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Mensaje por Jian Ming Li el Lun Feb 10, 2020 11:27 pm

Llegas al punto acordado, esperas que te muestre los billetes y entregas el paquete, conoces el proceso. Si ves algo raro, si notas un movimiento extraño, por más mínimo que sea, corres por tu maldita vida. No mires hacia atrás.

Aww Jay, te preocupas demasiado, ¿y si vienes conmigo? Dejaré que me des la mano para que no me pierdas de vista.

No estoy de humor para bromas. Ninguno conoce a éste cliente, y está fuera de nuestros fracasados habituales. Vivirás el resto de tu vida detrás de las rejas, porque no pienso ir a sacarte. Mantente alerta, y saca esa estúpida sonrisa de tu rostro si no quieres que te la borre de un puñetazo.

Tan amoroso como siempre, Jacob.


(. . .)

Aún mantenía esa risible mueca socarrona, el recuerdo de una conversación tradicional antes de una transferencia, aparentemente, delicada. Panorama que no le movía ni un pelo, tampoco la forma en que uno de sus compañeros, y veterano de la pandilla, le intentaba inculcar el peligro y la seriedad que debería prestarle al tema. No podía sentirse inseguro hasta que esté viviendo la situación en vivo y en directo. Las sorpresas no le molestaban para nada, así que, ignorando rotundamente la preocupación de su aliado, y podría decirse, familiar —porque los años han desbloqueado tal título—, asintió con desinterés, prestándole más atención al dulzor que su boca tenía, labios acaramelados saboreándose entre sí. Sabía que la pequeña paleta rosada era la indicada para emular el delicioso sabor a chicle que tanto adoraba.

Y allí estaba ahora, caminando a su propio ritmo, atento al horario que su teléfono celular señalaba. A pesar de esa sueltes particular que hacia dudar a varios acerca de su relación con el compromiso, poseía un mínimo respeto por cumplir el horario determinado y llegar a tiempo al encuentro. El cielo nocturno aireaba un ambiente siniestro, ya estaba caminando dentro de la cuadra acordada, y el entorno pesado se volvía más evidente en cada paso que daba. Luceros carmesí patrullaron la zona, distraído con la poca iluminación de la parcela en frente, de fondo el sonido ambiental generaba barullo, perros ladrando, música pesada escapando por la ventana de un departamento... Suburbios nefastos sacados de una película con bajo presupuesto.  

En parte, quería pretender sorpresa y sentir esa inquietud que nacía a causa de un ambiente peligroso como éste, pero... para qué malgastarse. Este punto de la isla fue escogido específicamente para éste tipo de transacción ilegal, y honestamente, le sorprendería que fuera en otro lugar. Los barrios como estos son perfectos para ser asaltado, secuestrado y asesinado, al final desechando tu cuerpo utilizado e inservible en un contenedor de basura. Nadie se enterará de nada porque así atienden a los de abajo, con cero importancia.  

Al fin dio con un faro de luz que, irónicamente, señalaba la entrada a un callejón como si el mismo destino se asegurase de que no perdiera el rumbo, no es como si alguna vez se haya perdido... Bueno, quizás unas dos.... Arqueó las cejas con curiosidad y escaneó la zona con la mirada, en busca de las señales que según el cliente afirmó, lo guiarían; en frente yacía un edificio con dos ventanas rotas y la puerta de entrada completamente despintada, fuertes rayones y graffitis que mostraban lo descuidada que estaba, el color verde casi irreconocible entre tanto garabato. Esa puerta era clave, y una de las tantas pistas legítimas de que estaba en el lugar correcto. Podrían haberle dejado direcciones más claras, nombres de calles por ejemplo, pero no... El drogadicto decidió dárselas de señor misterioso y dar datos a medias.

La pandilla tenía poca información de éste sujeto, y aunque no fuese la primera vez que un comprador no presentaba los datos suficientes, había algo raro. No podía opinar demasiado porque no pudo verlo directamente a la cara, siendo otro quien se encargo de tomar el pedido por las calles. La mayoría de los clientes eran conocidos, todos habituales que confiaban plenamente en lo que vendía su grupo, y éste tipo sale de la nada, pidiendo unos gramos para una fiesta ésta noche.

Podría invitarme,— Murmuro para sí mismo, sonando picado entre paso y paso, lentamente acercándose al callejón. —digo, he venido hasta aquí, ¿no?— Agregó como si hiciera falta esa pequeña aclaración, esfuerzo tomado en cuenta por la soledad que lo rodeaba en esa oscuridad desierta. Poco ruido, ¿la gente aquí se duerme temprano o está en la zona más aburrida del barrio?

Cuando optó por deshacerse de la paleta que ya habría perdido sabor, y asomó la cabeza, más oscuridad saludó con su afonía, sin poder distinguir ninguna figura esperando dentro del callejón, que ahora notaba, era el clásico sin salida. El cliché le hizo chasquear la lengua y rodar los ojos, en vez de sentir desconfianza, su mente rió imaginándose a un ladrón acorralándolo dentro de esa trampa mortal. Trampa a la cual hizo oídos sordos y se adentró caminando a ritmo natural, sus ojos leyendo los escritos obscenos de las paredes. Sonrió cuando vio un número telefónico con un corazón al final, probablemente el de alguna mujerzuela. Hay cosas que nunca cambian.

El repentino golpeteo de una piedra contra el pavimento le hizo girar de inmediato, y una figura masculina bloqueó la luz que venía de aquel poste viejo, cuerpo robusto que le hizo tomar conciencia de la gran diferencia de pesos. Lo importante al vender, era mostrar seguridad y completo control de la situación, por lo que se dignó a alzar la mano, un simple ademán de saludo. La naturalidad del momento duró un par de segundos y entrecerró los ojos, la sospecha naciendo al instante que notó la forma de aquella sombra. Su primer instinto fue el de subirse la capucha de su sudadera, mantener el anonimato de su rostro, aunque sea desde esa distancia deplorable.

