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¿Qué tan útil me serás? (Compra #21)

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¿Qué tan útil me serás? (Compra #21) Empty ¿Qué tan útil me serás? (Compra #21)

Mensaje por Invitado el Vie Mayo 01, 2020 7:30 pm

Al parecer es aquí, señor Dantès. — el subordinado que actuaba como copiloto apenas mostró intenciones de volver la vista hacia el hombre posicionado detrás.

Sí, aquél individuo de cabellera blanca y coleta a media altura era Edmond Dantès, un empresario desde los primeros tiempos de la Revolución Industrial que había llegado a Sunflower a extender su imperio textil luego de haber abandonado Estados Unidos. Tras recibir la invitación de una puerta abierta decidió abandonar el vehículo en el que se transportaba, uno que a simple vista ya podía verse su exquisito y elevado valor monetario. Con una expresión sencilla, unos ojos serenos y unos labios capaces de deleitar a cualquiera con esa delicada, y efímera, curvatura que daba a comprender el posible buen estado de ánimo que había de poseer ese mismo día; fue el híbrido quien no dudó en avanzar lentamente hacia la puerta del negocio cuyo cartel parecía rezar su nombre: Tienda de Mascotas de Sunflower

Sus pasos eran firmes y hasta ligeros. No estaba para perder su tiempo en tonterías como aquellas y si había pedido tener un pequeño paso por allí era tan solo por cumplir la promesa que había hecho. Sí, le había dado un mes a cierta felina para poder complacerlo en más de una ocasión, aunque lo cierto es que esa tan deseosa situación incluso ya había surgido – o al menos habían llegado a intimar siendo la razón suficiente como para poder retirarla y ya verían qué sucedería entre ambos –.

Con aquella idea en mente no tardó en observar rápidamente al grupo de criaturas que parecían tener en venta. No eran en realidad una variedad considerablemente alta, a decir verdad le sorprendía incluso el poco »stock« que poseían. De igual manera eso no le causaba un mínimo de importancia ya que su objetivo allí era tan solo adquirir a aquella felina; sí, aquella misma que se veía en una de las páginas.

Ella. — no necesitaba decir nada más en realidad.

Fue esa su única y exclusiva palabra para hacer referencia a la compra que deseaba realizar; una felina de cabellera blanca y ojos azules que claro eran tan llamativos en foto como en carne propia. Lo que hizo fue deslizar lentamente el formulario por sobre el mostrador para poder así, junto a un cheque con la cifra exacta del valor que la compra requería, formalizar de manera satisfactoria aquello que consideraba era un gasto posiblemente necesario. Ya podría sumarlo a la fémina en cuestión debido a la falta de información que había poseído anteriormente tras aquél pequeño encuentro con la chica en cuestión. Dada la circunstancia en la que se encontraba, lejos de su ambiente confort, la mirada del masculino no tardó en regresar hacia el bolsillo de su aparente chaleco. — Rápido; mi tiempo vale mucho dinero. — estaba un poco apurado debido a la existencia de una reunión un poco importante en realidad, algo que relacionaba a su empresa del bicentenario y algunas de los eventos que se consideraban más famosos a nivel regional pertenecientes al estilo de vestimenta victoriana. Lo cierto es que para ese toque tan vistoso Edmond era el más indicado, al menos dada su procedencia y el datado de su nacimiento puesto había visto, de primera mano, la evolución de aquellos estilos hasta la época contemporánea.


