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Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis]

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Mensaje por Honey Kawahara el Jue Abr 09, 2020 3:21 am


¿Hace cuánto había llegado allí? Intentó repasarlo en su mente en lo que caminaba. Había pasado los últimos tres intentando oír conversaciones e investigando en la medida de lo posible, por cualquier cosa que le fuera útil. El anterior a eso lo recordaba únicamente porque había tomado la muy mala decisión de ir al comedor– y la solamente decente decisión, apenas llegó y echó un vistazo a la comida, de darse media vuelta y volver a su cuarto. Otros dos había estado encerrado en su cuarto mirando a la nada. El tiempo anterior a ese… No había sido especialmente largo, pero le costaba calcular con exactitud la cantidad de días. Más que nada, porque el tiempo que no estuvo hecho un ovillo en una esquina de su habitación, lo desperdició en meterse en problemas con guardias que creían erróneamente que iba a tener alguna clase de reparo en intentar romperles algo. Aprendió a las malas lo perjudicial que podía ser eso para su estadía allí– lo que viene a significar haber conocido partes de ese sitio que hubiera preferido ignorar por mucho. Pero al menos parecía haber servido; cuando finalmente salió de su cuarto después de su visita a ese lugar, había evitado cualquier clase de conflicto. Problema solucionado, pensaría cualquiera.

Lo que, por un lado, tenía la ventaja de tener algo más de libertad, lo cual no le venía precisamente mal. Por el otro lado, sin embargo, no estaba seguro de cuántas miradas entre pena y burla era capaz de recibir antes de terminar metiéndose en peores problemas– y estaba seguro de que volver allí no lo haría recibir justamente mejores tratos, no.

Así que por ahora, cuando se encontraba frente a cualquier otro, caminaba con la cabeza agachada, aunque fuera solamente para ignorar a cualquiera alrededor. Y fingía que no escuchaba nada de nada del mundo exterior también– lo cual era aparentemente bastante fácil de creer, pero prefería ahorrarse pensar en por qué era así. No, sabía el por qué, era bastante consciente ya de las ideas que debía tener más de uno sobre él, pero era mejor ahorrarse el pensar demasiado en eso. No ayudaría justamente a su plan de mantenerse tranquilo, no.

Siguió caminando, mirando de reojo a los lados cuando podía, con tal de asegurarse de encontrarse… Solo. Estaba bastante seguro de que no se suponía que anduviera vagando por allí, si es que el encontrarse solo, justamente, no lo comprobaba ya. Sin embargo, eso mismo era lo que lo había traído hasta allí.

Volvió a contar. ¿Once días, quizás? Le parecía una cifra acertada. Ni siquiera sabía por qué la buscaba, tampoco, pero lo hacía sentir alguna clase de control sobre su situación actual.

Su mirada recorría las paredes y las diferentes divisiones de los pasillos, intentando crear una suerte de mapa mental, hasta ahora sin mucho éxito. No porque no lo tuviera, sino porque hasta ahora, lo único que había conseguido con eso era descubrir formas rápidas y medianamente discretas de volver hasta su dormitorio si lo necesitaba, y nada de información sobre ningún lugar que conectara con el exterior– o, al menos, con un sitio interesante. Era frustrante, sobre todo porque, por cómo era este pasillo en específico, y porque la última ramificación que había visto había sido hace unos minutos ya, para volver tendría que regresar sobre sus pasos– lo cual, cuando se está intentando evitar encontrarse a nadie porque desconoces sobre lo permitidos que están tus actos, no es precisamente lo ideal. Sin embargo, seguir caminando en la misma dirección tampoco le parecía la mejor idea; no cuando eso significaba alejarse más de donde se supone debería estar, aún menos cuando sabía que se estaba haciendo tarde y que no estaba lo que se dice permitido el andar caminando por ahí a esas horas sin un buen motivo.

Así que, antes de poder pensarlo mucho más, se dio media vuelta y comenzó a caminar “de regreso”, empezando a considerar que excusa usar si es que la necesitaba. Apuró el paso casi de forma inconsciente, y comenzó a poner bastante más atención a su alrededor, en lo que buscaba las intersecciones que se le hacían más familiares. Había conseguido recorrer una distancia decente– sospechaba que se acercaba a las zonas más, ejem, concurridas, aún si hasta ahora no se había cruzado a nadie, por lo que volvió a caminar a un ritmo que no gritaba “sospechoso”, en lo que se debatía qué camino seguir. Si recordaba bien, entonces había un par de rutas que podía tomar, aunque no estaba seguro de cuál implicaría encontrarse menos gente. Terminó por elegir la que, al menos la última vez, tenía menos trabajadores del sitio; ahora, quizás por pura coincidencia, también parecía ser así, por lo que también aprovechaba para curiosear un poco. El sitio era bastante más grande de lo que pensaba, y no le extrañaría que buena parte de este estuviera oculta, al menos para aquellos como él– aún no se había atrevido a intentar pasar por ninguna puerta, pero tener en cuenta dónde estaban no le vendría mal en cualquier caso.

Ahora si que dedicaba más de una mirada detrás suyo, aún si tenía más de un motivo para convencerse de que no lo seguían –¿Instinto? ¿Efecto secundario de estar ahí?–. Y eso había hecho antes de girar en uno de los pasillos, fijándose que estuviera despejado en caso de que lo único allí fuera una puerta “oculta” (por alguien que no era muy fan de las puertas ocultas, aparentemente) y tuviera que volver sobre sus pasos.

Por supuesto que fue así, sí. No podía tener ni dos minutos de suerte continuos. Sin embargo, en lugar de darse media vuelta e irse, se detuvo. ¿Y si…? Negó con la cabeza ante la idea, ¿Es que no se acordaba de su suerte? Intentaría abrirla y aparecería alguien a sus espaldas y bam, cualquier esperanza completamente olvidada.

Ni siquiera tuvo tiempo de terminar ese pensamiento y girarse, cuando escuchó pasos detrás suyo– deteniéndose, casi seguro, al verlo allí. No se dio vuelta, principalmente porque, con el vistazo rápido a la gente en ese lugar, cualquier movimiento medianamente brusco podía ser entendido como una amenaza. Dudó por un segundo si se trataba de alguien en la misma condición que él, pero se quitó la idea bastante rápido– ¿Por qué andaría por allí si lo fuera? No, no necesitaba voltearse a ver para deducir que, casi seguro, se trataría de alguien que trabajara allí.

¿Era necesario repetir lo de la suerte?

Si piensas preguntar,–empezó, sonando lo más… educado, que se permitía,–me perdí en lo que volvía a mi dormitorio.

Sabía que era poco creíble, sí, pero le parecía casi mejor que no dar excusa alguna. Quien sabe, quizás tan solo recibía un insulto o burla, y luego tan solo tenía que disimular que no conocía el camino en lo que lo acompañaban hasta su cuarto, y ya. O quizás, en el peor caso que se le ocurría si actuaba con el respeto suficiente, solo lo dejaban encerrado un día o dos, no era algo que no pudiera soportar.
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Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis] Empty Re: Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis]

Mensaje por Apofis Misr el Jue Abr 09, 2020 2:59 pm

Aquel despacho permanecía en completo silencio, tal y como él había ordenado que lo hiciera. Apofis, desde su juventud, había aborrecido toda clase de sonido estridente en su espacio de trabajo, porque por mucho que se divirtiera en ello, lo que tenía delante era un puesto de trabajo extremadamente exigente. Dirigir en nombre de la inepta dama que le había contratado aquel complejo negocio en todos sus aspectos.

No necesitaba más que un portátil (sin conexión a Internet, por supuesto, porque ante todo, era extremadamente precavido), un asiento cómodo y una libreta en la que garabatear sus pérfidos apuntes, que más similares eran a las notas que tendría un director de la Gestapo hitleriana que a nada. Números, cifras, en efecto, pero las cifras más oscuras y cuya sola leyenda a pie de página podría estremecer a cualquiera: ganancias, “pérdidas” (entiéndase esto no solo como compra de material, que también… Más bien se podía hablar de amortizaciones en las mercaderías. ¿Se comprende o uno debe ser más específico?), las diversas crucetas derivadas del proceso contable (por supuesto), pero también algunos detalles más inusuales y que quizá solo se utilizaban en aquel local.

Digamos que, el menor delito que se le podría imputar en caso de que esa lista cayera en manos de alguien, sería evasión fiscal.

Ataviado con una sotana completamente blanca, que había logrado mantener totalmente impoluta incluso a tan cercanos momentos de finalizar la jornada (lo cual era milagroso, pues entre sus muchas responsabilidades auto-impuestas, estaba la de encargarse de ejecutar las punitivas que fueran necesarias contra quienes osaban alzar un dedo contra su metodología), el demonio seguía en su despacho como si nada, con un bolígrafo en su mano derecha con el que jugaba pasándolo de dedo a dedo, y la otra en el scroll del portátil, que se mantenía encendido en un excel repleto de soporíferos datos que si bien esenciales para poder saber con todo lujo de detalle todo lo que cabía dentro de su jurisdicción (es decir: T-O-D-O), no dejaban de ser soporíferos… Y datos. Él más que datos prefería hechos. Y empezaba a aburrirse, de una forma que no puede ser descrita tanto como infantil como en realidad esa clase de sopor que solo una “deidad” podría describir. ¿Y acaso se cree alguien que el lector o narrador vamos a poder entender qué sensación es esa, más viniendo del mismísimo hombre que unas horas antes posiblemente hubiera estado aterrorizando a toda su mercancía, solo por pura diversión? Obviamente, no. Solo él mismo podía entenderse. Y la cuestión, reitero, es que se aburría.

Qué mejor podía hacer que levantarse e inspeccionar por sí mismo. Acabaría así con dos problemas: primero, podría saciar su prácticamente eterna necesidad de tenerlo todo bajo control, y segundo, divertirse un poco incordiando a quien se pusiera en su camino, más teniendo en cuenta que en sus garras habían caído en las últimas semanas ciertos… Caramelitos de especial belleza, uno de los cuales, había cazado él mismo y del que no se arrepentía lo más mínimo. Lo sabía todo de él. Había ordenado que lo tuvieran en especial vigilancia y que le mantuvieran al tanto de cualquier novedad sobre su progreso de adaptación. Con todo su cariño, se había planteado, si no fuera por sus escasas apariciones en la cantina, hacer acto de presencia para molestarle frente al resto de sus compañeros. Sin embargo, parecía ser que Honey se había decantado por la senda del aislacionismo, muy a su pesar. Eso significaba verle menos, y eso comportaba que su el número total de horas que podía hacerle antojarse similares al infierno se vieran drásticamente mermadas.

Apofis era un hombre de obsesiones. Cuando sus ojos decidían que había llegado la hora de decretar una cruzada contra alguien, no dudaba en llevarlo hasta el final antes de dirigirse al siguiente. Hacía unos años que su principal víctima era, aun sin que esta lo supiera, su pequeña secretaria, cuya penitencia no era otra que haber acabado trabajando para él. Hacía unas semanas, rotó temporalmente su deseo en una prominente estudiante universitaria que ya le importaba poco, porque estaba muerta. Así pues… En fin. Quién mejor que él para sustituir la vacante, ¿cierto? Sí, por supuesto, fue a buscarlo. Podría atentar contra la salud mental de muchas otras mascotas, sin embargo, no veía ninguna que le pareciera más… Bella. Más fácil de perturbar, más fácil de romper.

¿Pero cómo podría, exactamente, localizarlo en un lugar tan extremadamente grande? Se preguntarán algunos, a lo cual se les podría responder con otra pregunta: ¿no era más que obvio? ¿Acaso se creía alguien que no tenían localizados a todos y cada uno de aquellos valiosos productos que tanto costaba obtener?

Hay que ser coherentes y racionales a iguales partes, por supuesto. Todo en aquel lugar se podía saber si se contaba con la forma adecuada, que en este caso, no era otra que el propio teléfono de Apofis. Una pequeña aplicación por la que había pagado a un par de los mejores informáticos de la isla, y… Et voilà. Cada uno de sus productos a la venta ubicado a tiempo real. Y ahora que se fijaba, el pequeñín no estaba en su habitación. ¿No se estaría intentando escapar, verdad? Porque eso sería una muy mala noticia… A partir de determinada hora, todos los juguetes debían volver al baúl, a sus habitaciones. Y verles por los pasillos en ese mismo momento… No le parecería nada gracioso.

Todo pet de aquel lugar debería conocer las cruentas formas con las que se castigaba cualquier infracción si esta era vista por él. Apofis odiaba tener que repetirse, pero lo haría si era menester: no le gustaban los que infringían su ley, la ley que él mismo había confeccionado con mucho amor para que pudieran ser felices dentro de los límites, y que estuvieran en perfecto estado físico.

Lo escuchaba. Su propia presencia, esa presencia acompañada de aquel paso firme y calmado, que resonaba con solemnidad como si de una procesión fúnebre al completo fuera tras de él, parecía aterrorizar a quienes estaban al otro lado de la pared. Hasta podía escuchar algún grito de pavor. Sonríe. Camina con las manos a la espalda, pero una khopesh envainada a la cintura y esa tan sosegada mirada que le precedía si no se le provocaba.

-Niños… Todos a dormir.
-no era la hora. Técnicamente, todavía podían estar despiertos, pero aquel tono paternal y teatral se le antojaba extremadamente cómico, más cuando notaba pasos apresurados tras las puertas- No querréis que os tenga que cantar una nana… -seseó. Pero seseó con su verdadera garganta, la de la vil serpiente que era. Aquel sonido parecía enfriar el ambiente con su mero uso- No os gustarán mis canciones, pequeñines, y mamá Akali no está aquí para detener a papá…

Ríe, bajo, entre los dientes, sin llegar tan siquiera a abrir la boca para ello. No era necesario excederse en emociones, todavía. En ese mismo momento, su cuerpo se desvaneció por completo, fundiéndose entre las sombras como siempre hacía. Ya se había cansado de aquel tan demoroso método de desplazamiento.

Fue a aparecer a la espalda de Honey. Recorrió fundido en la oscuridad todo el camino hasta él, hasta ese lugar, como siempre hacía ante sus víctimas preferidas. Y ahí estaba su pequeño, su tan indefenso niño… Tan dulce, tan adorable, que le daban ganas de destrozarle la clavícula de un puntapié.

