninguno, adaptarse completamente a ninguno de los ritmos, alargando aquello, disfrutándolo, gimiendo y jadeando, tanto de placer como en busca de aire.

Porque sí, estar encima y moverse de ese modo, se quiera o no, termina cansando. ¿Significaba eso que se detendría? Oh no, nada de eso; estaba decidido a aguantar. Y bueno, si resultaba que al final no podía, tampoco pasaba nada; no era algo que no pudiese solucionarse con un nuevo cambio de posición que le permitiese a él descansar y al otro volver a tomar el control. Y hablando del contrario, centrándose en él, buscándole con la mirada y esbozando una muy ligera sonrisa, un nuevo sonido volvió a salir de su garganta cuando este aferró sus glúteos con fuerza. ¿Quejarse? No. Tampoco le era desagradable, la verdad; tan solo sorprendente. Y sin embargo, no era la primera vez que hacía algo del estilo; recordaba cuando, hacía ya doce años, hizo un movimiento similar. No necesariamente de la misma manera ni en la misma zona de su cuerpo, pero ese cambio de fuerza ya lo había experimentado antes, seguro. Vamos, que fue imposible no recordarlo cuando esto sucedió. No, si todavía resultaría que las cosas no habían cambiado tanto a pesar de haber pasado tantísimos años separados –al menos desde la perspectiva humana–.

¿Y otra cosa que le llamó la atención? Ese gemido ajeno tras aquella profunda y repentina penetración seguida de aquellos provocadores movimientos circulares que había llevado a cabo. ¿Suspirar y jadear? Sí, eso sí se lo había escuchado y, vaya, que era lo normal y lo que cabría esperar teniendo en cuenta lo que andaban haciendo pero… ¿Gemir? ¿Alguna vez le había escuchado emitir algún sonido similar? No, no lo recordaba. Y aunque no fuera a decirlo en voz alta –entre otras cosas porque la voz no le daba para articular frases demasiado complicadas ni para adoptar un tono que no fuera lento y entrecortado, gustoso e interrumpido por un sinfín de sonidos–, le había gustado. ¿Gustado? No, encantado. ¿Encantado? Tal vez ni siquiera fuese esa la palabra. El caso es que había sido increíblemente satisfactorio y placentero. Y más que lo fue viendo su propia reacción al escucharse. ¿Ahora se sonrojaba? ¿Podía ser más adorable? Enternecido por su reacción, volvió a acercar sus labios a él; en esta ocasión, no obstante, a su mejilla, dejando un suave y delicado besito sobre la misma, sonriéndole tras ello mientras volvía a recuperar ese ritmo que había abandonado.

Por unos segundos, cuando aquella primera respuesta llegó a sus oídos, no pudo salvo ensanchar la sonrisa, complacido. Bien, otro de sus caprichos cumplido; demostrado quedaba que no era ningún niño. Lo de escucharle y verle ya lo estaba haciendo, ¿qué quedaba? Ah, cierto, que contemplara su rostro al terminar. No le preocupaba; algunos minutos más y fácilmente le daría eso también. Pero todo cambió al escuchar sus siguientes palabras. ¿Cómo que no debió hacerlo? ¿Qué se había perdido? ¿Había pasado algo? ¿No estaba disfrutando? ¿Por qué se disculpaba? Entonces, ante el contacto de la mano contraria sobre su propio miembro, un nuevo jadeó escapó de su garganta. ¿Por qué masturbarle si sucedía algo?
– P-Para. – pidió, volviendo a descender sobre él. Ahora, sin embargo, lentamente, con cuidado y, sobre todo, quedándose quieto tras aquello. – Para. – repitió, fijando su mirada en aquella celeste. – ¿Qué… qué pasa? – Quiso saber. ¿No era que si había algún problema podía decirlo directamente? Pues bien, que lo dijera. – Ara, no me… no me importa alimentarte pero... – Sonando entrecortado, cansado, y con el corazón bombeando con fuerza, dirigió ambas manos hasta las mejillas contrarias. – sí me importa que… disfrutes. – confesó, regalándole una pequeña caricia.
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Mensaje por Araxiel el Lun Ago 10, 2020 2:32 pm

Todo estaba saliendo bien. Todo iba de maravilla hasta que se desvió del camino y el hambre pudo con él. No estaba acostumbrado a aquello, por muchos años que pasasen; había personas que le provocaban más de la cuenta, con un sabor tan endemoniadamente delicioso que se veía incapaz de controlarse. Y eso es lo que había pasado. Las ansias estaban ganando aquella batalla, y por más que quería controlarse, sabía que aquello no saldría bien si no paraba. Debía hacerlo, alejarse y calmarse; y sin embargo ahí seguía, sin apartar al contrario e incapaz de decir algo. Demasiado placer para que su raciocinio funcionase de manera correcta y dejase de ser, simplemente, un íncubo.

Sin embargo, a pesar de todo y para su propia sorpresa, al escuchar la voz de Ahn, esa simple petición de lo más clara, su cuerpo se tensó por un momento. Casi como un acto reflejo su cola se agitó y fue directa al miembro ajeno, deteniéndose en el último momento, sin tocarlo, quedando sobre su propia mano la cual apartó con un ligero temblor. ¿Qué estaba haciendo? No... Él no era así, no podía ser de ese modo. Aquella demoníaca extremidad se enrolló por el antebrazo del albino librando una nueva batalla; ambas extremidades que querían terminar con aquello y él mismo que se negaba a hacerlo de esa manera. Tampoco tardó mucho en bajar la mirada de golpe a cualquier otro punto que no fuese el contrario. Entre avergonzado y molesto, así se encontraba en esos momentos.

Yo... —no sabía ni por dónde empezar a explicar todo lo que estaba viviendo en silencio. Claro, que cuando le tomó por las mejillas volvió a alzar la mirada en su dirección. Aún era demasiado tentador verle en esa situación; tan agitado, tan vulnerable, tan apetitoso... Y tan encima de él, porque no se había apartado—. ¿Eh? —frunció el ceño por un momento por eso último—. Estoy disfrutando —aseguró—. Tal vez más de lo que debería —agregó, reconociendo de manera indirecta que ahí estaba el problema. Claro que el mortal no lo entendería. ¿Dónde estaba el problema en disfrutar? No parecía tener lógica alguna.

Cuando se encontró más tranquilo hizo desaparecer su cola, ocultándola de nuevo como si nunca hubiese estado ahí. Tras ello, llevó sus manos a las ajenas y las separó de sus propias mejillas. —Quiero terminar esto... No; necesito terminarlo. Siento que me voy a volver loco en cualquier momento pero si te hiciese algo no me lo perdonaría —intentó explicarse un poco. Que era difícil y el ambiente no era el mejor. Si se hubiese controlado nada de esto estaría pasando, en cambio, ahora tocaba lidiar con el problema. Su mente estaba demasiado confusa. En realidad tenía muy claro lo que quería, pero por otro lado, no quería obtenerlo si eso significaba forzar al contrario o, en el peor de los casos, hacerle daño.

Por un momento sintió el impulso de abrazarlo como si con ello buscase algún apoyo emocional o algo, no obstante, se contuvo porque sabía que de hacerlo querría mucho más que solo eso. Con un cuidado excepcional llevó una de sus manos a la espalda ajena, y la otra, la deslizó por su pierna. ¿Qué hizo? Fácil. Cambiar para dejar al contrario tumbado en el sofá, boca arriba, saliendo de su interior, observándole con ciertas dudas impregnadas en su celeste mirada. —No quiero seguir con esto —mintió. Sí quería, de hecho, lo ansiaba demasiado—. Lamento haberme dejado llevar —eso sí que lo dijo con toda la sinceridad posible y más. Desde un primer momento debió parar todo aquello y no tentar a la suerte. Se había estado riendo de ella en todo momento hasta que se le fue de las manos y ya se hizo tarde para detenerse. Ahora era el momento.

