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[Privado] I think I might be scared [Priv. Apofis]

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Mensaje por Simon Wilfried el Jue Abr 16, 2020 6:15 am

Era la típica noche de viernes, estrellada y con un clima tan solo levemente frío, las condiciones aptas para salir a disfrutar el inicio del fin de semana, puede que ir a un restaurante, o un bar. Si, esas se le hacían opciones agradables, pero no era para ello que se había vestido con su camisa negra de delgadas franjas blancas y corbata del mismo color base, sin llevar ningún abrigo o saco que le cubriera como habitualmente hacía. Le habían prohibido tajantemente hacerlo, y por "habían" se refería a sus tres compañeros de cuarto, que no dejaban de canturrear por fuera de la habitación "¡Wild-free! ¡Wild-free! ¡Wild-free!" Para animarlo a salir de una vez. Y si, terminó siendo efectivo, no sabía si era más porque le daba pena ajena que hicieran ese juego de palabras con su apellido, o porque despertarían a todo el maldito alumnado si seguían. Un poco de ambas.
Si, podía ir a cualquier otro lugar mucho más pacífico y acogedor, o tomar la ruta de entretenimiento menos...ortodoxa. Bueno, para él lo era, aunque tenía bien sabido que en la vida de cualquier otro veinteañero era común concurrir clubes nocturnos.
Francamente no estaba seguro de la decisión que había tomado ¿Era demasiado precipitado? No podía evitarlo, sabía que sería un bicho raro en un sitio como ese pero ¿Tenía que quedarse otro fin de semana tragando libros? ¿Para qué? Este último mes su rendimiento había bajado en picada, no importaba cuántas horas estuviera leyendo y leyendo, su mente se encontraba saturada. Tal vez ellos tenían razón, tal vez su salvación sería simplemente "dejarse llevar" un rato.

Era consciente de cómo se comportaba la gente cuando se "dejaba llevar", gajes de poseer ese tipo de dotes, varios buscan aprovecharte como si fueras una máquina expendedora de THC (que en realidad no sería una mala forma de describir su poder). Los veía completamente aplanados en una silla, cama, o el piso mismo, riéndose de las paredes, dejando escapar ridiculez y media por la boca, siendo...felices. De una forma momentánea y banal, claro, sin embargo, y aunque se había jurado a sí mismo nunca entrar en "ese mundo" por todas las barbaridades que le había dicho su familia para aterrorizarlo, no sé veía tan malo. ¿Una perdida de dignidad al querer ahogar sus problemas así? Puede ser, pero se convenció de que precisaba eso para no perder la cordura. Solo una vez. Era un intercambio sensato en su mente.

Se aferró a la poca confianza que tenía para seguir con ello dando las primeras inhaladas de aquel humo, fumando con una actitud escondedora y la mirada alerta. Había fumado tabaco en contadas ocasiones cuando vivía en Irlanda, eso le permitía no ahogarse y tomarlo con cierta normalidad, no obstante, le mantenía intranquilo el hecho de que algún matón les echara el ojo. No podía percibir preocupación en sus compañeros, ni una pizca, estaban tan serenos como agua de tanque y ni siquiera les había hecho efecto aún. Al menos con ayuda del viento que corría por el patio del establecimiento el característico olor del cannabis era menos evidente.
—Hey, anímate. — escuchó decir a uno de ellos con ese aire de confianza, mientras palmeaba la espalda de Simon amistosamente para que dejara de estar tan encorvado. —¿Vamos a la pista?—Más que una pregunta, lo entendió como una afirmación, una invitación que no podía rechazar, porque hasta para él, un inadaptado social, era una obviedad que la gente no pagaba su entrada solo para quedarse sentados en un rincón oculto drogándose.  
Por lo tanto, se adentró en ese mundo de luces coloridas y música ensordecedora que apenas le permitía oír su propia voz. Aún era temprano, no pasaban de ser las 1:30 de la madrugada seguramente. En definitiva no era su ambiente, apenas podía coordinar su baile y tenía que prestar atención de no pisar a alguien con sus pezuñas, mas el estar con gente de confianza...y alguna cerveza, junto con el conocimiento de que el THC en su organismo pronto comenzaría a mostrar efectos y lo sumergiría en ese estado de euforia, le daba una sensación de seguridad, que le permitió prolongar un momento medianamente agradable.
Simultaneamente, cuanto más tarde se hacía, había más gente. Como era común, las puertas cerraban a las 2, no había ni la mitad de personas adentro. Sería una redundancia mencionarlo, pero tal vez nuestro protagonista habría requerido ese recordatorio, puede que las cosas serían algo distintas entonces.

El ambiente empezaba a sentirse...caótico. En principio porque él mismo se sentía un caos. Era la forma más sencilla que encontraba de describirlo. Extremadamente diferente a lo que había visto en otras personas. Por lo que sea que estaba pasando, era un completo antónimo de la palabra felicidad. El corazón le palpitaba con fuerza y ahora las luces se veían como si tuviera el foco a unos centímetros de la córnea del ojo, a la vez que padecía la repentina falta de aire y tenía que aguantar el estar siendo aplastado por la ahora gran masa de personas que había aparecido a su alrededor aparentemente de un momento a otro y que apenas permitía el movimiento, en la que ya no ubicaba la cara de nadie que conociera. Se sentía nervioso e impotente, la gente lo rozaban e incluso empujaban a este punto, y él, a comparación, apenas podía mover los brazos. 
–Ya... vuelvo.– Avisó débilmente, se le iba el oxígeno con solo hablar ¿A quién? Vaya a saber. De todas formas dudó que hubiera sido escuchado por alguno de sus compañeros y si lo fue, seguramente lo olvidarían al segundo por estar comentando entre ellos que las luces estaban muy bonitas. Tuvo el fuerte instinto de salir, lo antes posible, e iba a obedecer como si su vida dependiera de ello, abriéndose paso entre la multitud como pudiera en su notable estado de mareo. Buscaba una puerta, del baño, del patio, lo que fuera, así que no se lo pensó dos veces en empujar la primera que lograron identificar sus dedos y adentrarse.
Era una salida de emergencia, aparentemente.

Si, en resumen, así es como acabó parado fuera del antro, con los ojos levemente rojizos y una tenue mezcla de olor a María, tabaco y alcohol impregnado en la ropa, en una calle que a pesar de ser la paralela a la de entrada, estaba silenciosa e inerte. En otros contextos se hubiera ido lo antes posible por la preocupación de ser asaltado pero ahora lo necesitaba para recuperarse de...eso.

Eso. No cambió mucho.

Pasaron unos minutos, no mejoró, seguía hiperventilando y le temblaban las piernas. Se tambaleó un poco terminando con la espalda apoyada en la pared, y tras segundos de eso no pudo soportar mucho más tiempo parado, sus piernas se fueron flexionando hasta terminar con el joven sentado en el suelo, abrazandose con la poca fuerza que le quedaba, apoyando las manos contra el centro de su pecho, en un intento de calmar la taquicardia. Su (lo que suponía él que era) episodio de claustrofobia no parecía querer finalizar, a pesar de ya no estar en un sitio cerrado.
¿Hizo algo mal? ¿También era un completo inútil para drogarse? Se preguntaba completamente frustrado. Acababa de comenzar y ya estaba suplicando porque se termine.
¿Debería pedir ayuda?... ¿Volver a entrar? NO... No. No quería pasar por esa multitud de nuevo, no estaba loco. Morir en la paz, entre los contenedores de basura, se le hacía una opción más agradable. Ah, aunque no debería haberla pensado de todas formas, ahora estaba sintiendo como aumentaban sus latidos y respiración...¿Se puede tener un infarto siendo tan joven?
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Mensaje por Apofis Misr el Vie Abr 17, 2020 7:04 am

¿Qué otra forma de abastecimiento necesitaría aquel cuyo propio lugar de estudio le brindaba de material para su trabajo? Si por el mero hecho de estar sujetando la azada, el campesino pudiera obtener toda la cosecha, se acabaría el hambre en el mundo, y sin embargo, el dios que rigiera sobre ellos era lo suficientemente mezquino y cruel para evitarlo para todos menos, precisamente, para aquel que no hacía otra cosa que de heraldo de la desdicha para la absoluta mayoría de personas, y al que, quizá por puro capricho, le regalaba todos sus favores a tal punto que Apofis ya creía que en su mano derecha, la que solía usar para blandir la khopesh con la que amenazaba a sus víctimas, descansaba la propia Niké, cual estatua helénica.

