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Mensaje por Invitado el Lun Mayo 04, 2020 6:39 pm

Señor Dantès, hemos llegado. — la voz de su asistente, o al menos eso era en apariencia, se mostró tras desplegar el vidrio que ofrecía privacidad absoluta entre la parte delantera y la parte en la que él viajaba con la felina.

Esperó a que el otro hombre abriera la puerta, incapaz de hacerlo por su cuenta dadas ciertas etiquetas que debía de mantener; además gustaba de que los demás actuasen, ¿y quién no? Siempre era mejor que el resto se moviera mientras él tan solo disfrutaba de las ganancias, aunque aquél no era el verdadero caso. Estaba pagándole por las cosas, después de todo, y si había de perder dinero por lo menos lo haría esforzándose lo mínimo y necesario. — Por favor. — invitó a salir al masculino en primer lugar mientras ofrecía, a su vez, una ligera reverencia como muestra de respeto por quien era claramente su superior. Fue su pie derecho el que abandonó primeramente el vehículo que los había llevado hasta aquella enorme edificación de fachada sofisticada. No podía negarlo, el aspecto externo de semejante edificación no aportaba nada fuera de lo común y era esa misma sencillez la que, probablemente, ofreciera tanta seguridad en que la reunión podría no salir tan mal.

Monsieur Dantès. — al menos la pronunciación fue bastante acertada ya que en caso de que así no fuera sus ojos no se volverían de manera tan amistosa en dirección al origen de aquella voz. Si bien era una joven de rubia cabellera y esbelta figura, al parecer se trataba de una traductora con la cual debía de intercambiar sus palabras para dar a conocer sus intenciones; eso le hizo dudar. — ¿Acaso no hablan inglés? — fue la fluidez con la cual pronunció sus palabras lo que le hizo recibir algunas miradas desconcertadas. Sí, su apellido era francés e incluso su sede principal estaba en el mismo lugar, pero los años de conocimientos adquiridos e invertidos habían sido claramente en Estados Unidos. Era más capaz, quizás que muchos otros, de hablar el idioma norteamericano.

Oh, excusez-moi. — y volvía a utilizar su propio idioma natal para disculparse, haciendo que efectivamente las palabras masculinas carecieran de interés hacia su persona. Eso, por razones de orgullo propio, era un detonante para que dejara de prestarle verdaderamente atención y se dignase a ser su propio traductor. — Si no le molesta que la interrumpa, señorita. — y fue su secretario quien ahora tomaría partido en el asunto para poder solucionar el incordio que había molestado a su jefe. Su práctica fue sencilla: separó el problema de raíz y lo extirpó con total educación, asegurándose así de que en otra ocasión más su actuar no fuese sino más cuidadoso. Era un hombre de fiar, al menos al tratarse de algunas situaciones como esas; conocía al híbrido hacía varias décadas e incluso podía considerarse era su “hijo” ya que él mismo lo había convertido.

No te retrases, Veronicat. — hubiera esperado que la chica saliera sin siquiera tener que pedírselo pero el aplicar aquellas palabras hacia la nada misma, tan solo aludiendo a la fémina en cuestión, ocasionaría una clara y directa orden.

La guía que tuvo en ese momento fue perteneciente de manera directa a los miembros de la junta, los cuales daban a conocer que el gran número de ellos se encontraba allí, a la espera del presidente de las textiles más grandes de Estados Unidos; a su espera. Lo cierto era para la mala suerte de aquellos otros individuos, y tras tomar la peculiar idea de observar el reloj de bolsillo de casi dos siglos de antigüedad, el mismo indicaba que aún poseía hasta unos diez minutos de tiempo libre con el cual podría hacer lo que realmente quisiera aquél que aparentemente le estaba sobrando. Sin embargo no era de los que le gustase perderlo y ese día había ya perdido, quizás, suficiente con la compra de la felina que debía de estarlo acompañando hacia el interior de aquél empresarial edificio.

Ya estamos todos; por favor tome asiento, monsieur Dantès. Su acompañante también puede tomar asiento detrás, si así lo desea. — lo primero que indicó fue el lugar del hombre, junto a la mesa de la directiva; más específicamente a la diestra del mismísimo director. La segunda marca fue hacia la parte más alejada de ellos, donde algunas sillas vacías parecían estar esperando ser ocupadas por los que claramente eran acompañantes de aquellos magnates textiles. Lo que se podía apreciar indudablemente era el hecho de que las mismas, en general aplicando a ambos sexos, estaban posicionados de pie detrás de sus respectivos superiores, sus amos para ser más directos y sinceros.

Siéntate. — indicó a la felina tras haberse ubicado en su posición; moviendo de manera cuidadosa sus piernas le estaba dejando espacio suficiente a su mercancía para que no esperase el tiempo que fuese allí. Quizás la reunión no duraba más de diez o quince minutos como solía ser dada la frecuencia con la que tales reuniones terminaban puestas en funcionamiento. Lastimosamente para él, o tal vez para las criaturas que se mantenían en pie, la magnitud de aquella reunión solo evocaba en la posibilidad de que su longitud fuese próxima a la hora, quizás y hasta algo más.

¿De qué trataría? Básicamente de un complejo y riguroso control respecto a ciertos fraudes que habían sucedido con miembros anteriores; frecuencias de exportación e importación; balances de gran cantidad de mercadería; todo cuanto tuviera relación con los empresarios allí presentes sería tratado.
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Mensaje por Invitado el Jue Mayo 07, 2020 1:10 pm

Abrió su delicado espejo de bolsillo, un objeto vintage ornamentado con decoraciones en plata formando una flor, para observarse el desastre nuevamente sobre su cuello. ¿Acaso no pudo el vampiro esperar a que estuvieran solos -preferentemente en otro vestido? Un tenue rubor le cubrió las mejillas recordando la manera tan indecente -tan elegante- en que la había tomado al salir de la tienda; y no queriendo la notase en absurdos pensamientos, giró su frente hacia la ventana para darle la espalda al hombre.

