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Mensaje por Xayah Connor el Vie Mayo 08, 2020 2:35 am

Comencemos, a ver estamos en Barcelona, España, Europa, La Tierra, Sistema Solar, Vía Láctea...
Allá por la segunda mitad del siglo XVI Xayah ya había comenzado con algunos de sus viajes alrededor de la península, y pese que a que en aquellos tiempos no usaba su nombres, Xayah, la nombraremos de esta manera para evitar que algún despistado no sepa que hablamos de ella misma, no tenía problemas con su nombre, tampoco con su apellido, a ella le gustaban, pero concretamente su nombre "Xayah" sumado a su apellido extranjero Outlaw no inspiraban mucha confianza a nadie. Así que por evidentes razones desde muy pequeña Xayah usaba el nombre de Catalina, según su madre un nombre mucho más bonito y apropiado para una mozuela hecha y derecha. Xayah quedó como el nombre que le dio su padre (el iluminado que salio a comprar tabaco antes de que lo vendieran) y que solo utilizaría como nombre habitual muchos siglos más tarde.

En esos tiempos del reinado del monarca llamado "el Prudente" y aunque me gustaría decir que fuera cuando Baltazar tuviera casualmente...no sé unas cuatro décadas de vida por motivos más que interesantes que fueron comentado en privado, dejaré la fecha exacta a elección de mi compañero.
Xayah vivía como había hecho desde que hizo algo parecido a lo de su padre con el tabaco, ella no dejo a su mujer con una hija pero si que se fue sin avisar a nadie un día antes de casarse, como se dice siempre de tal palo tal astilla.

Vivía como una astilla, quiero decir, como una joven como la mayoría, ya sé que no es como la mayoría, si es una bruja que se fugo de casa y vivió como una pirada salvaje pero eso era antes, ahora vestía como la mayoría y con como la mayoría quiero decir como una sucia plebeya, no sucia de dar asco o de no asearse, que podría ser pero no es su caso, me refiero a sucia de vulgar, alguien que no llama la atención por su aspecto, salvo por una bonita capa de plumas (su ala oculta) que por muy mágica que sea Xayah no sería raro que alguien se imaginará que se trata de algo robado o del regalo de algún ingenuo adinerado interesado en su cuerpo. Nada de eso, tan solo su capa.
Y más “detalles” si, son solo detalles, esas orejas esa patitas...bajo un vestido NO se nota nada raro y con una capuchita nada que sospechar, y si alguien notaba algo raro (que para que mentir no sería nada poco frecuente) Xayah tenía su recurso infalible para pasar desapercibida, si quiere que alguien la vea como una persona normal así la veía, nunca fallaba. Digamos que el único cabo suelto era ese bonito, brillante, adorable y pequeñito búho rosa que volaba a su alrededor, un animalillo invisible para la mayoría.

Ese día Xayah parecía caminar con mucho brío, demasiado, mucho. Más prisa no podía llevar la chiquilla, casi parecía que corría. Esto para cualquiera que la conociera era más que raro, durante los años que llevaba allí había sido muy amable con todo el mundo llegando a simpatizar con cualquiera a su alrededor (en gran parte por ciertos dones de los que hacer abuso no era ningún disparate si con ello podía vivir tranquila) vamos, que era la jovencita que cualquiera que hubiera tratado alguna vez con ella la saludaría al verla pasar.
Pero vamos a pensar un poquito, en esa época una mujer que no estaba casada, no era religiosa y no tenía familiares varones...solo le quedaba un destino y no era algo que Xayah tuviera pensado hacer. Creo que ya esta todo dicho, si aun no tienes claro porque corría...chico solo hay que sumar uno más uno.

Al final con tanto andar rápido y tanta carrera termino pasando lo todo lo que tenía que pasar. En todas escena en la que una joven corre, que Xayah no corría, ella solo andaba rápido casi corriendo, en estas escenas una se tropieza, Xayah tropezó, pero solo llego a tocar el suelo con sus propias manos antes de levantarse y seguir. Lo siguiente que siempre pasa en estas situaciones callejear, todo el mundo sabe que cuando escapas de alguien en una ciudad contra más esquinas  gires mejor, eso despista, pero no gires tres esquinas muy seguidas o la puedes piciar. Y por ultimo el choque, claro que Xayah tenía que chocar con alguien si no nada de esto que estoy escribiendo tendría alguna gracia. Claro que llegados a este punto con quien choco podría ser mi compañero de rol o un npc, otra decisión que dejaré en el aire para que pueda decidirlo el que escribirá ahí abajo. Lo que si puedo confirmar es que con quien había chocado era considerablemente más grande que ella, algo que no era muy complicado cuando eres una mujer retaco.

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Mensaje por Baltazar Farnese el Vie Mayo 08, 2020 3:09 pm

“El palacio real, San Lorenzo del Escorial, lució sus mejores galas para celebrar la llegada de los invictos de Lepanto. La Liga Santa ha derrotado a las tropas del Magnífico, y ahora su Graciosísima Majestad, nuestro pariente Felipe II, reina con indiscutible voluntad sobre los mares occidentales, como siempre ha debido ser, y como la providencia determinó al brindarnos la victoria. En mis manos cayó el honor de poner fin a la infame vida del hereje Mehmet Pashá. Amor mío, mi persona se dirige a la capital del Viejo Consulado del Mar, Barcelona, para determinar los futuros movimientos de la Grande y Felicísima Armada Española. Nos, como caballero que somos, prometemos que volveremos a casa antes de que este año termine para regresar a vuestro lado, Agatha Hohenzollern, amada mía.

Eternamente tuyo.

Su Alteza Real Baltazar Farnesio de Borbón-Parma y Hasburgo-Dos Sicilias-Hohenzollern, Almirante del Mar Océano


Un despistado Baltazar releía aquella carta que dirigía a su prometida, antes de decidirse si enviarla o cambiar algo en aquel conciso mensaje. ¿Quizá el uso del tratamiento real, según el cual podía dirigirse a sí mismo con el honorífico plural, era demasiado rimbombante? Sin duda alguna, estaba cargada de un barroquismo hasta anacrónico. O sería anacrónico si no estuviéramos en el S. XVI, por supuesto, en aquella congestionada urbe que se había forjado de las manos de sus trabajadores comerciantes y el ahorro de sus ávaros burgueses, a los que el pecado de la avaricia les parecía el menor de los siete, ergo el que menos importaba vulnerar constantemente. La riqueza fluía en las calles de aquella abarrotada ciudad repleta de rudimentarias manufacturas y puestos mercantes, como lo que no dejaba de ser: el puerto de aquel nodo comercial que acumulaba las riquezas de los dominios imperiales del consejo de Italia y de Aragón.

La campaña que le había llevado a las lejanas costas turcas y de Chipre había sido un rotundo éxito, y ahora, se disponía a dirigirse hacia el cuartel de la ciudad para descansar unos días antes de emprender un viaje más largo de nuevo hacia la Serenísima Venecia, donde el Dux en persona había solicitado preparar los planes para un escenario a posterior, con tal de reconquistar Chipre si se pudiera. Tales asuntos en aquel momento parecían no afectar al joven ángel, que montado en la fuerte loma de su ejemplar de pura sangre, iba por aquellas calles, con todo el uniforme militar y hasta el colgante a su cuello que lo acreditaba como un verdadero Hasburgo: el Toisón de Oro, que permanecía sobre su pecho, como muestra del inmenso poder familiar de la dinastía que ahora gobernaba la Península completa.

Veía a las gentes del populacho admirar su grandilocuente y noble figura, y quizá alguno sabía ya (porque para ese momento las noticias se propagaban lentamente) que aquel era un héroe de Lepanto. O quizá era la espada que llevaba al cinto en la cintura lo que les intimidaba. Sin embargo, su atención estaba en la carta, y aquello sería lo equivalente a ir con el móvil en la mano mientras se conducía en el siglo que nos afecta a nosotros. Y eso significaba que su atención estaba tan centrada y enfocada en aquel manuscrito que de otra cosa no se percataba. Su mano diestra, por supuesto, tomaba las riendas del caballo, y la zurda era la que tenía la atención de los ojos del ángel. Un ángel que para ese momento era más joven, por cierto, y por ello su habitualmente largo cabello se mantenía raso como el que tendría un varón habitual, sin aquella longitud que solía ser tan característica y hasta atractiva en él. Pero poco se podía hacer si acababa de volver de la guerra, como mostraban sus gigantescas ojeras y aquel rostro tan apagado y totalmente carente de amabilidad del que solía hacer gala. La belleza suave y juvenil del ángel, que se veía encarnada en especial en una sonrisa permanente, ahora quedaba sustituida por un rostro que se mantenía completamente frío.

Él siguió con su trotar un rato más, hasta que la montura, velozmente, pareció querer desviarse de algo, lo que hizo que el noble volviera a la realidad en la que se encontraban. Un fuerte y ágil movimiento con la rienda le permitió desviar al caballo a tiempo, mientras gritaba el casi instintivo “shooooo” con el que había instruido a su corcel para que se detuviera.

