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[Privado] Historia de la mujer despedazada, del castigo y el cataclismo [Apofis]

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Mensaje por Sherezade el Vie Jul 24, 2020 10:11 am

De rodillas se encuentra ya, con visibles marcas enrojecidas por cada una de sus cuyunturas y éso que apenas tiene sólo cinco minutos de llegar a la zona del castigo, pero oh querido lector ¿qué es lo que ha hecho nuestra preciosa Sherezade para ser partícipe de aquella punición? Salir, simplemente tomar un paseo nocturno; así que nos remontaremos sólo un poco atrás para contar su historia.

Llegó al mercado negro como cualquier mercancía más y con aquella condición realentizada a duras penas pudo darse cuenta de que el lugar al que iba ahora no se trataba para nada de un sitio agradable. Un lugar tan repulsivo que en más de una ocasión había podido ver cómo los guardias se deshacían de los seres que no soportaban todo aquello y buscaban un escape por medio del suicidio, pero ¿qué pasa cuando eres un muerto en vida y no puedes volver a morir? No te queda más que adaptarte a ello, superarlo o joderte.

Realmente aunque sufriera como todos, tenía una ventaja y éso era que dentro de su cabeza todo pasaba a un destiempo de lo real y que si no había nada que le "llamara" la atención, podía permanecer en un estado de somnolencia o hibernación que para cuando daba un parpadeo, ya habían pasado dos o tres horas... No era tan malo, aquella primer semana sólo fue conmocionante por las condiciones en las que se encontraba pero conforme las horas y los días pasaban se hacía más a la idea de que aquella era su nueva realidad.

Y sólo fue un momento de interés, de ser atraída por la cuirosidad y salir de su celda aquella noche; ni si quiera había salido de las instalaciones del mercado pero sí se había acercado lo suficiente a los muros y recorrelos en toda su extensión, ¿porqué?, se preguntarán. No había un porqué, sólo hubo atracción, ni si quiera tenía intenciones -o enteramente hilbanar la idea- de escapar o de buscar alguna grieta que le regresara la libertad. Y estuvo más de dos horas pasada la media noche con la palma de su mano recorriendo la fría piedra de los muros mientras caminaba lenta, como siempre iba ella.

Y lo encontró.

Parado a unos metros frente a ella sonriente, casi ensoñador. Y ella ingenua y condescendiente al principio no lo reconoció y sólo le sonrió. — ¿Tampoco puedes dormir? — Habló lento, cansado y pausado. Sus ojos no miraban a la persona en sí, miraban la silueta de quien sea que se encontraba frente a ella, misma mirada que no tardó en bajar al suelo. — Yo tampoco puedo. —

Después todo se cubrió de una negritud avasallante.

Volvemos al punto de partida, al momento en que la dulce Sherezade abrió los ojos -porque para ella, todo había pasado en un parpadeo-, confundida y desconertada, alzando aquella dulce mirada para recorrer las paredes de ése nuevo y enclaustrado lugar. Y tembló al ver las paredes cubiertas de manchas ennegrecidas, de las cadenas en el piso y las vigas con grilletes colgando junto con muchos otros objetos e inmobiliario que, con sólo verlo una vez le provocaba un escalofrío. — ¿Ah?... ¿Dónde estoy? — Su diestra que se adornaba de aquella pieza metálica sobre su anular se posó sobre su pecho consternado, ¿en qué momento se despistó tanto que no logró "ver" la manera o la razón de llegar a ése nuevo sitio?
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Mensaje por Apofis Misr el Sáb Jul 25, 2020 6:24 am

Cuando a uno se le dice que va a poder “catar la mercancía”, no se espera que la mercancía en concreto fuera un pequeño bombón negro, pechos tan grandes que ni con las manos podía abarcarlos por completo, mulata (ya hemos hablado del gusto de Apofis por este tipo de etnias), de piernas duras y bien grandes, y totalmente inconsciente, quizá te apetece más que catar quedarte con toda la mercancía.

