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Mensaje por Invitado el Dom Mayo 10, 2020 3:36 am

No le había importado que siquiera sujetando su muñequera en realidad, quizás de aquella manera también evitase perderse en cuanto al resto de la ciudad se trataba. Era realmente un momento bastante particular porque jamás, en su sano juicio, había considerado ir a por una mascota desde que había llegado a la isla. A decir verdad no había considerado aquello más que nada por un tema de tiempo e incluso hasta indiferencia, bastante distante eran sus pensamientos ante la idea de comprar una vida. Veía aquello de una manera un tanto anticuada, casi como si realmente vivieran en lo que era la Edad Antigua; ¿acaso era realmente necesario denigrar tanto a una criatura por su naturaleza o las condiciones en las que había nacido? Por su parte estaba totalmente en contra de esto, en contra del desfase económico sufrido por una persona para tener que comprar a otra.

Era un pensamiento descarado de su parte, al final del día; él había ofrecido después de todo aquella suma de dinero a cambio de adquirir, casi como si se tratase de un bien o una mercadería de uso, a la pequeña zorra que prácticamente caminaba a su lado. Realmente no le importaba que sujetase su brazalete, en realidad eso solo aumentaba el hecho de que no se separaría de su persona y, por ende, no tendría que realmente salir a buscarla a ningún lado en verdad. — ¿Acaso no te dije que no te fueras? — quería tener un tema de conversación para que el silencio no invadiera completamente el reencuentro entre ambos, pero lamentablemente el antiguo rey demonio pecaba por curiosidad – entre otras cosas, claramente, siendo alguna de estas algo que ya conocía la joven zorra que lo acompañaba –. Resultaba inevitable comprender el sentido de su actuar, de haberle escrito una nota, la cual aún llevaba en el bolsillo de su prenda, retirándola lentamente para enseñársela a la joven, casi como si estuviese entregando algún tipo de recuerdo.

Pablo Neruda. — le entregó la nota a la chica, aunque era consciente de que la recordaba lo suficiente como para entender de qué era a lo que se refería. En realidad él, por su parte, no estaba ni siquiera molesto porque se hubiera ido, ¿debía de? Después de todo de una u otra manera debía de acceder a aquella pocilga a fin de arreglar el papeleo de la zorra, por lo que hacerlo antes o después, incluso con o sin la necesidad de haberla esperado, simplemente terminó por aceptar lo que en parte parecía ser inevitable. — Allí donde comienza esa felicidad sufriente y bella, voy a tu encuentro. — tras citar aquella frase poética, y sin realmente decirlo bajo ningún tipo de mala intención ni mucho menos, en realidad, sino más bien dando a entender que estaba más que satisfecho por lo sucedido, y que sus palabras respecto a lo mismo eran totalmente verdaderas. Bueno, ¿acaso había duda alguna al respecto? Estaba allí, y había invertido el dinero que esa pocilga había solicitado, aunque consideraba era poco para el verdadero valor que la fémina poseía. Claro que no era un valor comercial por su actividad física, sino por su personalidad, la cual a decir verdad era la típica alma de una fiesta. — Tú también vales el riesgo. — confesó finalmente, quizás aquelo era lo único culpable del actuar.

¿Qué te parece si vamos a desayunar? — inquiere con calma a medida que sus pasos avanzan por lo que era la calle. El hecho de conocer al menos gran parte de los mapas más actualizados de la ciudad ofrecían grandes conocimientos respecto a la gran mayoría de los locales, especialmente por una de las cafeterías que se encontraban en zonas próximas a la ubicación actual en la que ellos parecían posicionarse. — ¿Pancakes, quizás? — lo cierto es que en parte fue lo que le había prometido, ¿no? Quizás una vaga idea de que esa había sido su oferta para desayuno casero, algo que en esos momentos prefería enseñarle de él: que cumplía con sus promesas sin importar cuán tarde pareciera ser. Después de todo, aquella misma había sido en el momento en que el acto había sido llevado a cabo, quizás antes, quizás después.
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Mensaje por Invitado el Mar Mayo 12, 2020 1:59 am

Pues, si, se lo había pedido -más bien ordenado- pero Roxanne había pedido tantas cosas en vano con anterioridad que no había forma de tener la certeza el hombre aceptaría. Seguro el bibliotecario entendería su temor de volar tan cerca del sol con plumas unidas con cera y sueños. No se lo dijo, por supuesto, pero lo pensó igual si tan solo por si acaso ese ‘algo más’ del hombre le permitía leerle los pensamientos -que supiese de antemano la zorrita tenia respuesta a todo, seguro aquello no se lo había esperado al comprarla. Curiosa forma de empezar una historia de… No, no, la pequeña se nos adelantaba. Aquella era una historia y punto -romántica a su manera- con un inicio digno de su propio capítulo en la novela de su vida pero sin título ni género.