-¡Cuidado, mujer! Mis disculpas
-dijo, mientras intentaba retomar el control del caballo como buenamente podía, lo cual era difícil haciendo acoplo exclusivo de una de sus dos manos- Mi despiste podría haber acabado mal, ergo me disculpo. -ahora, decidió mirar con mayor detalle a lo que tenía delante. Esas ropas de pueblerina le mostraban el bajo estrato social de aquella hembra, y la carencia de alianzas en la mano, una posible profesión que no era de su agrado profesional, como podría deducir cualquiera que viera su complejo uniforme militar y uno de los muchos blasones que colgaban de él, en forma de la cruz dominica, orden con la que sentía cierta simpatía y que muy indulgente con el pecado no era conocida por ser. ¿Una ramera? ¿Una soltera, quizá? ¿O una viuda, aunque no fuera de negro? Quizá solamente era una mujer de mala fortuna, a la que Dios en su gloria había visto necesario hacerla sufrir en especial- ¿Os habéis manchado, o hecho daño? Por favor, aceptad mi más sincero perdón.
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Mensaje por Xayah Connor el Sáb Mayo 09, 2020 11:20 am


Casualidades de la vida, uno de los “accidentes” en cadena que provocarían aquel encuentro sería algo que Xayah no iba a recibir en siglos, una carta. Si piensas que intento hacer parecer a Xayah una especie de chica triste y añorando algún tipo de amo, no, ni hablar, claro que no me refiero a eso. A ver, que una mujer en esa época y con el aspecto de Xayah supiera leer y escribir era más raro que ver un perro verde limón. Y ya  para ella era toda una suerte, cortesía de su padre, ese que fue a comprar el tabaco. A lo que quería llegar es que no era el tipo de mujer al que alguien intentara mandar una carta de ningún tipo, y si a eso le sumamos que no solía vivir mucho tiempo en un mismo lugar, llegamos a la conclusión de que no, no era alguien que fuera a recibir ningún mensaje escrito por parte de nadie. Y justo una carta fue lo que hizo que por parte del varón no prestara atención a su alrededor.

Por parte de Xayah lo que ya había explicado, escapaba de alguien con tanto temor como nervio. Ahora revelaré con más claridad de que alguien escapaba, si lo hacía de primeras no dejaría ninguna sorpresa que explicará con algo de más detalle la situación para aquellos que con lo comentado anteriormente no hayan entendido cual es el destino de una mujer que no es religiosa y sin familiares varones lo diré más claramente, si no escapaba terminaría como ramera o en el caso de la bruja teniendo que llegar a recursos que no quería usar para escaparse.

Lo que pasaría en el siguiente minuto requerirá de muchas palabras, dentro de lo que pueda intentaré que la narración no sea pesada.
Nos habíamos quedado en el momento en el que Xayah chocó con algo más grande que ella, algo que para si misma era como un muro, mentí, no chocó, estuvo a punto de hacerlo, casi tanto que parecía que se había dado de morros, pero no fue así, gracias a la reacción del jinete y de la propia Xayah lo que pudo ser un golpe peligroso se quedo en un tropiezo con ella en el suelo. Bien en esta situación los normal era levantarse al momento, pero Xayah, en su mundo del empanamiento y algo conmocionada por lo ocurrido se tomo unos segundos de descansito en el suelo, “descansito” en el que miro el animal con el que casi colisiona, un animal que hizo que su sorpresa fuera aun mayor, antes de alzar la mirada o escuchar las palabras de quien iba a lomos del caballo ya podía hacerse una idea de que tipo de persona “no era”, un caballo como ese no se veía todos los días. Podríamos decir que incluso en los propios pensamientos de Xayah podía escucharse el mensaje que ella misma quiso decir a aquel corcel: “Sois hermoso”.
No, no esta loca, o al menos no por esa parte, Xayah no solo se comunicaba con los animales, también los entendía y en lo que respectaba a ese caballo puso sentir algo más que el susto por el repentino accidente, claro que el caballo si era consciente de la presencia de la joven antes que quien lo guiaba, pero no solo esa sorpresa y puede que frustración momentánea, había más, y es que aquel animal parecía orgulloso de quien era su amo. Fu eso lo que hizo que los ambarinos ojos de Xayah ascendieran contemplando la figura que se erguía sobre el caballo.

Se levantó rápidamente sacudiendo su ropa (si es que a eso se le pude llamar ropa y no trapo con forma de vestido con una capa bonita encima), mientra lo hacia sus ojos volvieron a desviarse, miro  a un lado y a otro mostrando una evidente inquietud antes de volverlos de nuevo al desconocido.
Apenas se levantó su escasa presencia parecía desprender una sensación agradable, como si se tratará de un aromatizador que invadía a cualquiera a su alrededor causando que sentimientos positivos invadieran a los afectados de manera sutil, pero suficiente efectiva como para atenuar los sentimientos negativos que cada uno pudiera padecer, por ejemplo, el caballo que estaba alterado recupero la calma casi al instante. Si en un caballo funcionaría bien, pero en una persona era más complejo y no siempre tenía un efecto muy evidente, esto dependía de la persona.

Calmaría a los demás a su alrededor pero ella no, seguida con la mente dividida, por un lado estaba el caballero al que acababa de molestar y en el otro su agónico esfuerzo por localizar a alguna de las personas de las que escapaba.
-Se lo ruego no se disculpe más Señor. No las merezco.-hizo una pausa en sus palabras tomando aire, mirando de nuevo a un lado y al otro. No veía a quienes la seguían pero parecía estar muy segura de que no los había despistado.
-Quien debe disculparse es una servidora, no sé en que estaba pensado. Lamento haberle importunado. Me encuentro perfectamente, no se pre...-. Sus palabras se vieron interrumpidas, antes de explicar que la hizo dejar esa frase a medias, aclarar el detalle de que no, no estaba bien del todo, claro podría decirse que estaba bien y eso dijo ella, pero por muy bruja que fuera su cuerpo no era el de ninguna guerrera ni el de una criatura con una resistencia sobrehumana, para nada Xayah  podría curarse y no envejecía pero una caída como esa le costó los arañazos correspondientes en las manos y probablemente alguno más en sus piernas, claro que estas segundas no estaban a la vista de nadie.

Alguien sujeto sin demasiada delicadeza, por no decir que ninguna la muñeca de la bruja y no por bruja exactamente, más bien por mujer a la que solo parecía quedarle un destino. Por un momento sintió como si se helara su sangre, casi por puro acto reflejo o algún tipo de instinto intentó soltarse si éxito. Aquel hombre que había ido a buscarla decidió hablar por ella reiterando las disculpas por la torpeza de Xayah, ella no escuchaba, dejó de escuchar, no quería escuchar, tan solo apretaba los dientes con la mirada baja mientras su propia mente parecía gritar una y otra vez una palabra: “Suéltame”.
Empezaba a sentirse tan acorralada que no veía la forma de escapar aquello sin usar “algo” de lo que no quería hacer uso y menos con espectadores.
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Mensaje por Baltazar Farnese el Dom Mayo 10, 2020 11:59 am

Parecía que hasta su corcel se apiadó de la plebeya, por la suavidad con la que se había dejado mover y llevar ligeramente hacia otro lado. Tras eso, pudo tomar aire, intentando ocultar la carta mientras tanto en un pequeño bolsillo que se encontraba por el interior de la prenda que llevaba, consistente en una especie de casaca simple y luego la típica ropa de la realeza europea de ese entonces, adaptada eso sí para las situaciones que pudiera sufrir en el campo de batalla, repleta también de los diversos galardones que había ganado con el pasar de los años. No llevaba nada más que pudiera mostrar su nobleza a parte del Toisón y los galardones. Tal y como sonreía, por cuán sereno parecía a pesar de una intrusión por parte de una plebeya, cualquiera podría pensar que no le había importado, a diferencia de muchos otros nobles que en una situación así hubieran clamado por sangre.

Él, sin embargo, ahora parecía más preocupado por si la dama se había hecho daño. Intentó tenderle la mano como pudo, antes de darse cuenta de que la contraria podía reincorporarse sola y que obviamente, era algo absurdo hacerlo así, si tenía en cuenta que la altura del caballo se lo impedía. Otra cosa que también le importaba era ocupar el menor espacio posible en aquella calle que además de congestionada para los estandartes de la época, era relativamente pequeña en comparación a otros caminos. Lo último que desearía era molestar a los habitantes de aquella imponente ciudad más de lo que ya estaba haciendo. Podía ver alguna mirada más allá de la de los niños que admiraban el arma y porte. Sabía del alto nivel adquisitivo de quienes habitaban ahí, y lo último que deseaba era incorporarse a las intrigas de los burgueses que habitaban la ciudad condal. Cuanto más discreta fuera su aparición por ahí, mejor. Y cuanto antes pudiera disculparse por completo, también mejor.

Sin embargo, para desgracia de aquel tercero que había intervenido en escena, Baltazar había visto la condición de la hembra antes que nadie. Y por eso le extrañó de sobra ver que un varón que llevaba la alianza en el dedo anular tocara tan siquiera a una que no lo tenía. La sonrisa nerviosa, y por supuesto, su capacidad de detectar emociones, le hicieron deducir rápidamente lo que pasaba en aquella escena, y por supuesto, como no podía ser de otra forma, desenvainó antes de preguntar tan siquiera o decir nada más. Aquel hombre podría notar cómo el frío hierro de la hoja de Baltazar se posaba en el punto exacto donde cuello y mandíbula se unían, apretando con tal de alejarlo. No necesitaba excusa alguna como noble que era para desenvainar, y rápidamente pareció que el resto de transeúntes entendieron la situación y comenzaron a caminar intentando prestar la menor atención posible. Un noble enfadado era algo que nadie quería ver, y ya que ahí la reputación de Baltazar no era otra que la de un fiero almirante que había derrotado al mismísimo Pashá de Egipto en batalla, era normal que le temieran, por mucho que hasta sus súbditos le hubieran puesto cariñosos apodos y hasta conversaban con él de verle pasear por los viñedos, hasta pidiéndole valientemente ayuda en la cosecha que normalmente solían obtener.

