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Mensaje por Apofis Misr el Vie Mayo 22, 2020 12:52 pm


La contabilidad era por desgracia una de las partes que le tocaba a él dirigir dentro de aquella especie de compañía que era el mercado negro, y es que aquel lugar no se gestionaba por sí solo. Alguien con conocimiento de microeconomía era necesario, y también de administración. Ya que había sido profesor de economía por bastantes años, le había tocado a él quitarle parte del trabajo a Akali. Aquello le permitía disponer de muchas, muchas ventajas, pero también le brindaba de horribles jaquecas al tener que hacer frente a problemas tan característicos de la vida cotidiana dentro de una corporación que para él eran absurdos. Como por ejemplo, que una de sus más aventajadas vendedoras hubiera desaparecido de la noche a la mañana. No lo malinterpretemos, no había “muerto”, solamente había dimitido. Pero esa misma mujer le brindaba de ciertos beneficios económicos, por no decir que era una de las que más ventas había logrado brindar al mercado debido a su don de gentes para tratar con cierto ángel que parecía ser capaz de derrochar inmensas cantidades de activo con tal de salvar más y más almas.

Pero perderla sería también arriesgarse a que aquella fuente de ingresos desaparezca. Y eso no lo podía permitir tan fácilmente. Él era un hombre que prefería los recursos cercanos a su persona, que prefería ir a lo seguro que exponerse. Pero si en algo destacaba este refinado caballero es que además, muy vengativo era también, sin duda alguna. Cualquiera que le conociera lo sabría, y podría ver cómo el odio emanaba de su alma una vez cualquiera tentaba a su paciencia. Y por supuesto, iba a mover ficha para poder convencerla de volver a su plantilla o en última instancia, por mucho que le desagradara la idea, tener que tenderle con la solemnidad que requería el finiquito para que pudiera cobrar una prestación por desempleo o lo que fuera que quisiera hacer esa unicornio con su alma. El cómo un ser tan débil como aquel, esa especie de corceles con un cuerno prominente en sus rostros y un cerebro que a veces, por experiencias con otros de esa especie, dudaba que fuera más grande que un guisante, había conseguido no solo volverse una criatura libre (vulnerando así lo que él veía como las leyes más cruciales y elementales del sentido común y el orden de las cosas), y además una competente vendedora de la institución, se le volvía un misterio que pensaba desentrañar aun si para ello tenía que “desentrañar” a alguien literalmente.

Desde que tuvo la primera noticia, movió fichas cual ágil estratega sus hombres en el campo de batalla. Sabía que todos los empleados guardaban algunos enseres en la sala asignada a su descanso.  Así pues, podríamos decir que sería una desgracia que Ibuki al dejar el lugar para volver a su casa “dejara ahí” todas sus cosas, quizá por influjo de alguna magia o quizá por pura casualidad. Lo dejaremos al gusto del lector, pero en efecto, todas las propiedades que aquella hembra tuviera en el local ahora estaban en su despacho, sobre la mesa en la que descansaba su ordenador, empaquetadas con delicadeza en una caja de cartón relativamente pequeña, pero no tan pequeña como para no necesitar de las dos manos.

Vamos a dedicarnos unos momentos a describir por enésima vez el despacho de Apofis, que era donde se encontraba ahora, sentado en su cómoda butaca de cuero negro, sobre la que solía realizar todas esas tareas de las que hemos hablado, y donde esperaba a que Ibuki apareciera, pues sus agentes le habían dicho que iría ese día a por sus cosas. Primero, destacaremos que una de las paredes es en realidad un cristal, que le permitía mirar la cantina, donde solían hacer sus comidas las mascotas, y donde solía vigilarlas con intimidación pura. Había poca iluminación, y la austeridad de sus paredes, totalmente negras y que por única decoración podríamos decir que habían pequeñas líneas negras que simbolizaban jeroglíficos casi imperceptibles si no le prestabas atención. Tras su escritorio, a su espalda, quien entrara por la puerta podría ver ahí, presidiendo la sala, un cuadro. Cronos devorando a sus hijos, de Goya, en gran tamaño, con su tétrica mirada apuntando a la puerta, para que cuando entraras, fuera lo primero que vieras. Ese sería el lugar de la última escena que pensaba dedicar a Ibuki como un hombre de paz.

