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Mensaje por Apofis Misr el Miér Mayo 13, 2020 12:43 pm

Sus advertencias nunca, nunca deben tomarse como asunto baladí. Apofis cumplía con su palabra con extrema puntualidad, frialdad y ante todo, profesionalidad quirúrgica. La resolución de sus deseos debía proceder con total perfección o… Quienes osaran llevarle la contraria sufrirían daños irreparables. A Honey ya le había advertido aquella noche, que hiciera sus maletas y usara al otro de soporte emocional para lo que se avecinaba. Aquel día, justo después de la hora programada para desayunar, los llevaría consigo. Y si aquel pequeño muchacho era obediente, tendría hasta esa hora para advertir a Simon y que pudieran ambos mentalizarse juntos, o llorar, o patear de impotencia, o lo que fuera que hicieran un niño-robot creado para ser un mero siervo y un unicornio cuya masculinidad estaba muy cuestionada en ese lugar para desahogarse.

Él para la ocasión, sin embargo, había decidido vestirse de la forma más sobria y elegante que pudo. Traje de etiqueta negro, bastante ajustado, con una corbata rojiza y una camisa blanca debajo. Para decorar un poco más, se había maquillado con kohl los ojos, creando una fina y larga línea que hacía alusión y referencia al Ojo de Horus, y hasta peinado para quitarse de encima ese cabello enmarañado y repleto de manchas de sangre que solía llevar. Todo en él marcaba una sobriedad y elegancia más dignas de un noble empresario o profesor que del asesino que en verdad era. Se podría decir que se había puesto guapo para sus niños y todo, para que luego estos dijeran que se les trataba mal.

Se encontraba Apofis en el centro neurálgico de todas las operaciones que llevaba a cabo, esa sala amplia que era su despacho, y que escasamente decoraba o iluminaba con otra cosa que no fueran los más sencillos muebles (una mesa con un portátil en ella, una butaca de cuero negro a un lado para sentarse con una mesita también de madera, posiblemente de roble, por preferencias de la serpiente hacia las propiedades de la misma, en la que descansaba una copa de cava vacía, y una silla con ruedas en las patas con la que se dedicaba a jugar mientras trabajaba. Obviamente, las oscuras paredes iban decoradas con diversas salpicaduras de una sustancia rojiza, y un único cuadro adornaba la sala: Cronos devorando a sus hijos, de Goya, presidiéndola en la pared que había justo detrás de su escritorio de trabajo. Adoraba aquel cuadro, tan repleto de odio y locura como parecía estar. Sin embargo, sería mentira decir que era el único elemento decorativo del lugar. En otra de las paredes, yacía colgada una magnífica khopesh de funda negra como el azabache, arma predilecta de las cohortes egipcias de antaño y arma que por supuesto, conformaba la principal herramienta retórica de Apofis.

Las horas pasaban. Él, sentado en su silla, la movía de lado a lado en silencio, mirando cómo los segundos de su carísimo y ornamentado en joyas reloj de mano iban pasando poco a poco, mientras las manecillas se movían paulatina pero inexorablemente. Cuán dramática situación podía estar dibujándose en ese mismo momento fuera de su despacho, y cuánto dolor podría estar causando sus actos y voluntades. Pero, ¿Creéis que tan siquiera le importaba? Se dedicaba a mirar por la única ventana de la habitación, que le permitía ver el comedor general en el que sus productos comían y socializaban lo poco que se les permitía. Eran todos de una belleza excepcional, digna mercancía que seguramente le añadiría más y más dinero a su cuenta corriente y enriquecería todavía más sus arcas, salvo aquellos que para su desgracia acabarían siendo mero alimento con el que Apofis se saciaría hasta que dejaran de parecerle atractivos.

Ellos también podían verle, por supuesto, y la ventana era suficientemente grande para que cualquiera viera todo lo que pasaba en su despacho, como un método para humillar a quienes entraban en él si lo hacían para ser castigados. Como iba a ser el caso en unas horas. Pero así era más entretenido. Había quienes intentaban desafiarle al cruzar contacto visual con él, a lo que respondía con una dulce y sosegada sonrisa antes de dedicarse a mirar lo que hacía cualquier otro y asegurarse de que nada más terminara de comer y volviera a su cuarto, ese pet sufriera un cruento castigo por parte del mejor tipo de subalternos que poseía: sus no-muertos. Se podía decir que eran una especie de policía secreta dentro del lugar, vigilantes que solo rendían lealtad a su demiurgo (él, por supuesto) y en última instancia a Akali si así era menester. Hasta los otros cuidadores tenían que andarse con cuidado si uno de estos no-muertos era convocado por Apofis temporalmente para patrullar por él. ¿Por qué especifico que Apofis era capaz de tales malas artes? Un poco de paciencia, y lo veréis. Solo hacía falta esperar a que el reloj se moviera un poco más.

Un poco. Solo serían segundos, escasos lapsos de tiempo que para alguien inmortal no importaban demasiado. Tendría toda una eternidad para jugar con ellos hasta la saciedad, o hasta que se murieran. Sí, era posible que no soportaran todo lo que tenía preparado para ellos, todos esos pasatiempos que iban a compartir hasta que se volvieran completamente dementes.

Pero para eso ya quedaba menos, pues la hora había llegado. Sí, había llegado aquel infame momento en el que arrebataría por completo la libertad de esos dos. No necesitaba una compra siendo el segundo al mando, y sería divertido de todas formas ver la reacción a cómo sería su “compra” en concreto. Chasqueó los dedos.

Ellos, donde fuera que estuvieran, notarían que una mano esquelética les atrapaba por las muñecas, o por el tobillo, o por donde fuera. Una mano que aparecería desde la oscuridad y que estaría creada con esa misma oscuridad. Y que repentinamente, comenzaría a moverlos con violencia, agarrarlos como si fueran juguetes en manos de un niño, creándose más y más manos hasta tenerlos a ambos completamente inmovilizados.

Y luego, comenzarían a arrastrarlos, en una especie de torbellino en el que por supuesto aprovecharía para que les tocaran un poco y así estuviera claro para ellos quién enviaba esa horda de magia a por ellos. Pero serían arrastrados hasta ahí, y ya podía escuchar una agradable sonido acercarse más y más.

Ahí comenzaba el tercer acto de Honey y el segundo de Simon. El “anteinferno”, podría decirse.
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Mensaje por Honey Kawahara el Jue Mayo 14, 2020 3:36 pm

Había pasado un buen tiempo ya acomodado de la única forma en la que se sentía capaz de buscar alguna clase de refugio, envuelto con las sábanas. Su excusa para sí mismo era el frío, pero no terminaba de creérsela tampoco. Más bien, era su única forma de encontrar algo de seguridad, de no sentirse como si estuviera al borde de la muerte, o algo peor. No estaba siendo demasiado efectiva, si es necesario aclarar, pero era algo. Al menos le servía para no terminar de abandonar la realidad en la que se encontraba –lo que antes podría haber llegado a agradecer, pero no quería eso ahora. Necesitaba estar lo más presente posible. Necesitaba estar… Preparado.

Así que se mantuvo así, espalda apoyada firmemente contra la pared, abrazándose a sí mismo, con las sábanas cubriéndolo. Era una escena ridícula, si tan solo por lo dramática que se veía, pero no se estaba fijando en eso ahora, ni siquiera para lastimar un poco más su ego. Todo lo ocurrido antes hacía eco entre sus pensamientos, con suficiente fuerza para que poco pudiera fijarse en nada más.

Quizás sería necesario aclarar que tenía una percepción nula del paso del tiempo. En general, pero sobre todo ahora, y no del todo por eso de no tener ningún indicador de este. Para él, podrían haber pasado tanto un par de minutos como podrían haber pasado muchas más horas de la que deberían, quizás ambas cosas al mismo tiempo si era posible. Lo único que tenía para asegurarle que no era así, era… Simon. Apenas y podía pensar en él sin sentir que lo estaban apuñalando en el pecho.

Era justamente a quien estaba esperando, como solía hacer desde hace un par de días. Tenían algo así como un acuerdo; él le avisaría cuando fuera alguno de los horarios para las comidas, y lo acompañaría al comedor. No pasaba de eso, pero aún si podía resultar algo incómodo el pasar tiempo casi en completo silencio (porque poco tenían para decir), no era algo desagradable, y se había acostumbrado a ello. Y a la presencia de Simon, claro, del cual si bien apenas y sabía algo, el que se viera tan… Desprotegido, había hecho que se apegara a él como si fuera su deber cuidarlo; además, parecía alguien agradable, alguien que si se hubieran encontrado en otras circunstancias, quizás hasta hubiera sido un buen amigo.

En fin, que tenían algo así como una rutina que seguir, como algo-más-que-conocidos, y por poco que pudiera parecer eso, ayudaba a hacerlo sentir más normal. ¿Saber que hoy se terminaba todo eso? Ah, tenía ganas de nunca haberlo empezado. Pero a pesar de todo, seguía esperándolo, y usando eso como pista de que aún tenía algo de tiempo antes del desayuno (aún si al narrador le gustaría aclarar, por su cuenta, que sí, era un poco más tarde de lo habitual, aún si era solo por algunos minutos. Va a ser importante luego, seguro).

Le tomó otro poco de tiempo conseguir reunir la energía para levantarse de la cama y… Buscar ropa. En una muy bonita y ordenada (sarcasmo, por si no era obvio) pila hacia una esquina de la habitación. No porque quisiera quedarse como estaba, no en absoluto, sino porque si tenía algo que ponerse, no quería siquiera pensar en gracias a quién era. No, no, vestirse fue una lucha entre él y el lado de su mente que intentaba recordarle aquello. Por suerte, esa vez, ganó.

No con mucho tiempo de sobra, porque pronto escuchó a Simon llamar a la puerta– o, más bien, el par de golpes suaves que siempre usaba para llamarlo. Se le hacía algo raro cuando ya conocían sus nombres y sería mucho más claro quien era si lo llamaba así, pero en este momento en particular, agradeció no tener que escucharlo aún.

Buenos días,–le dijo, apenas abrió la puerta.–¿Vamos?

No esperó respuesta alguna, ni siquiera estaba seguro de si era una pregunta. Ahora mismo, lo último que quería era esperar. Tenía suficiente que esperar ya como para sumarle eso.

Sabía lo que tenía que– lo que le correspondía hacer. No porque fuera una orden, ni porque le interesara obedecer tal cosa, sino porque era lo que, indudablemente, era lo correcto. Sabía que tenía que hablar con él, contarle lo que podría (lo que iba) a pasar, o al menos, decirle que ese era el último día que tenían allí. Al menos, algo que pudiera ayudarlo a hacerse una idea de lo que vendría. Y aún así, estaba en completo silencio, caminando quizás algo más rápido de costumbre, y repitiéndose una y otra vez que mantuviera la vista en el suelo y no en nada más; no solo para no ver a Simon (que no podía obligarse a hacerlo, no aún, no así), sino para evitar cualquiera mirada rara que pudiera darle alguien desde… Lo que había pasado unas cuantas horas antes. Y, claro, para cuando llegaran al comedor, evitarse la ventana que llevaba ignorando tanto como podía desde que notó que estaba ahí.

Eso último no llegó a cumplirse. No habían llegado al comedor aún, cuando se detuvo de golpe, volteándose a mirar a Simon.

Claro que sabía lo que le correspondía hacer. No era cuestión de saber eso, sino de descubrir cómo se suponía que se lo dijera. Y era por eso mismo que se había detenido allí –porque su otra opción era hacerlo en un lugar lleno de gente, y sobre todo, a la vista de… Gente que no debería saber tanto detalle al respecto. Sí, gente, dicho de la forma más impersonal, y en plural, porque hacerlo más específico que eso sabía bien que no lo ayudaría a poder hablar al respecto.

Simon. Necesito que hablemos de algo, ¿si?–No sabía bien hasta qué punto lo estaba mirando. Estaba mirando directo hacia él, sí, pero era como si su imagen no terminara de registrarse en su mente.–No sé como… Necesito que solo escuches, ¿Bien? Puedes decirme lo que quieras luego, pero… Necesito que escuches.

Hablaba como el protagonista de una novela, volviendo de escapar de algún villano y, ahora, despidiéndose de su familia en los pocos minutos antes de tener que volver a correr de nuevo. Hablaba como si tuviera que sacar las palabras tan rápido como pudiera, como si mantenerlas guardadas más tiempo fuera a tener consecuencias inimaginables. Hablaba como si se le estuviera agotando el tiempo, y recién se daba cuenta de ello. Se tomó unos momentos para intentar calmarse. No, definitivamente no estaba hecho para situaciones así. ¿De quién fue la idea de ponerlo en una?

Bajó la vista apenas terminó de hablar, y juntó las manos, buscando… Convencerse. Sí, convencerse, de que tenía que hacer esto. De que podía hacerlo. Apenas volvió a mirar a Simon, confirmó que no le había servido de nada. Apartó la vista de inmediato, claro.

No sé si tenemos mucho tiempo- ¿Qué hora es…?–Volvió a empezar. Sí, era una pérdida de tiempo preguntar eso también, y sí, solo había empeorado sus nervios. Tercer “inicio”, entonces. Volvió a mirarlo, ahora sí.–Este es el último día que me- que nos quedamos aquí.

Eso, dicho así, podría interpretarse de más de una forma, pero lo notó solo al terminar la frase y recordar el par de, ejem, “bromas” que había hecho sobre sus ganas de huir de allí. Claro que el hecho de que lo dijera con el tono de alguien sentenciado a muerte (que se sentía así, en definitiva) podía llegar a implicar un significado más… Oscuro, que ese. No sentía que ninguna de las dos cosas se acercara a lo que quería decir, de todas formas. No sabía, tampoco, qué quería decir. En el sentido de que, ¿Qué podía decir sobre todo aquello? ¿”Es una historia graciosa, en realidad, ¿Conoces a cierto demonio con acento árabe y demasiada autoridad sobre este sitio? Bueno, nos vamos a vivir con él”? No, ni siquiera por lo directo y absurdo que sonaba eso, sino porque (y ahora recordando que, sí, Simon definitivamente lo conocía), si quería asegurarse de arruinar completamente el estado mental del otro, esa sería la forma más rápida. Y no era algo que estuviera en sus planes, más bien, todo lo contrario.

...Puedo explicarlo mejor, en serio, solo…

No, quería buscar la forma de evitarle el mayor sufrimiento posible. Tenía demasiada culpa encima ya como para ser responsable de eso también. Por eso mismo era que, quizás, le costaba tanto hablarle incluso– sobre todo cuando tenía que hablar de algo que, lo dijera como lo dijera, no podría tener resultados positivos en absoluto.

Lo siento, Simon,–fue lo último que dijo, antes de decidir callarse de nuevo. No tuvo la intención de empezar a caminar de vuelta, tampoco. Solamente se quedó en silencio, mirando al suelo, esperando que el otro hiciera algo… E intentando no temblar ni expresar emoción alguna, claro. Aunque dudaba que eso fuera a servir de algo, estando frente a quien estaba.

¿Qué estaba haciendo? Ah, si lo supiera. Quizás solo se había decidido a esperar a que alguno de los cuidadores llegara con el “los han comprado”, excesivamente formal, que había oído desde su habitación alguna vez. Quizás, lo que esperaba es que de alguna forma, Simon se diera cuenta exactamente a qué se refería, y decidiera golpearlo como si estuvieran en alguna telenovela de bajo presupuesto (aún si indudablemente se lo merecía).

Claro que esperar algo así no serviría de nada, no. Significaría que quien sea que estuviera a cargo de su existencia y su destino le habría tenido piedad, que habría tenido suerte. Y su suerte era lo menos, menos confiable que tenía. Estaba hablando como si se le agotara el tiempo, y no le iba a tomar demasiado tiempo darse cuenta de que era así.