-Està bé, bon home. Potser vostè comprèn que no puc permetre això. Li demano que s’aparti tant com pugui de la meva serva. -habló en catalán, por si alguien ahí no lo entendiera en el lenguaje que en ese momento, era exclusivo del reino de Castilla y que si bien ya era más usado en la diplomacia, todavía estaba por conocer en el resto del mundo, así que así se ahorraba alguna excusa o algo como “no le entiendo, me llevo a su esposa, majestad”, pero en catalán. No, no, nada de confusiones lingüísticas- És de la meva propietat, per això he parat a saludar-la. La hem portat de Turquia, una veritable peça que penso portar al meu propi ducat, o sigui, que si m’ho permet…

No esperó a que la otra quisiera o diera autorización para ello, porque por supuesto, en aquella época lo que una mujer dijera daba totalmente igual. Y Baltazar podía ser lo suficientemente progresista como para intentar evitar que prostituyeran a una fémina pero no como para respetar la opinión de esta. Perdonen, señores, las nuevas formas de pensar aparecen poco a poco. Lo único que hizo fue agarrarla y hacer lo que pudo para acomodarla en la parte de la montura todavía libre. Un poco incómodo, pero aquello era lo único de lo que disponía para ese momento para llevársela de ahí. Tras dar una pequeña patada al caballo, este volvió a caminar, a un ritmo algo más raudo que antes.

-Me llamo Baltazar, por cierto, señorita. Es un verdadero placer. -sonrió, intentando mantenerse cordial y con la cabeza mirando la calle aunque algo también le hiciera desviar la mirada de vez en cuando. ¿Qué? Estaba casado, por supuesto, pero ciego no era, y sabía que lo que tenía delante era una bella hembra que dependía de su ayuda para no acabar en muy mala situación, o sometida a la lujuria de futuros clientes que desearan catar carne- Disculpad la violencia con la que os he agarrado. Pero comprended también que me preocupe por una bella dama como vos. ¿Os he hecho daño?
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Mensaje por Xayah Connor el Lun Mayo 11, 2020 6:47 am


Xayah se había puesto en lo peor, para que mentir su plan de fuga fue peor que desastroso,  primero casi se da de morros con el caballo de un almirante (y no uno cualquiera, que no es que se pueda decir que un almirante es “cualquiera” pero en el caso de Baltazar era menos cualquiera que uno que pudiera ser cualquiera.) y para liar más el rizo a consecuencia de ese pequeño tropiezo la habían pillado. Si, la habían pillado el plan de Xayah no era otro que escapar evitando usar algún tipo de recurso sobrenatural, no quería terminar forzada pero tampoco quemada ni mutilada.

Puede que no parezca lo más inteligente, por no decir que era todo lo contrario a lo que haría cualquiera en apuros la fémina cerró los ojos, como si cerrando los ojos fuera a dejar de estar en una situación peliaguda. Por mucho que apretara sus parpados no iba a cambiar las cosas. Pero eh...parece que funcionó, o eso pensó la chiquilla cuando la desagradable presión del agarre en su muñeca desapareció, solo entonces abrió los ojos alejándose un par de pasos de aquel hombre mientras acariciaba con la yema de sus dedos su articulación dolorida, algo que era poco útil pero buscaba aliviar el propio dolor. Espero que no pille a nadie por sorpresa, ya lo dije anteriormente, Xayah no tiene una fuerza física ni una resistencia abrumadora, su cuerpo puede sanarse y mantenerse joven, pero no tiene especial resistencia a nada.

El recuerdo de lo que tenía delante sería para ella una especie de broma del destino. Vamos a ver, no es ninguna locura, cualquiera que viera a Baltazar hacer uso de su acero para defender...bueno es cruel decirlo pero nadie, a los ojos de la mayoría Xayah no era nadie y para los que fue alguien años atrás ya habrían sido devorados por los gusanos. Era una suerte y claro que aunque Xayah no pudiera saber el motivo por el que la sacó de aquel “conflicto” no se iba a quejar, pues aunque desconociera por completo las nobles intenciones del héroe de Lepanto estaba claro que era mejor opción dejarse ayudar.

Subirse a ese caballo, una belleza de animal por cierto, le borró parte de la angustia de la cara, puede que siguiera como si eso le hubiera devuelto un poco el aire tras la carrera que había tenido que hacer para escapar. (Intentarlo mejor dicho porque a la vista esta que finalmente le habían atrapado).
Xayah no había montado nunca a caballo, y de haberlo hecho estoy segura que fue hace mucho, pero no fue escusa para intentar molestar lo menos posible al varón durante el camino. Podría seguir sintiendo algo de miedo o temor, y sería lo normal, claro que las palabras amables, las reiteradas disculpas y esa forma tan amable y cordial de dirigirse a ella ayudaban a calmarla, no era tan ingenua como para pensar que por eso fuera un ángel, pero si empezaba a pensar que era posible que le hubiera ayudado realmente tal y como parecía.

-Catalina, ese es mi nombre. El placer es mio - Intentaba responder con un tono amable, nerviosa y con motivos mantenía su mirada en el hermoso animal sobre el que iba, llegando incluso a deslizar sus dedos sobre la piel del animal, eso cuando no miraba de reojo a quien acompañaba, desde un rápido vistazo vistazo a ese rostro impasible evitando mirarle a los ojos,  y al ostentoso colgante que llevaba. Claro que no sabía lo que era ¿Qué iba a saber Xayah que significaba aquello? Y espero que sea solo cosa de la ignorancia de Xayah y si alguien esta leyendo esto y no sabe lo que es el Toisón de Oro, finja que si lo sabe y busque sobre ellos en una ventana del navegador haciendo uso del modo “incógnito”.

Negó sutilmente cuando aquella cuestión llego a sus oídos, de haberle hecho algo de daño con aquel agarre era mucho menos daño del que le habría hecho su perseguidor, claro que no iba a quejarse, y aunque la situación fuera ligeramente diferente Xayah no era tonta, no iba a llevarle la contaría a alguien como Baltazar por muy amables que fueran sus palabras, al menos en un principio, la sinceridad era algo que se solía reservar si no se le preguntaba explicitamente sobre su opinión más sincera. Claro que este caso concreto se había sentido extrañamente valorada, ser llamada señorita en lugar de algunas palabras sutilmente denigrantes ya era como música para sus oídos, “bella dama” ya era algo que demostraba más respeto que casi superaba el que le demostró hacia ella su propia madre.
-Estoy muy agradecida, a Dios por ponerle en mi camino y a vos señor Baltazar. ¿Cómo puedo saldar mi deuda? - se guardó para no resultar una charlatana todo lo que sabía hacer, claro que Xayah sabía hacer muchas cosas, las que sabría hacer casi cualquier mujer, puede que Xayah fuera más mayor que cualquier humana, pero para mentir, cosas como limpiar, cocinar,coser entre otras labores era algo que con más o menos habilidad cualquiera sabía cumplir.
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Mensaje por Baltazar Farnese el Jue Mayo 14, 2020 5:39 am

Cabalgó un poco más para alejarse todo lo que pudo de aquella angosta calle y dirigirse a una de las principales arterias de la ciudad, que conectaba directamente con el palacio donde se había concretado aquella reunión de la Liga Santa. Intentó responder en cuanto la otra habló, sin embargo, le resultaba verdaderamente complicado. Más que nada porque no estaba acostumbrado en aquella época a tener mujeres cerca suyo, y tan… Vamos a llamarlas generosas en carne menos. Su esposa, curiosamente, destacaba por ser extremadamente delgada y recatada en todos los aspectos, también en lo físico. Así pues, la timidez le podía. Es por ello que mantenía la mirada al frente como podía y evitaba el tema de conversación que pudiera surgir al menos, hasta que la tuviera un poco más lejos y se sintiera más aguerrido. Oh, cuán fácil puede una hembra con esa magia que era la seducción someter a sus pies a cualquier príncipe u hombre de armas.

De todas formas, se podía saber bien cuál era el edificio del que hablamos. Un pequeño palacete un poco alejado de la congestión peatonal general, en el que ondeaban orgullosas las banderas de la Santa Liga. El estandarte de la coalición, el del Papa y el de la Serenísima República. Faltaba por ondear la bandera española, aquella Aspa roja que orgullosa extendía su alcance en toda la península ibérica y más allá de esta. Por supuesto, el protocolo marcado determinaba que hasta que el almirante en este caso hispánico no se encontrara ahí, no podía izarse su bandera. Así pues, solo tenía que llegar para poder ver su orgulloso estandarte. El estilo sencillo pero noble y grande del edificio marcaba lo que era la España de esa momento, un país humilde y cuyas gentes no disfrutaban de las más ricas formas de vida pero que sin embargo ahora se expandía a la velocidad del relámpago, derrotando a enemigos y aliados por igual si era necesario. Y toda aquella retórica sobre los colores mármol y beis estaba muy bien, y no podía hacer más que maravillarse ante los pilares corintios y las cruces que se encontraban en el lugar, sin embargo, lo que más le preocupaba era qué hacer con esa tal Catalina que llevaba detrás del caballo. Podía hacerla pasar desapercibida sin esfuerzo, y posiblemente, más de uno de los invictos de Lepanto se había llevado consigo algún trofeo de guerra, así pues, él no sería la excepción, y por ahí podía jugar sus cartas. Pero luego, ¿qué? ¿Qué haría con ella una vez la presentara? ¿Dejarla en su cuarto hasta que terminara la reunión? Eso solucionaría unas horas más aquel embrollo, sin embargo, tras eso, tampoco sabía qué seguiría. Internarla en un monasterio le parecía cruento, pero…

-De momento quedaos cerca de mí

Fue su única respuesta. Y no dijo nada más hasta que las compuertas que separaban el frondoso jardín del palacete del resto de la ciudad se abrió por completo, permitiéndole pasar a medida que la bandera de su correspondiente reino se alzaba. Ya estaban todos, los tres victoriosos de Lepanto representando a sus respectivas naciones (la bandera del Papado era por supuesto, un mero símbolo). A su recibimiento llegaron media docena de soldados cuya larga pica y forma de vestir les delataba como miembros del Tercio, haciendo el saludo e honor antes de esperar instrucciones o que Baltazar les cediera su corcel para que pudiera ser llevado a las cuadras y obviamente, aseado como correspondía. Tomó a la contraria por la mano para ayudarla a descabalgar, ya que lo único que sí tenía claro es que no se alejaría hasta que no fuera estrictamente necesario de la contraria, por pura precaución. No es que no se fiara de aquellos gallardos hombres que sacrificaban su vida en pos de una causa mayor, sin embargo, no lo hacía de los jóvenes berberiscos o granadíes que se solían encargar de las cuadras en aquel tipo de hogares. ¿Racismo? En cantidades industriales, pero la guerra forjaba el carácter de un hombre que había visto lo peor de las gentes de oriente y el sur, y que sabía que lo mejor era desconfiar de ellos y no confiar en la palabra de esos hombres de piel bronceada que tan rápido te tendían la mano como desenvainaban sus curvadas hojas y atacaban por la espalda.

