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[Privado] Retribución [Priv. Ibuki]

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Mensaje por Apofis Misr el Vie Mayo 22, 2020 12:52 pm


La contabilidad era por desgracia una de las partes que le tocaba a él dirigir dentro de aquella especie de compañía que era el mercado negro, y es que aquel lugar no se gestionaba por sí solo. Alguien con conocimiento de microeconomía era necesario, y también de administración. Ya que había sido profesor de economía por bastantes años, le había tocado a él quitarle parte del trabajo a Akali. Aquello le permitía disponer de muchas, muchas ventajas, pero también le brindaba de horribles jaquecas al tener que hacer frente a problemas tan característicos de la vida cotidiana dentro de una corporación que para él eran absurdos. Como por ejemplo, que una de sus más aventajadas vendedoras hubiera desaparecido de la noche a la mañana. No lo malinterpretemos, no había “muerto”, solamente había dimitido. Pero esa misma mujer le brindaba de ciertos beneficios económicos, por no decir que era una de las que más ventas había logrado brindar al mercado debido a su don de gentes para tratar con cierto ángel que parecía ser capaz de derrochar inmensas cantidades de activo con tal de salvar más y más almas.

Pero perderla sería también arriesgarse a que aquella fuente de ingresos desaparezca. Y eso no lo podía permitir tan fácilmente. Él era un hombre que prefería los recursos cercanos a su persona, que prefería ir a lo seguro que exponerse. Pero si en algo destacaba este refinado caballero es que además, muy vengativo era también, sin duda alguna. Cualquiera que le conociera lo sabría, y podría ver cómo el odio emanaba de su alma una vez cualquiera tentaba a su paciencia. Y por supuesto, iba a mover ficha para poder convencerla de volver a su plantilla o en última instancia, por mucho que le desagradara la idea, tener que tenderle con la solemnidad que requería el finiquito para que pudiera cobrar una prestación por desempleo o lo que fuera que quisiera hacer esa unicornio con su alma. El cómo un ser tan débil como aquel, esa especie de corceles con un cuerno prominente en sus rostros y un cerebro que a veces, por experiencias con otros de esa especie, dudaba que fuera más grande que un guisante, había conseguido no solo volverse una criatura libre (vulnerando así lo que él veía como las leyes más cruciales y elementales del sentido común y el orden de las cosas), y además una competente vendedora de la institución, se le volvía un misterio que pensaba desentrañar aun si para ello tenía que “desentrañar” a alguien literalmente.

Desde que tuvo la primera noticia, movió fichas cual ágil estratega sus hombres en el campo de batalla. Sabía que todos los empleados guardaban algunos enseres en la sala asignada a su descanso.  Así pues, podríamos decir que sería una desgracia que Ibuki al dejar el lugar para volver a su casa “dejara ahí” todas sus cosas, quizá por influjo de alguna magia o quizá por pura casualidad. Lo dejaremos al gusto del lector, pero en efecto, todas las propiedades que aquella hembra tuviera en el local ahora estaban en su despacho, sobre la mesa en la que descansaba su ordenador, empaquetadas con delicadeza en una caja de cartón relativamente pequeña, pero no tan pequeña como para no necesitar de las dos manos.

Vamos a dedicarnos unos momentos a describir por enésima vez el despacho de Apofis, que era donde se encontraba ahora, sentado en su cómoda butaca de cuero negro, sobre la que solía realizar todas esas tareas de las que hemos hablado, y donde esperaba a que Ibuki apareciera, pues sus agentes le habían dicho que iría ese día a por sus cosas. Primero, destacaremos que una de las paredes es en realidad un cristal, que le permitía mirar la cantina, donde solían hacer sus comidas las mascotas, y donde solía vigilarlas con intimidación pura. Había poca iluminación, y la austeridad de sus paredes, totalmente negras y que por única decoración podríamos decir que habían pequeñas líneas negras que simbolizaban jeroglíficos casi imperceptibles si no le prestabas atención. Tras su escritorio, a su espalda, quien entrara por la puerta podría ver ahí, presidiendo la sala, un cuadro. Cronos devorando a sus hijos, de Goya, en gran tamaño, con su tétrica mirada apuntando a la puerta, para que cuando entraras, fuera lo primero que vieras. Ese sería el lugar de la última escena que pensaba dedicar a Ibuki como un hombre de paz.

Si se negaba a… Atender a razones, tendría que empezar a actuar su nuevo guion. Lo primero que haría Ibuki al entrar sería recibir los fríos ojos de Cronos y la también inexpresiva mirada de Apofis. Nada más, no habría voz alguna, solo una mano que la invitaría a tomar asiento, y quizá, si ella decía algo, él inmediatamente la invitaría a un trago (quizá un vaso de agua, o vino si ella lo deseaba) que si no quería parecer maleducada, más le valía aceptar. Porque Apofis odia a los maleducados. Y ella ya lo había sido muchas veces.
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