¿Cómo no creerlo si a aquel lugar no dejaban de llegar muchachos que, todavía en la flor de la vida, parecían suplicar que se les arrebatara todo con esa belleza tan extremadamente antinatural? Quizá porque la gran mayoría en aquella isla pertenecieran a razas francamente “únicas”, tan escasos en su haber que su mera existencia le parecía hermosa. Pero si a eso le sumabas tal cuerpo que como buen acólito de Lilith solo podía ansiarlo, en fin. Acababas en el punto de mira de Apofis, lo cual no era nada bueno. Muchos de sus estudiantes habían afrontado tal destino más de una vez, y él, por supuesto, no sería excepción. Un muchacho de cabello azul que por lo que había podido descubrir, su raza era una de esas que dentro de la isla no merecían otro tratamiento que el de esclavos, lo cual desde el personal docente producía cierta dulzura y lástima que por supuesto, él también tenía que imitar, siendo el primero en ofrecerse a protegerle de otros alumnos aprovechando su abrumador conocimiento en brujería que era de sobra conocido por toda la universidad. Escuchar la palabra “Apofis” era sinónimo de “poder”, o más bien, de “peligro”, así pues, a cualquiera podría hacerle retroceder la idea de intentar atrapar algo que había decidido que iría hacia él mismo.

Incluso había recibido quejas de sus subordinados que tenían como tapadera ejercer de estudiantes, que le reclamaban poder tocar al muchacho, a lo cual él se negaba en rotundo, pues había a su espalda una enorme capa de teatro y reputación que debía mantener intacta para poder seguir operando dentro de la institución. Aunque estaba claro que era precisamente aquel muchacho el que había conseguido ganarse las miradas de todo el mercado negro, incluido el de su segundo al mando, que era él. Y de Akali lo hubiera hecho también, si no fuera porque esta había decidido entregarse a los castos y rectos caminos del compromiso y la entrega a una pareja (lo cual, con palabras que usaría Apofis, solo podía ser clasificado como una “mariconada”), lo que la había vuelto bastante más tierna, y hasta vulnerable, así que… Ahora le tocaba a él actuar en situaciones así.

Tenía ojos en todas partes. Ojos que además podían comunicarse con él con esas maravillas de la tecnología y que dirigían con mano de hierro la totalidad de los bajos fondos. Y que le hacían saber cuándo desplazarse y a qué lugar en todo momento para culminar sus planes de la forma más óptima posible, a lo cual, si le sumamos las mil y una bazas que poseía Apofis para desplazarse más rápido, le permitían estar en todo lugar de aquella inmensa metrópolis que se le antojara.

¿Y dónde le habían llamado para que hiciera acto de presencia? En un hediondo antro cuya finalidad no era otra que servir de trampa para condenar a los jóvenes deseosos de ocio precoz y fácil de obtener que tan rápido como lo han alcanzado, se desvanece y les deja caer en el frío manto de la resaca y de quien tras acariciar el éxtasis queda desprotegido ante las crueles manos de la realidad. Ataviado con un flamante traje negro y una corbata roja en el cuello, cualquiera que le viera pensaría que era un respetable hombre de negocios, aun incluso cuando su semi-rizado cabello mostraba pequeñas manchas del mismo color que la corbata.

Se encontraban en un segundo piso, cuyo suelo de cristal traslúcido permitía a los que estaban ahí arriba ver lo que pasaba en la primera planta, dedicada a saciar la mundana y profana necesidad de carne de quienes estaban ahí abajo, pero a esos mismos, no les permitiría ver quién les miraba. Junto a Apofis, se encontraba un hombre de unos treinta años, al que por alguna razón había visto conveniente dejarle al cargo de aquel local como representante de sus interesas y cuyos cuernos y cola delataban cierta procedencia diabólica, al igual que el profesor, cuya taciturna faz pareció iluminarse nada más ver que en efecto, ahí estaba el unicornio que había tomado como nueva presa.

-...Has cumplido con tu cometido. Sea pues, como recompensa, hablaré muy positivamente de ti a Akali respecto a esa vacante como cazador por la que tan interesado estabas. -notó cómo el contrario sonreía ante su comentario, a lo cual respondió arqueando una ceja, apenado por la ingenuidad del contrario- Pero… Ahora tengo yo una cacería que realizar. ¿Tú crees que si lo dejo inconsciente y aprovecho para vestirlo como si fuera una reina se reirá o morirá de miedo antes?

Llevó sus manos a la espalda, a la altura de la cadera, más o menos, donde las dejó entrelazarse mientras miraba con una atención casi igual a la que un ave rapaz tendría contra sus víctimas, a la espera de que llegara ese exacto momento en el que poder precipitarse contra él. Por qué, Apofis. Por qué esa maldad en tu interior te llevaba a cometer semejantes crímenes contra el prójimo, podrían preguntar algunos. ¿Pero acaso eso tenía respuesta? Solamente era un monstruo. Una criatura especialmente cruenta y que invertía todo su vasto poder y conocimiento en atormentar a toda alma que se le pusiera por delante, pero siempre, como un patrón, esperando justo ESE momento en el que no se podría defender.

Momento que visto lo visto, llegó más rápido de lo que se esperaba, aunque no le sorprendiera. ¿Quién no se abrumaría en un ambiente así? Era hediondo, mugriento, dejado a la mediocridad más absoluta, y ni tan siquiera él, que se había criado en las arenas del más árido desierto, podía aguantar ahí en pie sin tener la necesidad de irse. No porque ninguna de esas tibias drogas le afectara, que siendo sinceros, no le suponían más que un pequeño dolor de cabeza, sino porque era la “esencia” del lugar lo que le producía arcadas. Así pues… Él acompañaría al joven, a su forma. Tan pronto como el otro salió por una puerta secundaria del local, él se volvió a fundir entre las sombras, como si nunca hubiera estado ahí. Y para cuando volviera a aparecer… Estaría a la espalda de aquel chiquitín, justo donde su sombra hubiera proyectado.

-Simon… Qué se supone que haces aquí -dijo, con el tono con el que solía dirigirse a sus alumnos, sosegado, tan calmado y paternal que se podría decir que parecía lo que aparentaba ser, un profesor severo y culto- ...No te encuentras bien, ¿verdad?
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Mensaje por Simon Wilfried el Sáb Abr 18, 2020 1:44 am

Tenía la sensación de que se había ido lejos, a pesar de que sus piernas no se movieron en ese lapso de tiempo. Simplemente, había pasado de estar sentado en la mugre, a ya no estarlo, como si flotara o se teletransportara, solo que había percibido unos brazos agarrándolo. Todavía con su visión altamente limitada a ver siluetas borrosas y luces tan fuertes como el sol, y teniendo menos voluntad para moverse que una cantidad de oxígeno estable en sus pulmones, y como su último recuerdo de estar sentado afuera del antro era estar tomando su celular e intentando escribir un mensaje, quiso pensar que afortunadamente lo había logrado y alguno de sus amigos había ido a recogerlo después de pasar varias horas. Estaba seguro que fueron horas. Ciertamente solo se trataban de unos pocos minutos entre una situación y la otra.

Hasta que acabo solo en aquel sitio. Sentado en una esquina de lo que ingenuamente creyó que era su cama y entrecerrando los ojos con fuerza para que la luz del cuarto dejara de pegarle tanto. La cabeza le daba vueltas, debería dejarse caer de espaldas e intentar dormir...ligero inconveniente, estaba tan despabilado que si pudiera soportar su propio peso se pondría a correr una maratón, y la ganaría, a pesar de no haber practicado atletismo en su vida entera o normalmente apenas tener motivación de correr para alcanzar el bus.