Se apartó los mechones de la herida con cuidado para observar los puntos pintados de rojo fresco. La observó con disgusto, su delicada piel corrompida por aquella marca a la cual aún no había decidido si odiar o ignorar. Sacó un pañuelo previamente oculto entre sus ropas para limpiarse cualquier residuo dejado detrás, lo hizo de manera discreta a manera de no ofender a su benefactor -aunque no estaba segura de que este le estuviese siquiera prestando atención. Y es que Edmond Dantès no era alguien fácil de interpretar; Veronicat meditó considerando las incongruencias entre sus palabras y sus acciones. Si el vampiro ya ‘lo hacía algo del pasado’ -esto es su encuentro- ¿Por qué haber acudido presencialmente a por ella? Seguro un hombre como el sabría que una minina en su posición -porque, para bien o mal, Veronicat se sabía en una situación no del todo favorable- no podría hacer mucho para obligarlo a mantener su palabra. Veronicat asomó una mirada por encima de su hombro, el hombre era todo un misterio -y aquello le encantó. Cerró el pequeño espejo guardándolo junto con el pañuelo doblado a manera de evitar el contacto de la sangre limpiada contra su ropa y se dispuso a entretenerse trazando la silueta del hombre a su izquierda durante la longitud del viaje.


- - - - - - - - -


Edmond Dantès no le había informado a donde irían. Veronicat sintió sorpresa cuando el auto estacionó frente a una enorme edificación de fachada sofisticada -sencilla pero no por ello innegablemente opulenta. ¿Un restaurante? Veronicat siguió a su acompañante fuera del auto, ayudándose de la mano del asistente a quien dedico una amable sonrisa, ocultando la confusión en su mirada. No se imaginaba al vampiro invitándola a comer, no, en efecto no había ni cenas ni almuerzos incluidos en su acuerdo. La voz afrancesada de una mujer atrajo su atención, de ahí poco en poco se percató del grupo de gente que parecía estarlos esperando. No, eso era incorrecto, esperaban a Edmond Dantès, ella era solo la acompañante -su orgullo tomando un pequeño golpe ante la realización. A juzgar por la vestimenta de los presentes aquella no era una fiesta sino una reunión formal, probablemente para discutir algún negocio. Veronicat hubiese preferido la enviara a su casa para irse instalando antes que pasar la velada en aquel lugar; más se abstuvo de hacer algún comentario, su papel no era el de una pareja para expresar sus deseos -su rol era el de meramente compañía.

Se mantuvo un par de pasos detrás del hombre insegura aun del todo en cual era exactamente su lugar. ¿A su lado? ¿Detrás? ¿A la par del sequito que lo rodeaba? Tantas cosas habían quedado en el aire… Veronicat no podía evitar preguntarse si aquello era intencional por parte del hombre o una ineptitud suya. ¿Cuándo había dejado que fuera alguien más quien dictara su lugar en la vida? Le pareció ni siquiera un vampiro como él estaba tan por encima de ella. Le ofendió la manera en que se dirigió a ella -como a una mascota- pero siguió pronta su orden aun cuando no estaba demorándose. Procuró mantenerse lo suficientemente cerca del hombre para que este notase su presencia, y siguió de igual modo al guía adentrándose en el interior de aquel edificio.

Todo para comprobar era, en efecto, una reunión empresarial. Veronicat sintió sus ánimos caer ante la expectativa de tener que pasar sus siguientes horas aburrida escuchando a un grupo de individuos discutir temas que no eran necesariamente de su interés. La minina tenía experiencia atendiendo eventos de índole similar gracias a su padre, pero cuando menos en aquellas había contado con algo para distraerse -una revista, un libro, incluso su tableta. Se arrepintió de haber dejado su cuaderno de dibujo en el auto.

¿Sentarse detrás? Veronicat siguió con la mirada al lugar señalado por el guía encontrándolo de muy al gusto. Si bien, se sabía compañía, lo decente hubiese sido ofrecerle un lugar en la mesa y dejarla a ella tomar la decisión de abandonarla. O cuando menos así lo pensaba ella -a partir de su experiencia- aún más, la posición de aquellas sillas detrás no podía ser más humillante. “Detrás de todo gran hombre se encuentra una obediente mascota”, le pareció que exclamaban; Veronicat no era una mascota, ese no había sido el acuerdo entre los dos -aunque para ser sincera no recordaba del todo lo discutido.

La orden del hombre -del vampiro- fue la gota que derramó el vaso de su paciencia. Había aceptado la humillación de su inicial saludo, aquel en el que minimizo lo sucedido entre ambos; conformado con la forma en que se dirigía a ella cual si fuese una pequeña, de lo cual ni siquiera tenía la apariencia; e ignorado las miradas de los presentes sobre su status por debajo del hombre, sin inmutarse por los murmullos llamándole su pet como si no hubiese sido también participe en aquel acuerdo -como si careciera de agencia propia. Y ahora, Edmond Dantès le daba aquella orden -’Sientate’- como si fuera un perro, un zorro, un animal. Hmph. Era tiempo de recuperar un poco de aquella dignidad perdida.  

Tan solo esperaba no terminar arrepentida de su atrevimiento.