-¿Tu dormitorio, dices? Ahí es donde deberías estar, en efecto. -se acerca a él poco a poco, llevando una mano a la vaina de la hoja que tan fielmente esperaba ser desenvainada como disuasión para que no intentara alejarse- A papá no le gusta que sus pequeños correteen solos por los pasillos. -la otra mano se deslizó poco a poco hacia la cintura del contrario, en una forma tan galán y caballeresca que por supuesto, no hacía más que añadir teatralidad a la situación- Te acabas de ofrecer voluntario para darme compañía, Honey. Vamos, dirígete a tu habitación. Yo te acompaño. Tengo que arroparte, y… Oh, sí. He encargado que te dejen un poco de ropa en tu cuarto, supongo que ya debería haber llegado. Papá te quiere mucho, espero que lo sepas -su mano descendió poco a poco, intentando apoderarse de uno de aquellos tan compactos glúteos- Podríamos divertirnos mucho juntos si no fueras tan miedoso, pequeño.
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Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis] Empty Re: Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis]

Mensaje por Honey Kawahara el Dom Abr 12, 2020 3:41 am

Por supuesto, tenía que haberlo imaginado. Le resultaba casi vergonzoso el que lo hubiera tomado por sorpresa que, entre cualquier otra persona que pudiera estar trabajando ahí, se tratara justamente de él; ¿Acaso no había estado pensando en esa posibilidad ya? ¿No fue por eso– por él, por lo que se había rehusado totalmente a salir de su cuarto los primeros días? ¿No se estaba quejando de su suerte? Claro que estaba ahí, justo ahí y justo ahora.

Era una situación digna de una novela de terror clásica, y no solo por la propia situación en sí, sino también porque, al igual que cualquier protagonista típico de tal historia, además de la suerte estar completamente en su contra, también sentía que apenas y sabía algo del otro; su nombre, y que era peligroso, y que todo lo que decía parecía marearlo en el peor sentido posible, y nada más que eso. Y como si eso no fuera suficiente ya, también dudaba mucho de que la situación fuera equitativa en absoluto– no, cualquier información que tuviera Apofis sobre él era demasiada ya.

En cualquier situación normal, acercarse de esa forma y ponerle las manos encima no iba a ser, precisamente, la decisión más inteligente de quien sea que lo hubiera hecho– guardias y trabajadores de ese lugar incluidos, claramente–, y hubiera deseado que justamente esta no fuera la excepción. Bastó con que el otro lo tocara, o quizás fue tan solo reconocerle la voz, ni siquiera llegar a pensar que estaba armado (cosa que le tomó más de un par de momentos terminar de asumir, y que, ahora, también le parecía demasiado obvia para no haberlo imaginado antes), para que no pudiera reaccionar en absoluto. O, casi en absoluto, más bien– sus pensamientos no se habían detenido, no, al contrario, parecían ir más rápido que nunca, aún si la mitad eran un intento por  callar la voz del otro. Más bien, era como si hubieran cortado cualquier comunicación con su propio cuerpo, y lo único que podía hacer era escucharlo –cada palabra pareciendo empeorar aún más su estado actual–  y quedarse lo más quieto posible. Algo así como si estuviera en un documental de vida salvaje, y tal cosa fuera a ayudarlo a que el peligro pase de largo.

No lo hizo, ni lo haría, cabe aclarar, y estaba tan consciente de ello que dolía. Pero le bastó oir la última frase del otro– no, más bien notar como, ejem, tomaba demasiada confianza– para hacerlo cambiar de estrategia (porque eso no era, de ninguna forma, una parálisis inducida por miedo y rota únicamente porque tenía un límite de ataques a su ego en un mismo día). Lo tomó por el antebrazo, intentando, aunque fuera, que lo soltase– y el conseguir hacerlo sin temblar como una hoja lo hizo querer agradecerle a su orgullo.

¿A quién le dices miedoso?–respondió, con un tono de desprecio que casi llegó a sorprenderlo, incluso un poco más que el haber conseguido mantener la voz firme toda una frase.

Intentó tranquilizarse antes de hacer o decir nada más– o, al menos, fingir que estaba tranquilo, y no calculando todas las posibles consecuencias de hacer algo como eso ante una persona así–, e ignorar la parte de su cerebro que se empeñaba en recordarle más de una cosa que prefería por mucho mantener enterrada en su subconsciente– cosas de hace más o menos once y medio, quizás doce, días atrás.

Podía ir tachando ya la parte de “conseguir hacerlo sin temblar”. Podía notar la forma en que lo hacían sus manos, y estaba seguro que, de no haberse dado cuenta a tiempo, sus piernas estarían igual –quería convencerse de que era solo la rabia contenida, y se aferró a esa idea como si fuera su fuente de vida. De la misma forma, hizo su agarre en el brazo del otro un poco más fuerte, en un intento por disimular lo anterior. Si había una victoria que no iba a ceder, bajo ninguna circunstancia, aún si solo estaba “ganando” por palabras (y solo sus palabras, si es que era necesario aclarar tal cosa), era la de admitir de cualquier forma que tenía miedo a alguien. Aún si ese alguien era el mismo que, por la información que tenía hasta el momento, no solo era capaz, sino que estaba dispuesto a hacerlo pasar por experiencias demasiado cercanas a la muerte, si no es que aún más que eso. Ya el otro podía hacerlo sentir vulnerable e indefenso con tantos motivos que, si fuera posible, amenazarían con darle nauseas, pero, ¿Miedo? No, eso era algo que no iba a permitirle.

En cambio, reunió el valor que le quedaba, o quizás el enojo acumulado de toda la situación. Intentó acomodarse, voltéandose apenas lo suficiente para que, con levantar la vista (más de lo que le gustaría), fuera capaz de verlo a la cara; y, apenas lo hizo, tuvo que esforzarse mucho más de lo que querría para no quedarse paralizado de vuelta, y para no tener un escalofrío de inmediato. Ambas cosas terminaron por avivar aún más sus ganas de proteger su ego– casi haciéndolo olvidar todas las señales de peligro sonando en su mente.

Y, creo que puedo encontrar el camino solo, aunque agradezco,–y eso lo dijo casi entre dientes,–que te preocupes.

Ambas mentiras eran tan obvias que habría que ser muchas cosas para no verlo, pero no se había esforzado siquiera en que no fuera así– dudaba que eso hubiera importado. Incluso, y de alguna forma que seguro solo tenía algún sentido en la mente de alguien que la mitad de sus decisiones las toma en base a su orgullo, lo veía casi como un desafío, y estaría mintiendo si dijera que eso no le agradaba casi tanto como lo asustaban las consecuencias. Como mínimo, servía para distraerlo algo del miedo que no sentía en absoluto, así que iba a aprovechar eso, aún si era ignorar la sensación de que no estaba tomando la decisión más adecuada.

Así que, lo siento, pero seguro puedes encontrar una mejor compañía, ¿No?–, dijo, casi más como una afirmación, seguro de que si podía hablar de tal forma era porque era su ego hablando por él.

No estaba esperando que le hiciera caso, no– había aprendido muy a las malas que su voz no era, ejem, muy escuchada ahí. Su idea se acercaba más a querer que solo se cansara de él, más bien; otro motivo que veía para ocultar cualquier clase de vulnerabilidad que pudiera llamar la atención del otro.
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Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis] Empty Re: Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis]

Mensaje por Apofis Misr el Dom Abr 12, 2020 9:06 am

Cuán agradable era oler el miedo en tan puro estado. Lo podía notar, podía leer entre las líneas que el otro se negaba a mostrar. Sabía que su mera presencia ponía la fortaleza mental de Honey a prueba, y eso que ni siquiera hacía más que posar su mano en él. Era tan adorable, tan horriblemente pasivo y fácil de humillar, que desearía hacerlo en ese mismo lugar, y lo haría si no fuera porque luego las demás mascotas se alejaban de él demasiado. Tenía que seguir disfrutando lentamente de todo lo que Honey pudiera darle, hasta desgranar todo el placer que pudiera extraer de aquel joven cuerpo.

Su sonrisa se intensificaba a medida que veía cómo el contrario intentaba zafarse de su agarre, pero siendo sinceros, a él le agradaba más estar ahí. ¿Cómo no disfrutar de aquel pequeño glúteo, bien endurecido y compacto. Fuera quien fuera que hubiera diseñado tal belleza como la que tenía delante, se había esmerado en crear una verdadera joya, una brillante y deslumbrante gema a la que por supuesto, pensaba corromper, volver tan negra como su putrefacta magia.

Al final, cedió, separando su mano y devolviéndola a su espalda, por muy cómodo que estuviera invadiendo al contrario, pero estaba viendo venir que seguir aquella conversación iba a acabar siendo mucho más entretenido de lo que esperaba.

-¿No es obvio? Se lo digo al que se ha pasado días enteros encerrado en su habitación -su tono de voz sonaba severo, sin embargo, en su interior, no hacía otra cosa que intentar aguantar aquella tan sádica risa que solo él podía hacer- ¿Sabes? Tenía a todos los guardias emocionados cuando te vieron entrar, querían maltratarte, ibas a ser una estrella. Quizá hubieras podido salir antes adquirido por alguno de ellos, pero no, tuviste que ponerte en modo cobarde…

¿Estaba reprochándole? No, por supuesto. Lo había marcado como suyo y cualquiera que lo tocara estaba advertido de que sería lo último que haría. Más bien, su comportamiento era justamente lo que había deducido que haría una vez terminara de registrarlo como mascota.

Sin embargo, sus intentos de escaquearse sí que le parecían un incentivo para molestarle todavía más, Seguía viendo cómo intentaba mantener la firmeza, y eso solo hacía querer desear romperle por completo, volverlo su juguete de una vez. Estaba aguantando mucho mejor que sus anteriores “entretenimientos” la tortura que era tenerle cerca, lo cual significaba que al menos, podría aguantarlo un par de meses más.

-¿Alguien más digno para acompañarme? Me temo que no. Te voy a decir lo que va a pasar
-se acomodó el cuello de la sotana por unos segundos, simplemente para alargar todavía más su oración y darle un mayor interés, generar una expectación en el contrario que luego podía servir para que hasta la más mínima amenaza le fuera todavía más amenazante- Vamos a ir a tu cuarto, y te arrastraré si es necesario. Luego, una vez ahí, te quitarás la camiseta y yo me sentaré en la cama, para luego ponerte sobre mi regazo, ¿hasta ahí todo lo captas? Muy bien. Cualquier intento de escapar acabará contigo en el menú de mañana. Puedo hacer aparecer un par de libros. Sé que te gustará ejercitar un poco… -con su dedo índice, señaló a la frente del contrario, para luego posarlo en ella y empujar ligeramente hacia atrás- Ese cerebrito que tienes ahí. Te será útil, créeme. Así podrías acabar en las manos de algún doctor universitario, y no de un depravado con fetiches con los adolescentes andróginos…

Aunque lo segundo imperaba sobre lo primero, o a veces, ese tipo de hombres, tan encerrados en el estudio como lo estaban, acabando siendo los primeros que pertenecían al segundo grupo ya mencionado. El vivo ejemplo, era él. Pero ya poco importaba. Le tomó con fuerza por la muñeca, para luego comenzar a caminar en dirección a la habitación del contrario, y es que, en efecto, la opinión que este tuviera sobre lo que quería hacer con él no podía importarle menos.

Lo arrastró junto a él, usando una cantidad bárbara de fuerza para mantener el agarre y que no pudiera hacer nada para evitarlo. Incluso si decidiera convertirse en un peso muerto, podría con él sin problema. Y mejor que no lo hiciera, porque de lo contrario se lo llevaría en volandas con todo lo que ello implicaba.

-Deberías empezar a ser consciente de ello, Honey. Solo eres un cuerpo bonito con una etiqueta en la que se refleja el precio por el que estoy dispuesto a venderte. Tu alma o derechos se perdieron cuando metiste un pie en este lugar, o más bien te arrastré hasta él. Eres mío, asúmelo ya.

Y no dijo nada más. Siguió tirando de él hacia la habitación en la que si el contrario hubiera seguido estando, se ahorraría todo lo que pasara en toda aquella larga noche. Su mano se posó en el tomo de la puerta, abriéndola para luego lanzarlo como si de una bolsa se tratara hacia el interior, apuntando con suficiente precisión contra la cama para que al menos no se hiciera daño (no de esa forma. No toleraría que nada más que no fuera él dañara a SU juguete).

-Sin camiseta, ya. Y agradece que te deje seguir con pantalones. Más que nada, porque prefiero la homoerótica a desnudarte sin más. Y porque estoy aquí para pasar el rato hasta que me aburra de ti, no para… Nada que implique necesariamente hacer daño
-cerró la puerta tras de sí, haciendo aparecer una cadena negra que bloqueaba el pomo y los dejaba encerrados hasta que a él le apeteciera- Así que vamos a ponerte a prueba. A ver si eres capaz de mantenerte como la mascota cariñosa que deberías ser sin que te de un infarto… Y ahora que lo veo, podrías ordenar un poco este lugar, ¿no crees? Que sea una celda no significa que debas tenerla… Así.
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Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis] Empty Re: Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis]

Mensaje por Honey Kawahara el Mar Abr 14, 2020 4:03 am

No podía evitar el solo quedarse mirándolo, ojos abiertos tanto como podía, mientras le hablaba, contándole sus supuestos planes como si se tratara de algo completamente normal, por poco y rogando internamente que todo eso fuera una broma. Una demasiado cruel, pero nada más que eso– quizás incluso alguna forma de torturarlo que podría clasificarse como “diversión” para alguien así. No podía estar hablándole en serio, no de algo así, no… No podía, tan simple como eso. Y casi había llegado a convencerse de tal cosa, hasta el momento en que el otro lo tomó de la muñeca.

Decir que intentó resistirse sería subestimarlo– aún si el intentar soltarse solo le sirvió para andar tropezando buena parte del camino, no dejó de intentarlo en ningún momento. Al menos, no hasta que volvió a escucharlo hablar. Un par de palabras como un recordatorio de exactamente todo lo que quería olvidar, y fue como si rompieran cualquier clase de voluntad que estaba usando para oponerse; más bien, para lo único que le quedaba motivación (y únicamente porque dejarse arrastrar le parecía algo completamente degradante) era para simplemente dejarse guiar.