Le pareció sentir la presencia de alguien atrás suyo, alguien de energías... inusualmente positivas, no eran compatibles a la de la habitación en sí, que desde que llegó le habían dado una mala vibra, no comparable a la que había en su habitación, ahora que le prestaba mayor atención a ese detalle, la de ahí era una que podía describir como turbia.
Se dió la vuelta lentamente (...muy lentamente). Era un hombre alto y delgado, comprendió por lo poco que podía deducir al ver la silueta borrosa, sin embargo, al igual que antes, no pudo identificar de quién se trataba. No hasta que la persona habló.

Ese característico acento que no podría confundir en ninguna parte y que no podría provenir de nadie más ni nadie menos. Ningún otro que conocía pronunciaba "Simon" de una manera tan distintiva.

–¿Profesor...Misr?– Balbuceó, nervioso y sorprendido por lo bizarro que le resultó en parte de su primera reacción, queriendo una especie de confirmación de que lo que estaba oyendo no era producto de una alucinación, acercando su mano hacia la silueta como si quisiera comprobar si era tangible o no, que esperaba no lo fuera, porque vaya que sería una situación indecoroza que un docente lo encontrara en ese estado. Era su primer año. No quería causar ninguna mala impresión a nadie del equipo académico, se había esforzado...se había esforzado tanto... ¿Y si le quitaban la beca? ¿Podían hacer eso?

"Vas a perder la beca" "Esto es real" "VAS A PERDER LA BECA".

Si, otra disparidad que había descubierto de el como le afectaba el THC a diferencia de otras personas que conocía, es que cada una de sus diminutas neuronas no tenía inconvenientes de buscar excusas crueles para hacerlo sentir más ansioso y paranoico.
Una punzada en el pecho hizo que su cuerpo se retorciera por completo, se movió de forma tan brusca que parecía que lo habían electrocutado, y su espalda se arqueo por unos momentos tal como si en efecto esa punzada hubiera sido causada por un objeto filoso, haciendo que detuviera su mano a tan solo unos centímetros de distancia de tocarlo. Dejando el brazo así, medianamente estirado, temblando, mientras que apoyaba la palma de su otra mano a la altura del corazón.
Entre sus respiraciones agitadas se le escuchó producir un pequeño quejido.

–L-lo siento...–
Se disculpó lo más rápido que pudo ante ese cuestionamiento sobre el lugar donde se encontraba, que le hizo caer en cuenta finalmente en si no había vuelto al campus realmente...lo cuál, si hubiera estado más consciente, le hubiera dejado la obvia y muy válida duda de qué demonios hacía su profesor de biología con él en una madrugada de sábado. Sin embargo, solo le quedó expresarse arrepentido por estar en donde sea que estaba y acatar cualquier consecuencia.

De sus anteriores malas experiencias con sus educadores (que solo había sido una, pero fue tan garrafal que podía contabilizarla como un par), aprendió que nunca era buena idea hacerles la contraria. Apofis no era alguien que quisiera de opositor. Él parecía amable y responsable en su deber, nunca le dió un mal trato, y sus clases se le hacían interesantes y didácticas, y le parecía que era justo a la hora de calificar. No obstante era suficiente saber que era uno de los profesores más respetados de la institución como para generarle esa imagen de intocable y rara vez atreverse a cruzar palabra o hacer preguntas en su clase. Simplemente lo respetaba y le tenía una pequeña admiración en silencio y a distancia. Cómo debía ser.

¿Se supone que debería decir algo más? No quiso responder esa pregunta respecto a su salud actual, era algo que le avergonzaba demasiado admitir directamente, como si a un arquitecto se le hubiera caído su propia casa encima o un mecánico hubiera tenido un fallo en los frenos de su auto. ¿Que era un pensamiento extremista? Si, mucho más pensando que tan solo tenía un conocimiento entre básico y nulo en medicina para lo que llevaba de carrera, que primero se enfocaba en materias más generales. No importaba, la cuestión es que Apofis no iba a escucharlo confirmar "Si, me fumé una seca" con palabras directas de su boca.
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[Privado] I think I might be scared [Priv. Apofis] Empty Re: [Privado] I think I might be scared [Priv. Apofis]

Mensaje por Apofis Misr el Dom Abr 19, 2020 7:05 am

No le cabía duda: su actuación como profesor era lo más cercano que iba a tener nunca a la piedra angular de su carrera como actor. Sabía que sus alumnos le llegaban a apreciar, y al igual que el más pérfido infiltrado en un ejército, solo le faltaba esperar para fallarles y arrastrarlos a lo que todos se merecían, es decir, llevar el frío collar de esclavo alrededor del cuello. Que era más bien retórico, porque obviamente, no se utilizaban aparatos tan rudimentarios para ello, con un pequeño chip en el cuello bastaba para tener a cualquier presa contenida, y por supuesto, con ese mismo dispositivo iba a acabar aquel muchacho.

¿Pero cómo no hacerlo? Se lo había buscado él solo. Apofis miraba la escenita que el otro seguía haciendo, incapaz de mantenerse correctamente en pie o de decir nada con mucho sentido. No necesitaba ser toxicólogo ni biólogo para saber que se encontraba bajo el influjo de aquella ponzoña   que tantos jóvenes parecían querer usar para aislarse de aquel mundo que si bien cruento y frío, era real. Y más frío iba a ser todo cuando al otro se le pasara el subidón y tuviera que afrontar la parte en la que la energía ganada de más por aquellas sustancias le abandonara. Se compadecía, porque ni podría defenderse de lo que él le hiciera en ese estado, facilitándole así el trabajo en sobremanera… Y a su vez volviéndolo todo extremadamente decepcionante, lo cual le apenaba. Pero podía utilizar su posición de poder como un punto positivo para sus juegos. Ya sabía lo que hacer. Todo adolescente en ese momento haría lo que fuera para que su profesor no le delatara, ¿verdad? Sería lo lógico. Como mostrarse un poco más abierto a ciertas caricias, a ciertos mordisquitos… Y con suerte ni se acordaría de cómo lo había llevado al mercado negro, lo cual sería todavía más divertido. Pero paso por paso. Todo guion de teatro debía estar estructurado, y no se podía realizar un acto sin terminar con el primero.

Ante todo, en esa situación, estaba intentando obtener el cuarto doctorado, este en biología, y a la vez daba clases de bastantes materias, entre ellas la de filosofía, así pues, técnicamente, como buen maestro de aquella materia, debía tener buen corazón. Y un hombre de buen corazón, en aquellas situaciones, cediendo ante la magnanimidad que debería caracterizarle… ¿Qué haría?

Muy sencillo. Tomar al otro por el brazo y colocarlo alrededor de sus hombros, mientras que con la otra mano, a la altura de la axila de Simon, le ayudaba a reincorporarse y quedar apoyado sobre él, como una especie de soporte con tal de ayudarlo a mantenerse erguido, sin decir lo más mínimo, todavía. Quería desprender aquel aura paternal y protectora que tanta confianza parecía inspirar en quienes eran sus alumnos, darle la seguridad de que ahora estaba arropado sobre algo tan firme y duro como un muro, pero que por ello no le iba a dejar caer. ¿Dónde lo llevaba? Adentro de vuelta, pues convenientemente, aquella salida estaba conectada a unas escaleras que llevaban al piso de arriba, que siguiendo sus órdenes, ya debería estar vacío. Era un despacho elegante, negro, con el suelo traslúcido, pero al que no llegaba sonido ni olor alguno, y hasta había un pequeño sofá de cuero en un apartado rincón, desde el cual se podía ver la elegante y sobria mesa de cristal negro en la que supuestamente tendría que estar el “director” del negocio. Mesa sobre la que por cierto, descansaba… Cierto conjunto, con unos zapatos encima extremadamente altos. Caramba. Parecía que su pequeño subordinado había decidido sacarle una sonrisa. Solo por eso, sí que le ascendería. Confiaría en el buen gusto del contrario, y con buen gusto, se quería referir a cuán cómico le resultara ver a un chaval que recién empezaba su vida universitaria humillado de tal forma.

