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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Dom Jun 21, 2020 9:27 am

No nos engañemos; al dragón no le faltaba absolutamente de nada estando con su ama. Tenía un hogar que le protegía del frío y del calor -cosa que en realidad no le afecta-, una cómoda cama en la que dormir, comida de sobra para el resto de su vida... Y teniendo todo a su alcance, ¿por qué se encontraba allí? Esta vez no se trataba de ninguna misión, de ningún trabajo; estaba allí por placer. Su ama era una persona ocupada con dos trabajos, así pues, terminaba por aburrirse de estar encerrado en esa casa. No os penséis que la humilde mansión es pequeña, nada de eso, pero hasta ese amplio jardín y esas zonas verdes se quedaban pequeñas.

Así es como decidió salir a estirar las piernas y de paso las alas también. Pero esta vez estaba preparado. Sin camiseta, sí, aunque solo para el trayecto desde la ciudad hasta el exterior de la misma, pues una vez alcanzó su destino, aterrizó sobre la verde hierba con cuidado, ocultó sus membranosas alas de blanquecinas escamas y volvió a cubrir su torso con una simple sudadera, de lo más básico. Al menos así si llegaba a cruzarse con alguien no crearía un escándalo innecesario, ¿verdad?

Para ser sinceros carecía de un verdadero motivo para estar allí, es decir, ¿por qué en ese lugar concretamente? Pues bien: ni idea. Solo había escuchado rumores sobre una especie de árbol gigante con vida, y bueno, si estás aburrido en casa y tienes un mínimo de curiosidad... No hay que ser un genio para atacar cabos. Y por eso mismo, es que caminaba sin mucha prisa, saltando entre raíces con equilibrio, observando toda la naturaleza a su alrededor y disfrutando de la tranquilidad de la misma. Aquello se sentía tan bien. Pero como todo en la vida, las cosas pueden empeorar o mejorar en cualquier momento. En su caso, fue a mejor. Escuchó un ruido que le hizo desviar la mirada a algún punto entre los árboles, ladeando la cabeza y encaminándose en dicha dirección.

¿Su sorpresa? Una familia de gatos que por allí había. En lugar de temer al dragón por su olor, se sentían curiosos. No es necesario decir que el mestizo es una criatura bastante pacífica, ¿o sí? Pues ya lo sabéis. Lo único que hizo fue acuclillarse para dar algunas caricias a los valientes que se acercaban con curiosidad y así, recibieron los mimos del joven. Al final terminó por acomodarse sobre una de las grandes raíces, dejando que los felinos se subiesen a sus piernas y que, en resumen, hiciese lo que quisieran. Él solo se dedicaba a acariciarlos con tranquilidad y observar el paisaje. ¿Vivirían aquí?


Situación de Jun, con su ropita y todo (?)
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Mensaje por Ieilael el Lun Jun 22, 2020 5:41 pm

Vayamos por partes. ¿Qué hacía un ángel como Ieilael en las afueras de la ciudad y en medio de la naturaleza? ¿Que no tenía que trabajar o algo? ¿O ir tras aquella chica por la que estaba en la isla, en primer lugar? Pues… Sí, tenía trabajo, claro; uno bastante bueno, además. Tanto que, a comparación de otros muchos, terminaba con bastante tiempo para sí mismo. Y ese era precisamente el caso; una sesión por la mañana le había dejado toda la tarde libre.

¿Qué hacer, entonces? Tenía a la niña más o menos localizada y sabía por qué zonas solía moverse; tampoco parecía tener muchos problemas ni a mucha gente detrás a la que poder considerar una amenaza así que… No, por si las dudas, el arcángel no cuidaba de esa aberrante criatura. Ahora bien, que hubiese descendido para enmendar el error que suponía su existencia no significaba que quisiera que alguien más la hiriera o que sufriera de algún modo; por mucho que le pesara, cuando conservaba esa apariencia humana, la muchacha no hacía salvo recordarle a su propia hermana. Era irritante y molesto como pocas cosas en este mundo, pero no dejaría que aquel ser pasara por ningún dolor que no fuera estrictamente necesario; de haberlo querido de otro modo, el problema se hubiera solucionado al poco de poner un pie en la isla y él ya se encontraría de vuelta en su hogar.

En fin, que creyéndose nuevo en la ciudad a pesar de llevar casi un año conviviendo con el resto de sus habitantes –porque medir el paso del tiempo nunca había sido su fuerte–, sintiendo curiosidad por los secretos que pudiera esconder el plano terrenal y habiendo escuchado rumores sobre un extraño árbol viviente, se decidió a explorar. O tal vez a dar solo un paseo con aquello como excusa. O quizás un poco de ambas cosas; quién sabe. Es decir, después de todo, de cuando en cuando, por muchos miles de años que pudiera tener, su comportamiento se asemejaba más al de un pequeño e inquieto infante al que todo asombra. ¡Por supuesto que iba a ir a curiosear!

Y hablando de asombro, vaya que si le asombró aquella escena que encontró frente a él tras un rato de caminata –que a saber cuánto duró en realidad–; un rostro familiar rodeado de algunos adorables felinos que disfrutaban de sus caricias. Era entrañable. Incapaz de evitarlo, una tierna y dulce sonrisa se le terminó escapando.
– Veo que estás bien acompañado. – comentó con una ligera y simpática risa, delatando su posición, si es que no lo había hecho ya. – ¿Qué tal? – preguntó, saludando con la mano y tomándose la libertad de acercarse poco a poco ante la atenta mirada de aquellos mininos. Seguramente le considerasen un extraño o algo similar, pero bueno, nada que un par de caricias y algunos mimos no puedan arreglar, ¿verdad?

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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Sáb Jun 27, 2020 8:00 am

Aquella escena parecía salida de alguna película o cuento de hadas, ¿cierto? Bueno, tampoco es como si al dragón le importase lo más mínimo, al fin y al cabo, estaba solo. Con esos cinco felinos paseando por su alrededor, dedicándose a acariciarlos, se sumió en sus pensamientos aprovechando el silencio del lugar solo siendo interrumpido por los propios sonidos de la naturaleza y los que emitían los gatos; maullidos y ronroneos que daban a entender cuánto les agrada recibir cariño.

Por su parte solo se quedó mirando a ningún punto concreto de la vegetación, pensando. ¿Tendría que haber ido al mercado en vez de estar allí, simplemente, pasando el rato? No estaba seguro, y la verdad, es que en esos momentos no se arrepentía de su decisión. Que sí, que estaba bien eso de echar una mano y ayudar a su ama, ya sea capturando mascotas nuevas o encargándose de temas más serios; pero por un día que decidiese estar solo e investigar la isla no significaba que fuese en contra de ella, ¿cierto? Tenía sus dudas, sin embargo, allí seguía y sin intenciones de irse tan pronto. Si algo llegaba a suceder solo se disculparía, pero ahora, quería averiguar más sobre ese supuesto árbol viviente.

Y tan en su propio mundo había estado, divagando en ese mar de pensamientos, que ni se percató de aquella presencia que por el contrario los gatos sí notaron de inmediato. Los dos adultos, los que parecían ser los padres, se mantuvieron junto al dragón, sentados, observando al nuevo desconocido. Un aventurado felino, más valiente que sus otros dos hermanos, saltó de las piernas del joven de cabello bicolor, haciendo con ese simple acto que el susodicho se centrase y escuchase una voz que reconoció de inmediato. —¿Ah? —fue cuando se centró en él con más detenimiento—. Ah, Ieilael —lo nombró antes de bajar la mirada a esos pequeños que no parecían por la labor de abandonar ese cómodo regazo que, por otra parte, estarían llenando de pelos.

Qué vergonzoso por parte del dragón... No se había dado cuenta del contrario hasta que no fue muy tarde. Y en realidad agradecía que se tratase de él, porque de haber sido otro con intenciones menos amables, el dragón se hubiese visto involucrado en problemas por su despiste. —Solo ha sido casualidad y curiosidad —hizo referencia a la situación en la que se encontraba, viendo como ese cachorro que no llegaría ni al año se acercaba al ángel y lo olisqueaba desde la distancia—. Creo que huelo como un animal, no lo sé —comentó, porque en realidad no tenía mucha idea del tema, pero le agradaban los animales así que no encontraba problema en que los mininos se hubiesen acercado primero—. Ese parece más valiente —mencionó al ver cómo, tras unas dudas, se paseó entre las piernas del contrario en busca de mimos.

¿Qué haces aquí? —cuestionó con un mínimo de curiosidad—. Voy a comenzar a pensar que vaya donde vaya me cruzaré contigo —hizo una pausa analizando sus palabras—. Ah, no me malinterpretes, no me desagrada —se apresuró a disculparse—. Es... Bueno... Siempre nos encontramos de los modos más extraños —intentó arreglarlo como pudo. No quería sonar desagradable, porque de verdad, aquel ángel le gustaba de alguna manera. Era relajante estar con él y podía olvidarse del mercado negro mientras el encuentro duraba.


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Mensaje por Ieilael el Dom Jun 28, 2020 2:06 pm

Adorable. No había otra palabra más apropiada para describir la escena que tenía frente a sus ojos. Ieilael ya era un tipo risueño de por sí, resultaba complicado verle serio o con otra expresión que no fuera alegre y tranquila –que podía mostrarse de ese modo perfectamente, no obstante, dejémoslo en que, al menos por el momento, era una faceta que mejor mantener oculta y que no saliese mucho a la luz– pero… Aquello que tenía frente a sus ojos le hizo torcer la sonrisa, lleno de ternura. Es decir, ya sabía que aquel jovenzuelo era en realidad una criatura de descomunal tamaño y verle tan calmado y ofreciéndoles tan amablemente mimos y cariños a esos pequeños felinos, pues… ¿Cómo no se le iba a derretir el corazón? Imposible.

¿Y cuál fue su sorpresa, entonces? Que uno de los cachorritos se lanzase a la aventura y se le acercase poco a poco, curioso, mientras que los otros se mantuvieron cerca del dragón, observándole, sí; porque no dejaba de ser un extraño, sin embargo… Ah, ese pequeño era demasiado. Todo era muy tierno. Si fuese un humano corriente o alguna otra criatura sin sus excepcionales capacidades curativas, quién sabe, tal vez le hubiese dado una subida de azúcar.
– Entiendo. – respondió, bajando la mirada a esa valiente cría que le olisqueaba a una prudente distancia, riendo levemente, enternecido por ese inocente gesto del minino y sin moverse demasiado del sitio para no espantarlo.

– ¿Como un animal? – Ladeó ligeramente la cabeza. Vaya, que eso no se lo esperaba. Queriendo comprobarlo, o mejor dicho, intentándolo aun a sabiendas de que no conseguiría determinar el olor contrario, imitó al pequeño y valiente gatito, olfateando un poco en la distancia. No, efectivamente; no distinguía nada. Su olfato no era tan bueno; ni de lejos. Es más, probablemente fuese igual que el del común de los mortales. No estaba hecho para esas cosas; solo eso. – No sabría decirte, lo siento. – Y tras ello, un par de suaves carcajadas volvieron a abandonarle. – ¿Verdad que sí? – dijo, al mismo tiempo que se acuclillaba lentamente para poder brindarle a esa fierecilla las atenciones que andaba reclamando. – ¿Qué hay, pequeñín? ¿Cómo estás? – cuestionó, simpático, sin esperar ninguna respuesta más allá de algún maullido o ronroneo, acariciándole con delicadeza y cariño.

Tras unos momentos así, con el felino confiando algo más en él, no dudó en tomarlo entre sus brazos e incorporarse para acercarse algo más al dragón y a los otros animalillos que allí seguían. Todo esto, evidentemente, sin descuidar los cariños al demandante cachorro.
– Tenía la tarde libre y… Bueno, soy nuevo por la isla, así que decidí pasear un rato. – contestó, convencido de que, en efecto, no llevaba prácticamente nada de tiempo en aquel lugar. Después de todo, ¿qué es casi un año para alguien que carga unos tres mil a sus espaldas? – Solo es casualidad. – explicó con calma. – Aunque más que extraño, esto me resulta adorable. – añadió, de nuevo, imitando a ese pequeño que sostenía en brazos y frotando la mejilla contra el minino con una amplia y radiante sonrisa, disfrutando de la compañía felina como un niño de una piruleta. – Oh, ¡cierto! – exclamó de pronto, habiéndose acordado de algo y dirigiendo la mirada al joven inmediatamente. – ¿Sabes algo acerca de un árbol viviente o algo así? También quería ver eso. – agregó, con un cierto atisbo de emoción más propio de un infante que de una criatura milenaria.

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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Lun Jun 29, 2020 9:39 am

Sus heterócromos ojos pasaban de los felinos al contrario; del contrario a los felinos. A ese pequeño valiente que se había aventurado hasta el ángel y que parecía pedir atención también. En comparación, los otros eran más bien tímidos y los padres, bueno, solo eran padres que vigilaban a sus crías. Incluso la madre tuvo la decencia de observar al dragón con un maullido, mirando de seguido al de blanquecinos cabellos y de nuevo al susodicho, todo ello cuando vio a su pequeño acercarse tanto a lo desconocido y ser alzado de ese modo. —No va a pasar nada —aseguró en un susurro. Y no es como si supiese lo que la gata quería decir, pero podía intuirlo si pensaba en los instintos más primarios de un animal y esa sobreprotección de los adultos hacia los menores.

Una de sus cejas se alzó al ver aquel extraño actuar por parte del otro. Espera... ¿Estaba intentando olfatearle? ¿En serio? No sabía que los ángeles tuviesen esa habilidad, lo que le llevó a pensar cómo de sensible sería su olfato; duda que por cierto duró poco. Podría haber reído por su relación, pero no era el caso. Solo ladeó un poco la cabeza manteniendo esa expresión de ligera sorpresa. —Tampoco estoy muy seguro, solo era una suposición. Aunque de ser correcta, ¿no tendrían que haberse alejado? Si yo oliese a un dragón no me acercaría; bueno, no me acerco a nada ni nadie que desprenda olores fuertes, desagradables o... Cómo decirlo... ¿Amenazantes? —murmuró esa última palabra con ciertas dudas. Era difícil de explicar, y si bien su olfato no era el mejor del mundo, sí que estaba por encima de la media humana y con ello podía llegar a detectar esa "amenaza" que algunas criaturas desprendían.