¡Alza las manos a dónde pueda verlas, n-no intentes nada o me darás una razón para d-disparar!— La voz pretendía firmeza, pero la misión de intimidarlo falló cuando el ahora reconocido policía, tartamudeaba sin parar. Lo notó desviar la mirada hacia sus manos, enfatizando en la orden y el pandillero no tuvo más remedio que acatar, encogiéndose de hombros y levantó los brazos con simpleza, miraba hacia el suelo para no dejar que viera su rostro, la sombra de la capucha ayudándole a mantener el misterio. —C-camina lentamente hacia mí... n-no, no, ¡más lento!— Y lo hizo mientras oía las quejas del, y estaba más que seguro, policía novato.

El tipo con un arma estaba más nervioso que Jian, a quien literalmente le estaba apuntando. Quizá estaba más concentrado en el hecho de que todo fue una maldita trampa, y joder Jacob podía predecir el futuro, o sufrió el mismo fiasco en el pasado. Sea como sea, ahora tenía que encontrar la excusa perfecta para escapar. Ya no era como antes, cuando lo atrapaban y al poco tiempo lo soltaban por ser menor de edad. Ahora la cosa iba enserio.

Así que, ¿primer día de trabajo?— Comentó de la nada, haciendo conversación con el tipo que prácticamente saltó en su lugar al oír la voz del delincuente. Jian no pudo evitar reír por lo bajo, notando el movimiento repentino de la sombra en el suelo. Juraba oler el miedo que emanaba el cuerpo ajeno, su olfato nunca le fallaba. El poste de luz continuaba alumbrando la escena, que perdió toda credibilidad de terror al descubrirse un policía joven, temblando con arma en mano. No podía sentir miedo ni aunque le estuviese apuntando, un poco de incomodidad a que se le escape un tiro sin querer... bueno, eso es otra historia.

Avanzaba con una lentitud tortuosa para el oficial, tratando de hacer tiempo para idear un plan... ¿Éste fue el tipo que engañó a la pandilla? Por favor, que no sea él. Oh dios, la humillación.

Una mano nerviosa sujetó con fuerza una pequeña radio y el hombre de azul dio aviso inmediato a otro compañero de la ley, aparentemente cerca de la zona. Vale... Tenía que sentir alivio, el tipo no estaba solo, lo cual significaba que todo este plan y el engaño no lo hizo él. Menos mal... ¿Cómo viviría sabiendo que fue atrapado por un novato?

¡Bien, bien! Ahora, a pensar como diablos saldría de esta. Obviamente no puede derribarlo, cómicamente rebotaría de prepo al suelo. Tiene una posible oportunidad de acercarse lo suficiente para amenazarlo con su navaja de bolsillo, pero implicaría arriesgar a que le dispare. Si fuera una chica, podría fingir como esas escenas ridículas que solo se ven en pornos de mala calidad e intentar seducirlo para dar vueltas las cosas...

Su boca se torció en una mueca de risa contenida y soltó un suspiro que disimuló rápidamente como un soplido de molestia, el oficial atento a los ruidos raros que soltaba. Mas le valía ponerse serio o pasaría el resto de su vida tras las rejas.
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Mensaje por Ji Ahn Kyŏng el Jue Feb 13, 2020 1:08 pm

Últimamente todo en la isla estaba tranquilo y, por ende, no tenían demasiado trabajo en la estación de bomberos. Se limitaban a cumplir con la rutina: examinar y comprobar el estado de los materiales y equipos –tanto generales como personales–, mantención  de los camiones, ejercicios de prácticas para estar preparados ante cualquier incidencia, entrenamientos en el gimnasio y, evidentemente, la convivencia entre todo el cuerpo durante los largos turnos que cubrían. Nada del otro mundo, nada extraordinario ni destacable.

Que no hubiese habido incidencias, en principio, era un buen signo, algo favorable; después de todo, si no había que actuar, significaba que todo estaba en orden. Un alivio y una preocupación menos para Ahn, pero un aburrimiento para Hivvah.

El primero de ellos apenas pasaba por la estación; no era él quien solía ocuparse de ir a trabajar, prefiriendo dejarle esa tarea al segundo. A fin de cuentas, él contaba con toda la seguridad y la firmeza necesaria para desempeñar aquellas funciones; no dudaba, era rápido, fuerte, eficiente. Sabía manejarse y manejar al resto. Y no, su puesto no era ni de lejos el de jefe o líder de ningún tipo –lo cual tampoco parecía importarle, dicho sea de paso– y, si bien tampoco aspiraba a ello activamente, era perfectamente capaz de coordinarse, colaborar y dirigir a su equipo en pleno incidente. En definitiva, de los dos, el “inquilino” era el más adecuado para aquel trabajo que, en teoría, Ahn poseía –porque recordemos que ambos se presentaban bajo la misma identidad, por muy notorio que pudiera ser el cambio de una personalidad a otra–. No por nada había sido él quien lo había conseguido.

De pronto, la alarma resonó a lo largo y ancho de la estación.

Aleluya.

Una sutil sonrisa apareció inmediatamente en el rostro del joven, satisfecho y complacido de tener algo que hacer y algún desastre que presenciar al fin. Ya era hora. Se suponía que aquella era una isla peligrosa y emocionante; mucho estaban tardando los problemas en llegar. Eso o, casualmente, todo ocurría cuando él no se encontraba de servicio. Pero mucha coincidencia tendría que ser eso, ¿no? Coincidencia y mala suerte, desde luego –al menos para Hivvah–.