Si se negaba a… Atender a razones, tendría que empezar a actuar su nuevo guion. Lo primero que haría Ibuki al entrar sería recibir los fríos ojos de Cronos y la también inexpresiva mirada de Apofis. Nada más, no habría voz alguna, solo una mano que la invitaría a tomar asiento, y quizá, si ella decía algo, él inmediatamente la invitaría a un trago (quizá un vaso de agua, o vino si ella lo deseaba) que si no quería parecer maleducada, más le valía aceptar. Porque Apofis odia a los maleducados. Y ella ya lo había sido muchas veces.
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Mensaje por Ibuki el Jue Jun 11, 2020 12:02 am

Vale, recapitulemos lo que me ha pasáo en éstos días, pero no quiero que me juzguéi, ¿vale? Que yo también puedo pecar de tremenda estupidez alguna vez... Y sí, ésta fue mi "alguna vez" en la vida. Damas y caballeros, hoy os voy a relatar, no más bien, les vengo a contar el hilo de cómo me enamoré de un vampiro, estuve a punto de casarme con él y al final me abandonó dejándome con el corazón mái roto que mis ganas de vivir. ¿Os gusta el títulazo? Pues no se lo pierdan que toh' es tan melodramático que está bueno pa' vender mi historia y hacer una peli... Que ahora que lo pienso, no suena mal. ¡Pero bueno! Ya os cuento qué pasó.

Todo comenzó un día en mi salida de trabajo, yo iba ya de regreso a mi hogar con la esperanza de que no me cayera la tormenta encima porque había olvidado el paraguas. Pues nada, mi gente que por tomar un atajo y tratar de llegar pronto me encontré con alguien medio muerto y navajeado hasta los cocos... Bueno no tanto pero sí que estaba muy herido. Pues para no hacerles el cuento largo me lo llevé a casa y le curé las heridas, bla bla bla, lo cuidé y mantuve en mi hogar hasta que se recuperara y sí, sí señores me pasó como en las películas románticas: Nos enamoramos tras pasar un tiempo conviviendo juntos y yo estaba que me quería volver flor de las praderas del maravilloso sueño que estaba viviendo. Bla, bla, bla, me propuso matrimonio y yo ya me veía toah' emocionah' directo al altar con un vestido de novia y teniendo muchos bebés unicornios. Taaaaan ilusa y enamorada andaba que prácticamente abandoné todo para irme a buscar "la felicidad"; pedí mi renuncia en el trabajo, me fui a despedir de mis amigos, ya hasta estaba poniendo anuncios de mi casita en venta (porque claro, me iba a ir a vivir con "el amor de mi vida")... Ahhh... Qué tonta que fui.

Miren ¿saben qué? Me ha deprimido tanto contarles la historia que no la voy a acabar, o bueno sí pero al puro estilo Ibuki: Me terminó un día antes de la boda y se fue, fin. ¡¡¿¿PUES CÓMO ESPERABÁI QUE ESTUVIERA, EEHH??!! DESTROZADA, DEVASTADA Y TODA RIDÍCULA QUEDÉ.
Mirá compadre, que por suerte mi más grande amigo estuvo para mí, Bobito, mi querido pinklady, te mereces toh' mi amor rabicornioso de aquí a que me muera.

Y bueeeeno, yo no venía a decirles qué pedo con mi vida... Bueno en realidad sí, pero ahora estoy aquí contándoles todo ésto porque cuando estoy asustada y nerviosa suelo tener lapsos de verborrea agresiva, ¿que qué quiero decir con éso? Pues compa ¿qué no ves que ya te dije todo el chisme de mi vida en veint minutos? Pues éso y ahora te va otro chisme más: Ahora mismo voy con el rabo entre las patas a la oficina de uno de mis jefes, el temido señor Apofis Misr... ¿Qué? ¿También se te heló el culo al escuchar su nombre? Pues... Pues sí, que él es mi jefecito y yo soy una ex vendedora del mercado negro... Y digo EX porque estoy considerando que con tal falta de respeto que he hecho de nada más abandonar el trabajo sólo porque sí dudo que me quieran recontrarar nuevamente. Aaaahhhh.... Vaya dilema, vaya dolor, vaya... ¡¡VAYA MIEDO DE MIERDA!! Nada más llegar al mercado, en parte me sentí en casa, no os lo voy a negar pero por otra parte... Me estaban guiando a una zona que en mi vida había pisado y que a futuro no quisiera volver a entrar: el despacho del jefe.