Levantando el rostro con soberbia se acomodó elegantemente -con el sigilo característico de los felinos- en las piernas de su amo, cruzando las suyas una vez ahí. Se aseguró de no arrugar las prendas del empresario, valiosas como esas, ni desalinearlo de alguna manera; al contrario, buscó ella convertirse en un accesorio más a su imagen, un ornamento que elevara la gracia de aquel hombre -que lo convenciera de quererla así, sobre él, si deseaba dominar sobre los demás empresarios. No queriendo tocarlo más de lo necesario -pues ello implicaría pedir permiso, algo que no se sentía en humor de hacer- cruzó un brazo sobre su abdomen apoyando el codo del opuesto sobre este, de manera que formaran una “L” sobre su pecho. Pretendiendo minimizar la situación, se distrajo observando las uñas de su mano en vertical mientras justificaba -sin una gota de culpabilidad- su actitud.

- Si gusta que me levante, Mr. Dantès, puede mandar pedir una silla para que sea acomodada junto a usted. Le recuerdo, no me compró para ser simplemente una mascota; ese no fue nuestro acuerdo, o hubiese bastado con cualquier otra minina -

Pese a sus palabras su tono era dulce, juguetón incluso, suficientemente bajo para que la conversación se quedase solo entre los dos -no había necesidad de humillar al vampiro, después de todo. Ante ojos externos, su sonrisa coqueta no daba sino la impresión de estar compartiendo un momento pícaro antes del inicio de aquella larga sesión.

- Si planeo serle de otra utilidad, eso es además de alimentarlo, debo aprender un poco sobre economía y no lograré eso sentada detrás de usted - enrolló un mechón de su cabello entre sus dedos observándose las puntas, cerciorándose de que lucía tan perfecto como siempre - quizá de esta manera pueda ayudarle a convertirme en números verdes en lugar de rojos para beneficio de usted. -y añadió, quiza en un intento por apelar a la bondad del vampiro- So...¿Permiso para permanecer sentada aquí? -

Veronica giró hacia el hombre cuyo regazo había ocupado y levanto una ceja esperando su respuesta, su permiso aunque no lo quisiera.
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Mensaje por Invitado el Vie Mayo 08, 2020 8:55 am

¿C-cómo...? — fue un acto irrespetuoso por parte de la joven de cabellera plateada; esa fue la reacción unánime de quienes habían formado parte de su espera en la puerta de la edificación. Cuando alguno de aquellos individuos mostró, al parecer, interés en efectuar algún tipo de acción en contra de la joven que había tomado tal atrevimiento con la mano derecha de aquella reunión fue él, el propio Edmond, quien alzó su extremidad.

Su movimiento fue realizado de manera lenta, casi como si estuviera realizando una especie de actuar en verdadero slow motion. La altura exacta en la que se detuvo fue la de su propio hombro, curiosamente el cual correspondía a alcanzar el de la joven felina en su regazo; esa fue tan solo la reacción necesaria por parte del albino de larga cabellera que ocasionó silencio absoluto en todo lo que era aquella habitación. — Monsieur, si me lo permite... no creo que sea adecuado que... — y fue ese actuar quizás un tanto irresponsable de parte de su secretario, por denominarlo de alguna manera, que obligó al de ojos ambarinos el volver la vista en su dirección. Tal vez no se pudo notar, o al menos el resto de los individuos presentes en la habitación no tuvieron esa posibilidad, pero los ojos de Edmond se apagaron de un momento a otro. El hecho de que ni un ápice de brillo fuera posible de apreciarse en la tonalidad cristalina de aquellos esféricos fue, sin duda alguna, la advertencia final para su empleado. Sí, esa era la palabra más adecuada para definir al individuo, a todos ellos en su gran mayoría: simples empleados a los que se les pagaba por trabajar, no por hacer algo más ni tomarse ciertas libertades que claramente no poseían.

Era obvio que, por su aura, las palabras carecían de sentido. Un semblante único, un porte exclusivo y una expresión para el hombre de cabellera negra que le hizo retroceder. No necesitaba más que eso, después de todo, para doblegar la voluntad de aquél individuo. Fue por esta razón que el susodicho no se dignó sino a volverse sobre sus pies, observando al resto de intencionados con el deseo de que calmaran sus reacciones. Sin disponer de otra cosa que volver la vista a la normalidad, donde ese ligero tono a sombra y pérdida de color en sus irises se invertía completamente, fue el hecho de ver a la felina una vez más acomodada sobre su cuerpo lo que le hizo dejar escapar un poco de aire sin producir ningún tipo de sonido.

Te lo permitiré. — no necesitaba que la otra en realidad tuviese que pedirlo de manera explícita. Sus propias acciones tendían a referenciar sus intenciones más de lo que las palabras cuando el silencio se hacía dueño del ambiente. Sin embargo fue el destino de aquella extremidad ya elevada la que, manteniendo esos movimientos tan lentos pero característicos de alguien como él en situaciones como esas, se movería de forma cuidadosa hasta sujetar lo que era la misma mano que descansaba sobre su pecho. Fue claro en lo que hizo allí: tomó la muñeca de la felina con su propia mano y acto seguido dejó que el pulgar evitara la posibilidad de cerrarla para poder, así, guiar aquellos finos dedos hasta sus labios. A pesar de apoyar las yemas sobre la línea divisoria de los mismos, lo que hizo fue simular depositar en ellos un beso aunque en realidad ocultaría el hecho de que, por apenas una línea mínima de separación entre sus delicados labios, deslizaría la punta de su lengua.

Si gustas de aprender, presta atención a esta reunión. — y no necesitaba ofrecerle otra respuesta. Tampoco una explicación. Si optaba por aquella oferta, entonces podría responder algunas de sus dudas más importantes, aquellas que casualmente fueran más requeridas a la hora de realizar algo en relación a su actual profesión. Quizás y su recurso material durable tuviese más utilidad de lo que se hubiera imaginado.