Primero, le dejó en aquel sofá, para luego chasquear los dedos y hacer aparecer frente a Simon un taburete, sobre el que se sentaría, dejando descansar sus brazos sobre su propio regazo y entrelazando las manos, tras soltar un fuerte y cansado suspiro, fingiendo decepción y ladeando la cabeza para darle más credibilidad a su propia escena. Intentó que su rostro pareciera alumbrado por un tinte demacrado propio del cansancio. Si el otro de verdad estaba afectado, ni se intentaría plantear cómo que su profesor de biología estaba en un antro de mala muerte y tenía acceso a la planta superior del mismo.

-...Creo que no damos juntos la materia de toxicología todavía. Pero no sé si necesito ninguna explicación sobre cómo la química puede jugar en tu contra si la experiencia empírica te lo está permitiendo saber.
-se mordió el labio inferior por unos segundos, cerrando los ojos y empezando así a propagar un tétrico y sepulcral silencio, casi gélido, con tal de incomodar al contrario- Simon… Comprendo que desees experimentar, pero la tenencia, posesión o consumo de delta-9-tetrahidrocannabinol dentro del Reino Unido y todas sus dependencias de Ultramar está penado por la ley, ley que también establece que a partir de la mayoría de edad eres responsable de los delitos que cometas. Y si bien dudo que a ningún policía le interese multarte o procesarte por ello, esto sería juzgado por el comité universitario… Y se te quitaría toda beca de la que disfrutes. Somos una institución privada del más alto prestigio. -se llevó una mano a la frente, sosteniéndosela a sí mismo con firmeza, y dejando escapar otro largo suspiro- No quiero hacerlo, Simon. Nunca me ha gustado exponer a ningún alumno, menos si no ha causado problemas antes, como es tu caso. Pero mi juramento deontológico me obliga a ser justo y aplicar a cada cual el castigo que se merece. Así que, como profesor de filosofía, te pregunto. ¿Crees que debo permitirte salir impune o debo acatar el reglamento universitario?
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Mensaje por Simon Wilfried el Mar Abr 21, 2020 5:58 am

Fue el propio Apofis quién le permitió saber que su presencia frente a él no era un simple delirio de parte de su temporalmente alocada psique, al semi-cargarlo para que lograra caminar en conjunto. Si dejaba de lado por unos momentos que ese hombre era su profesor y que estando completamente consciente esa sería una situación muy incómoda, le parecía agradable, por ser una sensación reconfortante similar a la de un abrazo, que le daban ganas de corresponder. 
Con esta ayuda logró caminar de forma medianamente decente, con sus patas tan solo entrecruzansose ligeramente entre sí, hasta llegar a aquella... ¿oficina? Si, definitivamente no terminaba de comprender dónde se encontraba. La universidad, por más sustuosas que fueran las instalaciones, la estética no se comparaba en nada a...eso. Y el antro... así no podía verse el antro. Tenía esa mala espina clavándose en su nuca que le decía "Esto no cuadra" pero tan solo la dejo estar. Tenía una mayor preocupación, una que si podía entender del todo. La maldita beca.

Se quedó sentado en el sillón, queriendo controlar su respiración para que ya no fuera tan escandalosamente evidente que le parecía estarse ahogando.
Ahora, teniendo al docente tan cerca, frente a frente, su visión respecto a él se volvió más clara, pudo notar más detalles, como el traje y su rostro...hubiera deseado no verlo así de decepcionado.
Bajó la mirada inmediatamente hacia el suelo espejado, a pesar de que todavía no comenzaba a regañarlo.

Lo oía hablar, sin atreverse a levantar la vista para nada. Los silencios que dejaba entre sus diálogos no le hacían sentir demasiada tensión, dado que en estos momentos tardaba en entender varias de las cosas que le decía el mayor, ya que este hablaba de una manera muy formal, seguramente se quedó queriendo recordar durante gran parte de ese tiempo que diablos significaba delta-9-tetrahidrocannabinol. Era una pequeña compensación a qué todos los otros aspectos del acontecimiento le generaban una incertidumbre abrumadora. Hubiera preferido un directo y efectivo "En esta institución no aceptamos drogadictos de porquería" de esa forma no le haría sentir tanta culpa el hecho de haber defraudado a, probablemente, el mejor profesor que había tenido. Y si eso no era suficiente, los suspiros pesados del hombre se traducían en su mente como un "Ya lo arruinaste todo".

Estaba completamente consciente de la ilegalidad de sus actos...claro,  antes de cometerlos. Pero se confió. Confió en que si había estado conviviendo con esos tres consumidores por tanto tiempo y no les había pasado nada al respecto, no debería tener tan mala suerte para que las consecuencias retumbaran en él mismo, que ni siquiera llegaba a ser un tomador empedernido. Ah, que imbécil.

Y ahora, tomó esa cruenta pregunta final como un pie para que pudiera justificarse.

Si estuviera consciente, aún le costaría. Principalmente, porque con tener al tipo tan cerca y tener que hablar de eso serían suficientes nervios juntos como para no dejarle defenderse apropiadamente, pero también porque desde joven había naturalizado el consumo, y si tuviera que empezar a satanizarlo no podría evitar escucharse artificial.

Ahora, aunque si tenía razones de sobra frente a su cuerno para reconocer el porqué de su ilegalidad, igual no podía escupir ningún argumento lógico, y sí, lo intentó, pero de sus labios solo salieron susurros de frases sin sentido, que no completaba porque llegaba a darse cuenta de que, sencillamente, no podía. No podía decir nada coherente. Sus pensamientos se dispersaban.

Enrolló la cola entre las patas, notablemente tenso. Se había creído por completo que era el fin, y que no podría decir nada lógico que convenciera al señor Misr de no delatarlo. Tuvo que rebajarse y apelar a su piedad.

–E-es la primer vez...no volverá a pasar.– Esta ocasión habló más fuerte y claro, sin embargo se seguía notando inseguridad, todavía no podía hacer contacto visual.
Lo que dijo era cierto, pero seguramente para un profesor solo se oía como una excusa barata del montón, más que innegable que la haya escuchado de miles de alumnos y que esta no sería la última vez.
Se sentía patético...Bastaba con escuchar la forma temblorosa en la que pidió por algo de clemencia hacia su error.
Quería levantar la vista un poco y al menos fijarse como estaba reaccionando Apofis ante esto, mas no tuvo valor.
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Mensaje por Apofis Misr el Vie Abr 24, 2020 2:36 pm

El silencio presente en la sala era perfecto. Adornada en sobrio y casi funesto negro, la austeridad y la carencia de muebles se complementaban con la poca luz, que entraba principalmente desde abajo (añadiendo un toque todavía más místico y lúgubre) y no tanto por el circuito artificial del techo, que parecía haber sido forzosamente diseñado para ser tenue y casi inexistente, como a un demonio le gustaría decorar su guarida si tuviera elección de hacerlo. En cierto punto, por los cristales negros y la clara e imperante inversión en muebles prácticos y útiles en contra de otros que fueran barrocos y ostentosos, le recordaba a su propio despacho en el mercado negro, siendo la única diferencia que el ventanal que le daba vistas al comedor común era ahora un suelo cristalino que le dejaba entrever la mediocridad de la juventud que habitaba aquella isla.

De todas formas, la situación no dejaba de ser igualmente incómoda para Simon. Estando Apofis casi pegado a él y todavía bajo los influjos de aquella tenue pero tan adictiva para los mortales ponzoña, posiblemente, lo poco que el otro podría observar sería el frío y pálido rostro del demonio, que si bien intentaba mantener una posición firme y paternal que como docente debería tener, por dentro estaba fundiéndose en deseos de arrastrar aquel pobre niño al mundo de la oscuridad al que él pertenecía. A ese mundo repleto de perversión, vicios y pocas virtudes en el que Lilith y Astaroth regían con mano de hierro mediante lo más parecido que tenían a dos avatares, que eran él y Akali.