Genial, ya estaba. Ahora solo quedaba apartarse por completo, entrar a casa y no salir de su habitación hasta que todo terminase y amaneciese un nuevo día. Sí. Eso haría... Eso... Eso pensaba, porque en realidad se mantuvo allí, en silencio, incapaz de separarse por completo. Aún en el sofá, entre sus piernas, y aún habiendo una pequeña distancia que los separaba, quería seguir junto a él. Sabía que no debía, que aquello solo empeoraría las cosas. Como si no fuese todo lo suficientemente complejo todavía para seguir buscando más problemas. Simplemente debió haberse mantenido firme en la playa pero, después de todo, demostrado quedaba que era un demonio débil a la tentación, ¿verdad?
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Mensaje por Ji Ahn Kyŏng el Mar Ago 11, 2020 3:57 pm

Por supuesto que se percató de la lucha de aquellas extremidades ajenas por continuar y finalizar con lo que había comenzado; sin embargo, no movió las suyas propias que tan pacíficamente reposaban sobre esas mejillas contrarias que hasta hacía poco habían estado teñidas de esa dulce coloración. Se detuvo; sabía que lo haría, que no debía preocuparse. Y quién sabe, tal vez fuese el alcohol que le brindaba ese valor y esa confianza que, de normal, le costaba establecer pero, a pesar de todo, a pesar de haber pasado tanto tiempo sin noticias del otro, seguía confiando en él. – ¿Eh? – Fue lo primero le que salió al escucharle. ¿Estaba disfrutando? ¿De verdad? ¿Entonces qué sucedía? ¿Por qué disculparse si estaba siendo placentero? Decir que no comprendía nada era quedarse corto. – ¿Más de lo que…? – Trató de repetir en forma de pregunta. No, definitivamente aquello no tenía ningún sentido; algo se le tenía que estar escapando y no sabía el qué. – ¿Cuál es el… problema? – cuestionó directamente, de nuevo, sonando cansado y entrecortado pero sin separarse del demonio. ¿Dónde estaba la lógica? Por más que buscaba, no lograba encontrar nada.

Quería seguir. Por supuesto que Ahn quería seguir. Seguir y terminar aquello; disfrutarlo hasta caer rendido y sin energías si hacía falta. Total, nada que un buen sueño no pudiera reparar, ¿verdad? De cualquier manera, haciendo caso omiso a sus propios deseos, dejó al contrario tomar sus manos y apartarlas. No, tampoco quería deshacer ese contacto. No quería dejar de sentirle de la forma que fuese.
– ¿Nece…sitas? – Lo dicho, que no era capaz de entender qué le había llevado a semejante conclusión cuando, desde su experiencia, todo estaba saliendo a pedir de boca. – ¿Hacerme…? No me… haces daño. – afirmó. Si acaso, todo lo contrario; lejos de brindarle el menor de los dolores, quitando esta momentánea y actual confusión, todo cuanto había sentido de la mano del íncubo era placer y más placer.

Una vez más, sin detenerle ni hacer el menor de los amagos por ello, dejó que deslizara sus manos por donde quisiera, como si volviese a entregarle a él el control de la situación. ¿Su sorpresa? Ese cambio de postura que no vio venir. Vale, estaba abajo, recostado sobre el sofá y con el íncubo encima. ¿Y ahora qué? ¿Qué iban a hacer? ¿Qué iba a pasar? Sintió cómo abandonaba su interior y, en respuesta, un leve suspiro salió de entre sus labios, centrando su mirada en la celeste ajena, buscando respuestas en ella. Y con lo siguiente que llegó a su canal auditivo, solo permaneció en silencio, alzando levemente los párpados en, para variar, señal de sorpresa y asombro. ¿No quería continuar? ¿Acaso había sido un error? No, no lo había sido. Él no se arrepentía de nada; ni de ese pasado común, ni de esos besos en la playa, ni de lo que había sucedido en ese sofá. Diría que se planteó dejarle marchar, no obstante… No había nada que le impidiera levantarse e irse si así lo deseaba. Le dejó tiempo, largos segundos para que lo hiciera, para que se fuera y… ahí permaneció. Ahí permanecieron; el uno sobre el otro, contemplándose a pocos centímetros.


– ¿Seguro? – preguntó, rompiendo el silencio. – ¿Por qué sigues aquí? – Encima y… tan cerca. Tan cerca y tan lejos. Esa insignificante distancia le estaba matando. Si lo de antes, durante todas esas preparaciones, le había parecido una “tortura”, esto era un nuevo nivel. Tanto, que no pudo resistirse y acabó por recorrer suavemente el torso y costado ajenos con las manos en un delicado toque. – Quiero seguir. – confesó, sincerándose. Ahora bien, no, no le obligaría a nada; a la vista estaba que no había intentado retenerle. – Quiero que me veas la cara al terminar. – agregó, haciendo propio ese deseo que el demonio había desvelado tener minutos atrás. – Quiero que me beses ahora mismo. – siguió, sin moverse lo más mínimo para ello, dándole al contrario la libertad de elegir qué hacer. – No me haces daño. – repitió, seguro y con una leve sonrisa. – Tampoco me lo hiciste entonces. – O al menos, nada más allá de lo que cabría esperar de una primera vez. Sea como fuere, si ese era el problema, quería que quedase claro. Y así, sus manos apenas descendieron hasta la cintura ajena en una sutil caricia, dispuesto a volver a entregarse a él si así lo decidía.
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Mensaje por Araxiel el Mar Ago 11, 2020 5:36 pm

Era más que obvio que el otro no entendiese ni la mitad de lo que decía; normal si, en el fondo, estaba hablando tanto sin decir nada realmente, No sabía cómo expresarse en esos momentos porque, bueno, sus palabras contradecían mucho sus deseos y claro, ¿cómo explicas tú eso? ¿Cómo le dices a alguien que no quieres seguir pero al mismo tiempo estás deseando lanzarte a su cuello? No era una tarea sencilla, desde luego. Pero tendría que hacerlo de algún modo. Debía encontrar el modo de explicarse pero... Era tan vergonzoso en esa situación. ¿O creéis que es fácil confesar que te dejas llevar por el simple placer aún cuando no quieres que sea de ese modo? Ah... La cabeza del albino pronto comenzaría a echar humo.

El problema es... —comenzó, bastante decidido pero, a la hora de tener que explicarlo, se detuvo. ¿Cuál era el problema en realidad? Dudó por unos segundos antes de responder—. No ser capaz de parar. ¿Y si no me sacia todo esto y acabo haciendo algo que no debo? —aunque no lo dijo directamente, hizo una referencia a, en efecto, obligarle a continuar utilizando la fuerza de ser necesario y lo que ello conlleva; un demonio siendo capaz de hacer mucho daño a un simple mortal—. Pero... A estas alturas se ha vuelto una necesidad —confesó intentando darse a entender frente a ese problema que le estaba causando tanto dolor de cabeza—. No quiero hacer cosas que no son propias de mí pero siento que mi cuerpo no responde como deseo. Solo quiero terminar y saciarme, y si contigo no fuese suficiente, me iría a buscar cualquier persona a la que forzaría sin problema para conseguir llenarme.