// ¿Florentino Garza? // Roxanne lo miró dudosa, pensativa, mientras caminaba aun sujeta de él que al cabo al bibliotecario parecía no importarle -y a ella le hacía sentir segura. Florentino Garza, ¿Era solo una forma de probarle había terminado el libro? ¿O se comparaba con éste? Se le figuraba el hombre era más como un Daniel Cuenca, arrebatador en su forma de querer; aunque no negaba poseía la serenidad de Antonio Zavalza. Quizá de Florentino tenía el romanticismo y la experiencia en el amar, aunque no estaba del todo segura de querer adoptar el rol de Fermina -demasiado sufrir para su gusto. ¿Con quién más podía compararlo? Carlos Vives, tal vez, en cuanto a lo culto aunque no sabía su el bibliotecario tocaba algún instrumento; la mirada de un maduro Alexei Vronsky; Dr. John Brown en cuanto a asertividad y paciencia; y sin caer en clichés, supuso también tenía algo de Mr. Darcy si tan solo en su enigmática forma de ser. No importaba, en realidad, ella lo había elegido tal cual como era -bibliotecario, historiador y ‘algo más’.

En todo aquello pensaba la zorrita cuando le sorprendió la pregunta de su amo. Así que se lo había dicho en serio. Apartó la mirada apenada por no haber confiado en sus palabras // ¿cómo explicarle qué lo había creído igual qué otros? // no obstante pronto retornó la vista observando como sacaba su nota de su bolsillo. Rió por lo bajo al escucharlo nombrar a aquel poeta, uno de su agrado cuya poesía siempre le pareció bastante coqueta; no tomó la nota, negándose con un gesto de sus manos para indicarle al bibliotecario le pertenecía // Así como ella // soltándose del agarre en su muñequera inadvertidamente. Escuchó su cita y su mente busco entre sus archivo de dónde provenía; y haciendo un poco de tiempo antes de contestarle -porque era lo propio mantener esa literaria conversación- avanzó un par de pasos -trotando ligeramente- girando por delante de él con su sonrisa de media luna iluminando su rostro mientras continuaba caminando de espaldas, sujetando su maleta tras de sí.

- ¿Lo valgo? ¿Es en serio? - le costaba creerlo, pero aceptaría sus palabras, si tan solo por qué venían de él como una confesión; y la zorrita sabía lo difícil que es darle rienda suelta al corazón, ella misma estando nerviosa - Y, bueno, sé que lo pedí ¿sabe? Pero no pensé sería usted mi Orfeo… mire que ese lugar no será exactamente el inframundo pero bien que se le parece ¿no se le hizo? Y yo no soy ninguna Eurídice, ni pretendo ocupar ese lugar, no quisiera imponerme al menos, pero… me alegra viniese usted de mí. En especial considerando hay otras pets mucho más interesantes, ¿sabe? Mire que conocí demonios, dragones, fantasmas y me parece que hasta un unicornio ¡Unicornio! Jamás imaginé existieran criaturas así, ¿usted? -

Su mente identificó al autor de aquella poesía -Éxtasis, por María Granata- ruborizando al recordar el resto de los veros; y casi en un instante se le ocurrió la respuesta perfecta, o bueno, perfecta para ella. No obstante se contuvo de hacer uso de ella, reservándola para un mejor momento pues incluso una zorrita como ella ocupaba mantener cierto misterio. Lo que sí es que iba a agradecerle por tomar aquel riesgo con ella. Más apenas había entreabierto sus labios cuando fue su estómago hambriento el que contestó gruñendo a su pregunta // O, decídete cuerpo, ¿qué tienes, hambre o sueño? Si yo solo te siento contento // -la pobre sintiendo algo de vergüenza por ello.

- Pancakes porfavor~ - afirmó con las mejillas sonrojadas // ¡él hombre se había acordado! // juntando palmas al frente en un clásico además japonés de petición - y, de ser posible, ¿café? Se me antoja una taza grande, grande. Me es vital tenerlo // especialmente tras el desvelo // pues el café ayuda a quien duerme poco y sueña mucho, ¿y acaso no suena eso a exactamente como yo? ¿acaso no suena a nosotros? - su pregunta era retórica, tan solo una forma de hacer tiempo en lo que avanzaba de vuelta hacia el bibliotecario enredándose en su brazo para dejarle guiar el camino - ¿Usted bebe café, Anshnar-san? Si me lo permite, se ve como alguien que sí, lo disfruta en abundancia; y de ser así, ¿Cómo le gusta que se lo hagan? - pregunto con brillo travieso en sus ojos, divirtiéndose con aquella juguetona insinuación, buscando conocer un poco más lo que al hombre le gustaba. Buscando provocarlo otro tanto, quiza incluso hacerle sonreir -aquella su sincera forma de agradecerle el riesgo.
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Mensaje por Invitado el Mar Mayo 12, 2020 12:13 pm

Estoy aquí, ¿no es así? — la voz de Anshar se hizo presente de una manera un tanto particular, apenas articulando en realidad en sus labios pero siendo capaz de hacerse escuchar realmente por el ambiente en general. Era un tono de voz sereno, a pesar de todo y su complexión física; se trataba de alguien bastante tranquilo en el mayor período del tiempo que estaba despierto. Obviemos dormido aunque no es una persona que realmente lo necesite o lo requiera, ya que tantos años de vida le han enseñado a conciliar el sueño de manera exclusiva cuando en realidad lo necesita, inhibiéndolo cuando tiene que preocuparse de realizar algo en particular; es algo así como una habilidad, ¿tal vez? ¿O debería de decirse, mejor, que era un don?