¿Podrían todos tomar sus respectivos lugares? — no se trataba de una voz realmente autoritaria pero el hecho de reconocerla, y de saber quién era en realidad, implicaba una obediencia casi que absoluta por la gran parte de los integrantes de aquella sala. — Monsieur Dantès, mis más sinceras disculpas por el atrevimiento de mis empleados. — la reverencia que hizo a continuación fue algo que el masculino sí pudo apreciar, pero dada la posición de sus ojos puestas en la joven felina encima de su regazo, mas no pareció realmente darle algún tipo de interés. Incluso podría decirse que ofrecía más atención al movimiento de su mano acorde a la sujeción de la de la chica que a su aparente compañera laboral. Fue tan sencillo como mover su extremidad de manera lenta, buscando en todo momento mantener esa impecable imagen propia, ofreciendo una vez más la primer posición que aquella mano se había atrevido a ocupar sobre la altura de su pecho, algo que en verdad tampoco le causaba más que una pizca de indiferencia, quizás más de lo que realmente se pudiera apreciar.

En efecto la educación por parte de la recién llegada era a costas de conocer también su posición: la mano izquierda de aquél que presidía la conferencia y sin lugar a dudas un escalón por debajo del hombre de sombrero. — El presidente no ha podido venir así que, y dadas las circunstancias, monsieur Dantès y yo tomaremos decisiones en su lugar; monsieur poseerá el 45% de la decisión; ustedes el 20% y yo ostentaré el 35%; ¿alguna objeción? — pero el silencio ambiental fue claramente la razón por la cual la chica, que al parecer poseía sus mínimo 35 años de edad, dispusiera a dar inicio a la reunión ofreciendo el permiso a aquellos individuos que formaban parte de la organización y la proyección de la bolsa actual.

De por sí la reunión iba a tardar lo suyo, al menos en cierto sentido. La ausencia del presidente en realidad demostraba cuán importante era la cabeza del líder en aquella reunión pero la presencia de su mano derecha – Edmond – y de su mano izquierda – aquella fémina que por consiguiente y tras algunas palabras se presentó como Perséphone –, fue claramente esencial para lleva a cabo ciertas resoluciones importantes. — El aumento porcentual de 1,41% que sufrió Nasdaq es relativo; es más, si pueden apreciar el aumento ahora sigue positivo pero por debajo del 1%. Estamos hablando de una oscilación entre 9049 y 9057, pero les recuerdo que hace aproximadamente unas 52 semanas, su valor se encontraba por encima de los 9800. — ni siquiera necesitaba observar la pantalla electrónica que se le había dejado delante una vez todos hubieran tomado sus respectivos asientos.

Voto en contra de la nueva inversión. No aceptaría una pérdida por no esperar a que ascienda hasta el 1.53% mínimo estable durante, al menos, dos minutos. — y es que en general la bolsa de por sí se volvía tan fluctuante que resultaba irresponsable de su parte, al menos, ofrecer ningún tipo de inversión. Así como él, varios de esa minoría votaron apoyando al que hablaba; Dantès poseía gran influencia en ellos a la hora de tomar una decisión y habiendo alcanzado más de lo que correspondía al 50%, entonces el fallo fue a favor de aquella postura.

Fue casi inconsciente pero en su actuar, tras sus últimas palabras, la decisión de su mano derecha fue la de recorrer la pierna femenina aún por encima de aquél. El movimiento fue lento, en realidad, apenas ocupando lo que eran las yemas de sus dedos e incluso varios de los individuos parecían más interesados en la razón de aquello que en la propia reunión. Fue quizás un actuar algo intolerable para su felina, sin embargo para él fue demostrar e imponerse en consecuencia de aquella extraña forma en la que el resto se había dispuesto a reaccionar. La resolución era sencilla: él era quien se imponía, no solo a ella sino al resto, y de ahí en más su autoridad no debía, no, simplemente no podía ser cuestionada.
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Mensaje por Invitado el Lun Mayo 11, 2020 10:12 pm

La minina hinchó el pecho al observar cómo aquel empleado -el secretario, sino mal recordaba- era callado, casi humillado, por la mano alzada de su benefactor. Lo miró de reojo, postrada en las piernas del vampiro, con la soberbia de quien se sabe por encima de alguien más y no pudo evitar sonreír con satisfacción. Si, quizá le había vendido su alma al diablo por un mes en el núcleo de la élite; pero, si esto era alguna prueba de lo que le esperaba, bien la había valido.

Su mirada regresó al autoritario hombre tras sentirle exhalar en silencio. Su permiso -a la par reconfortando e insultando- la hizo estremecer insegura de si aquella era la respuesta que buscaba del hombre o si se arrepentía de haberse acercado en un inicio. Lo observó procurando mantener una expresión neutral mientras lo sentía tomar su mano con aquellos movimientos tan precisos que parecían formar parte de su encanto. Veronicat había conocido a muchos hombres elegantes en su vida, pero Edmond Dantès era diferente. Desde la forma en que vestía hasta aquellos ojos ambarinos que imponían voluntad con tan solo una mirada; e incluso la forma en que iba apoderándose de ella adueñándose, casi que imperceptible, de su voluntad. Sospechaba un porte como aquel no podía comprarse solo con dinero; no, requería de algo aún más valioso, algo que para ella los significaba todo: status. Si el hombre fuera una pintura, pensó la minina, la titularía “aristócrata” y se le antojó posible dibujarse junto a él.

Quedó a la espera de un beso en la mano que nunca llegó; la cortesía traicionada por una efímera humedad entre las fisuras de sus dedos. Sonrojó inevitablemente, agradeciendo que en su posición, sus mejillas se ocultaban del resto de los presentes. ¿A qué estaba jugando aquel hombre? Respiró profundo, apenas perceptiblemente, aplacando  los nervios erizados por el contacto y sonrió con calma. Si Edmond Dantès buscaba de alguna manera incomodarla, descubriría que ocupaba mucho más que solo eso para lograrlo. Esta vez se había prometido no perder la compostura, no recaer, por mucho que sentir aquellos delicados labios rozando su delicada piel le provocaran tentación.