Sabía que no eran palabras agradables de escuchar y, al mismo tiempo, eran necesarias. Esa era la verdad, sin rodeos, de manera muy directa y lo suficientemente clara para entenderla. Claro que, por otro lado, el contrario tenía toda la razón del mundo y no se la podía quitar. Si había dicho que no quería seguir con aquello, ¿por qué se mantuvo ahí sin irse? Estaba claro que en realidad si quería terminar aquello, pero... ¿Y si hace algo de lo que se arrepiente después? Eran esas preguntas, esos "Y si..." los que le estaban torturando más de lo que quería admitir. —Yo... —no, no sabía que responder; no tenía cómo responder a ello. Sin embargo, aquellas palabras saliendo por la boca ajena le hizo clavar su celeste mirada en la contraria. ¿A pesar de todo quería seguir? ¿Cómo? ¿Por qué? Ahora era él quién no lo entendía. Debería estar enfadado por la situación, confuso o incluso tendría que temer después de saber todo eso pero, en cambio, ahí estaba; tranquilo.

Había sentido esas manos acariciándole el torso y los costados, cierto, pero no fue hasta sentirlas por la cintura que fue verdaderamente consciente de esas caricias. Y siendo débil a la tentación, volvió a caer en ella. Ese deseo fue como música para sus oídos y, si es lo que quería, lo haría. Así pues se inclinó sobre el contrario dejando una de sus manos apoyada en el sofá mientras que, la otra, comenzó acariciando desde su clavícula, pasando por su cuello, hasta alcanzar la mejilla con un roce extrañamente dulce. Sin mucho más que añadir terminó por fundir sus labios con los ajenos en un beso que, si bien pudo comenzar tierno, solo logró que esa sensación de hambre volviese a florecer con lo difícil que había sido calmarla.

¿Quería seguir? Seguirían. Sin separarse de él deslizó la mano de su mejilla por un camino descendente, pasando por el costado y acariciando su muslo con suavidad. Lo deseaba, desde luego. Quería mucho más. —Ahn —lo llamó cuando terminó el beso en busca de aire—. Si por algún motivo algo sale mal; si te sientes extrañamente cansado, si te duele algo, si simplemente quieres parar, cualquier cosa... Házmelo saber. Si no respondo a tus palabras solo apártame, golpéame, electrocútame o cualquier cosa, solo... No dejes que el hambre me ciegue y vuelva a ser el de antes —confesó aquello que, seguramente, no iba a entender. En ese preciso momento se sintió extremadamente vulnerable por decir esas palabras. No obstante, dejando eso de lado, decidió que terminarían aquello y, sin más, intentando despejar un poco la mente besando el cuello ajeno, volvió a hundirse en su interior poco a poco. De nuevo, esa sensación de tener hambre se intensificó.
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Mensaje por Ji Ahn Kyŏng el Miér Ago 12, 2020 11:14 am

Le hubiera gustado poder responder a esa primera pregunta que le lanzó cuando trató de explicar cuál era el problema; no obstante, para su desgracia, no sabía qué contestar. ¿Qué decir a aquello? ¿Qué sabía él, un simple humano, sobre demonios? Nada, nada en absoluto. Si hasta hacía no mucho, ni siquiera sabía que ese que le acompañaba cada segundo, por mucho que ahora permaneciese en silencio, era uno de ellos. Y aun así, Hivvah y Araxiel, por muy demonios que pudieran ser ambos, desde la humilde perspectiva del coreano, eran completamente diferentes; antagónicos incluso. No podía sacar nada en claro, ningún rasgo general sobre dicha raza si los dos únicos individuos a los que conocía de la misma resultaban ser tan opuestos. Así que, en resumen, no sabía qué podía hacer o decir para ayudarle en aquella situación en la que se encontraban.

A pesar de todo, continuó escuchando con atención las explicaciones que tuviera que dar, tratando de encontrar algo, por mínimo que fuera, que le sirviera para intervenir de alguna forma.
– Y… ¿Cómo sabes si no va a ser suficiente? – ¿Había algo que se lo indicara o solo era una preocupación sin más? Como con todo lo demás, era incapaz de comprenderlo. Tal vez por la diferencia de razas, porque sus naturalezas eran distintas, por haber estado separados tanto tiempo, o por andar algo disperso a causa del alcohol, quién sabe. – Quiero decir… No… no hiciste nada de eso la primera vez. – Ahí tenía otra posible razón por la que le costaba tanto procesar aquello; que la vez anterior, aquella ya tan lejana, no había sido en absoluto como lo estaba poniendo el contrario ahora. Por su parte, Ahn la recordaba bonita, con cariño; no cambiaría nada. – Solo estuviste conmigo. Hasta te quedaste un rato en mi casa después de… Fuiste muy amable y tuviste cuidado de no hacerme daño. – le recordó, por si acaso eso servía de algo. Porque podría no saber nada sobre demonios, íncubos, o lo que fuese; pero sí sabía lo que habían vivido juntos. – Cada dos segundos me preguntabas si estaba bien y si quería parar. – añadió, con una suave sonrisa.

Sin moverse lo más mínimo después de hacer todas aquellas peticiones, recostado sobre el sofá, permaneció a la espera de la decisión ajena. No le forzaría a nada; si elegía detenerse y marchar, lo respetaría. ¿Quién era él para obligar a nadie a hacer nada? No, si ese era su deseo, lo aceptaría. Sin embargo, no pareció ser el caso. Al instante de notar ese dulce y tierno roce por su piel, fijó la vista en él, perdiéndose en sus ojos por los breves segundos que durase aquel ascenso contrario hasta su mejilla y, entonces, al verle inclinarse en su dirección, acabó por, lentamente, bajar sus párpados y corresponder ese ansiado beso. Y sí, lo hizo del mismo modo en el que lo recibió; tierno al principio y subiendo poco a poco de intensidad.

Así, disfrutando de esas caricias que le regalaba, volvió mirarle al oír su nombre. Hubiera sido bonito decir que lo entendió todo, que lo había escuchado alto y claro y que lo había captado a la primera; no obstante, no, no sucedió; no comprendió aquello último.
– No va a pasar nada. – aseguró, tranquilo. Confiaba en él, solo eso. Es decir, si no se había aprovechado de un pobre e inexperto adolescente, tan vulnerable, que aceptaría cualquier cosa que hubiese podido hacerle… Menos aún lo haría con un hombre adulto que sabía perfectamente lo que le gustaba y lo que no. Y bueno, que en el improbable caso de que algo ocurriese, Hivvah siempre estaba ahí. Ese demonio podría ser muchas cosas y podría hacer de su vida un infierno, pero no podía negar la sensación de seguridad que obtenía de tenerle a su lado. No, ese tercero no permitiría que nada le sucediese. De esta manera, girando un poco el rostro para dejarle espacio y que hiciera cuanto quisiera por su cuello, suspiró por aquellos besos. Suspiro que, más pronto que tarde, se vio convertido en un leve gemido al sentir cómo el íncubo volvía a adentrarse en su interior. Ahora sí, ya seguro de lo que ambos querían, no tardó en llevar las manos a la espalda ajena y a rodearle muy sutilmente con sus piernas.
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Mensaje por Araxiel el Miér Ago 12, 2020 1:33 pm

Tampoco le faltaba razón con todo aquello nuevo que salía de entre los labios ajenos. Era cierto. Todo. Lo primero, ¿cómo saber si no era suficiente? En realidad eso lo descubriría cuando terminasen, si se había saciado o no sería más que obvio. Se quedaría relajado y, posiblemente, algo nervioso o avergonzado por el numerito que había montado en un momento. De no saciarse, simplemente y como había advertido, se iría a buscar más comida. —No lo sé —admitió—, pero lo sabré con facilidad —decidió añadir. Y no iba a ser el único en darse cuenta, eso seguro. Ah... La primera vez... ¿Qué decir al respecto de ella? Hacía doce años también le pasó lo mismo, sin embargo, esa virginidad sabía tan deliciosa que lograba saciarse a medida que el tiempo pasaba. Claro que, ¿cómo explicar eso? Iba a sonar de lo más raro. Tendría que entrar en detalles de su alimentación y... No era ni el momento ni el lugar. Si quería saberlo, en el futuro se lo diría.