A decir verdad era el paso del tiempo mismo el que le había hecho mostrarse tal cual era, y en relación a las palabras de la muchacha, de aquella zorrita por denominarla acorde a su raza independiente de sus preferencias o placeres, la idea del demonio en cuestión era tan sencilla como la de escucharla. Sí, no se cansaría de hacerlo jamás y la razón era tan simple como el mero placer de conocer sus facultades, de disfrutar cada una de sus palabras; sus historias y sus poemas, las frases que salían de esos tan delicados pero deliciosos labios. Los versos que citaba, incluso lo que seguramente era capaz de crear, ¿acaso no había mayor placer en esta vida que una mujer tan perfecta como aquella? De grandes cualidades para hablar, y quién sabe si también para escribir; y además con una capacidad sexual que podía saciarlo de maneras increíbles. Aquella idea quizás no fuese aceptada por muchos, pero al menos lo era por él, ¿entonces qué importaba el resto? La completa solución y satisfacción de sus propios placeres debía de ser, de entre todas las cosas, lo primordial; esto incluía su hambre de conocimiento, claro, pero no por eso su verdadero deseo: su hambre por sexo. Vaya; ¿quién diría que él, de todos los antiguos reyes del infierno, terminaría pensando de una manera tan hedonista como esa?

El problema con ser tu Orfeo, mi preciosa Eurídice... — y fue allí que se aseguró de detener la marcha para dedicarse a volver su vista a ella. En realidad lo que hizo fue inclinarse lentamente hasta alcanzar su posición mientras dejaba que su mano derecha tomase la iniciativa de moverse; tras alzarla con cuidado no fue sino el lateral de su dedo índice le que se apoyó en la zona baja de su mentón, donde iniciaba el mismo espacio de separación de su mandíbula, para mostrar la intención de alzarle el rostro. — ... es que aún sin volverme para ver si sigues ahí, desaparezcas con alguien más. — sus palabras fueron una clara referencia a la historia de aquellos personajes que hacían mención, aludiendo a la necesidad de aquél hombre de volverse para comprobar la presencia de su mujer, quien desapareció por no haber abandonado completamente la oscuridad del propio inframundo. Fue quizás, en ese momento, que tomó la iniciativa de depositar sobre sus finos y pequeños labios una delicada atención; besó con calma, con un casto y puro movimiento, sus carnosos. Apenas un efímero contacto, tan inocente como si se tratasen de dos jóvenes de temprana edad que apenas estaban explorando el sentido de una relación, algo que entre ellos en realidad no existía a nivel formal, al menos, pero que quizás y sí era algo que se podía dejar en claro debido a las prácticas y deseos que ambos, claramente, estaban demostrando en todo momento.

Sin embargo fue aquella aclaración la que le hizo esbozar una leve sonrisa, apenas en realidad visible en los rasgos masculinos, dado que no era algo a lo que estuviera realmente acostumbrado. Fue allí que, tras dicha atención, su cuerpo se aseguró de liberarla de tales obligaciones volviendo a erguirse, indicando de manera indirecta con su andar, que era momento de continuar con el camino. — Lo que puedo admitir es que sí he visto criaturas a lo largo de mi vida, aunque claramente no lo parezca. — físicamente hablando no se veía como alguien tan mayor, pero al momento de sus diálogos – al menos bajo ciertas características o situaciones – dejaba en claro que no era alguien realmente joven, ni mucho menos. Tal vez no excedía aparentar la edad que realmente poseía, ya que eran casi seis milenios en realidad, pero sí era consciente y conciso a la hora de demostrar que no era relativamente alguien de edad temprana como algunos – quizás la mayoría – de los sobrenaturales de la isla. — Aunque he de admitir que unicornios, ¿eh? Quién hubiera dicho que alguna vez se volvieran a ver en el mundo. — no es que quisiera dar a entender que los hubiera visto, aunque quizás en el pasado sí se hubiera topado con alguno en el pasado pero tampoco es como si pudiera realmente dar a entender que no lo hubiera hecho, ¿quizás una interrogante que posiblemente deje pasar? Seguramente, sin dar respuesta, aunque siendo divertida dicha ambigüedad, en realidad.

El hecho de que hubiera aceptado su oferta de desayuno hizo que volviese a mostrar esa tranquilidad completa; no, no se había puesto nervioso en ningún momento, tan solo mostraba cierta incertidumbre dado que no estaba seguro si lo habían hablado o, simplemente, lo había pensado como una oferta. — Que sean pancakes y una buena taza de café para la joven que no es Eurídice. — observó tras indicar con su rostro una muestra afirmativa, volviéndolo lentamente a un lado mientras combinaba dicho movimiento con uno afirmativo. No pudo imaginar en su mente varias formas de reaccionar ante sus palabras, y siendo sinceros quizás la más adecuada para contrarrestar – por decirlo de alguna manera – tan ávido comentario fuera el hecho de actuar con su misma picardía. — Sinceramente, Roxy, no me gusta que me lo hagan... — sí, sus labios dibujaron una sonrisa un tanto apacible en consecuencia, demostrando ese mismo sentimiento que la fémina, buscando enseñar que él mismo era capaz de no solo ser lujurioso, sino también de jugar sus juegos. — ... soy yo el que prefiere hacerlo. Aunque admito que, si eres tú, hasta podría darte ese permiso; tómalo como una muestra de que estaremos juntos, como dije ya, «para toda la vida.»