Aprender. Tal había sido la justificación que le dio al hombre y cumpliría, con suerte sin requerir de mayor explicación que la que aparecía en la pantalla electrónica. Veronicat no era tonta, si bien algo ingenua, aprendería lo necesario para renegociar aquel acuerdo a su favor -quizá empezando por comprender a qué, sino bien a cuánto, exactamente se había vendido. Así pues, tan pronto dio inicio la reunión, volteó su mirada hacia la mujer quien parecía ser la moderadora de la mesa.

La observó en silencio manteniendo un semblante sereno y amable, ignorando -o cuando menos intentando- el abandono de aquellos labios sobre su mano, dejando tras de sí apenas un invisible rastro sobre su piel. De haber estado sola hubiese suspirado en alivio -la memoria de aquellos afilados colmillos sobre ella aún motivo de placenteras pesadillas- pero no lo estaba; por lo que se mantuvo quieta, casi inmóvil, esperando a que pasase la tormenta. No puedo evitar, no obstante, mirar a su benefactor de reojo al escuchar a la mujer describir el amplio control que tenía sobre las decisiones que se tomarían en aquella mesa. Era el doble por encima del resto, exceptuando a Perséphone -la moderadora-, y no pudo evitar una cierta admiración. ¿Sería eso equivalente a la ganancia que recibía de las inversiones? Su atención de regreso en él, le escuchó hablar ladeando apenas la cabeza mientras buscaba no distraerse con la forma en que sus finos labios se partían al pronunciar cada palabra. Al concluir, con nada menos que su soberbia opinión, el resto del grupo pareció reaccionar en su mayoría en concordancia con su veredicto.

Mientras la votación se llevaba a cabo, la felina tornó su mirada clara hacia la pantalla electrónica con el afán de visualizar aquellos datos; encontrando su interpretación más productiva si podía ver y no solo escucharlos. Inconscientemente, llevó la mano previamente sujetada por el vampiro hacia sus propios labios, descansando el arco de su índice sobre su labio inferior en un gesto propio del pensar profundo.

Si había entendido bien, aquella nueva inversión era una ‘mala’ inversión debido a que no había alcanzado un crecimiento confiable, al menos durante el último año, y por lo tanto su potencial de generar una ‘pérdida’ era alto. No estaba muy segura en cuanto a la importancia de los números más allá de servir como indicadores para puntualizar los aumentos -suponía de stocks- pero de igual modo captaba la idea general del ‘problema’ a discutir. Le pareció a la minina aquella era una interesante, casi coincidente, analogía de su situación con Edmond Dantès.

Veronica comenzaba a sentirse como ese ‘aumento porcentual de 1.41%’ y se preguntó, sin atreverse a voltear a ver a su benefactor, ¿Había sido aquel un buen acuerdo? ¿Pudo haber obtenido más? ¿A quién resultaba más favorable? Y ¿Cómo votaría la mesa ante una propuesta como esa? En caso de votar ‘en contra’, al finalizar el mes, ¿cómo convencer al hombre de votar ‘a su favor’?

Visto como una inversión -ésta siendo ella- el hombre se había interesado en ofrecer un valor equitativo a cambio de utilizarla como un alimento. En aquel momento él había ofrecido el equivalente a un mes de vestimenta diaria nueva -aunque, lamentaba Veronicat, los detalles en cuanto a la suma exacta nunca salieron a discusión. Por su parte, la minina había propuesto incluir también vivir bajo el mismo techo -en un intento burdo por cambiar la simple habitación de la Pet Shop por una más propia a su gusto.

Se le ocurrió debía encontrar aquellos ‘factores’ -por ponerle un nombre- que aumentarían su atractivo como inversión: sus prioridades siendo, sobrepasar su actual valoración (estimada previamente por su benefactor); y procurar que ésta se mantuviera estable -aquello parecía ser muy importante- si no es que en aumento. La pregunta era entonces, ¿cómo incrementar su valor? O en palabras más sencillas, ¿qué podía ofrecerle a aquel hombre que parecía tenerlo todo?

- ¿Qué factores influirán en el aumento o no aumento porcentual de una inversión? - de ella como inversión, para ser más precisos. El pensamiento abandonó sus labios en un susurro sin que la minina se diese cuenta, absorta en aquellos temas de economía de los que su sueño ahora dependía.

Lo primero, meditó, sería su sangre, pues aquello parecía ser lo más cotizado que poseía -según aquella lasciva experiencia. Mirando aquel acuerdo con nuevos ojos era posible que la felina hubiese pecado al no haber conocido el valor de su sangre a priori -e ignorado el interés añadido por la naturaleza sedienta del vampiro- llevándola a intercambiarla por un precio estimado que, en el momento, sintió satisfactorio. ¿Hubiera podido pedir más a cambio de tan vital líquido? Quizá, en especial considerando aquel hombre había ido personalmente por ella; y a pesar de que pareciera aparentar justamente lo opuesto, cotizando su sangre muy por debajo. ¿Orgullo, ego o táctica de negociación? ¿Hay manera de determinar el valor de aquella clase de bienes materiales de forma precisa? Se preguntó la minina palmeando su cola con suavidad contra la silla en que se había sentado su amo.