Así pues, ella se quedaría cerca de él hasta determinar cuál sería el curso de acción con tal doncella. Quizá podía dejarla como criado, si mostraba ser de confianza. Como supuso, no había ninguna palabra al respecto de la presencia de esa mujer. Ni una sola. Así pues, podría llevarla consigo al interior de la mansión y ordenar que la bañaran, pues visto lo visto, y olido lo olido, como cualquier plebeya, sería necesario que ella también recibiera aseo como el caballo. Y que le pusieran algo más favorecedor en el cuerpo, por supuesto.

Primero, la tomó por la muñeca, para asegurarse de que le acompañaba y no se alejaba demasiado o entraba en contacto con alguien con el que era mejor no hacerlo, como su propio pariente, Juan de Austria, que había mostrado no ser muy propenso ni amante del contacto femenino.

-Está bien. Supongo que habréis reconocido el estandarte de la entrada. Aquí se encuentran los más grandes almirantes de toda la historia de la cristiandad, los invictos de Lepanto, entre los que me encuentro. Así que, por favor, una vez entremos en el palacio, comportaos como se debe y no habléis si no se os ordena. Lo más importante si queréis manteneros viva es ser escueta en palabras y lo más obediente frente a quienes están aquí dentro. ¿Comprendido?
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Mensaje por Xayah Connor el Sáb Mayo 16, 2020 5:43 am


Dentro de su evidente ignorancia Xayah aun no se enteraba, ni se enteraría hasta que tuviera alguna pequeña pista más que la hiciera espabilar, por lo que ella sabía hasta ahora un noble que podría haberse enfadado con ella por el despiste no solo se había disculpado y le había hablado con respeto, que eso ya era mucho para ella, además había decidido sacarla de allí y del propio problema en el que ella y su...si lo voy a decir, falta de cautela la había metido. Yo misma si pudiera regañaría a Xayah, un poco más de sangre hija, espabila o no habrá forma ni de que yo pueda justificar que llegaste viva a la actualidad.

Respondió al silencio con más silencio, no es que no tuviera preguntas o comentarios que a cualquiera se le ocurrirían en una situación como esa, pero al menos Xayah no era tan desastrosa como para ser el tipo de mujer que suelta chascarrillos cuando toca guardar silencio. La mejor forma que tenía para averiguar la respuesta a cualquiera de aquella preguntas era mantener el silencio y observar, porque pocas cosas para observas no es que tuviera precisamente, y como ni yo misma tengo claro que iconos que la bruja pudiera tener a sus ojos reconocería me guardaré esa información, una mujer común probablemente no reconocería casi ninguno de ellos. Claro que, y por si nadie se había dado cuenta aun Xayah no era normal, no solo por su condición como mujer sin esposo o familia que también podría ser algo raro, hablamos de que tenía a su alcance la posibilidad de leer y escribir, puede que no los libros, pero si la capacidad para hacerlo y bruja, también era una bruja claro. Siendo sinceros, no era de las que alardeaban de sus habilidades, así que no debería sorprender a nadie que jamás lea en voz alta o que finja no saber lo que pone en algún escrito haciendo el numerito necesario pidiendo a alguien que lo lea para ella. ¿Qué? ¿Acaso piensan que la bondad no es compatible con la astucia y el engaño?

En este caso hubiera asentido, era suficiente respuesta pero siendo algo realistas en esa situación concreta no podía asegurarse de que viera su gesto de afirmación, por ello si respondió con palabras.
-Si señor-- No han sido sus palabras más originales, para que negarlo pero al menos si eran la afirmativa que se podía esperar con voz calmada y por supuesto agradable, quizá era de esperar algo que indicara cierto nervio, incomodidad o incertidumbre. No nos olvidemos que acababa de ser salvada por un desconocido de ser degradada a un mero objeto de placer. PERO tampoco nos olvidemos del lugar donde estaba ahora mismo, comparado con las calles aquel jardín era como un pequeño paraíso para Xayah. Ella era de esas personas se sienten más calmadas en un jardín, con la compañía de un ave que en una fiesta rodeada de personas. En resumidas cuentas, dentro de lo intrusa que podría sentirse en aquel ambiente, el lugar era del tipo que hacían a Xayah mantenerse cómoda.

Apoyándose en la ayuda que le proporcionó bajo del caballo, intercambiando una mirada fugaz con el animal como una despedida, si también era del tipo de personas que se despiden de los animales, claro que no lo iba a hacer con palabras, no era el momento ni el lugar para eso. Sin mostrar la más mínima resistencia cuando la tomo de la muñeca siguió sus pasos atenta a sus palabras. Si lo veía como alguien compasivo que le había prestado su ayuda ahora lo miraba aun con más admiración, para que lo entendamos si algo similar pasara actualmente Xayah gritaría como una adolescente algo como...”¡AAAAH! VOS SOIS BALTAZAR FARNESIO DE BORBÓN-PARMA Y HASBURGO- DOS SILICIAS-HOHENZOLLEM. ¡DE LOS VENCEDORES DE LEPANTO!
Y puede que después de eso le hubiera pedido que le firmase el escote, claro que en ese momento y en esa situación la admiración de expresaba de otras formas algo más calmadas. Y Xayah aunque estuviera impresionada (o más impresionada de lo que ya estaba en un principio por la forma de actuar del noble) actuó con templanza volviendo a responder con una afirmativa, claro, no se podía esperar menos.
-Comprendido-
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Mensaje por Baltazar Farnese el Lun Mayo 18, 2020 6:25 am

Le gustaría, tan cristiano y caritativo como era, poder ofrecerle mayor atención a la fémina, y en una situación corriente, era más que seguro que estaría intentando consolarla por una escena tan violenta como la que había tenido lugar. Podía comprender, o al menos, entendía lo que podía ser para una mujer que si bien de baja clase había demostrado ser exquisita en sus formas y de una educación sinceramente apabullante. Hasta merecía de algo tal como que la hubiera tocado, lo que era, según cómo se viera, un honor. Y si estuviera soltero posiblemente la invitaría a algo tan atrevido como salir a pasear juntos y, quién sabe, quizá si se sentía en ese contexto pícaro acababa por darle un beso en la mejilla y todo, o hasta un pellizquito en la nalga si acababa muy borracho. Oh, no, fuera esos blasfemos pensamientos de su mente. ¿Cómo podía pensar tan siquiera en tales blasfemias pecaminosas? Él era un hombre hecho y derecho. Y en aquella época mirar un trasero por más de dos segundos era considerado sodomía e infidelidad.

Y además, tenía una reunión que atender de extrema importancia, así pues, tendría que despedirse de ella por unas largas y tensas horas en las que los intereses comerciales venecianos chocarían demasiado con la cruzada que los papales y españoles creían que estaban haciendo al aliarse, así que tendrían largas horas de discusión sobre el motivo de esa guerra que estaba teniendo lugar. Lo que sí que hizo, nada más entrar por aquellas nobles puertas de madera que albergaban en su interior el improvisado nuevo puesto de mando, fue llamar con un silbido a un par de criadas que aguardaban por las cercanías, esperando alguna orden que pudiera tener cualquiera de los almirantes ahí presentes. Pudo percibir la impresión que les produjo ver a aquella mujer tan harapienta, pero también notó cómo comenzaron a cuchichear incluso estando él delante.

-Ella es Catalina. He decidido tomarla bajo mi protección.
-hasta los soldados que caminaban por el pasillo patrullando giraron la cabeza, sorprendidos ante tal declaración. Más cuando Baltazar, todavía teniéndola tomada por la mano, la acercó a él y colocó sus dos manos en los hombros ajenos- Es buena muchacha, y ha mostrado una educación exquisita, así que os conmino a tratarla lo mejor que podáis. Ya que como veis no es esposa de nadie, ponedle las prendas de criada y ya deliberaré personalmente lo que hacer con ella cuando termine con mi reunión. Aseadla y ayudadla en todo lo que necesite. Y… Catalina, volveré a dedicaros mi atención en cuanto zanje la discusión. Me esperan en la sala de operaciones, si me permitís. En unas horas, llevadla a mis aposentos.

Y tras realizar esa pequeña reverencia típica de él, permitió a las dos criadas llevarse a Catalina, mientras él se dirigía a la sala del mando, que se encontraba, por supuesto, al subir unas ornamentadas escaleras, tras la fuerte pica de dos soldados del Tercio que separaron el arma para permitirle el acceso. En el interior de la sala, alrededor de una mesa de madera simple, cuya superficie quedaba eclipsada por un gigantesco mapa del Mediterráneo sobre el cual descansaban otras piezas de cartografía menores y diversas réplicas de madera que posiblemente representaran navíos, se encontraban los otros dos grandes vencedores de Lepanto. Juan de Austria, su “primo”, por así llamarlo, ese hombre tan reflexivo y habitualmente frío, le dedicó una pequeña sonrisa al verle, antes de volver a ensimismarse en la compleja y tensa charla que estaba teniendo lugar entre el representante del Dux veneciano y los embajadores papales. Obviamente, los intereses cruzados estaban ahí, y aquella sería más una reunión de diplomacia que verdaderamente una junta militar, por mucho que le doliera admitirlo. Tomó el sitio que le correspondía, a la derecha de su pariente, en una incómoda y austera silla de madera que sin embargo, cumplía de sobra la función que necesitaría: simplemente servir para sentarse. No estaban para florituras en ese lugar. Eran hombres duros, mayores, en su mayoría bastante experimentados y que definitivamente no iban a necesitar ni echar de menos el lujo del resto del palacio.