Por ahora, aún con esa pequeña batalla interna que se comenzaba a disipar, decidió intentar centrarse en esos comentarios que decía el contrario. —Bueno, tampoco es necesario recordar eso ahora... —murmuró, evidentemente, algo ruborizado por la situación. Eso de que le recuerden el modo que tuvo de preocuparse por un adolescente de quince años... En fin, que se acordaba perfectamente de ello y, aunque en su momento no le dio importancia, ahora tenía esa extraña sensación de, quizás, haberse preocupado demasiado. Claro que, todo esto, al ver la sonrisa del contrario, le hizo imitar su gesto de manera suave aunque tuviese la mirada algo desviada. ¿Tierno? Posiblemente. Por mucho que intentase negarlo, en el fondo -y no tan en el fondo-, era un blando como bien le habían dicho a lo largo de su vida.

Aquellos besos por el cuello ajeno le saciaban lo mínimo. Estaba claro que solo aumentaba su deseo de buscar por más, pero se controlaría. Ahn confiaba en él, lo había dejado más que claro. No podía romper esa confianza por un simple impulso que, hasta la fecha, casi siempre había logrado controlar. Casi. Que se le dificultaba cuando encontraba sabores tan satisfactorios como el de aquel humano en concreto, por algún motivo. ¿Podría ser solo el recuerdo de aquella primera vez lo que le hacía tan sabroso? Quizás, aunque ahora era muy diferente, la esencia más básica seguía ahí siendo la misma. ¿Se debería a eso que estuviese tan desesperado? No estaba seguro, pero de ser ese el motivo, recordaría el apreció que llegó a tenerle para no hacerle nada malo.

Y malo no sería, o al menos lo intentaría. —Solo tenlo presente —dijo, separándose de su cuello para poder hablar, no obstante, apenas terminó esa simple frase y deslizó la lengua por toda su piel, recorriéndola hasta alcanzar la oreja donde, por cierto, dejó un suave mordisco en el lóbulo. Iba a decir algo, desde luego que sí; estaba a punto de expresar lo maravillado que estaba por esa actitud que había demostrado el contrario frente al problema pero, ¿qué pasó? No, lo que le impidió hablar no fueron las manos por su espalda; fueron esas piernas rodeando su cuerpo. Ay... Está bien, no importaba. No era la primera vez que lo hacía, solo era cuestión de no dejarse llevar, eso era todo lo que debía hacer.

Como quieto no iba a estar eternamente, que apenas habían sido unos segundos en los que sus neuronas volvían a conectar, comenzó con aquel vaivén de sus caderas que, a diferencia del contrario, era de todo menos provocador; con un ritmo constante, sin cambios que le hacían estremecerse de placer y rabia al mismo tiempo. No siendo excesivamente rápido, sí que se aventuró a ir más profundo. No era algo nuevo, habían estado un rato antes, así que no veía motivos para que resultase incómodo o molesto. Agradable sí, y eso muchísimo al menos para él. Tanto que notaba los suspiro agolparse en su garganta y, no queriendo volver a sonrojarse de nuevo, decidió silenciarlos con un beso. A diferencia del último, este de tierno ahora tenía poco. Fue más bien intenso, atrevido y seguro, buscando la lengua ajena con la propia para acariciarla en s totalidad, abrazarla y jugar con ella.
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Mensaje por Ji Ahn Kyŏng el Miér Ago 12, 2020 5:09 pm

Así que él tampoco lo sabía; solo era una preocupación como otra cualquiera, eh. Vale, entendido. Esa parte al menos porque, en general, poco más se podía decir que comprendiese. Sí, podía entender que le diera miedo propasarse o acabar forzando alguien más, no obstante, ¿de dónde salía esta preocupación? Que sí, que había pasado mucho tiempo, pero aquella primera vez con él nada de eso sucedió; estuvieron solos y, ni se propasó ni le forzó a nada; todo lo contrario. – Tarde. – contestó, sin borrar esa leve sonrisa de su rostro. Por supuesto que se había percatado de ese pequeño rubor en las mejillas ajenas y el modo en el que desviaba la mirada. Estaban cerca, muy cerca el uno del otro; fue imposible no darse cuenta de algo tan tierno. – Ya lo he recordado. – añadió, ladeando un poco esa curvatura en sus labios. Y bueno, que si lo había dicho era por algo; él también se había acordado, seguro. ¿Cómo no hacerlo? Ellos eran los mismos, uno más cambiado que otro por el paso de esos doce años; no estarían en el mismo lugar ni en las mismas circunstancias, sin embargo, en aquella posición que habían adoptado… No podía no recordarlo.

Disfrutando de esos besos por su cuello, rodó los ojos en su dirección al escuchar aquellas tres simples palabras. Lo haría, lo tendría en cuenta. Eso sí, confiaba en que no sería necesario hacer nada y en que el contrario no se propasaría de ningún modo; no ya solo por su propio bien, sino por el ajeno. Porque sí, a unas muy malas, sabía a la perfección que ese tercero que permanecía en silencio y, seguramente observándolo todo, saldría en su ayuda. ¿Y qué significaba eso? Que nada bueno podría salir de ahí. Ahn, en toda su inocencia e ingenuidad humanas, desconocía que pudiera haber cualquier tipo de relación entre esos dos únicos demonios que conocía, no obstante, por mucho que Hivvah en la estación de bomberos le hubiera asegurado al otro que le protegería, el mortal iba antes que el niño. Sus prioridades estaban claras. No, no le mataría por ser hijo de quien era pero, desde luego, amable no sería.

Sin embargo, y volviendo al tema principal, en cuanto dejó de notar aquellos besos por su piel, los suspiros cesaron; lo cual no quiere decir que no se estremeciera con el húmedo contacto de esa lengua recorriendo su piel y con el posterior mordisco… Porque por supuesto que lo hizo. ¿En respuesta a todo ello? Sus manos se deslizaron por esa espalda ajena en unas sutiles caricias mientras que el agarre de sus piernas, sutil hasta entonces, se afianzó ligeramente. No, nada excesivo; no hizo presión ni fuerza alguna, solo dejaba claro que estaban ahí. En fin, que si en aquel breve inciso por las dudas contrarias había logrado que el bombeo de su corazón y su respiración se calmasen un mínimo, poco tardaron en volver a acelerar y, en consecuencia, el coreano, más pronto que tarde, comenzó a jadear de nuevo, tanto en busca de aire, como por puro placer.