Sin mencionar palabra alguna solo observó al contrario acercarse a él. Los dos más pequeño, jugueteando entre sus piernas, maullaron a su hermano siendo mimado por el ángel. Quiso creer que gracias a la valentía de uno de ellos los otros confiaban en el ángel, porque él lo tenía muy claro; no era mala persona. Que sí, que habían tenido sus pequeños roces por diferentes opiniones, pero lejos de eso, el que parecía más agresivo entre ambos era él mismo; primero cazando un hada y después encargándose de un experimento fallido. En fin, que no tenía todas las de ganar frente al otro. Pero bueno, tampoco es como si le importase mucho en realidad. Ahora estaban allí, en plena naturaleza, pasando el rato con una familia curiosa y falta de contacto humano. Dudaba si eso era bueno o malo, pero parecían vivir bien por su cuenta.

Entiendo —comentó al atenderlo, acariciando a uno de los pequeños con suavidad mientras se quedaba pensativo—. Bueno, los gatos son adorables, desde luego —asintió frente a eso, sin imaginarse que toda la escena en sí era adorable, pues él no se podía considerar a sí mismo como tal y por ello no era algo que fuese a pasar por su mente. Tampoco es como si fuese alguien despreciable, menos aún con indefensos animales; cuestionable, porque si tenía hambre no dudaba mucho en cazar algún ciervo, por ejemplo, sin importar que estuviese indefenso.

De nuevo se quedó en silencio, observando esta vez a su acompañante en lugar de a los felino. —Eso he oído yo también —dijo en primer lugar—. Alguien dijo que por esta zona se encuentra ese árbol viviente, así que tenía bastante curiosidad por saber de qué se trataba —dejó a los cachorros en el suelo para ponerse en pie, escuchando las quejas de desacuerdos y rodando los ojos por ello—. No puedo quedarme aquí eternamente. Tengo que investigar —tampoco es como si fuese a recibir una respuesta, incluso dudaba que le fuesen a entender—. Nos veremos en otra ocasión y os traeré comida —añadió, estirando sus brazos por encima de la cabeza antes de señalar ningún punto concreto de la naturaleza—. ¿Vamos? Siendo dos hay más posibilidades de encontrarlo, ¿no crees? Dos pares de ojos son mejor que uno —dicho aquello, comenzó a caminar sin mucha prisa ni problema por las raíces y vegetación general de la zona.


Nos podemos tirar así todo el tema, no tengo problema (?)
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Mensaje por Ieilael el Miér Jul 01, 2020 10:28 am

Sin descuidar las delicadas y suaves atenciones que le dedicaba a ese pequeño felino que ahora cargaba entre sus brazos, fue acercándose lentamente hacia el dragón. ¿Y por qué tanta calma con algo que no debería tomarle apenas tiempo? Sencillo; no quería asustar al cachorro que sostenía ni espantar a aquellos que se mantenían junto al contrario. Que el ángel podía ser muchas cosas y tener algunos pensamientos un tanto radicales según qué temas, sin embargo, ante todo, era alguien considerado. Más aún con esas adorables fierecillas que ahora los acompañaban. – Ya… La verdad es que no entiendo mucho de esas cosas pero… creo que tampoco soy el más indicado para hablar. – comentó, pensativo, terminando por quedar frente al otro, de pie y ofreciéndole al demandante gatito todos esos mimos y cariños que reclamaba.

Que sí, que podía ser verdad y solo haber sido una suposición pero, en fin, que Ieilael no tenía forma de saberlo. Imitando al animal había tratado de saciar su curiosidad al respecto; cosa que, evidentemente, no había sido posible. No, como era de esperarse, su olfato no estaba preparado para ser tan preciso. Y respecto a eso de no ser el más indicado para abrir la boca…
– Supongo que les entiendo; al fin y al cabo, yo también me acerqué a un dragón, ¿no? – añadió, con una radiante sonrisa, recordando aquel casual encuentro en el desierto en el que, sin saber de quién se trataba esa colosal criatura que había divisado, había decidido aproximarse de todos modo. – Y volvería a hacerlo. – agregó al final, sin cambiar su cálido y simpático semblante. Claro que, ahora eran amigos, ¿correcto? ¿Cómo no iba a acercarse a un amigo? No obstante, incluso si todavía la apariencia dracónica del joven fuese un misterio para él, al igual que aquella vez, tampoco dudaría en acercarse.

– Cierto, pero no solo ellos. – contestó rápidamente a la observación ajena sobre lo adorable de aquellas pequeñas criaturas que parecían divertirse con ellos, sin plantearse siquiera las palabras que estaban saliendo de su boca hasta que no las escuchó en voz alta. – Quiero decir… – Aclaró un poco la voz, intentando ganar algo de tiempo para poder estructurar eso que quería señalar de la forma más correcta posible. – Eh… Bueno, te vi la otra vez, ¿no? – Desvió la mirada hacia ninguna parte por unos pocos segundos, refiriéndose a esa otra apariencia no humana. – Solo… Me resulta entrañable que alguien tan grande juegue tan amablemente con unos animalitos tan pequeños. – explicó, sincerándose y bajando la vista al cachorro entre sus brazos, sonriéndole por mucho que el felino no fuese a entender ese gesto. – Es bonito de ver. – finalizó, alzando la mirada de nuevo y, ahora, posando sus ojos en los contrarios, exactamente con la misma expresión que le había dedicado a esa fiera en miniatura.

¿A lo siguiente que escuchó? Se limitó a poco más que asentir, honestamente. Curioso que ambos hubiesen acabado allí por lo mismo, ¿verdad? Ahora bien, puestos a explorar, mejor en compañía que en solitario, ¿no? Eso sí, no pudo evitar reír un poco al escuchar las quejas de aquellos gatos. Lo dicho; que se le derretía el corazón con esas criaturillas.
– ¿Crees que vivirán por su cuenta? No parece que les vaya mal pero… – ¿Preocupado por el bienestar de unos animales callejeros? Efectivamente. No sería él si no se preocupase. – ¡Claro! – exclamó emocionado por descubrir los misterios que escondía aquel lugar terrenal al que, una vez cumplida la misión que le había traído allí, a saber cuándo regresaría. – Nos vemos, pequeños. – Sí, también se despidió de los felinos. Que no iban a entenderlo, pero hasta agitó la mano como clara señal de ello. – ¿Qué comen los gatos? – preguntó inocente, comenzando a seguirle de cerca. No, no sabía la respuesta; por algo lo estaba preguntando.

Para nada me las estoy guardando (?)
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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Vie Jul 03, 2020 9:34 am

Cierto. ¿Cómo olvidar ese último encuentro? Le advirtió que no se acercase a dragones, que son territoriales, que pueden tener muy mal carácter si invades su territorio... Y aún así el ángel se acercó al coloso de blanquecinas escamas. No, en definitiva no iba a olvidarlo. Al igual que no iba a olvidar su asombro cuando descubrió que aquel gigantesco reptil alado era en realidad el mismo joven con el que había bailado en aquel evento pasado. —Técnicamente, por mucho que ahora tenga este aspecto humano, sigo siendo un dragón, ¿no? Y te has acercado —comentó con cierta diversión, claro que no por ello lo exteriorizó abiertamente. Amigos sí, pero aún faltaba confianza para poder sentirse plenamente cómodo y capaz de mostrarse vulnerable. Porque sí, la felicidad al parecer es debilidad para alguien que una vez fue feliz y casi muere.

Alzó la vista al contrario cuando aún se encontraba sentado en el suelo, ladeando de manera sutil la cabeza y alzando una ceja por aquel inicio de frase. Desde luego que los gatos eran adorables, ¿pero había más? No, no lo entendió en ese momento, al menos no hasta que el otro continuó son su explicación y las neuronas del dragón conectaron entre ellas. Escuchaba con atención y en silencio, eso sí, acariciando a los más pequeños en todo momento. Y así se mantuvo hasta llegado su turno de tomar la palabra. —Solo soy un joven de metro con ochenta; no sé de qué criatura tan grande hablas —bromeó, aunque en parte tenía razón. Sí, bajo su forma dracónica era alguien a tener muy en cuenta que podría calcinar toda la zona con una ráfaga de fuego, ¿pero en esa situación? No dejaba de ser alguien de aspecto jovial y que tampoco destacaba tanto por ser alto. Entraba dentro de la media, ¿verdad?

Una vez que se puso en pie y se despidió de los felinos, caminando junto a su amigo, sus ojos recorrían la zona con curiosidad con cada paso que daban. Se quedó en silencio unos momentos pensando en qué respuesta podría dar a esa cuestión. —Es posible, aunque de nuevo, solo es una suposición —porque a ciencia exacta no sabía si los animalillos vivían allí o si tal vez solo estaban de paso y realmente eran callejeros que sobrevivían en la ciudad. Aunque de ser así estaban bastante lejos de su hogar—. ¿Comida para gatos? —respondió, porque le pareció la respuesta más obvia. No obstante, decidió añadir algo más siguiendo con esas hipótesis que rondaban su mente—. Si los padres han vivido siempre en libertad estarán acostumbrados a ello, por lo tanto, no sería de extrañar que pudiesen cazar algún pájaro o ratones; o cualquier animal pequeño que parezca comestible. ¿Tal vez haya agua cerca, como un río, y pesquen? Al parecer a los gatos les gusta mucho el pescado, al menos a los caseros que viven en casas humanas.

¿Por qué sabía esas cosas? Ni idea. No dejaba de ser un animal, una criatura mitológica que muchos creen que solo existen en cuentos de hadas. Conoce muy bien la supervivencia, el buscarse la vida desde temprana edad para no morir. Claro que él en particular no cazaba nada; se alimentaba del calor que emanaba la lava del volcán cuando aún vivía allí, y tras ello, Akali se encargó de su cuidado. Sin embargo, y a pesar de ello, aprendió a cazar porque, para qué mentir, en ocasiones un jabalí para matar el hambre sabe delicioso, y más si está calcinado por fuera pero por dentro apenas le ha llegado el fuego.

¿Crees que existirá de verdad un árbol con vida propia? He oído que en la tienda de mascotas hay una raza catalogada como plantas, pero no me imagino un árbol con ojos y boca, la verdad —comentó con cierto toque de inocencia, porque así era; no se imaginaba el aspecto que tendría ese árbol si es que los rumores eran cierto. ¿Y sería una planta con poderes? Bueno, si había humanos y animales con poderes, ¿por qué no una planta?


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Mensaje por Ieilael el Sáb Jul 04, 2020 7:46 am

Una pequeña risa se le escapó ante la primera de las respuestas que obtuvo, divertido y simpático a partes iguales. Sin embargo, razón al joven no le faltaba en sus palabras; no tendría el aspecto de uno en ese preciso instante, pero no por ello dejaba de ser lo que era, un dragón, al fin y al cabo. Negarlo sería como decir que, solo por mantener sus blancas alas ocultas, ya dejaba de ser un ángel. – Claro, pero tienes que reconocer que la impresión no es la misma. Una cosa es ver a un jovenzuelo y otra tener delante a una criatura gigante. – comentó del mismo como, con una cierta aunque sincero en eso que decía. ¿Que si se impresionó cuando lo vio bajo aquella otra apariencia en el desierto? Sí, y aun así decidió acercarse. Que tal vez no lo hubiese hecho si no estuviese herido pero, quién sabe. No es como si eso importarse a estas alturas, ¿no?

Y, de nuevo, sin quererlo, si bien trató de reprimir ese impulso por unos instantes, al final terminó sucumbiendo y un par de suaves carcajadas terminaron por escapar de entre sus labios. Una vez más, sí, el chico tenía toda la razón del mundo, pero debía admitir que había sido gracioso.
– ¿No lo sabes? ¿Seguro? – preguntó, ironizando y bromeando un poco. Trató de parecer lo más serio posible, no obstante, no vamos a engañarnos, no podía. No, él no era serio en absoluto; todo lo contrario. Era un tipo risueño y lo extraño era verle con otra actitud que no fuera agradable. Claro que… a eso había excepciones. Pero, después de todo, no dejaban de ser eso; excepciones. – ¿No te suena un dragón así como blanco, grande, enorme, gigante… en unas dunas? ¿De verdad? – Y sí, por si había dudas, al pronunciar todos esos adjetivos relacionados con el tamaño ajeno, gesticuló extendiendo los brazos, como si se tratase de un niño queriendo reafirmarse.

Habiendo ya marchado y emprendiendo su camino, alejándose de aquellos adorables felinos poco a poco, no pudo salvo voltear el rostro para mirarles por última vez, casi como inspeccionándoles con la mirada.
– Bueno, al menos no estaban heridos ni parecían enfermos ni nada de eso… – Que, honestamente, estando él delante, no es que hubiese importado mucho; podría haberles curado cualquier cosa al instante, sin embargo, siempre era de agradecer no tener que llegar a tomar cartas en el asunto. Era tranquilizador, por decirlo de algún modo. – Pero seguro que agradecerían si alguna vez volviéramos con algo. – Y ahí estaba la razón por la que había preguntado aquello. Es decir, sí, sabía que la mayoría de los seres precisaban de alimentos, no obstante… Había muchos; demasiados. Y no solo eso; no todo el mundo podía comer de todo. En fin, que aquello era muy confuso para un que, no necesita llevarse nada a la boca y solo come de vez en cuando por capricho o curiosidad por los sabores.

– Eh… – ¿Qué decir a eso? ¿Debía saber a lo que se refería? Porque no, no lo hacía. Para él, escuchar que los gatos comen comida para gatos era básicamente como oír que los lobos comen comida para lobos, los humanos comida para humanos, las hadas comida para hadas, las sirenas comida para sirenas… Vamos, que no le aclaraba nada. – ¿Q-Qué es comida para gatos? – preguntó, entre nervioso y avergonzado, sintiendo que era algo muy lógico y que cualquiera debería saber pero que a él se le escapaba. –Ah… No creo que pudiese cazar nada para ellos. No… Prefiero no hacer esas cosas. – “Esas cosas” siendo claramente acabar con la vida de otro ser y ese “prefiero” indicando que, de poder elegir, no lo haría. Si recibiese una orden de ese estilo, por supuesto, no dudaría en cumplirla; y ni hablar ya si se sintiera amenazado y en la extrema necesidad de recurrir a ello. – ¿Pescado, entonces? Creo que hay tiendas que venden de eso… – añadió, pensativo, recordando haberse paseado por algún mercado en algún momento que, para variar, no sabría ubicar en el tiempo.

– Pues no lo sé. Si te soy sincero nunca he visto ninguno. Claro que tampoco he paseado mucho por aquí… Por la Tierra, quiero decir. Solía hacerlo cuando era un jovenzuelo así como tú pero… Bueno, en mi época era distinto. Supongo que las cosas cambiaron y después ya no… Ah… – Sí, había cogido carrerilla y había comenzado a narrar de forma un tanto ambigua una de las muchas cosas que había experimentado a lo largo de… Bueno, de los milenios. Eso sí, al darse cuenta de que iba a empezar con las batallitas y las historias, se detuvo; tampoco quería molestar al contrario. – Perdón, perdón. Esto… eh… Las plantas. El… El árbol, eso. Sí, el árbol. No sé cómo será. – Se aclaró un poco la garganta, tratando de ordenar sus ideas y volver al tema principal de la conversación después de ese… llamémoslo pequeño desvío que había tenido.