Su pequeño mercado tenía una habitación que estaba esperando a que aquel unicornio entrara en ella, incluso cuando todavía no se conocían. Pero lo iban a hacer. Lo iba a atrapar. Todo en su persona, aun estando sentado y ligeramente cabizbajo fingiendo reflexionar ante la incapacidad ajena de dar una respuesta que no constara exclusivamente de balbuceos y patéticas muestras de debilidad y exposición hacia el entorno. Los movimientos laterales típicos del mareo y las vueltas que parecía dar la cabeza del contrario, las pupilas ligeramente abiertas de más y la córnea completamente adornada en carmesí de las venas mostraba que la droga todavía tenía mucho camino que recorrer antes de desvanecerse y dejar al otro libre de su influjo, para luego ser consciente y quedar todavía más bajo las garras del profesor que si bien fingía amabilidad, sabía que tenía que ser severo con él.

En vista de que no había respuesta, procedió. Alzó la cabeza poco a poco, para volver a mirarle a los ojos con seriedad. Su mirada, normalmente viperina, ahora seguía cansada, decepcionada. Toda la maldad que en su interior se ocultaba, aquella chispa de odio y rabia que siempre le acompañaba, había desaparecido para dejar lugar al personaje que era, y que siempre sería siempre y cuando las cazas que tenían lugar tras aquella máscara fueran igualmente rentables. Pero esta caza en concreto… Le iba a ser mucho más rentable.

Se levantó por unos segundos, dirigiéndose a la mesa de cristal sobre la que su subordinado había dejado el conjunto de pantalones negros (suponía él que por la textura rasgada y desgastada pero ajustada y de tiro alto, serían vaqueros pensados para… Queers o como se dijera eso. ¿Qué? ¿Te crees que Apofis tiene interés en ello más que como un fetiche más a su larga lista?) y aquellos tacones y demás. Ya se ha dicho que era de su agrado, así que… Con una mano cogió los zapatos, con la otra el resto de la ropa, y se dirigió de nuevo hacia el sillón en el que el joven seguía entre sentado y al borde de visitar el mundo de Morfeo, colocando frente a él, en una pequeña mesa bastante baja el conjunto para luego mantenerse en completo silencio. Hasta separó camiseta de pantalón para que Simon pudiera comenzar a relacionar conceptos y darse cuenta de lo que tenía delante. Ahora, tenía que justificarlo rapidito y acomplejar a su personaje improvisando. Venga, ¿por qué un doctor universitario de miles de años iba a estar interesándose en la situación de un afeminado veinteañero e iba a intentar solventarla en favor del joven? Ah, sí. No lo haría. Solo intentaría aprovecharse… Y sacar la máxima tajada por muy bueno que fuera.

-...Desde… La Antigüedad, los hombres han instruido en sus alumnos en lo carnal también. El maestro sometía a su alumno, y el samurái a su discípulo, con tal de enseñarles las bonanzas de la hombría. Así ha sido hasta hace relativamente poco, con la implantación del cristianismo y su moral casta y recta. Sea dicha la verdad… Echo de menos aquellos buenos años en los que después de clase podía reunirme con mis preferidos y fundirnos en algo que iba más allá de un abrazo. Es difícil de explicar, Simon, pero no hay nada igual a ello. Lo singular de la situación, la experiencia que cada cual obtenía, la introspección que podíamos ejercer hasta que culminábamos… -se mordió el labio inferior, pues sí que era cierto que él había podido experimentar así, y seguramente, jamás había disfrutado tanto como al lado de un buen joven tras el banquete en el que daba sus lecciones en la Hélade, Salaces, ambos acababan besándose, y luego, lo que surgiera, vestidos con ligeras túnicas que facilitaban todavía más el hecho de tocarse mutuamente. ¿Por qué no revivirlo?- Quiero volver a experimentar lo que sentí arropando a mis pequeños alumnos hace milenios. Creo… Que es justo. No me malinterpretes, pequeño. No quiero que esto se repita -mintió. Porque se iba a repetir cada semana como mínimo- ni voy a abusar de mi superioridad de ninguna forma después de esta… Pero a cambio de mantenerme en silencio, a cambio de ayudar a que mantengas la beca, quiero algo, algo que me puedes ofrecer sin mucho esfuerzo. Lo primero que harás -y ahora, procedió a usar un tono mucho más imperativo y firme, severo, el que utilizaba cuando tras una reprimenda mandaba a un alumno a hacer alguna bochornosa tarea. Porque sí, lo que se iba a venir, era bochornoso como poco- Te vas a desnudar. Puedes hacerlo a mi espalda, no voy a mirar. Luego, te pondrás ese… Traje, y cuando termines, te sentarás sobre mis piernas y hablaremos de qué quiero exactamente, ¿entendido? Tu otra opción es ser brutalmente humillado ante el tribunal escolar y tratado como escoria por toda la dirección. Tú eliges.
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Mensaje por Simon Wilfried el Jue Abr 30, 2020 10:22 pm

Ahora sí, ese pequeño silencio que había quedado desde que pronunció su nada convincente respuesta hasta que Apofis volvió a hablar lo podría haber matado definitivamente, y si eso no lo hacía, sería la deshonrosa vuelta a casa, si es que tenía la suficiente paciencia para aguantar las reprimendas de haber tomado una decisión que sus padres habían descrito como absurda, descerebrada y peligrosa (Y eso era ser amable), y el atrevimiento de inventar una buena excusa del porqué de su arribada para no manchar el frágil orgullo familiar.  Puede que se hubiera recostado boca abajo en el sillón para embutir su rostro en los almohadones de cuerina negra y ocultar el inevitable llanto que se hubiera desencadenado, pero el profesor volvió a hablar, y visto que de su boca no estaba saliendo un “Estas expulsado” ni ninguna de sus infinitas variantes, evitó lo más que pudo el caer en la completa desesperación y perseverar la esperanza. Estuvo siguiéndole el hilo de sus palabras, que a los segundos se convirtió en la más fina y compleja carpeta bordada, con esa explicación que le hizo sentir por unos momentos que estaba en la preparatoria otra vez, en clase de historia, a primeras horas de una mañana de invierno, apenas desayunado y  con una notable somnolencia que solo le permitía captar las palabras claves que la profesora…¿Johnson?, si no recordaba mal, decía, tratando de seguirle el ritmo y tomar apuntes de ello, hasta que la mujer quién sabe cómo guiaba el monólogo a contar alguna experiencia personal, tal vez hablar de sus gatos. Si, le daba por completo esa vibra, con la diminuta diferencia de qué le pareció que el profesor Misr no estaba mencionando el nombre de ninguna mascota o ex esposo controlador, a pesar de que hablaba con esa misma naturalidad,  más bien...empezó a hacer declaraciones que sirvieron como combustible para incendiar cada hebra de lino.
Se tambaleo hacia atrás, dejando la espalda apegada al respaldo del mueble, alejándose del contrario lo más posible tras aquel primer impacto con las verdaderas pretenciones del Apofis. ¿Estaba… escuchando bien? ¿Acaso no se trataba de una alucinación auditiva? O simplemente lo estaba malentendiendo, porque no podía ser posible que el profesor que conocía hablara de esa forma de sus alumnos, no, se negaba a creerlo… Al menos hasta que levantó un poco la vista y notó el gesto lascivo que estaba haciendo el mayor con el labio.