Lo cierto es que el camino en dirección hacia el lugar de destino no era sino tal vez una de las cafeterías que se encontraban más de paso hacia lo que era su residencia. La fachada de la misma denotaba variedad en cuanto a aspecto físico, quizás alardeando de tonalidades cálidas como lo eran rojo y amarillo, algunos naranjas como muestra de la combinación de los dos primeros, pero lo que más causaba interés eran sus espacios laterales cubiertos con vidrios amplios que permitían la vista completa tanto desde el interior hacia fuera, como desde el exterior hacia dentro.

Al entrar, abriendo la puerta del mismo, lo primero que hizo fue darle paso a la joven que lo acompañaba optando por entrar en segundo lugar. No era sino caballerismo y educación, quizás algo que con el tiempo se hubiera perdido; los ojos de Anshar, en cambio, no se movían de la fémina y su andar, quizás advirtiendo que sí la veía, aunque en realidad solo miraba sin ver. Sí, sus ojos denotaban estar algo perdidos, y tan solo moviéndose casi por mera inercia, incluso cuando fueron atendidos ya que en realidad ese lugar era uno de los cuales realmente visitaba algo a menudo aquella cafetería dada la cercanía. Era el efecto de la soledad, después de todo, necesitaba simplemente alejarse un poco de sus libros y sus deseos para poder mantener la relación social, al menos, a niveles mínimos y era allí donde podía conseguirla aunque fuere pidiendo su desayuno o simplemente teniendo algún comentario respecto al libro que acostumbraba leer de manera esporádica cada que iba.

¿Lo de siempre, Anshar? — la voz del que se encontraba en la barra atendiendo a los más cercanos se hizo presente y fueron sus ojos los que se volvieron en dirección, siendo quizás aquella voz la que lo hubiera sacado del trance en el que parecía encontrarse. No dijo nada hasta sino después de unos varios segundos, volviendo la vista primero hacia la zorra que lo acompañaba y luego regresando a su aparente interlocutor. — Dos café grandes, negros. Para mi pequeña que no es Eurídice, pancakes mixtos, así puede disfrutar de varios sabores; para mí, simplemente como siempre. — e igualmente no hacía una referencia a un plato en especial, ni al desayuno que estuviere acostumbrado sino más bien todo lo contrario: le gustaba variar, combinar, probar cosas nuevas, quizás que no estuvieran en el propio menú. Se había hecho, quizás, de una especie de pseudo amistad con aquél hombre por lo que era bastante simple que tuviera la intención de idear nuevas experiencias gustativas para su cliente, algo que a decir verdad iba implementando poco a poco en el menú acorde a la deliberada reacción que tuviese el demonio milenario. Tras esto no dudó en guiar a la chica, apoyando una de sus manos sobre el hombro contrario, para que avanzara delante suyo; no le permitiría avanzar detrás, quizás haciendo aquella obvia referencia a lo que habían hablado anteriormente respecto a Orfeo y Eurídice. Le enseñó el asiento, unos especies de sofá mullidos que se encontraban en uno de los rincones, algo alejados del resto; era un lugar quizás más privado, aunque no estaba reservado ni nada pero nadie utilizaba aquella mesa en cuestión al menos desde que él visitaba dicho lugar como mera costumbre.
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Mensaje por Invitado el Dom Mayo 17, 2020 7:24 pm

¿Con alguien más? Roxanne observó al bibliotecario con cierto aire de confusión. La historia que ella conocía no incluía a Eurídice desapareciendo a causa de un tercero; en cualquier caso había sido culpa de la curiosidad del hombre - // Mira que // había pensado siempre la zorrita // de haberse esperado un tanto más hubiesen tenido su felices para siempre //. Y sin embargo no dijo nada, intrigada quizá por aquella versión dónde Eurídice desaparecía con alguien más; quizá incluso un poco ofendida por la posible sugestión del hombre a su carácter. ¿Acaso el historiador pensaba que iba a desaparecerse con alguien más? Se le figuraba tonto que pensara eso, pero a la par, ¿acaso también no era un tanto iluso creer a alguien propiedad suya porque lo dicta un papel? -o un acuerdo, la zorrita no estaba del todo segura cómo funcionaba aquello de haber sido comprada.

Y mientras más lo pensaba no estaba segura de qué hacer con aquella información. Lo que en un principio le había parecido de lo más romántico -y supuso, en cierta medida, aún lo sentía así- comenzaba a revelarse frente a sus ojos. ¿Qué significaba exactamente haber sido comprada por alguien? La zorrita no tenía experiencia previa en ello, acostumbrada siempre a la libertad aún cuando vivía en aquella vieja okiya. Aún más… ¿qué significaba para el bibliotecario tenerla bajo su posesión? Roxanne lo observó discreta mientras lo escuchaba hablar sobre unicornios con la certeza de quien no los ha visto en décadas -aunque el hombre apenas se veía por encima de los treinta años- e ignorando aquella extraña manera de expresarse al estar absorta en sus pensamientos. ¿Realmente era tan solo una mascota para aquel hombre? Temía encontrar la respuesta en sus ojos; descubrirse tan solo un tomo más en su biblioteca, otro libro en su colección privada.