Pues habrías sido un gato muy bonico uwu (?)
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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Sáb Jul 04, 2020 8:47 am

Asintió levemente a sus palabras tras encoger un poco los hombros. Si razón no le faltaba, pero cuando se empieza a tomar confianza, el dragón comenzaba a mostrarse más abierto y simpático; como en esos momentos en los que incluso bromeaba aunque no lo exteriorizase y riese a carcajadas. —Desde luego que no es la misma —hizo una muy diminuta pausa antes de proseguir—. Y ahora tú reconoce que yo soy más intimidante que cualquier otro dragón. ¿Me has visto bien? Este pelo de dos colores es aterrador —incluso se señaló en pelo al decir eso. Curiosamente, y a pesar de esa heterocromía que también invadía sus cabellos y no solo los ojos, era raro que aquellas albinas hebras se mezclasen con las rojas y viceversa. Casi siempre estaban en perfecta armonía, sin juntarse.

Manteniendo un buen paso en su caminar junto al contrario, fingió quedarse pensativo por lo siguiente, por aquella descripción que era muy obvia. Estaba más que claro a quién hacia referencia, y sin embargo, se encontraba de demasiado buen humor como para no seguir alargando la broma un poco más. Añadido a eso, verle gesticular se le hizo entrañable de algún modo. No como si estuviese frente a un niño, porque estaba claro que el ángel era un adulto, pero desprendía esa especie de aura que los infantes tienen. No sabría ni cómo describirlo; era como... Relajado, pero entusiasta y divertido. —No, en definitiva no me suena. ¿Existe un dragón así? —se atrevió a preguntar—. Yo recuerdo un desierto y gusano así de grande más o menos —apenas separó las manos, con los índices en alto, a una distancia de unos diez o quince centímetros—. Era feo, aunque no parecía muy peligroso —lo observó al decir eso, volviendo a dejar caer las manos en paralelo al cuerpo. ¿Que hubiese quedado mucho mejor bromear con una sonrisa o alguna risa? Sí, pero no era el caso de momento.

A lo siguiente sí que se perdió en sus pensamientos de verdad, sin fingir como antes. —Parecían bastante saludables. No he detectado nada anómalo —comentó, y al darse cuenta de sus palabras, decidió aclarar un poco ese punto—. No soy médico ni cosas de esas, pero digamos que puedo entender un poco a los animales. Es raro de entender si no lo vives; por ejemplo he olido el miedo inicial de los padres y su desconfianza cuando te han visto, más aún cuando han visto a su cachorro acercarse sin miedo a lo desconocido —explicó de la mejor manera que pudo, sabiendo que, en sí, no era sencillo para cualquiera. Serían cosas de animales, quién sabe—. Volveré con comida, ya les he dicho que lo haría —tampoco es como si los gatos hubiesen entendido al dragón, pero él había dado su palabra así que la cumpliría. ¿Cuándo? Eso ya era algo más complejo de decir. Pero bueno, tampoco había problema si un día se escapaba un ratito y les llevaba pienso o atún, ¿verdad?

Detuvo su paso y clavó su mirada en el contrario al oír aquello, sorprendido a más no poder aunque su expresión apenas hubiese cambiado, alzándose sus cejas por el asombro y la incredulidad. ¿Tantos años de existencia y no sabía lo que era comida para gatos? Fue un choque muy grande, para qué mentir. —Ah, pues... Verás... Cuando vas a un supermercado siempre hay un pasillo con alimento para animales: comida para perros, comida para gatos, comida para peces... Hay mucha variedad, desde piensos hechos a base de cereales, verduras, carnes o pescados, hasta golosinas con sabores aptos para las mascotas. Así que comida de gato puede ser simplemente pienso o una lata de atún —soltó todo aquello que, un poco más, y se hace vendedor en un súper o veterinario. Ni que fuese un experto, pero al menos eso sí que lo había visto en las tiendas, así que un mínimo sabía—. Yo cazaría para ellos sin problema, pero seguro que agradecen algo más pequeño como un pez. No me los imagino comiendo un jabalí salvaje —como ida era graciosa, pero un animal muerto solo llamaría la atención de otros depredadores así que descartada quedó.

Prosiguiendo con el paseo, atento a cuanto le rodeaba y con los sentidos alerta por lo que pudiese pasar, también prestó gran parte de su atención al contrario. Atendió a esa historia, que si bien no fue ni larga ni detallada, fue suficiente para el dragón que, a su modo, podría comprender un poco mejor al contrario. Ya sabía que tenía casi tres mil años, así que escuchar que con quinientos bajaba a la Tierra era como un sueño. A saber si algún antepasado del dragón vivía en esa época, ¿no? ¿Cómo serían las cosas dos mil quinientos años atrás? —Puedes seguir hablando, no me molesta escuchar. Me gusta hacerlo, y más cuando la compañía es buena y el relato interesante —añadió con una muy pequeña sonrisa dibujándose en su rostro, cosa que apenas duró uno o dos segundos antes de esfumarse—. ¿Cómo era todo hace tanto tiempo? Quinientos años atrás ni siquiera existían los grandes edificios de las ciudades, así que, ¿cómo era la vida hace tantos años? —curioso, como un cachorrito deseando conocer el pasado; así es como centró su mirada en el ángel.


¿Tú crees? (?)
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Mensaje por Ieilael el Dom Jul 05, 2020 12:07 pm

El ángel, inocente y divertido, no pudo salvo alzar una de sus manos y tapar con ella su propia boca en un torpe intento de contener esas simpáticas carcajadas que amenazaron con salir nada más escuchar al joven. ¿Cómo podía decirlo así como si nada, sin reírse un poquito siquiera? Porque al albino se le hacía imposible, en serio. Tal vez fuese solo porque sus carácteres eran diferentes, sin embargo… No, no podía. – El más fiero de todos, sí. – Por supuesto que le dio la razón en aquello. Que no es que lo pensase realmente; lo cierto es que le veía como a un muchacho agradable y, en definitiva, como un amigo pero, en fin, que si cuando vio a aquel coloso por primera vez hubiese estado de mal humor, hubiera tenido que andarse con cuidado.

– ¿Ah? – Por apenas una fracción de segundo, casi pareció indignarse un poco. Todo ello, claro está, actuado; estaba a años luz de sentir algo mínimamente parecido a la indignación. – ¿Te acuerdas antes de un gusano que de ese dragón tan bonito? Déjame que te revise la vista; igual tengo que curarte los ojos o algo. – Y siguiendo con aquello, con la intención de continuar con la broma, hasta se tomó la libertad de inclinarse más hacia el contrario, acercando su rostro al ajeno y fijando sus grisáceos ojos en los heterócromos del otro, como fingiendo examinarlos con la mirada. Que no, no llegó a tocarle en ningún momento, no obstante, esos instantes en los que se le había acercado, digamos que la distancia entre ambos había sido bastante reducida; apenas unos pocos centímetros, si acaso. Al separarse, tan solo dibujó una amplia y brillante sonrisa en sus labios, dedicándosela por completo, divertido e incapaz de ver que ese gesto que él creía tan inocente e inofensivo, fácilmente podría haberse malinterpretado por algo más.

Parpadeó un poco confuso respecto a lo siguiente que llegó a su canal auditivo. No, a él tampoco le había parecido notar nada raro en aquellos animalillos; parecían estar bien y… Que técnicamente él tampoco era ningún médico, sin embargo, después de unos pocos miles de años con la capacidad de curar cualquier cosa, al final uno termina intuyendo cuándo las cosas pueden haberse torcido o no. Ahora bien, no era eso lo que le había llamado la atención.
– Ah… Bueno, supongo que es normal desconfiar de que tu hijo se acerque a un extraño. – Aunque, evidentemente, el ángel no fuera a hacerle nada a un cachorrito adorable como aquel. Ni siquiera atacaba a esas criaturas a las que tanto parecía rechazar y cuya existencia despreciaba. A lo sumo, alguna mala mirada recibirían y, si se empeñaban en entablar conversación, puede que no se fuese a mostrar amable, pero nada más allá. – Seguro que les alegra volver a verte. Sobre todo si les traes comida. – Volvió a reír otro poco, suave y ligero, como ya era costumbre cuando se encontraba en compañía del dragón.

Eso sí, cuando escuchó aquella explicación, no pudo salvo desviar la mirada hacia cualquier punto que no fuese el joven, avergonzado.
– E-Entiendo… Más o menos. Yo… eh… Verás… No… No suelo comer. No lo necesito. – comenzó, intentando dar un motivo lógico por el cual desconociese un dato tan simple como ese. Al menos esa razón aclaraba por qué se sorprendía con tanta facilidad al probar cualquier cosa; apenas conocía cuatro sabores mal contados. – Creo que solo he entrado una vez a un supermercado y… Fue por curiosidad. P-Parece que no me fijé en esas cosas… – agregó, dándole algo más de contexto a su situación. Así que un pez… De acuerdo; lo recordaría. Volvería a por esos pequeños con algo de pescado. Ya tenía una buena excusa para volver a pasearse por algún supermercado; perfecto.

Iba contestar a las palabras ajenas, de verdad que iba a hacerlo pero… Sonrió. Sonrió e Ieilael no pudo evitar bajar un poco la vista hasta sus labios, perdiéndose en ese hermoso gesto por no más de un par de segundos. En esta ocasión, no obstante, no dijo nada al respecto y todo cuanto pudiera haber pensado se quedó en el interior de su mente, como un secreto.


– Oh, si te soy sincero a mí los humanos y todo lo demás me daban bastante igual. – Que tampoco es como si en la actualidad los asuntos mortales le quitasen el sueño que, por otro lado, no tenía, no obstante, en aquel entonces ese no era el motivo por el que descendía una y otra vez. – Pero su música… Eso sí que me gustaba. Claro que en esos tiempos no era como ahora; los instrumentos eran diferentes y… ¿Alguna vez has escuchado un hydraulis? Es… Era… Ah… Bueno, fue el primer instrumento de teclado. Recuerdo que me fascinó cuando lo vi por primera vez y… Quién sabe, tal vez por eso me gusten tanto los pianos de hoy en día. – Y sí, volvió a pillar carrerilla y a perderse en sus memorias por unos momentos, sonriendo nostálgico por todos esos recuerdos de su juventud. – P-Puedes pararme si quieres. – Porque sabía que si empezaba con sus historias, podía no detenerse hasta haber contado media vida y no quería molestar con batallitas de antaño.

Por supuesto uwu (?)
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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Mar Jul 07, 2020 8:30 am

Bueno, al menos la intención de ser divertido y hacer reír al otro la había conseguido. Que sí, que podría aprender un poco del ángel; tiempo al tiempo, por el momento, bastante que conseguía bromear aunque su rostro no pareciese el de alguien que lo estaba haciendo. Que apenas tenía expresión alguna, pero disfrutaba simplemente viendo al otro tan feliz. ¿No se basa en eso una amistad? Tampoco es como si estuviese seguro de ello; pocos amigos había tenido a lo largo de su vida, sin embargo, se sentía bien cuando el otro reía, como si hubiese conseguido un logro o algo.

Por cosas así, por no saber -o mejor dicho querer- expresarse frente a otros, es que no respondió nada al primer comentario, porque de ser otro, seguro que hubiese sonreído con orgullo por esa afirmación que alimentaba su ego; ese que no tenía, como se podía notar, porque lejos de las bromas, era alguien más bien modesto no muy capaz de aceptar buenas palabras hacia su persona, porque no se las cree más que nada. —Sigo sin saber qué dragón es ese —mintió, pero no como algo malo, solo alargando aquel juego hasta que durase. Sin embargo, la reacción ajena lo hizo anclar los pies en el suelo y observarle con bastante detenimiento. ¿Por qué tan cerca? ¿En serio le estaba evaluando la vista? Inconsciente de él, por un motivo desconocido, sus pupilas se rasgaron por aquella invasión del espacio personal, no obstante, apenas se limitó a alzar una ceja—. ¿Y bien? Creo que tengo la vista en perfecto estado —pero al decir eso y cuando el otro se separó, sus pupilas volvieron a reaccionar de un modo extraño, contrayéndose como si aquello le hubiese desagradado

Negó para sus adentros. Simplemente no podía ser. Que su dragón interior -irónicamente era el mismo pero así se dirigía a su instinto más primario- se hubiese agitado un poco solo había sido una casualidad. Sí, en efecto. Él solo tenía ojos para la única mujer en su vida. Tras ello volvió a caminar, intentando no pensar demasiado en lo sucedido, pero para su poca suerte, sus rasgadas pupilas siguieron presentes por unos minutos más antes de volverse redondas. —Supongo —comentó, dándole la razón aunque no por ello seguro de sus palabras. No era padre de nadie, así que tampoco podía afirmar algo así, y menos aún si recordaba el modo en el que su propio padre le intentó matar. En definitiva, si algún día tenía descendencia tenía muy claro lo que no haría con sus hijos. ¿A lo siguiente? Solo asintió sin la necesidad de mencionar algo más.

Y si pensaba que no dejaría de sorprenderse, pues no; una nueva sorpresa al saber que el contrario no necesita comer. No podía asegurar que fuese algo de toda su raza, pero nunca estaba de más saber sobre un amigo. Y claro, si no lo necesitaba, tenía sentido que no supiese de esas cosas al fin y al cabo. Tal vez por eso se mostró asombrado en el evento del baile enmascarado, ¿cierto? —La próxima vez puedo llevarte a un mercado callejero para que pruebes comidas diferentes —propuso—. ¿Te parece bien? Seguro que encuentras alguno que te gusta, aunque no lo necesites. No siempre debemos encontrarnos tan casualmente... Digo... Podríamos planearlo, ¿verdad? Bueno, si tienes cosas mejores que hacer tampoco voy a obligarte a nada, solo era una idea —no se arrepentía de lo dicho, ni siquiera se avergonzaba; pero no podía negar que hacer un plan tan simple como ese le resultaba un tanto extraño. No obstante, así eran las relaciones mundanas, aunque ninguno fuese humano.