¿Qué más tenía para ofrecerle al hombre? Carecía de aquellos conocimientos por los que había mostrado interés: asientos de partida doble, finanzas, administración de empresas, marketing… Tampoco contaba con conexiones importantes en la isla o recursos económicos que pudiesen serle de ayuda. Fue entonces que sintió la gélida mano recorrer su pierna, la sensación provocándole un escalofrió en la piel aunque se rehúso a dejárselo saber. Decir que le sorprendió la audacia con la que aquel hombre la acariciaba frente a la mirada de sus subordinados no sería suficiente. No obstante, se obligó a mantener su semblante inquebrantable a pesar de aquel impropio gesto de su acompañante. Un desliz, se imaginó, de alguien que se sentía con la libertad de poder hacer lo que desease con ella ahora que su acuerdo había entrado en efecto -aunque, si mal no recordaba, aquello nunca había sido discutido ¿podría ser otro ‘factor’ a su favor?

No. La minina se negaba a ponerle un precio a su cariño. Suficiente era con haberle vendido su limitada sangre, no ofertaría también su dignidad; y sin embargo el recuerdo de sus cuerpos, memoria ingrata y placentera, le provocó mayor inquietud que aquellos ligeros dedos deslizándose tan cerca de sus muslos. No queriendo dar una idea errónea, en especial frente a las curiosas miradas de sus espectadores, cruzo sus piernas con mayor fuerza dejando en claro ella no era esa clase de acompañantes -aun si la noche anterior tal vez no lo hubiese sugerido. Vengativa, Veronicat pensó en devolverle el favor al hombre -esa ‘incomodad’ que sospechaba pretendía provocarle. Deslizando su mirada de la pantalla -dónde ahora se mostraba una nueva diapositiva- fijó sus orbes azules sobre los felinas pupilas de su benefactor manteniendo una sonrisa calmada.

- Mr. Dantès, ¿cuál es el mínimo ‘aumento porcentual’ que espera, de forma general, en sus ‘inversiones’ para considerarla una ganancia a su favor? En el caso de ésta, menciona conformarse con el 1.53%, ¿cómo obtiene dicho número? Y, ¿realmente no vale la pena correr los riesgos? -

Procuró mantener su voz tan baja que fuese audible solamente para el hombre a centímetros de ella. No ocupaba demostrar su ignorancia sobre el tema frente a quienes ya seguro pensaban no tan bien de ella. Que al fin y al cabo lo que buscaba más que saciar sus dudas -lo cual tampoco era tan malo- era llamar la atención de su benefactor, distraerlo, mientras estiraba su felina extremidad para acariciarle la pantorrilla por debajo de la mesa; trazando una línea invisible a lo largo que subía y bajaba a una cadencia lenta. Y fingiendo no darse cuenta de lo que transcendía con la punta de su cola se quedó observándolo en espera de su respuesta -verbal, física, hacia ella o sobre los números en la pantalla, realmente, cualquiera que esta fuera. Su objetivo era simple, descubrir que más querría Edmond Dantès de ella, y consecuentemente, que más tenía ella para ofrecer a cambio de eso que el hombre desbordaba: status, dinero, y -la minina se relamió los labios ante la novedosa- absoluto poder.
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Mensaje por Invitado el Miér Mayo 13, 2020 2:49 am

Ah. Los factores influyentes. — aquellas palabras solo ocasionaron que los ojos del vampiro se volvieran en dirección a la fémina. Verla de lado sobre su cuerpo ocasionaría, de manera quizás efectiva, que buscase interrogar con cierta frialdad en sus ojos qué tanto estaba dispuesta a aprender. Lastimosamente explicarle en esos momentos el todo, incluso lo que significaba cada letra de aquellas siglas, así como también la diferencia entre una y la otra, y la unión de ambos – Nasdaq 100, Nasdaq Composite y Nasdaq respectivamente –. Quizás no era el hecho de tener que ofrecerte tanta información a una felina sino, más bien, la explicación tan laboriosa que debía de llevar a cabo como lo era la de ofrecer en detalle incluso la composición exacta de la fluctuación. Fue esta de entre todas, tal vez, la razón óptima para simplemente intentar omitir la mayor parte de la información posible respecto a la pregunta en cuestión. — A nivel macro, los factores que influyen son las pérdidas y las ganancias de las empresas, específicamente ellas si vamos al macro más grande. — y es que en realidad la rentabilidad de una empresa se veía claramente con estos elementos cuando se realizaba el cierre mensual, y anual, de la caja global correspondiente.

Quizás aquella no fuera la respuesta más certera posible pero tampoco estaba muy interesado en ofrecer una pequeña clase intensiva respecto a las bolsas en esos instantes, en plena reunión de inversión más exactamente. Lo cierto es que debería de plantearse un poco mejor su explicación, o simplemente ofrecerle una respuesta más entrada a detalle tan solo cuando así lo tuviera en cuanto a tiempo se tratase, y al lugar indicado se hiciese referencia. No es que fuese a reír ni mucho menos, pero podía al menos darse el lujo de alardear lo suficiente en lo que refería a ser conocedor de, cuanto menos, lo que estaba hablando. — Si buscas lecciones específicas, espera a que estemos en casa. — a pesar de no aparentarlo en su expresión tan frívola y, por consiguiente, un poco arisca en cuanto a la socialización con la que lo mencionaba Edmond igualmente no había mostrado, aunque sí lo pareciera, esa apatía típica de su propia persona al momento de dar aquella ligera primer explicación. Sin embargo las ideas en todo aquello, incluso la fortaleza suficiente respecto a lo que envolvía al tema como tal, ofrecían un sinfín de conocimiento teórico que en esos mismos instantes era incapaz de enseñar, siquiera de comentar, porque le impedía el uso completo de su concentración a la hora de efectuar los análisis adecuados para con las fluctuaciones económicas.

Los ambarinos ojos del híbrido no dudaron en deslizarse de forma cautelosa por la pantalla que mostraba aquellos gráficos tan acertados, cuales cambiaban de manera constante a medida que la valoración en el mercado neoyorquino parecía sufrir sus propias fluctuaciones. Sin embargo era consciente de algo: los ojos de muchos de aquellos individuos alrededor de su persona se mantenían fijos en él, aunque algunos otros lo hacían en la chica de sus piernas.