En especial por cómo se la habían aderezado. ¿Un short vaquero y un top de esos que eran básicamente una camisa anudada? Todo aquel vientre reclamaba un propietario, sin duda, y aquellas piernas afeminadas y suaves a pesar de su largo tamaño y su carne rebosante y bien colocada también lo hacían.

Había escuchado de la llegada de aquella niña a su mercado, y aunque no hubiera llamado su atención en un primer momento, uno de sus muchos lacayos se la había encontrado paseando por donde no tocaba, y daba la curiosidad que ahí estaba Apofis, en la sala que se la había llevado para, por lo que dedujo el demonio, “uso personal”, por cómo se había encargado de atarla y dejarla inconsciente.

Pero mediante diálogo y palabras amables, había conseguido convencerle de que se encargaría él de proceder con el tratamiento para amansar a aquella jovencita y castigarla por sus excesos. Había decidido que la ataría de pie, como siempre ataba él a las mujeres (porque sí, a cada género le asignaba una postura en concreto), de pie, colgando, y con los brazos completamente inmovilizados por la espalda, de tal forma que el pecho siempre quedara hacia el frente. Y en este caso, había más que de sobra que ver, tanto cuerpo que catar que no sabía si podría darse a vasto por sí solo.

Una delicia como pocas había tenido enfrente por mucho tiempo. Recordemos que Apofis era, a fin de cuentas, árabe, y que su vida la había pasado principalmente por África, donde la piel caucásica no era abundante precisamente. Es por eso que su dieta se había constituido precisamente de aquellas personas que le traían sus feligreses de la lejana Punt o Etiopía, por lo que había acabado por desarrollar cierta preferencia por ese tipo de pieles. En especial para sus esclavos, y no eran muy comunes en Sunflower aquellos juguetes que tanto añoraba.

El demonio estaba, así pues, pletórico. Se relamía solo con pensar lo que haría con aquella mujer en cuanto recobrase la consciencia. Ataviado con su traje de trabajo, como siempre, se había quitado la americana y la corbata para quedarse solo con su camisa impoluta blanca y pantalones negros, con un cinturón del mismo color y mocasines. Llevaba las mangas remangadas a la altura del codo, dándose a sí mismo un estilo formal, directivo, como un empresario de cargada cartera tendría. Por supuesto, era elegante, y ya que no tenía pensado ese día jugar con nadie (se le había presentado la oportunidad un poco más tarde, de lo cual no se iba a quejar lo más mínimo), se había mantenido limpio hasta esas horas de la noche.

Había permanecido al lado de ella, acariciando el cabello de aquella mujer mientras ella seguía inconsciente, relamiéndose mientras miraba aquel cuerpo tan al descubierto por culpa de la corta ropa que llevaba la fémina.

Se había dignado el preguntar el nombre que tendría su nueva víctima, sí, pero no es como si tuviera tampoco una excesiva intención de utilizarlo en aquella velada. Era su juguete, nada más. Un juguete que había encontrado y del que se pensaba aprovechar mucho, mucho, muchísimo. ¿Y sabéis qué? Al igual que no tuvo forma de adquirir a cierto leoncito, posiblemente, a esa sí que se la quedaría para consumo propio. Y si eso iba a ser así… Tenía que cambiar algunas cosas de lugar, sí, pero esperaría a que Sherezade despertase.

Cosa que hizo al poco tiempo, por supuesto. Y para cuando los pequeños zafiros de la joven se quedasen al descubierto, acabaría encontrándose rápidamente con los rubíes del demonio, brillantes al punto de resplandecer en la oscuridad tanto o más como lo hacían sus viperinos colmillos.

-Veo que la Bella Durmiente ha despertado
-dijo, con su tono claramente árabe, mientras llevaba su mano al bolsillo y sacaba de este una llave. Y sí, la usó para quitar las cadenas que amarraban de los brazos a aquella mujer, por supuesto. Tenía que dejar una buena impresión- Venga, salgamos de aquí -añadió, ayudándola a no caerse y poder reincorporarse bien- ¿Te han hecho daño?