Así que la música... Tomó una rápida nota mental sobre ello, lastimosamente, tuvo que negar en algún punto de aquella historia. —Lo lamento. No sé que instrumento es ese —ni le sonaba el nombre. Quizás por ser "joven" o podría ser porque no se tocase en su país de origen. Fuera cual fuese el motivo, el caso es que no tenía ni idea de cómo podría verse o como sonaba. Por suerte, por un pequeño detalle del contrario, se hizo una ligera idea -seguramente equivocada- de que podría parecerse a los pianos o teclados modernos pero más rudimentarios—. Ah, nada de eso. Es interesante —dijo con total seguridad, porque de verdad se había quedado ensimismado con sus palabras—. A mí me enseñaron a tocar el shamisen. Es como una guitarra japonesa de tres cuerdas —explicó, porque tal vez a él sí que le viniese una imagen del instrumento—. Ah... Hace tanto de eso que ya no recuerdo ni cómo se tocaba una sola nota —añadió, encogiendo ligeramente los hombros y negando un poco con su cabeza.


¿Vamos a continuar así mucho más? XD
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Mensaje por Ieilael el Miér Jul 08, 2020 6:17 pm

Ladeó ligeramente la cabeza al escucharle, intentando contener una leve sonrisilla que, al final, terminó escapando de todos modos. Porque otra cosa no, pero si había algo que caracterizaba a Ieilael era que siempre se encontraba sonriendo; resultaba extremadamente raro verle de otra manera. En fin, que divertido por la broma, habiéndose acercado al contrario entre inocente e ingenuo, con la vista fija en la ajena y sus ojos admirando esa doble coloración tan hermosa que poseían los del joven, decidió seguir un poco más. – ¿Seguro? – preguntó, manteniendo esa curvatura en sus labios hasta que observó las pupilas del dragón rasgarse. ¿Asustado? ¿Incómodo? No, en absoluto. Sorprendido, asombrado, por la facilidad con la que podían pasar de una forma a otra; eso sí. Que no es como si nunca, a sus casi tres milenios de vida, hubiese visto algo similar pero, desde luego, no tan de cerca. – Ah… Sí. Eso… Eso parece. – acabó respondiendo, algo desubicado por algunos instantes más hasta que, finalmente, negó con la cabeza, tratando de centrarse.

– ¿De verdad que no lo sabes? – cuestionó esta vez, dando un par de pasos atrás para alejarse un poco y, al hacerlo, en esa distancia, extendiendo una de sus manos al frente. De ella, de su palma, nació un pequeño haz de luz, cuyo brillo procuró que fuera lo más tenue posible para no causar molestias innecesarias en las retinas contrarias. Poco tardó entonces en moldear ese leve destello hasta obtener una apariencia similar a la que el muchacho habría tenido en aquel desierto, cuando todavía no sabía de quién se trataba. En miniatura, por supuesto. – ¿No te suena de nada? Algo así pero más grande y más bonito. – Porque, al fin y al cabo, a esa escala tan reducida en comparación con su tamaño real, era imposible que hubiese podido añadir cada pequeño detalle que lo conformaba. No obstante, en vez de hacerlo desaparecer, esa figura extendió sus alas y sobrevoló hasta colocarse en el hombro de quien había sido su creador, como un lorito con pirata. ¿Vida? No, de eso no tenía. Podría parecerlo, pero no era el caso. En la práctica, no era mucho más que una especie de objeto que podía manipular a voluntad.

Siguiendo con aquella casual conversación mientras caminaban y avanzaban en medio de la naturaleza en busca del famoso árbol del que, al menos el ángel, se había olvidado por completo por algunos momentos, de pronto, su mirada de iluminó con un brillito de ilusión. Si es que a veces, a pesar de su edad, casi parecía comportarse como un niño emocionado y curioso; solo había que despertar esa parte de su personalidad. ¿Y qué fue lo que provocó esta reacción en él? La propuesta ajena, evidentemente.
– ¡Claro! – exclamó, aceptando de inmediato. – No, no. – negó con un enérgico gesto, ya pensando e imaginando cómo sería ese encuentro. Que no, no acostumbraba a probar cosas por sí mismo, sin embargo, en compañía, la cosa era distinta; como una forma más de entretenimiento, como un juego. – ¡Me encantaría! ¡En serio! ¿C-Cuándo te viene bien? – Y, de nuevo, sin dudarlo, sin pararse a pensarlo ni un segundo, solo movido por ese deseo de experimentar lo que el plano terrenal tenía que ofrecerle, volvió a acercarse a él, reduciendo las distancias de manera similar a la vez anterior.

Bueno, era lógico que no supiera sobre ese instrumento; es decir, ¿cuándo debió inventarse? ¿Dos mil años atrás? ¿Más? No estaba seguro; solo sabía que, en aquella época, cuando lo descubrió como un nuevo instrumento creado por los humanos, todavía era un jovenzuelo.
– ¿De verdad? – cuestionó, asombrado por conocer ese detalle del contrario, parpadeando un par de veces al inicio pero terminando por ampliar más todavía su sonrisa, sin importarle que no recordara cómo tocar. – Tengo una amiga que lo toca también. – afirmó entusiasmado. – Le compré una guitarra por su cumpleaños hace un par días. – comentó, pensativo, tratando en vano de recordar cuándo sucedió aquello que, no, realmente no había sido unos días atrás; se remontaba unos cuantos meses en el tiempo. – Yo también me compré otra; no pude resistirme… S-Sonaba tan bien que… – confesó entonces, con una cierta vergüenza porque, vaya, que admitirse débil a la tentación siendo un ángel… No era algo muy bonito.

Sí uwu (?)
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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Sáb Jul 11, 2020 10:13 am

Asintió levemente a su cuestión. —Tan seguro como que mi nombre es Jun —y ahí es dónde residía la trampa. Su nombre no era ese al fin y al cabo, eso solo era un diminutivo, un apodo como mucho; pero no su verdadero nombre. Así que, técnicamente, estaba mintiendo al decir que no sabía de qué dragón hablaba. De un modo gracioso, aunque no lo pareciese, pero solo estaba tomando el pelo al contrario porque, a diferencia de él mismo, él sí que sonreía a prácticamente cada palabra que decía. Le gustaba ver a la gente así aunque el no fuese de ese modo.

Si bien notó ese sutil cambio en el otro, seguramente debido al propio cambio de sus pupilas reptilianas, tampoco dijo nada. No era algo común que sucediese, eso desde luego. Sabía controlarse a la perfección, pero si su dragón se manifestaba de manera inconsciente, tal vez no estaba todo tan bien como podía creer. No se sintió amenazado por la cercanía, tampoco es como si el ángel fuese a atacarle de la nada. ¿Entonces por qué? No estaba seguro, pero tampoco estaba del todo cómodo con ello. —¿Tendría que saberlo? —cuestionó ladeando la cabeza con ligereza, fingiendo una inocencia que en realidad no tiene.

Su heterócroma mirada pronto se centró en esa luz que apareció de la mismísima nada, analizándola y sorprendiéndose de aquella imagen que ahora podía diferenciarse con total claridad. Era, sin lugar a dudas, un dragón en miniatura. ¿Pero cómo? Alzó la vista hacia el contrario como si con ello fuese a encontrar la respuesta sin dignarse a hacer siquiera una pregunta. Ángel sí, pero dudaba que fuese adivino. —Tal vez empiece a sonarme de algo —murmuró viendo como, ahora, aquella figura ascendía hasta el hombro ajeno—. Una vez vi un dragón así de grande como el que describes. Era enorme y rojo —recordó cada mínimo detalle de aquel que en el pasado, en el presente y seguramente en el futuro se seguiría ganando su odio—. También recuerdo uno dorado, pero sin alas. De apariencia oriental para ser más exactos —bajó un poco la mirada al darse cuenta de que esa dragona ahora ya no existía como tal, sino que la oscuridad la había consumido.

Parpadeó un poco sorprendido por la reacción recibida. Que no se esperaba tanta euforia por algo que, a su parecer, era tan simple. Solo serían dos amigos comiendo por algún mercado callejero al fin y al cabo. ¿En serio que nunca lo había hecho antes con nadie? A ver, que el dragón tampoco era el más indicado para hablar, desde luego, pero al menos sí que conocía dichos lugares y se había paseado por ellos aunque fuese en solitario. —Ah... Esto... —se quedó un poco pensativo —. No es como si tuviese un trabajo o algo, así que suelo estar libre casi siempre —comentó encogiendo un poco los hombros—. ¿No tienes un teléfono? Podríamos acordar un día de ese modo —volvió a proponer, porque sino, no se le ocurría otra manera de poder encontrarse con el contrario. Y no es que el joven fuese un amante de las nuevas tecnología, es más, no le gustaban; pero las sabía utilizar, y en ocasiones como esas, tampoco venían tan mal.

Prosiguió con su camino junto al ángel, escuchando eso que tenía que decir con respecto a una supuesta amiga. Tampoco se le hacía raro que tuviese más amigos, es decir; ¿habéis visto su personalidad? Lo raro es que se ganase enemigos, o al menos así lo veía desde su perspectiva. —Vaya, sí que tiene que ser una buena amiga. Las guitarras son bastante caras —comentó, lejos de ser un experto en la materia, habiendo visto algunas guitarras a la venta con unos precios bastante llamativos.— E-Espera... ¿Tú también tocas la guitarra? —no le importó mostrar una mueca de asombro por ello, parpadeando incrédulo incluso.


Pues nada, continuemos (?)
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Mensaje por Ieilael el Dom Jul 12, 2020 12:12 am

No pudo salvo entrecerrar la mirada levemente al obtener dicha respuesta. Que no es como si no tuviese claro que solo andaban bromeando, sin embargo… Lo decía de tal modo que, aunque supiera que no era el caso, en algunos momentos casi que lo llegaba hasta a dudar. Está bien, que no todo el mundo debía ser tan expresivo como él mismo lo era pero… Si bien no molesto, sí que resultaba un poco confuso. Que, ojo, no tenía ninguna queja; era un muchacho agradable y de verdad que apreciaba su compañía. Es más, puede que fuese precisamente esa la razón por la que tanto le gustase su sonrisa; porque, a diferencia del ángel, el dragón no solía mostrarla. La hacía especial de alguna forma. Sí, ese debía ser el motivo. La ajena era hermosa, diferente, ocasional, única incluso; la suya propia, por otro lado… Honestamente, sonreía tanto que casi dudaba que tuviese algún valor.

– Claro que deberías. – contestó de inmediato, como si aquello fuese algo completamente lógico y que todo el mundo debiera conocer. – Al final no van a ser problemas de visión sino de memoria. – rio un poco, divertido y ladeando la sonrisa con una cierta picaresca, dejando bastante en claro que nada de lo que decía iba en serio y solo estaba jugando. Sonrisa que, por cierto, solo se agrandó al verle reaccionar a esa pequeña figura que había creado a partir de una chispita de luz. Bueno, reacción… Reaccionar lo que se dice reaccionar no es que lo hiciera, no obstante, conociéndole, aunque no fuese mucho, tampoco esperaba nada parecido. – Así que sí que lo recuerd… – Y, de pronto, calló, dejando paso al silencio.

¿Eh? ¿A qué dragón se estaba refiriendo? A sí mismo desde luego que no; él era mayormente blanco. ¿Era algo que debiera saber? ¿Alguna referencia que no estaba captando?
– ¿Rojo? – Terminó preguntando, visiblemente confundido y haciendo que esa criaturilla luminosa terminase esfumándose. Porque su tamaño podría no ser mucho pero no dejaba de ser luz concentrada en un solo punto y si algo sabía, era que estar expuesto a aquello durante un periodo prolongado, por mucho que a él no le afectase, no era bueno para las retinas del común de los mortales. – Ah… No sé cómo sería el dorado, pero una vez vi uno negro. Era precioso. – comentó, refiriéndose a la única versión que él conocía de aquella dragona; la actual. – Siempre fue preciosa. – añadió, dibujando una tenue sonrisa, perdiéndose en sus memorias por unos brevísimos instantes, recordando a esa demonio que… Bueno, ya no era quien conocía. O no exactamente la misma. Era un tema complicado.

– Pero a veces ayudas en el mercado, ¿no? – cuestionó, intentando comprender un poco mejor la situación contraria. Es decir, así era como se habían conocido y como habían coincidido la última vez, ¿no? – Ya sabes a lo que me dedico, aunque suelo tener bastante tiempo libre. – agregó, volviendo a ese semblante tranquilo y despreocupado. Que, siendo sinceros, a saber cuánto le duraría la compostura. – ¿Teléfono? – preguntó, ladeando la cabeza como si se tratase de un cachorrito, sin entender muy bien de buenas a primeras a lo que se estaba refiriendo. – ¡Ah, teléfono! ¡Eso! – exclamó, cayendo en la cuenta del aparato sobre el que estaba hablando. – ¡Sí, sí! Tengo una de esas cosas modernas. ¿Quieres que te lo de? – Y curiosamente no se manejaba del todo mal con él. Diría que era más partidario de lo tradicional, sin embargo… En sus tiempos eran más de usar papiros, pergaminos y tablillas varias. Vamos, que lo que para cualquiera pudiera ser algo de toda la vida, para él podría ser lo más novedoso del mundo.

– Sí que lo es. Deberías venir a vernos tocar algún día; sonamos bastante bien juntos. – comentó, alzando el mentón con un cierto orgullo; sin el menor ápice de soberbia, eso sí. Que perfectamente podía mostrarse cínico y soberbio si se daban las condiciones para ello, pero este estaba a años luz de ser el caso. – ¿Caras? Ah… No sé. ¿Cuánto fue la mía? ¿Nueve mil? ¿Nueve mil quinientas libras? No recuerdo bien… – murmuró, tratando de hacer memoria. – ¿Eso es mucho? – preguntó inocente y sin tener demasiada idea del tema. Iba a responder a esa última pregunta cuando, por apenas una fracción de segundo, se quedó mirándole asombrado por esa mueca, siéndole imposible no sonreír tras ello. – Toco muchos instrumentos pero mis favoritos son el piano y el violín. – reconoció, en efecto, dedicándole una grandiosa y radiante sonrisa; toda para él. ¿En qué momento una sencilla expresión de ese joven se había convertido en algo que le alegraría tanto contemplar?

Tengo como 8000, así que hasta que terminemos el tema (?)
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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Dom Jul 12, 2020 11:01 am

Parpadeó un poco confuso, sorprendido incluso, al escuchar sobre los supuestos problemas de memoria. ¿En serio? Ya no eran de visión, ahora resulta que eran de memoria. Vaya, que cada minuto que pasaba se divertía más, claro, dentro de su inexpresividad como es de suponer. Negó con ligereza, decidiendo poner un punto y final a la broma. —Nada de eso, tengo una memoria prodigiosa —tal vez exagerase, quién sabe, pero dejó claro que no sería nada semejante—. Ya sé de qué dragón hablas, ya he recordado esas blanquecinas escamas y ese colosal tamaño en un desierto. También he recordado cómo se deshizo de cierto gusano que se escapó de un laboratorio —dijo, tranquilo y sin alterarse. No podía importarle menos, en realidad, todo había quedado como un simple juego al fin y al cabo, no se enfadaría por algo sin importancia como eso. Si ya lo hubiesen dicho en serio, quizás, y solo quizás, se hubiera ofendido un poco, pero quién sabe.