Podríamos definir con todo lujo de detalles la tensión de aquel momento, el cómo la mano de más de uno había acabado por apretar furiosa la cara cartografía y hasta había salido disparado algún estoque en un cruce que era totalmente innecesario, pero fruto de la tensión del momento, ahí había estado. Su función, por supuesto, fue intentar apaciguar los ánimos y que todo se mantuviera en pie. Pero la reunión terminó con todos recogiendo sus cosas, ligeramente decepcionados por la poca colaboración que estaba mostrando esa santa alianza para mantenerse firme. En efecto, miles eran las diferencias que separaban a los siervos de Felipe II de los de las Repúblicas mercantes del norte de Italia, y muchas más las del Papa, que solo veía aquello como una oportunidad de expandir su esfera de influencia.

Pero él volvió a su habitación, como había dicho que haría. Un pequeño cuarto consistente en una cama matrimonial, un escritorio y poco más, y que le había cedido el propietario del palacio como una especie de muestra de respeto por su actuación. Al llegar a ella, se sentó agotado en su cama, soltando un suspiro tenue mientras con una mano sujetaba su cabeza. Ni tan siquiera pasó por su cabeza pensar dónde estaba esa tal Catalina, pero se encontraba demasiado cansado para ello… Y si le habían obedecido, volvería a él vestida como una nueva sierva. Sí, definitivamente, iba a ser indulgente con ella, odiaba la idea de verla prostituida en una de esas calles. Quizá se la podía llevar a sus dominios y cuidarla personalmente. No sería la primera vez que lo hacía, y dudaba que a su esposa le importara tener a alguien cerca que estaba mostrando ser de una cortesía bastante elevada, y que había conseguido muy rápidamente, ganarse parte del favor de Baltazar.
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Mensaje por Xayah Connor el Mar Mayo 19, 2020 3:58 am

Llegados a este punto voy a darme el lujo de referirme a Xayah como Catalina, no por necesidad si no porque es una oportunidad que no pienso desperdiciar. Bien, aclaro este detalle continuemos.

Catalina no era la mujer más reservada, tenía sus propias nociones y normas de conducta, sabía cuando estar callada, cuando no hablar de más .(Algo que su madre cuando era niña se había encargado de explicarle bien a su hija, algo que toda madre dedicaría el tiempo suficiente para garantizar la supervivencia y la felicidad de sus hijas). Y su caso no era menos, claro que muchos de estos “tips” de madre consistían en callarse o no hacer nada en muchas ocasiones en las que quizá Catalina si que diría algo más. Motivos por los que confirmaré sin dar mucho detalle que se había metido en problemas más de una vez. Pero pensemos bien en el contexto, no iba a desperdiciar la oportunidad de caerle en gracia a un gran almirante, aunque lo más prudente teniendo en cuenta su condición de bruja hubiera sido marcharse en la que tuviera oportunidad., la joven (no tan joven, en realidad tiene ya los años suficientes para que hasta sus hermanas mortales ya fueran polvo) tenía otros planes, pagar la ayuda que había recibido, algo por supuesto que resultaba mucho más conveniente para si misma.

La incertidumbre debería de ser el sentimiento que invadiera a cualquiera en su situación, en el caso de Catalina también lo era, sin embargo y como ya era costumbre no llegaba a manifestarlo abiertamente, si bien podía notarse un poco de inseguridad su actitud era amable y como solía ser costumbre tenía su presencia era agradable, siendo para casi cualquiera ese tipo de persona a la que vez y antes de hablarle te produce una buena sensación, una de esas personas a las que ves y uno piensa “quiero ser su amigo”.
Pues bien aun con las manos del varón sobre sus hombros mantuvo esa actitud, puede que mirará de reojillo de nuevo el rostro de Baltazar mientras hablaba, algo fruto de la sorpresa por aquellas palabras. Halagos ya había recibido muchos, especialmente de aquellos que se acercaban con intenciones de cortejarla, pero viniendo de quien venían esa palabras sobre su conducta era como un nuevo logro desbloqueado.
-Si señor. Con Dios.- Repitió esas palabras que confirmaban sus intenciones de cumplir con lo que había demandado, con el añadido de esa despedida y la reverencia propia de una plebeya antes de retirarse con las dos criadas.

Durante el aseo y  hora su propio panorama de la situación era muy diferente, no dejaba de ser la “invitada” la “intrusa” en aquel lugar pero ahora estaba tratando con mujeres con las que si sabía tratar, y a las que sabía ganárselas con mucho más que son silenció y afirmaciones dicho de otro modo ese era su terreno. Sería muy divertido pero un detalle innecesario detallar sobre las palabras y todos los temas de conversación que pudieron salir durante su convivencia con estas dos criadas, para no asustar a mi compañero entre otras cosas como el extender la respuesta más de lo que se podría considerar moralmente correcto evitaré la redacción de mucho dialogo entre Catalina y las criadas, criadas a las que pondremos nombres para evitar el uso de números, diremos que la criada nº1 se llama Ana y la criada nº2 se llama María.

En un principio no cayó bien, si Catalina tenía esa presencia encantadora pero no fue hasta que la criada a la que llamamos Ana reviso por tercera vez que Xayah no tenía piojos cuando por fin desapareció parte del desdén y la tensión en el ambiente. Antes de ello la conversación de había reducido a algo así.
-Quién entiende a los señores, tanta gallardía y  de buenas a primeras se presentan con una mujer que a saber de donde a salido.-
-Aish...no sé pero ha dicho que es educada.  A mi me ha parecido un gesto muy amable.
-Que amable ni amable, no seas boba. Que mucho porte y  mucha nobleza pero un hombre es un hombre...Niña, Dios sabrá como te has apañado, que con la pinta que llevas y  hasta un halago.-
-Me salvó, me trajo aquí, bajo su protección y luego quieres verme...-
Suspiro casi encantada con ello aunque solo una de las dos criadas parecía tener la misma inocencia y pureza que ella, más lo primero que lo segundo, la conversación no fue nada muy diferente, si que se puedo escuchar algún quejido de Catalina cuando quitaban los nudos de su cabello o cuando Ana en su extraña prisa por terminar de ayudarla con el baño lo antes posible ayudaba a frotar sobre su piel.

-Aih, aih. No frotes tan fuerte.-
-Si es...que esto no sale ni por casualidad.  María hazme el favor y tráete algo que le vaya. -
-¡Eso es un lunar! ¡Deja de frotar ahí!-
-Perdona, hija. Estamos a tantas cosas que no doy a basto.-


Y dejando por aquí el dialogo (aunque podría haber hecho muchas más escenas sin mucho problema, resumiremos de una manera sencilla. Catalina termina limpia, sobre su mejora de aspecto hay varios detalles a destacar, el primero es que ni Ana que parecía una maestra haciendo moños y recogidos fue capaz de conseguir que todo el flequillo quedará recogido como el resto del cabello, respecto a la ropa lo que habían conseguido para ella le quedaba bien, bueno casi bien, aunque no era especialmente alta ni protuberante la vestimenta que le habían ofrecido no le quedaba perfecta, bueno realmente el único problema hubiera sido que le quedaba un poquito corto, entendiendo por un poquito corto que al andar se le llegaba a ver algo más que los pies, por lo demás todo perfecto de no ser porque Anita no tuvo compasión ninguna al ajustar la parte superior del vestido, quizá el problema fue que Catalina no explico sus necesidades respiratorias antes de que ajustará tanto el corpiño.

El resto del tiempo lo dedico a lo que más le convenía por supuesto, enterarse de tanto chisme como pudiera y ayudar en tareas extremadamente sencillas que quisieran confiar a una desconocida, una desconocida que también se tomo su esfuerzo en caer bien claro, aunque no supiera que tan corta fuera su estancia allí por si a alguien aun le queda duda esta chica es de tener tantos conocidos como pueda, nunca se sabe lo que te pasará mañana.
María la avisó cuando había terminado la reunión, momentos en los que ella se estaba entretenida haciendo uno remiendos, poca cosa más podía hacer para matar el tiempo, claro que con ese aviso se dejo guiar por la criada hasta donde estaba Baltazar. Tras cierto comentario que dejaremos en el secreto por parte de quien la acompañaba llamó a la puerta casi nerviosa antes de entrar.
-Con permiso.-Podría haber esperado a que le diera permiso para entrar pero justificaremos que no lo hizo por ese comentario que me he guardado para mi, y porque de esperar a que le diera permiso haría la interacción de esta respuesta poco menos que pobre.

Estaba muy poco habituada a lugares como aquel, y  no hablo solo de la habitación, que también. Casi no se tomo tiempo el observar el espacio, en aquella habitación el centro era la figura del almirante, tanto por su expresión como por la propia facilidad que tenía para percibir el estado de animo de los demás se acercó incluso mostrando una precaución innata, puede que hasta exagerada, tan exagerada que se precipitó atreviéndose a acercarse más a él arrodillándose delante del mismo sin temor a magullarse las rodillas.
-¿Se encuentra bien señor?-Casi hubiera preferido decirle su nombre, el mismo se lo había dado pero aun tenía mucho más que tantear antes de tomarse un lujo como ese. Tras su pregunta llena de preocupación hizo el amago de tocarle la mano, como una extensión de su propia preocupación y sus sorprendentemente inocentes intenciones de hacerlo sentir mejor con simple amabilidad, pero no hizo ningún tipo de contacto, retiro su mano antes de tan si quiera rozar la contraria.