Toqué la puerta y la abrí suavemente para poder ingresar, nunca me esperé tremenda escena de muerte que casi me provoca vaciar mi vegija ahí mismo. — B,buenas... Con permiso... — Es que... ¿Qué con el cuadro aquel? Mirá que a mí me gustan las cosas sombrías y raras pero... Tremenda bienvenida, aunque comparada con la mirada de mi jefecito preferiría mirar el cuadro de ésa... cosa devorando a otra cosa por la eternidad. — Ejem... — Me acerqué temerosa, muuuuy temerosa la verdá, pero ¿me quedaba de otra? ¡Por su puesto que no! Así que mejor comportarme bien y bonita si quería recuperar mi trabajo. — S,señor Apofis. — Ay mirá que nada más de acordarme de aquella expresión en su rostro me entra la piel de gallina, ¡uy!
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Mensaje por Apofis Misr el Jue Jun 11, 2020 10:10 am

Qué mala educación. Hasta para entrar estaba demostrando ser una completa bárbara sin modales alguno, como la gran mayoría de europeos de aquella época. ¿Cómo se podían haber olvidado de las buenas costumbres y aquellas tradiciones que antaño dominaron toda la tierra que ahora pisaban? Llamadle misógino, o reaccionario, o como se prefiera, pero lo de que una mujer pudiera mirarle a los ojos sin ser perteneciente a su propia raza se le hacía algo bárbaro, libertino y demasiado arrogante para aquellas criaturas. Detestaba a los unicornios, en especial a las hembras de unicornio, tal y como repudiaba a cualquier otra raza que pudiera venderse en el mercado.

Se levantó poco a poco, todavía con la mano extendida apuntando a una de las sillas que se encontraban frente a su asiento. Sus manos, a posterior, se dirigieron al escritorio, posándose en él con firmeza mientras su rostro se ensombrecía más y más. A medida que aquella mujer se acercara, la habitual sonrisa sádica que habitaba en su faz pasaría a ser sustituida por unos labios cerrados y apretados en la más indiferente expresión facial.

Oh, quizá a esa pobre mujer le temblaban las piernas demasiado como para caminar los largos metros que separaban la puerta del escritorio. ¡Pero calma, calma! Ya lo tenía todo pensado. Recordemos el útil poder que Apofis poseía para estas ocasiones. En menos de lo que tarda un parpadeo en tener lugar, habría desaparecido de su lugar. Se había fundido con la oscuridad, oscuridad que premeditadamente le permitiría llegar a la espalda de ella, tan rápido que no habría demasiado tiempo para reaccionar. Y entre sus manos, habría creado una elegante silla negra, que dejaría en el suelo para luego atraparla por los hombros. Si para ese momento Ibuki no se hubiera girado, ahora lo que vería tras ella era el rostro de la serpiente peligrosamente cerca, con esa mirada de nuevo tan fría como la hoja de una espada bien cuidada.

Un movimiento de brazos hacia atrás serviría para atraerla y hacer que se tuviera que sentar en aquella silla que había creado con especial cariño para ella. Y tras eso, cual exagerada obra de ficción, la puerta se cerraría tras de sí, con un fuerte retumbar que mostraba la violencia con la que había hecho que su magia se manifestara. Quería aterrarla, hacer que fuera incapaz de moverse de cuán tensos quedaran sus músculos. ¿Alguna vez el lector, ha experimentado esa sensación? Cuando te enfrentas a un oponente claramente más fuerte que tú, es normal que te quedes quieto en una posición que creas segura, tan tenso que no eres del todo consciente de que no te puedes mover. Y solo cuando tu cuerpo sufre una alteración de cualquier tipo puedes reaccionar de forma voluntaria. Habitualmente, esa reacción en tu posición suele ser un golpe, y si de verdad esa persona es tan fuerte como crees, caerás al suelo y mucho no te podrás defender. Existen, por supuesto, miles de forma de evitarlo, de determinados movimientos que permiten caer sin hacerte daño y levantarte con suficiente impulso como para defenderte, hasta maneras claras de evitar ese terror. Formas que por cierto, solo un verdadero practicante de los caminos de la marcialidad sabe, y por cuán delgada era Ibuki, y poca masa muscular en sus brazos como tenía, sabía que no era.