Ah, sí... N-No es nada —restó importancia al asunto—. Solo hablaba de dos dragones de mi pasado, eso es todo —negó ligeramente con la cabeza, viendo como esa figura de luz se desvanecía. Por su parte, en el dorso de la diestra, comenzaron a hacerse visibles unas pequeñas pero resistentes escamas blanquecinas, tornándose sus uñas como filosas y potentes garras, estas más azuladas, como cristales de hielo algo similar—. ¿Por qué recuerdas tanto mi forma de dragón? —cuestionó con cierta curiosidad y algo de incertidumbre. A ver, comprendía que un dragón no es como un perro, no es una criatura que sea sencilla de ver, y mucho menos que si tienes un encuentro con uno resulte agradable dado su carácter territorial. Hasta ahí bien, podía entenderlo a la perfección, ¿pero decir que era bonito? ¿Acaso no lo eran todos los dragones en general? No sabía muy bien el por qué de aquello.

Y sí, creyó saber que al mencionar un dragón negro se estaban refiriendo a la misma mujer pero en diferentes etapas de la vida. Era consciente de que ahora sus escamas eran negras, y no por ello diría jamás que era desagradable a la vista; pero como su dragona dorada, aquella de sus recuerdos, no había ninguna y jamás ninguno se podría comparar a ella. Eso lo tenía muy claro. Se rascó un poco la mejilla con la garra antes de que las escamas volviesen a desaparecer y su mano se volviese mundana, continuando con el gesto y encogiendo un poco los hombros como primera respuesta. —Sí y no. Es complicado —se quedó pensativo por unos segundos, buscando la mejor manera para explicarse—. Tú lo has dicho; ayudo. No trabajo ahí por lo que puedo simplemente no ayudar. No siempre me apetece salir a cazar para arrebatar la libertad de una criatura inocente, o no siempre me apetece jugarme el cuello para limpiar los destrozos de otros —fueron claros ejemplos de los encuentros que tuvieron. Sacó su móvil del bolsillo del pantalón, ofreciéndoselo al contrario—. Puedes apuntar tu número, así estaremos en contacto y podremos encontrarnos con mayor facilidad —comentó con calma.

Si bien a lo siguiente, al tema de verles tocar asintió un poco no pareciéndole un mal plan, lo que comentó de la guitarra fue la gota que colmó el vaso. Su cara, si ya de por sí mostraba el asombro, la sorpresa y la incredulidad, tras escuchar el nombre llegó un paso más allá. Su boca se abrió en el proceso, no dando crédito a lo que había escuchado. —¿N-Nueve mil? —parpadeó intentando ser consciente de lo que estaba pasando, y lo peor de todo, la naturalidad con la que estaba soltando semejante cifra; sin parpadear ni sentir un dolor en el pecho al dejarse esa cantidad de dinero en una simple guitarra. Vaya, que en ese sentido se acordó de su ama, que también podía derrochar sin parpadear, pero ese no era su caso particular; era alguien humilde que nunca se dejaría esas cantidades de dinero en un capricho. Desde luego que no, que le dolía el corazón y todo solo de pensarlo.

Cuando se calmó un poco, y fue recuperando una expresión más propia de él, aclaró se garganta atendiendo a aquellas últimas palabras con algo más de entusiasmo. Casi podría decirle que sus ojos brillaron y todo, aunque lejos de la realidad, solo es una expresión. —Supongo que has tenido muchos años para aprender a tocar tantos instrumentos, ¿no? —quiso bromear de nuevo, pero siendo totalmente sincero con sus palabras. Tres mil años eran muchos años, lo mirases por donde lo mirases.


Me parece correcto. A mí solo me preocupa repetir xD
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Mensaje por Ieilael el Lun Jul 13, 2020 7:58 pm

No pudo evitar reír un poco ante las palabras ajenas. ¿Memoria prodigiosa? Claro, claro. Que no dudaba de que aquello que se traían entre manos fuese solo una pequeña broma, una especie de juego, pero le había hecho gracia el comentario; especialmente después de tanto asegurar que no sabía de lo que le estaba hablando. Podría no ser un chico muy expresivo, sin embargo, no dejaba de ser divertido a su manera. – Bueno, yo no vi cómo hizo eso, pero recuerdo a ese gigante batir las alas y a un pequeño angelito perder el equilibrio por un momento. – contestó con una sonrisa, describiendo tranquilamente los hechos que siguieron a los que había nombrado el joven. – También recuerdo que fue bonito imaginar a alguien tan grande querer jugar. Diría que como un cachorrito, pero no puedo imaginarme a uno de ese tamaño. – Volvió a carcajear otro poco, suave y sutil pero igualmente alegre. Claro que, ¿qué sabía él en realidad? ¿Cuánto tiempo les llevaba crecer tanto?

– Oh… E-Entiendo. – ¿Lo hacía? Lo cierto es que no. Podía intuir quién era ese segundo dragón del que había hablado por lo que había conversado con su amiga y lo que sabía sobre su vida ahora, no obstante, el primero, ese de coloración rojiza… Ni idea de quién podría tratarse. ¿Y entonces qué entendía? Pues, básicamente, que no quisiera hablar de ello. ¿Alguna vez habéis escuchado a Ieilael hablar sobre algún ángel en concreto de su pasado? No. Los nombraba, sí, pero siempre en general y nunca en específico. ¿Por qué? Porque muchos no eran tan agradables como la gente suele imaginarlos y eso era algo que sabía por experiencia propia. Que no le importaría charlar al respecto, sin embargo, tenía que haber una cierta confianza primero; no forzaría nada. – La verdad es que yo apenas he visto dragones. Hace tiempo que no paseo mucho por la Tierra; he pasado más tiempo arriba. – añadió, no queriendo quedarse en silencio; por supuesto, señalando al cielo. Que no era exactamente ese cielo del que él venía, pero se capta la idea.

¿Por qué lo recordaba tanto? Era una buena pregunta. Tanto, que por unos largos instantes quedó en completo silencio, pensativo; alzando primero la mirada sin mirar a ningún punto en particular y, después, bajándola al suelo.
– No lo sé. – confesó finalmente, no habiendo podido dar con ninguna razón concreta para justificar aquello, de forma similar a como le pasó cuando le preguntó por su sonrisa. – Pero puedo cambiar de adjetivo si quieres. En vez de bonito… ¿Precioso? ¿Hermoso? ¿Bello? ¿Cuál te gusta más? – cuestionó con completa inocencia después de soltar cumplido tras cumplido y halago tras halago, sin darse cuenta de que eso podría llegar a tener implicaciones de algo más. No, para él no las tenía y, en el remoto caso de hacerlo, por mínimas que pudieran ser, no era consciente de ello. Es decir, solo eran un par de amigos conversando; un ángel y un dragón. En su mente, no había opción a nada más.

¿Y ante lo que siguió a eso qué hizo? Poco más que esbozar una pequeña y leve sonrisa. Sí, a pesar de esas palabras, sonrió. ¿El motivo? Muy simple: la libertad era algo bonito de ver, aunque fuese ajena. Que estaría convencido de no poder tenerla nunca para sí mismo, no obstante, aun así, con todo, era agradable de ver en otros.
– Me alegra que puedas decidir lo que quieres hacer y lo que no. – comentó sin cambiar de expresión, risueño pero con una ligera pesadez, pensando en cómo debería sentirse tener tal capacidad de elección. Diría que como en los viejos tiempos, sin embargo, en aquellos lejanos días fantaseaba con esa idea con la esperanza de poder materializarla en el futuro. ¿Ahora? Solo lo veía como algo inalcanzable, algo que, a lo sumo, podía admirar desde lejos. – Estas cosas modernas son muy útiles. – murmuró, volviendo su característico y alegre semblante, tomando el teléfono contrario y, en efecto, guardando su número en él para después devolvérselo.

Rio. Volvió a hacerlo. Fue imposible de evitar al ver cómo había reaccionado a lo que, para él, solo era un número sin importancia alguna. Por supuesto, fue una risa inocente, alegre y simpática; a años luz de cualquier tipo de burla hacia el dragón.
– Perdón, perdón. – se disculpó como buenamente pudo, alzando una mano para cubrir su propia boca en un intento de detener esas dulces carcajadas. – Ah… Parece que sí es mucho. – concluyó. – Supongo que sí. No me interesaban demasiado los humanos ni sus cosas en general, pero su música me fascinaba; siempre que venía me gustaba ver qué tenían. Eso no ha cambiado. – explicó con evidente entusiasmo, haciendo memoria y remontándose en lo que deberían ser cientos y miles de años atrás. Vaya, que había tenido una vida larga. – ¿Quieres escuchar algo? – cuestionó tranquilamente. Y si bien era cierto que no contaba con ningún instrumento tal cual en aquel momento, eso no quería decir que no pudiera crear alguno. En fin, que si había podido dar cuerpo a un pequeño dragón de luz, nada le impedía hacer lo mismo con, por ejemplo, uno de esos violines que tanto le gustaban, ¿correcto?

No me importa ver la misma dos veces uwu
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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Mar Jul 14, 2020 1:47 pm

Mejor que no lo vieses —aseguró, sabiendo que no era algo agradable de ver para cualquiera. ¿Que pudo ser un sádico y haber despedazado al gusano? Cierto; su misión era deshacerse de él utilizando cualquier medio posible. ¿Que optó solo por congelarlo para que muriese por la falta de oxígeno? También es verdad. Podría haber hecho un sin fin de cosas desagradables y, sin embargo, se limitó a terminar de un solo golpe. Aún así, seguía sin ser un espectáculo apto para todos los públicos; una muerte era una muerte, fin—. ¿Por qué querrías ver a alguien tan grande jugar como un cachorrito? —cuestionó ladeando la cabeza, pues en su mente, un dragón de esas dimensiones podía ser muchas cosas, pero tierno no era una de ellas—. Recuerdo la facilidad con la que atrapó al ángel entre sus garras, y como en lugar de tener miedo, el angelito parecía un niño curioso.

Sus siguientes palabras, sin importar por dónde se mirasen, tenían todo el sentido del mundo. Es decir, un ángel vivía en el cielo, así pues, ¿para qué bajaría al plano terrenal cuando no es su hogar? Misiones o placer, a saber cuál era la respuesta, ¿pero lo lógico no sería regresar a su verdadero hogar? No es el más indicado para hablar, desde luego. Si le diese a elegir volver al volcán donde nació o seguir vagando sin rumbo como había estado haciendo, escogería sin dudar eso de viajar. Pero porque no tenía nada que hacer en dicho lugar; nadie le esperaba al fin y al cabo. Incluso a día de hoy seguiría sin saber si acaso sus hermanos lograron sobrevivir, o si sus padres pusieron más huevos tras el "fracaso" que supuso una camada de cachorros reptilianos incapaces de esquivar a la muerte por su propia cuenta. —Los he visto, he luchado con ellos, y te aseguro que prefiero no cruzarme de nuevo con otros dragones —aseguró. Cada uno era un mundo diferente, con sus personalidades y eso, pero por normal general, incluso él mismo aunque lo intentase negar, el instinto primario los hacía territoriales y recelosos con lo que consideran suyo. Mejor no acercarse demasiado a algo que un dragón cree de su posesión; un objeto o, como en el caso del mestizo, una persona.

La respuesta tampoco fue lo que esperaba, es decir, se quedó igual que al principio. Pero lo siguiente... Eso sí que le hizo reaccionar de nuevo. No entendía el por qué de tantas palabras bonitas hacia su persona, más concretamente hacia esa forma dracónica que apenas había visto una sola vez. Que sí, que a nivel general los dragones resultan criaturas majestuosas e increíbles, ¿pero tanta euforia solo por eso? Bueno, quizás es porque estaba acostumbrado a verse a sí mismo, pero era algo que no le causaba tanta emoción. Incluso, en su caso que nunca había visto un ángel, a pesar de haber visto la verdadera forma de Ieilael y recordarla, no es como si fuese hablando de ella con tanta soltura. Sí, fue hermoso, pero ya está. Se lo quedó para sí mismo y así seguiría siendo. —N-No importa. Utiliza el que quieras —negó con ligereza sin querer dar más importancia al asunto, porque realmente no tenía mucha. Solo era un comentario, una opinión; no una verdad absoluta.

Hubiese dicho algo al respecto, pero recordó que el ángel en algún encuentro mencionó que seguía órdenes y no podía simplemente negarse a ellas. Por ello, sin ninguna buena palabra que pudiese resultar siquiera como un consuelo o algo, se limitó a poco más que asentir en silencio y seguir caminando entre la vegetación, en busca de ese árbol viviente porque, a pesar de la charla, no había perdido su objetivo principal y por el cuál había llegado hasta aquella zona. Que tuviesen suerte en verlo o no era otra historia, pero intenciones por encontrarlos había, y por parte del dragón, bastantes a demás. Recuperó el móvil guardándolo de nuevo en el bolsillo. —Desde luego es mejor que mandar una carta —reconoció, recordando esos viejos tiempos en los que, en efecto, las cosas se hacía con un pergamino y un hombre a caballo yendo de un punto a otro para enviar el mensaje.

Le tomó su tiempo recomponerse del asombro. No daba crédito a lo escuchado, solo eso. Tampoco lograba entender cómo el contrario podía darle tan poca importancia a algo tan caro. ¿Cuánto ganaba un modelo para poder tener caprichos de semejante envergadura? —¿Cómo escuchar algo? —preguntó un poco confuso, mirándole desde la punta de los pies hasta el más elevado de sus cabellos. No parecía como si guardase una guitarra en el bolsillo, eso desde luego, así que... Cómo iba a tocar algo. ¿Llevaría consigo un instrumento más pequeño? Porque dudaba que cargase con un piano—. Esto... Claro —terminó por asentir queriendo saciar su curiosidad.