Nombre del amo: Edmond Dantès
Nombre de la mascota: Veronicat
Número de registro: #21
Raza: Gato
Ficha: https://sunflower.foroactivo.mx/t2107-ficha-veronicat-id-nyaa#12998
Firma: Ed Dantès
Invitado
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¿Qué tan útil me serás? (Compra #21) Empty Re: ¿Qué tan útil me serás? (Compra #21)

Mensaje por Eileen Lincer el Sáb Mayo 02, 2020 8:25 am

Otro día como cualquier otro en el que la leona de elegante porte iba de una habitación a otra haciéndose cargo de las mascotas; jugando con ellas, asegurándose de que se alimentasen del modo correcto, enseñándolas lo que ellas más deseasen -si sabía del tema, claro-. Nada fuera de lo común para una cuidadora de pets, ¿verdad? Pero más allá de eso, también era vendedora. Su turno pronto cambiaría, adoptando aquel segundo rol para quedar de cara al público y comenzar con las ventas. Por ello terminó de acicalar el largo cabello de una hermosa conejita del lugar, despidiéndose de ella y dejando atrás las instalaciones de acceso privado para el personal no autorizado.

¿Ya toca cambiar, Eileen? —sonrió con amabilidad aquel vendedor, compañero de trabajo de la rubia—. Suerte con los pequeños —rió con ligereza, despidiéndose del joven y procediendo a atender... A nadie. Allí no había nadie. Tomó asiento en una silla tras el mostrador, echando un vistazo a una revista mientras que hacía tiempo a la espera de algún cliente. Sus orejas, redondas y esponjosas, se agitaron perdiendo su calma, apuntando en dirección a la puerta. Separó los dorados orbes de aquellas hojas que contenían prendas de moda femenina; largos abrigos concretamente—. Buenos días, caballero —saludó con educación. Iba a indicar el lugar del catálogo, pero aquel hombre de larga cabellera nívea pareció no necesitar la ayuda de nadie.

Le dejó todo el tiempo que necesitase para buscar a un buen compañero, y cuando se decidió, echó un rápido vistazo al catálogo para tomar la ficha de información y retirarla, archivandola en una carpeta con el resto de pets en venta. —Una gran elección, caballero —sonrió con toda la amabilidad que era posible—. Tome asiento si lo desea mientras traen a la joven felina —señaló los cómodos asientos junto a una pared. Tras ello, de inmediato tomó el teléfono, marcó un número y espero paciente a que la atendiesen la llamada—. Hola, sí, soy Eileen. Alguien ha venido en busca de la número 21, la señorita Veronicat. ¿Pueden hacer el favor de traerla? —hizo una leve pausa escuchando a la persona al otro lado del aparato—. Claro, muchas gracias —finalizó la llamada—. No tardará mucho en llegar, debe recosas sus pertenencias —informó.

Tomó el formulario relleno junto con el cheque, observándolo con detenimiento antes de proceder a archivarlo donde era correspondiente; el cheque, por otro lado, lo guardó en una carpeta que luego se encargaría de llevar al director de la tienda.


-PET AVISADA-
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¿Qué tan útil me serás? (Compra #21) Empty Re: ¿Qué tan útil me serás? (Compra #21)

Mensaje por Invitado el Lun Mayo 04, 2020 5:52 am

Sentada frente a su tocador, Veronicat trataba de hallarle sentido a las últimas veinticuatro horas de su vida. No había dormido -o cuando menos no lo suficiente para sentirse descansada- pensando en aquel humillante encuentro. ¿Cómo había ido a parar bajo el embrujo de aquel soberbio hombre? Se preguntaba mientras cepillaba su cabello con coraje; ¿En qué momento le permitió total control sobre su cuerpo? Se arrepentía mientras buscaba la mejor manera ocultar aquel par de puntos negros sobre su cuello.

La marca de que ahora le pertenecía a Edmond Dantès.