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Mensaje por Baltazar Farnese el Miér Mayo 20, 2020 11:49 am

Miró por aquella gran ventana, que gracias a la altura del palacio y la cercanía a la costa, podía ver así el mar del que había regresado, y al que volvería para volver a Nápoles, que para ese momento, era una parte tan importante del reino como lo era Castilla u Holanda (irónico decir que ese lugar era español, pues las revueltas ya habían empezado, pero ante la ley y ante Dios, así era). Ese era su hogar, y también donde descansaba la parte de la flota que él controlaba. La guerra que azotaría esos mares sería cruenta, mucho más que hasta ese momento, en el que los corsarios berberiscos poco habían logrado más que arrebatarles algunas plazas de soberanía africanas. Ahora, sería una guerra abierta entre las dos grandes potencias mundiales en ese momento, turcos y españoles, una guerra más que mantener y un frente más al que se le sumaban los muchos otros que estaban teniendo lugar en Holanda o la conquista de América.

Quizá, le gustaría poder descansar algún día. El mar era un lugar hermoso, apacible la mayoría del tiempo y desconocido, y aunque era cierto que sus compatriotas ahora estaban descubriendo el mundo, esto solo causaba más y más guerras. Los gritos de aquellos herejes que murieron bajo su hoja todavía retumbaban en su cabeza, la sangre manchando sus ropajes siempre blancos y sus ojos temblorosos y vidriosos al liberar a los prisioneros del enemigo y llegar a ser consciente del grado de depravación que estos ejercían contra inocentes niños y cristianas mujeres, o cómo mediante los devsirmes reclutaban a hombres inocentes para que hicieran de carne de cañón contra las huestes cristianas.

Todo aquello era horrible. La guerra en sí era un despropósito que había roto en parte el corazón de Baltazar, y ver a tantos hombres, de los que era parte, querer prolongarla hasta la destrucción total del bando rival conllevara esto lo que conllevara, le desgarraba todavía más. Ni tan siquiera su esposa le era un consuelo en momentos así, pues ella no dejaba de ser una niña dentro del cuerpo de un adulto, una mujer que había sido instruida en lo mínimo posible y que tenía mucho mundo que descubrir. Explicarle todo aquello para recibir simplemente una servil sonrisa de vuelta, casi programada, sería vergonzoso para él, una muestra de debilidad por su parte y de lo que a pesar que amaba a su esposa, se temía: ella era también un engranaje más de ese mundo perfecto que intentaba ser la nobleza, ese mundo que no quería cuestionarse nada.

Pero al fin, tras tanto rato rodeándose de hombres que tanto pensaban en la guerra y el arte de matar, algo apareció para alegrarle un poco la vista. Y menudas vistas, si se le permitía decirlo. Tanta cintura le acababa de hacer sonreír incluso. ¿Pero cómo eso estaba permitido? Vamos a ponernos en situación, estamos en el siglo dieciséis, señores, y la erótica era una disciplina por desarrollar. Pero vamos a empezar a narrar lo que veía ese hombre. Un traje negro, por supuesto, que mostraba la riqueza de quien tuviera la suerte de “poseer” a esa criada, que resaltaba el cabello de esa mujer y su bello rostro, pero más resaltaba… Bueno. Sus atributos, en especial el pecho y la cintura, en los que se ajustaba ligeramente, para dejar ver esa silueta bien formada y digna de un buen espectáculo erótico como los que le habían ofrecido a participar en el norte de África, y que por supuesto, se había negado. Y ahora tenía uno privado para él. Además, se veía el tobillo. ¡El tobillo! ¡Pero qué demonios se pensaban que quería hacerle a la muchacha! ¡No, fuera, pensamientos impíos!

Sus ojos se desviaron rápidamente, intentando concentrarse en la mirada de la joven aun cuando ese provocador conjunto (en serio, por favor, comprended al pobre rubio, era otra época y llevaba seis meses de homoerotica constante en un barco). Y además, ahora se le agachaba de esa forma tan inocente, tan pura, tan repleta de amor y cariño incluso con lo poco que se conocían. Tragó saliva, aun cuando por fuera sería tan inexpresivo como una estatua. Pero esa situación, señores, le estaba siendo más dura que toda la batalla de Lepanto al completo, con todas sus escaramuzas, mezquinas traiciones y reñidas afrentas. Sin embargo, sabía controlarse.

Primero, porque estaba casado, y segundo, porque ante todo, ella era una plebeya y lo último que le faltaría sería contagiarse de algo. No es que no confiara, pero sabía de sobra que era mejor ser precavido. Lo que sí que hizo fue acariciarle el cabello a la fémina con su mano, haciéndola levantar la cabeza para que sus miradas se cruzaran. Él, a pesar de su obvio cansancio, hizo un gran esfuerzo por sonreír con sinceridad, agradeciéndole el mero hecho de haber comprendido lo que le pasaba, y emanando con él su santísima aura de paz y calma.

-Estoy bien, Catalina. Solo cansado y con la espalda demasiado tensada por culpa de los oscuros caminos que el señor nos hace andar antes de llegar a la calma. Pero… Ante todo, quería decirte que he decidido que a partir de ahora serás sierva directa de mi persona. ¿Entiendes lo que eso significa? Que ahora, eres mía, y que todo el que te dañe, me dañará a mí en persona, y que tu señor natural ahora soy yo, Lord Baltazar Farnesio de Borbón-Parma y Hasburgo-Dos Sicilias-Hohenzollern, duque de Parma y protector de estos mares. Eso será, claro, si aceptas tu condición de vasalla. Puedo darte más de un plato de comer cada día, y seguro que seremos amigos incluso siendo este el vínculo que nos uniría. ¿Aceptas, Catalina?
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Mensaje por Xayah Connor el Vie Mayo 22, 2020 12:03 pm


Recapitulando un poco y poniendonos en situación que la bruja hubiera terminado concretamente en ese lugar había sido el fruto de una seria de accidentes, tan solo con que una de sus decisiones hubiera cambiado un poco no se habría dado su encuentro con Baltazar, incluso algo tan pequeño como girar a la derecha en vez de a la izquierda en alguna de esas calles entre las que se perdía durante aquella desagradable persecución. Lo importante y en lo que hay que fijarse por ahora es en el resultado, estaba claro que el como había llegado hasta allí era ese tipo de historias que cuando cuentas a alguien no se las cree y piensa que hay algún añadido para que la historia sea más interesante.

Xayah o mejor dicho Catalina había cumplido con lo que le había pedido su “salvador”,  junto con aquella criadas se había encargado de estar limpia y vestida con algo menos...asqueroso, si había que decirlo la palabras es “asqueroso” tal y como suena. Pues esta ropa nueva que llevaba aunque le favorecía no era perfecta, se podría decir que le estaba un “poquitin” justa y que la idea de aquella mujer, Ana, en apretar bien para que se marcara su cintura y le realzara la figura solo hacía que todo fuera aun más provocativo. ¿Qué pensaba Xayah de todo aquello? Bueno esto es más complicado de explicar, estaba más que comprobado que no era tonta, se podría considerar una mujer astuta y sorprendentemente avispada para el habla. (Claro que como mujer no era muy complicado seguir un par de normas sencillas, decir que si a todo y no opinar si nadie pregunta). Pero no pretendais que después de años viviendo entre la vegetación y animales, transformada en uno tantas veces supiera algo tan especifico como el efecto que tenía ropa como esa en un hombre y menos aun a alguien que había formado parte de la obra de teatro que a veces parecía la nobleza.

En este reencuentro tras el lapsus de tiempo que cada uno necesito hay que recalcar la parte en la que estos dos elementos tenían una influencia algo mayor en hacer sentir mejor a los demás. En el caso de Catalina podría decirse que fue un factor determinante, aunque amable con quienes eran amables con ella y respetuosa ni en aquel entonces ni ahora fue una mujer muy dada al compromiso. No para, he dicho que frenes, con compromiso no estoy hablando de como aquella vez que abandonó a su prometido (que también) habló del comprometerse a servir a un señor. La había ayudado, pero por muy agradecida que estuviera, por mucho que deseara pagar aquel favor para no sentirse en deuda...tampoco debería sorprender a nadie revelar que aquel rostro inexpresivo causaba cierto temor en ella, por otro lado,  y como estaba comentando aquella extraña paz que parecía emanar el hombre la hizo sentirse cómoda, a salvo, una calma y una paz que no había sentido desde muchísimos años antes, cuando era una pequeña niña inocente incapaz tan si quiera de ser consciente de las diferencias que había entre sus padres. No hablé de la relación que tenían sus padres aun  ¿Cierto? Una lastima que por ahora no vaya a comentar nada más.

Preocupada con tan solo solo ver el rostro lleno de agotamiento de Baltazar  había reaccionado como toda mujer preocupada haría, bueno toda mujer tan inocente como podía llegar a ser Xayah, una joven curtida en algunas cosas y tan pura en otras. Reaccionando casi como una niña cerró los ojos unos instantes al sentir la mano del varón, separando de nuevo sus pestañas para contemplar aquellos orbes celestes en los que parecía buscar esas mismas emociones que podía sentir en él.