De nuevo, estaba mirando al suelo, así que no le tomó mucho tiempo notar que algo extraño ocurría. Apenas vio, y sintió, la mano rodear su tobillo, su primer instinto fue intentar patear– lo cual resultó casi tan bien como uno supondría. Porque eso de sacrificar algo de su equilibrio, justo antes de que algo con claramente mucha más fuerza que él tirara de su pierna… No, no suena como buena idea lo veas como lo veas. Si no llegó a caerse fue porque, por suerte o desgracia, más de esas cosas llegaron a agarrarlo a tiempo. Lo que, también, era tan desesperante como uno supondría, sobre todo para alguien que ya de por sí le causaba rechazo el contacto físico, y que había tenido más que suficientes eventos traumáticos por una vida y media. Que, además, lo estuvieran arrastrando, solo lo empeoraba aún más.

Y aún así, eso dejó de ser su prioridad bastante pronto. Apenas reconoció que estaba quieto (en el sentido de haber llegado a un lugar en concreto), lo primero que buscó fue intentar soltarse, y buscar con la mirada al otro.

¡¿Simon?!

Fue apenas las palabras abandonaron su boca, en un grito desesperado que ni siquiera esperaba una respuesta, que terminó de darse cuenta de dónde estaban. Y adivinar con quién no fue un desafío. Lo que si hizo, de inmediato, fue el cesar cualquier resistencia que estuviera mostrando, casi sin darse cuenta de ello.

Quería decir algo; aunque fuera solo poder darle otra disculpa a Simon, o hacer algún comentario sobre si eso estaba permitido siquiera. Pero no, el solo saber que estaba en presencia de… De él, y que esto era exactamente a lo que se había referido que iba a suceder, era suficiente para mantenerlo callado.
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Mensaje por Simon Wilfried el Vie Mayo 15, 2020 7:18 pm

No es que hubiera podido pegar ojo en casi toda la noche. Había sido imposible. Pasó todas esas horas acostado, con las sabanas cubriéndole hasta el cuerno y abrazando la almohada como si fuera a asfixiarla. Deseando no haber escuchado esos gritos, o haber sentido la inconfundible angustia que Honey estaba experimentando, le daba ansiedad pensar que estaba sucediendo al otro lado de la puerta, y si es que volvería a ver a su amigo en la mañana. Amigo, si, era algo parecido a eso; Simon no es muy exigente con su definición de amistad,  el sentirse cómodo junto a alguien le satisfacía lo suficiente, y puesto que el unicornio no era muy comunicativo, y que la situación en la que se encontraban tampoco era la más apta para socializar con naturalidad, apenas sabía unas cuantas cosas del muchacho de cabellos blanquecinos, y gran parte de su imagen del joven estaba basada en conjeturas que realizaba mientras se encontraban juntos, cómo que daba todas las señales de ser extranjero, y de que parecía provenir de una buena familia, al igual que él, y si eso era correcto, le hacía preguntarse cómo acabó en ese infierno, porque en discordancia con su situación personal no creía que Honey también se hubiera ido de farra y descuidado en el proceso, pero saber eso por el momento era irrelevante, lo que importaba era que pasaría a partir de ahora con ellos. Tenía la esperanza de que su…amo, o quien fuera el enfermo o enferma que quisiera comprarlo, fuera medianamente razonable, y con un tiempo de trabajo en la cafetería (Si es que no lo habían despedido por todos los días que estuvo ausente) dinero de la beca, algunos ahorros, y si su hermana u otra persona del exterior que no fuera a juzgarlo demasiado pudiera ayudarle, podría pagarse su propia libertad, y tal vez Honey podría hacer lo mismo, o él una vez libre podría ayudarlo. Así lucía muy sencillo ¿No? Fantasear esa posible salvación le reconfortaba un poco luego oír a su profesor bramando injurias por el otro lado de la pared como nunca se lo hubiera imaginado.
El tener que esperar hasta que fuera de mañana para desayunar se hizo un martirio, sin embargo, cuando finalmente comenzó a detectar movimiento en los pasillos y ver entrar un poco más de luz por debajo de la puerta, la indicación de que ya podía salir, no lo hizo de inmediato. Estuvo un rato sentado en el borde de la cama, abrazando la almohada todavía ¿Qué debería decirle? Por lo poco que sabía de la personalidad del susodicho suponía que, lo que sea que hubiera pasado, se lo reservaría, y no es que quisiera sacarle su testimonio con calzador, pero, si a él mismo le pasara algo así, pensó que querría al menos un abrazo.
Bueno, la cuestión es que se quedó procrastinando un rato, puede que contando las manchas de humedad del techo, hasta que se armó de coraje y finalmente fue a tocar la puerta de al lado.

Y no respondió a ese “buenos días”, es decir, para nada lo eran, además estaba demasiado inmerso en sus pensamientos, todavía preguntándose cómo abordar el tema, porque se dio cuenta de que ni siquiera le había dirigido la mirada durante ese momento y durante todo el camino hasta el comedor. Considerando que entrando allí tendría que ver a Apofis, se replanteó decirle que podían ir al espacio verde que había en Zomalpets, él nunca había ido, pero suponía debía ser más tranquilo y no se lo iban a cruzar ahí, podía aguantarse el hambre hasta el almuerzo y empezar a ir solo, después de todo Honey ya le había ayudado lo suficiente. Claro, todo eso hasta que Honey le hizo detenerse a mitad de camino. Lo escuchaba atentamente, y quería mantener la calma porque asumía que hablaría de lo sucedido en la noche, entonces, siguió en silencio, dejándole expresarse todo lo que necesitara, mal que cuanto más hablaba más comenzaba a alertarse, porque no entendía (O no quería entender) a lo que se refería, pero decidió no interrumpirlo, espero a ese silencio sepulcral, ese silencio que empezaba con una disculpa, por alguna razón que ahora estaba obligado a desenmascarar.

—Me…Me estas asustando… ¿Qué te hicieron? ¿Estás herido? — Flexionó un poco las piernas, queriendo estar más a su estatura, poniendo su mano en el hombro contrario. — ¿Quieres que vayamos a otro lado? — Hablaba con esa reducida ausencia de expresión que tenía mayormente, pero su lenguaje corporal podía hacerlo ver más cálido y predispuesto, a la vez que preocupado.  
Aunque ese pequeño vínculo de confianza que estaba forjando se vio interrumpido desgraciadamente, al ver a esa garra azabache tomarle de una de sus muñecas, precisamente de la mano que estaba posicionada en el hombro de quién había estado tratando de consolar. Le hizo congelarse esa fracción de segundo, hasta que comenzó a tironearlo con fuerza, alejándolo del otro, a lo que gritó pavoroso por ayuda mientras forcejeaba todo lo que podía, cosa que era irracional pedir en ese sitio, ignórenlo, simplemente fue por el susto del momento, también por ser la primera vez que veía algo como eso en su vida,  ni se diga cuando comenzaron a aparecer más, se sentía inmerso en una película de terror, siendo que era todo lo opuesto a un fan de ese género fílmico, aunque si no fuera porque tenía más de esas cosas agarrándole, también se hubiera caído por el tirón, que a pesar de que se había obligado a aprender a andar en esos tacones tampoco era como si pudiera pelear subido en ellos. Así que no es como si tuviera más opción que ser arrastrado por ese torbellino negro, cerrando los ojos con fuerza y aguantándose la sensación desagradable de tener tantas manos encima. Solo los abrió cuando oyó que estaban diciendo su nombre, lo que también le hizo salir de su burbuja de desesperación y darse cuenta de que se habían detenido, y dirigió la vista hacia donde había oído la voz.

— ¡Honey! — Exclamó con un evidente miedo, sacudiéndose cómo si pretendiera acercarse, hasta que notó la cara de pasmo con la que este se había quedado mirando al frente. Decidió comprobar el porqué, y puede jurar que casi le da un infarto.
— P-profesor…—  Balbuceó, notablemente sobresaltado, todavía esforzándose por que las manos lo liberaran. Se quedó sin palabras, pero con la mirada le imploraba que los soltara. Tenía tantas preguntas ¿Por qué hacía esto? ¿Por qué a él? ¿Es una clase de tradición inglesa demolerle la vida a los estudiantes que no alcanzaban el promedio para aprobar? ¿O ahí paraban los extranjeros que rompían las leyes en Reino Unido?
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Mensaje por Apofis Misr el Dom Mayo 17, 2020 10:48 am


Esperó. Solo tenía que esperar antes de que su voluntad se cumpliera. No importaba tanto el cuándo si se sabía que sí o sí, este iba a tener lugar, pues al igual que una imparable marea, nada en esa isla podía detenerle una vez sus emociones eran despertadas. Y esos dos pequeños habían despertado en él mucho más que odio o ira. Para su desgracia, eran del agrado físico de Apofis, que ahora fantaseaba cada noche con nuevas formas de poder torturar a ese joven, indefenso y simplemente inofensivo dúo. Más de uno le gritaría a Apofis, denunciaría su depravación mientras le apunta con el dedo índice y le exige saber por qué cometía tales delitos contra toda ley escrita por el hombre o atentaba contra todo aquello que en la naturaleza se consideraría bello y bueno. El amor, al pasar por sus manos, mutaba en obsesión, el deseo en lujuria, la fraternidad en competitividad y la admiración en envidia y arrogancia. Todo lo que aquellos alargados y mal cuidados dedos tocaban terminaba por caer en la senda de la depravación, y el mero hecho de pensar que ni Simon ni Honey lo habían hecho todavía, le producía tanta ira como impotencia. Tenía que acelerar los eventos, sin duda, pero llegarían igualmente. ¿Por qué ser impaciente y no afrontarlo con elegancia?

Mil veces era preferible a su parecer permanecer estoico y observando su hermoso cuadro (aunque cada cual opinará sobre si la imagen de Cronos destruyendo a su hijo mediante crueles mordiscos, fruto de la degeneración en la que derivó Goya durante los últimos años de su vida, es bello), intentando extraer un análisis estético del mensaje oculto en aquella obra, aunque pareciera demasiado claro. Podía notar la depravación, esa especie de crítica al paternalismo mezclada con el estilo característico del autor en sus últimos años, oscuro, lúgubre, en especial cuando dibujaba aquello que de verdad quería usar para estremecer al autor. Como con sus bocetos sobre los acusados de la inquisición, una obra tan tétrica como incómoda de ver y que por supuesto, él deseaba comprar algún día y tener por ahí también.

Pero ya hablarían de atrezzo más adelante. Ahora, no era momento de preparar ningún escenario más que el que ya tenía. Sentado sobre el escritorio, a espaldas de la puerta, miraba aquel cuadro con interés, mientras escuchaba como el sonido iba acercándose más y más, cómo aquella mezcla entre gritos y golpes que las manos acababan por dar en algún momento contra las paredes cercanas. Un sonido simplemente… Maravilloso, digno de ambientar la escena que iba a acontecer. Tan bárbaro como era una clara muestra de la impotencia que sentiría alguien que es atrapado de esa forma, agarrado por un centenar o más de manos sin compasión alguna y que además de estar en ventaja numérica, eran absurdamente fuertes. Si no fuera porque amaba los trajecitos con los que forzaba a vestir a Simon, les hubiera arrastrado con todavía más violencia.

Solo tuvo que esperar escasos minutos antes de que las manos arrastraran a esos dos hacia el interior de su amplio y lujoso despacho. Quizá podría recibirles con una copa de vino en su mano, pero por desgracia, tendría que ir a comprar más porque se había agotado. Sin embargo, todavía no les dirigió la palabra ni la mirada. Él seguía mirando su cuadro, de espaldas a ellos, escuchando los gritos y quejidos que habían salido de esas dos gargantas indefensas. Suspiró por unos segundos, saboreando el terror que percibía en la sala. Sus ojos se cerraron a su par, intentando apreciar con mayor detalle lo que le rodeaba.

Apofis era un amante de lo sutil y lo delicado, tanto como lo era de la brutalidad y el exceso aberrante. Tan atractivo podía ser lamer la sangre que brotaba de una garganta degollada como ese momento de intranquila calma que precedería a una incesante tormenta. Tenía que actuar con precaución para poder controlar todo el escenario y las actuaciones de cada miembro de la función, pues si se excedía, tanto él saldría de su papel programado como esos dos, que posiblemente acabarían aterrados no de la forma que deseaba, sino pataleando y corriendo de lado a lado, lo que era, como poco, molesto si luego quería continuar con ellos sin tener la necesidad de cortarles la cabeza.

Las pocas palabras que le dedicaron fueron suficientes como para satisfacerle. Ese tibio tratamiento de respeto que recibió por parte de Simon, como si se negara a aceptar que él estaba ahí por su culpa y por voluntad, porque simplemente le había parecido suficientemente bello como para sacarlo de su vida e incorporarle a sus almacenes como un trozo de mercancía más, como hizo con Honey, que al menos, por muy callado que fuera y por muy poco que le hubiera llegado a escuchar hablar desde que le conocía (aunque quizá era lógico por qué prefería ese doll no dirigirle la palabra). ¿No era ese el comportamiento adecuado? Tratarle de usted no le iba a dar más posibilidades de salir de ahí al unicornio, porque su destino ya estaba escrito. Había puesto mucho esfuerzo en preparar un guion para ambos y no iba a permitir que nada le quitara su oportunidad de disfrutar de un buen espectáculo.

-...Espero que se lo hayas podido contar sin mearte encima, Honey
-fue lo primero que dijo, a medida que iba girando poco a poco la cabeza, para luego hacer lo mismo con todo su cuerpo y volver a sentarse en su silla, chasqueando los dedos para hacer aparecer en la otra parte del escritorio dos sillas que por supuesto, estaba esperando que los otros utilizaran a no ser que quisieran ser forzados a ello por una nueva tormenta de manos azabache que definitivamente no iban a ser de su gusto. Manos que por cierto, no habían desaparecido, sino que se mantenían levitando sobre el techo, haciendo que este estuviera completamente bañado en ellas. Se podía notar el movimiento de los dedos, los tics que pudiera tener de forma inconsciente una mano y hasta moverse ligeramente, como si buscaran acomodarse entre sí y compartir el reducido espacio que poseían teniendo en cuenta su exagerado número- ¿Qué tal os han tratado los cuidadores de este lugar en vuestra estancia? Espero que no se os haga extraño abandonar este lugar tras… ¿Cuánto lleváis aquí? No lo sé. El suficiente para que en la universidad te hayan echado de menos, Simon, si te sirve de consuelo. -su tono, como siempre, sonaba paternal y cálido, casi protector, como si no hubiera sido el mismo hombre que minutos atrás había ordenado a una cohorte de manos alzarse contra ellos- Bueno, pequeño unicornio. Ya que sé que mi… Querido… Futuro becario, vamos a llamarlo, es un poco tímido, te voy a decir lo que está pasando. ¡Os han adquirido! -alzó las manos ligeramente, como aquel que da una buena noticia- …Y he tenido yo ese privilegio. Así pues, tal y como estipula la ley de este lugar... -abrió el cajón de su escritorio, sacando de él aquel simple documento que solían rellenar los vendedores para dejar constancia de una venta. Su firma, y bien visibles el número de identificación de ambos muchachos- Ahora sois oficialmente de mi propiedad. Y si bien mi idea es ser lo más amable que pueda… Primero hay que dejar claras algunas cosas. ¿Queréis una bebida mientras hablamos, o somos directos y os destrozo el alma de una vez?
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Mensaje por Honey Kawahara el Dom Mayo 17, 2020 7:03 pm

Le hubiera gustado poder decir que lo primero que hizo, apenas esas cosas lo soltaron, fue correr al lado de Simon, o frente a él, con tal de protegerlo (aún si era casi una cabeza más pequeño, intimidaba tanto como un peluche recién comprado, y lo que menos tenía era alguna capacidad de defenderlo), pero no fue así. Se había quedado casi del todo quieto en su lugar, quizás dedicando alguna mirada alrededor con tal de ubicarse mejor en dónde estaban (aún si eso, a lo mucho, “ayudaría” solo a que la escena le quedara aún más grabada en su memoria luego). Mayormente, mantenía la vista fija en Apofis, esperando a que dijera algo. A que hiciera algo.