- Oof… - exclamó frustrada con el recuerdo de esos ojos ambarinos sobre ella. Si lo había hecho fue solo para convencerle de adoptarla y cerrar el trato, se dijo a manera de justificación pero no estaba segura de creérselo del todo. Edmond Dantès le había pedido alimentarlo con su sangre, nada más y nada menos; había sido ella quien buscó sus labios, ella quien se había postrado piernas abiertas frente a él…

- ¡Ugh! - dejó el cepillo sobre la madera con un poco más de fuerza de la intencionada. Su cuerpo inquieto abandono la rigidez de la silla para dirigirse al armario. Abriendo las puertas de par en par con brusquedad tomó el único vestido que quedaba colgado. Era una de sus prendas más elegantes. Aun si la ocasión no lo requería era necesario asegurarle a su comprador de haber hecho una buena venta. Se trataba de un vestido blanco con detalles en oro y negro, de un material que semejaba ser largas plumas cayéndole hasta por debajo de la pantorrilla; su espalda toda descubierta, el vestido sujetándose del frente de su cuerpo desde su cuello -abriéndose a la altura de su busto para hacerle lucir un provocativo escote. Mangas translucidas colgaban caían sus hombros a manera de capa dándole cierto encanto.  En eventos de gala lo usaba con una falda volátil abierta del frente y anclada a su cintura dándole un giro más ostentoso pero para esta ocasión decidió no era necesario. Vestido en mano camino hasta detrás del biombo donde se desprendió de la toalla enrollada alrededor de su cuerpo y comenzó a cambiarse.

Edmond Dantès, el nombre le sabía como el chocolate negro: elegante, intenso y carente de dulzura, con un amargor que perdura en la punta de la lengua aun tras horas de haber sido consumo -e irónicamente, un excelente afrodisíaco. Edmond Dantès, tan pronto volvió de aquel encuentro lo buscó entre sus revistas pero no encontró nada sobre él; la Internet, apenas lo mencionaba como un empresario de textiles exitoso proveniente de Nueva York. Fuera de eso pareciera que el hombre se movía entre las sombras manejando su imperio. Veronicat sintió su corazón latirle de prisa -aquel hombre no solo era imposiblemente rico; también era un misterio.

Había dicho que iría por ella, aunque lo más probable era que mandara a alguien. Era lo que hacían los hombres importantes cuando requerían de atender asuntos menores -aunque ella no se sentía un asunto menor en lo absoluto. Y aunque percibía que Edmond Dantès era un hombre de palabra, ahora que conocía más sobre su reputación parte de ella temía no haberse asegurado durante el arrebato. Osciló distraída entre el baño y el tocador, eligiendo broches y accesorios; retocándose el maquillaje. Cuando se sintió lista, se miró al espejo desde diferentes ángulos, cerciorándose de lucir deliciosa en cada uno de ellos. Porque ese era el look por el que iba: apetitosa e inocente, una invitación abierta a hincar el diente.

Satisfecha con su apariencia, tomo asiento en el único espacio libre en su cama a esperar. El resto ocupado por su equipaje: dos maletas grandes donde había empacado su ropa; dos medianas con sus zapatos y otros accesorios; y una más chica, de mano, con productos de belleza e higiene. No pasó mucho tiempo cuando alguien tocó a la puerta para indicarle era necesitada en recepción y ofrecerle ayudarle con sus pertenencias.

Mientras la persona se encargaba de bajar el equipaje haciendo uso de fuerza sobrehumana, Veronicat se prolongó un poco más acomodándose medias y zapatos, antes de darse un último vistazo en el tocador. ¿Estaría su madre orgullosa? ¿Qué pensaría su padre? ¡Oh, cuanto la envidiarían sus amigas en Londres si la vieran del brazo de aquel atractivo hombre! Antes de bajar tomó un cuaderno grande de hojas blancas y su pluma de tinta favorita.

Su corazón se detuvo cuando lo vio. Edmond Dantès en toda su opulencia, desentonando con los aburridos matices de aquella sencilla habitación. Había venido personalmente por ella. Se sintió hincharse de orgullo complacida de que el precio pagado con su cuerpo había valido la pena. Caminó despacio, sin prisas, malgastando cada valioso minuto en el tiempo de aquel magnate -sabía que lo valía. Se detuvo a dos metros de él, sujetando el cuaderno con su mano izquierda, abierto para mostrar un detallado dibujo de un hombre que no era él; y sosteniendo la pluma blanca con su derecha. Quería darle la impresión de no haberlo estado esperando.