Sin pensárselo dos veces, corrió a equiparse para acudir acompañado de su equipo al lugar del siniestro que resultaba ser poco más que un accidente de tráfico. Bueno, menos era nada.

Poco tardaron en llegar y efectuar las maniobras requeridas para la situación. Podía considerarse como grave, sí –uno de los autos había volcado, quedando en bastante mal estado y con los ocupantes atrapados allí dentro; algunos más heridos que otros y alguno hasta inconsciente–, aunque no era nada del otro mundo; había situaciones muchísimo más peliagudas, peligrosas y tensas, y que Hivvah, obviamente, disfrutaba mucho más. Tampoco iba a quejarse; al menos tenía algo que hacer y ver el miedo y la incertidumbre de los accidentados de primera mano siempre era agradable y placentero.

De cualquier manera, una vez estabilizado y resuelto todo aquello, con las victimas recibiendo ya unos primeros auxilios por parte de los servicios sanitarios que habían acudido en ambulancias, su misión había terminado y podía regresar junto al resto a la estación para realizar los informes pertinentes. Resopló con fuerza solo de pensarlo; odiaba el papeleo. Con un poco de suerte podía encasquetárselo a otro y dedicarse a entrenar tranquilamente hasta que llegase la hora de cenar y, después, de marcharse a casa.

Y así fue; otro se encargaría de todo el asunto. Maravilloso. Si bien, a cambio, había prometido hacer lo mismo en el fututo por el compañero en cuestión. No obstante, eso no era un problema para él; que se encargase Ahn e hiciera algo de provecho con su vida. Ventajas de ser dos personas en un mismo cuerpo; lo que no quisiera hacer uno, podía dejárselo al otro.


“Hivvah… No es por aquí…” La vocecilla de Ahn resonó en el interior de su cabeza, evidenciando que también se encontraba presente. El bello durmiente había decidido despertar, qué sorpresa. – ¿Algún problema con eso? Solo es un desvío. – mintió descaradamente después de sacar su teléfono móvil del bolsillo y fingir que mantenía una conversación con alguien al otro lado de la línea, con el fin de evitarse miradas extrañas por estar “hablando solo”. Y claro está, el coreano sabía que mentía. Aquello estaba muy lejos de ser un desvío; era prácticamente la dirección contraria a la que debería haber tomado.

Siendo plenamente consciente del nerviosismo ajeno, dejó salir un par de sonoras y alegres carcajadas y, todavía escudándose en aquella excusa de mantener una conversación telefónica, no tardó en continuar para que, con un poco de suerte, el otro desapareciese de nuevo y le dejase en paz un rato:
– Ha sido un día largo, ¿qué menos que divertirme un poco, no crees? – Su tono era normal, neutro, como si hablase de cualquier tontería superficial, sin embargo, aquellas últimas dos palabras variaron ligeramente; era una amenaza. Y no hizo falta más para que Ahn captara el mensaje; ya había sido testigo de lo que el otro podía hacer si no le daba la atención que exigía.

“Deberíamos irnos…” De eso nada. Aquella era una zona interesante y seguro que se encontraba con algo entretenido. Alguna pelea, algún robo, algún abuso de poder o de lo que fuese… Algo del estilo; lo que sea. Y si no encontraba algo así en aquel lugar de mala muerte, ya se encargaría él de que crearlo; tampoco pasaba nada por llevar la iniciativa. – No. – contestó, firme y con una sonrisa tan amplia como torcida, que no hizo más que agrandarse al ver un coche de policía y a un oficial en su interior. Perfecto. Eso quería decir que había fiesta cerca, ¿correcto?

Valiéndose del poder que el cuerpo de Ahn poseía, pudo escuchar alto y claro el aviso que este recibió por la radio y, simulando dar un inocente paseo, se dirigió a la misma dirección con cuidado de no llamar la atención más de la cuenta, como si solo diese la casualidad de que él también pasaba por allí.


Ah… Un muchacho siendo apuntado con un arma… Hermosas vistas, sí.

Plantándose detrás de ambos oficiales, completamente sonriente, se cruzó de brazos a observar la escena con atención, preguntándose qué sería lo siguiente en suceder. ¿El chico se daría a la fuga? ¿Intentaría algo más atrevido para salir de allí? ¿Lo arrestarían sin más? ¿Los agentes dispararían contra él? No podía esperar. Estaba tentado de reír pero, claro, si lo hacía desvelaría su posición. Porque sí, aquel poder del cuerpo que se había tomado la libertad de ocupar era, cuanto menos, versátil: no solo podía intervenir ondas de radio; entre otras muchas cosas, también podía refractar la luz y generar invisibilidad convenientemente. Cosa que, por supuesto, estaba haciendo. Aunque, claro, que no se le pudiese ver no quería decir que no se pudiese detectar su presencia de alguna otra forma.

¿Y si fuese descubierto? Bueno, se haría visible y fingiría pasar por allí como un civil más, ajeno a lo que pudiese estar pasando. O no. Quién sabe.
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Mensaje por Jian Ming Li el Miér Feb 19, 2020 6:17 pm

Poco a poco, paso a paso, la imagen mental de su propia figura alcanzando la libertad se apartaba a un lado, excluida y, casi, acorralada por la situación en vivo, el arma amenazando su jovial cara, y muy pronto, se sumaría la de otro oficial, enseñando los dientes cuan chihuahua histérico.

Si bien, ya estaba a sólo un paso del procedimiento; media vuelta, manos atrás y esposas robándole la independencia, no llegó la desesperación a sus sentidos, de lo contrario, pareció agudizarlos aún más. El lado canino que manchaba su sangre mestiza, podría servirle otra vez, como sucedió en escenarios similares. Sólo necesitaba pensar, para qué exactamente.