El haberlo estado esperando no cambió mucho su reacción. No solo porque oírlo hablar, más aún desde su último encuentro, lo hacía helarse de miedo. También porque, de una forma u otra, le había terminado recordando eso mismo que tenía que hacer, y que había sido demasiado cobarde como para hacerlo. Quiso murmurar unas disculpas, de nuevo, mirando a Simon de reojo por un momento, pero el solo verlo (así de asustado como podía notar que estaba) fue suficiente para evitar que pudiera hacer incluso eso.

No tardó en entender qué quería que hicieran, apenas vio las sillas. Por mucho que le molestara la idea de seguir órdenes, o de hacer caso a los demás, o de mostrarse complaciente de cualquier forma, y por mucho que todo eso fuera aún peor cuando ni siquiera le habían dicho que hacer, tenia suficiente miedo y culpa (y consciencia de lo muy visible que era todo lo que ocurría allí para quien sea que estuviera en el comedor aún) encima como para ignorar todo aquello. El único paso fuera de lugar que le pareció dar fue el mirar a Simon, asintiendo con la cabeza, en alguna clase de gesto para que lo siguiera, antes de ir a sentarse. Llevó las manos sobre el regazo, enlazando los dedos, en lo que escuchaba (con más atención de la que aparentaba, con la vista ligeramente más baja que antes, casi como si estuviera mirando al escritorio más que cualquier otra cosa. O persona.) lo que decía el otro. Aceptando las palabras en silencio, intentando no seguir repitiéndose que eso era su culpa. Y, sobre todo, intentando ignorar el comentario sobre la universidad, ignorar la presencia de Simon, ignorar pensar en el futuro que podría haber tenido, y especialmente, cualquier reacción que pudiera tener al respecto de las… noticias. En el mejor de los casos, tan solo se enojaría con él (de forma totalmente justificada, claro) por no haber hablado antes, pero eso no podía ser el mejor de los casos.

Ver al demonio completar aquel documento, el que volvía algo como lo que estaba pasando ahora algo “legal” (si es que siquiera lo era. Le hubiera gustado informarse más al respecto, cuando tuvo la oportunidad, aún si no creía que eso fuera a cambiar demasiado la situación)… Era como si le estuviera volviendo a confirmar lo real que era todo eso, y lo mucho que no, no era ninguna broma, ni ninguna pesadilla.

Era consciente de eso hace rato, claro. Antes, al menos, podía tratarlo como una idea abstracta a futuro simplemente, como un “peor final”. Ahora, era una realidad– su realidad, y resultó que no estaba en absoluto preparado para ello, si es que eso de estar temblando y agarrándose sus propias manos con fuerza no decía lo suficiente. Y si fuera solo su realidad, entonces, al menos, podría llegar a pelear porque no fuera así; pero no era únicamente suya, y era eso mismo lo que hacía que se sintiera tan inevitable. ¿Pelear? ¿Para qué? ¿Para volverla aún peor para Simon? Había sido demasiado egoísta ya para serlo ahora también.

Asintió, sin agregar nada más, a la última pregunta. No creía que fuera su momento de tomar ninguna decisión, aún si su odio ante las palabras dulces (que viniendo de Apofis, dulces, lo que se dice dulces, no eran) lo hubiera hecho elegir la segunda opción una y mil veces más. No creía que fuera a importar de todas formas (¿desde cuándo a él le habían importado sus decisiones? Sí, exacto). Ni tampoco creía nada en eso de ser amable, y aún si lo hiciera, no creía que tuvieran la misma definición de “ser amable”. Lo de aclarar, en cambio… Podría creérselo, sí, pero, ¿aclarar qué? No estaba seguro de querer saberlo. Tenía suficiente en qué pensar ya para querer que le aclaren aún más las cosas.

Por ejemplo, la palabra “propiedad”, que se repetía en sus oídos y hacía que su mundo diera vueltas. Quizás más de lo que debería, para alguien con su historia, considerando que, legalmente, ya lo había sido antes. No de la misma forma, claro, y no solo por las diferencias más evidentes. Antes, eso había tenido un significado puramente legal, que solo se había visto resaltado en su estadía en Sunflower: llamarlo así era una forma de justificar su existencia, sin nada más. Ahora mismo, viniendo de quien venía, el verdadero significado de esa palabra era el que más aparente se hacía. Comenzaba a hacerlo entender el concepto de “vértigo”.

Volvió la mirada a Simon, casi pidiéndole… Piedad. No que lo perdonara –no se creía capaz de pedir algo así–, pero si, al menos, algo de compasión. Lo dejaría enojarse con él todo lo que quisiera, pero al menos, que esperara un poco. Era lo único que podía pedirle.
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Mensaje por Simon Wilfried el Mar Mayo 19, 2020 12:32 am

Cuando el hombre se dio la vuelta, pudo sentir perfectamente como una dosis de adrenalina se apoderó de todo su cuerpo; nunca se había montado en una montaña rusa antes pero estaba seguro de que así debía sentirse cuando, después de una tortuosa y lenta subida cuesta arriba, el carrito termina parado en la punta más alta del trayecto, y justo ahí, comienza a bajar en picada. El escucharlo  hablar hacía que no pudiera prestar atención a nada más que a cada maldita palabra que salía de la boca del…Aquí inserta el insulto que gustes, Simon todavía no se siente a gusto pensando en el como “el bastardo” de forma directa. Apenas prestó atención a la aparición de las sillas o de que finalmente estaba librado de esas horribles cosas, ¿Contarle…qué? Quería fingir inocencia consigo mismo, quería creer que no era lo que se le estaba pasando por la mente ahora mismo. Dirigió disimuladamente la mirada hacia a Honey, y claro, que cómo respuesta solo obtuvo esa invitación a acercarse más a la persona que, si por milagro saliera exento de su desafortunado destino, gustaría ponerle una orden de restricción como su primera acción de hombre libre. Tardaría unos momentos en decidirse a seguir a su igual hacia el escritorio y acomodarse en dicho asiento.
“Demasiado cerca…demasiado cerca…demasiado cerca” repetía su mente en bucle (Aun consciente que ni era lo más cerca que había estado de él) sentado de piernas cruzadas y abrazándose a sí mismo, a falta de que su ropa tuviera bolsillos medianamente funcionales en los que sus manos o algo más grande que una moneda pudieran entrar cómodamente y darle seguridad a la vez que disimulaba mejor que estaba a la defensiva, sin embargo ya no era algo que pudiera encubrir sin importar cuanto se lo propusiera, cuando Apofis hizo mención a la universidad pudo detectar todo cinismo impregnado detrás de su tono amable en toda esa frase… ¿Siempre había sido así? En fin, que era muy evidente cómo el demonio se estaba mofando de él, así que no tomó ese comentario a consideración para empezar a preguntarse que estaba pasando en el exterior, claro, considerando también que ya se había dedicado a eso durante todo el encierro; si habían denunciado su desaparición, si la policía lo estaba buscando, si su familia se había enterado, etcétera. Cabe aclarar que, Simon, por razones personales que no nos acontecen por ahora, no le tiene mucha simpatía o fe a la policía, y que suponiendo que en Reino Unido no sea muy diferente a la de Irlanda, podía darse por muerto. Un poco desalentador. Un poco, no era nada comparado a que se lo confirmaran, y digamos que incluso para ello, se había preparado mentalmente todo lo que fuera posible, no obstante, no había podido prevenir la revelación que estaba por acontecer.

Ya, dijimos que haría si lograba terminar con un amo medianamente razonable. En un caso contrario a eso, no tenía un plan por el momento, dependía de circunstancias más específicas para pensar en algo, eso resultaba más aterrador sin duda…pero era una posibilidad que tenía que afrontar.
Hoy la realidad le estaba dando una puñalada. No le bastaba saber que su profesor era un traficante de esclavos, no le alcanzaba saber que anoche dañó a su única compañía en ese sitio. Puede que Simon no aguante mucho observando ese papel con la firma de Apofis en él.  Será muy respetuoso, dócil, y todas las cualidades relacionadas con esas que se le puedan atribuir, pero tampoco es de piedra (ignoremos que tiene la expresión de una mientras está ahí sentando) Temblaba, no cómo lo haría un pollito mojado, más bien, si se pudiera diferenciar entre una y otra, debería compararse a cómo se estremece la tapa de una olla con agua hirviendo en el punto máximo de ebullición. Había tenido su compostura a prueba desde que llegó a Zomalpets, solo la perdió por unos momentos en una oportunidad, y admitía que fue un episodio leve a lo que solía suceder cuando se exaltaba, por lo que estaba haciendo un esfuerzo grande porque no se le escapara algo, un grito, una patada, o mucho de ambos. Mordía con fuerza su lengua, tensaba sus extremidades, y mantenía claras las consecuencias que le podrían acarrear ser un impulsivo (independientemente de que fuera un problema médico o algo parecido) con ese tipo que tenía en frente…que no solo le arrebató su vida, también sería propietario de ella. No era algo que pudiera tragar, mas lo estaba intentando, con toda la voluntad que le quedaba para no empeorar su situación o la de quién tenía a su lado, que ahora que se daba cuenta, se estaba controlando bastante, a pesar de que podía sentir que estaban iguales, o que se encontraba peor. Ya que lo mencionaba, se percató de que lo estaba viendo, y se giró levemente para hacer lo mismo, lo que para aquel doll no debió ser muy agradable, porque el semblante mortífero que traía podía dar la sensación de que descargaría –de nuevo- su ira en él, opuesto a lo que aparentaba, tenía más que claro quién era el único en esa habitación que se merecía aquel trato.
Cuando devolvió la atención al frente, no lo hizo con la pretensión de responder (¿Debería? ¿Debería decirle “Si, quiero un vaso de agua por favor”? En realidad si le gustaría uno, ya que comenzaba a saborear ese desagradable sabor metálico de la sangre en su paladar) Si abriera la boca pensó que ya no la cerraría a menos que le dieran una golpiza, solo esperó que siguiera hablando, asumió que lo haría independientemente de eso.
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Mensaje por Apofis Misr el Mar Mayo 19, 2020 12:55 pm

Y sin duda alguna, no había mejor respuesta que aquella que le habían otorgado al cerrar sus labios y sellarlos. En especial, era Simon el que se llevaba la palma del ridículo, tan tembloroso y débil como estaba mostrando ser. Era el más joven, el que menos había sufrido su trato (pues a Honey le había ido a hacer más de una visita) y que menos le conocía. Todavía tendría él esa máscara que solía utilizar en clase, y podía intentar emplearla con tal de confundirle todavía más. Él era tanto un padre como profesor como una mano dura, pero justa. Y ahora, no había justicia, o eso pensaría alguien que viera la escena desde fuera. Sin embargo, si hacía uso de la dialéctica de forma correcta, quizá podría hasta llegar a aterrar a ese unicornio suficiente (que por cierto, llevaba unos pantaloncitos de licra negros que eran una monada) como para que pensara que se lo tenía merecido. Honey, en cambio, parecía mantenerse más avergonzado o humillado que temerle a él directamente. También era comprensible, y se imaginaba por qué. Ser incapaz de proteger a alguien que posiblemente, por cómo había visto que iban a comer juntos y se relacionaban, era un buen amigo suyo, debía estar haciéndole arder por dentro. Lo cual, por cierto, mejoraba la situación, porque sabía que con dañar a uno, podría conseguir que el otro deseara sacrificarse, y viceversa. Así que si un día le apetecía jugar con Honey, por ejemplo, solo tendría que tocar al otro para que se lanzara ese mismo y pidiera el cambio por pura protección a su amigo. Qué romántico. Oye, ahora que lo miraba, hacían buena pareja, y eso sería algo que el demonio tendría en cuenta para sus juegos y sus castigos de forma excesiva.

Primero, ya que lo estaba viendo necesario, chasqueó los dedos, haciendo que un no-muerto entrara en la habitación, con una botella de agua y dos copas de limpio cristal en sus manos. Esa misma criatura colocó las dos copas frente a cada niño, antes de llenarlas como correspondía y dejar la botella a un lado del escritorio, lo suficientemente cerca para que Apofis pudiera tomarla y servirles más si lo deseaban. No era ninguna cortesía, era una orden subliminal. Que bebieran y se calmaran… O tendría que castigarles en sobremanera. Quería que bebieran, quería que se relajaran y más importante, quería que disfrutaran de la escena tanto como lo estaba haciendo él. Por supuesto, se negarían a ello. Y es por eso que tendría que trabajar mucho con ellos para acabar de convertirlos en sus juguetes. Les veía interactuar, querer buscar respuestas entre sí. Veía cómo el silencio que le brindaban a él contrastaba con toda esa gesticulación que de forma inconsciente estaba teniendo lugar, como una especie de teatro en lo que lo importante no era la palabra, sino el mensaje detrás de cada movimiento que estos tenían, hasta en sus temblores podía haber un significado que él no entendía, hasta en cómo Honey agachaba la cabeza podía encontrar más de una capa de significado… Exquisita. Todo en ellos era exquisito, como si estuvieran preparados, como si hubieran nacido exclusivamente para mostrar una vulnerabilidad incómoda y parecer frágiles (o quizá, Apofis, es que tú estás creado para ser excesivamente fuerte, todo puede estar relacionado, pero el narrador se abstendrá de opinar y dejará a los lectores con el pensamiento de este depravado monstruo un rato más, porque mucha acción no está teniendo lugar todavía).

Entrelazó sus manos, sonriente, con una mirada tan simplemente fría que era hasta incómoda, pero sin embargo, combinada con aquella sonrisa cálida y cariñosa, parecía mostrar un rostro que era humano, vivo, como el director de una escuela tendría al escuchar las quejas de sus alumnos sin querer impacientarse a sí mismo. Pero quería demostrarles… Su poca piedad. ¿Y cómo podría hacer eso, cómo podría demostrarles su inhumana metodología? Pues con un poco de realidad, por supuesto. Primero, se levantó poco a poco, dirigiéndose a Simon y moviendo con brusquedad su silla, con tal de que quedara de frente a él, antes de agarrarlo por el cuello y levantarlo poco a poco, moviéndose hacia su asiento de nuevo con él agarrado, como si no fuera más que una bolsa de té.

Y luego, se sentó de nuevo en su asiento, colocándolo sobre sus piernas y atrapándolo por el vientre con tal de que no se levante demasiado rápido, ni intentara escapar de ahí. La otra mano, por supuesto, se colocó sobre la ingle ajena, simplemente para marcarlo todavía más, para recordarle cuál iba a ser su posición en su nueva vida. Él en especial iba a ser el más perjudicado de los dos, y eso también debía tenerlo claro (se siente, Simon, se siente, pero de ambos eres sin duda alguna el más vulnerable a ello vistiendo como se te ha forzado a vestir), también como castigo al saber que Honey sentiría mayor dolor si la acción trascurría así que estando él ahí. Un momento de violencia que a continuación siguió con silencio un rato más, intentando recuperar la calma de nuevo para poder seguir con su monólogo (ya que estaba claro que ni uno ni el otro iban a querer responderle, pues eran demasiado cobardes en su comparación, y que además no parecieran capaces de combatir de ninguna forma).

-Honey, ¿no te parece este pequeñín una belleza impresionante? Mírale. Tiene unos ojos tan dulces, unos labios tan suaves, y un cuerpo tan delgado y frágil… Es como una síntesis entre una buena hembra y un hombre atractivo. Afeminado en algunas cosas -quizá algunas cosas también era culpa suya teniendo en cuenta de nuevo la ropa que le forzaba a llevar- Pero es un hombre, y eso está claro, por mucho que a veces parezca quere confundirme. ¡Me encanta! Es maravilloso. Y es por ello, pequeño becario… Que quiero que te levantes y le metas un puñetazo en toda su pequeña y suave nariz, hasta que sangre… O lo haré yo.