Ahora, podría hablar. Podría calumniar, acusar, aterrar y sugestionar a aquella mujer hasta que fuera incapaz de controlar su vejiga y acabara por estallar. Podría hacerlo, sus ojos se fijaban en ella con detenimiento para saber qué clase de insulto podía utilizar. También porque los cuchicheos entre sus empleados le habían permitido saber que aquella mujer era considerada una verdadera joyita. Compacta, y por lo que sabía, o le habían permitido saber, ese trasero estaba cotizado como uno de los más potentes de la ciudad. Ahora lo comprobaría él, por supuesto.

-Cuánto tiempo, pequeña. Ha pasado una larga temporada, ¿no crees?
-sus palabras retumbaron por la sala. Ese acento árabe tan característico del varón se mezcló con la calidez que parecía emanar, el falso y peligroso cariño con el que hablaba y que debería servir de advertencia si se tenía en cuenta que hacía unos segundos la había agarrado y puesto sobre una silla sin piedad- Te echábamos de menos. -añadió, mientras colocaba uno de sus dedos sobre los labios ajenos, como si quisiera hacerle entender que no quería respuesta alguna- ¿Qué tal te lo has pasado ahí fuera? Supongo que no muy bien si has tenido que volver. -sus manos volvieron a los hombros ajenos, comenzando a masajearlos de una forma inquietantemente suave, pero firme. Si ella intentara escapar, la volvería a sentar como antes había hecho. Adoraba el terror que mostraba aquella fémina. Se podría decir que las serpientes huelen el miedo. Perciben el sudor, los movimientos en apariencia imperceptibles que delatan la tensión que una persona pueda sufrir- ¿Quieres tomar algo? Vino o sangre, no tengo demasiado por donde elegir. Y muy vampiresa no pareces, ¿no? Más bien… Me recuerdas a esas criaturas que ahora mismo están ahí abajo, comiendo y rezando porque sus futuros amos sean almas caritativas, no como yo. Una de esas bestias que ni nombre ni apellido tienen. Un mero juguete más del catálogo que hasta hace poco estabas vendiendo. Catálogo del que tú hasta hace poco eras parte. -mientras seguía hablando, una sonrisa se iba dibujando en sus labios, triunfal al ver que su discurso salía de sus labios con la misma naturalidad que el agua sigue su curso- Saliste de mi familia una vez con ello. Te aceptamos en nuestro hogar una vez volviste a entrar como vendedora, y aun así, volviste a intentar salir. ¿Por qué intentas escapar de papá, pequeña?
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Mensaje por Ibuki el Vie Jul 03, 2020 10:56 pm

No por favor, preferiría mil veces ser capturada y vendida como carne de unicornio exótico antes que tener que estar tan cerquita de Apofis, por favóh que alguien venga a salvarme que donde éste me vaya a hacer algo yo creo que ahí mismo me desmayo, me muero y me voy directito al infierno y ni de éso me voy a poder salvar del jefecito, ¡estoy segura! Me daba mucho miedo acercarme, de verdá y... Creo que éso lo cabreó un poquito o al menos lo desesperó cuando de la nada desapareció frente a mis narices provocando que sólo se me helara la sangre. ¿A, a, a dónde había ido? Ay por favó no me digan que me va a salir por detr.... ¡Wuaaah! ¿¿Pero en qué momento apareció así detrás de mí y en qué momento me terminó obigando a sentarme?? V,vamos que ahora sí que me he asustáo y no tengo ni pies ni cabeza pa' moverme un sólo milímetro. ¿Es que esto es cosa del diablo, acaso? No si ya sé, que Apofis es todavía peor que ése ser rojico y cornudo que juega bromillas, si todavía me pensaría en ser amiga del diablo antes de... Por favoh, que alguien me ayude.