- Mr. Edmond Dantès, me da gusto verlo de nuevo -

Si pensaba que iba agradecerle el adoptarla el vampiro estaba muy equivocado. Aquel no era un acto de beneficencia, sino una mera transacción: su sangre, por un mes, a cambio de treinta días en la cúspide de la élite. Amablemente se despidió del cuidador y la vendedora, dejándole a su amo delegarle al primero instrucciones sobre qué hacer con su equipaje, al cabo el hombre parecía disfrutar de mandar a otros. Y sin más se dirigió al vehículo que esperaba frente a la tienda, suyo por supuesto, reconociéndolo suyo por su elevado valor monetario. Al caminar se aseguró de mover sus caderas de lado a lado, sugestivamente, al son de sus tacones; alzando el pecho para darse mayor porte, el cuello para ofrecer mayor convicción... vendiendose como La Veronicat que era.

Pero la gatita era vanidosa y se detuvo en el marco de la puerta asomando su mirada por encima de su hombro, no para verlo sino para ser vista. Para exhibirse como el apetitoso bocadillo que era. Quería que le notase; con el pronunciado corte de su vestido revelando la tersa piel de su espalda erguida, y su cuello alzado mostrándole las marcas que le dejó aquel hombre hambriento.

- Mr. Dantès, ¿permiso para subirme a su auto? -

Sus labios dibujaron una sonrisa coqueta. Ya imaginaba la respuesta o de otro modo no hubiera sido invocada por él, pero quería complacerlo… debía complacerlo, si deseaba sobrevivir el siguiente mes bajo su acecho. Y si algo había aprendido la gatita era a pedir permiso, o cuando menos a simular obediencia.
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Mensaje por Invitado el Lun Mayo 04, 2020 6:43 pm

Mis elecciones siempre son las mejores. — arrogante comentario el que se dispuso a ofrecer a la fémina de envidiables curvas al escucharla tratar con lo que debía de ser un pedido sencillo. Él no necesitaba, independiente de eso, la aprobación de absolutamente nadie; mucho menos de una mujer cuya vestimenta tan solo era imperativa a ser catalogada como alguien de fácil accesibilidad.

¿Sentarse? ¿En ese lugar? Si bien sostuvo una impecable expresión en su rostro, muestra de que en verdad podía simplemente actuar con caballerosidad a pesar de no tener las intenciones de ello; su respuesta fue tan simple como una negativa. No requería sufrir ningún tipo de contagio extraño, a pesar de que parte de su condición era divina y la otra inmune. Sin embargo dentro de las posibilidades entraba la de ensuciar sus delicadas y elitistas prendas, algo que jamás podría permitirse sucediera por más de una razón; entre ellas estaba que cada prenda que ostentaba se encontraba en la cúspide de la elegancia tanto en precio como en calidad. Jamás, nunca de los nunca, se atrevería a ocasionar ningún tipo de desaliñado a lo perfecto de su vestir porque eso era, sin duda, la viva representación de que el estilo es el ropaje del pensamiento, y un pensamiento bien vestido, como un hombre bien vestido, se presenta mejor.

El tiempo transcurriría de manera relativa; para él tan solo fue un instante en comparación con la longitud de su vida, y sin embargo al parecer en ese tiempo muchas cosas podían realizarse. Al menos esa fue la impresión que el híbrido tuvo al percibir algunos pocos sucesos relacionados con lo transcurrido, desde que había dejado el papeleo hasta que aquella puerta daba la llegada de la felina que ahora era su propiedad.

Veronicat. — únicamente fue su nombre lo que pronunció y con ello un giro sobre sus propios talones con el objetivo de regresar su andar casi por los mismos pasos que había utilizado al ingresar. No quería ensuciar demás la suela de sus zapatos, realmente.