Actuar como un perro arrinconado, no le serviría de nada. Gruñir para incitar al miedo, o mejor, tomarse la molestia de morderlos y fingir rabia... El espectáculo sería cómico, y nada más, un entretenimiento previo antes de ser encerrado. Su mandíbula seguía teniendo la fuerza del simple humano que aparentaba, y por más que le gustase revelar sus colmillos e intimidar con esas réplicas falsas que copiaban a la perfección la imagen, seguiría en la misma posición ridícula con dos tipos encima de él, tratando de detener a otro loco más. La posibilidad de provocar el daño que prometería un hombre lobo original estaría lejos de alcanzarse.

Como siempre pensaba; es la versión más barata de su raza.

Pero, causar daño —o tratar—, ¿y luego? Comenzar la típica persecución que antecedía a dos posibilidades; huir con éxito o ser atrapado en el burdo intento.

Buscando opciones, y manteniendo cada una abierta, arrugó la nariz en un reflejo, natural acción al reconocer un hedor nuevo picándole el interior por el desagrado instantáneo. El —hocico— más de una vez le fue de ayuda para calcular la cantidad de personas cerca, y en ese momento, no le falló al notar al otro policía cruzar la pared, y el espantoso tufo que atacó el aire fue amenaza suficiente para llevar una mano a su boca.
La fragancia, no solo le dejó un sabor extraño en la lengua, sino que además, le recordaba agua de barro estancada. Para algunos, una mala elección de perfumes, pero para él, un infierno fétido entre sus narices.

Encubrió la repulsión con frustración, el acto caprichoso de un delincuente atrapado y sin salida. Por pequeños encuentros como éste, su olfato era una herencia que soportaba a medias. Exageración para muchos, pero si tan solo supieran la intensidad de los olores a la que su pobre nariz se sometía. Los perfumes eran los peores, quemando sin piedad el aire alrededor. Aire que respiraba y, lo atacaba.

... ¿Es labial corrido lo que ven sus ojos?

Mejor no preguntar porqué y con qué fumigó el traje,— Cómo evitar un comentario pícaro, ¿de dónde venía el tipo?, ¿qué estaba haciendo antes de estar esperando el llamado de radio? Por suerte fue ignorado, el oficial novato conversando con el recién llegado, probablemente explicándole la situación y, seguramente, ignorando las apariencias de su compañero, porque es imposible no darse cuenta.

Éste lugar de la isla trae sus pecados, y no caer en ellos, sería un chiste. ¿Para qué existen si no?

Tenía que concentrarse. Si continuaba distrayéndose con estupideces, estaría a minutos de respirar aire fresco por última vez, bueno, el aire y ese horrible perfume.
Cuando un empujón lo obligó a salir de sus pensamientos, el farol, único testigo, lo saludó con un destello que le hizo soltar un quejido de molestia. Pasos se escucharon junto a él, y pudo reconocer claramente el sonido metálico de las esposas en movimiento. Una mano revisó sus bolsillos, luego los pantalones. La incomodidad le hizo reír en voz baja, siempre fue humillante la revisión que procedía. Si se estuviese mirando a sí mismo, las risas no faltarían junto con el, ¿cómo fui tan estúpido por dejarme atrapar?

Oh, bellas anécdotas que le contaría a su compañero de celda.

Al abrir los ojos, un policía estaba a unos centímetros dándole la espalda, cerca de la salida del callejón, llaves de auto en mano y diminuta bolsa de droga en la otra —jacob lo mataría por perder esa cantidad—. Detrás de él, el oficial más tembloroso, había recibido la orden de inspeccionar el callejón a fondo, antes de abandonar la zona.

Esos pocos segundos fueron un regalo enviado por el mismísimo diablo, seguramente con ganas de divertirse más en ese espectáculo de riesgo que era su vida. No había armas en el camino, los oficiales ahora distraídos, ¿las esposas mal colocadas...? Oh.

Oh.

Y el festejo mental le duró poco porque su nariz despertó nuevamente, esta vez, un nuevo aroma invadiendo sus sentidos. Ignoró la primera reacción, sus ojos no vieron a nadie más, por ende, no perdería el tiempo.

Si entro en carrera, podría perderlos al doblar la esquina, no se ven muy atléticos,— Entrecerró los párpados, dudando las posibilidades. —tienen armas, si no corren, disparan.— la frustración que antes fingía se volvía real con cada plan arruinado por el sentido mismo. —pero únicamente disparan si hay una amenaza, podría simplemente correr y,— ¿uh?

Pensamiento interrumpido de nuevo. Un ligero aire chocó contra su rostro, el clima delicado que regalaba suaves brisas, y la segunda reacción que su olfato recibió al reconocer la misma fragancia. Se estaba volviendo loco, o el oficial con aquel maldito perfume, le había arruinado el olfato para siempre.

Siguiéndole la corriente a su sentido, alzó la vista y escaneó lentamente el frente. La salida a la calle silenciosa y vacía, sólo la voz calma del oficial hablando por su radio. El edificio de enfrente parecía abandonado—lo poco que podía divisar desde el interior del callejón— cintas policiales de clausura pegadas, ventanas rotas y sin ninguna luz que demostrase un signo de vida. Estaba perdiendo el tiempo que podría servirle para escapar, pero por alguna estúpida razón, le dio igual. Como dos luceros atentos, el tono carmesí de sus ojos brillaron con intriga, algo o alguien más estaba allí. Prefirió tenerle confianza a su nariz, hasta ahora nunca le ha fallado.