Le distrajo la respuesta del bibliotecario a su pícara pregunta. Una sonrisa se dibujó de nueva cuenta en su rostro a la par que dejaba escapar una risa ligera, divertida, casi inesperada con aquella naturalidad con la que el historiador se dirigía hacia ella. Se le figuraba un hombre de pocas -pero precisas- palabras, y la idea de que algunas de estas rayaran en la indecencia le hacía sentir orgullo. // Son las pequeñas victorias del día a día las que realmente cuentan // se dijo a sí misma mientras memorizaba la oferta -el permiso- del bibliotecario; sonrojando al escuchar aquellas cuatro mágicas palabras. No cabía duda en su mente, hacían mejor historia que Fermina y Florentino… y por mucho.

- Vaya el privilegio que me ofrece, ¿esta seguro no le resulta de mayor conveniencia a usted? -

Preguntó relamiéndose sus labios donde el sabor de los opuestos recientemente había depositado un corto beso.

No. No podía pensar de aquella manera tan tajante. Roxanne decidió darle el beneficio de la duda. Un tiempo para descubrir cuál era exactamente su relación, si se lo había imaginado todo ella, o si aquella no era sino una triste y tierna historia de amor. Una oportunidad para conocer de fondo al bibliotecario. Así lo decidió mientras lo miraba de reojo al cruzar la puerta agraciada por el caballeroso gesto de su compañero; y así lo confirmó mientras lo seguía hacia el interior del colorido establecimiento, su cola suavemente agitando al percibir el delicioso aroma de café, carne, en general, comida. Y cualquier duda que le quedaba se disipó cuando se detuvo a su lado en la barra, observando bajo una nueva -mucho más humana- luz.

La familiaridad con que se referían a él le pareció extraña, despertando intriga en su mente. Se preguntó cuánto tiempo pasaba el hombre en aquel lugar que hasta se había hecho merecido de aquella frase clásica de los antihéroes solitarios, los policías perdidos en la obsesión de un caso perdido y los amantes desventurados que sufren de cariño no correspondido. Fue esa misma familiaridad del hombre hacia el lugar que la mantuvo en silencio mientras el hombre ordenaba por ella -cediendo así un poco de su independencia- disfrutando, para su sorpresa, la atención; limitándose a agradecer a la voz con una sonrisa.

Se abstuvo de palabras optando por explorar el espacio con la mirada mientras, de nueva cuenta, se dejaba guiar a complacencia de su acompañante. // ¿Era aquello lo que significaba ser su mascota? // Las dudas regresando a su mente sin querer ser resueltas, sin poder serlo en realidad. El trato del hombre hacia ella era amable, delicado; carente de la hostilidad clásica de los villanos de cuentos aquellos que obligaban a las doncellas a quererlos así, sin preámbulos, a la fuerza. A su lado no se sentía una mera pet, aunque no por ello dejaba de serlo, supuso, había tanto que preguntar en su mente que comenzó a añorar aquella bebida matutina. Lo supo llevándola de frente y con respeto, // ¿aun temiendo que se fuera con alguien más? //. La zorrita posó su mirada en él mientras tomaba asiento esperando a que el hiciera lo mismo antes de atreverse a romper el cómodo silencio entre ambos.

- Eurídice no desaparece con alguien más - dijo, al fin, incapaz de no ser honesta con sus pensamientos aún si estos resultaban por torpes, imprudentes. Habló sin rasgos de acusación, sin buscar confrontación; tan solo decepcionada de los significados que el sobrepensar había arrojado - Orfeo le falló, se desesperó. Mire que si él hubiera confiado en ella, en que seguía a su lado, ella jamás se hubiera desvanecido, ¿no lo piensa así usted? - le preguntó con los ojos serios, cual si de su respuesta pendiera su ilusión; y continúo hablando pues, contrario a él, a ella le incomodaban aquellos toscos silencios en que se espera una respuesta - En cualquier caso yo no lo haría, ¿sabe?.. Si realmente sintiera lo que ella por Orfeo, no me desaparecería. Se que compartimos el parecido, cuando menos en las adaptaciones - mencionó pensando en las versiones cinematográficas vistas - pero tampoco soy como Christine, no lo abandonaría solo porque sí…o por alguien más así como así.. -

Calló al escuchar pasos cerca, la mesera que los recibió en la entrada trajo consigo dos amplias tazas dejadas en la mesa del centro, donde acto después sirvió el café. Dejó la tetera cerca por si deseaban servirse de nuevo -llevando a la zorrita a acariciar las mejillas reconociendo los estragos del desvelo- junto con un pequeño cántaro metálico con leche y un elegante cilindro con paredes de vidrio que permitían apreciar los cristales de azúcar en su interior. Roxanne le agradeció con un murmuro antes de subir sus pies descalzos al sofá tomando la taza en sus manos acercandola a su rostro para despertarse con el simple aroma del café.

Sintiendo sus sentidos un poco más vivaces, retomó la conversación en lo que esperaba a que la bebida adquiere una temperatura más cómoda para ser bebida -o cuando menos para evitar quemarse su lengua.