El que lo hayan tirado contra su propia cama apenas llegaron a la habitación tampoco ayudó mucho a devolverle su confianza, no; mucho menos lo rápido que pareció pasar todo después de eso. Apenas y tuvo tiempo para conseguir acomodarse– o más bien, para sentarse en la cama lo más pronto que pudo, clavando la vista en Apofis de inmediato, aún si por un momento su vista se desvió a la puerta, y… Sería demasiado poco decir que se sentía solamente mareado. La habitación desde el principio ya se sentía demasiado pequeña sin estar, necesariamente, encerrado dentro, pero ahora había pasado directo a ser sofocante. Estaba seguro de que, de haberlo metido en una jaula para pájaros, no hubiera notado diferencia alguna.

Y a eso, le quedaba agregarle el tener que escucharlo. No porque sintiera alguna obligación de hacerlo (aunque el pensar en haberse perdido algo de lo que decía amenazaba con darle escalofríos, tan solo porque necesitaba estar al tanto exactamente de qué tenía que cuidarse), sino porque, aún si lo hubiera intentado, si hubiera podido intentarlo, estaba seguro de que le sería imposible no hacerlo. Era como si cada una de sus palabras hiciera eco dentro de su mente entre más rogaba que solo desaparecieran.

Quería poder responderle con un comentario sarcástico, con alguna clase de burla o insulto. Su cuerpo apenas y había colaborado hasta ahora, habiéndolo hecho retroceder lo suficiente como para terminar en una esquina de la cama con las rodillas casi pegadas al pecho, pero no más que eso; en cambio, su voz no parecía querer ser de ayuda en absoluto. Aún si tenía más de una cosa que decirle sobre lo que pensaba de ser una “mascota cariñosa”, o sobre lo de juzgar cómo le daba por mantener la apariencia de la celda en la que no quería estar en primer lugar– o sobre cualquier otra cosa, en realidad–, era como si, en el momento en que quería hacerse hablar, su garganta se cerrase por completo.

Aún así, en su mente se repitieron las– la orden que le había dado, y, casi más motivado por ver si eso al menos lo hacía reaccionar de alguna forma, decidió intentar hacerle caso. Agarró la tela con fuerza, ubicando sus manos por encima de donde se encontraba su gema sin siquiera darse cuenta de ello, en un intento vano de darse algún sentimiento de seguridad que reemplazara la incertidumbre que lo había cubierto a último momento. Esto debía ser lo más cercano que podía vivir a sentir su corazón latiendo con fuerza. Sabía que sería una mala– una terrible idea el desobedecerlo, más que nada, porque se imaginaba que sería capaz de tomar el asunto en sus propias manos y asegurarse de que le hiciera caso él mismo, y estaba seguro de que eso sería lo único que podría empeorar aún más esa situación. Y, aunque sabía entonces cuál era la opción que le quedaba, estaba temblando tanto que se veía incapaz de ocultarlo, o de hacer nada más que quedarse lo más quieto que podía en lo que intentaba calmar sus pensamientos lo suficiente para conseguir tomar esa decisión.

Era, de forma muy literal, exponer su mayor debilidad ante quien menos quisiera- quien menos debería saberla. Aún si tenía demasiados motivos ya para convencerse de que lo que buscaba no era justamente matarlo ni causarle un daño grave –no de esa forma, al menos–, seguía siendo simplemente demasiado como para que le fuera una decisión fácil de tomar; el estar tardando tanto en poder hacer algo no ayudaba a ponerlo menos nervioso, tampoco. Solo un par de imaginaciones vagas de lo que podía pasar si no hacía algo pronto se pasaban por su mente, y solo esas imaginaciones parecían empeorar aún más su estado actual.

Intentó calmarse, aunque fuera tan solo un poco, tan solo con tal de dejar de temblar. Lo consiguió a medias: al menos, ahora de vuelta eran solo sus manos las que estaban temblando, haciendo su… Tarea, un poco más fácil. Quizás tenía que ver, también, con que se acomodó de forma que solo quedara de perfil al otro. Lo hacía sentir menos expuesto, en cualquier sentido que se quiera aplicar esa palabra.

Cuando sintió el aire fresco de la habitación directamente sobre su piel en lo que tiraba la camiseta a un costado, no tuvo tiempo para contener un escalofrío– si para volver a cruzar los brazos por encima de su gema, abrazándose a si mismo en un intento por cubrirse, casi a punto de clavarse las uñas por sobre las costillas. Miró a Apofis de reojo, casi solo para asegurarse de que (por desgracia, y porque sus pedidos de que esto fuera una broma, o una pesadilla, seguían sin ser respondidos) seguía ahí.

¿Ya estás feliz?–dijo, en el tono más claro que podía. Y el más cargado de enojo que había usado hasta ahora, posiblemente, si es que no había quedado más que claro ya con su expresión.
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Mensaje por Apofis Misr el Jue Abr 16, 2020 2:54 am

Su mano derecha, cuya palma se mostraba hacia arriba y sus dedos quedaban completamente estirados, esperaba a que algo sucediera, ajeno a lo que Honey hiciera o dejarse hacer. Y lo que pasó fue que repentinamente, cientos de hilos de oscuridad aparecieron en ella, comenzando a formar lo que en apariencia era un libro, de cubierta que aparentaba la textura del cuero completamente negra y hojas cuyo papel era del mismo color azabache y su letra roja como el carmesí que hubiera arrebatado al joven la primera noche en caso de ser humano. Tras unos segundos, en la misma tapa, comenzaron a materalizarse poco a poco unas muy perfiladas y puntiagudas letras, con esa tipografía tan incómoda a la vista que solamente se solía ver en los textos que intentaban imitar las formas clásicas o del medievo. “Πολιτικα”, o “La Política”, de Aristóteles, obra cuya lectura había sido tan reiterada por Apofis que se atrevía a decir que la sabía de memoria, como muestra aquel mismo libro que había hecho aparecer en su mano. Sería ese mismo tratado el que usaría para jugar con Honey de la única forma que sabía: mezclando la tensión y la impaciencia de alguien que sabía perfectamente que pensaba que lo único que le ampararía aquella velada sería una cruenta profanación, con el deseo de conocimiento que era sabedor que precedía a cualquiera con un par de dedos en la frente, él incluido. ¿Qué? ¿Acaso nadie aquí no ha leído un libro nunca con un pobre muchacho miles de años menor que tú semi-desnudo a un lado? ¿No? ¿Es Apofis el único?

A su parecer, por cierto, mezclar un poco erótica con filosofía no tenía nada de malo, y era algo que haría muy a menudo si no tuviera cierta reputación de vil bellaco que mantener. Sin embargo, la atención del demonio no estaba tanto en aquel libro que en cuanto apareció mantuvo cerrado, como en el cuerpo que ahora el contrario le dejaba entrever de una forma extremadamente tímida, tanto que solo se le antojaba todavía más vulnerable y en consecuencia… Comestible. ¿acaso no se daba cuenta aquel pequeño que el hecho de cubrirse así, solo lo hacía encogerse más ante su segura figura, dejándole todavía más expuesto a lo que quisiera hacer con él y añadiéndose a sí mismo una presencia insegura que seguramente en la cabeza le jugaría una mala pasada mayor a esos tembleques con los que había estado brindado espectáculo a Apofis?

-¿Feliz, yo? ¿Me puedes dejar ver tus pezones en paz, por favor? -dijo, sarcástico, en un comentario obviamente repleto de su más ruin y sardónica malicia- Ya sabes, sin temblar ni cubrirte. Ni que aquí hiciera tanto frío. -esto por supuesto, fue un comentario que venía del el hombre ataviado con una sotana que cubría hasta sus manos en una extensión que pretendía imitar a un guante al niño con el pecho totalmente al aire. Como se puede ver, mucho derecho a comentar aquello no tenía alguien que por lo demás, tenía el frío como una de sus mayores debilidades- Venga… -se tumbó en la cama, dejando caer su pesado cuerpo en ella y haciendo que chirriara por unos segundos. Su cabeza descansaba ahora contra la pared de detrás y una mano que por supuesto, había atrapado al otro de donde pudo para forzarle a acabar pegado a su lado, aprisionándole con sus propias piernas, rodeándole un poco por debajo del vientre con tal de que no escapara- ¿Sabes? Hay algunos en este lugar que se prostituyen a cambio de mejores condiciones. No les culpo, más bien, lo veo lógico. Soy consciente de la crueldad con la que se os trata, pero… Eso no quita que a cambio de nada se os vaya a dar todo. Tenéis que ganároslo. Solo te lo digo como algo que te podrías plantear, y sé que alguno te mira ya como si fueras un caramelito, entre los que me incluyo. La dignidad física no tiene cabida en el mercado negro, cariño. En todo caso… De eso vamos a hablar precisamente esta noche.

Golpeó un par de veces con los nudillos la tapa del libro, señalando la inscripción que si bien en griego, cualquiera que pusiera suficiente atención podría adivinar de qué trataba, y si además se tenía un mínimo de cultura, se podría saber también quién lo había escrito, o de las (muy) clasistas formas de pensar del autor que aun con esas, constituyó su pensamiento como la base de las escuelas empiristas de la filosofía, de las cuales, por supuesto, Apofis conocía bastante pues había podido debatir directamente con muchos de sus padres.

-La Política… Es un libro curioso. Y a mi parecer, es también la obra que debería presidir la estantería de todo buen estudiante o profesor de filosofía, junto a la Ciudad de Dios de San Agustín y la obra que se prefiera de Kant, que se tiene para elegir durante un largo rato. -comentó, abriendo el libro con suficiente destreza para acabar en justamente la página que le interesaba para aquella velada, en un punto del tratado no muy alejado del principio teniendo en cuenta el importante grosor que se había visto forzado a simplificar en pos de poder llevarlo a una sola mano- ¿Cuán culto te consideras, pequeñín? Porque de no gustarte aquello de lo que te hablo, puedo destrozarte sin más.

Su amenaza retumbó por la diminuta y casi claustrofóbica habitación por unos segundos, mientras uno de sus dedos se dedicaba a acariciar la hoja que a posterior leería en voz alta, cuando llegara el momento y notara la voz adecuada para ello. Cabe decir, que el texto, tal y como lo había memorizado, estaba en griego clásico, con las formas que tendría aquel lenguaje cuando el propio Aristóteles estaba vivo, y que él pensaba traducirlo al inglés tal y como lo leía. ¿El problema? Recordemos su acento, señores, árabe y extremadamente difícil de entender para decir determinadas palabras. Si el idioma materno de Honey no era el propio inglés, lo iba a tener crudo para llegar a entenderle. Su intención, a fin de cuentas, como si de una clásica y distorsionada clase de filosofía a la forma griega se tratara, era leer en voz alta para que el otro le escuchara. Claro que, ese tipo de clases, normalmente, se hacían con el alumno sentado a un lado, no forzado a mantenerse pegado contra el profesor en una posición bastante comprometedora para él.

-Libro primero, capítulo dos. Escucha con atención.

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Mensaje por Honey Kawahara el Vie Abr 17, 2020 3:46 am

Estuvo a punto de dar un salto cuando el otro se tiró en la cama, y quizás si el miedo no lo hubiera paralizado ya de vuelta, lo hubiera hecho –no estaba demasiado seguro de cómo sentirse respecto a tal cosa, pero de seguro, nada bien–. Esperaba que fuera solo eso, o que tan solo le dijera qué hacer, pero no es como si hubiera tenido tiempo de entretenerse con esas posibilidades. Antes de poder darse cuenta, había terminado aprisionado al lado del otro, y le tomó otro momento darse cuenta de que había ahogado un chillido por haber sido agarrado de forma tan repentina (y no precisamente gentil). Una serie de pensamientos se colaron en su mente; una serie de “¿qué? ¿por qué?” cada vez más rápida fue uno de esos, el resto se pueden resumir en intentos de pensar una forma de escapar que descartó al instante, y una cantidad de insultos que alguien como Honey, seguramente, no debería conocer.

Una sensación de asco y rechazo no tardó en hacerse presente en él cuando escuchó la en absoluto bienvenida propuesta del otro, algo similar a cuando se pisa un líquido caminando solo con medias en plena madrugada, y tuvo que reprimir el impulso de decirle unas cuantas palabras desagradables a cambio de eso. Ayudó el no haberse olvidado, porque como podría, de en qué situación se encontraba en ese momento– se evitaba el tener que morderse la lengua, al menos. No quitaba, sin embargo, todo lo que sentía al respecto, ni el escalofrío que le había dado el escucharlo nombrarse entre los interesados, o al oírlo decir eso de la dignidad física. El segundo, más porque no concebía como es que podía pensar en eso como una simple cuestión física, y no como la peor forma de insultar todo lo que había sido– lo que era; del primero, no pensaba hablar de los motivos, por muy obvios que debieran ser.

Cuando el otro señaló el libro, tuvo que estar más que un par de momentos observando la tapa con tal de conseguir reconocerlo; no era precisamente algo que estaría entre su colección, mucho menos entre sus favoritos, pero lo conocía, de haberlo tomado prestado de la no precisamente pequeña biblioteca privada de su primer hogar –hubiera preferido evitarse el recuerdo, y lo alejó con lo que sería el equivalente psicológico de espantar una mosca, antes de que hiciera… Más daño–, aún si no recordaba en demasiado detalle los contenidos. Escuchar el título lo hizo terminar de confirmar de qué se trataba, y le refrescó un poco la memoria con respecto a lo que podía esperar allí; nada que fuera a agradarle, en definitiva.

Y lo hubiera dicho, quizás un “soy más de leer ficción” que hubiera sido más que esperable de su parte, de no ser por la amenaza del otro. Se limitó, entonces, simplemente a asentir con la cabeza, apenas lo suficiente para demostrar que había escuchado.

Los segundos siguientes a eso, se sintieron casi como si alguien se hubiera encargado personalmente de estirar el tiempo. Y de hacer que todo se sintiera mucho más… Sofocante, sí, no por dificultarle su inexistente respiración, sino de una forma que lo hacía sentir como si estuviera atrapado en el fondo del mar, con el peso del agua encargándose de que no pudiera hacer nada más que esperar. Y eso es exactamente lo que hizo, casi esperando que el otro le permitiera, bueno, leer –aún si el poco griego que sabía eran las frases básicas para poder manejarse de forma decente, de haber tenido que hacerlo. El escucharlo empezar a leerle lo dejó, como mínimo, sorprendido.