Percibir la dirección de una esencia se volvía fácil cuando el viento no era fuerte, apenas un toque de frescor que te acariciaba la piel. Esta noche era perfecta para guiarse con su agudeza. Y así lo decidió. —Por aquí, o por allá...— Era un juego que se volvió el desafío de vida o muerte, una posible salida a su pronta libertad. Sus ojos concentrados miraban en vano, como si el olor proviniera de la nada.

O de nadie.

Y la realización se pintó en su rostro, instantánea mueca de haber resuelto algún tipo de rompecabezas, la comisura de sus labios formando una sonrisa cómplice para sí mismo. —o de alguien que no puedo ver— pero sí oler. Tenía que estar cerca, porque su olfato sólo funcionaba a una distancia no muy grande.

Imitando la viva imagen de un perro curioso, elevó el mentón y rastreo como el canino que era, el aroma destinaba una redirección que lo obligaba a observar un punto fijo, la razón de toda su atención. Arqueó ambas cejas, un poco sorprendido porque ni el oficial se percataba de otra presencia con ellos. ¿Es posible ser invisible? Una pregunta ridícula, pero tomando en cuenta el tipo de criaturas que convivían en la isla, no debería pillarle de asombro. Aún así lo hizo.

hey! — Exclamó de la nada, ampliando esa sonrisa comprometida. El oficial creyó ser llamado, e ignoró al muchacho para continuar en su radio. Atrás, su compañero de ley, revisaba un contenedor de basura, como si fuese realmente necesario. —La próxima vez tendrás que pagar, no puedo costear un show gratis.— y mostrando los colmillos tras esa frase disfrazada en una extensa sonrisa, no le dio tiempo a nadie de reaccionar, y sus pies tomaron carrera, abalanzándose prácticamente, hacia la nada, pero su corazonada y olfato decían otra cosa.

Perdió las esposas en el camino —una mala colocación por parte de cierto novato— y sus manos volaron al frente, palmas listas para colocarse en dónde sea que chocasen, oh, el pecho, entonces era un poco más alto que él. La adrenalina en esta descabellada situación le hacia reír por dentro, y se preparó para inventar la siguiente escena; —¡Ha llegado mi aventón a casa!, parece que fui víctima de una emboscada, colega.— Y para explotar esta imagen, le dio una palmada sobre el pecho, y le sonrió a éste nuevo descubrimiento. —lamentablemente, estos buenos oficiales me han quitado la droga que me has dado para vender. Una pena, ¿eh?, no te preocupes, te la pagaré cuando pueda— Fingió un suspiro de decepción y ladeo la cabeza. El oficial dejó caer la radio y el movimiento lento de su mano avecinándose a la pistola guardada, hizo que el pelinegro le diera una palmada más, esta vez en la espalda y de apuro. En un susurró socarrón y breve, añadió. —¿Corremos ahora, o después de que nos encierren?— Meter a un civil inocente en sus problemas, no era una decisión orgullosa, pero el tipo literalmente estaba ahí parado, espiando por alguna extraña razón que no se preocupó en pensar. ¡Se invitó él mismo a este espectáculo, y se volvió su boleto de salida!
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[Privado] And then you came along. Empty Re: [Privado] And then you came along.

Mensaje por Ji Ahn Kyŏng el Sáb Feb 22, 2020 11:57 pm

Allí plantado, se limitó a poco más que observar la escena, curioso por ver cómo se desarrollaba todo aquello y expectante por el desenlace tendría. Mentiría si dijera que Hivvah no quería presenciar algo de acción en lugar de un simple arresto y ya. Es decir, uno de los policías estaba apuntando directamente con un arma a aquel pobre desgraciado, ¿qué menos que un par de tiros, no? Vale que no fuesen a disparar a quemarropa contra su cabeza o algo, porque a fin de cuentas no dejaban de ser agentes de la ley y no tenían mucha pinta de ser de los corruptos –sobre todo el novato, que era quien manejaba la pistola–  pero… al menos una o dos balas en la pierna como advertencia no estaría mal.

Hivvah se mantenía sonriente y a la espera, contemplando el espectáculo con especial interés y casi que hasta morbo por si aquello daba algún giro de guión inesperado. A fin de cuentas, y para desgracia del verdadero dueño de aquel cuerpo que ahora ocupaba, él solo estaba allí para divertirse un rato después de un día de trabajo de lo más tranquilo y aburrido.

Viendo al chico en cuestión ya esposado, se preguntó qué se le estaría pasando por la cabeza. ¿Tendría algún plan o sencillamente se entregaría a la justicia sin poner resistencia? Por ahora se le veía tranquilo, pero claro, con estas cosas –y más aun tratando con criminales– nunca se sabe. ¿Se daría a la fuga o les plantaría cara de alguna forma? No nos engañemos, parte de él deseaba presenciar una buena persecución que elevara las posibilidades de ver cómo cualquiera de los dos bandos ejercía violencia sobre el otro. Si el muchacho, por ahora arrinconado, salía corriendo o intentaba alguna estupidez que los otros considerasen peligrosa, seguramente dispararían en su contra y sería hermoso. O, quien sabe, tal vez el chico lograba sorprenderle de alguna forma y encontraba en él la fuente de entretenimiento que estaba buscando.

Divertido, desde luego, era un rato. Casi consiguió que riera con aquel comentario, tan atrevido como travieso; casi. Porque evidentemente no lo hizo. Contuvo las carcajadas puesto que, de nuevo, que no se le pudiera ver no lo hacía indetectable; algo como eso revelaría su posición y le metería en problemas. Que tampoco sonaba como una mala idea, seamos sinceros, no obstante, tenía una imagen que mantener de cara al público: la de un bombero entregado a su trabajo y con vocación por contribuir a la comunidad. Sería un desquiciado, sí, pero no era imbécil y sabía que era más conveniente mantener aquella tapadera de joven altruista y encantador para poder seguir haciendo de las suyas entre las sombras en lugar de mostrarse al mundo tal y como era.