Fue en ese preciso instante, cuando el contrario iba a tocar algún instrumento o algo, que la gigantesca raíz en la que había parado el dragón tembló. Se balanceó un poco perdiendo el equilibrio, sin caer, saltando hasta una nueva raíz más firme. ¿Qué había sido eso? Alzó la vista en todas las direcciones posibles, y de manera disimulada, olfateó el ambiente. No captaba nada raro o fuera de lo común, pero ver como de nuevo las raíces temblaban le hacían pensar que, tal vez, estaban cerca de su objetivo. —¿Quienes sois, pequeños? —resonó una voz por el lugar, haciendo al de cabello bicolor fruncir en ceño en busca del dueño de aquella voz, y cuando sus ojos se centraron entre tanta vegetación, logró divisar lo que parecían ser dos ojos de un importante tamaño.

Habían llegado a su destino.


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Mensaje por Ieilael el Jue Jul 16, 2020 5:45 pm

No, ni siquiera perdió su sonrisa ante esas palabras. ¿Hubiera sido mejor no verlo o haber sido testigo de aquello? Honestamente, daba un poco igual; él no era quién para juzgar las acciones de otros, sin embargo, por lo que tenía comprobado, podría hasta aventurarse y poner la mano en el fuego por aquel dragón; no era alguien cruel. No podía serlo. De ninguna manera. Con el hada fue rápido y, aunque pudo herirlo, no lo hizo; tampoco quiso silenciarle a él por ver lo que vio, fue agradable en el baile en todo momento, se preocupó de no herirle en el desierto cuando le atrapó entre sus garras… ¿Y ahora? ¿Habiéndoselo encontrado jugando con unos pequeños gatitos? Era imposible. Que podría realizar actos horribles, eso seguro, pero… ¿Acaso no era todo el mundo así? – ¿Hubiera importado si lo hubiese visto? – cuestionó tranquilamente, centrado su mirada en la ajena y manteniendo esa suave curvatura en sus labios. – Que sea un ángel no quiere decir que sea inocente. – añadió del mismo modo. No era la primera vez que hacía una reflexión similar, no obstante, era consciente de la imagen que se suele tener del llamado paraíso y, en fin, que las cosas no son siempre tan bonitas como las pintan.

Y a su segunda pregunta, su primera reacción fue una sutil y simpática risa, imaginándose a un ser de semejante tamaño actuar como un cachorrito.
– ¡Porque sería adorable! – respondió, como si fuese lo más lógico del mundo. Demasiado adorable, de hecho; solo con fantasear con ello en su mente ya se le derretía el corazón de tanta ternura. – ¿Ah, sí? Yo recuerdo a un angelito preocupado porque un dragón se puso a volar con el ala herida. Me duele solo de pensar en hacer algo así. – confesó. Que no por nada sus alas, ambos pares, eran la parte más frágil y sensible de su anatomía. ¿Alzar el vuelo con alguna herida? Podría hacerlo, claro, pero dolería como mil demonios y eso ya no estaba tan seguro de poder soportarlo. ¿Y cuál era el problema viendo su poder de sanación? Pues bueno, que aquellas extremidades emplumadas eran una especie de excepción. Sí, podía curarlas y sí, volvían a crecer en caso de perderlas por una u otra razón, sin embargo, llevaba tiempo; muchísimo a comparación de lo que estaba acostumbrado.

– Solo conozco personalmente a un par de ellos y mi impresión es bastante buena. – contestó, refiriéndose tanto a su amiga y su situación actual, como al muchacho que caminaba junto a él. Podría haber llegado a ver alguno más a lo largo de su vida, no obstante, serían pocos y, sinceramente, tampoco se había detenido mucho a relacionarse con otras razas así que casi que podría asegurar que los primeros con los que trataba de forma tan cercana eran ellos. – Pero supongo que tendré que fiarme; – agregó, intentando quitarle algo de hierro al asunto. – tú sabrás más del tema que yo. – Algo obvio y de esperarse, ¿cierto? Y ya que el chico había dado esa pieza de información, él estaba dispuesto a devolvérsela. ¿Qué menos, no? – Mentiría si dijera que no admiro a mis compañeros pero… Es verdad que hay algunos a los que no quisiera volver a ver. Nunca. – Y aunque había comenzado aquello con tono calmo y sereno, como siempre, esa última palabra terminó siendo prácticamente una firme sentencia, cambiando incluso su semblante a uno más serio del que acostumbraba a mostrar. Nada exagerado; sin embargo, el cambio era evidente. Y es que, de ser posible, también quisiera olvidar y desvincularse de quienes hablaba. Pero familia es familia, haya o no buena relación.

Pero vaya, que esa seriedad despareció tan rápido como había venido, dejando al ángel pensativo, planteándose cuál de todos aquellos adjetivos sería el más correcto para describir esa colosal apariencia.
– Cualquiera está bien para mí; todos son igual de ciertos. – Le sonrió ampliamente, tan alegre y despreocupado como honesto. Ahora bien, por mucho que hablase continuamente de esa forma dracónica, aquello no quería decir que solo opinase de ese modo respecto a ella. Claro que no. Que sería muy puro, pero ojos en la cara seguía teniendo y, ¿para qué mentir? El jovencito era agradable a la vista. Eso sí, ¿su parte favorita? Esa sonrisa que había podido admirar en contadas ocasiones. Seguía sin tener nada con lo que justificarlo y, no obstante, las ganas de volver a presenciar un gesto tan simple y tan sencillo como ese no desaparecían. – Cartas… – murmuró, volviendo a perderse en sus recuerdos por unos cortos instantes, como venía siendo costumbre. – Cuando yo era joven todo eran papiros y tablillas. Que no es que ahora sea mayor pero… Ah… Las… Las cosas han cambiado mucho. Solo… Solo eso. – ¿Nervios? ¿Ahora? ¿Por qué? No había nada por lo que ponerse así. ¿Qué había pasado? Estaban solos y… No podía ser que la presencia ajena le hubiera puesto nervioso. Sin entender, se limitó a poco más que negar para sus adentros; no quería darle una importancia que no tenía.

Ya con una respuesta afirmativa, alejándose algunos pasos para que la luz no resultase molesta, sonriente, de un nuevo destello recreó lo que vendría siendo un violín, colocándoselo rápidamente en posición, entusiasmado y ya pensando en qué canción debería interpretar. Sin embargo, apenas alcanzó a tocar un par de notas antes de percibir ese temblor. ¿Qué había sido eso? Grácil y veloz, al igual que el otro, también se apartó hasta algún punto cercano que gozase de una mayor estabilidad. Retomando aquel serio semblante, tenso por lo que pudiera estar sucediendo, su ceño se frunció por una fracción de segundo. Sin deshacer aquella luminiscencia, sí que la hizo cambiar; pasando de un inocente e inofensivo instrumento a una larga lanza dorada. Que no duró mucho realmente; apenas hasta escuchar esa misteriosa voz y comprobar de dónde provenía. Al hacerlo, relajando su expresión, el arma se esfumó pues, si no había peligro, no era necesaria.
– Ieilael, arcángel enviado desde los cielos, – se presentó, rodando los ojos hasta el menor. – y mi buen amigo dragón, Jun'ichi. Lamento las molestias. – se apresuró a disculparse por su conducta defensiva, dando por hecho que, se tratase de lo que se tratase en realidad, estaban frente a una entidad pacífica. – ¿Puedo saber quién habla? – inquirió, con la más amable de sus sonrisas, tratando de mantener oculta esa cierta curiosidad infantil que inevitablemente le invadía.

El gatico reglamentario
La lancita y un Ie que no es Ie pero que pudo haber sido Ie y que fingiremos que es Ie (?)
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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Sáb Jul 18, 2020 10:08 am

Se quedó observándole en silencio por unos momentos, pareciendo muy consciente de las palabras ajenas. Sí, recordaba algo similar; que el ángel seguía órdenes y que estas no siempre era agradables, que no por ser ángel sus manos estaban limpias. Cierto, pero aún así, se negaba a que alguien pudiese contemplar algo semejante. Una muerte siempre era algo horrible, sin importar el motivo o el método; arrebatar una vida estaba mal, por mucho que el propio dragón lo hubiese hecho más de lo que deseaba a lo largo de los años; en ocasiones para sobrevivir, en otras solo por seguir órdenes. —Prefiero que nadie lo vea. Nunca es agradable —simple y directo, sin entrar en muchos detalles. Porque al igual que ahora intentaba no causar daños o dar una muerte rápida, también había tenido momentos en los que, tal vez, no fue tan bueno en ese sentido.

Aunque serio, porque ya sabemos que no es el chico más expresivo de todos, ladeó muy ligeramente la cabeza como si de un verdadero cachorro se tratase. —¿Por qué un dragón trataría de ser adorable? —cuestionó de nuevo, y no por algo en concreto, solo por saber la opinión del otro—. ¿Quieres verlo? ¿A un dragón de cuarenta metros actuar como un cachorrito? —preguntó con curiosidad. Y a lo siguiente, solo encogió un poco los hombros como primera respuesta antes de decidirse a hablar—. No era nada grave, hubiese curado por sí solo en unos días —aseguró, cosa que, por cierto, ya hizo en el desierto—. Seguro que le dolió, pero también estoy seguro de que ha estado en condiciones muchísimo peores —e, inmediatamente, recordó aquella última batalla con jinete; aquel hombre que le llevó al límite y csi le mata por ello. Sí, en definitiva un mordisco en el nacimiento del ala era doloroso, pero nada que pudiese compararse a aquellas memorias.

¿Akali y yo? —inquirió sin demasiados rodeos—. Tal vez porque seas un amigo. Nunca te vi como una amenaza; no eres un dragón al fin y al cabo. No digo que vea a los míos como una amenaza, pero... Los hay con mucho carácter así que las confrontaciones son normales, supongo —tampoco es que estuviese seguro. Incluso teniendo ese instinto, siendo territorial y receloso con lo que consideraba suyo, en realidad él no buscaba esos enfrentamientos. Era bastante tranquilo si no se le molestaba, y podía ignorar eso de que alguien "entrase a su territorio" o se acercase a lo que "es suyo". Como ejemplo, el primer encuentro con el ángel. Solo con mencionar a su dragona le hizo hervir la sangre, notándose ahí esa faceta posesiva y, sin embargo, a pesar de perder un poco los nervios, no hizo nada contra el ángel. De ser otro seguramente hubiese atacado, pero el mestizo no era de esos. Le enseñaron a controlarse y a no dejarse guiar por simples impulsos. Si su dragón interior le controlaba a él, podría ser el fin de la isla; calcinada o congelada, pero nunca quisiera nadie ver a una criatura así dejándose guiar por su instinto más primario.

Y sí, sobra decir que escuchó el modo con el que hablaba de los suyos, sobre todo esa última palabra y su cambio de expresión. No obstante, se mantuvo al margen. No parecía ser un tema agradable por lo que simplemente prefirió no preguntar ni comentar nada. ¿Tenía curiosidad? Tal vez, pero no por saciar sus dudas resultaría desagradable, le incomodaría o estropearía el ambiente que tenían. Y sí, también detectó su cambio por ese habitual carácter amigable para, posteriormente, verle nervioso. No se trataba exactamente de un perro que detectase emociones con solo olfatear el aire... Pero casi. Era mucho más fácil con otros animales, sin duda, pero resultaba obvio ese cambio tan repentino. Claro, que no entendió el porqué. Ninguno de los dos había hecho nada fuera de lo común para que los nervios aflorasen. —Tres mil años son muchos años —comentó—. Aunque te ves como un jovencito —agregó haciendo una pequeña pausa—. ¿Cuántos años puede vivir un ángel? —la curiosidad le invadió por un momento.

Como era de esperar, el dragón se sorprendió por ese violín de luz que el otro hizo aparecer, escuchando apenas ese par de notas antes de que se desvaneciese o, mejor dicho, se convirtiese en un arma. No, si desde luego inocente no podía ser el ángel con esa reacción que había tenido, que si bien no fue agresiva, tampoco pareció dudar en lanzarse a la batalla de ser necesario. ¿Qué clase de criatura inocente haría algo semejante? Lo propio hubiese sido huir, ¿no? En fin, que se centró en aquel árbol con vida propia sin pensar demasiado en lo que no debía. —Si tengo un nombre no lo recuerdo, pero una vez fui humano —resonó aquella voz, lejos de ser amenazante, resultando de lo más apacible—. Ahora solo soy parte de la naturaleza —el follaje de los árboles a su alrededor se agitó cuando meció sus ramas, que a saber si no era su cabello o alguna extremidad—. No queremos molestar, solo teníamos curiosidad por esos rumores que hablaban de un árbol viviente —dijo el de ojos bicolor, relajándose al no notar ningún tipo de amenaza—. ¿Estás raíces son suyas? —preguntó—. Lamentamos haberlas pisado —se apresuró a disculparse. La reacción que obtuvo, sin embargo, fue todo menos lo que esperaba: una suave risa—. Son mis raíces, y mis hojas, ramas... Todo ello soy yo, pero no me duele que los pequeños se paseen por encima si no buscan lastimarme —reconoció—. ¿Habéis venido a hablar con este solitario árbol? —sí, quería conversación de algún tipo, al fin y al cabo, no dejaba de ser un humano clase x, pero humano al fin y al cabo aunque ninguno lo supiese.


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Mensaje por Ieilael el Dom Jul 19, 2020 12:09 pm

Dos frases. Dos sencillas frases, tan cortas como sinceras fueron suficiente para que el ángel desviase la mirada hacia cualquier dirección en la que el dragón no entrase dentro de su campo visual. Eso sí, sin perder la sonrisa. ¿Qué empequeñeció y se apagó, por decirlo de algún modo? Por supuesto, no obstante, nada de borrar esa sutil curvatura en sus labios. – En eso tienes razón; nunca lo es. – Ahora bien, cuando la siguiente  pregunta llegó a sus oídos, no pudo salvo parpadear un tanto confuso. – Ah… Bueno, no tiene por qué intentarlo para serlo; creo. Quiero decir… Sería algo así como esos gatitos de antes. – comenzó tranquilamente, tratando de darse a entender algo mejor y volviendo a esa jovial sonrisa a medida que iba avanzando. – ¿Crees que intentaban ser adorables? Yo creo que solo hacían cosas de gatos… Pero eso no los hacía menos adorables, ¿no? Solo lo son sin tener que intentarlo. Pues algo así. – concluyó, asintiendo con energía y convicción. Quién sabe, tal vez esa fijación y ese afán por referirse a la forma dracónica contraria como “bonita” e imaginarlo de aquella manera no fuese más que una cuestión de gustos; igual que con la sonrisa ajena que tanto le gustaba. Eso debía ser, sí.