Ya les había advertido quién era: su mascota, aunque él la veía más como un recurso material durable. A pesar de no dejar en claro aquello de forma más explícita, la esencia de que se trataba de una criatura de mercado, como muchos la veían, dejaba resuelta dicha duda. Sin embargo, por qué estaba ahí, era simplemente algo que no comprendían: él había concientizado que se trataba de alguien con el permiso otorgado de su persona de estar allí y seguramente esto, de entre un deje de posibilidades, fuese la razón única y exclusiva por la cual no había sido retirada del regazo de aquél hombre.

Algo que había que destacar de entre las cifras que se reflejaban en aquellas pantallas, tanto la principal como las tabletas que cada uno poseía individualmente, era el hecho de que había varias fluctuaciones que debían de tenerse en cuenta. Lo cierto es que varios de los presentes que estaban a favor del hombre no hicieron más que sonreír y observar a los que se oponían; demostraban en su expresión la verdadera dicha de haber aceptado las palabras de quien parecía tener casi la mitad de la autoridad de la reunión. En cambio, los segundos, a pesar de que no estaban completamente satisfechos con la decisión, haber perdido aquella lucha les aseguró sus actuales beneficios con el objetivo de seguir invirtiendo en próximas cotizaciones, las cuales parecerían llegar a continuación. — Dado que la mayoría apoyó la decisión del señor Dantès, pasaremos al siguiente punto en cuestión: Stoxx 600.

Lo cierto es que la idea de mantener sus ganancias al máximo grado posible era la prioridad de todos los presentes, esto ocasionó que todos y cada uno de los presentes optara por tomar su propia tableta personal con el fin de investigar los valores cambiantes del índice bursátil de las empresas componente de aquella misma, pertenecientes ahora a Europa. — ¿Alguien que quiera tomar la palabra? — bueno, varias miradas se volvieron a Edmond cuando la moderadora dijese aquello pero éste, en cambio, terminó por volver la vista en dirección hacia su propio dispositivo. Con calma cada quién comenzó, en pequeños grupos con sus allegados, a pronosticar y puntualizar cosas tanto a favor como en contra de cada una de las posibilidades. El beneficio así como la negativa, todas ellas parecían ser opciones que cada quien estaba intentando investigar hasta el más mínimo detalle, logrando llegar a pequeños micro acuerdos, entre ellos, juntando sus porcentajes, quizás logrando un 7-8% para poder compensar lo que pudiera ser la elección del que poseía más, o simplemente refutar y no llegar a un simple acuerdo con las palabras de aquellos que eran poseedores de un gran baluarte de posibilidades. Sí, al final todas las decisiones caían sobre los mismos dos individuos, la mano derecha: Edmond; y la moderadora: Perséphone.

Por su parte el híbrido terminó moviendo una de sus extremidades en dirección hacia su propia tableta. No es que estuviera realmente cómodo moviendo sus brazos alrededor del cuerpo de la felina pero, por otro lado, le había dado permiso para poder permanecer allí y eso era lo que haría. — Quieta. — sus palabras eran obviamente una orden directa. No le daba permiso para moverse ni quitarse, pero sí la obligaba con un simple gesto a que no actuara de ninguna manera, al menos no con su cuerpo, dado que necesitaba pegar sus brazos y antebrazos a su cuerpo para poder visualizar a gusto la pantalla. Era innecesario decir que no le molestaba su presencia, en realidad utilizaba el brazo contrario de apoyo para poder sostener el dispositivo. Con una de sus manos se dispuso nada más a deslizar la pantalla comprobando las variaciones, los cambios que había sufrido aquella gráfica que en los últimos días había mostrado tanto un ascenso como un descenso del punto inicial. Efectivamente las variaciones de aquella bolsa eran, quizás, y hasta un poco más difíciles de pronosticar que las neoyorquinas.

Sin embargo su lectura de aquellos análisis fue completamente desconcertada respecto a lo sucedido tras lo que escuchaba era la siguiente pregunta de la fémina. Una vez más el tono empleado por ella, así como lo había sido el de él, era el simple resultado de una pequeña y efímera tonalidad reflejada con el mero deseo de no perjudicar a nadie en la reunión: una voz secreta, suave, apenas audible debido a los elevados sentidos auditivos de ambos dos, un secreto entre ambos.

No existe un mínimo porcentual que espero, sino sencillamente que ascienda a 1,53 % mínimamente. ¿Razón? Las compras se realizaron con un estimativo de 1.44% por lo que trabajar ipso facto, teniendo en cuenta su valor actual de 1,48%, ocasionaría fluctuaciones que ofrezcan una variante incluso capaz de terminar por debajo del porcentaje inicial. — lo que hizo a modo de ejemplo fue tomar la propuesta del último emprendimiento mencionado, el índice bursátil europeo que trataban buscando una de las empresas con la variable más limitante posible de entre todas las que ahí parecían encontrarse. Tras dar con la misma, ocupar su precio inicial de 0,94% estable durante los anteriores 4 meses, con un descenso de 0,03% en el último mes pero un aumento de 0,15% en los últimos 10 días daba un promedio actual de 1,09% estable. — Un claro ejemplo de utilidad estable en un plazo mínimo deseado. — aunque no explicaría el significado de aquella denominación, tampoco era muy difícil entender a la utilidad como el beneficio o ganancia, siendo la diferencia entre los ingresos obtenidos por una empresa y todos los gastos generados por esa misma para obtener su correspondiente resultado final.