¿Que cuándo tuvo lugar esto? Cuando el íncubo comenzó a moverse sobre él. Y si bien sus embestidas no eran especialmente rápidas, sí que disfrutaba de esa profundidad que conseguía, logrando que de su garganta, entre tanto jadeo, también escapase algún que otro gemido. Gemidos que, por otro lado, se irían elevando y se harían más recurrentes a medida que pasase el tiempo. Sí, aquello le gustaba y estaba decidido a hacérselo saber dedicándole cada sonido que saliera de entre sus labios. O al menos así fue hasta que el otro decidió silenciarse con ese beso que de inmediato correspondió, acallándose él también, ya de paso. Jugando con sus lenguas, alzó una de sus manos hasta la nuca ajena, dejándola reposar ahí para que no se alejase tan pronto; no quería separarse hasta que no fuera absolutamente necesario. Mientras, la otra de sus extremidades, lejos de permanecer quieta, se desplazó hasta su propio cuerpo, tomando su miembro y comenzando a masturbarse al compás de las penetraciones que recibía. Se había contenido hasta ahora para no terminar abruptamente pero… Una vez decididos a acabar, ya no hacía falta reprimirse más, ¿verdad?
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Mensaje por Araxiel el Miér Ago 12, 2020 7:34 pm

¿Cuánto duraría todo aquello? A saber. No podía asegurar que esa tranquilidad del momento durase hasta el final del encuentro, al igual que no podía saber cuánto se alargaría el mismo. Es decir, llevaban un rato disfrutando, aunque habían tenido un momento de parada, pero no es como si el demonio se hubiese enfriado por eso. No podía decir lo mismo del humano porque no estaba en su cuerpo y mentes no sabía leer, pero por el contexto general del ambiente, no parecía tampoco haber perdido el hilo.

Por suerte, recuperó parte de su confianza a pesar de todo. Seguía un poco dudoso por esos impulsos de buscar más y más constantemente, no obstante, en esos momentos se veía bastante más tranquilo y con la capacidad de controlarse. Si se le iba de las manos ya había advertido al contrario. No es lo que deseaba, desde luego, pero podía llegar a pasar. Más aún por seguir tentando a la suerte como lo hacía. Ese beso le saciaba tanto como le provocaba. Deseoso por alargarlo y no separarse, de seguir así hasta que el oxígeno no llegase a sus pulmones, saboreando cada milímetro de él. Pero todo llegaba a su fin, al igual que ese lascivo beso, terminándolo con un suave mordisco en el labio inferior ajeno. Se relamió los propios degustando aquello con total descaro. Le encantaba. ¿El humano en general o la escena que estaban viviendo? Ambas cosas. Sí, ese jovencito de sus recuerdos había desaparecido casi en su totalidad pero... Seguía siendo el mismo. Tierno y adorable, más experimentado y crecido, pero la esencia estaba ahí.

Prosiguiendo con ese vaivén de sus caderas cuando el beso finalizó, sintió un suave escalofrío recorrer su espina dorsal. Había sentido una de las manos ajenas moverse durante aquel acto, posicionándose en su nuca pero, ¿y la otra? No sabía en qué momento había dejado de sentirla sobre su propia piel. No le hubiese dado mucha importancia de no ser porque, cuando supo de la localización de esa extremidad, sus pupilas se expandieron al ver la escena por una mísera fracción de segundo. No, obviamente no se iba a quedar ahí mirando de manera incómoda pero... Su mirada celeste se centró en la contrario, ensimismado, pareciéndole lo más increíble que podía ver en esos momentos. Que él mismo se iba a encargar de hacerlo pero... Ver al contrario fue aún más erótico de lo que hubiese imaginado.

Bueno, y qué decir de cada sonido que se escapaba de la boca ajena. Otra maravilla del mundo, una que podía escuchar en su plenitud y con la cuál se deleitaba tanto como un niño con un caramelo. Siguiendo con el pasar de los minutos, con un aumento de ritmo en aquellos movimientos penetrantes profundos, su cuerpo empezaba a advertir que el final estaba próximo. Lo sentía. Su agitada respiración, su mente extasiada pero bastante sosegada después de todo, el cansancio similar a una buena sesión de ejercicio, el placer que solo aumentaba y que pronto alcanzaría la cúspide del mismo... Sí, estaba por terminar. Ahora la verdadera cuestión era... ¿Cómo?

De ser cualquier desconocido le importaría entre poco y nada, sin embargo, el humano no era un desconocido. Teniendo en cuenta el alcohol en su cuerpo, el cansancio que seguramente tuviese, que no había comido nada al final... Tal vez la mejor opción es que se fuese a descansar cuanto antes, así pues, evitaría que tuviese que bañarse de nuevo. ¿De qué manera? Pues nada; cuando sintió ese clímax tan cercano simplemente salió de su interior, masturbándose apenas un par de veces hasta lograr alcanzarlo dejando salir un largo y placentero suspiro. Posiblemente, lo que vino después de eso no era algo agradable de ver para todos, pero en esa situación no podía resultarle más indiferente. Y si, lo que hizo fue encargarse de aquella viscosidad que manchaba su propia mano, deslizando la lengua por la extensión de la misma hasta dejarla impoluta.

Como alimento dejaba mucho que desear. Es decir, ¿podía considerarse canibalismo? A saber, pero desde luego, era algo que no iba a hacer por placer todos los días. Que no le molestaba si era una vez, pero desde luego que no era algo para repetir. Simplemente resultaba... Extraño, incluso para un íncubo. Ahora bien, lo que esperaba por parte del otro iba a ser completamente diferente. Y tan desesperado estaba por ello que aferró la mano del contrario, observándole como si pidiese permiso o algo por el estilo y, con cuidado, la retiró para poder acercarse él. Humedeciéndose los labios con lujuria clavó los celestes ojos en su hombría deleitándose con ese manjar que tenía frente a él. Ya se encargaría de llevarle al límite. Con eso en mente, aferrando su miembro con la diestra y masajeándolo con firmeza, le faltó tiempo para guiarlo hasta su cavidad bucal y jugar con la lengua por la punta apenas un momento, procediendo a, básicamente, devolverle el favor de antes pero no con intenciones de calentarlo, sino de que terminase.
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Mensaje por Ji Ahn Kyŏng el Jue Ago 13, 2020 11:23 am

No quería separarse, eso era un hecho. Que deseaba seguir saboreando esos labios masculinos no debía ser ningún secreto a estas alturas y, sin embargo, no le quedaba otra que apartarse; la falta de aire le obligaba. Así, recibiendo ese pequeño mordisco y, posteriormente, observándole relamerse de ese modo, perdiéndose en él por varios segundos, no pudo evitar apresar algunos de sus mechones por unos breves instantes. Eso sí, poco tardó en soltarlos y deslizar esa mano de forma descendente por la espalda contraria, dejando notar sus uñas. Pero vaya, que no le arañaría ni le dejaría ningún tipo de marca; apenas ejerció una muy sutil presión. Y al igual que el demonio no se detuvo con sus embestidas, él tampoco lo haría con esa masturbación. De esta manera, echó la cabeza hacia atrás tanto como le fue posible, dejando salir, al mismo tiempo, un más que audible jadeo. ¿O quizás gemido? No distinguía una cosa de la otra, solo sabía que hacía ruido y… No, lo de que alguien pudiera escucharles hacía tiempo que había perdido cualquier tipo de importancia.