Atenta a sus palabras y cuando estas terminaron se mantuvo en silencio, pensaba responder, lo haría pero necesito pensarse un poco sus palabras.
-Nunca he servido a un señor, apenas sabe nada de mi. Me pone a salvo, me ofrece ser su vasalla y si todo esto no fuera suficiente también ofrece algo como amistad.
Sin apartar los ojos de los ajenos, casi incrédula a lo que había escuchado parecía que las emociones la había llegado a sobrepasar, sus ojos tenían un brillo que indicaban que en cualquier momento alguna que otra pequeña gotita de agua salina escaparían buscando recorrer sus mejillas.
-Acepto, claro que acepto. ¿Cómo no iba a hacerlo? No se me ocurre mayor dicha que el llamarle a partir de ahora mi señor.-

Es necesario justificar que Xayah no es ninguna llorica, sumando sus emociones a la que sentía el contrario y las que emitía y con una pizca de dramatismo extra que se le salten las lagrimas es justo y necesario.
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Mensaje por Baltazar Farnese el Mar Mayo 26, 2020 9:10 am

¿Cuántos eran los que le habían prometido servirle por lo que tuvieran de vida, en aquel contrato que se mantenía desde el más primario inicio del feudalismo? Muchos, estaba seguro que se contarían por miles en su territorio natal y más allá. Sin embargo, jamás notó tanta ternura como en aquel momento, en aquella dulzura con la que la otra se expresaba y la sinceridad con la que esperaba que estuviera jurando Xayah su nuevo vasallaje. Algunos podrían pensar que aquello era degradante, pero caballeros, ella ya era sierva del rey de antes, y si no fuera del rey, del obispo de turno, o del duque, o conde. Eso solo estaba por así decirlo, transfiriéndole a Xayah a quién tendría que obedecer de por vida. Ese era el sistema, y muy difícil resultaba escapar de él, a no ser que fueras prostituta. Sin embargo, estaba claro que ella se negaba a humillarse de tal forma, así pues, eso sería lo más cercano a la libertad que gozaría por siglos.

Le sonrió al terminar, acariciándole la cabeza mientras se levantaba de su asiento paulatinamente, todavía agotado por los efectos que había tenido en él aquella incómoda y tensa asamblea de guerra. Necesitaría una larga noche de sueño para poder deshacerse de los efectos que aquel devastador combate retórico le había dejado, y por supuesto, más de una siesta para hacer frente a las secuelas que la guerra había dejado en su alma. Un alma que si bien blanca como la mismísima sotana de su serenísimo pontífice, parecía estar descubriendo demasiado tarde hasta qué punto podía llegar la crueldad humana, y todavía parecía negarse a creer que lo que le rodeaba era fruto de las acciones egoístas de unos pocos oligarcas que deseaban almacenar más y más tierras en sus títulos y absorber cuantas más almas pudieran para sus huestes y cohortes mejor. Él se negaba en creer en aquello, a pesar de tener también un ducado que mantener y un imperio al que servir, imperio que por cierto, quisiera él aceptarlo o no, estaba en constante expansión. Pero eso no importaba ahora. Ahora, lo que estaba claro es que él estaba cansado, y que tenía a una mujer de su “misma edad” al menos en apariencia en su cuarto que parecía querer llevarlo por los caminos de la lujuria con esa ajustada cinturilla de avispa que llevaba. Quizá aquellas dos criadas cuyo nombre no estaba seguro de conocer (si tuviera que saberse de memoria el nombre de todo el servicio de aquella mansión, moriría antes de lograrlo) le habían malinterpretado. Él era un hombre casado, su alianza así lo confirmaba, así pues… No buscaba carne fuera de su hogar, menos de una desconocida.

Aun así, parecía que ella era tan inocente como él fiel, por lo que no tendrían problemas, pensó él. Quizá en un par de siglos, lo que todavía era desconocido para el ángel, si que tendrían que tener una charla sobre si querían o no de verdad conocerse más a fondo, pero aquello era algo para lo que repito, quedaba un largo tiempo y Baltazar todavía no podía ser consciente de ello. Todavía. De lo que sí se había percatado, es del hambre que tenía, y de las ganas que le daban de comer algo en condiciones. Y aquellos ostentosos banquetes que tenían lugar en el salón del palacio, en los que lo único que irradiaba de sus comensales era una pretensión de poder totalmente arrogante y execrable. Quizá podía pedir que le llevaran algo ligero que comer en el escritorio, a solas, una sencilla sopa con un poco de pan ya le bastaría para llenar un poco el estómago, o quizá acompañándolo con legumbres para ganar un poco de energía. Pero ahora que lo pensaba, podía hacerlo solo... O ligeramente acompañado, ya que ahora tenía una nueva vasalla a su disposición con la que entretenerse.

-Sé que puede sonar un poco incómodo, pero… ¿Deseas cenar conmigo? No me apetece tener que vestirme con las galas oficiales para mancillarlas con un banquete. Un soldado debe comer poco y alimentarse para vivir y no vivir para comer. Sin embargo, está claro que hay a quienes se les olvida. Está claro también que hay quienes desprecian las formas de sus propios oficios -suspiró- Me temo que vas a tener que soportar mis reflexiones cada día, Catalina, son parte de mi ser. Puedes… Si así lo deseas, ordenar a los cocineros que me preparen la cena y a ti también. Ellos ya sabrán lo que suelo comer. Y siendo tan previsores como son, quizá hasta ya lo han preparado. Una vez hayamos cenado, podrás dirigirte a tu cuarto, aunque no estoy seguro de si las criadas poseen aposentos privados para ellas, lo lamento. ¿Qué era de ti antes de que te encontrara por las calles? Si tan rápido te has desprendido de tu anterior juramento de vasallaje, está claro que por algo es.
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Mensaje por Xayah Connor el Miér Mayo 27, 2020 6:50 am


Xayah no había dudado, sabía lo que suponía, lo que actualmente veía mal en ese entonces le parecía incluso algo totalmente positivo, claro que en este caso concreto hablamos de servir a alguien que había demostrado tener casi más consideración con ella que su propia madre (no es que su madre lo la quisiera pero como su primogénita siempre fue especialmente exigente con ella). En ese momento y con aquella oferta de entablar una amistad en un futuro Xayah estaba más que encantada con el final que estaban teniendo los acontecimientos de ese día, sin esconder detalles al respecto, desde sus trece años de edad Xayah no había tenido amistades más que aquel extraño espíritu con forma de búho que casi nadie podía ver. Y vamos a ver un amigo como ese puede ser buena compañía pero no es uno con el que se pueda simpatizar mucho.

Como una niña complacida por sus caricias sonrió apartando aquella pequeñas lagrimas que casi estaban a punto por manchar su rostro, siguiendo con sus ojos ahora algo menos humedecidos la figura del noble. Podría estar pensando muchas cosas mientras le observaba y lo más inteligente quizá sería preguntarse cosas importantes, pero no Xayah era mucho más simplona en todo aquello, mientras lo observaba solo pensaba en como podría aliviar ese cansancio. Pues en aquel momento y considerando que sus dones como bruja en ese momento deberían de ser menos eficaces y torpes no sabía como aliviar esos síntomas que parecían incomodar a Baltazar, claro que lo que si podía ofrecer era su propia amabilidad y cumplir los deseos de su nuevo señor y con deseos ella pensaba con tanta inocencia como había actuado. Que no, que tonta no era pero si lo suficientemente inocente y bonachona para no ser capaz de pensar bien de quien la había salvado y tratado con lo que para ella era más respeto del que jamás se había imaginado recibir.

Se levanto asegurándose de que su ropa estaba bien acomodada sobre su cuerpo, dentro de los detalles que ya han quedado claros que no eran lo habitual, o al menos no eran detalles que pasaran desapercibidos, claro que ella solo pensaba en que si aquellas criadas con las que habían tratado habían dispuesto esa ropa para ella era porque debía llevar algo como eso, y bueno, en cualquier caso era muchísimo mejor que lo que traía ella.
-Cenar...¿Cenar con...vos? Oh...quieres decir...¿Juntos?-Pregunto tan confusa como con cierta emoción por la idea, no creo que sea un secreto para nadie tampoco entender que aquello no era lo normal, y que incluso si se pidiera podría malinterpretarse por parte de la invitada, algo que...oh sorpresa Xayah no podía malinterpretar, para ella aquel hombre era como un héroe amable y bondadoso, no iba a pensar que tenía segundas intenciones, o al menos si no fuera algo mucho más evidente y claro que una invitación a acompañarle mientras cenaba, algo que ya era bastante sorprendente.

-Mi señor será un placer acompañarle mientras cena, y por supuesto escuchar todas las reflexionas que desee compartir conmigo-
La oferta puede que la confundiera un poco, más bien la sorprendiera, claro que, y como había hecho anteriormente no dudo en afirmar que cumpliría con sus deseos y que estaba encantada de escucharlo. Tampoco había conversado mucho con muchas personas claro, aunque en este caso se tratara sobre todo de escuchar, no dudaría en prestar atención a sus palabras aunque pudieran llegar a ser pesadas o difíciles de comprender incluso para ella en más de una ocasión.

-No es algo interesante, no creo que sea algo que tan si quiera merezca la pena contar...Claro que a mi señor le contaré todo lo que quiera saber sobre mi. Pero si me permite iré primero en busca su cena, bueno, la cena...ah..si eso haré-
Algo nerviosa se apresuro a la puerta incluso a punto de salir se detuvo y se giro volviendo a mirar a Baltazar y hacer una sutil inclinación antes de salir y cerrar la puerta tras de si.

Pese a lo grande que fuera aquel palacio no tuvo problema, o al menos especial problema en encontrar la cocina, no Xayah no era adivina pero le habían comentado anteriormente los lugares más relevantes, los que debía saber donde estaban y a los que no debía ir, claro que entre los que si podía visitar estaba la cocina y como ya habéis visto que soy capaz aquí podría añadir conversaciones con varias de las personas con las que se cruzo, incluyendo entre ellas la conversación en la cocina y como la ya mencionada Ana felicitaba a nuestra Catalina por haberse ganado ese respeto algo que vamos a ver, no se había ganado, simplemente se lo habían ofrecido pues de recibir un trato hostil Catalina era más de huir asustadas haciendo uso de algunos de sus poderes que tanto evitaba por lo que realmente suponían. Brujería.