¿Había escuchado bien? ¿Quizás se hubiera equivocado? ¿La voz femenina había hecho mención a correr los riesgos? Quizás su expresión ensombrecida hubiera hablado más de lo que lo hubiera hecho con palabras, ¿o resultaría más obvio de esa forma? Pero una parte de él comprendía algo mejor que la otra: una mente no entrenada, tan pobre en conocimientos quizás, no podía llegar a comprender de manera empresarial lo que significaban esas palabras verdaderamente. Fue por esto que la comisura de sus labios, aunque siendo un poco sarcástico, se movieron hasta un par de milímetros haciendo, de ésta, una expresión casi imperceptible. Desaprobación, disgusto, molestia. Un conjunto de sensaciones golpeaban al híbrido en consecuencia y sin embargo, por su ignorancia, se veía incapaz de tomar ciertas represalias en su contra. Más bien, por sí mismo, ninguna.

Correr el riesgo es algo que hacen los incapaces de estudiar el mercado. — no iba a mostrar siquiera una pizca de perdón en sus palabras. Hasta quizás un tono algo ácido se reflejaba en su voz como consecuencia de tal idea; resultando insultante, como no hubieran sido quizás otras, la opción de arriesgar una pizca de dinero era algo que un empresario no tenía permitido hacer. De los que allí se encontraban tan solo él, Perséphone y quizás algunos pocos más – incluyendo a los acompañantes de los mismos, dígase secretarios y resto del staff –, habrían tenido algún tipo de relación directa con la famosa Gran Depresión, también conocida como crisis del 29. Fue en ésta que los valores, incluso la mismísima bolsa neoyorquina, tuvo sus alteraciones drásticas hundiendo un número inconmensurable de negocios ocasionando pérdidas de igual, e incluso mayor, magnitud.

Supongo que he de educarte apropiadamente si deseas sobrevivir el mes completo. — su vista apenas se desvió de la pantalla de la tableta, ahora tomando la iniciativa de indagar en lo que respectaba a los valores mencionados con anterioridad.

Es más apropiado tomar cartas en el Stoxx 600, siempre que se tenga un pequeño dinero capaz de utilizar como inversión inicial o reinversión. — no había tardado ni cinco minutos, quizás a lo sumo tal vez dos o tres. El revisar de manera ligera la variante de las empresas, al menos consideradas más destacadas de aquél índice. — Tal vez una inversión que no supere el 35% del capital ganancial que se obtiene de manera mensual, asegurando un 25% extra en inversión o reinversión. Dadas las variantes porcentuales que ha sufrido en los últimos meses, a pesar de que sus empresas más relevantes han conseguido sostenerse, las pequeñas aún presentan micro pérdidas que podría causar revuelos con ese resguardo mencionado se podrían sacar adelante. La estabilidad de las más grandes incluso podría cubrir dicha necesidad sin ser alterado el capital de cada empresario. — sus palabras fueron precisas, directas, incluso hasta con cierto aire soberbio al momento de hablar.

Había hecho su adecuada investigación al respecto, a pesar de que tan solo hubiera tardado unos pocos minutos. Las palabras quizás de su persona no fueron tan apropiadas como las hubiera querido pero habían funcionado, al menos, para convencer a un número considerable de la mesa, incluyendo a la propia moderadora. Tras una sonrisa de su parte, la moderadora decidió tomar la tableta para dar el aviso porcentual de cuánto podía ocupar cada quien: Edmond con un máximo de 30%, Perséphone con un máximo de 30% – al igual que el anterior – y el resto de individuos dividirían el 40% restante entre ellos. Innegablemente aquella situación era de lo más apropiada para el hombre textil, dado que ahora abarcaría rubros que claramente habían carecido de importancia al respecto hasta esas épocas. No era su primera inversión al respecto, en realidad, porque había comenzado desde algunos años antes de viajar a la isla, sin embargo al llegar es que sus beneficios, e intereses claro, habían aumentado con cierto acercamiento a un hombre en particular.

Tras haberse completado el plazo máximo de tiempo para efectuar las inversiones, el envío y la compra de las acciones correspondientes se acreditaron a las pertenecientes ya de cada uno. Dada la situación del mercado, el francés que ya era procedente de Europa inicialmente, tenía ciertas ventajas en el dominio y manejo a nivel socio-económico con algunas empresas. Ésta era, sin duda, la razón de tener algunos conocimientos más profundos, como los planteados en su propia explicación, que el resto dada su única fortaleza ubicada en el mercado neoyorquino.

Con esto acaba la reunión de hoy, damas y caballeros. Esperamos la próxima cuente con la presencia de nuestro líder pero siempre podemos contar con los análisis del señor Dantès, que por algo ha sido posicionado a la derecha del mismo. — Perséphone siempre actuaba igual, con o sin la presencia del hombre, buscando que de ésta manera la responsabilidad de los análisis recayeran en su persona. ¿Era, quizás, la manera más adecuada de evitarse responsabilidades? Esa era el claro ejemplo de lo que se podría decir, y como se conocía vulgarmente, limpiarse las manos. Fueron esas palabras las que dieron pie a que muchos de los que se encontraban sentados se terminasen incorporando. Las manos se estrechaban mutuamente, unos a otros, algunos irradiando alegría, otros mostrando un semblante un tanto neutral. Era hasta razonable debido a la incapacidad de ahondar aún más, en cierto aire monopolizador, dentro de lo que era Nasdaq pero por ciertos valores morales, e incluso la necesidad de no entrar en números rojos, Edmond no arriesgaría su propio capital por el placer de unos pocos hablando en términos literales.

Es hora de irnos. — no se podía incorporar hasta que la felina se moviese de su lugar pero tampoco la apuraba. — Levántate. — dejando la tableta encima de la mesa, los ojos del híbrido se volvieron lentamente hasta la posición de la joven que le había acompañado. No buscaba una devolución de su mirar, tan solo su actuar y la obediencia de reaccionar acorde a su petición.
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