Sin ser consciente de cuánto pudieron pasar así, solo disfrutando el uno del y con el otro, dejándose llevar y entregándose al placer, en algún punto notó cómo este no hacía más que acumularse y aumentar mientras el bombeo de su corazón y su respiración se aceleraban más y más; sumando a ello un cierto cansancio que le atacaría verdaderamente al acabar y que no fuese capaz de ver más allá de ese momento, de ellos y ese sofá. Oh, pero si eso fuera todo… Hasta sintió un leve temblor en las piernas, terminando por deshacer ese agarre. No iba a durar mucho más, estaba claro. Y el caso contrario parecía similar al suyo, dejando escapar un suspiro cuando le sintió abandonar su interior. ¿Lo que pasó después? A saber, por su parte tenía los ojos cerrados, solo centrado en aquella gustosa sensación que experimentaba. De hecho, solo volvió a alzar los párpados al sentir la mano ajena por la suya propia, apartándola como el íncubo parecía querer y, en fin, dándole vía libre.

¿Y cuando sintió esa cálida humedad envolviéndole? Se aferró al sofá con una de sus manos; la otra, sencillamente la dejó reposar sobre la cabeza contraria en lo que fueron unos intentos de acariciarle sin propasarse. No obstante, tampoco es que durase mucho; ya estaba en el límite y, vaya, que las acciones ajenas fueron ese último empujoncito necesario para alcanzar ese tan deseado clímax.
– A-Ara… – le llamó justo antes, incorporándose apenas lo suficiente como para que pudiese contemplar su rostro. Era lo que le había pedido, ¿no? Verle la cara al terminar. Bien, pues ahí lo tenía. Con sus oscuros ojos fijos en los contrarios celestes y repitiendo su nombre en un nuevo gemido, aquella placentera expresión se la dedicó única y exclusivamente a él. Tras ello, extasiado, agotado, se dejó caer sobre el sofá, intentando recuperarse un mínimo. Cerró los ojos, por un instante cerró los ojos. No. No podía. Habitación; tenía que ir a la habitación. Nada de quedarse dormido ahí fuera; no quería que Hivvah le matase si se resfriaba por algo tan estúpido.


“Mira qué hora es; mueve el culo. Bien que lo hiciste anoche.” Bonitas y amables palabras con las que despertar, ¿cierto? Pues eso fue lo que recibió Ahn a la mañana siguiente. Bueno, mañana… O quizás mediodía, porque el sol ya entraba de lleno. – ¿Qué…? ¿Dónde…? – Abrió los ojos, y aunque ligeramente confundido, pronto cayó en la cuenta de que aquel no era su dormitorio. Pero no, ningún drama al respecto; poco o nada tardaron los recuerdos de la tarde y noche anterior en venir a él. – Ah… Araxiel… – Sí, es verdad; había estado con él todo el tiempo; debía seguir en su casa. Puede que hasta le hubiese ayudado a llegar allí después de lo sucedido sobre aquel sofá. “Te lo pasaste bien, ¿no, valiente desgraciado?” Le habló desde el interior, con un cierto tinte agresivo y hostil en sus palabras, sí, y sin embargo, también parecía calmado, tranquilo; como si lo tuviese todo bajo control y solo estuviera esperando el momento idóneo para algo.

– ¿Eh? – Incorporándose, de buenas a primeras no supo a qué se refería. Ante lo cual, el otro solo soltó una áspera carcajada. –No. No, no, no. No le hagas nada él. Él no hizo nada; no tiene la culpa de nada. Fui yo. Yo bebí, yo… – Entonces, acordándose, palideció y su corazón se saltó un latido. – …yo te hablé. – murmuró, siendo consciente de lo que había hecho y poniéndose en lo peor. No, a Hivvah no le gustaba que supieran de él; la había cagado. Mucho. – Hivvah. – le llamó en vano, no obteniendo más respuesta que un condescendiente silencio. – ¡Hivvah! – Nada, ni una palabra. – ¡Hivvah, por favor! – exclamó, levantándose de inmediato y no importándole alzar la voz por un instante. ¿Qué recibió a cambio? Más de ese silencio que aborrecía. – L-Lo que sea que planees… H-Házmelo a mí. Él no… – De no haber mantenido esta “conversación”, a lo sumo hubiese sentido una ligera vergüenza pero… Ahora… Miedo; eso es lo que sentía.
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Mensaje por Araxiel el Jue Ago 13, 2020 3:16 pm

En esos últimos momentos del encuentro se centró única y exclusivamente en satisfacer al contrario usando su boca para ello, jugando con la lengua siguiendo el roce de sus labios al introducirse el miembro y sacarlo; acompasando a esto, la mano también hacía lo propio con esos movimientos ascendentes y descendentes que seguían con el ritmo. No era algo excepcionalmente rápido, pero tampoco lento. Si estaba llegando a ese final mejor dárselo cuanto antes, ¿cierto? Y sí, con esa tarea se mantuvo hasta que el contrario alcanzó su clímax, alzando la mirada lo suficiente para cruzarse con los ojos ajenos, admirando cada facción de su rostro antes de dejar caer los párpados con suavidad. Obvio que no se apartó, recibiendo aquel espeso líquido en su plenitud y saboreándolo como si de un manjar propio de los dioses se tratase.

¿Qué hizo durante el resto de la noche? Lo primero preocuparse por el estado del humano. Parecía estar demasiado cansado, por ello, llegó a pensar que se excedió con eso de alimentarse. Saciado había quedado, eso desde luego. No parecía muy consciente, estaba más en el mundo de los sueños que en esa terraza, por lo que no tuvo mucho problema en llevarlo a la habitación donde dormiría; eso sí, se dignó al menos en ponerle algo de ropa. Una vez hecho aquello, simplemente, le dejó tumbado en su cama descansando. Tras ello bajó a la plata baja y dirigiéndose a la cocina. Nada mejor que un café a altas horas de la noche para hacer más amena la misma. Con el móvil en una de las manos y una taza de café caliente en la otra, se tiró leyendo noticias por internet un largo rato, tal vez incluso un par de horas.

Cuando fue consciente el reloj de su teléfono marcaban las cinco de la mañana. No sabía en qué momento había pasado tanto tiempo. Sin embargo, no tenía sueño ya que era algo que no necesitaba. ¿Qué hacer para entretenerse? Pues nada, un bañito nocturno que nunca viene mal. Así fue como se tiró otro largo rato en la piscina, mirando el cielo nocturno en silencio pensando en un sin fin de cosas pero, al mismo tiempo, sin pensar en nada. Estaba frustrado. Sabía que no debía haber hecho nada y ahí estaba. Pudo negarse pero no lo hizo. Fue débil a la tentación. ¿Y ahora qué quedaba? Nada, alejarse de nuevo, quizás. Las cosas eran todavía mucho más complejas que en el pasado. Quería ser sincero con el humano aunque... ¿Qué sucedería cuando se enterase? No le agradaba esa mezcla de sentimientos que se agolpaban en su pecho al imaginar la posible reacción.

Rechazo. Golpeó la superficie del agua con frustración saliendo así no solo de sus pensamientos, sino de la propia piscina. Las siete de la mañana. Tras secarse y vestirse, decidió ir hasta la sala de estar para encender la televisión y ver algo; perder el tiempo, en resumen. No tenía nada mejor que hacer y no es como si fuese a dejar con contrario solo en casa. Que seguramente debería estar durmiendo como un bebé, pero aún así... En fin, que nunca venía mal una película mala de terror con efectos especiales que dejaban mucho que desear. Casi una hora y media más tarde, tras haber visto el filme, se quedó allí tumbado en el sofá, colocándose unos auriculares y escuchando música clásica interpretada con la ocarina como instrumento principal. Placer para sus oídos. Hasta llegó a cerrar los ojos para disfrutar de ello.