Bien, sabía más que suficiente inglés para poder pasar desapercibido tomando el té con los de la clase más alta, sí– incluso había adoptado algo de la forma de hablar británica, que no llegaba a ser un acento como tal, pero que podría hacer dudar a alguien sobre si no sería acaso hijo de inmigrantes en lugar de alguien que había aprendido el idioma. Esto, para las reuniones a las que a veces asistía, o para escuchar conversaciones que quizás no debería, solía venir bien, dado el entorno en el que estaba. Incluso se había acostumbrado, aunque no era muy de su agrado, al acento americano (dependiendo del estado, claro; era solo uno de los motivos por los cuales no le gustaban demasiado los viajes de negocios a aquellos más al sur), y no es que se le dificultara demasiado entender otros si se le hablaba lo suficientemente claro o se estaba dispuesto a repetir las cosas un par de veces. En fin, las cosas típicas que pasan cuando aprendes un lenguaje en base a cursos hechos con una versión muy específica de este.

Ahora, esto significaba que, de lo que llevaba leyendo Apofis, había entendido lo que vendría a ser apenas suficiente para hacerse una idea –no demasiado favorable– del texto, y poco más. Es decir, unas cuantas frases sueltas con alguna palabra adivinada solo en base al contexto, y solo a veces más de una oración seguida, y el resto rellenado en base a lo poco que se acordaba. Una buena parte de eso se debía, efectivamente, a que no tenía lo que podría decirse acento británico de clase alta, pero sería bastante deshonesto de su parte si dijera que lo de tener que ignorar la intranquilidad que le producía el estar atrapado de esa forma no estaba influyendo también. Estaba seguro de que entendería bastante más si fuera capaz de concentrarse, pero también lo estaba de que eso no era precisamente una elección que pudiera tomar ahora mismo. Lo que sí esperaba, únicamente por su propio bien (recordando aún la amenaza de hace poco, sí), era que su confusión no fuera demasiado obvia para el otro. Lo que seguro era ser bastante ingenuo, y lo reconocía, considerando que seguía intentando alcanzar a leer las páginas, que no era la tarea mas fácil ni la que pasara más desapercibida, encontrándose de la forma en la que estaba.
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Mensaje por Apofis Misr el Sáb Abr 18, 2020 1:08 pm

Sus labios siguieron emanando aquellas sabias palabras de aquel que seguramente fue, sin ápice de duda, uno de los precursores de la civilización que tanto se habían cegado los humanos por mantener, aun incluso cuando esta se expandía destruyendo el propio planeta y sus formas de vida anteriores. Parecía que aquellos que auguraban ser el rostro de la propia divinidad la mataron en cuanto se dieron cuenta que la veneración del ego les resultaba más complaciente y satisfactoria, auto-indultando así su propia debilidad y carencias bajo el muy falaz manto de una supuesta razón que si los clásicos que tanto se esforzaban por usar como baluarte de sus ideas vieran, posiblemente mirarían hacia otro lado, decepcionados. Bien es cierto que tales reflexiones no deberían ser las de un hombre que usaba a un pobre adolescente (porque vamos a ser sinceros, tuviera la edad que tuviera, su cuerpo era el de un frágil y delicado muchacho que todavía tenía que recorrer mucho mundo para llegar a alcanzar la retorcida sabiduría y poder de los que disfrutaba Apofis.

Era un capítulo relativamente corto en comparación a otros, en el que se notaba la convicción que tenía Aristóteles por la naturalidad y el carácter benevolente de la esclavitud. “Hay quienes han nacido para ser reyes y quienes lo han hecho para ser esclavos”, puede resumirse toda la moralidad que había desarrollado el hombre alrededor de aquella cuestión, creando así una especie de jerarquía que a su parecer era consecuencia de la propia naturaleza y que nada podía hacer para evitarse. Y no lo decía Apos, no, lo decía ese mismo hombre. Le gustaba plantear cuestiones de tan elevada magnitud a sus pequeños, ya fueran sus mascotas o meros alumnos que tenían que asistir a sus lecciones, por muy curioso que fuera. Ante ellos, con tal de verles esforzarse, era capaz de rebajarse y hablarles de asuntos que hasta hace poco, quedaban reservados para las élites intelectuales. Pero un esclavo informado era un esclavo revoltoso, y ser revoltoso iba a comportarle mucha más diversión, así pues, si sabía dosificarlo suficientemente para que conociera tanto como para responder pero no como para enfrentarle, sería perfecto.

En el caso de Honey, más en concreto… Podía plantearse volverlo un perfecto mayordomo, antes haciéndole creer que tenía libertad en sus decisiones, para que pudiera rebelarse, e ir arrebatándole poco a poco la creencia de que podía escapar… Hasta volverlo su perfecto juguete, tan dócil como él deseara que fuera, y quizá con el tiempo, hasta fidelizarlo ante él. Pero todo eso tardaría, y todavía estaba en la fase de hacerle creer que tenía capacidad alguna de planear nada. Ya le quitaría la ilusión a posterior, cuando llevara el suficiente tiempo atrapado bajo sus largas garras.

Garras que por cierto, entraron en acción también, en vista de que ni necesitaba sostener el libro con ellas, puesto a que al fin y al cabo, estaba creado con oscuridad, material que manipulaba y podía hacer flotar sin problema, a la vez que ir alternando las páginas con la propia mente, solo con desearlo, facilitándole así la lectura y dejándole espacio para poder… Apreciar un poco más ese cuerpo con un grado de detalle especial. Por supuesto, su atención estaba en aquel torso, posando sus manos a los lados del abdomen del contrario. Podía notar que prácticamente podría aplastarlo si le apetecía, pero no. Lo que le interesaba era acariciarlo, usar sus fuertes dedos para invadir aquel fino y bien cuidado vientre, masajeándolo solo por el puro morbo que le daba no solo poder hacerlo, sino que también saber que hiciera lo que el otro hiciera, nada lo evitaría. Su fuerza física era similar a la de un titán, a fin de cuentas, y en realidad, recordemos que Apofis es una serpiente tan gigantesca como bastantes edificios, así que… Un ser de cuerpo humano muy bien no podría defenderse contra su abrumadora fuerza bruta. Le encantaba, lo adoraba, le encantaría morderle, pero no todavía, porque su boca tenía que seguir leyendo hasta que terminara.

Cosa que llegó, porque solo aquel capítulo le interesaba. Repentinamente, el libro desapareció, tan pronto como pronunció la conclusión, y dejando así a Honey, como lo único que merecía su atención dentro de aquella sala. Ahora teniéndolo atrapado con sus piernas y con sus manos tocándolo como si no fuera más que un juguete creado para eso, la sensación de poder que invadía a Apofis era… Como poco, divertida. Era lo único que últimamente le excitaba o le hacía sentir algo de placer: la sensación de poder. Sí, estaba enfermo, y sí, debería estar encerrado en algún lado, eso era algo que sabía, pero nadie le podía detener… Y creedme si digo que es mejor que el ansia de poder le fuera preferible a la lujuria, porque de esa forma, quizá Honey saliera impune aquella noche, tras ser tocado como si no fuera más que un cuerpo sin alma, eso sí.

-¿No te das cuenta, pequeño? Si fueras un poco más cariñoso, un poco más elegante y astuto… Podrías ser mi preferido, y con ello, el príncipe de este infierno. Y podrías tener todo cuanto necesitaras. Un poco más de perspicacia te ayudaría. Quizás con un poco de suerte hasta podrías tener un cuarto grande con una cama cómoda y comida decente a cambio de… ¿Puedo hacer un chiste sobre comer ciertas partes de la fisiología de un hombre o es muy precipitado para ti? -su mano descendió de nuevo, una de ellas al menos, porque por supuesto, le interesaba seguir probando la mercancía que el otro tenía por glúteos- Aunque teniendo en cuenta que tu secuestro también lo fue… Bueno, nuestra relación parece destinada a proceder de esa forma, con lo precipitado anteponiéndose y tu total falta de poder de decisión en nada. Así que más bien te lo voy a ordenar. Pórtate bien conmigo y sé más cariñoso… O tengo un bonito perrito que se alimenta de personas vivas, ¿sabes? Y está un poco descuidado estos días.
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Mensaje por Honey Kawahara el Dom Abr 19, 2020 3:29 am

Por poco dio un salto cuando lo sintió volver a tocarlo, como si cada músculo en su cuerpo se tensara, preparándose para huir, y se mantuvo así por unos instantes. Solo un momento antes de resignarse. ¿Qué más podía hacer, sabiendo de qué era capaz el otro? No, más bien, sabiendo de lo poco que era capaz él mismo de hacer algo al respecto. Apenas era más que un pobre indefenso, y eso tan solo porque se rehusaba totalmente a creer en si mismo como tal, evitando pensarlo lo más posible. Evitando pensar, en general, manteniendo la vista desenfocada, tan solo siendo capaz de sobresaltarse con cada movimiento que lo sorprendía de más. Había pasado, en algún punto, a mantener los brazos delante de sí, aún buscando cubrirse de la forma en que pudiera (motivado a iguales partes por vergüenza y miedo). Y así como estaba, cerró los puños con toda la fuerza que pudo, solo con tal de mantenerse callado y no ganarse algo aún peor por haber interrumpido la lectura.

Lectura que no terminó de notar en qué momento terminó, concentrado como estaba en su tarea de mantenerse callado y no soltarle alguno de los insultos que se le ocurrían y que, progresivamente, se volvían menos y menos refinados. Y, para cuando lo notó, los momentos de silencio fueron casi tan abrumadores que no se atrevió tampoco a interrumpirlos.

De alguna forma, el escucharlo hablar de vuelta no fue lo que podía llamar un alivio, sino más bien totalmente lo contrario a este, como debería haberse esperado. No estaba seguro de qué de todo había sido –si la amenaza, si la sugerencia sobre qué debería hacer allí, o el hecho de que él le hubiera ordenado algo–, pero una sensación fría le trepó por la espalda hasta asentarse en su nuca, y si no hubiera sido porque todos sus músculos parecían haberse paralizado, estaba seguro de que estaría temblando en ese mismo momento.

Solo después de un par de momentos después que las palabras terminaron de hacerse entendibles –o, más bien, que terminó de entenderlas como algo en serio–, y un huracán de emociones lo golpeó, dejándolo con casi tantas ganas de reír ante lo totalmente absurdo que esto le hubiera parecido tan solo unas semanas antes, como de llorar ante el hecho de que esto era lo que estaba pasando ahora. Recurrió una vez más a la técnica de hacer tanta presión como podía con sus uñas sobre la palma de sus manos, intentando ignorar la forma en que su visión se volvió borrosa por unos instantes, de la misma forma en que siempre lo hacía cuando sus ojos comenzaban a humedecerse de más. Eso no era lo que necesitaba ahora, no. Su mueca de disgusto debió haber sido más que obvia.

¿Qué crees que...?–empezó a decir, interrumpiéndose apenas notó la forma en que murmuraba (una forma que solo podía llamar ridícula), para luego volver a empezar; esta vez, intentando usar toda la seguridad que pudo,– ¿Ordenarme? ¿Quién crees que eres?

Empujó cualquier otra cosa que sintiera de lado, intentando alejarlas lo más posible de sus pensamientos. Lo único ahora que le importaba, y lo único a lo que pensaba aferrarse, era a la respuesta inmediata ante esa clase de insulto, porque no podía considerarlo nada menos, no. Si no estuviera seguro de lo inútil que sería y de lo patético que se vería hacerlo (y eso solo lograba molestarlo aún más), estaría intentando alejarse de la forma que fuera, solo con tal de reafirmar su punto. Se resignó tan solo a agarrar la mano que había dejado sobre su abdomen, sin ejercer fuerza (veía innecesario cansarse de forma inútil ahora mismo), sino solo para que pudiera notarlo. Podía tolerar bastantes cosas, y era lo que había estado haciendo, pero tenía un límite, y estaba seguro de que era ese.

Preferiría, por mucho, que…–Se detuvo, antes de terminar la frase, casi como si la adrenalina acabara de dejar de hacer efecto y se hubiera dado cuenta de lo que decía. Lo que no estaría muy lejos de la realidad, aún si no estaba acostumbrado a hablar antes de pensar, o sin hacerlo, pero parecía tener sus excepciones.

Intentó continuar la frase, pero fue como si algo lo detuviera, enroscándose en su cuello de una forma que parecía querer asfixiarlo, incluso cuando se sabía incapaz de sentir tal cosa. Preferiría que lo matara, estaba seguro de tal cosa, y aún así, no podía convencerse de romper el silencio de vuelta, no con eso. Casi para hacerlo peor, solo podía enfocarse en una cosa ahora, y era lo totalmente expuesta que acababa de dejar su gema.

Volvió a sentir sus manos temblar, y casi tan pronto como lo hizo, un escalofrío se encargó del resto. Y aún así, no estaba dispuesto a ceder. No, quedarse callado luego de eso le parecía casi admitir una derrota, y no estaba para eso ahora.

No soy tu maldito juguete, ¿sabes?–terminó por decir, casi más por decir algo que porque confiara en que esa frase (o cualquiera de las otras, agregó desde el fondo de sus pensamientos) fuera a hacer algo.
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Mensaje por Apofis Misr el Lun Abr 20, 2020 11:03 am

¿Estaba llorando? ¿Honey había comenzado a llorar por cuatro caricias mal hechas? Penoso. Patético, sin duda alguna, teniendo en cuenta que antes lo había secuestrado, apalizado, apuñalado, y aun así, lo que lo había derrumbado era el inicio de lo que él quería derivar en un poco de cariño desmedido que por supuesto, pensaba derivar en algo más, porque el cuerpo del contrario, en vez de parecerle demasiado joven… Le parecía perfecto. Tan vulnerable, tan débil, tan fácil de humillarlo, que no dudaría en hacerlo si le llegaba la oportunidad, cegándose por aquel olor a endeble que el otro desprendía, cómo aquellos torpes intentos de soltarse sólo acabarían con él rompiéndose las uñas contra su piel si seguía, haciéndose a sí mismo más y más daño, torturándose todavía más de lo que él pensaba permitir antes de terminar de profanarlo como lo que era, un mero juguete al que destrozar como él deseara.