Sonrió, dejando al silencio volver a inundar el lugar. Era una orden, e iba a exigir que se cumpliera si no se quería que todo aquello degenerara más y más, o que él mismo cumpliera con la amenaza. Y un puñetazo de Apofis no iba a ser lo mismo que uno que pudiera darle Honey. Era un monstruo, solo quería ver el mayor caos posible. Y así iba a ser si no querían que ese caos que quería causar se convirtiera repentinamente en una escabechina.
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Mensaje por Honey Kawahara el Miér Mayo 20, 2020 11:58 pm

Si se hubieran quedado así, en silencio, por mucho tiempo más, estaba seguro de que lo poco que le quedaba de estabilidad emocional habría terminado de romperse. No es que en el día a día le molestara demasiado el silencio, por el contrario, pero ahora, el que nadie estuviera hablando solo parecía hacer que absolutamente todo hiciera más ruido de lo normal, y que todo pareciera querer llevarse su atención. Eso no solo significaba que se había chocado con la mirada de Simon, que tomó como una confirmación de que, en efecto, estaba como mínimo molesto con la situación (o con él, para Honey era lo mismo), sino que todo, incluso el que le hayan ofrecido agua –que no iba a aceptar, claro–, le daba otro motivo para mantenerse alerta. Estaba seguro de que si alguien hubiera pisado muy fuerte afuera, o se le hubiera caído algo especialmente ruidoso, hubiera dado un salto.

Y, en realidad, por poco no lo hizo apenas vio a Apofis levantarse de su asiento y acercarse a donde estaban. En un principio, porque creyó que su fracaso en contarle a Simon sobre lo que pasaría con ellos podría haber despertado la ira del otro (un miedo más que razonable). No se le había ocurrido que no lo estaba buscando a él, no, pero se dio cuenta de ello pronto.

Estuvo a punto de levantarse con tal de ponerse en medio en tanto vio al otro acercarse a Simon, pero se arrepintió justo antes. ¿Miedo a las consecuencias de hacerlo, o a que eso terminara peor para su amigo? Sabía cuál era la respuesta, pero prefería pensar que era la segunda opción de todas formas. En fin, ni siquiera llegó a despegarse del asiento antes de cambiar de planes. Tuvo que esforzarse más de lo que quisiera en quedarse quieto, solamente mirando lo que ocurría, apenas intentando disimular lo desesperante que le resultaba todo aquello. En especial, la impotencia y frustración de no poder hacer nada, o quizás, de no atreverse a hacer nada respecto a lo que ocurría. Sensaciones que solo aumentaron con cada segundo que pasaba, con ver el trato del demonio hacia Simon, y todo lo que implicaba este. Por si no fuera suficiente, escuchar a Apofis hablar así de él no ayudó en absoluto (lo que era de esperarse, considerando qué lenguaje estaba usando para referirse a alguien que él solo podía ver como un cordero aterrado).

¿Qué?–alcanzó a murmurar, un par de segundos después de que él hubiera terminado de hablar. La primera palabra que le dirigía, y estaba cargada de nada más que confusión.

La “orden” lo tomó por sorpresa, como mínimo. No, más bien, lo dejó totalmente en blanco por un momento. Le gustaría que hubiera sido por no entender, pero no, había entendido a la perfección lo que decía, y también entendía bien que pasaría si se negaba. Y eso último era lo que, a la confusión de recién, le sumaba miedo.
No es que estuviera asustado por sí mismo –aún si, de pensarlo un poco más, quizás debería–, pero haber sido testigo en primera persona de lo que podría llegar a pasarle a Simon si elegía no hacer nada… Lo hacía sentir como si todo el ambiente se hubiera enfriado. Eso, o estaba teniendo escalofríos, cualquier opción le parecía igual de correcta.

Lo último que quería era lastimarlo. Podríamos irnos por las ramas y describir por qué, exactamente, tenía ese impulso de protegerlo así (lo cual seguro terminaría entrando en temas bastante deprimentes), pero basta con decir que Simon era más joven que él, que desde la primera vez que lo vio le parecía alguien completamente indefenso e inofensivo, y que desde que se culpaba por lo que le pasaría a futuro (porque no, no lo había meditado más allá de eso, para él era culpable de ello y punto), se veía como responsable de minimizar lo máximo posible su sufrimiento. Lo de tener que decidir entre lastimarlo él mismo o dejar que alguien más lo haga, entonces, le estaba causando un debate moral considerable. Uno que, por si fuera poca la presión que sentía ya, tenía que concluir rápido. No porque se lo hubieran dicho, sino porque lo último que necesitaba era que su falta de respuesta hasta ahora fuera confundida con una respuesta negativa.

Miró a Simon por un momento, casi esperando que, con solo eso, pudiera llegar a decirle algo –que no se preocupara, que estuviera tranquilo… O que se quedara quieto, simplemente, eso se le hacía lo más importante. Y honesto, y no un consuelo barato y tan falso como su intento de mostrarse tranquilo.

Lo haré.

Dos palabras. Le parecía más que suficiente con eso. También era lo máximo que podía decir sin revelar la tormenta de emociones que sentía en ese mismo momento. Eso era el mal menor, ¿Cierto? Simon podía lidiar con sentirse traicionado, solo tendría que… Explicarle, luego. Lo entendería.

Entre una excusa y otra, se levantó de su asiento, aprovechando el haberse apoyado en el escritorio para volver la vista a sus manos. Tuvo que tomarse un momento para que sus piernas dejaran de temblar, antes de poder caminar hasta el otro lado del escritorio. Se detuvo a una distancia prudente de los otros dos –no demasiada, solo lo suficientemente cerca para que pudiera notarse que estaba haciendo caso. O que pensaba hacerlo, al menos.

¿Podrías… Soltarlo, por favor?–Se juró que el “por favor” era por cortesía y nada más, especialmente no miedo.–O sostenerlo correctamente.

¿Estaba haciendo tiempo con ese pedido? Quizás. O quizás era porque verlo así, de cerca, y sin el escritorio entre medio, lo hacía sentir aún más… Vértigo. Era eso mismo lo que le daba la confianza necesaria para mirar a Apofis a la cara, aún si era únicamente para no fijarse en la forma en que lo estaba sujetando.

Se quedó quieto un momento, esperando algo. No sabía qué, exactamente; quizás que hicieran caso a lo que acababa de pedir, quizás que Simon hiciera algo. O quizás, esperando, y rogando con toda su fuerza, que todo eso resultara ser alguna clase de prueba y nada más, y que le ordenaran volver a sentarse, aún si incluso él podía darse cuenta de que no sería así.
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Mensaje por Simon Wilfried el Vie Mayo 22, 2020 4:29 am

Parecía como si le hubiera leído la mente. Mantuvo la vista fija en la copa de agua, que ese ser tan desagradable (en el cual no quiso enfocar más de su atención, así que limitaremos a eso su descripción) dejo a su alcance. Pensaba tomar, eventualmente, cuando pudiera reunir el valor suficiente para mover la mano hacia ella, mas aparentemente eso no era una elección, no sabía por qué exactamente, pero le dio esa impresión cuando se percató de que su silla se movió súbitamente y que de un instante a otro tenía al hombre en frente, como dándole la impresión de que había hecho enojar al profesor, pero no podía detectar que expidiera energías que pudieran ser relacionadas a alguien que se encontraba enojado u ofendido, lo sentía ¿Feliz? en todo momento y, claro, el que le agarrara del pescuezo digamos que no solo sumó a la confusión: Su expresión y postura corporal no cambiaron tanto más que llevarse las manos al cuello por la sensación de ahogamiento, mientras tanto, en su mente era todo un mayor caos, más que por el pánico que de por sí se atribuye a la, aunque fuera breve, falta de oxígeno; en parte lo impresionó que le tomara con tanta ligereza, como si tuviera la carga de una pluma a pesar de que al estar tan rígido su peso debía incrementarse un poco, así mismo, aunque hubiera asimilado ya que Apofis era una persona de naturaleza violenta, no pudo reaccionar ante la conmoción de que lo sujetara sin un ápice de clemencia o delicadeza. Ambas cuestiones le hicieron pensar que le estaría privando el poder respirar por algo más de tiempo, (Y también, que extrañamente se sentía como si no fuera la primera vez que sufría de dicho trato, detalles) pero gracias al cielo el sujeto retiró las manos de su cuello, aunque personalmente tampoco le hacía sentirse mejor en donde las estaba poniendo ahora, no obstante no hizo nada para evitarlo, se quedó quieto, cubriéndose el cuello con las manos, puede que entrando en razón nuevamente, luego de aquel silencio, controlando los nervios lo mejor que podía (Siendo que ahora que estaba encima de él tenía mucha mayor motivación para no moverse) al igual que los recuerdos borrosos pero desagradables que querían entrar a colación, y se hubiera mantenido así de tranquilo, e incluso aguantar oír su voz de nuevo,  no obstante, lo que no iba a soportar es que siguiera escupiendo tales declaraciones tan humillantes, detallando su físico con tal morbo, sobre todo, con Honey presente en la habitación, cómo mínimo sentía repelús, cómo máximo, tenía el rostro tenuemente enrojecido, percibía su sangre hirviendo, el corazón latiendo rápido, porque no quería concebir la idea de ser tratado de esa forma el resto de sus días, y sus pensamientos se quedaron en eso, a pesar de que Apofis siguiera hablando y amenazando con dejarle la nariz como una fuente de sangre, lo hiciera el mismo demonio o Honey, le había parecido lo menos amenazante que le habían dicho hasta el momento, no sería la primera vez que lo golpeaban en la cara y tenía una idea de cómo se sentía, podía sobrevivir a eso, haciéndose la idea de que existirían cosas peores, y de que, por lo poco que estaba prestando atención, Honey había decidido hacerlo y este no parecía que fuera a tener una fuerza fuera de lo común, por no decir que esperaba que golpeara cómo lo que parecía ser.

Ahora que lo tomamos en cuenta, eso era algo en lo que ambos muchachos coincidían, solo que no lo sabía, y viceversa con sus otros dos contrarios, que probablemente no habrían previsto la inevitabilidad de que el unicornio dejara a relucir la fortaleza que encubría bajo su máscara de presa inofensiva.
Todas las presas obtienen de la naturaleza algún mecanismo de defensa que les permita alargar brevemente su vida, y todo corcel, por más bien domado que esté, no deja de ser un potencial peligro si tratas con él indebidamente. Debido a su morfología, comparar a Simon con un caballo no es del todo una locura, pero fuera de su imagen externa, había alguna que otra característica que podría ser asociada con ello, tal como cierta reacción característica que tienen ese tipo de animales,  que había estado tratando de reprimir, y se le escapó en un momento completamente repentino. No le habían vuelto a tocar en otro sitio comprometedor, o a hablar, había sido un pequeño instante de tranquilidad, en el cual se desencadenó su reacción tardía, que su cuerpo había querido dejar salir apenas Apofis le puso un dedo encima.
Así fue que, de dar la impresión de estar muerto de miedo, terminó, en un parpadeo, por convertirse en el polo opuesto.

—NO— Quién sabe a qué se pudo estar negando con ese grito resquebrajado y completamente fuera de contexto, respuesta a Honey obviamente no era, tal vez se estaba respondiendo a sí mismo algún replanteamiento que se hizo en su cabeza antes de perder los estribos por completo, sacudiéndose como si estuviera teniendo un ataque epiléptico y lanzando varias patadas al aire junto a eso ya que no podía escapar del agarre del hombre, y como no podemos poner a Apofis como hipotético sujeto de pruebas para ejemplificar su intensidad (Con muchas razones de sobra) digamos que si Honey hubiera estado unos pasos más cerca, hubiera volado hacia la pared, o si no tenía tanta suerte, hacia la ventana gigantesca, y la hubiera roto con su cuerpo si es que esta no estaba correctamente reforzada. Lastimosamente no podemos decir que el escritorio de su nuevo amo corrió la misma fortuna de solo servir para ejemplificar, porque de una patada acabó por voltearlo, y mandar a volar todos los objetos que dicho pudiera tener encima, seguramente se escucharía cómo se rompían contra el suelo justo al momento, y ni aún luego de esto parecía que fuera a tenerse, o que siquiera se diera cuenta de lo que había hecho, ya se encontraba cegado en ese ataque de salvajismo que le indicaba que su única prioridad era moler a quién fuera el causante de su molestia y salir corriendo.

Por lo menos en esta ocasión había podido controlarse más tiempo, eso diríamos si Simon quisiera verle un lado bueno a esto, antes de tener que responsabilizarse por las terribles consecuencias que le acarrearan sus arranques cólera a continuación.
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Mensaje por Apofis Misr el Sáb Mayo 23, 2020 6:53 am

¿Por qué, Apofis, por qué? ¿Por qué en tu infinita crueldad decidías que aquello era una buena idea, por qué querías poner a prueba a ambos muchachos así? Pues para seguir analizando sus límites, para poder ver hasta qué punto llegaban a torcer el brazo, pero también por el placer que le causaba ver sus perversiones hechas realidad, por lo placentero que le resultaba encontrarse con que ambos le obedecerían servilmente si no querían que todo fuera a peor. Porque si no era Honey, ya hemos dicho quién se encargaría de dar tal golpe. Y la fuerza que pudiera tener el doll no se comparaba a lo que podía hacer el demonio con un solo dedo. Podría romper al unicornio sin esfuerzo alguno, pues incluso ahora, solo con haber dejado sobre el cuerpo ajeno sus manos, sin mostrar la más mínima muestra de violencia (más bien, lo único que hacía era dejar las manos caer ahí con el peso que tenían) lo tenía totalmente controlado. Podría intentar oponerse, claro, pero para qué serviría. ¿Para hacerse daño? Ya nada les iba a evitar acabar con la correa al cuello y en el hogar que Apofis les brindara, posiblemente, una habitación compartida con una litera, un escritorio y una estantería repleta de libros que Honey y Simon tendrían que leer para sufrir un examen cada fin de semana, con tal de mantenerlos intelectualmente activos. Más a Honey, que no tenía constancia de que hubiera estado cursando nada antes de entrar en el mercado a pesar de que estaba precisamente en esa franja de edad en la que a ojos de Apofis era obligatorio.

Lo que más le sorprendió fue lo rápido que aceptó el albino aquella orden. Se había levantado y no parecía temblar tanto como en ocasiones anteriores, mucho más decidido, y hasta intentando parecer duro en comparación a Simon, que se mantuvo dócil hasta ese momento. La sonrisa que se dibujó en su faz denostaba toda aquella curiosa sensación que le despertaba ver que sus órdenes eran acatadas. Incluso intentó desviar su mano hacia el cuello ajeno para sostenerle la cabeza de tal forma que no pudiera moverla y así volverlo incapaz de esquivar el golpe del contrario, aunque la consecuencia de hacerlo si es que se atrevía fuera peor. Sin embargo, aquellos movimientos tan incómodos acabaron con algo que sentenció toda calma que hubiera podido tener ese lugar. El escritorio cedió, y su querido ordenador, antes de que él pudiera reaccionar, cayó contra el suelo, partiéndose en dos y emitiendo así un incómodo sonido demasiado familiar para él. El sonido de más de una pieza estallar, perdiendo así los archivos que pudiera tener Apofis almacenados en ese lugar. Aquel portátil era su herramienta de trabajo, pero más importante era saber que ese portátil era SUYO. Le pertenecía a él, a él, que era amo y señor de ambos, a él, que nunca había perdido un duelo. Tragó saliva antes de soltar a Simon y moviendo su asiento poco a poco, con tal de alejarlo con las cómodas ruedas de las que disponía. Su rostro se mantuvo en completo silencio, totalmente inexpresivo, como si hubiera entrado en un estado de shock. Hasta sus ojos se habían petrificado, con las pupilas totalmente afiladas en forma de aguja, como si fuera una sepriente. Porque lo era. Repentinamente, podrían notar si se fijaban que su piel comenzaba a escamarse poco a poco, adquiriendo una tonalidad áurea, mientras de dónde deberían estar sus venas en el cuerpo humano comenzaba a emanar una luz tenuemente roja.