Podría estar asustándose, un poco…

Estaba deseando que parara de hablar unos momentos para procesar…lo que sea que haya sido eso, pero no solo no iba a tener ese privilegio, si no que todo lo que dijera Apofis a posterior empeoraría mucho más las cosas para el joven, que no sabía cómo reaccionar correctamente ante esa propuesta indecente. Hace unos momentos casi se ponía a rezar por una segunda oportunidad, mas no había previsto este tipo de alternativa. No era inocente, sabía al igual que cualquiera de cierto secreto a voces que intuía (o vociferaba, en realidad) que había algún que otro profesor más flexible a cambio de ese tipo de favores, y la idea solo le parecía denigrante e irresponsable, no lo habría considerado ni durante estás últimas semanas académicamente desastrosas. Sin embargo, nunca se había imaginado que sería exactamente así, que te sentías tan acorralado cuando se te daba ese escape, desearía no haber juzgado tanto a los compañeros que tomaban esta opción, pero también tenía que considerar que estaba en una posición desigual, se trataba de algo más trascendental que una calificación. A pesar de verse tan ofuscado por los efectos de la hierba, hubo algo que entendió desde el inicio y que intentaba no cuestionar por más desolador que fuera: No se podía negar.
Esta idea acrecentó cuando el tono de voz del profesor dió vuelta las circunstancias, lo que podía haberse tomado como una propuesta que daba la falsa seguridad de que tenía un ínfimo  poder de decisión, pasaba a ser una mera ordenanza. Excesivamente directa y explícita para su gusto. ¿Sería redundante describir lo descolocado que se encontraba? No parecía haber músculo en su delgado y tembloroso cuerpo que no se viera tieso, como la más delgada rama de un árbol siendo abatida por una fuerte tormenta. Clavó su atención en las prendas que se encontraban posadas sobre la mesa ratona, que al estar dobladas no llamaron tanto su atención, así que por el momento su indignación fue dando una preferencia a los zapatos, porque...¿No estaría esperando que usara eso, cierto? No por el hecho de que Simon no necesitaba utilizar ningún tipo de calzado por motivos  prácticos (y de hecho nunca había mostrado interés por ninguna clase de finalidad estética ni por curiosidad) debido a la discordancia de sus patas con los pies humanos y que lógicamente los zapatos no estaban diseñados para sus pesuños, sería un engorro y a la vez un desproposito. Aunque, justo el tipo de botas que tenía en frente, que poseían una plataforma que oscilaría entre los 11 o 12 centímetros, si no es que un poco más, eran los que concordaban mejor con su anatomía, su hermana hasta tenía un par que lucía religiosamente siempre que salía a la calle, que como resultado al anochecer la pobre terminaba destruída. Simplemente no están diseñados para "adefecios" como ellos, aunque eran los que mejor encajaban. No obstante como se dijo anteriormente, no era su mayor preocupación, prefería cuidar su masculinidad que su comodidad, y vaya que su masculinidad estaba siendo amenazada. Bueno, eso y algo más en lo que definitivamente no quería profundizar para no intentar correr afuera de la oficina.

Se le dificultó tomar la iniciativa de siquiera moverse un poco, lo que, por unos momentos, tal vez hizo parecer que no sé atrevería a cumplir los pedidos de Apofis, sin embargo, llevó las manos hacia la ropa y la tomó junto con los zapatos, levantándose lentamente del sillón y dando unos pasos hasta quedar en un sitio que le diera la espalda al profesor. Podría haberle pedido que se diera vuelta y ahorrarse unas cuantas casi caídas de cara al suelo, pero estaba de más especificar porque no lo había hecho.
Se sentó en el piso, igualmente dándole la espalda a Apofis para tener una completa seguridad de que no podría verle, y comenzó por desabrochar su camisa y quitársela, descubriendo su espalda y torso, para proceder a vestirse con la que Apofis le había otorgado, también era una camisa negra por lo que notaba, pero no tenía nada que ver con la suya, esta parecía de una tela más delgada y delicada, levemente transparente. Con lo que más demoró fue con el jean rasgado, dado que habitua usar pantalones holgados, y este era todo lo contrario, muy apegado al cuerpo, no al punto de apretarle, pero si bastaba como para que le diera algunos problemas a la hora de ponérselo.
Una vez tuvo puestos los zapatos, trató de levantarse, mas desafortunadamente acabó dando un cabesazo contra la pared tras una perdida de equilibrio. Se tomó su tiempo en volver a retomar el paso, y puso todo el esfuerzo posible en dar pasos lo suficiente seguros para no doblarse el tobillo (o el equivalente que tuviera a uno) dado que podía asegurar que sus piernas eran tan estables como su estado mental. Así que, finalmente se encontraba frente al pálido hombre, casi a su merced, la pequeña parte de su cerebro que no estaba adormecida le advertía que debía procurar darle el gusto, al mismo tiempo que le repetía que se veía grotescamente afeminado, y que si su última nota en el parcial de aritmética no había echado tres metros más de tierra sobre las tumbas de sus ancestros ese jean ajustado lo haría. Junto a esas ideas se mezclaba su aparente límite había llegado a solo mantenerse parado al lado del mayor, no tuvo el atrevimiento de sentarse en su regazo, a pesar de que podría caer sobre él si lo jalara o tras alguna otra falta de equilibrio. No era capaz de abandonar su estima hacia Apofis aún, incluso en su mente lo justificaba vagamente, procesar la idea de que el profesor Misr era enserio un depravado era mucho pedir en estos momentos. Solo...se quedó ahí. Si tenía suerte y se apiadaba de él no le importaría si se salteaba eso último...¿No...? Así que se mantuvo esperando a que hablara.
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Mensaje por Apofis Misr el Lun Mayo 04, 2020 3:26 pm

Parecía que su persuasión y evidente superioridad sobre el muchacho había servido para convencerle de que más le valía aceptar y dejarse la dignidad para otro día. Al menos, era más razonable de lo que se esperaba, menos como aquellos que parecían desear la muerte a la deshonra y acababan obteniendo las dos cosas, pues ante él, lo único que dominaba era la crueldad innata que podía poseer Apofis, y que era juez y verdugo de todas sus decisiones. La maldad era una dama especialmente presente en el parecer de Apofis. Una dama que por cierto, ahora parecía bastante excitada por la idea de poder cabalgar semejante ejemplar, como en los viejos tiempos. ¿Pero sabéis lo que faltaba ahí? Una buena copa de vino. Oh, pero seguro que eso se podía solucionar rápido.

Primero, chasqueó los dedos, haciendo aparecer poco a poco un cáliz negro entre sus dedos, que supliría a la perfección la copa que tanto deseaba. De algún lugar, una mano de oscuridad se formó, con una botella del violáceo alcohol, que mejor era sinceramente no saber de dónde había secado. El líquido comenzó a derramarse en el recipiente, preparado para que los veteranos y bien entrenados labios de Apofis pudieran disfrutar de él mientras esperaba que el silencioso joven terminara de vestirse y le permitiese tomar su bebida con tan hermosas vistas. Sabía perfectamente que iba a disfrutarlas, que podría apoderarse de ese cuerpo como quisiera sin que aquel pobre desgraciado hiciera nada para evitarlo, porque no podía.

Tras unos muy silenciosos minutos de espera, ahí lo encontró, frente a él, atentando contra su propia virilidad a cambio de mantener su vida intacta. Y justo a tiempo para terminar su copa. El atuendo, que mezclaba negros con púrpuras, resaltaba bastante bien la silueta del contrario, brindándole a la altura de la cadera, quizá por efecto premeditado del artista, una silueta más avispada, como lo tendría una hembra. Cabe decir que como no podía ser de otra forma, esos pantalones se pegaban tanto a la piel de Simon que podía comenzar a entrever lo que el otro guardaba entre sus piernas y su tamaño, aunque la longitud de aquel sable iba a ser lo de menos, porque dudaba que la fuera a usar. Por cierto, el aumento de altura que los tacones podían darle era interesante, porque así le parecía menos diminuto en comparación a sus dos metros, que le hacían sacarle demasiadas cabezas a prácticamente cualquiera que estuviera cerca de su persona. Ah, y favorecían la silueta de una forma simplemente fantástica.