- Este lugar es… - su mirada recorrió el interior del local buscando la palabra precisa para describirlo - ¿anticuado? - aventuró, aunque se le figuraba no se había dado a entender; así pues, decidió explayarse a costo de aburrir a su compañero - Me recuerda al Double R Diner, ¿lo conoce? Ah.. la referencia es un tanto inusual, lo reconozco, pero verá que cuando estaba viviendo sola en Osaka encontré este pequeño local donde rentaban los videos más niche que se pueda uno imaginar. Abundaban las series de televisión y una que vivía sola, pues, cómo que es buena forma de no morir de aburrimiento ¿no? - pausó, la verdad era que, por el semblante tan serio del hombre, no lo imaginaba viendo ese tipo de entretenimiento - Para no hacer la historia tan larga, en una de esas comencé a ver una serie llamada Twin Peaks, muy surrealista, ficción policiaca, ¿le gusta el género? Yo aun no me decido si es mi tipo o no, supongo me agrada pero a la par como que da miedo. Saber el mundo tan cruel... Caso en punto, en esta serie hay un café que me recuerda a este lugar… así, misterioso y todo, nada más falta usted me diga que su verdadero nombre es Dale Cooper para sentirme completamente inmersa -

Rio por lo bajo, dejando el pensamiento flotando entre ellos; y le sonrió al bibliotecario acercando la taza a sus labios para medir la temperatura del café con ellos y encontrándose aún un poco por encima de lo disfrutable para ella. Así pues, continuó hablando que al cabo así era ella, y si había de darle una oportunidad al hombre -si quería descubrir qué eran- tenía que primero permitirle conocerla.

- Me emociona pensar viviremos juntos… en la biblioteca - aclaró pronto con un sonrojo que no tenía nada que ver con sostener la bebida caliente tan cerca de su rostro - Me hace pensar un poco en cierto cuento, seguro sabe a cual me refiero; eh… claro que, no es mi intención insultar, Anshar-san, en cualquier caso la bestia sería yo, ¿no lo cree? Por mi naturaleza. Le cedo el honor de ser a usted la bella, con tal de que yo pueda quedarme con esa biblioteca… metafóricamente, por supuesto, mire que no sabría cómo mantenerla. No imagino como le hace usted… ojala pueda enseñarme, digo, creo poder ser útil también para eso - // y no solo para tener sexo // pensó pero se abstuvo de decirlo cambiando vertiginosamente el trayecto de sus palabras - En eso si comparto sentimiento con Bennet, ¿cómo fue que lo dijo? Cuando tenga mi propia casa, seré miserable si no tengo una excelente biblioteca, así que por esa parte creo poder tacharlo de mi lista… ¿Usted que opina, Anshar-san? ¿Qué se siente vivir rodeado de tantos amigos, tantos mundos, tantas historias? -

Para entonces el café en sus manos había enfriado. Satisfecha lo llevó a los labios y bebió despacio, sus ojos rojo-marrón observando a aquel a quien a partir de entonces debería llamar dueño, aunque en ese instante -y tal vez a causa de lo acontecido- hubiese preferido llamarlo algo más íntimo; algo como amigo, o, incluso, querido.
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Mensaje por Invitado el Lun Mayo 18, 2020 8:24 pm

Si bien es cierto que Orfeo es responsable por no haber esperado el tiempo suficiente a que ella abandonase la propia oscuridad del Infierno, existe también el hecho de que pueden malinterpretarse las palabras propias de Perséfone. — los ojos del hombre no tardaron en ofrecer una cálida mirada en respuesta a la misma tonalidad con la que parecía ahora simplemente intentar ofrece algún tipo de explicación al hombre en cuestión. Sus palabras, más bien el intento de simplemente intentar explicar el origen de la metáfora tan solo ofrecía al masculino la falsa idea de que, al parecer, tampoco estaba siendo realmente comprendido. — Verás, Rox... — y quiso utilizar esa expresión para sentirse algo más diferente al resto, al común y tranquilo hecho de que por su propia persona podría poseer una manera un tanto exclusiva de la cual hacerle referencia cada que tuviera la oportunidad, o la mera necesidad claramente. — ¿A qué me refiero con esto? A que las palabras de Perséfone fueron, si no me equivoco « Si intentas verla antes de atravesar la laguna de Estigia, la perderás para siempre. » — o al menos así era la versión que el hombre poseía y la cual se había utilizado, en reiteradas ocasiones, en varios institutos educativos a lo largo de la propia historia como tal. Era quizás ese hecho el que, de entre todas las posibilidades, por el cual algunos de los cuentos terminaban siendo mal interpretados o simplemente mal traducidos.