¡Y la puerta azotándose! ¡¡Por favor, es que me va a dar un paro cardíaco aquí y ahora!! Pues que terminé dando un sobresalto y tensando los hombros, mismo que comenzaron a ser masajeados por el señor aquí presente, ay no, ay no por favor que me suelte ¡¡Que yo quiero seguir viviendo y no quiero que me arranque la cabeza de un tiro, mae!! ¿Sabéis lo que se siente ser una presa en un mundo de cazadores? ¿No? Pues ya te digo yo que es la putada mái fuerte que te podés dar en las bolas en dado caso. Y mirá que yo quisiera en verdá poder explicarme, decir toh' lo que me ha pasáo y de pedir disculpitas al menos, pero que mi jefecito adorado no me va a dejar y éso me pone todavía más que tensa.

Un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta la punta de los pies y yo mirá que no soy para nah' buena en disimular mi incomodidáh. Que de ser posible hasta me retuerso del miedo aquí y ahora, ¡Que no tengo límites! Pero jefecito volvió a hablar y yo me tensé terriblemente, bueh' tensarme y sentir un escalofrío al mismo tiempo, ¿no es éso súper extraño? Pues sí, así me pasó mae. sus manos masajeando mis hombros, su siseante tono al hablar, sus... maquiavélicas palabras para intimidarme, ay pofavoh que toh' pare de una vez que en serio me voy a desmayar aquí y ahora si me sigue tocando, por favor que deje de tocarme. Que deje...

Y ahí me llegó al límite de la patata, que mi pobre corazoncito de rabicornio estaba a mil por hora y si no le ponía un alto a toh' ésto que me iba a explotar sí o sí. — ¡Eeeh, n,no es necesario no tengo sed! — Inclusive me giré suavemente como para evitar que me siguiera masajeando tan marcadamente los hombros... Mirá mae, no me molestaría si fuera alguien más pero... ¿Habéis visto a mi jefecito si quiera? ¡El hombre siempre tiene cara de que se ha hecháo a veinte cabros de desayuno y que se ha dado un baño con su sangre y toh'!... Y la verdá ni si quiera estoy exagerando, hasta pienso que seguro me falta todavía expresar más los horrores con los que le gusta portar. Eh, yo soy una cosita tiernica de la naturaleza, entendedme por favor. — S,señor Apofis. — Cuando normalmente me dirigía a él como "Jefe" directamente y "El jefecito/jefazo" a sus espaldas con los demás empleados, era ahora que le llamaba por su nombre y un título de tratamiento... ¿Estaba bien, no? No es como que le estuviera faltando -CofmásCof- el respeto, ¿no? — Mi intención nunca ha sido faltarle el respeto... Lo sabe muy bien... S,sólo... Tenía que... — Hay no, ignorad todos mis ojicos cristalinos y mi voz quebrada que aquí en la patata todavía duele.