-No te asustes -comentó, con el tono más conciliador que pudo. Casi podría parecer que ni le estaba forzando, cuando en realidad tenía la tienda de campaña ya preparada (vamos a decirlo así)- No voy a hacer nada que no te guste. Deduzco que ni te parezco atractivo ni habías pensado terminar la noche así, ¿verdad? -suspiró, intentando añadir a sus palabras la máxima humanidad que pudo mientras que con una mano, tomaba la cadera del contrario y lo acercaba un poco más a él- Lo siento. Mañana te prometo que nada habrá pasado, ¿entendido? Nadie se enterará, y no habrán pruebas. -mientras hablaba y lo seguía acercando un poco más a él, intentando así que las rodillas de ambos chocaran incluso cuando él estaba sentado y con una copa en la otra mano, porque esa distancia sería suficientemente corta como para hacer lo que se disponía a hacer, una fugaz idea le vino a la cabeza. ¿Y si esa era la primera vez de Simon? Lo veía factible, por lo mal que se había estado desenvolviendo en aquel entorno, y para desgracia de la pobre criatura, eso solo hacía que poner a Apofis todavía más y más alegre ahí abajo- Te pagaré lo que quieras como compensación, también.

Todo aquello intentaba inducir al otro a una forzada calma, mientras que le comenzaba a girar con tal de sentarlo sobre sus rodillas, dejando la copa delicadamente en la mesa que había enfrente de ellos para llevar esa misma mano a una peligrosa cercanía de la ingle ajena, sonriendo al notar el tacto frío y elástico de la prenda. Ante todo, tenía que tenerlo relajado. Podía dejar al otro totalmente en coma y llevárselo de un solo golpe, siempre que lo consiguiera mantener relajado. Pero primero se iba a divertir un poco más. La mercancía, antes de ponerla a la venta, tenía que catarse ligeramente, ponerla aprueba y ver hasta dónde llegaba, cuál era el punto de ruptura para sobrepasarlo poco a poco, hasta llevarlo más lejos y volverlo así una pieza más apetecible para el público.

¿Pero cómo no lo iba a ser? Lo único que desearía era quitar aquella molesta cola para poder sentir directamente la cadera del otro chocar con la suya, sin nada que le molestara en sentir aquella joven figura pegándose más y más a él. Como siempre le había gustado hacer a sus pequeños y frágiles alumnos tras terminar una lección, aunque eso iba a ser la última lección que daría a Simon… Antes de arrebatarle la libertad.

-Solo cierra los ojos y déjate llevar. Si ya lo has hecho antes, esto no debería suponerte problema.
-aconsejó, mientras llevaba la otra mano al muslo que su otra mano no estaba inspeccionando para abrirlas un poco más, haciendo así que todavía se redujera el espacio entre la entrepierna de él y los pobres glúteos del unicornio- Quiero que lo disfrutes también, ¿entendido? Tengo muchos años de experiencia. Sé contentar a muchachitos como tú.

Y tras eso, llevó sus labios al cuello ajeno, para dejarle un pequeño beso, casi en forma de succión, que fue sucediéndose poco a poco en forma ascendente, como si Apofis buscara con este movimiento encontrar en algún momento los labios ajenos. Primero, por la parte más sensible y tersa de aquel cuello, luego pasando por el mentón… Y ahí se detuvo, dejándole un pequeño mordisco a la mandíbula ajena antes de seguir.

-No hago mucho esto, pero…
-nunca lo hacía, esto era un acto insólito- ¿Te sientes preparado para continuar, Simon? ¿Necesitas algo para sentirte más a gusto?
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Mensaje por Simon Wilfried el Dom Mayo 10, 2020 2:25 am

“No te asustes”

“Gracias, eso ayuda mucho, ahora no estoy para nada aterrado” Aquí es cuando agregamos un “hubiera respondido eso si…” No. No lo habría hecho de ninguna forma, bajo esta o ninguna otra circunstancia en la que estuviera usando la cabeza (a medias, por lo menos). ¿Cobardía o excesivo respeto por cualquier autoridad? Una mezcla de ambas. Igual, era mentir decir que no le gustaría hacerlo, una de sus molestias al estar fuera de quicio (Ahora no lo estaba gracias a María, aunque el sentimiento de impotencia tenía similitudes) era que le trataran de consolar de forma tan vaga y reiterativa. El agua moja, el cielo es azul, tropezar en las calles adoquinadas de su tierra natal es sinónimo de terminar con al menos un moretón, los girasoles son amarillos, el helado de menta granizada es una aberración, y los vírgenes asociales como Simon tienen problemas para lidiar con cualquier muestra de intimidad.  Tan solo el agarre de cadera le estaba inquietando más de lo que podría considerarse normal.
Así que si no era suficiente ya, se agregaban otros factores más a la larga lista del porqué  sus piernas estaban temblando incesantemente ¡Elija el que guste! Si le parecía atractivo o no, no se le había pasado por la mente hasta que lo mencionó, y no es que fuera muy exigente en ese ámbito, para ser francos, su mente mayormente estaba más ocupada en otras cosas, puede que rozara un poco la asexualidad o realmente su dedicación al estudio le había absorbido, en realidad no lo sabía ni se había molestado en meditarlo con seriedad, pero entendía que tenía un apetito sexual más bajo que la mayoría de hombres veinteañeros que había conocido y jamás habría contemplado encontrarse en una situación como en la que estaba ahora, demasiado parecida a un guion de película erótica para estarle sucediendo a él, sin habérselo buscado en lo absoluto, y que, para agregar una cereza al postre, le estaba ofreciendo dinero, como si fuera un escort o como si siquiera tuviera más experiencia que mirar algo de porno gay cada muerte de obispo. ¿Acaso el novelista de esta tragicomedia que era su vida se había emborrachado antes de escribir este nuevo capítulo? ¿O se fue de vacaciones y dejó a cargo al primer inepto que encontró?  Porque estaba dudando de que fuera fidedigno a la obra original.

De pasar a estar parado, le pareció que fue en un parpadeo que terminó…bueno. Confirmaba que el hombre no lo iba a dejar pasar. No debía ser la gran cosa pero el sentarse en el regazo del demonio le puso la piel de gallina, para ahorrarnos más descripciones de su pánico latente. Más que por la evidente percepción de aquel bulto presionándose contra sus glúteos, dicha posición le hacía sentir acorralado, por no decir que era una completa violación a su espacio personal con el cual acostumbraba tener límites estrictos; con el pecho de Apofis a sus espaldas y sus brazos rodeándole por el frente, que no se conformaban solo con eso, si no que tenía a las firmes manos del mayor tomándole los muslos para manipularlos a su entero gusto, igualmente Apofis no debería haber gastado ni un ápice de energía en eso (si olvidamos por unos momentos la fuerza sobrehumana de la cual es poseedor), puesto que solo opuso una leve resistencia al inicio que fue a inconciencia del propio Simon, más parecido a un reflejo que nada, y no debemos olvidar que de esta manera podía, además de sentir su respiración, escuchar perfectamente la voz del contrario a una cercanía peligrosa del oído, con ese tono paternalista que había estado usando durante todo este tiempo pero que ahora mismo solo le ponía en una condición de mayor vulnerabilidad. Quiso obedecerlo y cerrar los ojos, intentar no prestarle mucha atención a lo que le dijera porque ahora cada cosa que el hombre declarara volvía el momento más comprometedor, o mejor dicho morboso, seamos directos, lo peor es que ahora podía comprender cada barbaridad que decía, de estar oyendo un enmarañado monólogo casi académico pasó a simplemente escuchar el equivalente espiritual a los “piropos” que te daban los albañiles en una esquina o los viejos verdes en el bus, casi como si fuera hecho adrede.
Sus reacciones y pensamientos deambulatorios respecto al cómo ahora dichos labios estaban atacando su cuello no fueron dispares, le provocó encoger los hombros involuntariamente por el pasmo, o repelús, queda a interpretación. Le estaba dando la sensación de que iría a besarle la boca como siguiente paso, hubiera sido un agravio, siendo que tenía esa visión tradicionalista e infantil de que eso se reservaba para quién realmente consideraras especial, al menos el primero, claro, así que estaba prefiriendo aguantarse ese tenue dolor en la mandíbula.