Carecía de la versión original porque en realidad mitos como aquellos, en realidad, resultaban más que difíciles de tratar incluso para alguien como él; sin embargo podía considerar que aquella era la frase más adecuada para la idea en general que se planeaba ala inicio del desenlace. — Existen, de igual manera, varias versiones respecto a las razones por la cual Orfeo se volvió para ver a Eurídice. — observó con calma el masculino al momento de dirigirse al abanico de opciones. Lo cierto es que entre ellas no había una gran diferencia pero, y dependiendo de los diálogos de Perséfone en cada historia, el significado de la desaparición podría cobrar más o menos sentido. — Una de ellas cuenta la historia de una Eurídice que, aliviada de estar llegando al final de su camino, suspiró y por consiguiente la necesidad de Orfeo de volver hacia ella ocasionó que ésta desapareciese frente a su presencia. — y quizás por eso mismo es que él, de entre todas las opciones que poseía, consideraba la presencia de una tercera persona en aquella historia. ¿Acaso, entonces, no había sido Perséfone quien había impuesto las normas de su partida? En ese caso, siendo más apegados a la realidad de la historia como tal, era dicha mujer quien conformaba a ese alguien más del cual había hecho alusión en su frase previa.

También existe la versión en la que Orfeo, tras haber llegado a su destino y haber sido iluminado por la luz del mundo terrenal, se encarga de volverse a la espera de que su mujer lo haga. ¿Acaso no había sido Perséfone clara al respecto? La perdió por esa impaciencia, podríamos llamarle. — y si bien cada versión era independiente de las demás, en realidad la idea original siempre fue contada con la frase propia y neutral de la mujer de Hades, algo que había tenido que aprender, a pesar de no necesitarlo, como consecuente de su estancia en Alejandría. — La última versión, según fuentes un tanto menos versátiles, por denominarlas de alguna manera en concreto, hacen referencia a la mera impaciencia del hombre en cuanto a haber sido tocado primeramente por la luz. Sin esperar a abandonar totalmente el rango del Estugia. — y lamentablemente la confusión, la impaciencia, ¿quizás la duda de Orfeo? Su existencia como el hijo de Apolo le quitaba lo completamente humano, después de todo, ¿entonces por qué haber llegado al punto en que se perdería de lo más importante? Esas eran, entre otras, dudas que realmente respuesta no se podrían encontrar a menos que existiese la posibilidad de interactuar con los protagonistas, claro que siendo mitológicos su existencia quizás fuese, de entre otras cosas, meros inventos para poder saciar dudas o necesidades propias de la humanidad.

¿Twin Peaks? Siendo exclusivamente sincero, solo puedo decir que sí la escuché en algún momento pero mis gustos no van de aquí para allí siendo específicos si mantengo la postura de la premisa. — observó el masculino, e igualmente era consciente de aquello a lo que hacía referencia. Quizás, tal vez, en alguna ocasión el hombre no dudó en realizar lo que muchos conocían como zapping y terminó topándose con aquella serie noventera. No podía decir que no le gustasen en realidad porque en cierto sentido era alguien bastante fanático en lo que se relacionaba con series y películas, pero en lo que era más en ámbito personal también debía confesar cierta predilección para con lo que eran escritos; no por algo tenía una biblioteca, ¿verdad? — Los géneros en realidad no me resultan algo por lo cual desmotivarme. A la hora de leer, claro, realmente puedo escoger cualquier tipo y sin embargo no encontrar ningún tipo de favoritismo; en cambio a la hora de encender la pantalla busco, no es como que busque algo realmente específico. Podría decir que sí, me gustan, pero no me apasionan: ¿acaso no vivimos en un mundo donde la ficción es, quizás, menos real que el propio ambiente que nos rodea? — sí, quizás existiesen series donde se hablaban de temas fidedignos y típicos encuentros para con humanos, ¿pero acaso la existencia de criaturas sobrenaturales, como ella, no eran sino la misma expresión de ficción en la realidad?

Oh, no. Lamento no poder complacerla con llamarme Dale, pero mi nombre es Anshar como se lo dije... anoche. — bueno, en teoría no estaba mintiendo, aunque tampoco estaría muy lejos de la verdad al decir que era también Bael o Paimon, ¿verdad? Quizás el hecho de haber ocupado alguno de esos nombres en lugar del mismo que le había ofrecido hubiera entregado algo de misterio a la chica en cuestión. Tampoco estaba seguro, ni era completamente consciente, de cómo es que reaccionaría la menor en cuanto se enterase de que se trataba de alguien con tantos años, tantas centenas, tantos siglos encima. ¿Se molestaría? ¿Le sorprendería? ¿Se alejaría? Anshar no es que se tratase de alguien muy sentimental ni nada por el estilo, aunque sí era consciente de sus poderes y sus capacidades a la hora de interactuar con alguien del sexo opuesto.