Bueno, no estoy aquí pa' repetir toah' la misma historia de cómo me ilusionaron y me votaron, que para éso ya di tremenda intro así que me saltaré ésa parte y seguiré contandoles qué fue lo que pasó por mi mente en aquel momento tratando de mantener distancias con el buen ex jefecito. Estaba yo con toh' el temor de mirarle a la cara, sólo haciéndolo por el rabillo del ojo y oscilando directo a la caja que estaba sobre el escritorio con mis pertenencias. ¿Y sabéis qué fue lo que hizo la brillante rabicornio? Parlanchinear... ¿Existe ésa palabra acaso? Mirá mae, no me importa pero que yo me la he sacáo de la manga ahora.
Señalé la caja y con una sonrisa toda boba, una actitud extra nerviosa y un cuerpecito que temblaba cual maraca de bebé hiperactivo amagué el ponerme de pie, gravísimo mi error pues la presión de vuelta a mí me regresó a sentarme de sopetón. — Ah,ha... Esto.. Ésas son mis cosas, ¿no? Eh... Bueno j,jef... Es decir, señor Apofis quería hablar de éso precisamente... Y,yo... — a veh, que aquí no hace falta nah' de nah' andarme por las ramas como siempre haría, que aquí el jefecito si bien quiere me revuelca en menos de cinco segundos; obviamente no me voy a poner al pedo para nah'. — Lamento mucho haber renunciado, f,fuí una tonta y... Ugh... No tengo excusas que dar, lo lamento tanto... — Y ahora tocaba implorar por pedir mi empleo de vuelta, que mirá que bien que podría haberme ido sin regresar por mis cositas, de haber ignorado por completo la invitación del señor Apofis a regresar al mercado y ahora sí buscarme un trabajico más normal, uno más acorde a una chiquilla como yo... Pero seré sincera: No sé hacer nah' más que ésto y aquí estoy "protegida" y sin temor a ser metida como mercancía... O éso creía, porque ahora el ex jefecito seguro que me lía la parda y me mete a una jaula... ¡Estúpida, estúpida Ibuki!
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Mensaje por Apofis Misr el Sáb Jul 04, 2020 9:58 am

El miedo ajeno se acrecentaba a medida que lo hacía su orgullo, visto lo visto. Cuanto mayor era el temor que desprendía la otra por sus poros, más incrementaba el placer que Apofis estaba sintiendo en ese momento. Sus manos, a pesar de estar sosteniendo firmemente a la joven, también temblaban, de la emoción que parecía producirle ver a una mujer tan horriblemente aterrada con su mero tacto y presencia. Y eso que todavía no había movido sus manos más de lo necesario, solamente par aterrarla lo mínimo posible. El hecho de querer verla temblar de puro pavor no significaba que quisiera matarla, todavía, ni hacerle demasiado daño hasta que llegara el momento adecuado. Su mano descendió poco a poco, deslizándose por el abdomen ajeno con lentitud, hasta la altura donde empezaba el pantalón, tomándola por la tela con una de las manos. La otra hizo lo mismo en el otro lado, para luego quedarse ahí en completo silencio. Primero de todo, le servía para saber más o menos cuán resistentes eran, y creedme, para lo que tenía pensado, le rentaba que fueran lo más resistentes posibles.

Lo que más le agradó fue aquella disculpa por parte de la unicornio. ¿Acaso quería ella volver a trabajar con ellos? ¿Quería volver a su hogar, decía ella? Pues como buen padre que era, no lo iba a negar. Acercó su rostro poco a poco hacia la mejilla ajena, dejándole un pequeño beso, totalmente castizo, al que luego acompañó con una pequeña lamida.

-Voy a suponer que quieres retomar tu puesto de trabajo.
-dijo, con malicia, mientras la levantaba desde la posición de sus manos (tirando de la tela hacia arriba) para luego agarrarla por la mano y dirigirse con ella hacia la mesa. En uno de los muchos cajones del escritorio, guardaba ciertos juguetitos, de entre los cuales, destacaremos un cinturón negro, de cuero, duro y resistente, con una hebilla pequeña y plateada. Aun la mantuvo agarrada, con bastante fuerza, para que no pudiera escaparse, aunque con lo pequeña que era, podía guardarla en una caja sin más, pensó con crueldad y malicia- Es por ello que vas a tener que hacer frente a una nueva prueba, para mostrarnos que sigues siendo la de siempre. -aunque en realidad aquello solo serviría para contentar al demonio, y sus a veces demasiado mezquinos y moralmente cuestionables fetiches. A medida que hablaba, colocaba el cinturón en el cuerpo de ella, arrodillándose para poder alcanzarla, deslizando sus manos con suavidad pero a su vez aprovechando para deleitarse de aquella silueta que por alguna razón de tantos llamaba la atención- Bien. Te queda bien, así que empecemos con tu prueba.

Y no dijo nada más para seguir con su pequeña malicia personal. Ahora, más de uno podría darse cuenta que ese cinturón era exageradamente largo, y que el demonio había dejado intencionalmente un largo trozo del cuero en su mano, para tirar de ella como el que mueve a su perro. Y también podría percatarse Ibuki de que en el techo había un gancho colgado suficientemente alto para que alguien quedara en caso de agarrarse de él sin tocar el suelo.