Por todo lo narrado durante estos dos párrafos podemos inferir que, ante esos últimos cuestionamientos respecto a su disposición y posibles necesidades, quedó en blanco. Más perdido de lo que parecía viable por los efectos de la droga. ¿Continuar? Tenían que continuar, esa era una pregunta más por cortesía y se borró de su mente en un parpadeo, no obstante respecto a la segunda, si se dio cuenta, luego de unos momentos eternos de reflexión, porque presentía cómo el tiempo se manejaba a su inconveniencia. Una reflexión de la profundidad de un charco, por supuesto, porque con sus limitados conocimientos y su estado mental su consciencia se remontó de nuevo a viejos recuerdos, alguna que otra experiencia no muy grata que se resumía en tener que ver fotos de salpullidos repulsivos en zonas que…eh… no hace falta mencionar…Ajá, dicen que en casa de herrero cuchillo de palo pero en su caso no es que este refrán se cumpliera,  más que unas charlas de padre a hijo todo eso parecía terapia de shock…y qué efectiva terapia de shock, había que darle ese breve mérito.
Así que después de un extenuante silencio, se escuchó la voz del unicornio nuevamente, algo más débil y vergonzosa, o temerosa de que lo que estaba por preguntar pudiera ser motivo de ofensa. —¿Usarás protección…no? —
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Mensaje por Apofis Misr el Mar Mayo 12, 2020 1:58 pm

No cabía duda de lo muy deseoso que estaba por probar aquella bella pieza de carne antes de arrojarla a las oscuras habitaciones de su pequeño reino infernal. Podríamos interpretarlo como una forma de ritual, de antesala a todo lo que esperaba a aquel unicornio. Por dentro, esa maníaca llama que ardía en el corazón de la serpiente, seguía avivando toda la forja, toda la prácticamente blasfema maquinaria libidinosa de Apofis comenzaba a despertarse poco a poco. Y sin embargo, por fuera, tú verías a un hombre mayor, gentil, cuidadoso. Hasta podría parecer esa clase de historia de amantes en la que un alumno acababa entre los brazos de su tutor, esas historias que el demonio tanto consumía y tanto le agradaban, por haberlas vivido en un pasado.

Y además, una de sus principales aficiones era destruir poco a poco la virilidad de otros varones o ponerla muy en cuestión, como se podía ver por cómo lo tenía vestido, y por cómo disfrutaba al recorrer esa figura tan curiosamente afeminada para lo que tendría que ser un varón de veinte años. Oh, pero él no iba a criticar eso, estaba más ocupado acariciando los muslos ajenos que en pensar si reírse sobre la condición ajena o no. Además, era culpable también de que se viera tan afeminado.

¿Pero sabéis algo que sí comenzaba a importunar en aquella situación? La maldita cola que el contrario poseía. No malinterpretemos a Apofis, que tuviera cuernos o esa especie de horribles pezuñas por pies le era totalmente indiferente, detalles tan irrelevantes que no se merecían su atención. Pero no poder sentir al completo aquellos provocativos contra su entrepierna por la injerencia de tal extensión equina del cuerpo. ¿Por qué la constitución física de tantas criaturas parecía querer desafiar la perfección del canon de belleza humano? Nada de colas, nada de orejitas de gato, un hombre como él prefería la perfección suprema de una bella silueta totalmente homínida. Si quería ver antropomorfismo, le bastaba con chasquear los dedos y tornar su cuerpo a la forma primigenia con la que el mundo le había visto alzarse de las arenas de Menfis. Vale, lo resumo rápido: no le gustan las colas. Así pues… Ya sabía qué sería lo primero que haría en cuanto tuviera su equipo quirúrgico a mano. Remover esa imperfección de su futuro juguete, de ese hombre al que iba a convertir, ya fuera de forma voluntaria o con desmedido uso de la fuerza, en su pequeño y perfecto títere, en una marioneta diseñada para contentarle en todos los aspectos. De apariencia, Simon cumplía con muchos de los gustos personales del demonio. De carácter, ya que lo conocía de haberle impartido clase… Era consciente de los muchos años de adiestramiento severo que le serían necesarios para terminar de adaptarlo a su gusto. Estaba claro que aquel infantil y risueño ser tenía que sufrir una gran metamorfosis antes de ser un idílico criado.

¿Qué era eso de pedir protección? Apofis a duras penas había usado de eso dos o tres veces en su muy longeva vida, y se negaba a ocultar ninguna parte de su poderoso cuerpo con tales molestos plásticos, aunque tal comentario no le produjo más que una agradable risa ahogada. Lo acomodó un poco más cerca de él antes de suspirar y mover un poco su cadera, de tal forma que su entrepierna entrara en mayor contacto con los glúteos ajenos, todavía cubiertos por esos (por qué no decirlo) adorables pantalones ajustados. Tenía que buscar unos así para Honey también, obviamente.

-Oh, no te preocupes, claro que usaré. -mintió, mientras posaba su cabeza en el hombro ajeno y se acercaba poco a poco al lóbulo de este, para apoderarse de él en un pequeño y raudo mordisquito- Todo sea para que estés cómodo. -suspiró por unos segundos, inhalando todo el oxígeno que pudo para intentar mantenerse en calma, porque aunque no lo pareciera, estaba muy, muy exaltado, al borde de estallar y llevar la situación a otro nivel que todavía no tocaba. No era el momento- Sé… Que seguramente no tengas experiencia. Y lo último que quiero es que esto te resulte una mayor molestia de lo que ya es. Si te relajas todo será más fácil, Simon.

¿Sabéis qué es mucho más difícil de hacer si el cuello se mantiene completamente relajado? Una estrangulación, por ejemplo. Es la tensión de los nervios del cuello lo que marca su rigidez y en consecuencia la dificultad de este para tomar el oxígeno, y es por esta hipertensión que el ahorcamiento acaba reventando las venas también (aunque la tensión en este caso viene de la gravedad, pero ya se entiende). ¿Y sabéis lo que no va a estar una persona parcialmente virgen como Apofis ya podía imaginarse que el otro era en una situación como tal? Calma. Y podía llevarle a todavía mayor nervios si seguía.

Deslizó con suavidad sus manos de nuevo, recorriendo con las yemas de los dedos los costados de las piernas que antes había abierto poco a poco, hasta que se encontraron en las respectivas ingles, una cada una. Por instinto, una persona normal ahí podría sobresaltarse un poco, y ese pequeño espasmo era más de lo que necesitaba para proceder. Podría hacerlo con magia, pero no le parecía tan siquiera la mitad de entretenido.

Primero, Simon notaría que una mano se dirigiría a la bragueta para comenzar a bajarla de una forma muy gentil y suave. Sin embargo, la otra mano, o más concretamente, el brazo, lo rodearía por el cuello, mientras Apofis movía velozmente su cuerpo para acabar atrapando con sus propias piernas las de Simon, manteniéndolo así prácticamente inutilizado. Mientras tanto, acomodaría el cogote ajeno contra su pecho. ¿Alguna vez habéis visto cómo estrangula una serpiente a su presa? Primero, inmoviliza a la víctima. Luego, la mantiene bien erguida para que todo el flujo sanguíneo se mantenga de la misma forma, y así, cuando lo ahogue, tendrá que hacer menos fuerza. Además, si el cuello se mantiene completamente rígido, es todavía más fácil dejar inconsciente a alguien.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Y así hasta un minuto, más o menos, que era dónde estimaba que podría dejarle completamente inconsciente si era débil y no sabía oponer resistencia ante ese “abrazo”, y no, ya veía venir que no iba a necesitarlo. ¿Quería destruirlo esa misma noche? Sí, pero el comentario del condón había cambiado sus planes. Ahora, tenía a Simon completamente adormilado a su lado.

Y eso iba a ser todavía más divertido. ¿Cómo lo llevaría hasta su nuevo hogar? Oh, señores, eso lo dejaremos a la imaginación del lector.
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