No le permitiría ser la bestia en ningún momento, además considero que de los dos, eres la más bella. — y no es que estuviese siendo alguien casual ni mostrase intenciones de flirtear a la fémina; en realidad si las tuviese utilizaría otros métodos quizás más efectivos debido a su elocuencia y su conocimiento en otras ramas que eran más propias de él como la literatura, la poesía, incluso la mismísima historia. — Además, ¿por qué encontraría insultante una referencia tan cierta como lo es mi encierro personal respecto a las paredes de aquella biblioteca? Sí, salgo, vengo a este lugar a desayunar en reiteradas ocasiones pero mi vida se encuentra allí. — y quizás en ese momento tras decir aquello fue que la contraria se hubiera sentido un poco atacada, ¿o tal vez ignorada? En realidad su persona tampoco es que tuviera intenciones hostiles ni agravantes en su contra por lo que su actuar se dio posterior al entrecerrar la mirada, analizando con cierto interés el sentido de sus propias palabras y la forma en la cual pudiese expresarse mejor, llegando al resultado más sincero. — Y he de confesar algo: si no dije nuestra vida es meramente porque no deseo atarte ni amarrarte; sin embargo, si deseas compartir tu tiempo conmigo en la biblioteca, créeme que nada podría satisfacer más mi solitaria existencia que tenerte allí. Eres una persona completamente libre, tan solo te compré, y perdón que sea un tanto penoso pensar en comprar a alguien, porque disfruto de tu compañía. — sus labios apenas esbozaron una curvatura en la zona de sus comisuras. En realidad no era de esas personas que fuesen excesivamente tiernas o románticas ni mucho menos, quizás lo último sí pero dependiendo mucho del lugar. No es que tanto la persona influyera, sino más bien su ser, eso que ocupaba atrás del aspecto físico, ya que si íbamos al caso veía en la zorra una atracción inmediata que había sido producto necesario de lo que había acontecido la noche anterior.

Quedártela. Quizás, en algún momento, sea tuya. — continuar con aquella plática en realidad tampoco sería algo que tuviera deseos de realizar, siendo más que básica las variadas posibilidades para que aquél enunciado fuese realmente posible de alguna manera. Los ojos del hombre no tardaron en volverse lentamente en dirección hacia la figura que parecía estarles llevando el desayuno, ¿o sería ya casi un medio almuerzo? No se había dado cuenta de la hora, siquiera la había visto al salir de su residencia realmente, por lo que tampoco es que estuviera muy interesado en encontrarse con alguna de aquellas opciones.

¿Cuál es el aditivo en ésta ocasión? — a diferencia de otras veces, en ese momento también habían sido pancakes los que habían llegado al plato del hombre en cuestión quien parecía un tanto confundido. Acostumbrado a lo que el cocinero tendía a inventar, en realidad se hallaba un tanto descolocado al respecto. — Dijo que en ésta ocasión comprobará al degustar. — aquello no era realmente común en el hombre encargado de realizar sus platos pero tampoco es como si pudiera hacer que se lo regresasen; bueno, en teoría sí era factible pero lamentablemente eso estaba bastante muy en contra de la ideología del hombre. Su orgullo no le permitía retroceder luego de haber sugerido lo que el hombre desease preparar y en esos momentos, a pesar de todo, era precisamente eso lo que había sido entregado tras las especificaciones. En cada plato cabían seis pancakes relativamente grandes, aunque algo más chicos que el plato en cuestión pero de un grosor realmente no muy notable. Esos variaban en realidad, cuantos más pequeños en diámetro eran más altos, en cambio cuando se reducía la altura era el diámetro el que aumentaba. Anshar suponía que, y a pesar de no tener conocimientos prácticos en la cocina, se debía a la utilización de diferentes sartenes.

Inhaló de manera cuidadosa un poco el aroma del ambiente aunque desconocía en realidad, o al menos a simple vista ni con el sentido del olfato, de qué se tratasen aquellos. Lo que podía notar era que los tres encontrados en la base tenían una especie de salsa de chocolate invadiéndolos completamente, incluso entre medio de cada cual. Sin embargo los otros tres superiores, a diferencia de aquellos, ostentaban algo más cotidiano como lo era una especie de dulce cremoso el cual, por su parte, consideró se trataba uno en base a lactosa. — Haces muchas preguntas a nivel personal, Rox. — comentó de manera tranquila para poder tomar los respectivos cubiertos y tratar de comprobar el resultado de lo que, por su parte, consideraba el primer fallo del hombre en la cocina. — Jane Austen, Orgullo y Prejuicio. — mencionó el masculino cuando la voz de la fémina hizo aquella cita, causando en él una especie de curvatura en sus labiales. Los conocimientos literarios de aquella chica causaban un cierto interés en él, después de todo, y su expresión no mostraba sino realmente aquello ya que no dejaba de observarla en todo momento. Tal fue el interés en la conversación que incluso recordó la existencia de una obra literaria, una novela más específicamente, la cual le hizo meditar durante varios segundos el posible rumbo que tomaría aquella conversación. — ¿Y ha leído Death comes to Pemberley? De P. D. James cuenta como secuela de la obra de Jane Austen, algunos años más tarde claramente. — creía recordar que aún la conservaba, quizás, en alguno de los estantes en la sección de novelas, claramente dentro de su selección privada debido a que era un ejemplar original, de los primeros que había salido. Un verdadero regalo de la propia escritora con la cual alguna vez había tenido un encuentro en su juventud.

Antes de poder decir algo más terminó por llevar el bocado de pancakes a sus labios. Suspiró con cierta pesadez en consecuencia, notando la clara existencia de sabor a limón en la masa en cuestión casi como si se tratase de algo excesivamente renovador. Si bien no era realmente común, tampoco es que fuera una combinación muy descabellada, exceptuando cuando llegó a la parte del dulce generando así una sensación entre agridulce, que no llegaba a desagradar realmente, y un toque ácida como consecuencia del propio sabor a limón, el cual se encontraba bastante presente si se podía agregar.
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Just for some pancakes. | priv. Roxanne Empty Re: Just for some pancakes. | priv. Roxanne

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