Ya había perdido por completo el sentido del tiempo. En algún punto se incorporó del sofá cesando con la música, quitándose los auriculares y saliendo de la sala de estar. Dejó el móvil en la isla de la cocina, y viendo que había terminado con todo el café preparado, abrió el armarito indicado para sacar unas bolsas de té rojo. Ahora era el turno de aquella otra bebida. Y cuando estaba terminando de prepararla, a sus oídos pareció llegar la voz de alguien. Con el ceño ligeramente fruncido se sirvió una taza de té, tomándola con cuidado y subiendo a la primera planta escuchando, con total claridad, aquel nombre que le erizó la piel. Sacudió un poco la cabeza aparentando normalidad, llamando a la puerta con los nudillos antes de entrar.

Se quedó ahí en silencio, llevándose la taza a los labios con naturalidad, observándole con atención. —Buenos días —sonrió tras beber—. ¿Quieres desayunar? —cuestionó manteniendo el semblante—. He preparado té pero puedo hacer algo más. Anoche no cenaste al final —comentó recordando ese pequeño detalle—. ¿Te encuentras mejor? —del alcohol y eso, también haciendo una referencia al cansancio—. Bueno, yo... Esperaré abajo —y tal como lo dijo, lo hizo. Cerró de nuevo la puerta a su paso bebiendo de aquel delicioso té, recorriendo su humilde morada hasta alcanzar la cocina y sentarse en uno de los altos taburetes. ¿Tendría que hacer algo para que desayunase? ¿El qué? Se quedó pensativo haciendo una especie de lista mental sobre los alimentos que podía tener en esa casa; no muchos, la verdad.
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Mensaje por Ji Ahn Kyŏng el Jue Ago 13, 2020 11:13 pm

Divertido, sí. Se lo estaba pasando en grande torturando al pobre humano con tan poco. ¿Qué había dicho? ¿Dos simples frases? Increíble la fragilidad humana. Unas pocas palabras lanzadas como dagas envenenadas y ya estaba de los nervios, preocupado y atacado. Maravilloso. Más. Quería más de ese sufrimiento y de esa incertidumbre que carcomía a aquel mortal que consideraba de su pertenencia. Oh, y cómo le rogaba de esa patética y miserable manera que no le hiciera nada al otro crío… Sabía entretenerle bien, esos méritos no iba a quitárselos, desde luego. ¿Qué le daba a cambio de semejante buen rato? Por su parte, solo silencio. ¿Y por qué ahora mantenerse callado cuando podría seguir atacándole gratuitamente y disfrutar del espectáculo que tuviera que ofrecerle como el buen enfermo que era? Pues porque sabía que su silencio le mataría más que sus palabras, así de simple.

Y hablando de saber sobre el otro… Mucho había podido conocer en apenas un día. Nunca se había interesado por el pasado del coreano antes de que él llegase a su vida pero aquello… No, eso resultaba tremendamente irritante y molesto. Se suponía que era suyo; única y exclusivamente suyo. Sí, le había dicho al niño que podría prestárselo para que se divirtiese en algún momento si se encontraba de humor, no obstante, cuando se lo comentó no sabía de la relación de ambos. Le había arrastrado a esa isla para aislarle; no para que se reencontrase con un viejo amigo o lo que quiera que fueran esos dos. No exageraría si dijera que sus deseos eran los de quitar del medio al hijo de su amigo pero, precisamente por eso, por ser hijo de quien era, no le tocaría. ¿Que si no le era frustrante? Demasiado. Pero más era el respeto que tenía por aquel caído y, si él le quería vivo, vivo le dejaría. Ahora bien, que no pudiera romper a ninguno de esos dos mocosos, no significaba que no aspirase a destrozar lo que les unía.


– ¿Por qué no dices nada ahora? – le recriminó, ansiando escuchar esa voz que en realidad tanto aborrecía. Era una relación complicada la de parásito y huésped; le odiaba y, sin embargo, le necesitaba más que nadie. Sí, a ese extremo había llegado con el pasar de los años; dependencia absoluta. Tanto, que estaba convencido de que, sin el otro, no era nadie. – Hivv… – volvió a llamarle, deteniéndose a mitad al oír cómo llamaban a la puerta. “Mira a quién tenemos aquí…” Al verle pasar, acompañado de esa voz ajena que resonaba en su cabeza, quedó completamente paralizado, pálido e incluso mudo por algunos segundos. No podía dejar que ese monstruo le hiciera nada. – B-Buenos días. – Tardó, sí, pero se dignó a saludar. – Eh… Sí. C-Claro. – ¿Que intentó aparentar normalidad y que fingió no haber estado hablando “solo” hasta hacía medio minuto? Sí. ¿Que lo consiguió? Eso ya no tanto. – Sí, sí. P-Perfectamente. – mintió. ¿Y lo peor de todo? Que no hacía falta ser ningún genio para darse cuenta de ello. “¿Te crees que no se ha dado cuenta de que le has mentido a la puta cara, Ahn?” cuestionó, burlándose y disfrutando de la estupidez humana.

¿A lo último? Solo asintió, dejándole marchar tras ello. Calma, calma. Respiró hondo, dejando salir todo el aire de sus pulmones poco después. No había mencionado el nombre de Hivvah en todo el encuentro, ¿verdad? No, no recordaba haberlo hecho. Bien. Podía salvarlo. Todavía podía salvar la situación. Suspiró, caminando hacia la otra puerta que, intuía, sería algún baño y… En efecto, un baño. No diré que se arregló pero, al menos, sí que se lavó la cara para despejarse un poco y centrarse en lo que se tenía que centrar. De esta manera, no tardó mucho en bajar hasta la primera planta, encontrándose con el otro en la cocina.
Ah… Acababa de despertarme. Lo… Lo siento. – se disculpó con una pequeña sonrisa un tanto forzada. – Esto… Ara, yo… ¿Puedo llamarte Ara? – preguntó, visiblemente nervioso. Así le había llamado durante aquel… encuentro nocturno, llamémoslo así y, bueno, también era así cómo se dirigió a él en su adolescencia. ¿Estaba bien si seguía haciéndolo? – Verás… Puedo… Puedo explicarlo. Lo de la playa, digo. – ¿Realmente podía?
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Mensaje por Araxiel el Vie Ago 14, 2020 10:51 am

Era obvio saber que al humano le pasaba algo. Podría decir que no tenía motivos para ello pero, en realidad, sería una absurda mentira. Solo con haber escuchado ese nombre fue más consciente de todo lo sucedido. Sí, sinceramente, en aquella terraza, en aquel sofá para ser más exactos, estaba tan desesperado por conseguir lo que quería que se olvidó por completo de la existencia de ese demonio conocido suyo. Ah... Si pensaba que las cosas estaban complicadas solo por haberse acostado con el humano, ahora que recordaba ese pequeño detalle sabía que estaba en una situación compleja. Hivvah lo dejó muy claro, el joven era suyo y le pertenecía, por mucho que hubiese dicho que "se lo podía prestar un rato para divertirse". Solo de recordar esa conversación en el gimnasio su piel se erizó. Claro que, por otra parte, había dicho que no le mataría por ser el hijo de un amigo, lo que le llevaba a pensar... ¿Y Ahn? ¿Qué iba a pasar con él? ¿Podría hacer algo el demonio desde el interior del cuerpo? ¿Qué pasaría si salía de repente? Vaya... Si la noche ya había sido larga por pensar constantemente ahora, al parecer, la cosa no sería diferente. Con otro tipo de pensamientos, cierto, pero haciéndose muchas preguntas a las que no lograba encontrar una respuesta exacta.