– ¿Quiero verlo? – repitió, pensativo, tomándose unos pocos segundos para divagar sobre el tema en el interior de su mente. – No lo necesito; podría vivir perfectamente sin ello pero… Si viera algo así… Creo que se me derretiría el corazón. – Sería demasiado para él. Que se lo pasaría en grande y disfrutaría de la experiencia como un niño pequeño, sí, sin embargo, eso no quita que aquello se le hiciera endemoniadamente tierno. – Aunque tampoco te veo actuando como un cachorrito, la verdad. – confesó, seguido de algunas leves y simpáticas carcajadas. Que sí, que para él sería un jovenzuelo, pero estaba más que claro que no era ningún niño y, sinceramente, no esperaba que fuese a actuar como uno si no lo era. No obstante, al escuchar sobre cómo había estado en condiciones peores que aquel mordisco, fijó sus grisáceos orbes en los ajenos, deteniéndose a contemplarlos por algunos instantes con toda la serenidad del mundo. – No volverá a estarlo. – aseguró con firmeza, convencido de ello. – Ese angelito no le dejará. Es un tipo un poco testarudo; puede preguntar si la herida es leve, pero si no, primero cura y después pregunta. – añadió, volviendo la vista al frente y siguiendo con su camino como si nada.

Y cuando ambos dragones fueron nombrados, volvió a asentir; en esta ocasión sin agregar nada más, no creyéndolo necesario. Al menos, no hasta no haber escuchado lo que vino después.
– Si puedo elegir, soy una criatura pacífica. – Y ahí estaba el truco: no siempre podía decidir por sí mismo cómo quería actuar. No, su vida no le pertenecía; no era libre. – Entiendo… – comentó, tras atender a aquella explicación sobre la raza ajena o, quizás, sobre cómo la autopercibía el propio muchacho. Y ya puestos, ¿por qué no ofrecerle la misma información? Era lo justo, ¿correcto? – Yo… Bueno, hay ángeles de todo tipo. No diría que tienen mucho carácter, pero sí los hay muy estrictos. – De hecho, él mismo también lo era para según qué cosas. Para otras se le podría considerar incluso liberal porque… En fin, ¿qué ángel tendría de mejor amiga a una demonio? – Sé de alguno que no tendría problema en arrancarle las alas a un jovencito por tomar algunas decisiones equivocadas. – agregó con tono suave, bajando la mirada al suelo y recordando aquello de lo que hablaba como si hubiese sido ayer.

Siendo consciente de esos pequeños y repentinos nervios que le habían atacado por algún motivo que desconocía, volvió a apartar la mirada. No, ni él lo entendía. Si se paraba a pensarlo, no tenía ningún sentido; no había sucedido nada. Tan solo había hecho un comentario inocente sobre su edad al hablar de aquello lejanos días y… Ah, la edad.
– N-No son tantos realmente. – afirmó, queriendo quitarle peso al asunto e intentando, quizás de forma algo torpe, no ser percibido como alguien muy mayor. No quería que le viera de ese modo; quería que le viera como a un amigo, un igual. – G-Gracias. – contestó, aún sin regresarle la mirada y con una muy ligera tonalidad rosada adornando sus mejillas por el… ¿halago? ¿Ahora verse joven era un halago? Nunca le había dado importancia a su edad y, sin embargo, ahí estaba, queriendo minimizar todo lo posible esa diferencia de más de dos mil años.  – Eh… S-Supongo que depende. No sabría decirte pero, si te sirve de algo, soy el menor de mis hermanos. No sé qué edad tendrá el mayor, – Hasta hace dos días no sabía ni la suya propia, mucho menos iba a saber la de alguien con quien no tenía buena relación. – pero siendo un niño, le recuerdo prácticamente como un adulto.

Seamos sinceros, que hubiese un árbol viviente de por sí ya era sorprendente y más aún que se estuviese dirigiendo directamente a ellos, no obstante, ¿oír de su propia voz que en algún punto de su historia había sido humano? Eso sí que no se lo esperaba. ¿Se podía cambiar de humano a árbol? ¿Cómo? Con los ojos abiertos como platos, incrédulo, asombrado y fascinado, intentó no perderse demasiado en sus pensamientos aunque, no vamos a mentir, estaba difícil. Si un humano podía pasar a ser árbol, ¿podía otra criatura también cambiar de especie? ¿Cómo sería? ¿Cómo se vería el mundo desde los ojos de alguien diferente, alguien que… pudiese elegir por sí mismo lo que quería y lo que no? Espera, espera. ¿De verdad estaba dándole vueltas a una idea tan absurda? ¿Por qué? No, no podía. Ya tenía asumido que ese no sería su caso, entonces… ¿Por qué? No, no. Negó con la cabeza; tenía que centrarse. – Es la curiosidad lo que nos ha movido pero… Por mi parte, siempre estoy dispuesto a conversar. ¿Puedo… Puedo preguntar algo? – inquirió, incapaz de sacarse de la cabella aquellas fantasías. – ¿C-Cómo es posible que fuera humano y ahora...?

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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Lun Jul 20, 2020 8:38 am

Sus heterócromos orbes se deslizaron hasta el contrario por unos momentos, notando nuevamente ese cambio en él, y sin embargo, al igual que momentos atrás, poco le duró. Se quedó pensativo por unos momentos. —Yo creo que un dragón no es adorable. Es grande, feroz, majestuoso... Pero no adorable —al menos no desde su perspectiva, claro. Que sí, las crías eran muy adorables, y más cuando comenzaban a explorar o intentaban dar sus primeros aleteos. Eso sí era adorable sin ninguna duda, no obstante, un dragón adulto pues como que no veía esa ternura por ninguna parte—. ¿Ah? —cuando se dio cuenta de sus propias palabras y como se podían haber interpretado -tal como lo hizo el ángel- se apresuró a negar moviendo la cabeza de un lado a otro y haciendo lo propio con ambas manos—. No, no, no, no —por si no había quedado claro aún—. No quería decir eso. Yo no podría hacer algo así.

¿No podría hacer algo así? Cuestionable. En  realidad no se imaginaba a sí mismo actuando como un cachorro, eso es cierto, pero al mismo tiempo era consciente de que podía tener algunos gestos que se considerarían adorables, sin embargo, era algo que casi nadie había visto; una privilegiada era la excepción, al menos que recordase de buenas a primeras. No, en definitiva, esas cosas no las hacía a menos que sintiese muchísima confianza. —Sí que es testarudo ese ángel; tener el valor de curar a un dragón y preguntar primero... ¿Y si luego se lo come? —bromeó un poco, claro, que sin cambiar demasiado su semblante. Apenas alcanzó a alzar una de sus cejas y poco más, pero de ser otro, hubiese sonreído e incluso reído.

¿Si puedes elegir? —inquirió—. Los actos no hacen a las personas. ¿Un día te levantas y eliges ser malvado? —lo observó con detenimiento, incluso cesando su caminar para centrarse únicamente en él—. Si has matado o no me da igual. Dijiste que seguías órdenes, ¿eso te hace menos pacífico? En ese caso, ¿qué soy yo? Porque mis manos también están manchadas de sangre, y en ocasiones, de inocentes —de nuevo, y como siempre, comentó su propia opinión que, tal vez, volvería a diferir de la contraria. No sería nada nuevo. En los pocos encuentros que han tenido ya se ha dado cuenta que no todos piensan igual, y que ellos dos en particular, tienen opiniones muy diferentes en algunos aspectos. Claro, que por lo siguiente, no pudo evitar que su ceño se frunciese antes de retomar su camino para no quedar muy atrás—. Eso suena como algo muy cruel —fue lo único que alcanzó a decir, porque no se podía imaginar una vida sin alas siendo incapaz de levantar el vuelo nuevamente.

¿Que no eran tantos realmente? ¿En serio? Tres mil años no sonaba a que fuesen pocos para ser exactos. Eran tres milenios de vida, y si bien para algunos era una eternidad o para otros un suspiro, al dragón eso le parecía bastante. Que no era el indicado para ello, pues si bien ni eran tantos los años que cargaba, los quinientos sí que los había vivido y, de nuevo, para unos sería mucho y para otros no sería nada. —Vaya... Pues sí que viven años —comentó con cierto asombro—. Mis hermanos y yo salimos del huevo casi a la vez; algunos tardaron más y otros menos, pero tendríamos que tener la misma edad —habló en un pasado porque, en efecto, desconocía si acaso alguno de ellos seguiría con vida. Y en parte no le importaba, porque apenas podía recordar esos primeros años de vida en el volcán. Fueron tiempos difíciles donde vio morir a su familia por no tener a nadie que los cuidase. Aunque tal vez sus padres volvieron a tener otra camada, quién sabe.

La misma pregunta que planteó el ángel se hizo el dragón. Por su parte tenía la teoría de que sería un humano con poderes, lo que no sabía, era la explicación más concreta que iba a llegar a su canal auditivo. —Hay humanos que nacen con un don, y yo fui de ellos. Mi don se desarrolló hace veinte años, y poco a poco me fue convirtiendo en lo que soy; una secuoya gigante con vida propia y consciencia humana —explicó, manteniendo ese tono amable—. Es la primera vez en mis años de vida desde que eché raíces que veo a un arcángel y a un dragón siendo amigos —comentó, centrando su mirada invadida por la naturaleza en ambos—. ¿Qué historias tenéis para contar a este aburrido árbol? —preguntó, y sin perder su amabilidad, en su tono se apreció cierta diversión—. Ah... Él ha vivido mucho más que yo, seguro que tiene mejores historias que contar. Estaba a punto de tocar el violín antes de que apareciese... Despertase... Antes de saber que estaba aquí —no sabía cómo referirse al árbol. ¿Estaría durmiendo y le despertaron?


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Mensaje por Ieilael el Mar Jul 21, 2020 2:01 pm

Grande, feroz, majestuoso… Sí, eran buenos adjetivos para describir lo que había visto, eso no lo negaría; sin embargo, no pensaba que fuesen suficientes. No, no era solo eso. También era bonito, bello, hermoso… No diría que al contemplar a semejante criatura lo primero que se le pasó por la cabeza fue que se veía adorable pero… El hecho de imaginar a alguien de semejante tamaño actuar de una forma digamos, algo infantil, sí que le parecía de lo más tierno. Como un cachorrito, vaya. – No te imaginaba precisamente de ese modo. – rio, con suavidad y simpatía, lejos de toda burla. Eso sí, tras esas leves y amigables carcajadas, dio paso a una amable y cálida sonrisa, sorprendido a la par que encantado con esa reacción que había recibido. No sería el muchacho más expresivo del mundo, eso seguro, no obstante y tal vez debido a esto, cada vez que obtenía alguna mueca o algún gesto del estilo por parte contraria, el ángel no podía evitar alegrarse. ¿En qué momento se había vuelto así? No lo sabía, pero que le gustaba ver esa ligera y esporádica expresividad era un hecho.

– ¿Oh? ¿Un dragón se comería a un pobre angelito que solo quiere ayudar? – preguntó, continuando con lo que suponía que sería una broma más. Porque, de nuevo, el semblante ajeno no cambiaba demasiado; sin embargo, ni era la primera vez que bromeaban entre ellos, ni se lo comió cuando le curó aquella ala herida en el desierto. – No creo que le sirva de mucho, la verdad. El dragón es grande y el angelito pequeño; no le serviría ni como aperitivo. – Que, bueno, tampoco era tan pequeño realmente; un metro con ochenta no es lo que se dice baja estatura aunque, claro, a comparación de un ser tan grande… No era nada.

¿Después? Tan solo negó con la cabeza, acompañando el gesto con una ligera risa. No, no era así como funcionaba. Claro que, esas dulces carcajadas poco tardaron en esfumarse.
– No me considero malvado. – aseguró, sin negar ninguno de sus actos, teniendo muy presente la sangre que manchaba sus manos. – No me gusta la violencia ni el sufrimiento de nadie, – Ni siquiera de aquellos a los que tanto rechazaba. Si se le encomendaba la tarea de acabar con alguno, como era el caso, procuraría que de la forma más “pacífica” posible. – pero una sola palabra de un superior bastaría para hacer que torturase a cualquiera eternamente. – Y recalquemos por un momento ese “eternamente”. Ieilael no necesitaba comer, beber, dormir, ni nada parecido; podía crear armas prácticamente de la nada y, además, sanar cualquier dolencia en un abrir y cerrar de ojos. Esa palabra, ese “eternamente”, por muy grande que fuera y por mucho peso que tuviera, no iba en broma; sería muy capaz de hacerlo. – ¿No te lo dije? No puedo negarme. – Y, de nuevo, aquello también iba en sentido literal; le era físicamente imposible desobedecer cualquier orden de un ángel de mayor rango.

– En realidad ese jovencito se lo tenía merecido pero… Da igual que vuelvan a crecer, eso no hace que duela menos. – murmuró, agachando un poco la cabeza y fijando su mirada en el suelo. Y si bien no dejó de sonreír, poco quedaba de esa agradable curvatura de siempre; una más triste y dolorosa ocupó su lugar. Y bueno, que por mucho que no dijera a quién se refería, no hacía falta ser un genio para darse cuenta, ¿verdad? No obstante, una vez recuperado de ese pequeño lapsus y ya de vuelta a esa jovial normalidad de la que solía hacer gala, habiendo prestado atención a las palabras del menor, rápidamente tomó nota mental de todo ello. – Yo… Siendo sincero, no sé qué será de mis hermanos. Tampoco quiero saberlo. – Se apresuró a añadir con un tono bastante neutral, queriendo quitarle hierro al asunto y solo conociendo qué había sido de una de ellas.

– Y-Ya veo… – ¿Qué otra cosa podía decir? Sí, era una buena explicación; sí, tenía su lógica pero… No era lo que buscaba. ¿Hubiera preferido escuchar que el cambio de una raza a otra era posible? Tal vez. Y de haberlo sido, ¿qué? ¿Qué hubiese hecho? Era, siempre había sido, y siempre sería un ángel. Fin. ¿Qué importaba si solo estaba ahí para servir a quienes ocupaban posiciones más altas? Había quienes eran libres, y había quienes no; él pertenecía a los segundos y así debía ser. Así estaba bien… ¿Estaba bien? – ¿A-Ah? Y-Ya te he dicho que no es tanto… N-No soy tan mayor. – Negó con la cabeza, logrando centrarse en esa conversación a tres, recordando, en efecto, la canción que iba a interpretar antes de que se viesen sorprendidos por aquellas raíces. – Puedo tener más historias, pero no tienen por qué ser mejores. – reconoció con facilidad y una amable sonrisa, ignorando sus pensamientos para prestar atención a quienes le acompañaban. – No tengo problema en tocar algo o contar alguna anécdota aunque… No serían recientes. – Más que nada porque hacía demasiado tiempo que no se paseaba por la Tierra como lo hacía en la actualidad y, del cielo… no había demasiado que contar.