Mientras el otro se dejaba, él seguía con sus roces y caricias, apretando y masajeando aquel pequeño glúteo que tan pequeño y bien compactado como era, parecía exigirle con su mera existencia que siguiera siendo tocado. Hasta tiró un poco hacia abajo de la tela del pantalón del contrario, con tal de dejar al descubierto un poco de carne que tocar también. Carne que por supuesto, estaría encantado de catar en más de un sentido, y cosa a la que se disponía a proceder hasta que… El otro, en su absoluta ingenuidad, lo que hizo fue el mayor error que podría haber cometido en su corta e irrelevante vida. Intentar hacerle daño. A él.

Lo dejó. Dejó que pasara.

Su cuello acabó rodeado por las débiles manos del contrario, notando cómo este intentaba en vano comenzar a estrangularle en una posición que era, además, muy mala para acabar con una vida humana, larga, que daba oportunidad a la resistencia incluso cuando la otra persona era mucho más débil que tú. Lo veía. Veía aquella rabia y odio acumulados en esos pequeños ojos que ahora parecían hasta enorgullecerse de aquel movimiento tan increíblemente suicida. Algo estaba haciendo él, por supuesto. Una mano intentaba fingir que estaba intentando combatir al contrario, pero la otra se había mantenido en el trasero de Honey, hasta introduciéndose por dentro del pantalón para atrapar aquella nalga totalmente expuesta. Sentir resistencia, sentir aquellas manos a su alrededor… Tendría que dolerle, ¿verdad? Pero no lo hacía. Y era una lástima, porque él amaba el dolor como si fuera el más grande de los placeres, y desde que su piel se había endurecido tanto como lo había hecho, a una escala en la que compararla con un material en concreto sería absurdo, ya no sentía nada. Le gustaba imaginar que el otro le hería con aquello, que necesitaba patalear desesperadamente para intentar sobrevivir. Pero no había nada, y por mucho que pudiera actuar, no sería tan satisfactorio como arruinarle toda su esperanza con un solo movimiento de mano.

¿Y qué movimiento sería ese? Levantarse poco a poco, colocando su espalda en forma de recta perfecta para luego usar la mano que no estaba (todavía) profanando aquel trasero para meterle un fuerte empujón, que bastaría para tirar abajo una pared sin demasiado problema, con tal de tirarlo contra el otro lado de la pequeña cama, levantándose poco a poco, tan relajado en apariencia que nadie podría decir que hubiera pasado algo ahí. Honey había cometido un error, y quería darle tiempo de que se percatara de ello, que pudiera procesarlo, que fuera consciente del castigo que posiblemente iba a tener que afrontar y que seguramente no le iba a gustar.

En su mano, discretamente pero no lo suficiente para que no pasara inadvertido, apareció una especie de vara, larga, flexible al llegar al final y cuya dureza y textura recordaban al cuero, totalmente negra. Una fusta que no parecía creada para ser demasiado gentil si golpeaba, precisamente, y que comenzó a crecer hasta tomar un tamaño que no alcanzaría el medio metro, pero sí quizá los treinta centímetros. No necesitas una gran capacidad de deducción para saber lo que se disponía a hacer.

Primero de todo, agarrarlo por el pescuezo, como había hecho la primera vez que le atrapó, sentándose de nuevo para colocarlo sobre sus piernas, de espaldas. El otro podía resistirse tanto como quisiera, porque esa vez iba a ir con mucha más fuerza de la que habitualmente usaba para agarrarlo. La sensación, para que la entendamos, sería similar a… Que te aplastarla la rueda de un camión pero por alguna razón no te mueres por acabar prensado ni por ninguna otra razón. Una sensación desagradable, tortuosa, agónica, y que iba a perpetuar tanto como el otro perpetuara su resistencia. En cuanto cesara en su afán por intentar resistirse, dejaría de hacer tanta fuerza, pero no por ello se iba a contener más de lo que ya estaba haciendo.

Primero, dejó caer el látigo contra la espalda del contrario, retumbando por toda la habitación y quizá, por todo aquel pasillo, por cómo desaparecieron los todavía presentes ruidos que solo una voz viva podría emitir.

-No me gustan. Las perras -se detuvo, para dar un segundo latigazo, justo en el mismo lugar, no solo para hacer que sin duda alguna ahí quedara una cicatriz que tardaría en desaparecer, también dolería bastante más que la primera- que se retuercen ni intentan cosas sin mi permiso. TÚ NO TIENES PERMISO PARA INTENTAR NADA, ¿ENTENDIDO? -era la primera vez que había levantado la voz a Honey. Podía haberlo maltratado, torturado, pero nunca, nunca, jamás, verías a Apofis gritar si no le habías hecho algo verdaderamente ofensivo. Sus gritos mezclaban la fuerza con la que alguien criado en Arabia podía llegar a hablar debido al potente lenguaje, que mostraba fonemas - Mal, Honey, mal. Eres una perra mala, muy mala -otro latigazo, ahora un poco más débil, porque sabía que el otro no iba ni a poder responderle porque iba a estar muy ocupado gritando y llorando, cosas en las que había demostrado ser un verdadero experto- LAS PERRAS NO INTENTAN ESTRANGULAR A SUS AMOS. ¿¡LO HAS ENTENDIDO!? ¿¡NECESITAS QUE GRITE MÁS O YA TE QUEDA CLARO!?
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Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis] Empty Re: Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis]

Mensaje por Honey Kawahara el Mar Abr 21, 2020 1:23 am

Por un momento, se sintió hasta orgulloso de si mismo, como si ese hubiera sido su mayor acto de rebeldía (lo cual, en parte, era cierto). Solo por un momento, si es que es necesario aclararlo. Al siguiente, lo consideraba lo que seguramente sería su peor arrepentimiento. Es que, para Apofis, bastó con un empujón para volver a mostrarle lo lejos que se encontraba de ser una amenaza, o nada que se asemejara a esta. Y también le bastó con eso para volver a dejar en claro por qué es que se sentía tan indefenso cuando lo tenía al lado.

No despegó su vista de él, ni siquiera se movió, incluso cuando él si lo hizo– no se sentía capaz de hacer ninguna de las dos cosas ya. Apenas podía creer que siguiera consciente, y con pensamientos en cierta medida coherentes, en lugar de haberse desmayado por el terror puro que sentía recorrerlo en su totalidad. El que las intenciones del otro fueran tan obvias no fue  lo que podía decirse una ayuda, tampoco; por el contrario, apenas notó qué clase de objeto había creado, estaba del todo seguro que iba a desmayarse.

No tuvo tiempo para eso.

Él lo atrapó antes de que pudiera decir nada, y no le llevó mucho darse cuenta de que lo tenía, a fines prácticos, inmovilizado. Durante solo unos segundos, apenas se vio atrapado, intentó soltarse de alguna forma, sacudiéndose como pudo, antes de comprender lo inútil que era– lo contraproducente que era, más bien, porque tenía muchas más posibilidades de terminar lastimándose él mismo antes de hacer ceder el agarre, suponiendo que fuera capaz de tal cosa (y estaba convencido de que no lo era). No era la primera vez que lo tenía así, no, pero, y a menos que su mente le estuviera jugando una mala pasada, ahora era aún peor.

El primer golpe llegó antes de lo que pudo pensar en que lo haría– lo hizo abrir la boca en un chillido ahogado, en lo que el impacto inicial se dispersaba por su espalda. El segundo fue el que lo hizo terminar de soltar las lágrimas en serio, mordiéndose el labio inferior con tal de evitar gritar (o al menos, que el sonido terminara de salir de su boca), con tanta fuerza que estaba seguro que, de haber podido, ya lo hubiera hecho sangrar. O eso es lo que suponía, al menos, porque apenas y podía concentrarse en si eso dolía tanto o no.

Entonces, él levantó la voz, y– ¿Podía acaso detenerse su corazón si este ni siquiera latía? Por poco lo hizo creer que sí. Escucharlo hablar le daba el suficiente miedo ya, pero, ¿esto? Era demasiado, demasiado como para poder mantener sus pensamientos del lado correcto de la línea que separaba la razón del instinto; cada una de sus palabras no solo parecía hacer eco en la habitación, sino también en su mente. Eso, o las sentía reforzar los golpes, cualquiera de las dos opciones, quizás (y más seguramente) ambas. Lo de insistir no solo en insultarlo, sino en resaltar la autoridad que tenía sobre él (el nombrarse como “amo” se sintió como una punzada), tan solo parecía ser otro intento de romper su ego. Quería maldecirse por no haberle hecho caso desde antes, y al mismo tiempo, se daba asco de solo pensar en eso, aún si no podía quitarse la sensación de que era cierto.

No era solo el que le gritara, no, podría haber lidiado con eso en casi cualquier otra situación, no era algo que le resultara poco familiar. Era, por un lado, que fuera él, y por el otro, que fuera ahí, en una habitación cuyas paredes se sentían hechas de papel pintado.

Quería– necesitaba hacer algo, lo que fuera. No en pos de defender su dignidad, que para este momento podía ver destruida en el suelo como un cristal pisoteado, tan solo con tal de proteger lo poco que le quedaba, si es que eso era posible siquiera. Y es que contener sus quejidos cada vez le costaba más, tomando en cuenta el ya más de un par que había dejado escapar. No, tenía que hacer algo, pronto, aunque fuera antes de perder cualquier esperanza de que sirviera.

Perdón…–murmuró, las palabras casi raspándole la garganta, apenas pudiendo escucharse él mismo. ¿Qué más podía decir? Estaba sorprendido por incluso haber sido capaz de hablar para ese punto, pero si todavía lo era, entonces le diría lo que fuera con tal de que parara de una vez. Claro que no solo el llanto hacía que cualquier intento por pronunciar una frase de más de un par de palabras fuera a ser completamente inútil, porque ya mucho aire estaba gastando en eso como para hablar de más, sino que su vocabulario estaba reducido de forma más que notoria. Así que, hizo lo único que se le ocurrió como solución.–¡Perdón-! Por favor…

Ni siquiera podía pararse a pensar en lo humillante que era, o en lo patético que se sentiría después, no solo por lloriquear de tal forma frente a alguien así, sino por suplicarle que lo perdone, o por el montón de incoherencias que se asemejaban a eso que intentó soltar entre medio, y después, de las únicas palabras con sentido que alcanzó a decir. No, todos sus pensamientos estaban concentrados en buscar alguna forma que se detuviera, o al menos, que dejara de gritarle. No solo por el dolor, no –aún si este era un motivo muy fuerte–, sino porque estaba seguro de que, con las habitaciones pegadas una al lado de otra, y con la forma en que levantó la voz, más de uno habría escuchado, y con todo detalle, lo que estaba pasando.

Lo odiaba. Lo odiaba, lo odiaba, lo odiaba. A sí mismo también, claro, aunque en menor medida, al menos en este momento. Lo último que quería, en un lugar como ese, era el ser visto como alguien vulnerable, como alguien indefenso, como alguien que se puede romper con tan solo tocarlo, y el que esto lo hiciera sentirse así era exactamente eso que buscaba evitar.

Lo que sea, solo… Por favor...–alcanzó a murmurar, cerrando los ojos con fuerza, intentando detener sus lágrimas aunque fuera solo por un momento, sin éxito tampoco.

Lo que quería decir era más bien un “haré lo que sea, solo déjame, por favor”, del cual, si hubiera estado pensando de forma normal, sabría que se hubiera arrepentido al instante– o por lo menos, no más que un par de momentos después, cuando descubriera lo que ese “lo que sea” podía implicar, claro. Pero ni estaba pensando de forma normal, ni podía arrepentirse de algo más que lo que ya había hecho. Para ese momento, una oferta así sonaba como lo único que podía llegar a salvarlo.
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Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis] Empty Re: Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis]

Mensaje por Apofis Misr el Sáb Abr 25, 2020 1:05 pm

Similar a una tormenta eran los gritos que desde lo más profundo de su garganta salían, fruto de la ira y las constantes maldiciones en árabe que estaba diciendo por despecho (que no eran maldiciones reales, calma, de eso también conoce, pero no se excedería tanto en un producto tan delicado), cada vez más cavernosos y graves, deformándose a medida que sus pupilas se iban cerrando poco a poco hasta quedar reducidas a una fina línea viperina, mientras la ira que Apofis descargaba quedaba marcada en aquellas homólogas heridas (igualmente delgadas y afiladas, brillantes de aquello que si el otro fuera un humano, tendría que ser rojizo, arrojando cual erupción sangre en pequeñas gotas, pero en vista de la raza del contrario, era obvio que eso no pasaría). Parecía que aquello le desahogaba más que de sobra y compensaba el desequilibrio que había ocasionado Honey segundos atrás al haber intentado cambiar a una posición que obviamente, no le correspondía.

El sonido del golpe contra la piel, desgarrando las primeras capas de la dermis ajena, retumbaban por todo el pasillo, haciendo eco y volviendo ese desagradable sonido a sus oídos al poco rato, que se regocijaban por lo horrendo y carnal de la situación. Tal escenario le recordaba a las carnicerías que tenían lugar en su templo horas antes de empezar con los ritos sagrados de mayor importancia, en el que sus jóvenes víctimas eran arrojadas a pequeños cuartos para ser víctimas de los deseos de quienes le habían jurado fidelidad a cambio de convertirse en acólitos de su templo y conocedores de sus hechizos.

Lo carnal siempre le había fascinado, y no siempre la parte de la carne más inocente, sino la que hay unos pocos centímetros por debajo, una vez se ha enterrado lo suficiente el dedo en las heridas que muy constantemente aparecían en quienes estaban forzados a convivir junto a él. Y no se iba a contener por mucho que viera que Honey gritase, porque eso era precisamente lo que buscaba, que aquella garganta se desgarrara en agónicos alaridos de dolor y súplicas de auxilio. A las que complementaba, por supuesto, con golpes para intensificarlas todavía más.

Sí, había escuchado a Honey implorar clemencia, y sí, era consciente de que quizá aquello iba a dejar una marca que no se iba a ir en meses. Pero nadie iba a comprar a aquel muchacho porque primero de todo, ya había hecho él uso de sus influencias para que ni figurase en el catálogo como algo a la venta tan siquiera. Era mercancía, sí, pero mercancía que se iba a quedar ahí hasta que el propio Apofis decidiera qué hacer con ella.