Así, sumido en su propio mundo bebiendo de esa taza llena con té, volvió a plantar los pies en el presente al ver al contrario aparecer. Intentó mantener la calma y aparentar normalidad, al menos, hasta saber a quién se iba a encarar. Obvio que con las primeras palabras supo de inmediato que seguía siendo el mismo jovencito de siempre y no ese dolor de muelas con nombre propio. —¿Por qué te disculpas? —cuestionó con cierta curiosidad—. ¿Por dormir? ¿No es lo que hacéis los humanos de todos modos? No tenía planeado despertarte —añadió de manera muy sincera. ¿Qué ganaba despertando al contrario temprano a parte de quitarle horas de sueño? Nada. Tampoco es como si estuviese muy preparado para afrontar lo que debía hacer frente. Y lo siguiente no hizo más que sacarle una sonrisa e, incluso, una divertida pero suave risa—. Desde luego que puedes llamarme así —asintió, llevándose la taza a los labios de nuevo para dar otro sorbo a su bebida—. ¿Ah? —frunció el ceño por un momento con un mínimo de confusión—. ¿Explicar el qué? ¿Que con los años te has vuelto un artista? ¿Que bebiste demasiado rápido y el alcohol subió como la espuma? ¿O prefieres la parte en la que nos tiraste a la arena y nos besamos? —fue enumerando un par de momentos de lo ocurrido el día anterior—. ¿Qué es lo que me vas a explicar de todo lo vivido? —sonrió con cierta maldad, de la buena, solo quería molestarle un poco porque seguía pareciéndole adorable cuando estaba nervioso.

Sin embargo y a pesar de lo dicho, quería creer que había algo más tras esas palabras. ¿Explicar? ¿A qué se refería exactamente? ¿Tal vez... ? Sí, cierto; en algún punto de la tarde-noche el coreano se puso a hablar con Hivvah sin ser consciente de ello. ¿Sería eso lo que pretendía aclarar? Fuera lo que fuese lo que dijera, el albino ya conocía la verdad. Teniendo en cuenta que en su primer encuentro en aquella cafetería intentaba aparentar normalidad -aunque ahora podía hacerse una idea de por qué en ocasiones se quedaba en silencio, como si le costase procesar-, y conociendo un poco al demonio que habitaba en su interior, no era muy complejo deducir que el aterrado humano había hecho algo que no debía. No obstante, había algo que le estaba molestando bastante y que por desgracia no podía preguntar directamente: ¿Ahn conocía algo de todo lo que estaba intentando ocultar? Sobraba decir que no confiaba en ese que habitaba su mente y, para su desgracia, era el que más daño podía causar entre ambos. Si decía una mala palabra o si decía lo que no debía, directamente, aquello seguro que iba a terminar muy mal. Y sí, por mucho que buscara alejarse del humano para ahorrarse sentimientos innecesario, tampoco quería abandonarlo por completo con los dos monstruos que tenía a su lado.
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Mensaje por Ji Ahn Kyŏng el Vie Ago 14, 2020 9:18 pm

Es verdad, ¿por qué pedía disculpas? Le había salido casi de manera automática pero… ¿Tenía algún motivo para ello? No había hecho nada, no había dicho nada… Solo acababa de despertarse y “discutir”, si es que acaso se le podía llamar así, con aquel junto al que convivía en el interior de su propio cuerpo. – ¿Eh? Ah… No… Bueno… O sea, sí pero… Da igual. – No importaba lo que dijera o lo que tratara de aparentar, era obvio que estaba nervioso por alguna razón. – Lo siento por… las molestias. – Que no habían ido por ahí los tiros, si es que habían ido por algún lado para empezar, pero encontró necesario pedir perdón por ello. Claro que, ver aquella sonrisa, sumado a esa pequeña pero simpática risa… Pues no pudo evitar imitar esa sutil curvatura en sus labios; bastante más natural que aquella con la que se había acercado, cabe destacar. De acuerdo, volvería a llamarle como en los viejos tiempos. ¿Quería decir que podría seguir considerándole un amigo?

¿Y las preguntas que le lanzó tras ese torpe intento de comenzar con su explicación? Pues esas le pillaron completamente por sorpresa.
– ¿Artist…? No, no. No soy nada de eso. Solo… Lo hago porque me gusta. También lo hacía entonces pero… – Pero justo en aquel verano estuvo ocupado disfrutando de la compañía del que creyó un joven de apenas dieciocho años. Vamos, que no tuvo mucho tiempo libre como para ponerse a dibujar nada. – Supongo que ahora lo hago más. – finalizó, desviando un poco la vista por el resto de cuestiones. No, no tenía nada que decir al respecto de ninguna de ellas. Sí, bebió cuando no debía; sí,le afectó algo más de lo que había calculado y sí, les tiró a la arena y se besaron. – N-No me refería a… Bueno, eso… Eso estuvo bien. – Hizo una breve pausa. – Todo. Todo estuvo bien. – añadió, refiriéndose también a lo ocurrido durante la noche.

– Verás… – empezó, buscando el valor para continuar a pesar de ese odioso silencio que había en su cabeza. – ¿Recuerdas cuando… por un momento… hablé… solo? – Sí, pronunciar algo tan sencillo como eso se le estaba haciendo más complicado de lo que había imaginado, midiendo sus palabras mientras Hivvah, dicho sea de paso, esperaba impaciente por ver la excusa que pondría su humano. – Eh… Bueno, solo… solo pensaba en voz alta. Es… como hablar conmigo mismo; una costumbre que tengo. S-Sé que suena raro cuando lo hago y por eso intento evitarlo pero… Y-Ya sabes, el alcohol y... – rio, incómodo, nervioso, bien consciente de lo ridículo que sonaba todo aquello. ¿Qué hizo el otro demonio ante semejante circo? Echarse a reír como el desquiciado que era, increíblemente divertido y de la forma más escandalosa posible. Tanto, que Ahn apenas alcanzaba a escuchar nada que no fueran esas macabras carcajadas. “¿Qué se supone que intentas?” Preguntó, entrecortado por la risa.

Y con esas palabras, el coreano volvió a palidecer, agachando la cabeza y callándose de inmediato, convencido de que en algo había metido la pata. ¿Hivvah? Solo siguió carcajeando. Cuánta inocencia y cuánta estupidez... No tenía remedio.
“Cuéntaselo bien.” Ordenó, para asombro de Ahn que, confundido y en su ignorancia, solo negó para sus adentros. “Dile que estoy aquí, que lo he visto todo.” Insistió. “Es muy tierno el chico cuando se sonroja, ¿verdad?” Agregó, con toda la malicia de mundo y burlándose abiertamente de él; de ambos jóvenes, en realidad. “¿Por qué no me obedeces? ¿Ahora eres un rebelde?” Inquirió, igualmente divertido y mofándose pero bajando el tono, tornándose su voz algo más grave. “Ya lo sabe todo.” Aseguró. “Le conozco desde que era un mocoso. Un poco más y le veo nacer.” ¿Exagerado? Tal vez. Sin embargo, fue ahí, en ese punto, no queriendo creer lo que oía, que volvió a alzar la cabeza, mirando al contrario y negando con la misma. – No. – No se conocían; no era verdad. No quería a alguien como Hivvah en la vida de Araxiel.
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