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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Jue Jul 23, 2020 10:18 am

Lo miró en silencio por unos momentos, y raro en él, casi pareció hacerlo con ojitos suplicantes por lo que iba a decir. —No lo hagas, por favor —dijo, porque en serio, ni él quería imaginarse a semejante coloso con la cola en alto y moviéndola de un lado a otro dejando frente al ángel un árbol -sí, un árbol- para que se lo tirase como si fuese un palito o algo. Nada de eso. No quería, era imposible. Su época de cachorro pasó hace muchos años, ahora se negaba a verse en dicha situación—. ¿Por qué no lo haría? Cada dragón es diferente, y sí; me imagino a alguno comerse a un angelito sin darse cuenta de ello —por la diferencia de tamaño, eso sí que le resultaba sencillo de imaginar, es decir, si ya de por sí podía tragarse un ciervo entero sin masticar, más o menos, ¿qué no podría hacer con alguien de apariencia humana? ¿Qué son dos alargados metros en comparación a su cuerpo de reptil alado? Nada. Un aperitivo si acaso.

Escuchó con atención lo que tuviese que decir, y claro, entendiendo su punto de vista. Él tenía el privilegio de poder negarse a las órdenes, aunque eso pudiese suponer un castigo, era lo de menos; si no quería hacer algo no lo hacía, pero no para todos era igual, como el caso del ángel incapaz de negarse a una orden. Teniendo eso presente y que había afirmado no considerarse malvado, añadiendo a ello que no le gustaba la violencia y el sufrimiento de nadie, ¿por qué pensar negativamente de él? No entendía muy bien el por qué de su situación, cómo es que no podía desobedecer, sin embargo, no iba a preguntar nada al respecto. —Digas lo que digas seguiré viéndote con buenos ojos. Al menos, frente a mí, no has hecho nada malo; no puedo decir lo mismo de mi persona —hizo una pequeña pausa—. No importa lo que te ordenen, para mí eres alguien bueno —sonrió de manera leve, reforzando sus propias palabras con ese gesto. Bien recordaba como le ayudó sin saber siquiera que era él, y como, en su primer encuentro, también hizo lo mismo. En definitiva; una mala persona no haría ese tipo de cosas, ¿cierto?

Claro, que sus sonrisas no duran para siempre, ni tampoco mucho tiempo en general. Cuando dijo que ese angelito se lo mereció, negó levemente. —No sé qué hizo, y no me importa que le volviesen a salir las alas... Sigue siendo algo demasiado cruel —habló, habiendo perdido ya su semblante y percatándose de la actitud general del otro—. ¿Sufriste mucho? —se aventuró a preguntar, porque tonto no era y había captado con facilidad que ese angelito del que hablaba era él mismo, el arcángel que estaba frente a sus ojos. Y tomando una pequeña bocanada de aire, se limitó a encoger los hombros para responder lo siguiente—. Si están vivos o no lo desconozco, pero mi odio nunca fue para ellos. Si los volviese a ver seguro que no los reconocería. Quién sabe, tal vez nuestros caminos se cruzaron en algún punto y no fui consciente de ello —dijo sin darle mucha importancia al asunto, tomando nota de los comentarios contrarios, eso sí. De nada serviría ponerse a pensar ahora en sus hermanos cuando, tal vez, no hubiesen sobrevivido.

La mirada heterócroma del dragón se deslizó por unos instantes hasta el ángel, rodando los ojos y, de haber sido otro, incluso hubiese reído por la reacción que tuvo. —Tres mil años son muchos años; que para ti sea medio suspiro no es culpa nuestra —se defendió, casi como si aquello fuese una pequeña batalla verbal entre dos niños que quieren llevar la razón. Y de hecho, así es cómo el árbol viviente lo veía; entrañable, eso sí, y divertido—. ¿Y qué has hecho en tres mil años? Seguro que tienes buenas historias para contar —habló con amabilidad—. No importa que sean recientes; cualquiera está bien. Así también conoceré más de ti —confesó el dragón, de manera bastante directa. En eso se basaba una amistad, ¿verdad? En conocerse y esas cosas. Sinceramente, poco o nada sabía del ángel a pesar de considerarlo un amigo, así pues, ¿por qué no aprovechar el momento para conocer más datos sobre él? Aunque fuese una historia sin sentido aparente, no importaba; la recordaría.


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Mensaje por Ieilael el Mar Jul 28, 2020 3:10 pm

Por apenas una fracción de segundo se quedó absorto en esa nueva expresión que el dragón le mostraba. Vaya, que acostumbrado a verle neutral, cualquier pequeño cambio impresiona. Aun así, poco tardó en volver a su semblante habitual, risueño y despreocupado, tranquilo y hasta riendo un poco con unas sutiles carcajadas. Efectivamente, negó con la cabeza; sabiendo cómo era el chico, era incapaz de verle de ese modo. ¿A otro? Pues puede ser, pero no a él. – Ah... Bueno... Si todos son tan grandes como tú, supongo que... ¿Podría ser? – Y sí, quedó pensativo, dándole vueltas a esa posibilidad de ser devorado por semejante criatura. – O sea... Dudo que si me comieses fuera a servirte siquiera de aperitivo... – Porque, a ver, con haberlo visto una sola vez ya quedaba claro que pequeño, precisamente, no era. – No digo que vayas a comerme tampoco. – se apresuró a añadir, queriendo aclarar ese punto. Que, al fin y al cabo, eran amigos, ¿no? No se comería a un amigo. De haberlo querido, hubiese podido hacerlo en el desierto y, sin embargo, nada de eso sucedió. – Pero dudo que fuera a tener buen sabor. – comentó, divagando entre algunas ideas que se le venían a la cabeza.

¿Y qué le llevaba a esta conclusión? Nada realmente. Intuición, tal vez. O quizás que pensar en el sabor que tendría alguien de su misma raza no era algo agradable, quién sabe. De cualquier manera, curioso como un infante, alzo una de sus manos, llevándose uno de sus dedos a la boca –el índice, más concretamente– para humedecerlo en un lento y sutil gesto. Cuando lo consideró suficiente, lo apartó ligeramente, dejando salir un pequeño suspiro que chocaría contra dicha extremidad, solo para, justo después, relamerse los labios en busca de ese supuesto sabor. Y, por supuesto, sin percatarse de que esos inocentes movimientos podían, en el fondo, no serlo tanto como él pensaba.
– Ah... No sé, no me parezco muy apetecible. – Vaya, que no le encontraba ningún atractivo a devorar a un ángel. Menos aún si, como él, solo trataban de ayudar mientras no se les ordenase lo opuesto. Y entonces, como si nada, volvió a reír otro poco.

– ¿No importa? – Dirigió la vista a él de inmediato al escucharle hablar. ¿En serio que no importaba? Había hecho cosas horribles, quisiera o no y, como bien había expuesto, no tendría el menor de los reparos en torturar a quien fuera necesario si así se lo ordenara algún ángel de mayor rango. No terminaba de comprender; de hecho, ya iba a replicar algo cuando, de la nada, se vio sorprendido una vez más por esa sonrisa. Y no, no dijo nada; rodó la vista hasta los labios ajenos para admirarla en lo que durase y poco más. Hubiera agregado algo acerca de la misma, de lo bonita que era, de lo mucho que le gustaba verla y, no obstante, solo guardó silencio, ahorrándose los cumplidos visto lo sucedido la última vez. – Eh... Ah... N-No es como si fueran a mandarme hacer algo así sin motivo... – comentó, confiando ciegamente en los dictados de quienes en la jerarquía angelical eran sus superiores. ¿Y a lo que vino luego? No contestó, limitándose a poco más que mirar al suelo. – Es un dolor que no le deseo a nadie. – confesó, puede que un tanto hipócrita por su parte. No se lo deseaba a nadie y, sin embargo, lo había hecho. Que su intención fue acabar con su vida y no despojar a una niña de una extremidad pero... Tampoco sentía lástima por ello, claro que no. ¿…Verdad?

Ahora bien, al oírle hablar sobre sus propios hermanos, sonrió nuevamente con una leve pesadez. Tomaría nota mental de todo, pero tampoco era un tema sobre el que le apasionase hablar.
– Supongo que las cosas de familia son complicadas. – Y si no que se lo digan a él, que no solo tuvo que quitarle la vida a su propia hermana, sino que, además, estaba ahí para hacer lo mismo con la que era su sobrina. De cualquier manera, sabiendo que esa tarea no era bonita de contar y mucho menos información que el joven necesitase saber, decidió ahorrarse el contarla, pasando a centrarse en lo siguiente: en la conversación que mantenían ambos con ese extraño y misterioso árbol. – N-No es para tanto. Aún soy joven; e-estoy en la flor de la vida. – rebatió, desviando la mirada, queriendo sostenérsela para demostrar una cierta firmeza y convicción que, no obstante, no tenía, viéndose incapaz de ello. Mirada que, por otro lado, poco o nada tardó en regresarle y fijar en la contraria al escucharle.

¿Quería conocerle? Quedó en completo silencio por algunos segundos hasta que, al final, optó por rodar los ojos hacia el árbol.
– Bueno... Yo nací y crecí arriba, – comenzó, refiriéndose al cielo e incluso señalándolo por si el punto no terminaba de entenderse para alguno de los dos. – pero no había gran cosa que pudiera hacer así que cuando me cansé de solo mirar... Supongo que bajé a explorar un poco. Todo era muy diferente a lo que estaba acostumbrado pero, por suerte, conocí a alguien que me estuvo enseñado; al final nos hicimos muy buenos amigos y... ¿Cómo se llamaba ese lugar? – se cuestionó en voz alta, como si eso fuese a servir de ayuda. Y si bien no dio nombres, a nada que se supiese un poco acerca de él, no debería ser muy difícil intuir de quién estaba hablando. – ¡Alejandría, eso! ¿Sabéis esa biblioteca? Yo estuve ahí. – afirmó con una amplia sonrisa y un orgullo que, en realidad, no tenía. Al menos hasta que recordó lo que sucedió con dicho lugar. – J-Juro que lo que quiera que se perdiese no fuimos nosotros. L-Lo devolvimos todo. – se apresuró a añadir, descubriéndose él solito y dando a entender que algo se había llevado de allí en su momento, por mucho que solo se tratase de una pequeña travesura.

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Mensaje por Jun'ichi Hōjō el Jue Jul 30, 2020 9:39 am

Apenas ladeó un par de centímetros la cabeza al escucharle hablar. —Los hay más grandes —aseguró. Ahora no estaba seguro de qué tamaño podría tener su padre, porque claro, los recuerdos que rondan su mente son los de una gigantesca criatura ya que él apenas tenía el cuerpo de un pequeño niño de unos seis años más o menos. Eso le hizo pensar quién sería el más grande de los dos ahora. No obstante, estaba seguro de sus palabras. Su dragona era más grande que él, aunque de especies diferentes y con aspecto serpentino, ella le superaba en tamaño sin importar por dónde se mirase—. Si quisiera saborearte me dignaría, al menos, a comerte en esta forma para poder decir si tienes buen sabor o no —comentó, claro que sin ninguna connotación especial, solo como una realidad. Es decir, si quería saborear un pescado, mejor hacerlo con esa apariencia humana y no como un coloso que ni se percataría de que se ha tragado el pez,.

Claro que, aquellos actos realizados por el otro estaban muy lejos de ser algo que pudiese esperar. ¿Qué estaba haciendo exactamente? ¿En serio se estaba probando a sí mismo? Era, como mínimo, peculiar. Sin embargo, allí había alguien que sí reaccionó frente a eso, viéndolo con una perspectiva completamente diferente. Sus pupilas volvieron a rasgarse, su membrana nictitante hizo acto de presencia y por su pecho ascendió un gruñido. No comprendió el por qué de ello, dándole la espalda al contrario con la esperanza de que no lo hubiese escuchado, y llevándose ambas manos al rostro por un momento. Necesitaba calmarse. Ya pensaría después qué le pasaba y por qué reaccionaba así. Apenas tomó una bocanada de aire cuando apartó ambas manos del rostro, parpadeó un par de veces notando como esa membrana ya no estaba. Sus pupilas siguieron rasgadas, cierto, pero estaban bastante dilatadas por lo que se podrían disimular un poco.

A pesar de haber conseguido recuperar de nuevo el control total, no volvió a mirarle. Se negaba a ello. Aquello no debería estar pasando. ¿Qué le sucedía? Tendría que preguntar a su ama o buscar a otros dragones mayores; tal vez alguno supiese lo que sucedía con su cuerpo y por qué reaccionaba de ese modo tan extraño. —No, no importa —habló con seguridad. Tampoco se veía en posición de juzgar a nadie cuando sus manos también estaban manchadas. Si jamás hubiese hecho mal alguno todavía, pero no en su situación De igual modo, tampoco estaba seguro de qué decir a lo siguiente. Si los de arriba ordenaban cosas por el bien o por el simple vicio de hacerlo era algo que desconocía y, por el momento, tampoco tenía ningún tipo de prisa por averiguarlo. ¿Acaso se dedicaban a dar caza a todos los demonios existentes, por ejemplo? Porque de ser así, el arcángel tenía una amiga que en tiempos pasados era una demonio y ahora... Sigue viva.

Tal vez sea complicado —asintió levemente. Y nunca mejor dicho, porque lo que hacía con su familia no debía ser lo que todas las familias hacían. ¿O acaso estaba bien acostarse con aquella a la que consideras tu madre y hermana -entre otras tantas cosas-? Un poco perturbador, ¿cierto? Por mucho que no fuesen familia de sangre, ella le crió y educó, ¿y ahora? Se acostaban... No, desde luego que no era algo sencillo de explicar para nadie. Pero no le dio mayor importancia, decidiendo centrarse en el resto de la conversación, en aquel árbol y la historia que estaba narrando su amigo.

¡¿Alejandría?! —se sorprendió la planta. Sonaba a tiempos muy antiguos—. ¿Estuviste en la biblioteca de Alejandría? —cuestionó sin perder ese tono de voz que denotaba su asombro—. Debió ser una maravilla visitar dicho lugar... La de gente que pagaría por tener el privilegio de ver algo semejante con sus propios ojos —y al parecer, el árbol entre ellos. Bien sabido era que, en su momento, fue uno de los lugares más importantes para la cultura y la sabiduría de la época; lastimosamente fue destruida—. ¿Y qué hacía un arcángel llevándose cosas de un lugar tan importante? —preguntó el árbol, aunque por su voz, se notaba que quedaba lejos del enfado y más bien era la curiosidad y la diversión la que hablaba por la inocencia mostrada en un momento. ¿El dragón? Hubiese dicho algo, pero ni idea tenía de semejante biblioteca, así pues, solo se mantuvo en silencio.


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