Oh… Pobre mujer. Pobre, pobre florecilla. Iba a ser desflorada antes de darse cuenta tan siquiera de lo que estaba pasando. Las serpientes cazan por sorpresa, sin dar oportunidad de defensa a la víctima. Y Apofis era un experto en eso de apuñalar.
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Mensaje por Sherezade el Sáb Jul 25, 2020 11:01 am

Costó un poco de trabajo adaptarse a la oscuridad, pero poco a poco logró formarse a grosso modo la decoración del lugar que, aunque sí había un único foco colgando en medio de la abitación alumbraba sólo lo pocamente necesario. Sus enternecedores ojos vieron en primer instancia aquellos rubíes encendidos flotando en el aire provocándole un sobreslto y un sonido muy similar al de un chillido de un ratón escaparse de sus labios, poco a poco logró formarse la imagen de aquel hombre de apariencia ejecutiva y elegante. Claro que en el momento habría reaccionado de una forma más temerosa y quizás hasta habría soltado su ensordecedor grito capaz de romper cristales de paso, pero las acciones de aquel hombre que, en un principio se mostraron preocupadas por ella y la liberaba de sus ataduras, la tranquilizó.

Era la primera vez que lo veía, bueno de éso no podemos estar seguros ya que como se ha dicho anteriormente, Sherezade tiene un nulo control de la realidad a destiempo de su mente. Quizás ya lo había visto en más de una ocasión e incluso quizás hasta habría tenido algún encuentro con él, pero no podía recordarlo. Su estado mental podría ser considerado un trastorno de la percepción del tiempo, sin duda alguna y éso dificultaba mucho que recordara si ya había visto con anterioridad a alguien o asegurar si había estado en algún lugar. Ahora mismo sufría los estragos de su problema, porque quería recordarlo. ¿Se puede recordar a una persona que jamás se ha visto? Según Sherezade, sí.

Se sujetó delicadamente del hombro de su salvador, sus piernas temblaban por haber estado en la misma posición por quién sabe cuánto tiempo, y de éso ella tampoco podía estar segura si habría entrado en su estado de hibernación; había veces que, sin poder controlarlo se quedaba así por días completos, ¿habría sido el caso similar ahora? — Y,yo... Ah... — Su mirada vagó por un momento antes de comenzar la marcha hacia lo que debería ser la salida del lugar; observaba todo sin realmente hacerlo, sólo recorriendo vagamente el suelo, las paredes y deteniéndose en el rostro ajeno. — ¿Cuánto tiempo... — Como era de esperarse, teniendo aquel shock no estaba en condiciones de concentrarse para dar palabras a sus pensamientos y, eventualmente se quedó callada un momento, incluso negándose a caminar.

Se perdió en su mente, podríamos incluso decir que "se apagó" por un momento, quedando únicamente de pie y con la cabeza ligeramente inclinada hacia su lado derecho con la mirada a un punto invisible del suelo. Luego, sorprendida ella misma parpadeó dos veces y reaccionó. — ...He estado aquí? — Acompletó su pregunta inicial. Para ella, dentro de su cabeza lo había dicho todo de corrido. "¿Cuánto tiempo he estado aquí?" Pero la realidad era clara, las pausas, la lentitud, el desconecte.

Y como si de un "reset" se tratase, se irguió lo suficiente para poner la cabeza en alto y un porte firme, con el pecho ligeramente levantado. — ¿Dónde estamos? — Volvió a preguntar, ésta vez mostrándose un poco más vivaz volviendo a recorrer la lúgubre sala y palideciendo un momento. — ¿Éste... lugar? — La indumentaria era clara y no había que ser un genio para intuir el uso de éstas; y éso la hizo temblar, tanto así que guiada por sus recuerdos de doncella dió unos pasos apresurados -raro en ella, ya que siempre se movía lento- hasta volver a acercarse lo suficiente hacia a su salvador y buscar consuelo en el pecho ajeno.
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Mensaje por Apofis Misr el Dom Ago 02, 2020 2:43 pm

Vio cómo la dama comenzaba a desvelarse poco a poco, para su desgracia, para abandonar el cómodo manto de Morfeo y llegar al mundo real… Que a veces podía ser muy cruel, en especial cuando era aquel falsamente amable demonio el que te daba la bienvenida de nuevo.