¿Alguna vez… Alguien ha visto a Apofis enfadado? Es algo difícil de hacer que suceda, más en ese estado. Existían, vamos a decirlo, tres grados de ira en él. En el primero de todos, simplemente se reía cual sádico mientras ejercía violencia física (Honey pudo disfrutar de este estado), en el segundo, procedía a golpear y mezclar ira con sadismo y una originalidad para herir molesta (Sheron lo vio) y ahora, estaba en esa tercera etapa, ese momento en el que sus ojos volvían a la realidad, como todo en él, mientras se quedaba en una especie de parálisis temporal producida por la ira. Sus nervios no parecían responder, moviéndose su ojo de forma nerviosa, sufriendo tics en los dedos u ojos que iban intensificándose a cada segundo, mientras intentaba levantarse poco a poco sin caer por algún temblor en sus piernas. Pero en ese estado, estaba mucho más enfadado que nunca. La ira le invadía tanto que ni era capaz de controlar su cuerpo. Intentaba decir algo, pero no podía. Solo sacar su lengua, que ahora volvía a su forma original, alargada y totalmente viperina, como correspondía. Pero lo más tétrico era que, el silencio al que dejó paso debido a su incapacidad para empezar a gritar, se complementó con el funesto sonido de una campana que iba repicando, una vez y otra, cada vez más rápido. ¿De dónde venía? Pues si uno es atento, vería que del propio cuerpo de Apofis, como si fuera al compás del movimiento de su lengua. Al final, consiguió levantarse al completo, mientras se quitaba poco a poco la americana del traje y la dejaba sobre la mesa bien doblada (es decir, que ahora que estaba caída, utilizaría uno de los bordes para ello, a forma de colgador, porque pensaba hacer que esos dos la levantaran con la lengua), intentando con esos movimientos recuperar su movilidad sin sufrir aquellos espasmos constantemente. Primero, se dirigió al portátil, recogiéndolo del suelo para mirarlo durante unos segundos. Estaba definitivamente destrozado, y hasta parecía que se había partido en dos. Lo dejó sobre su asiento, y luego ya le rendiría el correspondiente entierro. Pero antes, para ese día tenía concertados más sepulturas a las que proceder. Dos más, en concreto, una para Honey y otra para aquel puñetero unicornio. En cuanto se acercó lo suficiente a él, se arañó su propia mano, dejando así que una única gota de sangre emanara de la falange de su anular. Un movimiento un poco raro tuvo que hacer, pero esa gota alcanzó la frente ajena. La necesitaría, creedme que la necesitaría, porque la utilizaría para mantenerlo vivo cuando terminara con él.

Simon es consciente, ya que el narrador así se lo ha demostrado en otros canales de comunicación, de lo mucho que tiene planeado para que Apofis tenga su retahíla. Pero vamos a ir con algo simple, de momento. Lo primero fue chasquear los dedos. El unicornio de momento no lo notaría, pero ahora, sería imposible para él caer en la inconsciencia. Honey, de momento, podría dedicarse a mirar, porque no pensaba hacerle nada (así pues, ya te puedes entrometer para evitarlo, pequeño doll, porque es obvio que lo intentarás) de momento. Pero Simon… Repentinamente podría notar que le faltaba el aire. ¿Por qué? Pues porque ahora sus dos manos estaban en su cuello, levantándolo del suelo mientras lo estrangulaba, hasta clavando las uñas en la piel del joven para ello. Pero él no se ahogaría, solo sentiría esa sensación de perder todo el oxígeno y de forma desesperada intentar evitarlo mientras colgaba del aire. Un ahorcamiento permanente del que no podría seguir, porque su propia magia estaba haciendo ahora que la opción de caer desmayado no estuviera disponible, mientras le brindaba de suficiente oxígeno para alargar la tortura sin que muriera.

-Puto. Puto. PUTO. PUTO. -no es que estuviera diciendo esa palabra más de una vez por nada, es que se había quedado bloqueado en ella, como una especie de disco roto que esperaba a algo para poder seguir hablando- ¡NIÑATO DE LAS NARICES! VOY A MATARTE, ¿ME OYES? MATARTE. MATARTE. MATARTE. MATARTE. MATARTE. MATARTE. MATARTE. MATARTE. MATARTE. MATARTE. MATARTE. MATARTE. MATARTE. MATARTE… -siguió un rato más repitiendo esa palabra, quizá dos minutos fácilmente- ¡MATARTE!
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Mensaje por Honey Kawahara el Dom Mayo 24, 2020 1:38 am

No. No, no, no, no, no.

De no ser porque un ataque de pánico necesitaría de ciertas reacciones físicas que, por obvios motivos, Honey no es capaz de tener, estaría seguro de que estaba teniendo algo muy similar a uno, más o menos desde el momento en que la reacción de Simon cambió totalmente. No, más bien, desde que se tuvo que agradecer el haber guardado las distancias, o desde que se alejó solo un poco más, casi sin darse cuenta de ello, una reacción instintiva para asegurarse de que lo único que terminara roto en el suelo fuera lo que había encima del escritorio. Escena que podía reconocer como el inicio de ese estado de pánico, porque había parecido moverse en cámara lenta, y porque para cuando el tiempo retomó su curso normal, estaba completamente paralizado.

Es normal, ¿No? Si alguien ha causado las tres peores situaciones de tu vida (la actual incluida, claro), está más que justificado tenerle miedo. Sobre todo cuando te das cuenta –porque sería imposible no darse cuenta– de que está enojado. Más, mucho más de lo que ya lo habías visto antes.

Si seguía consciente de lo que estaba pasando era porque la suerte, de nuevo, jugaba en su contra. Porque “estar consciente” solo significaba eso, que estaba viendo, y escuchando, todo lo que ocurría, pero nada más, como si se tratara solo de una película reproducida justo frente a sus ojos. Y lo de escuchar era la peor parte, estaba seguro.

Hubiera preferido el silencio –hubiera preferido que el demonio se pusiera a gritarle–, y no las malditas campanas. ¿Por qué tenían que ser un sonido familiar? Y no es que Honey hubiera vivido cerca de ninguna iglesia ni nada así, no, si recordaba ese sonido tan bien era porque, a pesar de que los recuerdos de esa noche no estaban del todo claros, ese sí. Ese definitivamente sí. Campanas. Para cuando se le haya pasado el miedo, seguro las odiaría, si es que no lo hacían temblar aterrado con solo recordarlas. Y hablando de temblar aterrado, eso era exactamente lo que estaba haciendo ahora. Lo sorprendía que sus piernas aún lograran sostenerlo.

Quería huir. Quería despertar de esa parálisis y buscar la forma de huir. Incluso se había olvidado casi por completo de Simon con tal de pensar en eso, de buscar la ruta más fácil, segura, y rápida para huir. Egoísta, sí, muchísimo, ya se iba a culpar de eso después.

No mucho después.

Le alcanzó con ver a Apofis acercarse de nuevo al otro para que, si ya temía por su propia vida antes, ahora lo hiciera el doble por la de él, pero no alcanzó para romper del todo el estado en el que se encontraba. No, de eso se encargó el siguiente movimiento del demonio. Eso, además de hacerlo del todo consciente de la ira que había provocado su, digamos, nuevo compañero, fue lo que al fin le devolvió la capacidad de moverse. Motivado por miedo, también, pero de la clase que lo impulsaba a actuar antes de que fuera demasiado tarde, y que hacía apagarse por un momento el lado suyo que le indicaba que ideas eran buenas y cuales eran completas estupideces. Y eso que era bastante obvio cuál sería esta, por mucho que se esforzara en catalogarla como la única acción “heroica” que tuvo desde que puso un pie en aquella oficina.

Hasta el momento, había andado con cuidado, prestando atención en cada gesto, en cada acción, con tal de que Simon –o cualquier otro– lo viera como alguien vulnerable. Era una impresión que solía dar con solo su apariencia, o con saber qué era, de la que era totalmente consciente, y de la que quería alejarse lo más posible. Una cuestión de orgullo, en su mayor parte, pero que consideraba una prioridad por sobre casi cualquier otra cosa, el no verse vulnerable, el no verse como alguien a quien proteger, ni ninguna de esas otras cosas. Ni siquiera estaba seguro de si el unicornio lo había visto reír en algún momento, porque le parecía que hasta esa clase de reacciones se había evitado. Y la idea era esa, mantener esa imagen –la de alguien que parecía carecer casi totalmente de emociones o reacción ante nada– por todo el tiempo que pudiera, sobre todo conociendo la situación en la que estarían, y era por eso también por lo que había intentado mantenerse tranquilo allí. Porque si estuviera solo, aquella “calma” ni siquiera hubiera aparecido, no porque su orgullo dejara de importarle, pero, bueno, Apofis ya lo había visto ser mucho más vulnerable que eso. Con Simon allí, sin embargo, era todo muy distinto. De no haber sido por sentirse totalmente acorralado, su prioridad hubiera sido esa “imagen”.

Pero ahora, la prioridad era que no podía dejar que esto ocurriera. Esa era su única motivación actual, ni ego ni ninguna otra cosa. Detenerlo.

Como si sus pies se hubieran movido por si solos, como si aquello fuera algo instintivo, se había acercado a ellos. No intentando meterse en medio –en realidad, cuidándose de no estar demasiado cerca de Simon–, pero si que intentó, aunque fuera, agarrar uno de los brazos del “agresor”, para luego tratar de hacer fuerza hacia si. Lo que, considerando que ya tenía que estar en puntas de pie con tal de tener un agarre decente, no era una tarea sencilla precisamente. Y eso sin siquiera considerar la diferencia abismal de fuerza entre él y Apofis, ante el cual aquel forcejeo no debía ser más que una molestia, si es que lo notaba siquiera.

¡Basta! ¡Dejalo!

No notó que estaba gritando –o suplicando, o chillando, serían mejores palabras, quizás– hasta que escuchó su propia voz, y aún así casi le costó creer que se trataba de él. Tampoco notó que, para ese momento, debía estar llorando –lo cual, también, con tal solo escucharlo sería suficiente para darse cuenta. Quizás era por lo desesperado que estaba por conseguir hacer algo, y porque sabía que no había forma de que consiguiera algo por la fuerza. Rogarle por piedad de esa forma sonaba, a comparación, como la mejor opción –principalmente, porque no tenía ninguna otra que lo hiciera sentirse útil–, así que eso estaba haciendo. Rogando, sí, esa era la mejor manera de describir su voz, y porque eso seguía haciendo, aún si era tan solo repetir las dos palabras anteriores con uno que otro “por favor”, o “detente”, de por medio, su tono de voz volviéndose más suave de a poco. Una parte por el cansancio, otra porque entre más lo hacía –entre más elevaba la voz–, más inútil le parecía, y más desesperante se volvía hacerlo.

Es cierto que, quizás, para lo único que serviría aquello sería para enfocar la ira del demonio sobre él mismo, aunque fuera solo un poco. Era consciente de aquello, aunque fuera solo en parte (que no es que estuviera pensando mucho, por si todavía no quedó claro), y si servía de algo, entonces, tampoco se le hacía mala idea. No, no, por el contrario, era casi parte del plan, casi intencional, que fuera así. Había sobrevivido ya dos veces a él, ¿No? ¿Cuánto daño podría hacer una tercera? ¿Cuánto de eso no valdría la pena, considerando su motivación actual?
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Mensaje por Simon Wilfried el Miér Mayo 27, 2020 11:33 pm

Como más que errático se podía describir el comportamiento del unicornio. El liberarse del agarre de Apofis no pareció ser suficiente para devolverlo a la realidad, aunque si le permitió bajar brevemente su nivel de agresividad, así que, no vivió aquel momento de intensidad e incertidumbre sofocadora en el despacho proveniente de la creciente ira de la serpiente que, su igual, en cambio, sí tuvo que sufrir. Más bien, se veía como si ni siquiera hubiera notado el daño que había provocado. Iba y venía casi trotando por el despacho, agarrandose el cabello con fuerza, a veces iba hacia el demonio y después se retractaba, y a veces iba hacia la puerta y a los segundos se arrepentía, como inclusive por momentos parecía que iba a dirigirse hacia Honey y al final no. Sin embargo en lo que se mantenía persistente era en…lo que sea que estuviera susurrando, no porque lo hiciera a un volumen demasiado bajo, si cualquiera se esforzara un poco podría oírlo, solo que hablaba extremadamente rápido y se trababa en más de una ocasión. De vez en vez pisaba con una mayor fuerza, como si fuera a patear otra cosa pero en el momento se inhibía, y eso le provocó que varias veces se desdoblara y trastabillara mientras caminaba, porque hacer ese tipo de movimientos bruscos con tacones evidentemente no es una buena idea. Aparte, digamos que en lo que se movía esquivaba las cosas rotas o arrojadas por el suelo; los pedazos de vidrio, la laptop, etc. Mas no es como si fuera consciente que aquello fuera su culpa o que se detuviera dos segundos a pensar porque el escritorio estaba volteado ahora.
Sentía la energía caótica del demonio impregnándose en la sala, el pánico del muchacho ante ella, escuchaba el sonido de la campana, pero vivenciaba todo esto como si estuviera pasando en una habitación ajena, o como si estuviera bajo el agua y eso lo aislara tenuemente de todas las sensaciones y así no las sentía tan fuertes, aunque internamente en su subconsciente sabía que lo eran.  

Supondríamos que, al ser atacado por el hombre finalmente, entraría en razón del gran error que se había mandado y bajara la guardia, pero ello tomó más trabajo de lo que se podía pensar, porque en principio, se tomo con fuerza de las muñecas de su agresor, mientras se sacudía incesantemente en el aire, de nuevo como cuando había tirado el mueble, aunque ahora por como miraba al mayor, dió la impresión de que si pudiera hablar se hubiera tomado el atrevimiento de haber gritado a su par, por no decir que inútilmente lo estaba intentando, y que por obvias razones no terminó bien luego de que el aire se le fue cortando en demasía y con ello su rabia igual se vio extinta finalmente en una ola de cansancio inminente.

Los pocos que se atrevían a quedarse viendo lo que estaba sucediendo desde el comedor podrían haber adjudicado unos nervios de acero al unicornio, eso o que estaba deschavetado por seguir insistiendo en la plena ignorancia de que el demonio estaba más furioso que nunca, claro.