¿Podemos deducir ya lo que hizo el demonio? Un par de juegos de manos, y ató el cinturón en ese gancho, dejando a Ibuki colgada por su cadera como si fuera una especie de juguete. Un juguete al que la tela de su ropa posiblemente acabaría por hacerle daño, para su gusto, al estar sin evidente soporte. Y sí, lo hizo por el simple capricho de hacerlo, para luego crear con su magia negra una larga cuerda con la que atarla por los tobillos para que no pudiera patalear, sino que se mantuvieran juntos. Bonita decoración le había quedado, una hermosa “niñita” flotando era algo de lo que pocos podían fardar. Y además, había quedado la pelvis y los glúteos ajenos a la altura de su rostro, lo que facilitaría más que de sobra lo que quería seguir haciendo.

-...Te vas a quedar ahí un ratito, Ibuki
. -dijo, mientras la ataba también por las manos, en el gancho, para que quedara completamente vulnerable y expuesta, sin posibilidad alguna de defensa, aunque estar suelta tampoco hubiera ayudado a defenderse de ninguna forma- Tienes dos opciones. Me dejas morderte las nalgas hasta que termine de beber sangre de unicornio… O de aquí no sales. Elige. Y nada de tartamudeos, nada de “s-señor Misr, n-no haga eso” -imitó el tono de voz chillón de la fémina para aquellas palabras- Habla con firmeza y claridad si no quieres un latigazo, o mejor todavía… -posó su dedo en el punto exacto donde estimaba él que tras la ropa estaba aquella “sonrisa vertical” que toda mujer poseía- Que te meta algo por aquí bastante más grande de lo que crees.
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Mensaje por Ibuki el Lun Jul 20, 2020 12:18 am

... Os juro que estoy a nada, así de nada de ponerme a llorar. Que mirá que mi cuerpecito ya tiembla cual maraca y si tuviera unos cascablees colgandome o algo que seguro no dejarían de sonar sin la necesidad de los movimientos del señor Apofis. ¿Como porqué o para qué me ha sujetáo del pantalón? Ay, no no mirá que ésto se estái poniendo muy rarito y yo con las cosas raritas mejor no me quiero meter. Pero que sí me dio el patatuz cuando de, alguna manera sujetó por ambos extremos como para impedirme la huida. Y ahí se me escapó un chillido muy chiquitico pero lo suficiente pa' demostrar que en serio estaba muy asustada. ¿Y luego? Intimidación, terror y hasta un poco de asquito, no lo voy a negar. ¿el beso? Innecesario, por favoh ni a los animalicos salvajes dejo que me lengüeteen la cara, y ahora el señor Apofis así porque sí que me ha dáo ése besico que sólo me provocó apretar los ojos con fuerza y reprimir un gritillo más. Ay, estoy a dos... No, a una de que se me salga la primera lágrima. Y ahí mi rostro por pura innercia se giró hacia el lado contrario mostrando el rechazo a lo que había hecho el señor hacia a mí.

¿Qué pasó? ¿Cómo es que las cosas se tornaron de ésta maquiavélica y retorcida manera? Una cosa es sentir intimidación para convencer a alguien o bien por el mero hecho de hacerlo y otra es estar siendo ya acosada y -por que así es como me estba sintiendo ahora mismo- violada de alguna manera. Ok, que las cosas se pusieron raras con el besito, sí no lo voy a negar pero en cuanto el tirón de mis muñecas y encima que empezara a obligarme a ponerme dicho cinturón usando su fuerza ya no estaba para nah' bien. Y ahí mi pánico aumentó. — N,no... Se, señor bast... — Ni si quiera pude decir una palabra más, mi cuerpo tembló y se petrificó.