Pero cuando terminó de descargar todo su arsenal de insultos sobre lo que le haría a Honey y a su padre que conocía en árabe, detuvo los golpes y los seseos. La fusta, de textura rugosa y que como se ha dicho, réplica del cuero mal refinado, mezclaba ahora el azabache de su material original con el color del material del que fuera la sustancia que hiciera de suplente de la sangre en el cuerpo de aquella criatura. Lo arrojó hacia un lado, tras mirarlo por unos segundos y regodearse por tanto como había conseguido hacer con un par de golpes no necesariamente fuertes si teníamos en cuenta lo que podía hacer. Pero eso solo había sido la primera parte del castigo. A su parecer, toda reprimenda debía tener tres etapas muy diferenciadas si se quería enderezar el camino de quien la sufría: primero, el dolor. Luego, la humillación. Y tercero, si el otro se arrepentía a tiempo, placer para darle un estímulo positivo.

-Oh… Mi pequeño. -repentinamente, parecía haber recuperado la calma. Posó su mano ahora libre en el trasero del contrario, dejando la mano completamente abierta ahí sin llegar a apretar, solo posada, recorriendo la figura, mientras que con la otra le sostenía a la altura del omóplato como había hecho para que no se moviera durante los latigazos- De verdad, que eres… Tan adorable. Me hace tanto daño tener que castigarte, que no desearía tener que verme en esa tesitura. Sin embargo, no me dejas opción. Antes de nada… -clavó una “uña” (o más bien su dedo, da igual) en la parte del pantalón bajo la cual se encontraba el momento exacto en que ambas nalgas comenzaban a unirse, por una simple razón. Esa zona, por la anatomía humana, quedaba un poco de “espacio”, si el cuerpo se mantenía erguido o recto, a no ser que la persona fuera muy “extensa a los lados”, que no era el caso. No estaba tan pegada a la piel, y eso facilitaba que apretando un poco, todo el tejido del pantalón de diera de sí. Un lugar perfecto para hacerlo, por cierto, porque además lo mantenía unido pero con un “agujero” lo suficientemente grande para lo que le interesaba hacer en un rato. Y con eso, podía meter su dedo como si fuera un gancho y tirar hacia abajo en diagonal, abriendo un agujero importante que al no tocar la cintura pero sí arranchó hasta la altura del muslo de Honey, para luego tirar del trozo de tela que había quedado desprendido y arrojarlo contra el suelo. No lo iban a necesitar, y era cruel hasta para bajar unos pantalones. Sabía que así era más violento, más forzado, menos elegante, y le daría todavía menos tiempo para mentalizarse porque ahora, con solo bajar una tela tan fina como prácticamente poco más que un papel, lo tendría totalmente expuesto a su voluntad, como siempre lo estaba- Esto así. Y ni se te ocurra cubrirte. Ahora…

Lo reincorporó poco a poco sobre sus piernas, de tal forma que la cadera del otro quedara junto a la suya y sus dos cabezas mirándose. Ahora, por obvia comodidad, sus manos se encontraban en la cintura del contrario, mientras que su mirada se había quedado clavada en los ojos del contrario. Cuán diferente y cuánto contrastaban los rubíes de uno con las llorosas perlas del otro. Casi de forma poética, parecía que ahí chocara toda la energía y fuerza de Apofis con la pasividad y resignación de alguien que segundos atrás había suplicado clemencia.

-No quería hacerlo, pequeño. Te quería dar la oportunidad de poder irte de aquí con otro amo, que pudieras rezar a la suerte y si la Diosa Fortuna te diera su favor, podrías haber acabado con un amo compasivo que te tratara como su hijo. Pero ya… No vas a tener nada de eso. Mañana mismo, comenzaré a hacer el papeleo de tu compra. Vendrás conmigo a casa, y trabajarás aquí como un cuidador y vendedor. Te obligaré a hacer cosas horribles. Y tú, al final, acabarás todavía más loco que yo
. -sonrió, mientras aprovechaba para pegarlo un poco más a él, lo suficiente para que acabaran completamente pegados, sin nada de espacio que el otro pudiera utilizar para pensar que tenía opción de nada tan siquiera- Y… Supongo que sabes que va a venir algo más hoy, ¿verdad?
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Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis] Empty Re: Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis]

Mensaje por Honey Kawahara el Dom Abr 26, 2020 6:41 pm

Para cuando el otro pareció calmarse (y ese pareció lo usaba con muy, muy poca seguridad), lo sorprendía el todavía poder sentir más de la mitad de su cuerpo, aunque no de forma positiva. Por poco y hubiera preferido que fuera al contrario, solo porque al menos así, no tendría que estar dudando de su capacidad para poder moverse sin arrepentirse de inmediato. Aunque tampoco dudó mucho sobre eso, no; el otro lo ayudó a encontrar al respuesta a eso bastante rápido, con un “no, no puedes” que vino de haberlo obligado a hacerlo. Ni siquiera pensó en mostrar alguna clase de resistencia después de eso. No solo porque, si ya de por sí le costaba lo que era moverse, ni hablar de hacer fuerza, sino también porque le había quedado más que claro como podía terminar eso.

Así que simplemente lo dejó hacer como quiso, concentrándose tan solo en haber dejado de llorar al fin (y en mantenerse así, aunque le tomara toda la fuerza que le quedaba). Estaba casi de más decir que no creía en nada del discurso del otro sobre cuanto no quería castigarle; que si bien sentía algo que se podría describir como arrepentimiento por haber intentado atacarlo, no era justamente por culpa, sino más bien por lo irracional que había sido, no iba a creer que nada de eso era precisamente su culpa. Le parecía casi ridícula la forma en que intentaba implicar aquello, y, de no ser porque se estaba enfocando en eso, se le haría incluso enfermiza, casi aterradora, si tan solo por lo honesto que parecía estar siendo– y aún así, no era capaz de sentir más que una ligera molestia. No, lo que se llevaba su verdadero enojo, mucho más que cualquier cosa que pudiera hacer el otro, era su propio comportamiento, demasiado… dócil, a falta de una palabra mejor.

¿El mayor ejemplo de eso? Su casi nula reacción a que el otro le desgarrase la ropa que aún llevaba puesta, que de haber ocurrida más temprano se hubiera llevado, como mínimo, una queja; ahora, si tuvo una reacción siquiera, fue tan solo por esperarse que fuera a… lastimarlo, como mínimo. En lo que sería, en una situación así, el mejor sentido de la palabra, porque tampoco pensó en nada más allá de eso hasta un par de momentos después. Y le hubiera gustado no hacerlo, porque el enojo, y el asco y el miedo, en lugar de ocultar el uno al otro solo se potenciaban entre sí.

Por suerte (o no tanta), tuvo más bien poco tiempo de pensar. En primer lugar, porque el que Apofis se diera el derecho de acomodarlo como quisiera ya era suficientemente humillante como para distraerlo. Segundo, porque la sensación de rechazo pura que le traía el tenerlo tan cerca solo empeoraba lo anterior. Y por último, porque antes de poder elaborar un único pensamiento coherente ante eso (o, aunque fuera, una respuesta ocurrente que no podría decir), él se puso a hablarle, y no sabía si era por el miedo que ya le tenía o por la experiencia de recién, pero no se atrevía siquiera a pensar por encima de sus palabras, no vaya a ser que eso, también, le pareciera una ofensa.

A medida que lo escuchaba, extrañaba más y más los tiempos de hace unos cuantos segundos atrás, cuando no le estaba hablando ni diciendo cosas que ojalá fueran tan solo una alucinación auditiva. Cualquier rastro de fortaleza en su expresión –que venían solamente de lo insultado que se sentía ante todo eso, y de su intento por no verse como si acabara de estar llorando de una forma que prefería no describir (por mucho que fuera así)– empezaba a deshacerse, reemplazados por el gesto de alguien a quien le confirmaban que su peor miedo era totalmente real.

Él… No podía estar hablando en serio. Eso tenía que ser parte del castigo, ¿no? Solo una amenaza sin sentido para asustarlo más, nada más que eso. No podía contemplar la posibilidad de que lo dijera en serio, no si quería conservar lo poco de estabilidad emocional que todavía creía que le quedaba. No porque hubiera pensado antes en ser comprado, porque aún si conocía la posibilidad y sabía que era algo que podría pasar, nunca se había puesto a pensar demasiado en esta, ni en por quién podría ser, ni cómo– no era algo en lo que quisiera pensar, de cualquier modo. E, incluso de imaginar el salir de allí, habría pensado en nunca volver a tal sitio, en irse lo más lejos posible, lejos de allí y, si pudiera, lejos de esa isla. Así que imaginar no solo el no poder apartarse de ese infierno (porque, si había una forma de describirlo, tenía que ser esa), sino que además, el que eso fuera porque él era su– no, no podía pensar en algo así.

Y aún así, tampoco podía pensar en que fuera solo una mentira, y eso lo hacía casi peor. Aún si le estaba rogando al universo o a cualquiera que estuviera a cargo de este que se tratara solo de la mentira más cruel que le hayan dicho, eso mismo le servía como confirmación de que no era así. Porque el que no se tratara de eso sería el peor de los casos, y si algo había aprendido, era que ahora ese solía ser el más cierto.

Nada de ese debate interno era de ayuda, lo reconocía, pero poco más era capaz de hacer además de pensar en ello. Si ya le era difícil el intentar mirar al otro a los ojos desde antes, en tanto comenzó a tenerlo, simplemente no podía sostenerle la mirada. En realidad, le parecía casi un milagro el mantener los ojos abiertos (aún si lo hacía solo porque lo aterraba lo que pasaría si los cerraba), porque por mucho que anduviera mirando hacia abajo, o hacia un lado, lo tenía lo suficientemente cerca como para que se mantuviera en su campo de visión de todas formas. Y si a eso le sumaba su rango de movimiento limitado, tanto por la distancia como porque no se atrevía a moverse de más, no vaya a ser… En fin, que solo conseguía ponerse más y más nervioso, y eso no le dejaba demasiados ánimos para hacer algo más que pensar de más las cosas.

Al menos, hasta que dijo eso último, y se quitó cualquier clase de debate o pensamiento sobre el futuro de inmediato. Y también se quitó cualquier motivo que tenía para evitarle la mirada, incluyendo que sabía que no hacerlo no ayudaría a disminuir justamente el miedo que sentía, porque apenas entendió lo que decía, no pudo evitar volver a mirarlo directamente a los ojos– con el resultado que había estado intentando evitar haciéndose presente al instante, lanzándole un escalofrío que no hubiera podido disimular incluso de haber sido consciente de este.

¿Qué quieres decir con…?

Decir que cayó en cuenta de todo lo que estaba pasando sería poco. No, más bien, su mente se fue directo a la peor posibilidad que se le ocurrió, encontrando muchas más justificaciones para esta de las que jamás hubiera querido tener. Porque, si bien en el fondo sabía que todo aquello no terminaría solo con un par de palabras fuertes, se había permitido la ilusión de creer que, quizás, y con todo lo anterior, el otro simplemente se cansaría de él y ese sería el final de toda esa historia, y podría ignorar que todavía recordaba con demasiado detalle más de una cosa que le había dicho antes. Una ilusión que ahora solo podía ver como estúpida, como un intento desesperado de ser optimista bajo esas circunstancias con tal de mantenerse a flote, y, ahora que se encontraba hecha pedacitos, como otro motivo más para sentirse, como mínimo, horrorizado ante… Lo que fuera que estuviera implicando con esa frase.

...No…–alcanzó a murmurar. No tenía la más mínima idea de qué decir, de qué podría ser útil, de… Qué hacer, en definitiva. No sabía siquiera si recordaba el suficiente inglés para rogar siquiera, ni si podía concentrarse en eso y en mantenerse sin llorar al mismo tiempo.
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Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis] Empty Re: Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis]

Mensaje por Apofis Misr el Miér Abr 29, 2020 2:01 pm

Poco le importaba escuchar a aquel pobre ser negarse e intentar engañarse con ello de su realidad, del inefable destino que le deparaba una vez haber convocado ahí algo más que lujuria por parte de Apofis. ¿Es que acaso no era un castigo equitativo? A ojos de aquel hombre cuya empatía se reducía cada día que pasaba, todavía debería plantearse algún castigo de todavía mayor magnitud si cabía la posibilidad, aunque la idea de verle trabajar como uno de los hombres que en ese momento mantenían subyugada a la “población” del mercado, que le oprimían a él también. ¿Qué mayor humillación podía haber para alguien que no solo tener que unirte a tu rival, también convertirte en el enemigo?

Se relamía, su boca salivaba con solo pensar en ello, en tan pérfido escenario que podía desarrollar para su próximo acto junto. Quizá debería escribir todas sus ideas con tal de mantenerlas presentes de una forma más sólida, y así seguir organizando con todavía más rectitud el destino que depararía a aquel muchacho, un fatum que desde las primeras palabras de Honey hasta ese momento, aquel muchacho había cedido al demonio quisiera o no, y le agradara el resultado de este o deseara con todas sus fuerzas alterarlo. Nadie puede detener el avance inexorable de la muerte, al igual que nada puede con la imparable voluntad de Apofis, que tanto por suerte como por poder, se había hecho amo y señor de más de un par de cientos de almas vivas en todo el mundo.

Algunos lo hacían por poder, otros por subsistencia… Y otros caían por ser tan tozudos como no permanecer serviles ante alguien que obviamente, podía apisonarlos como si fueran gusanos en la bota de un fuerte soldado. Ese último sería el caso de Honey. Nada iba a detener la cuenta atrás. Aquella noche, sería la última que el doll podría dormir sin estar rodeado por los fuertes, delgados y musculados brazos de Apofis.

Aunque siendo realistas, ya lo estaba de por sí, y hacía un largo rato desde que Apofis había comenzado a dedicar su debida atención al glúteo del contrario. Y mientras este seguía con sus negaciones, él volvió a dejar la mano ahí, apretando ligeramente mientras la otra recorría la espalda ajena poco a poco, paseando las yemas de sus dedos por las heridas que él mismo había abierto en ese cuerpo, orgulloso como un artista estaría de su obra. Notaba las marcas que había dejado, el tamaño y grosor de estas, lo profundas que eran cada una, y lo disfrutaba más que nada. Bien era cierto que el látigo en cuestión no estaba creado para hacer daño, y que por mucha fuerza que hubiera hecho, nada ahí iba a ser permanente ni muy profundo. Solo dolía, y si el otro tenía nervio en la piel, podría notar una muy incómoda sensación por ahí, dolorosa a la par que aguda, como obviamente pasaría si te metían un dedo en una herida recién hecha. Pero sabía que esa forma de hacer daño estaba demasiado vista, que el cuerpo de Honey quizá hasta podría acostumbrarse a ella si se excedía en su uso. En cambio, también era sabedor de una segunda forma de dañarlo que estaba mostrando sus devastadores resultados por cómo las lágrimas amenazaban por salir de aquellos pequeños e inertes ojos, que cada segundo que pasaban parecían perder más y más la energía con la que antes intentó enfrentarse a él. Ahora solo quedaba terminar de rematarlo para tener un inerte vivo que más parecería cercano a la muerte que al alma que segundos atrás podría haber preservado de ser menos arrogante.