Para la conclusión de dicho episodio de cólera simplemente se quedó colgando en peso muerto, manteniéndose haciendo todo el esfuerzo posible por seguir respirando, con los ojos llorosos fichados en la nada misma, aunque por segundos los desviaba hacia el pobre albino que estaba tratando de ayudarlo en vano, o al desastre que era el suelo del despacho, procesando los gritos de Apofis como si fueran bofetadas. Volvía a notarse el miedo en el vacío de su rostro y la incertidumbre de saber que debería perder la conciencia en cualquier instante, y por sobre todas las cosas, durante esos eternos casi tres minutos se estaba creyendo por completo que el profesor cumpliría con todo lo que estaba diciéndole.
No es que Simon le tuviera un miedo especial a la muerte, no es de pensar mucho en esas cuestiones, lo que tampoco significa que presentara algún desentendimiento al hecho de que irse de esta forma era degradante; sin ser nadie, sin poder despedirse, sin saber que pasaría con su cuerpo o si sabrían lo que realmente le sucedió. Al menos quisiera que lo último que escuchara no fuera la voz de Apofis, a la que, luego de estas experiencias, estaba ganandole un verdadero desprecio, aumentado con la impotencia de no poder hacerle frente. Tenía tantos arrepentimientos que no podría mencionarlos antes de que la pantalla se apagara, y empezaba a sollozar tan intensamente que igual si no terminaba de ahogarse por aquellas manos que le cortaban el aire lo haría al congestionarse en sus lágrimas y flemas ¿Es esta la parte en la que admitía por completo su equivocación y deseaba volver a casa con todas sus fuerzas? Curiosamente no lo sentía.
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Mensaje por Apofis Misr el Vie Mayo 29, 2020 1:54 pm

Se relamió al notar cómo sus dedos comenzaban a hundirse en la piel ajena, volviendo todavía más difícil la tarea de respirar para aquel unicornio a medida que seguía, brindando él con su magia el oxígeno a su sangre para no matarlo. Es una sensación similar a que te dieran los nutrientes por vía intravenosa, pero tú no comes nada. La sensación de inanición está ahí, pero no mueres. Y es agónico, doloroso, desesperante, pero no letal. Abrir la boca para no sentir que nada entrara, pues esa mano era suficientemente poderosa como para partir en dos metal sin esfuerzo. Estaba furioso, y en sus ojos se veía emanar aquel frenesí rojizo, mientras de su mano libre nacía más y más oscuridad. Era algo inconsciente, su ira hacía nacer el elemento precursor del miedo y del odio, y él podía ser considerado ahora mismo como la causa de que todo en aquel lugar fuera oscureciéndose más y más. Las ventanas ahora estaban tintadas en negro, y las paredes, ya de sí pintadas en ese mismo color, parecían todavía más azabaches. El único brillo natural que estaba entrando en la sala era el de su propio cuerpo, que ahora desprendía un rojizo fulgor, a medida que se iba escamando más y más, rasgando ligeramente su propia ropa por el efecto afilado que estas tenían al terminar. En realidad, su piel eran también escamas, y eso sería algo que ahora Simon podría notar también. Si no era ya suficiente ser estrangulado, ahora sufriría el mismo estrangulamiento que le brindaría una serpiente. Frío, opresivo, restrictivo y odioso en gran escala.

Lo que no podía esperarse es que de nuevo, Honey intentara evitar que el castigo fuera efectuado con su total ineptitud y ganas de heroísmo. Por qué, se preguntó Apofis, por qué la gente despreciaba su propia alma de tal forma como para sacrificarse por un tercero. Sin embargo, su paciencia se había acabado hacía un buen rato, y no estaba de humor para tolerar aquellas infantiles decisiones. La oscuridad que hasta ese momento le había estado rodeando… Cambió su objetivo, al menos en apariencia. Toda comenzó a rodear a Honey, como una especie de crisálida opaca.

Mientras tanto, de la garganta de Apofis se repetían ahora indescifrables palabras de una lengua muerta, quizá aquella que usaban los sacerdotes para dirigirse a él. Intentaría el narrador describir la abominación que salía de aquellos labios, pero el grado de maldad con la que estas palabras eran pronunciadas bastaba para volverlas indescifrables. Pero parecía que esas palabras retumbaban dentro de la crisálida, haciéndola volverse más y más oscura… Hasta que Apofis dio una última frase para acabar con aquello: “yo te maldigo”. ¿Alguien necesita algo más para entenderlo? Porque lo veo innecesario.

La oscuridad penetró el cuerpo ajeno, filtrándose por sus poros como si nada. Una sensación incómoda, asfixiante, fría y paralizante… Que luego se desvanecería como si nada. Ese fue todo su castigo hacia Honey, y le iba a servir como aviso y lección lo mucho que sufriría de ahora en adelante por culpa de esa maldición. ¿Qué había hecho Apofis? Sería soporífero desvelarlo tan pronto. Esa noche, o quizá un poco antes, él solo lo descubriría. Ahora, era Simon el que debía seguir con su penitencia.

¿Cuánto llevaba ya así, cuánto llevaba haciendo que este rozara la muerte y conociera de primera mano las puertas del Hades sin llegar a atravesarlas? Quizá ya cinco minutos, y al fin, parecía que se había calmado, por cómo había amainado el sonido de las campanas y sus ojos recuperaban su color más oscuro. Igualmente rojos, pero la ira que segundos atrás habían emanado ahora desaparecía poco a poco.

También había dejado de temblar, y de balbucear, y poco a poco, dejó al otro tocar el suelo, desprendiéndose de él tras darle un empujón con el que podría haber hecho caer a un titán sin esfuerzo, con tal de hacerlo caer de bruces contra el suelo. ¿Cabe decir que como siempre, había ordenado que se le dieran exclusivamente tacones para caminar? Porque lo veo un detalle importante. Buena suerte para reequilibrarse llevando esas cosas, que solo le forzaba a usar por puro divertimiento propio, y porque… Ver a un hombre vestir de esa forma le producía cierto placer del que no se sentía excesivamente orgulloso, pero que iba a contentar porque la depravación era una de sus emociones más primarias.

-Tenía pensado ser buen con vosotros dos. -fue lo primero que dijo, mientras volvía a colocarse la americana con delicadeza, y levantaba el escritorio que milagrosamente se había mantenido más o menos en una pieza. Pero fue su magia la que repentinamente lo reparó. Lo único que ahí había sido una pérdida… Su portátil. Su querido, preciado y amado portátil, al que tanto aprecio tenía. Era en él donde guardaba todo su material y las fotografías de sus cacerías, por llamarlo de alguna forma. Y como hubiera perdido nada de ello… El castigo sería algo más que una asfixia noletal- Tenía pensado… Daros tiempo para procesarlo, unas horas para poder tomar aire y hacer frente a la que se os viene encima. -hablaba, por supuesto, con la misma sinceridad que aquel que dice que no te hará daño mientras en sus manos sostiene amenazante una daga, pero su tono era el de alguien convincente y que ahora estaba ligeramente sosegado- Quizá hasta permitiros dar un paseo, que seguro que habéis ganado peso de no hacer nada, panda de vagos. Pero no. Tenías tú que joderlo, unicornio. Eres la viva imagen de la idiotez, la definición por antonomasia de inútil, sinónimo que figura en el diccionario para el término incompetente, y de ti podríamos hablar también, Honey el Suicida. Ambos… Habéis acabado con toda vuestra oportunidad de salir de aquí preservando la dignidad. Y ahora… Dadme una razón para no arrebataros la virginidad anal a ambos de una vez por todas. Tú ya te salvaste dos veces, Honey, y tú una, Simon. Llevo queriendo hacerlo con ambos desde que os vi, así que no me preguntéis cómo se intensifica mi fervor por ello si es además a ambos a su misma vez. ¡DADME UNA RAZÓN PARA NO ESTAMPAR VUESTRA CABEZA CONTRA LA PARED Y DESGARRAROS LOS INTESTINOS, MALDITOS!
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Mensaje por Honey Kawahara el Jue Jun 04, 2020 1:20 am

¿Todavía recordamos lo del casi-ataque de pánico? Bien. No mejoró, para nada.

Porque entre las cosas con las que Honey no tenía experiencia alguna –al menos hasta poco después de su llegada a esa isla, y no es que esa experiencia le hubiera dejado nada claro–, con contadas excepciones, estaba todo aquello de la magia. Para lo que sabía, se resumía en trucos baratos y alguna que otra cosa más. Y entre esas ‘alguna que otra cosa más’, no estaba lo que estuviera pasando ahora. Estaba aterrado. Basta con decir que era suficiente para que no estuviera gritando, o pidiendo ayuda, o llorando, o cualquier otra cosa. Al menos, no que se diera cuenta. Era demasiado para poder pensar siquiera. Seguía ocupado uniendo las piezas de lo que ocurría como para ser consciente de alguna reacción.

Primera pieza: estaba atrapado. No era de sus mayores miedos, pero eso no hacía que fuera menos desagradable. Segunda: las palabras, que casi le hacían doler los oídos. Tercera: no podía entender nada de lo que decía. Hubiera pensado que eso era lo peor –cuarta: para cuando entendió algo, se dio cuenta de que no era así.

Quinta: solo pudo comparar la sensación siguiente a lo que creía que se sentiría si, por unos instantes, se lo tragara el mar. El no poder ver apenas quedas debajo del agua–quizás había cerrado los ojos, no sabría en qué momento, ni cuando los volvió a abrir–, la presión que parece venir de todo alrededor. Saber, de forma innegable, que no puedes hacer nada para evitar esto. Y para cuando sales a la superficie –para cuando el propio océano te envía de vuelta–, es casi más dolorosa la transición de vuelta, del agua salada al aire de siempre. Algo así fue; aún cuando debería ser reconfortante “volver a la normalidad”, le costó incluso mantener el equilibrio apenas dejó de sentir aquella magia.

En el exterior, parecería que, después de eso (y en una muestra de, por fin, estar actuando de forma medianamente razonable), estaba demasiado asustado como para hacer nada, o que se había resignado solo a ser un espectador. Ambas cosas podrían ser correctas al mismo tiempo, incluso. Aún así, no era eso lo único que lo había hecho mantener la distancia. Era, en realidad, que estaba buscando– que necesitaba explicaciones. En lo posible, explicaciones que evitaran que todo frente a sus ojos le diera vueltas. No entendía nada en absoluto, eso estaba claro, y no entender nada en absoluto, cuando acabas de escuchar –pensar lo siguiente hacía que la habitación se inclinara unos 35 a 40 grados– que te maldijeron… No es lo ideal. Y no quería solo una explicación a lo que había pasado, no terminaba ahí. Después de eso, esperaba algo más como “dolor agonizante por media hora” o “parálisis total en lo que algo horrible ocurría”, y no es que quisiera quejarse de haberse librado de eso, pero que aparentemente haya sido así solo lo hacía pensar en cuánto faltaba para lo peor. Podría decirse que eso último, intentar prepararse para ‘”lo peor”, era también lo que lo mantenía tranquilo- o quieto, más bien.

No llegó a notar el momento en que Apofis soltó a su compañero, pero haberlo hecho no hubiera cambiado mucho. Su atención estaba, ahora, en alejarse como podía de su –pensarlo significaba habitación dando vueltas, de nuevo– supuesto “amo”, y entender todo lo que decía. Eso último no tanto porque quisiera escucharlo –que no, ya hubiera querido no volver a hacerlo nunca–, sino porque ya necesitaba demasiadas explicaciones como para perderse de algo justo ahora.

Quizás, si no hubiera estado tan aterrado, se hubiera permitido reír –por incredulidad, había pasado ya el punto en el que podría reír por miedo– ante eso de que no tenía pensado hacerles daño (Honey será un idiota a veces, pero tenía suficiente malas experiencias como para no confiar en absoluto en esas palabras), pero digamos que prefirió evitarse las consecuencias. Durante unos instantes, sin embargo, y sin darse cuenta de ello, puede que haya mostrado algo parecido a una sonrisa. Parecido, solamente, porque no es que estuviera para sonreír en serio tampoco, y solo por ese tiempo: un par de instantes. Cualquier gracia que pudiera darle aquello se desvaneció rápido, reemplazada solo por unos momentos por algo similar a molestia. No ante el insulto a su persona –que él llevaría ese título, y muchos más, sin problemas–, sino, más bien, a aquellos dirigidos a Simon. Eso tampoco duró mucho, de vuelta cubierto por otra capa de miedo, quizás, todavía más fuerte que la anterior.

Había una diferencia, una muy pequeña, entre el miedo a lo desconocido, y lo de ahora. Porque antes, al menos, no entender nada en absoluto servía para que se distrajera con eso de buscar explicaciones. Con eso de que, si no sabía que pasaba, no podía ser tan malo. Y ahora… Sí, ahora, que todo fuera tan fácil de entender no era algo que agradeciera.

Sin saberlo, en su intento de buscar distancia, terminó por dar un par de pasos hacia donde se encontraba ahora Simon, aunque sin dejar de mirar al demonio. No tenía muy en claro si era queriendo ponerse en medio o solo queriendo alejarse, pero no buscaría la respuesta a eso ahora.

Quería, y no, decir algo. Quería, porque quería probar que podía, y no, porque pensándolo bien, no hubiera dicho nada útil. Pero quedarse callado era lo último que quería. Incluso, en algún punto, intentó abrir la boca, solo con tal de que, por inercia, algo saliera de sus labios, pero volvió a cerrarla casi de inmediato. Apenas hizo eso último, comenzó a sentir sus labios temblar –algo así como los de alguien que estaba conteniendo el llanto, aún si, por ahora, no era ese el caso– y pronto se dio cuenta de que, sí, estaba temblando. Estaba temblando, de nuevo, y aparentemente concentrándose más de lo que creía en seguir de pie, también de nuevo.

¿Qué… Se suponía que dijera? ¿Qué se suponía que hiciera? Le dirigió una mirada rápida a Simon, intentando asegurarse de que… De que estuviera, ni siquiera que estuviera bien (no podría. Nadie podría). No tuvo el valor para sostenerle la mirada por mucho tiempo, aunque ahora solo llevándola al suelo frente suyo. Rogar podría haber sido una opción, útil o no, pero sentía que se había quedado totalmente en blanco con cualquier frase en inglés que pudiera serle útil para eso. Agachar la cabeza y actuar bien era lo más cercano a eso que podía ofrecer.

Perdón,–murmuró, sin estar muy seguro de haberlo dicho de verdad, o de a quién iba dirigido. Era, simplemente, la única palabra que creyó que podría decir.
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Mensaje por Simon Wilfried el Dom Jun 07, 2020 1:27 am

Llevaba así cinco minutos, pero habían pasado con la lentitud de horas, así que le hacía pensar que, tal vez, tan solo fueron unos pocos segundos en los que estuvo en esas circunstancias, y su estado de terror había cegado por completo su percepción del tiempo. La forma en la que percibía como con tanta simplicidad los dedos del demonio se hundían en la piel de su cuello, como si éste solo fuera masa de pan en vez de carne. Notaba que las manos de aquel se volvían cada vez más frías, y algo rasposas debido a las escamas, así que, cuando lo soltara, si es que en algún momento lo hacía (Nosotros ya sabemos que sí, pero el pobre unicornio ya presentía con pánico que no quitaría la mano de ahí hasta desmembrar su cabeza del resto del cuerpo) aparte de verse con la piel del pescuezo enrojecida y con la impresión de las huellas dactilares de Apofis en él, le quedarían variadas y evidentes laceraciones.

Comenzaba a ver todo más oscuro, y creyó erróneamente que su momento había llegado, el de él y el de Honey. Si bien tenía mucho más miedo por sí mismo, sentía la desesperación del desafortunado con intensidad, incluso tomando en cuenta que la forma en la que podía interpretar sentimientos ajenos no era demasiado precisa, sabía lo grave y fuerte que era, sumado a que la vista era igual de atroz; el cómo ese humo negruzco se adentraba en su pequeño, delgado y aparente frágil cuerpo. Cargo algo de responsabilidad en sus hombros por ello, si no hubiera ido a defenderlo no estaría pasando tal martirio... Tampoco entendía demasiado porque se había arriesgado tanto. Simon se había apegado a él, pero no significaba que no entendiera que dicha simpatía, dadas las circunstancias, no era mutua, o no estaba al mismo nivel mejor dicho, por lo menos eso demostraba el albino con sus actitudes las veces que habían ido a comer, ya no sabía muy bien que creer.
Por si fuera poco, lo que estaba escuchando en simultaneo a todo esto anteriormente escrito… no hace falta describirlo siquiera, ni aclarar que no estaba entendiendo una palabra. Todo comenzaba a ser demasiado irreal, excesivamente terrorífico, estuvo obligado a cuestionarse ¿Enserio estaba ahí presente? No era una pesadilla, pero…tal vez ya estaba experimentando cosas que no eran, o ya estaba pisando las puertas del inframundo, por los últimos minutos veía todo como si solo fuera un espectador, tal cual si se hubiera separado de su cuerpo. No necesitaba tener las habilidades que su cuerno le otorgaba para inmiscuirse en la vileza que su voz transmitía en todo el ambiente. Era interesante como solo en unos míseros cinco minutos, transicionó del sofocante calor y fervor de la ira, a sentirse como si se congelara en aquel escenario donde la energía más hostil y trágica reinaba.