Espero pacientemente hasta que terminaran de preparar aquello que al parecer sabían que gustaría a Baltazar algo que curiosamente tenía para ella un olor casi embriagador. No se distrajo y con su bandeja en la que llevaba lo que mi compañero y yo sabemos se dirigió de nuevo a la habitación de Baltazar. Siendo interrumpida por el comino por...Riku, si Riku, ese ayudante invisible que tiene consigo la bruja y no es que viniera por nada ni que se hubiera ido por nada, la misma Xayah lo había mandado a pro algo. Catalina se paró frente a la puerta donde se encontraba su nuevo señor y con mucho cuidado tomo la bandeja con una sola mano. Ahora es cuando abriría la puerta claro pero antes de ello extendió la mano donde el buhito dejo una hoja diminuta. Miro a un lado, luego al otro para asegurarse de que nadie la observaba y en apenas unos segundos aquella hijita se convirtió en un bonito talló que terminaba abriéndose en 5 pequeñas florecillas de un tono azul intenso una flores que aunque raras de ver aun pueden encontrarse en estado silvestre. Y para aquellos despistados que jamás pudieron ver estas pequeñas maravillas de la naturaleza le dejaré el nombre científico para que las busquen si tienen curiosidad lo que puedo decir sobre estas flores es que si las ven nunca se coman su tallo. Bien pues Xayah se puso esta florecilla en su cabello adornando aquel cómodo recogido que le habían hecho, si no saben porqué tampoco podrían esforzarse un poco en entender sobre el color de las flores y el significado, pero puedo decirles también que era algo bueno y que Xayah era consciente de que significaba.

Entro con sumo cuidado pues apenas podía con la bandeja tomándola por su puesto con ambas manos justo tras abrir la puerta.
-Co-con permiso-
Entró y dejo la bandeja sobre el escritorio que por los frágiles brazos de la chiquilla diremos que estaba casi totalmente despejado, tras eso y antes de comentar nada más volvió para cerrar la puerta claro.
-Vengo de...vengo de un poco más al sur-
Se atrevió a añadir como primera pequeña respuesta sobre aquella pregunta que no había respondido antes de marchar a por la cenita, claro que pensaba contarle algo más pero digamos que por algo debía comenzar.
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Mensaje por Baltazar Farnese el Dom Mayo 31, 2020 12:39 pm




Solo una cosa podía hacer, como buen católico que era, en un momento de crisis emocional como aquel, en el que se había vuelto a quedar solo. En todo cuarto de un buen almirante, había un noble crucifijo coronando el lugar, junto a un pequeño banco bajo él para que pudieran apoyarse las rodillas. Y en su mano, quizá de forma que pasara desapercibido, llevaba enrollado un rosario, que comenzó a hacer descender para llevarlo a su mano. Poco a poco, se arrodilló en aquel tosco banco de madera, santiguándose a sí mismo antes de empezar con su oración.

“Credo in Deum, Patrem omnipoténtem, creatorem caeli et terrae”.

Su mente pasó a recordar aquellos momentos cercanos al timón, dando las órdenes a sus subordinados y preparando las banderas con las que tendría que comunicarse con los otros buques capitanes. El suyo, a la derecha, en el centro, su primo Juan de Austria, y a la izquierda sus homólogos venecianos. Ayudando a la comandancia del bando hispano, tenía a su superior directo y quizá máxima y más experimentada voz militar no solo de España, quizá de Europa completa. Un hombre canoso, anciano y cansado, de larga barba y porte firme. Álvaro de Bazán, al que se le contabilizaban cero derrotas y ocho capitanes generales derrotados, junto a ocho islas conquistadas, dos ciudades rendidas, veinticinco villas y una treintena larga de castillos. El mero hecho de estar cerca de tan poderosa figura le hacía temblar, ansiando hacer lo mejor que pudiera para no decepcionarle.

"Et in lesum Christum, Fillium eius, Dominum nostrum: qui conceptus est de Spiritu Sancto, natus ex Maria Virgine, passus sub Pontio Pilato, crucifixus, mortuus, et sepulstus”

Siguió rezando, ahora encontrándose en su interior en el galeón otomano que había acabado por sitiar, estoque en mano, escudo en la otra (por aquel entonces todavía era inexperto, y requería de esos soportes para combatir. Todavía le quedaban siglos para conocer a O-Sensei y aprender el noble arte del que ahora es noveno dan) y con sus soldados detrás, dirigiendo la carga de una forma demasiado osada para un humano, pero que al ser él en realidad hijo de la más sagrada unión, y ya que en sus venas lo que había era blanco y puro elixir por sangre, sabía que podría terminar con cualquier lance antes de que terminara. Turco tras turco, todos los que acabaron cerca de él perecieron ante su filo, pues las hojas no llegaban a tocarse más de unos pocos segundos antes de que acabaran incrustadas en el cuello ajeno. Su rostro en aquellos momentos representó paz y serenidad, sus ojos veían todo pasar extremadamente despacio… Pero por dentro, comenzó a ser consciente de lo que estaba haciendo, de la cantidad de vidas que segaba o dejaba a merced de las lanzas y arcabuces de sus soldados.

“Descendit ad inferos: tertia die resurrexit a mortuis; ascendit ad caelos; sedet ad dextream Dei Patris omnipotentis: inde venturus est iudicare vivos et mortuos”

En aquellos desagradables momentos de la batalla donde no se distinguía entre la madera de la embarcación y los cadáveres de quienes habían entregado su vida, turcos o cristianos, se encontró todavía resistiendo a un hombre de ricos ropajes, que blandiendo una cimitarra claramente ceremonial y que poco estaba pensada para la batalla, parecía querer desafiarle. Y antes de poder reaccionar tan siquiera, el otro notaría que los rápidos, gráciles movimientos de Baltazar, emulando la forma de una ola al precipitarse contra la costa, ponían fin a su vida, mientras él sacaba su daga para degollarlo furibundo, en un acto de extrema crueldad tras el cual alzó la cabeza del hereje, rindiendo en aquel mismo momento la completa embarcación y poniendo fin a la resistencia que los soldados otomanos gallardamente habían dado. Solo una cosa les podía reconocer el ítalo-íbero, y fue el valor que mostraron.

“Credo in Spiritum Sanctum, sanctam Ecclesiam catholicam, Sanctorum communionem, remissionem peccatorum, carnis resurrectionem, vitam aeternam”

Y ahora, se encontraba junto a los otros almirantes, recorriendo una de las islas que temporalmente habían conseguido rendir para sí. Horrorizado quedó al ver a cristianas recibiendo cruento trato en los mercados de esclavas que tan populares eran en el imperio otomano, o a manos de sus maridos que las mantenían en el serrallo para saciar su lujuria, o a niños igualmente pertenecientes a la única fe encontrarse en las academias militares, seleccionados de sus familias para pasar el proceso de Devsirme y servir a las filas turcas. No pudo evitar ser él mismo quien diera la orden respecto a los prisioneros que no habían prestado rendición: deshacerse de ellos. Era la ley de la guerra, y así debía seguir siendo.

Recordó ahora el ángel el rostro de un soldado que por su juventud había confundido a los que ahora desempeñaban la tarea. No llegaba a los dieciocho, y casi parecía no haber alcanzado la pubertad. Fue entonces que se aplicó una antigua ley que tuvo vigencia en la península Ibérica desde tiempos de los omeyas, que era tan sencilla como desnudar al muchacho en cuestión. Si poseía vello entre sus piernas, debía ser ejecutado, pues no era un niño, sino un hombre. Y fue él mismo quien sugirió el sistema, que, como no pudo ser de otra forma, jugó en contra de aquel joven. Todavía puede escuchar él los gritos con los que se intentó resistir, sus súplicas de piedad para luego languidecer ante el rápido y limpio corte de la hoja de sus verdugos.

“Amen”.

Y mil y un pecados más debería confesar cuando llegara al amparo de alguno de sus primos-hermanos que habían escogido la opción del celibato y la palabra de Dios, y a los que solía usar para la tarea de confesor. Se estremeció por unos segundos más, moviendo las cuencas del rosario hasta que terminó con sus rezos, momento exacto, quizá por voluntad del Altísimo, en el que entró Xayah con la comida. Le sonrió, girando su rostro poco a poco mientras se levantaba y reincorporaba, volviendo a guardar el rosario en su muñeca de forma que no fuera tan visible, no sin antes dedicar una última frase al credo, frase que él mismo había inventado en su juventud, dedicada también a la teología.

“Y así, el nombre de vuestros opositores se borre de los cielos”.

Se dirigió al escritorio, sentándose en una silla y moviendo a su vez el banco para invitarla a sentarse en él, o más bien, a arrodillarse. Era una posición incómoda, pensaría alguno, pero lo habitual para un plebeyo era comer en lugares mucho más toscos, quizá en el suelo. Era un gran paso hacia delante, y por supuesto, por protocolo se estipulaba que nunca, jamás, un siervo debía comer junto a su señor, menos si esta era una sierva que había nacido con el pecado de Eva, como todas las mujeres, al igual que los hombres arrastraban el de Adán (estaba un poco mesiánico el ángel en esos momentos, aquello era innegable, y su pensamiento ahora parecía procesarse de aquella forma tan fervorosa).

Tomó con sus manos la cuchara, de delicada y simple plata, paseándola entre sus dedos por unos segundos antes de dedicarse a mirarla.

-Yo provengo del Reino de Nápoles -dijo, refiriéndose al sur de Italia, que para aquel momento, era tan español como Huesca o Burgos- Así que también del sur, pero uno que dista mucho del que tú ahora mismo te refieres. Supongo que hablas de la inmensa provincia de lo que siglos atrás llamaríamos Bética, ¿me equivoco? Tierra de moriscos y riqueza -pues en aquel momento, recordemos, Andalucía era tan rica o quizá más que la propia Barcelona- Pero de las tierras del sur de esta península solo conozco lo que mis soldados oriundos de ellas me han contado en charlas distendidas de taberna, y decorándolo con florituras demasiado bellas para ser verdad. Contadme de vuestra tierra, y de ti, por supuesto. Quizá ese lugar te define. Una mujer misteriosa, parca en palabras y bella, extremadamente bella, si me permitís el atrevimiento. Quizá eres una alegoría de lo que hoy y siempre ha sido tu lugar natal.
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