-¿Y sabes qué? No solo te voy a arrastrar a ti al infierno. Alguien más va a pagar tu estupidez. ¿Sabes ese unicornio que tiene su habitación colocada a tu lado? Pues lo traje aquí o también, pero no tenía intención de apropiármelo. Mañana, cuando estéis por última vez en el comedor antes de que os lleve a vuestro nuevo hogar… Dile que le van a comprar gracias a ti. Y que conoce más que de sobra a su futuro amo.

Sentenció, tajante, antes de atacar con fiereza los labios ajenos con los suyos, fundiéndolos en un incómodo y violento beso con Honey. ¿Intentar morder? Adelante. Seguro que eso iba a funcionar extremadamente bien y no iba a provocar la furia de Apofis en ningún momento, cuyas manos seguían estratégicamente colocadas para poder desgarrar cualquier herida que ya tuviera abierta el joven para causar el mayor daño posible en aquel cuerpo.

Podía atragantar al otro con su lengua, o que acabara sin aire tan siquiera, pero él iba a seguir besando tanto como le viniera en gana, hasta mordiendo cuando se sentía suficientemente tentado. Y es que sentir ya durante tanto tiempo a aquel joven sobre él, incapaz de zafarse de su agarre y tan debilitado como lo estaba, era algo que verdaderamente podía llegar a parecer del disfrute de Apofis. Solo parecía sentir excitación por aquellas cosas, por aquello que más que carnal, era doloroso para el otro, para aquel que tenía que llevar la humillación de ser sometido por él.

Poco a poco, retiró los labios, para luego arrojarlo a un lado de la cama. Podía notar su “tensión” acumulada en cierta parte del cuerpo, sin embargo, por el desprecio con el que había hecho aquello, se podría pensar que por alguna razón había perdido el interés repentinamente por el joven. Obviamente, eso no era así, y solo estaba… Esperando a seguir con el juego un poco más, darle un par de tiradas más a los dados antes de lanzar el as maestro que pondría fin a todo aquel debacle que desde hacía un buen rato estaba teniendo lugar en aquella habitación (y todo por culpa de que Honey había querido ir a dar una vuelta por una razón u otra. Quizá, si se hubiera quedado quieto, otra persona hubiera cargado con su posición. Quizá, con suerte, sería Simon quien estaría en tal tesitura, o Sheron, o cualquier hembra que se cruzara y tuviera suficiente pecho como para que él usara de almohada).

-Ahora… Deja de llorar y compórtate como un varón, que es lo que técnicamente eres, por lo que he notado tocando tu bulto. O escóndete de forma poco gallarda como un animal de granja haría… Y acaba en el matadero más horrible por tu ineptitud.
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Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis] Empty Re: Rude boy, I know you're afraid of the dark [Priv. Apofis]

Mensaje por Honey Kawahara el Vie Mayo 01, 2020 2:16 am

Si este era el momento de ser honesto, entonces diría que preferiría por mucho no saber sobre las intenciones del otro, sobre si hacía esto solo para torturarlo más o porque lo disfrutaba, en lugar de estar seguro de que era por ambas cosas. Preferiría, también, que no pasara lo mismo con el motivo de por qué no se estaba resistiendo, poder dudar de si era por miedo o por falta de voluntad, en lugar de tener la misma respuesta que antes, solo que quizás todavía más convencido.

Por ahora, lo único que hacía era intentar ignorarlo todo, desconectarse de la realidad de alguna forma, como haría de estar teniendo una pesadilla de la que no puede despertarse del todo. Y, si bien podía decirse que lo conseguía, para el momento en que lo hacía, el dolor se encargaba de devolverlo a lo que estaba ocurriendo, al mismo tiempo que lo hacía moverse en dirección contraria a de donde provenía este… Lo que es decir, acercándose lo más que podía a Apofis– y con ello, recordándole por qué quería escaparse de la realidad en primer lugar, como una especie de bucle sádico que rompería de la forma que fuera.

De la forma que fuera, sí, excepto por…

No creía que tuviera excepciones en un momento así, mucho menos para eso. No se veía capaz de pensar un “menos...” después de su “preferiría cualquier cosa antes que esto”, no para este punto, no más allá del par de excepciones que se le hacían obvias de tener. Pero ahí estaba una, que acababa de descubrir (aunque, siendo él quien era, podría haberse predicho con facilidad, de no ser porque su ego hacía que se viera a si mismo como todo lo contrario a alguien con culpas), mirándolo a la cara, casi como una burla. Una excepción tan fuerte que hasta nombre tenía.

Por un segundo, apenas lo escuchó, una chispa de enojo se hizo presente, consumida bastante pronto por una amalgama de horror y culpa en lo que iba, de a poco, procesando lo que le decía. Lo miró como si acabara de declararlo culpable de un crimen y, ahora, estuviera impartiendo su sentencia. Se sentía así, también– y lo único que alcanzaba a preguntarse era hasta que punto no era eso exactamente lo que estaba ocurriendo.

Le hubiera gustado decirle que lo dejara fuera de eso, que él solo podía hacerse bastante responsable de sus propias acciones, gracias, aún si eso solo empeoraba su situación. Incluso decirle que, y sabiendo bien que se arrepentiría de tal cosa, su castigo era suyo, que si tenía que desquitarse con alguien, que lo hiciera con él entonces y no involucrara a terceros que no tenían nada que ver. Y eso mismo pensaba decir, si es que el otro se lo hubiera permitido.

Su respuesta a que lo besara fue… No hacer nada. A diferencia de lo que quizás hubiera hecho antes, antes de que sus pensamientos fueran un espiral hacia abajo de qué tan arrepentido podía sentirse, no intentó resistirse, o hacerle daño, o hacer cualquier otra cosa que se le pudiera pasar por la mente, más allá de cerrar los ojos con fuerza, como si el no ver sirviera de algo. Lo veía como una forma de hacerse responsable de sus acciones. No porque se arrepintiera de desafiarlo antes, no exactamente (que también, en parte, pero solo porque se hubiera ahorrado lastimarse innecesariamente), sino por haber involucrado, aún si no fue por propia voluntad, a alguien ajeno a todo eso. A alguien ajeno e inocente, y que, para hacerlo peor, cuya situación, con la poca información que tenía, era mucho más similar a la suya de lo que hubiera querido. De haberlo pensado mejor, quizás se podría haber deshecho de la carga de culpa de alguna forma que no implicara hacerse sufrir aún más, pero en su estado actual, solo eso bastaba para verse merecedor de cualquier castigo que decidieran darle. Y si tal castigo era este, entonces, lo aceptaría tal como era.

Aceptarlo, claro, no hacía que fuera menos incómodo, o asqueroso, o cualquier otro adjetivo con carga negativa que se le viniera a la mente y pudiera aplicarse a… la situación (porque si iba a distanciarse de la realidad, entonces describirla con términos menos vagos solo le serviría para anular ese efecto). Ni tampoco evitó que, cuando la situación le pareció estar durando demasiado, intentara apartarse, arrepintiéndose pronto– si solo el contacto con sus heridas ya difuminaba la linea entre incomodidad y dolor, no era necesario explicar por qué fue una mala decisión el intentar echarse hacia atrás. Un quejido llego a escaparse de su garganta, y rogó porque, con eso de estar ocupado besándolo (adiós, distancia de la realidad), Apofis no habría notado ninguna de las dos cosas.

Cuando lo soltó, por un momento, se trató de la bendición que había creído que sería. Solo por un momento, porque pareciera que ni eso se salvaba de la crueldad con la que él estaba decidido a tratarlo –y aún si se imaginaba que sería así, eso no minimizaba que, de la forma más literal y física posible, doliera. El propio impacto fue suficiente para hacerlo soltar un chillido, que apenas y consiguió, en parte, callar. Se quedó quieto, esperando, más de un par de momentos, hasta que consiguió convencerse de que siquiera podía moverse. Momentos que también dedicó a intentar evitar que los comentarios del otro calaran aún más profundo en su orgullo, o en lo que todavía intentaba resguardar de este.

Trató de reincorporarse, de a poco, aún si era solo a medias, sosteniéndose en sus brazos de una forma que, aún sin ser cómoda ni indolora precisamente (que ninguna de esas cosas le parecía algo que pudiera exigir en este momento, o que acaso pudiera encontrar), al menos lo dejaba mantener la vista fija en el otro. Le traía una sensación familiar, una que solo aumentaba sus ganas de huir, o de quedarse completamente callado y asentir a todo lo que le dijera– aún cuando la primera opción era imposible, y la segunda, aunque quizás la que cualquiera con uso de la razón aconsejaría, no iba a permitirse tomarla. Podía reunir toda la valentía que le quedaba en una mano, y en parte, le parecía que eso mismo estaba haciendo, aún sin estar del todo seguro para qué. Lejos estaba de creer que iba a dejarlo en paz ahora, por mucho que esa fuera la impresión que podría dar, no iba a permitirse esas ilusiones de nuevo.

¿Qué más quieres?–alcanzó a decir, apenas notando las palabras salir de su boca, más como un susurro que como la frase segura que habría querido. Se detuvo un momento antes de volver a hablar, tratando, esta vez, de sonar más seguro, y en lo posible, no como si estuviera rogando (que había tenido suficiente de eso por un largo rato).–¿Que más quieres? ¿No es suficiente con solo castigarme a mí? ¿No te alcanza con eso?

Para eso, para eso estaba reuniendo valor. Con tal de fingir un poco de determinación, la suficiente para convencerse que en serio la tenía. Con tal de fingir, aunque fuera por unos instantes, que era el “bueno” de eso, callar a la culpa. Con tal de ignorar la forma en que apenas y podía mantener la voz firme por más de un par de sílabas. Con tal de que, si le estaba pidiendo valentía, le daría la versión más pura de esta que podía tener ahora.

Si querías desquitarte con alguien- si querías hacerme pagar, ya lo hiciste,–dijo, de nuevo, intentando no darse el tiempo para pensar en lo que decía entre palabra y palabra, ni para notar como cada una sonaba un poco más nerviosa, un poco más frágil que la anterior.–¿No te parece eso suficiente?
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Mensaje por Apofis Misr el Jue Mayo 07, 2020 11:04 am

Aquella noche, estaba convencido de que toda la inocencia que quedara en aquella carcasa terminaría de exhalarse como si fuera un último aliento, antes de que aquella coraza cayera del todo y dejara salir al oscuro “yo” que todos los mortales de aquella ciudad albergaban, sellado hasta que algo les hacía aparecer de nuevo y tomar las riendas del carromato que era cada alma. Un carro que en el caso de Honey, estaba especialmente descarriado, a la espera de que una mano izquierda lo llevara todavía más por el mal camino. El camino de esa lujuria que tanto derrochaban en el mercado negro y que algunos todavía se negaban a aceptar. Aquel pequeño… Todavía tenía que romperse para poder ser reconstruido. Pero quedaba poco. Ya lo veía. Quedaba poco en el interior de aquel chiquillo que lo mantuviera en pie, por cómo se había dejado besar sin oponer la más mínima resistencia, dejándole así disfrutar todavía más de todo su cuerpo.

Parecía que además, su amenaza había servido para amedrentarle por completo. Pero no era una amenaza, solo había estado esperando una excusa para poder lanzar aquel comentario y arrastrar a esos dos a su mansión y brindarles de todo el amor que podía. Bueno, “amor” similar al que estaba expresando aquella mano que se deslizaba por la ropa inferior de Honey, atrapándole todavía aquella nalga y todavía apoderándose de ella, porque vamos a ser sinceros, parecía empeñado en dejarle marcado ahí abajo por alguna irracional razón.

-¿Tú? ¿Crees que me podrías contentar solo, pequeñín? Qué adorable. -comentó, con fingida dulzura, intentando aparentar que las palabras ajenas le enternecían, o que valoraba aquel sacrificio. No, solo mostró respeto por Honey una vez, y fue cuando incluso estuvo dispuesto a morir a cambio de seguir siendo libre. Solo en ese instante, y parecía haberse olvidado de ello por completo- No podrías ni abrirme el apetito. Las serpientes son devoradores que tienden a dejarse llevar por la gula y su rey, Belcelbú, ¿lo sabes? -seseó en ese momento, con un tono especialmente ofidio, haciendo que por unos segundos su lengua mutara a lo que verdaderamente era (fina, delgada, partida ligeramente, como la de cualquier otro reptil de esas características) antes de volver a la “normalidad”- Nunca es “suficiente”. Ese término es para los que tenéis vidas tan cortas. Un castigo puede durar eones si me apetece, o vidas y vidas con todas y cada una de sus reencarnaciones. Y a ti te queda mucho castigo por delante. Así que… Hazte un favor a ti mismo y deja que otros se lleven parte del dolor antes de que se te vuelva insostenible.

Le acarició el cabello con suavidad, en especial por la zona del costado ajeno, con movimientos tan circulares, tan suaves, que parecía hasta cariñoso. Y es que intentaba mantener un tono paternal, intentaba crear demasiadas facetas en sí mismo a la vez para terminar de desequilibrar al contrario. ¿Qué podría esperar alguien de una persona que supuestamente cambiaba en su tacto constantemente? Se había acercado tras arrojarlo con desprecio a un lado, solo para hacer eso mientras que con la otra mano recorría la espalda ajena, buscando volver de nuevo al otro lugar que había estado tocando de mientras.

-Oh, pero tus lágrimas me han desmontado toda la tienda de campaña aun teniéndola ya montada…
-hizo un muy, muy forzado puchero. ¿Os imagináis al quizá mayor villano de la isla con un gesto tan infantil? Pues eso vio Honey por unos segundos, como algo completamente inédito y que no debía servir de precedente, porque prefería seguir atizándole y así iba a hacer por mucho que por alguna razón ahora no tuviera tantas ganas de proceder como en principio había deseado. Con toturarle mentalmente un rato bastaría- Qué pena me da, pero tranquilo, solo estás retrasando lo inevitable. Tu bautizo de sangre tendrá lugar igualmente, de eso no dudes.