Imploraba que terminara con su vida de una vez, ya no quería seguir con esto, no era lo suficientemente fuerte para soportar más. Oía más fuerte las campanas aunque el sonido ya no estuviera presente en el ambiente, cómo un efecto de la sugestión al estar seguro que iba a irse tarde o temprano, que no se desvaneció por completo todavía cuando paulatinamente el apretón sofocante en su cuello se desvanecía, y su cuerpo volvía a chocar contra una superficie firme. Por el impacto, más tarde podría terminar teniendo algún moretón, mas poco o nada le importaba eso, estaba libre y seguro al fin (O lo más cercano que se podía permitir serlo) contra el preciado suelo, del cual no quiso desprenderse. Se encorvó, flexionó las piernas, rodeo su nuca y parte de la cabeza con las manos para cubrirse, y ocultó un poco el rostro entre las rodillas, solo en parte, se permitía tomar todo el aire que le fuera físicamente posible, y espiar, de entre los mechones de cabello (que en esa posición le cubrían gran parte de su visión) a las otras dos personas del cuarto, pero prestarle la menos atención posible a la habitación misma, que le estaba dando la sensación de que se veía más pequeña…  De una u otra forma, la inestabilidad emocional le iba a atacar, así que los gritos e insultos siguientes se traducían a tirarle un kilo de sal a la herida, incluyendo que estaba siendo un tanto descriptivo con dichas amenazas para gusto del joven, que menos necesitaba imaginarse algo tan gráfico, gracias, si la intención del mayor había sido que le dieran nauseas, había funcionado.

Decir una razón …¿Tenía qué? … tampoco es que el tipo que había demostrado no tener rastro de empatía alguno fuera a hacer una excepción en su enojo solo porque “Pobrecillo, no es bueno bajo presión”.  Estaba seguro de que a estos puntos, no importaba con qué se excusara, fuera válido o no, el sujeto haría lo que quisiera, al menos viéndolo así de colérico. No tenía deseos de hablar, en general porque se sentía físicamente incapacitado para hacerlo, tenía un nudo en garganta, pero no decir nada también podría ser problemático… ¿No?
Fue entonces que escuchó a Honey disculparse, y, tomándolo cómo ejemplo a seguir (Con la percepción de que él había pasado más tiempo con esta faceta del profesor y notablemente estaba controlando mejor la situación) Al instante de que se quedara en silencio, procedió a disculparse también.

—L-lo siento…— Habló, controlando la velocidad de sus palabras para que fueran entendibles, porque hubiera preferido decirlo en una milésima de segundo pero no podía darse ese gusto, y con mucha razón: Tenía la voz gangosa y llorosa, solo se le comprendía si hablaba con lentitud que estaba empleando.  
—N-no volverá a pasar…— Prometió, por inercia más que por ser sincero y creer que podría cumplir con eso, si debía contar la cantidad las veces en las que se había comprometido a no volver a recaer en dichos comportamientos para alivianar las represalias de su actuar imprevisto…
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Mensaje por Apofis Misr el Lun Jun 08, 2020 11:27 am

-“Padre nuestro, tú, azote de todo lo que es puro en este mundo, tú, que permites el mal”

Las palabras de la maldición comenzaron a retumbar en la propia cabeza de Apofis, y quizá, depende lo débil que fuera mentalmente Honey, en su cabeza resonarían una vez y otra, al igual que el sonido de un gong no se extingue hasta que no ha pasado suficiente tiempo. Esas palabras que por unos segundos, habían sido la descarga de su propia furia sobre aquel muchacho. Era furia lo que sintió, y era lo que sus palabras en esos momentos retumbaron. Ahora, con ambos en el suelo, parecía haberse calmado un poco más, a pesar de que los gritos que segundos atrás había proferido podrían mostrar lo contrario.

-“Baja de los cielos, pues este es el infierno. Alzaos de vuestro trono, pues hoy marchan en procesión los heraldos de la blasfemia. Y yo soy la blasfemia”

Se acercó poco a poco hacia ambos, con los puños cerrados y un rostro que no mostraba emoción alguna. Poco a poco, había recuperado aquella faz humana que si bien supuestamente era menos intimidante que su forma ofidia seguía siendo aterradora, y todavía más paulatinamente, había recobrado un ritmo corriente en su pulso, es decir, nulo.

-“La ceguera de los ángeles de la guarda aquí acuso, su ausencia ahora demuestro. Maldita sea tu semilla, que marche por siempre por los caminos del hambre. A ellos los maldigo con mi estigma, a ellos los bendigo con la peor de las vidas, y la más agónica de las muertes”

Repitió, ahora en inglés, esas palabras, susurrándolas sin motivo alguno más que una forma de autocontrol. Recitar maldiciones siempre le había supuesto un método de contención, y ya que la víctima estaba determinada, no importaría demasiado que siguiera. Quizá hasta le servía para jugar un poco más con los tiempos y condiciones de la maldición. Quería regodearse en su crueldad, disfrutar de la agonía de aquellos dos sin llegar tan siquiera a ponerles un dedo encima para ello. Dedos iban a haber también, eso estaba claro, pero no de la forma que se puede interpretar de forma dulce. Una mente suficientemente corrupta me entenderá.

Escuchó aquellas palabras, aquellas peticiones de perdón, como quien indiferente lee un libro que no es de su interés. No lo era, ninguno de esos dos le merecían ninguna opinión amable. Solo eran sus juguetes, y a pesar de tenerles cierto cariño, solo era esa clase de aprecio que podísa tener por ejemplo por un mueble que lleva muchos años en tu hogar. Y ni eso, sinceramente. En resumidas cuentas, solo los quería como juguetes, y nada más que aquello podía esperarse por su parte. Él no amaba, él no sentía piedad. Solo respeto, y por supuesto, la más aberrante y depravada lujuria.

-Yo, Apofis, vástago de felonía, maldigo a tu hijo, Honey, y lo condeno a la infame comunión con la oscuridad. Yo lo excomulgo, lo expulso, lo execro para que su nombre se una a las filas de quienes ante mí han sucumbido. -se acercó poco a poco hacia ambos, atrapándolos por esos rechonchos y adorables mofletes que tenían ambos- Eso es lo que he dicho, Honey. ¿Lo has entendido mejor ahora? Más te vale aprender lo que significa cada hechizo. Porque vas a tener que soportar mucha brujería en tu nuevo hogar -mordió su propio labio, antes de acercarlos y rodear con sus brazos a ambos muchachos. Para sorpresa de algunos, acabó por abrazarlos con fuerza, pegándolos un poco más a él. A Honey, le abrazó rodeando sus hombros con el brazo. A Simon, quizá porque era más alto y tenía un cuerpo más estilizado, le hizo lo propio, pero bajando un poco la mano para dejarla en su trasero apretando un poco aquel glúteo mientras seguía con el abrazo- No os quiero hacer daño, ¿por qué me obligáis a ello? Papá os quiere, sois sus preferidos y aun así os comportáis mal… Me rompéis el corazón, chiquitines. ¿Pero sabéis qué? Os perdono. Solo asumid vuestro castigo y ya está. No quiero haceros más daño… De verdad. Ya habéis tenido vuestro castigo, y ahora os toca ser niños buenos, ¿está bien?

Se agachó un poco, quedando más o menos (tengamos en cuenta su altura) a la altura de ambos. Chasqueó los dedos para hacer que la oscuridad que había almacenado en el cuerpo de Honey saliera por unos segundos. Esta nació en forma de hilos que rápidamente se comenzaron a coser por encima de su piel, destrozando la ropa y reemplazándola por un cuco traje negro bastante ajustado, con su americana y una “camisa” negra debajo.

Luego miró a Simon, pero… No, aquella ropa era FABULOSA de por sí, no necesitaba ningún arreglo. Se siente, pero adoraba verlo vestido de esa manera, así que de momento, se quedaría así. Hasta le miró y le dedicó una pequeña sonrisa para dejarle claro que así se iba a quedar vestido hasta nueva orden.

¿Mas, valdría la pena discutir ahora o intentar hacerles algo, acaso sería racional, o equilibrado, o tan solo divertido? Por supuesto, en parte, sí, en especial en aquel último término que acabo de mencionar. ¿Pero para ellos? ¿Dónde quedaba la piedad, esa poca sensación de que quizá debía darles a sus rivales un poco de paz antes de que la tormenta se precipitara sobre sus cabezas con mayor furia que antes?

-Nos vamos, a casa, a vuestro nuevo hogar
-dictó, levantándose poco a poco y moviendo su mano sobre la tela del traje de Honey para eliminar cualquier arruga que de forma no intencionada hubiera creado en él, cual madre acomodaría la ropa de su hijo para que se viera bien- Papá os prepará algo de comer y luego iremos a dar un paseo juntos, ¿entendido? Podréis tomar el aire fresco si os portáis bien, ¿no os parece maravilloso? ¿Cuánto lleváis sin poder salir a que os de la luz del sol? -preguntó con ironía, pues él sabía perfectamente cuánto llevaba cada uno ahí encerrado- A partir de ahora sois los dos mis pequeños, ¿no os parece maravilloso? Honey Misr y Simon Misr, hasta el apellido suena bien. -y ahora, chasqueó los dedos, creando entre sus manos dos correas negras con su respectivo collarín, que tendió hacia ambos- Poneos esto y saldremos. Empero, si optáis por la senda de la resistencia… Quizá tengáis una maldición todavía más poderosa que escuchar.
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Mensaje por Honey Kawahara el Vie Jun 12, 2020 2:06 am

Aún a través del demasiado presente zumbido en sus oídos –que poco tenía de zumbido, porque alcanzaba a distinguir más de una palabra que le servía para saber de qué se trataba, y poco tenía de “en sus oídos”, porque estaba seguro de que iban más allá de eso, pero prefería decirlo de esa forma–, había conseguido escuchar las disculpas de Simon. Volteó a verlo de inmediato, un gesto de confusión, o de horror, apenas haciéndose presente por unos segundos, solo como para aclarar que escucharlo así le afectaba más de lo que hubiera querido. Si había algo que le decía, casi a los gritos, que su intento de protegerlo había fallado rotundamente, era eso. Si había alguien a quien quería pedirle perdón ahora, era a él.

Lo que consiguió sacarlo de ese pensamiento fueron las palabras de Apofis, que... Le hubiera gustado descartar como murmullos sin mucho sentido. Con aquel "zumbido" cediendo de a poco, y el casi total silencio allí, no fue muy difícil distinguir que no era exactamente así. A medida que se acercaba –había devuelto la vista a él, así que estaba demasiado consciente de la distancia a la que estaba–, parecía hacerse cada vez más claro.

Lección aprendida, no le pidas explicaciones al universo, porque podría dártelas, y no van a gustarte. Sobre todo cuando hace que te lleguen por medio de alguien que con cada paso te da mas y mas la idea de que va a cumplir las amenazas de recién, en las que definitivamente no quieres pensar ahora.

Por si hacía falta alguna otra aclaración, seguía asustado, y el ahora saber qué significaban aquellas palabras no había ayudado. Es decir, en primer lugar, porque eso de saber qué significaban era un poco una exageración. Más allá de terminar de asegurarse de que no era nada bueno, y de que aún faltaba para lo peor (aunque eso era algo que asumió por su cuenta, pero se le hacía lo más lógico), su principal duda –es decir, qué sería ese “lo peor”– no estaba resuelta ni de cerca. Cuando había empezado a pensar que al menos, el miedo a que les hiciera algo en ese momento empezó a disminuir de a poco –tal vez por notar a Apofis más tranquilo, aún si no se confiaba de eso del todo–, este pareció volver de golpe, con aquel “abrazo” en el que no confiaba en absoluto. Tenerlo cerca, por sí solo, se sentía casi más sofocante que todo lo anterior, y haber tenido que soportar que lo agarrase ya era lo suficientemente horrible.

Lo último que hubiera pedido en un momento así, resumiendo, sería un abrazo, mucho menos de… de él. En general no le gustaban –y la única excepción a eso estaría para este punto del otro lado del mundo–, pero este en específico mucho menos. Incluso pasado el susto del inicio –o al menos, habiéndose recuperado un poco de este–, estuvo lejos de haberse relajado. Y, no, la forma que podía tener el otro de “consolarlos” no ayudaba en nada; en todo caso, solo le daba más ganas de alejarse, y lo obligaba a contener cualquier posible respuesta –que, con el tono en que le estaba hablando (que para él era equivalente a una burla, aún sin tener un motivo especial para creer eso), no iba a ser una demasiado agradable, ni una de la que no pudiera arrepentirse de inmediato. No sería conveniente responder, eso era todo. Bueno, eso, y que quizás ese “susto inicial”, o todo el otro miedo que llevaba sintiendo hasta ahora, aún no se había ido del todo. Cualquiera de las dos cosas podría estarlo deteniendo, y a cualquiera podría (y quizás debería) agradecerle por eso, por mucho que tener que obligarse a quedarse callado no era lo que más le gustaba hacer.

Y todo ese intento estuvo a punto de ser en vano para cuando vio a Apofis agacharse para hablarle –sí, otra cosa que le molestaba, aquello de recordarle su altura de esa forma– pero, por suerte, tuvo una distracción lo suficientemente notoria como para mantenerlo… No tranquilo, pero al menos no insultando a nada ni nadie, ni presumiendo de rebelde. Y con “distracción”, hablamos del cambio de vestuario inesperado, ante el cual, además de un sobresalto que esperó haber disimulado bien, solo pudo pensar en que…¿Esas cosas no pasaban solo en series para niñas? Porque esto debía ser una versión extrañamente oscura de una así, en ese caso. No llegó a prestar demasiada atención a aquello (ni a esa duda, ni a la… Ropa, en sí), ni pensaba ser demasiado exigente. ¿Estaba vestido? Sí, eso ya era, desafortunadamente, sorprendente. ¿Era algo decente? De alguna forma, y sin querer ofender a nadie más presente, sí. Le bastaba con aquello, ni siquiera era capaz de molestarse por la falta de respeto a su autonomía –¿se había acostumbrado ya? Podría ser–, ni de darle importancia a de qué estuviera hecho aquel traje (aunque quizás eso sí debería hacerlo, considerando que sabemos quién aquí puede controlar el material del que… Pensándolo bien, quizás es mejor no fijarse en eso por ahora), así que no le dedicó mucho de sus pensamientos. Ni hubiera podido, si quisiera.

A casa. No esperaba que una frase tan simple fuera capaz de devolverle ese zumbido a sus oídos –aunque ahora sí pareciera que dicho correctamente–, pero así era. No sabía, ni quería saber, desde hace cuánto que eso era lo único que quería escuchar… Y ahora era en absoluto lo que le gustaría haber escuchado. Lo hizo ignorar casi por completo todo lo demás que dijo el otro. Quizás, como mucho, había llegado a entender aquello del “paseo”, solo porque aquel ruido no había terminado de hacerse presente para cuando lo dijo, y la verdad es que poco le importaba aquello de poder salir si era así. El resto de lo que había dicho… O estaba borroso, en el mejor de los casos, o ni siquiera estaba; esa segunda categoría incluyendo, por suerte, aquello del nombre, porque si ya había dejado pasar un par de ofensas, no podría haber asegurado que fuera igual con eso. Pero apenas y estaba registrando las palabras, mucho menos prestando atención a estas. Recién consiguió volver a la realidad para aquella última indicación, tomando el objeto frente a sí antes de terminar de darse cuenta de qué era o de lo que significaban esas palabras. Apenas lo hizo, se quedó mirando a sus manos –a lo que estaban sosteniendo– por algún tiempo, deteniéndose ahí, casi como si no supiera bien que hacer.