¿Tal y como era?

Je, a estas alturas eso estaba complicado. Para poder hacerlo debería conservar su propio cuerpo que… a saber dónde estaba sellado, la verdad. Todo cuanto sabía era que no podía usarlo y su única alternativa era aquella de la que ahora se aprovechaba: ocupar cuerpos ajenos. Aunque, por supuesto, este era un caso especial; el coreano era el primero que se había resistido a su control total.

Y, hablando del rey de Roma, ¿qué estaba haciendo él en ese momento? ¿Seguía presente? ¿Estaba viendo la aparente detención de aquel supuesto traficante? Sí, en efecto. Se mantenía callado pero ahí estaba; notaba su presencia y los sentimientos encontrados que aquel panorama despertaba en su inocente cabecita de niño bueno. Sí, así es; ni él mismo parecía aclararse con lo que quería hacer en realidad. Por un lado, quería salir corriendo de allí; la mera presencia de los dos agentes ya le ponía nervioso –por no hablar de que también estaba delante de quien, en principio, era un delincuente– y, además, para empezar, nunca deberían haber tomado ese camino. No, no; deberían haber terminado su turno de trabajo y haber regresado a casa de la misma.

Sin embargo, y por otro lado, tampoco podía evitar sentir cierta lástima por aquel desconocido. No por nada en particular, la verdad, pero solo de imaginar cómo debía sentirse ser esposado y revisado como él lo estaba siendo… Mejor ni pensarlo. “Inquieto y ansioso” se quedaban cortos para describir cómo sentiría aquella experiencia en sus propias carnes.


“Hivvah… Vámonos a casa. No deberíamos estar aquí…” El otro frunció el ceño, irritado por su voz y deseoso de poder darle una buena contestación. No, de ahí definitivamente no iban a irse sin saber cómo acababa la cosa y, de hacerlo, tampoco estaba dispuesto a regresar tan pronto. La noche aún era joven y todavía podían suceder un millón de cosas. Y, si no sucedían por sí mismas, ya se encargaría él de armar algo; lo que estaba claro es que iba a pasar un buen rato después de un día tedioso y soporífero.

Por suerte para él, algo llamó su atención. ¿Qué narices hacía aquel chico? ¿Era un perro o algo así? Percibía en él alguna especie de esencia mezclada, suponiendo que sería un híbrido o similar. ¿De qué? Bueno, distinguir eso ya resultaba más costoso, no obstante y visto lo visto, no le sorprendería si era alguna especie de cánido o algún animal del estilo. Tampoco es como si le importase realmente; solo estaba ahí de testigo, sin involucrarse de ninguna manera. Por ahora. Porque él no lo sabía, pero su calma y paz pronto verían su final.

Arqueó la ceja con evidente curiosidad. ¿A quién estaba llamando? Al principio creyó que se dirigía a alguno de los oficiales, o ambos incluso, sin embargo, sus siguientes palabras dejaron muy en claro que no tenía nada que ver con los agentes. Era a él a quien le hablaba; había sido descubierto. Y, ante esto, no hizo más que ampliar su ya de por sí torcida sonrisa. Maravilloso. Lo que no se esperaba para nada fue que se lanzase directamente contra él. Y mucho menos las siguientes frases que soltaría con esa condenada boquita. No se hizo visible en ningún momento, si bien sí que dejó escapar una carcajada ronca y áspera, bastante diferente de la voz que solía utilizar haciéndose pasar por Ahn, pero suficiente como para delatar que, efectivamente, no estaban solos y que un cuarto –o hasta quinto, si contamos a Ahn y Hivvah por separado– individuo se encontraba entre ellos. Sorpresa, sorpresa.

Bien jugado.

No sabía decir si estaba molesto o emocionado por haber sido arrastrado de aquella manera, pero ya estaba dentro y tenía que hacer algo para sacarlos del embrollo. Sin delatar la identidad de Ahn, a ser posible.
– Esta me la pagas, mocoso. – habló al fin, de forma bastante más alegre y jovial de lo que indicaban sus palabras, dejando entrever que, en el fondo, hasta disfrutaba de la situación. Eso sí, nada más abrir la boca, agarró la muñeca del joven con fuerza, sin preocuparse lo más mínimo por contenerse o por si el gesto podía hacerle daño e, inmediatamente, también refractó la luz para volverlo invisible y poder emprender la huida con mayor facilidad.

Y así fue: tiró de él y se lo llevó de allí tan rápido como pudo.

¿Era necesario tomarle de la mano o hacer contacto físico siquiera? No, en absoluto, no obstante, después de haberle usado no dejaría que se fuera de rositas. Donde las dan las toman.
“Hivvah…” llamó Ahn desde el interior de su cabeza, temeroso por lo que les pudiera pasar, ya no solo a ellos dos, sino también a aquel chico con el que ahora se estaban dando a la fuga como alma que lleva el diablo. – ¡Cállate! – ordenó con firmeza y autoridad, en voz alta y sin importarle que el desconocido le escuchase.

Dándose a la carrera, esquivando a quienes se cruzasen en su camino y una vez ya lo suficientemente alejados, comenzó a mirar en todas las direcciones en busca de un lugar donde los dos –o tres, según se mirase– pudiesen ocultarse. Al menos hasta que la cosa se calmase. A juzgar por lo poco que había visto, no parecía tratarse de ninguna operación importante, sino más bien de algo rutinario –para el policía más experimentado y que más relajado se había mostrado, por supuesto; el otro saltaba a la vista que no estaba muy acostumbrado al trabajo de campo–; no deberían andar tras ellos mucho tiempo si realmente era un delincuente de poca monta. Claro que quizás se estaba aventurando a juzgar demasiado rápido, no tenía forma de saberlo.