Y sí, señores. Las lágrimas por fin me ganaron y rodaron por mis mejillas mientras trataba de mantenerme quieta, con aquellos espasmos que me hacían brincar de vez en cuando y el temblor que se apoderaba de mi cuerpo en reacción a lo que éste hombre empezaba a hacerme. Poh favoh cuerpo mío que no me fallés ahora, ¿qué pasó con éso de ser el unicornio salvaje que no le rinde cuentas a nadie y que es valiente y gallardo? ¿Dónde quedó ése unicornio que se enfrentó al cazador Alexis y le rompió una costilla para no ser capturada? ¿Ése unicornio que se negó a ser "domesticada" por el cerdo hombre que me compró ilegalmente ya una vez?... ¿Dónde...?

Sentí unas tremendas ganas de gritar.

¿Acababa de morir y estaba en el infierno? No, posiblemente el infierno sería todavía mejor que ésta tortura, ¿cómo es que había quedáo ahora flotando y atada de, básicamente todos lados? Manos, piernas y hasta de la cintura pero sin formar soporte de una ni otra y sólo causando un dolor y escozor en mi piel. — Se...ñor... Por favor... — Y mirá que todavía intentaba mantener la calma, que todavía podía y estaba en mis capacidades el hacerlo, que mirá que no me he puesto a berrear o a gritar y pedir ayuda. No quiero que ésto se descontrole y darle el placer.... Aunque éso ya lo está teniendo con su poder de intimidación. — Iihgh.. Por favor... Nnngh... —

Quedé un momento en silencio tratando de juntar la fuerza necesaria para dejar de gimotear, que bueno la amenaza ya la había tenido de primera y que hasta había osado en tocar superficialmente en mi pubis, por encima de la ropa pero oye ¡Que da igual si llevo ropa o no, está casi tocandome! Os debo mencionar que no sé ni si quiera cuánto tiempo ha pasáo, que para mí son como horas las que siento que llevo aquí colgada y que tanto las muñecas como las nalgas me empiezan a arder por las ataduras ceñidas a mi piel que comienza a enrojecerse; especialmente las muñecas porque mi ansiedah' me hace remover y provocarme más escozor. ¿Que me iba a morder?... ¿Y dejarle beber mi sangre? O,oye no... Que mirá que hay algunos tabúes que he escucháo, yo no me los he comprobáo de primera mano pero que dicen que la sangre de unicornio tiene propiedades "curativas" y hasta pueden otorgar "vida maldita", ay no, mirá que jamái he tenido que recurrir a saberlo, pero me lo han dicho y yo no sé, ¿qué tal si le resulta adictiva y me drena por completo? ¡No quiero morir!

¿Pero entonces, tengo que dejarle que beba mi sangre? Ay Ibu, ni si quiera puedes pensar en formar un escape, ni si quiera tienes las agallas de ponerte valiente y decirle que no, de patear lo mái fuerte, que eres mái fuerte que ésas ataduras, eréi mái fuerte que ésa puerta pesada de madera y que si te lo proponés podés ir corriendo a todo lo que te den las piernas para salir, te sabés la ruta de pé a pá, haz estáo mil veces recorriendo los pasillos, te sabés cada salida y cada rincón, podés hacerlo, podés.... Mis ojos que habían estado todo éste tiempo entrecerrados en lo que me daba valor interno se abrieron y al hacerlo vieron directo y tan cercano a los ojos del señor Apofis.

Y el escalofrío me pegó, y un grito escapó de mis labios, un quejido tan lastímero y temeroso parecido al chillido de un perro que ha sido lastimado. No... No podés hacer nah', Ibuki... En el momento en que intentes moverte ése hombre tan desquiciado como poderoso te arrancará la cabeza y se masturbará con tu parte decapitada, estoy segura. ¿Y qué iba a hacer? Nada, no iba a hacer nada. No puedo hacerlo, ¿debería hablar? Si lo hago mi voz saldrá entrecortada y faltaré a lo que ha solicitado y si no lo hago me tomará por falta de respeto y me irá muy seguramente peor. Mis labios que habían estado formando una simple línea recta y sellada se despegó sólo un poco para jalar un poco de aire y en el proceso el notorio temblor al despegarse. — ... Usted va a... tomar mi sangre de todos modos.... ¿n,no es así? —

El tartamudeo, EL. MALDITO. TARTAMUDEO.
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