¿No saber que hacer? Al contrario. Sabía más que bien lo que debería hacer, si quería evitar más problemas, y eso era obedecer sin más. Definitivamente la mejor opción, pero no podía obligarse a tomarla. Sabía que era lo que quería hacer, también, que haría cualquier cosa menos evitar problemas, y que se resumía a responder una o dos cosas de lo que pensaba sobre usar algo así. No precisamente obedecer. No podía permitirse hacer eso, tampoco. Así que su punto medio entre esas dos opciones había sido ese, el detener cualquier respuesta hasta que pudiera elegir alguna, en lo que parecía demasiado concentrado observando aquella cosa a la cual no iba a referirse y que entre menos espacio ocupara en sus pensamientos, mejor.

A cada segundo que pasaba, conseguía exactamente lo opuesto de eso último, y comenzaba a notar el camino que empezaban a seguir sus pensamientos. La idea de hacer lo que debería hacer le era cada vez más repulsiva. No podía estarle pidiendo que usara eso- no, si que podía, y no se lo estaba pidiendo de todas formas, eso lo tenía claro. Quería pensar que no podía. No en serio, al menos. Era algo simple, tan simple, y tan degradante, que no parecía más que una forma de terminar de insultarlo. Eso, y que pareciera que esperara que le hiciera caso sin más (aunque luego de una amenaza así, en realidad, casi sería lo más razonable). ¿Creía que iba a caer hasta ese punto? … No, no lo hacía. No lo creía, ¿Verdad? Le daba asco pensar ene so también, incluso más de lo que podía llegar a molestarle –molestia que, por ahora, quería creer, todavía estaba a un nivel controlable. No podía asumir que… Volvió a detenerse, intentando quitarse esos pensamientos de encima. No quería hacer algo de lo que se arrepintiera, y menos algo que empeorara aquello para… Los dos.

No quería cumplir con ninguna de las dos opciones que tenía, y no quería tener que estarse debatiendo cuál era la mejor entre ambas. No quería tener que pensar en que ya sabía cual era. No quería que fuera esa opción, y no quería pensar en que era la que menos estaba dispuesto a seguir. Ni siquiera había acercado aquello a su cuello, pero ya le parecía sentir una presencia desagradable alrededor de este. Si no fuera por la fuerza de su agarre, por cómo temblaban sus manos –de a ratos algo más, dependiendo de hacia qué lado fueran sus pensamientos–, aquel objeto podría haber terminado en el suelo accidentalmente en cualquier momento. No podía hacer algo así, incluso si de alguna forma quisiera hacer caso a una orden así. Tenía demasiado con ser consciente de la situación en la que se encontraba, de tener que aceptar aquello de ser tratado como si perteneciera a alguien, como para reafirmarlo todo de esa forma. Un golpe, o unos cuantos, dolería menos. Y aún así, por mucho que no quisiera admitirlo, el ir directamente contra lo que le decía le seguía dando algo de miedo. No tanto como el que lógicamente debería, quizás –porque ese debería ser suficiente para que ni siquiera considerara aquella opción–, pero sí como para que dudara en qué hacer.

Levantó la vista, casi como si esperara que, apenas volviera a ver a Apofis, este le fuera a dar la opción de negarse o algo así. Como si volver a verlo no fuera a hacer que ese miedo que no quería admitir no aumentara de golpe, en un escalofrío que lo obligó a volver a bajar la mirada.

¿...Esto es necesario…?–murmuró. Ahora, parecía incapaz de mantener las manos quietas, recorriendo la superficie del objeto con los dedos como si le interesara muchísimo entender el material del que estaba hecho, o buscando la forma de abrirlo para terminar con eso de una vez. Al menos, hasta que se detuvo de un momento a otro, otro escalofrío (bastante menos notorio que el anterior, si eso es de interés) haciendo que se quedara completamente quieto, ahora, volviendo la vista al frente. –No es como si ninguno de los dos pudiera escaparse, ¿No?

Quizás no debería haber dicho eso. Seguramente no debería haber dicho eso. Recién ahora empezaba a notar por qué. Y aún así, de alguna forma, había conseguido mantenerse… Lo más firme que podía estar. Es decir, para alguien cuyas manos seguían temblando y que acababa de darse cuenta de que quizás había dado a entrever en lo que llevaba pensando desde hace rato a alguien que no debería saberlo, no había pasado a disculparse o a temblar como cachorrito asustado, era bastante. Había terminado por volver a bajar la vista, sí, y no se sentía capaz de mirar a nadie a la cara de nuevo, pero eso eran detalles. Y, si iba a arrepentirse de algo ya, entonces… Tendría que hacerlo bien.

… Así que, preferiría evitar esto, ¿Sabes?
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Mensaje por Simon Wilfried el Sáb Jun 20, 2020 1:02 am

Se negaba a admitir que aquello no era una puta broma, o que al menos solo se trataba de un gran espectáculo de sombras negras. Lo hacía para asustar ¿No? Era…era ridículo, perfectamente se ofrecería a pagar los daños, como se mencionó en algún momento, tenía un par de ahorros, Honey no tenía que pagar por él, y no con ese método tan poco ortodoxo, de suponer que iba en serio, como si estuviera tomando su alma, o esas cosas que hacían los demonios, no le quedaba claro y no tenía ganas de enterarse.

Se vio obligado a levantar la mirada por el agarre de su mejilla, y tal como si fuera una tortuga quería volver a esconder la cabeza dentro de su caparazón lo antes posible, si es que lo soltaba, y lo soltó, pero para hacer algo peor. Los músculos de su nuca y en general de su espalda entera hasta los glúteos se contrajeron luego de verse rodeado por el brazo del mayor, no obstante, a medida que este seguía hablando, todo su cuerpo reaccionó de igual manera.
Era turbio. Nada que le sorprendiera si pensara en la forma condescendiente en la que ya les había estado tratando, pero no pensó que pudiera ponerse peor ¿A los pets siempre les hablan así? Le producía escalofríos, el coraje que tenía para llamarse a sí mismo  “Padre” y los tratarlos como si fueran sus pequeños y tiernos querubines. Apretó los puños y la mandíbula, quería cerrarle la boca… “VOY A CERRARLE LA BOCA”… ¿Se estaba crispando otra vez? ¿Simplemente por eso? Como si no hubiera aprendido la lección, como si el cuello no le siguiera doliendo y todavía no se le hiciera tortuoso volver su respiración al modo automático. Sí que había comprendido el muy tosco mensaje que se había quedado clavado en la piel: “Enfrentarte a este tipo es suicidio”, si tuviera la voluntad nunca más volvería siquiera a levantarle la voz… y por eso expresaba más terror ante su propio reaccionar, eso a lo que se le llama autocontrol escaseaba en el unicornio.

Para su suerte se distrajo de su enojo latente, para su mala suerte, no con una vista muy agradable. Instintivamente se alejó del muchacho al verlo ser cubierto de esa extraña materia negra una segunda ocasión, con el rostro palidecido, con la paranoia de que hubiera un último castigo… Y gracias a Dios, no fue así. A menos que esa ropa hiciera algo raro después, la idea le dejaba intranquilo. Si tuviera que ser positivo al respecto, diría que, por lo menos, al albino no le toco ropa… inapropiada, tenía que admitirlo, era bonita y elegante. Pensándolo bien, si ser positivo tenía algo bueno en ese momento tan calamitoso, sería esperar que igualmente le permitiera cambiarse de ropa, ignorando la forma tétrica en la que eso acababa de suceder. Esperanzas que fueron aplastadas a tan solo segundos de ser sembradas, por esa sonrisa burlona que el demonio le ofrecía.

Paulatinamente de sus ojos volvieron a brotar las lágrimas, y finalmente volvió a cubrir su rostro entre sus piernas y brazos, con solo una parte del rostro al descubierto para poder ver y respirar, pero que de nuevo, era ocultada en gran parte por esa cortina de pelo turquesa.  “Hogar” “Comida decente” “Luz del Sol” No podía pensar en esa promesa tan agradable luego de tanto tiempo de encierro cumpliéndose de la mano de esa persona tan cruel que pasaba a llamarse su “Amo”.
Se hubiera mantenido en esa posición, en la que se hubiera quedado todo el tiempo del mundo que se le permitiera…que fue corto.  
Vio por detrás de su cabello que le estaba entregando algo. Acomodó parte de su pelo por detrás de la oreja, y miró fijamente aquel objeto antes de tomarlo en sus manos.  “Un collar de perro” pensó. Tardó en razonar que no había ningún perro, tanto como tardó en asimilar que él pretendía que se pusiera eso en el cuello. Lo tomó con fuerza entre sus manos, apretándolo en un breve remplazo de una pelota anti-estrés. Una vez más ¿Esto era algo de pets?
“Cálmate, cálmate, cálmate, cálmate…” Lo llevó lentamente hacia su cuello, mas no acababa de ponérselo, principalmente porque no quería tener nada apretándolo, inclusive  rozando un poco el material del collarín con su piel lastimada le causaba ardor, y en una pequeña fracción de excusa porque, francamente, era humillante, a pesar de que no se tratara de una gran suma a su vestuario degradante. Así que estaba en ese limbo, de posicionar el collar sobre su pescuezo pero no terminar de abrocharlo, y el volver a oír a Honey hablar le hizo reconsiderarlo por unos segundos. Deprimente pero correcto, aquella correa no tenía ningún fin práctico más que bajarles la moral, él tenía razón ¿Qué fue lo que hizo entonces?
Entre ese pequeño silencio que hubo cuando su compañero terminó esa última oración, se escuchó el tenue tintineo de la hebilla metálica del collar de Simon cerrándose, en el primer orificio del collar, quedando éste bastante flojo. Dejó sus dedos sobre la hebilla por un rato. Por esa misma razón que su compañero había expuesto no iban a poder evitarlo ni iban a convencer a Apofis de lo contrario. Con toda la amargura del mundo le daría el gusto, aun así queriendo incentivarse internamente abrazando la ilusión de que solo fuera algo temporal.
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Mensaje por Apofis Misr el Mar Jun 23, 2020 5:58 am

¿Cómo no podía amar a sus chiquillos, cómo no podía adorar a sus dos mascotas, cómo no podía desear atravesarles el cráneo con la hoja de la khopesh como si fueran una frágil gema destrozada? Se lo habían buscado, habían intentado enfadarle una vez tras otra, desafiar su fuerza inimaginable de formas cada vez más patéticas. ¿No les dejó claro en el día de sus capturas que toda resistencia sería en completo vano? ¿Que nada les iba a salvar de su indómita fuerza y poder? ¿Que por mucha pelea que creyeran que podían dar, un solo golpe de su mano serviría para partirlos en dos?

Pero ahora estaban volviendo a la única senda racional, por mucho que se quejaran. De momento, les perdonaría tener esas lenguas demasiado largas y esos estómagos demasiado exigentes como para solicitar que no se dirigiera a ellos de una forma u otra.

No tenían derecho a decidir nada. Solo aquellas manos que hacía un segundo habían invadido el cuello de Simon podían decidir con qué firmeza sostendría Apofis la batuta que seguía usando para dirigir aquella bella sinfonía que para él era la vida.

-¿Es necesario? Definitivamente, no. Sé que no podéis escapar.
-miró a Simon, cómo este había decidido callar y dejar de replicar, pero todavía se veía incapaz de ponerse una correa al cuello. Aprovechando en cuanto este terminó para usar la correa que lo unía hacia sí, lo acercó un poco más a él. Sabía que la ira estaba inundando aquel pequeño corazón, que podía salir desencadenada en cualquier momento. Es por ello que su mano se posó en la cintura ajena mientras lo acercaba, para luego descender un poco más, tocando aquel joven y bien formado trasero, en el que dejó reposar su mano con calma mientras hablaba- ¿Es divertido? Mucho. Y por cierto… -ahora que tenía al peliazul cerca, aprovechó para ajustar un poco más esa correa, mirándola para hacer que su mera magia sirviera para que se redujera un poco de tamaño, no en exceso, pero sí para ser incómodo en las heridas que debían quedar en el cuello de Simon- Si te portas bien, tenía pensado permitirte volver a las clases. Pero no vas por el buen camino.

Tras eso, tiró también de la correa del albino, haciendo que se acercara a su par. Pero si le servía de consuelo, estaba ocupada su otra mano agarrando la correa y posándose en el glúteo del unicornio, y no pensaba dejar totalmente expuesta la otra. Y además, prefería en ese aspecto al ligeramente más estilizado Simon, al que la ropa parecía favorecerle un poco más. ¿Qué podía hacer ahora? ¿Acaso quedaba algo más que decirles, alguna tortura más que llevar a cabo? Lo dudaba. Porque si todos los golpes no hubieran sido suficientes como para hacerles sentirse degradados, recordaremos ahora un minúsculo detalle, que quizá al lector se le ha pasado inadvertido por una razón u otra. La ventana.

Y se había esmerado en que todo tuviera lugar en las horas en las que más transitado estaba. Es decir, que posiblemente, todos los otros pets hubieran estado mirando el espectáculo sin poder hacer nada para evitarlo.

Y ellos habían sido vistos, se había expuesto su debilidad a todos sus demás compañeros en público, por si fuera poco. Solo aquello, aquella humillación, a ojos de Apofis, era la peor desgracia. Nada podía reparar el honor. Las heridas se cierran, las cicatrices son recuperadas con el tiempo. Pero nada recupera un alma rota, nada hace que los recuerdos se olviden, salvo el tiempo, que a veces se ve incapaz de erosionarlos tan siquiera.

Y el recuerdo de las miradas piadosas, de cómo la gente se preocupaba por tu debilidad, a sus ojos, era el punto más bajo en el que podía caer cualquier persona, era la muerte social. No podrías jamás aspirar a ser nada, no podrías volver a erigirte como líder porque tu prestigio se desvanecía tan pronto como eso pasaba. Se relamió por unos segundos, acercando su rostro por puro aburrimiento al de Simon para luego dedicarle una lenta lamida, desde la mejilla un punto demasiado cercano del ojo. Para ello, tuvo que inclinar ligeramente su espalda, por supuesto, acercando un poco su rostro porque posiblemente, el acto normal sería apartar la cara. Pero tenía una cuerda ahí que volvía innecesario intentar tan siquiera tener que acercarlo, porque él podía “amablemente” acercarlo de nuevo.

Siguió lamiendo con lentitud un rato, antes de girarse y mirar a Honey ahora. El sabor de Simon le encantaba, pero no recordaba haber podido catar en exceso el de aquel niñito. Por lo que sabía, era un bot, una de esas criaturas sin alma y cuya piel por mucho que pareciera humana no dejaba de poseer características más y más metálicas y robóticas a medida que te acercabas a él. Aun así, tenía curiosidad. Un tirón de correa sirvió para acercarlo un poco.

-Podría… Comerte, Honey. De un solo bocado. Tenlo en cuenta. Y a ti, Simon… Creo que te voy a estrenar esta noche. Tengo entendido que sigues tan virgen como cuando te recogí de ese sucio antro, ¿verdad? -
preguntó, con un tono claramente burlón mientras lo acercaba a él. No lo estaba amenazando, no como acababa de hacer a Honey. Estaba avisando de los acontecimientos que acaecerían en cuanto llegaran a la Sublime Puerta, su hogar- Mañana le tocará a Honey. Y así estaréis día tras otro, un día tú, y luego él, hasta el fin de los tiempos, pues creedme. La muerte no es consuelo para quienes acaban entre mis garras.

Y tras eso, tomó ambas correas y comenzó a caminar como si nada. Sí, ya era hora de ir al coche, ya era hora de ir a un lugar mucho mejor, a su nuevo hogar. Honey y Simon podrían disfrutar ahora de la vida de una concubina, repleta de lujos, pero también de opresión y restricciones, de normas, protocolos a seguir, obligaciones, castigos demasiado severos y más importante, una vida totalmente esclava.

-¿Vamos ya a casa, pequeños? ¿O preferís despediros de este lugar?
Apofis Misr
Apofis Misr
Demi


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Demonio Amos
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