Al parecer aún las conservas; lo hacía ya algo pasado. — fueron un efímero soslayo lo que sus ojos requirieron para poder percatarse de la ligera marca de su cuello. Sí, recordaba con total exactitud el momento, el lugar e incluso a mismísima hora en que lo había hecho. 03:25, ese había sido el horario exacto de alimentación del híbrido del día anterior y consideraba, al menos el primero de la serie de deleites que había logrado disfrutar con el manjar correspondiente a la sangre de aquella pequeña felina. ¿Cómo era posible que recordase? El ambiente, el propio resplandor del sol, la posición exacta de lo que era la sombra; una serie de factores que juntos completaban, y obsequiaban, la hora más exacta en la que pudo haber se apoderado de una de las fragancias más exquisitas que hubiera llegado a probar en lo que iba de su vida.

Aquella había sido su única comida hasta ese momento, ¿y por qué justamente hasta ese momento? Porque la autoridad absoluta de sus decisiones no eran simplemente ni catalogadas ni juzgadas, y mucho menos por aquella chica. El cuidado que tuvo su mano izquierda para mover los cabellos femeninos no fue sino una muestra de la clase y la elegancia de la que era poseedor alguien nacido en la más alta burguesía francesa. Este educado movimiento era tan bien acompañado por su extrema derecha que permitiría un suave desliz por toda la extensión de su brazo hasta llegar a su muñeca; tras sujetarla de forma elegante ofreciendo un agarre exclusivo con su dedo pulgar e índice. , el movimiento cuidadoso que se hizo a continuación fue el de separar un poco aquella extremidad del resto del cuerpo produciendo así una posición horizontal de la misma y obligando a la cabeza de la peliblanca a girarse de forma cuidadosa para poder dejar completamente expuesta aquella marca, su marca.

Los colmillos masculinos volvieron a mostrarse en plena calle y realmente poco era lo que le importaba que pensaran los transeúntes que casualmente, o por rutina tal vez, terminaban pasando por ahí. La escena era una obra maestra se viese desde el ángulo que fuera; ¿desde cuándo la belleza francesa de aquél vampiro no era lo suficientemente bien apreciable al momento de ver sus caninos hincarse y desgarrar la suave piel del felino? Procuraría de igual manera atacar el mismo lugar que en el pasado para poder saborear, incluso, aquella ligera coagulación. El objetivo detrás de dicha acción no era otro sino el comprobar que nadie hubiera estado probando lo que por derecho, y ahora por ley, le pertenecía. No había estado dispuesto a invertir en una criatura que se encontrase, después de todo, a merced de otro depredador que no fuera él. Era obvio su pensar, porque al fin y al cabo se trataba de su dinero el que estaba invirtiendo y par ser sinceros: odiaba los números rojos.

Ah, era ese sabor el mismo que había disfrutado hacía menos de 24 horas y efectivamente se encontraba totalmente intacto. No agradeció aquello porque era lo mínimo que la felina podía hacer a cambio de la enorme gratitud que debía de mostrar en consecuencia de su actuar. ¿Quién, sino, se mostraría tan predispuesto a cumplir una promesa en la que, ipso facto, el balance económico se volvía completamente en contra? Tras unos momentos de comprobar su sabor, el masculino finalmente se dispuso a soltar completamente su cuerpo desde cada zona en la que se había atrevido a sujetarla.

Fue en ese momento que la figura del conductor se bajó desde el lado en el que se encontraban aquellos dos para poder abrir de manera cuidadosa la puerta del vehículo, ofreciendo así el paso primeramente a la mujer. A decir verdad no le importaba quién estuviera adentrándose primeramente, pero aceptaba que fuera la felina por una simple razón: no permitiría que su recurso material durable sufriera daños siquiera antes de ser positivamente utilizada. — Sube. — ¿qué hubiera pasado si el sabor no fuese el mismo? ¿O si hubiera notado que alguien más hubiera estado deleitándose con su bolsa de sangre? Sencillamente sería regresada a aquella tienda. Después de todo no cumplir con un papel tan sencillo era solo símbolo de desobediencia, y él no aceptaría semejante insubordinación.
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