Sea como fuere, giró y tiró del otro para meterlo al primer lugar que consideró mínimamente adecuado: un callejón estrecho y oscuro, poco iluminado y que contaba con unos contenedores tras los que poder esconderse. Porque sí, se habían alejado y podía hacerlos invisibles a ambos, pero la precaución nunca estaba de más; no podía dejar que su imagen se viera arruinada por una tontería como esta. Tontería a la que, dicho sea de paso, le sacaría tanto partido como le fuera humanamente posible.

Valiéndose del poder del cuerpo que ocupaba, atrajo al desconocido hasta la pared más cercana, como si de un imán se tratase –todo con tal de que no se moviese de ahí– y, ahora sí, los hizo visibles a los dos, revelando su aspecto de una vez por todas. No sin antes, claro está, taparle la boca para que no hablase; si iba a colarse en las ondas de radio para comprobar por dónde se movían los policías o si les habían dejado en paz, necesitaba silencio.

Y, una vez ya más tranquilo, apoyando ambas manos también en la pared y quedando frente al chico, volvió a abrir la boca, completamente sonriente:
– Dame una sola razón para no partirte las piernas aquí mismo, niño.
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[Privado] And then you came along. Empty Re: [Privado] And then you came along.

Mensaje por Jian Ming Li el Jue Feb 27, 2020 5:46 pm

Entonces, había alguien después de todo. Esto es más que sabido, por la forma en que sus manos presionaron antes lo que, juzgando por el tacto, era su pecho. Ante la ceguera de idear un plan con tal de escapar, olvidó soltar más frases habituales en su persona, como halagar su propio olfato, o burlarse coquetamente del aroma que desprendía la figura descubierta. Su mente se vió muy distraída con los oficiales presentes y el sujeto, asumiendo que se trataba de uno. La falta de senos le hizo creer que sí, era un hombre. Uno más alto que él, y por lo que cantaron sus propias manos, no blandeaba de físico. Este hallazgo podría ser una catástrofe para su futuro —y su rostro—, o un consuelo para la vista.

Si tan solo pudiera descifrar el rostro.

Estar mirando a la nada, sin un punto fijo en dónde mantener la mirada, le era hilarante. La circunstancia se torno satírica en cuestión de segundos, hablándole a esta "entidad" que por lo visto, tenía voz propia. Reaccionó al instante cuando oyó el sonido cerca, y el fruncir de sus cejas fue activado de inmediato. Hace años que no era llamado mocoso, la última vez, probablemente en sus épocas escolares —épocas que optaba dejar en el olvido—. La intriga siguió vigente a pesar del chasquido de lengua mental que brotó por el sobrenombre ridículo, y continuó con la indagación de bosquejar un rostro para la frase escuchada. Registró el aire jovial en su entonación, y pudo relajarse mínimo por unos momentos.

Es una lástima que cuando pensaba soltar una frase para enredarse más en esa ridícula escena, que aparentemente ambos disfrutaban, su cuerpo—y será duro de admitir—fue fácilmente jalado al punto de ser derrocado de aquel callejón, y tras un quejido de incomodidad, forzó su propia mano de puro instinto con el objetivo de zafar el agarre. Fue un intento estúpido, porque la firmeza contraria dominaba al punto de hacerle apretar los dientes con frustración —frustración y solo eso. ¡no, no le duele para nada! ¿quién dijo eso?— Reconocer que su propia fuerza era un chiste ahora, hería su orgullo.

Aunque no iba a negar lo extraño que se sentía esa punzada a su muñeca. ¿Tendrá "ese" tipo de fetiches?

Antes de poder indagar más sobre sus propios gustos íntimos, giró la cabeza ojeando a sus espaldas y visualizó a la distancia los dos policías que, sorprendentemente, se alejaban cada vez más. Se atrevió a pensar que ni siquiera estaban persiguiéndolos, y entrecerró los ojos. Puede ser porque no es fácil perseguir a alguien invisible. Tuvo que admitirlo, éste "poder" tenía grandes usos. Imaginarse a sí mismo con un don como ese... Podría estafar a tanta gente, ni hablar de lo fácil que serían las entregas y mantener el anonimato. Sería capaz de ahorrarse humillaciones como las de ésta noche.

La adrenalina subía. Si al descubrir a éste espía comenzó a aumentar, ahora mismo la barra debería estar a punto de explotar. Agradecía estar libre de problemas cardíacos porque el latir de su corazón bombeaba contra sus orejas, dándole más conciencia de su estado de exalto temporal. Pudo ignorar el malestar de su muñeca gracias a la distracción que proporcionaba todo este espectáculo. El aire faltaba, y fue la excusa perfecta para aplicar una oración, sin importar la poca potencia de su voz.  —¡Tiempo fuera!,— Tenía la intención de agregar algo más, pero el imponente llamado al silencio interrumpió tal propósito. Se limitó a mirar al frente, esquivando la risa que se moría por cantar.

Era fascinante. El tipo, por lo que notaba, estaba claramente cabreado por el hecho de tener que estar huyendo con él, un criminal de poca monta conocido por nadie, y el joven chino como respuesta, devolvía sonrisas al aire y disfrutaba del momento que sabía, no duraría mucho. Esquivar a la poca gente que se cruzaba en el camino, se volvió una especie de minijuego que duplicó lo entretenido que todo esto era.

Por un momento, inspeccionó sus alrededores, y cayó en cuenta de que estaban más que lejos del escenario anterior. Conocía muy poco ésta zona, raras veces visitaba esta parte de la isla. Su única excusa era la de entregar pedidos y nada más. Perderse no era nada nuevo para él, y ahora el sujeto, quien probablemente tenía un nombre, lo trajo hasta aquí. Será una estupenda odisea el volver a casa. Con suerte no le asaltaban y asesinaban en el intento.