Fue gentil, suficiente como para dejarle un poco de espacio para que se pudiera reincorporar ella sola, y luego acercarse al verla tan torpe en su andar, con tal de hacerle de soporte hasta que estuviera un poco más consciente. Notaba en ese tono entrecortado y que tendía a divagar constantemente cierta posible fractura, por así decirlo, en la cabeza ajena. Quizá le habían golpeado con una fuerza excesiva y todavía necesitaría que pasara el tiempo antes de que su cabeza volviese a recobrar la facultad de no producirle irritación hasta con aquellas oraciones que no parecían llevar conexión una con otra, o se desvanecían a medio decir para quedar sin formularse por completo. Era irritante, y de ser ella una esclava como cualquier otra, posiblemente, ya la hubiera amordazado y procedido como le divirtiese para luego olvidarse de ella por completo.

Pero… Algo le estaba comenzando a llamar más la atención. Esa forma con la que se había apoyado sobre él, tan curiosamente provocativa, esa forma con la que había sacado pecho por unos segundos para remarcar todavía más lo que aquel escote dejaba entrever y que ahora quería vislumbrar por completo para sentirse saciado.

-Tranquila. Ya tendrás respuestas poco a poco. Primero tienes que sentirte un poco mejor, ricura.
-se iba a quedar ella con ese apodo, al igual que a cada mujer que se le ponía enfrente le daba diferente apodo- No te van a hacer daño estando yo aquí. Nadie tendría valor a ello.

Porque nadie osaría arrebatar la caza al miembro de la cúspide de la pirámide alimentaria. Y ella se había convertido en el mismo momento que había decidido apoyarse en él de aquella forma en la que acababa de mostrar su total vulnerabilidad, en la presa del gran devorador que en aquel lugar habitaba.

En un gesto que aparentó ser protector, se acercó a ella, y posó su mano en el hombro ajeno, pegándola más a él como si realmente le preocupase que aquella mujer pudiera desmayarse. Eso lo haría con la mano diestra, pegándola lo suficiente para notar el pecho ajeno chocar con el suyo. ¿Por qué? Digamos que la belleza está en los detalles, en las pequeñas percepciones. En hacerla sentir curiosamente incómoda y ver cómo reaccionaba. ¿Se achantaría y quedaría intimidada sin más, como muchas hacían, u opondría resistencia? Ese era el hombre que la había “rescatado”, y por alguna razón, había visto que empezar así hacía que alguien fuera mucho menos reacio al tacto de lo que sería habitualmente.

En realidad, hasta eso era vigilar a la presa, y descubrir qué era lo que movía a Sherezade. Sabría con ello cómo jugar con el cuerpo de aquella mujer sin llegar a matarla, haciéndola acabar por ceder a sus lascivos impulsos que ya comenzaban a estar presentes, y lo habían estado desde el primer momento en el que vio a la contraria inconsciente y vestida con esas cortas telas que tanta carne dejaban al descubierto.

Teniendo en cuenta que su más reciente presa no destacaba en exceso por poseer demasiada carne si no ser tirando a recatadíta y de bolsillo (aunque la cría se había vuelto capaz de parir a una niña… Y a la aberración que tenía por hijo), podría comprender cualquier otro sibarita del buen “comer” que estaría deseando algo que llenase más el apetito con sus curvas.

Pero eso no lo mostraba de ninguna forma. De momento, se dedicaba a seguir con aquel “abrazo”, a la espera de alguna reacción que viera digna de mención. De algo que mostrara qué clase de presa tenía delante. ¿Dócil o ágil? ¿De rápido actuar, o impotente y pasiva? Quería verlo.

-¿Puedes caminar o necesitas que te ayude?
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