Oh, le gustaba ese término. Sí, a partir de ahora, llamaría a violar brutalmente a un hombre sin su consentimiento ni sin que este pudiera resistirse lo más mínimo de esa forma “bautizo de sangre”. Porque sangre era lo que si el otro fuera humano tendría que estar saliendo de aquella malherida espalda, con la que se había enseñado con especial crueldad, y que de vez en cuando recorría con la mano que se encontraba por detrás de Honey solamente por el placer que le producía saber que eso, en efecto, aunque quizá poco, le dolería. Y el dolor era lo único para lo que parecía Apofis existir, como portador indiscutible del mismo en todo lo que le rodeaba.

-Soy Apofis, Apofis Misr, el Omega de todas las cosas, la fría mano diestra de la parca. Nada me contenta.
-su voz sonó firme, segura, totalmente carente de ninguna emoción, como a él le agradaba charlar, tan frío y a la vez repleto de odio y veneno como una serpiente tendría. Tras unos segundos más acariciando el cabello y espalda ajenas, se apartó de nuevo, levantándose de la cama para recoger aquel trozo de pantalón que había arrancado con sus propias manos para comenzar a enrollarlo. ¿Tenía intención de quedárselo como trofeo de caza? Por supuesto. Sería un bonito complemento para su galería de recuerdos- Haz las maletas. Mañana mismo venís Simon y tú a mi hogar. Has estado poco aquí, la verdad. Quizá deberías darme las gracias por ello. Serás un niño muy feliz. -comentó, irónico, por supuesto- Te llevaré a algún instituto, y prácticas como cuidador en este lugar. Tu cabeza no lo soportará, Honey. Nadie lo ha soportado, y he tenido seis mil años para comprobarlo.

¿Se iba a ir? Por cómo se dirigía hacia la puerta, el otro podría tener la esperanza de que así sería. Hasta había posados las yemas de sus dedos en el pomo. Quizá quería darle esperanza, quizá, quería que aquella cabeza se confiara para estallar y nada más escucharle llorar entrar de nuevo y poder reírse de la fragilidad de aquel pequeñín.

-Oh, ahora que lo pienso… Podrías ser un buen discípulo. Tu cuerpo puede ser un recipiente para albergar magia negra. Quién sabe. Quizá algún día… Tú acabes siendo yo en una situación a futuro. ¿No sería el más bello final para tu desgraciada y hedionda vida?
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Mensaje por Honey Kawahara el Mar Mayo 12, 2020 2:16 am

Es decir, ¿qué estaba esperando? ¿...Por qué estaba esperando algo siquiera, mucho menos algo coherente? Si, quizás ante cualquier persona, asumir que apartar a alguien como si de repente te produjera rechazo su propia presencia, se seguía por intentar alejarse de esa misma persona, tendría sentido, pero no estaba ante “cualquier persona”. Quizás se había permitido– no, era no era la palabra correcta: se había hecho olvidar que Apofis era un demonio, aunque fuera solo por un momento. O quizás era porque había elegido creer que fingir alguna clase de fortaleza era un desafío, una forma de establecer una barrera, y no la idea estúpida que ahora podía afirmar con más que total certeza que era, que a lo mucho serviría para hundirlo más en el pozo. Lo que era, más o menos, lo que estaba ocurriendo ahora.

La supuesta amabilidad que le mostraba, aunque fuera solo por medio de un par de gestos y palabras, se sentía como una forma demasiado endulzada de condescendencia, como si le estuviera remarcando la forma en que lo veía: como alguien inferior y patético con cero autoridad o decisión sobre lo que ocurría. Como si le estuviera dando más motivos para sentirse así. Le hubiera gustado tener la suficiente fuerza de voluntad aún como para intentar apartarlo, o decirle que se callara, por lo menos, pero un par de motivos lo habían evitado.

El primero, que no solo lo estuviera llamando débil (que por muy cierto que pudiera ser, le resultaba un insulto de igual manera), sino que estuviera implicando que le estaba haciendo un favor con no dejarlo afrontar su castigo él mismo, con hacerlo responsable del sufrimiento de alguien más. El segundo, que si con el contraste que tenían sus acciones entre sí, e incluso con sus palabras, planeaba mantenerlo casi tan confundido como asustado frente a lo que podía venir, estaba teniendo éxito. Aún si ambos motivos también servirían para justificar su enojo (tanto porque estuvieran ocurriendo, como lo frustrante que era no poder hacer nada al respecto), ambos solo aumentaban su miedo a reaccionar de cualquier forma que pudiera volver a empeorar las cosas. Era mejor –era más fácil– evitarse reaccionar del todo, o hacer el intento, por lo menos.

Claro que, incluso si no hubiera estado intentando lo dicho, no habría sabido tampoco como reaccionar a lo que pasó. Lo que pasó, siendo tanto el hecho de ver a la misma persona que recién le había dicho el infierno en que podría convertirse su vida haciendo una mueca digna de un niño, como lo que sea que significara aquello de “lo inevitable” (porque, sí, se hacía una idea, pero no era una que estuviera dispuesto a aceptar) como que, casi tan de repente como se había acercado, simplemente lo… Soltó. Eso último dándole una sensación de alivio casi visible que, quizás, debería haberse evitado.

Porque de no ser por ese mismo alivio momentáneo, que duró apenas suficiente antes de que se diera cuenta de lo falso que era, el recordatorio sobre lo que sería su futuro no hubiera sido un golpe tan fuerte. Bajó la vista de inmediato, intentando mirar en cualquier otra dirección, intentando… Ignorarlo, u ocultar su rostro, o ambas. Todavía quería pensar que era tan solo una amenaza, que eso no podía ser cierto, que eran poco más que palabras vacías… Aún cuando era consciente de que no, no era así, necesitaba creerlo. Al menos hasta que el otro lo dejara solo, y pudiera darse el lujo de procesarlo por su cuenta, sin la máscara que intentaba mantener. Que necesitaba mantener.

Si no fuera por sus ansias de que ese momento llegara, si no fuera por su deseo de que todo eso terminara que ya venía manteniendo hace demasiado tiempo, tal vez se le hubiera ocurrido pensar que aquello era otra falsa ilusión, otro “juego” cruel. Pero la desesperación y el miedo no suelen ayudar a tener un juicio objetivo sobre las cosas, y para él, cuando volvió a mirar al otro, pareciera que el momento en que pudiera dejar que la máscara terminara de romperse llegaría pronto.

No esperaba escucharlo otra vez. No, al menos, si no se trataba de una despedida, a lo mucho con algún otro mensaje sobre lo que podría esperarle, o con alguna amenaza, quizás. Por supuesto que no esperaba eso, ni mucho menos podía creer que lo estuviera diciendo en serio. No, ni siquiera era cuestión de creer que eso iba en serio o no, de creer que ocurriría o no. Era cuestión de preguntarse cómo era que se atrevía a nombrarlo de aquella forma, a pensar que ese podría ser un final para su historia, a pensar que se parecería de ninguna forma a él. Era cuestión de preguntarse qué tan ciego podía estar ante el odio absoluto (quizás, solo, entrelazado con temor) que sentía por él.

Ser… ¿Como tú?–empezó, hablando algo más pausado que antes. Estaba, después de todo, intentando entender las palabras al mismo tiempo que las decía; las suyas, o las del otro, poco importaba ahora. –Es una broma, ¿Verdad?

No sabía en qué momento ocurrió, pero estaba sonriendo, y no estaba muy seguro de por qué, tampoco. Quizás por eso, por negarse a creer que hablaba en serio, por reafirmar que se trataba de una broma. Más probablemente, era la mezcla entre enojo y miedo que llevaba en sí hace demasiado tiempo ya, y que, con cualquier voluntad de ocultarla habiéndose esfumado (porque estaba mucho más concentrado en otras cosas ahora, sí), estaba saliendo a la superficie al fin. Lo que era mucho más fácil de ver era lo que no era aquella sonrisa, y no era una de confianza, o de cualquier otra sensación agradable que se pudiera pensar; ni siquiera podía confundirse con una de burla.

Me da igual qué se supone que seas, pero puedo asegurarte,–continuó, su fracaso en mantener sus palabras lo más fluidas posible no siendo capaz de detenerlo,–Jamás- jamás, sería algo así. Jamás.

Cada parte de sí temblaba. Sería una mentira decir que su voz no estaba incluida en eso, pero aún así, pronunció las últimas palabras con toda la seguridad que tenía en ellas. Porque, sí, eso era lo único de lo que se sentía seguro ahora mismo, y lo único que no dejaría– que nunca dejaría, se repitió– que se le negara.
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Mensaje por Apofis Misr el Mar Mayo 12, 2020 2:57 pm

Lo volvería exactamente igual que él. En unos años, Honey sería una bella réplica de él mismo. Un monstruo totalmente trastornado, y le cedería poder si hacía falta para verle crecer como una especie de acólito en el camino de la magia negra. Oh, sí, por si alguien no lo notaba, él, como el primero de su nueva y renovada colección de principitos, como si se tratara de su primogénito, Apofis ya había decidido nombrarlo como su pequeño favorito. No superaba a Gema, por supuesto, ella era su primera entre esclavas (aunque ella se llamaba a sí misma “pareja”. Pero en fin, cualquiera que tenga de eso sabrá que es un sinónimo del término servidumbre), pero sería el que tomara parte de sus responsabilidades si algún día decidía ceder la vara de mando a alguien. Primero, tendría que instruirlo cual cachorro, por supuesto, porque para ese momento, esa futura bella obra de arte no era más que una masa de arcilla que esperaba convertirse en toda una obra de imponente y ostentosa cerámica.

Dentro de poco sería su vasallo. Tiempo al tiempo, solamente había que ser paciente, y lo tendría a sus pies voluntariamente. De momento, seguía guardando aquella pieza de vaquero que había arrebatado al joven, aunque fuera debajo del cinturón de tela que usaba para cortar en dos la sotana y darle así todavía más solemnidad a la tela blanca. Si alguien le preguntaba, podría explicar con orgullo que eso era un premio de caza de una presa que poco a poco se estaba comenzando a debilitar.

Le miró por unos segundos más, le concedería un poco más de su atención a ese tajante y débil caballero que parecía carecer de lengua más que para lo estrictamente necesario, a diferencia de él, que para aterrar, sabía que podía usar o el silencio más tajante o palabras para sugestionar a cualquiera. Y ya que el otro usaba en especial lo primero para mostrar su total estupidez, él haría lo primero. ¿Os imagináis que ni el uno ni el otro dijeran nada? ¡Qué aburrimiento, por la gloria de Ra! ¿A quién se le ocurría pensar aquellas estupideces tan siquiera? Pero ahora, se mantendría en silencio como primera respuesta. Sería mucho más… Ambientador que bromear sobre lo muy bien que se le veía con sus calzoncillos parcialmente al descubierto. Y que se limpiara un poco más cuando fuera al baño. No por nada, pero así se los quitaría en cuanto él saliera y podría reírse con esa imagen mental, aunque ya lo estuviera haciendo. Y tú posiblemente también te reirías con esa situación, por cierto.

Pero sigamos en la situación. Apofis, firme todavía, se mantenía con la cabeza parcialmente girada en dirección a su pequeño, escuchando con total indiferencia sus palabras, prácticamente ignorándolas por completo. Indiferencia total expresó el demonio hacia lo que el otro tuviera que objetar, pues su voluntad en aquel lugar era la ley natural y lo único a lo que verdaderamente había que temer, por encima de todo ético que uno pudiera poseer. En este caso, Honey podía olvidarse de esa moral pseudo-cristiana que llevaba con él, porque de nada le serviría siendo Apofis su futuro amo y dueño de su destino. Esos valores, el valor de la hermandad o la empatía, le resultaban meras palabras que el viento se llevaba con especial maestría en ello. Solo el sacrificio y el honor prevalecían, solo el que combatía hasta el final y sin importarle las consecuencias prevalecería en su área de alcance. Honey, si bien había demostrado poder llevarse a sí mismo al límite, parecía no ser capaz de superarlo. Es por ello que quizá ni debería dirigirle la palabra.

Su atención volvió a la puerta, al frío pomo de hierro que se encontraba en esta y cuyo frío y galvánico tacto pudo sentir en cuanto su mano se posó en él. Todo en aquella habitación compartía aquella similitud: la frialdad era reina y su heraldo era lo metálico, hasta en la cama, cuyo incómodo colchón sería demasiado duro para el gusto de cualquier ser humano. Al menos, en el lugar al que le pensaba arrastrar, tendría una cama cómoda en la que llorar una vez terminara de retozar o torturarle , como una especie de premio tras una jornada de trabajo larga, en la que se iba a dedicar a convertirse poco a poco en todo aquello de lo que ahora renegaba o que era su enemigo. Su intención final era que hasta el propio Simon repudiara a Honey, y así, poder acabar como el único ser vivo que le hablara como a una criatura viva.

Y entonces sería completamente suyo, como tendría que haber sido desde el primer momento en el que le vio. Ya había habido ahí demasiada piedad por un día, demasiado amor y compasión había puesto en él como para no exigir el justo precio por ello. Abrió la puerta, dejando que el frío viento proveniente del pasillo le azotara. Frío como para hacerle estremecerse, pero no como para dañarle (porque recordemos que esa es una de las debilidades de Apofis). Podía ver alguna cabeza curiosa asomarse desde su cuarto para mirar, y que nada más intercambiar contacto visual con él volvió a su lugar, una velocidad sorprendente incluso para criaturas que no eran completamente humanas. Pero en fin, era lo más sensato en aquellos casos.

-Mañana. Será tu último día aquí, Honey. Ten dulces sueños y mentalízate. Después de desayunar, te arrastraré a un nuevo círculo de tu penuria, a un nuevo nivel de decadencia. Siéntate junto a Simon a esa hora, y más te vale mentalizarle. Tendrás exactamente quince minutos. Ni un segundo más. En ese mismo instante, apareceré para llevaros. Y todo intento de resistencia, todo intento de fuga, se saldará con vuestra más inefable u ominosa pesadilla haciéndose realidad frente a vosotros. No enfadéis a vuestro nuevo padre. Papá os quiere demasiado como para tener que dañaros más de lo que ya os merecéis...
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