Otra vez sintió el fácil manejar de su cuerpo, y comenzaba a indignarle lo simple que parecía ser movido cuan muñeca de trapo. Cuando creía que este episodio alcanzaba su fin, notó la similitud del panorama anterior; callejón, basura, oscuridad, y una mano aún aferrada a su muñeca como si le perteneciera. Suponía que el tipo pretendía ocultarse—y bien por él—pero el mestizo tenía otros planes. —Ha sido divertido, pero es hora de partir— Tras la despreocupación de su hablar y una sonrisa que se dibujó al natural, movió su mano para liberarse del agarre, y cuando creía que esto tendría un fin, su espalda protestó al instante de golpear contra la posible pared de ese estrecho callejón.

El —ow!— salió disparado, y no pudo evitar concentrarse en el dolor de sus omoplatos, prisioneros contra el paredón. Enseguida midió la fuerza ajena, y el corazón le bombeó, que a pesar de haberse calmado tras dejar de correr, volvió a la vida con una acción tan simple como esa.

Abrió los párpados que se mantuvieron cerrados al reaccionar a ese maldito empujón, y cuando al fin, el enigma se solucionaba lentamente, tuvo que tomarse unos segundos para vislumbrar los detalles frente a él y caer en cuenta que, no era como se lo imaginaba. La lengua dormida se le despertó, y posando su mirar en el anochecer de esos ojos, soltó un automático; —Oh, qué tal apuesto extraño...— un susurro para nada secreto que, por su tono suave, podría percibirse el interés que proyectó de inmediato. —yep, era un consuelo para la vista— Contemplo un rato el rostro, y agregó. —Si éste es tu ideal de cita, debo decir que--hm!— El día que le deje terminar una frase, los cerdos volarán.

Aún así, ojeó hacia la calle, esperando que un oficial o alguien aparecieran, amenazando su paz, pero nada. Las ganas de morderle la mano, incluso lamerle para que la quitara, se quedaron como eso, ganas. No le dio tiempo cuando la palma se alejo de sus labios, otorgándole al fin la libertad de hablar. Con un suspiro, estiró sus brazos sin preocuparse por el poco espacio para moverse, —Hace tiempo no corría así, ugh, sentiré eso en la mañana,— sus piernas estaban tensas, y es que en verdad, iba al gimnasio, pero no se mataba en el mismo.

Por el rabillo del ojo notó brazos ajenos apresándolo en ésta nueva posición, y aunque su mente recordaba escenas de películas para adultos, sabía que esto no iba por el mismo camino. Correspondió la sonrisa de la misma forma, aunque la suya tenía menos fuerza, como si se convenciera a sí mismo de fingir indiferencia para no pensar en el escalofrío que recorrió su espalda. —Pues, abuelo, estabas ahí parado— acusó sonriente,—prácticamente te regalaste a mi, no es que no me guste el lindo detalle— le guiñó un ojo para adornar la frase y sopló una risilla.

Vale, a ponerse serios. Fue estúpido creer que saldría vivito y coleando, después de meter a este apuesto demonio en el conflicto. La cercanía le dejaba examinar mejor su cara, y más allá de la retorcida sonrisa que tenía, pudo rescatar algún que otro detalle. Usaría ese recurso por ahora, —Uh... ¿te han dicho lo atractivo que eres?— cuestionó jovial, tratando de alivianar el aire. —De seguro no soy el primero, digo, mira esos brazos, y ese cuello,— se relamió los labios secos —por mera costumbre ansiosa— luego de tanta corrida y trató de ganar tiempo. No sabía exactamente qué sería de él, pero la sensación de peligro le hacia sonreír. Sobretodo si el peligro tenía ese rostro tentador. Que poco le duraba la seriedad.

¿Quién era este tipo de todos modos?, Un simple civil con la habilidad de hacerse invisible —todavía le era genial— y okay, puede que lo supere un poco en fuerza, pero qué, ¿iba a matarlo? Deshacerse de su cuerpo en un lugar como este, era un buen plan. Aunque pareciese del tipo que haría algo así, corrió esa tonta idea a un lado. Complicarse la vida con un muerto entre tus manos no es para nada inteligente. ¿Lo es este sujeto..? Tal vez estaría más encantado de darle una golpiza por arrastrarlo al lío, y honestamente entre todas las opciones que maquinaba, esa es hasta ahora la mejor. De tan solo anticipar una burda pelea, las pupilas se le dilataban de la emoción.

Hm.. ¿qué quieres?— preguntó mirándole directo a los ojos, vaya a saber de dónde sacó los cojones para mantener la mirada contra esos orbes de ocaso. Motivado por el riesgo seguramente. Acercó la cabeza para provocar al susodicho y la inclinó levemente hacia un lado. —Puedo ofrecerte dinero, droga, un trago en un bar... conozco un buen lugar para olvidar todo ésto.— prometió en un susurro, soltando un soplido directo al rostro ajeno. Se veía tentado a probar otra cosa, pero se limitó a desviar sus ojos para admirar su boca y quedarse con las ganas. —O un cerebro, sé que lo necesitas luego de esa estúpida idea— amplió su sonrisa dejando que sus colmillos rían en la oscuridad, vibración suave sobre su pecho, y se alejó nuevamente, pegándose contra la pared. Se cruzó de brazos, esta vez posando su vista nuevamente en aquellos ojos. —Pero tu voyeurismo me salvó, y admito que debo agradecerte por eso. ¿Cómo se llama mi héroe?— y con esa última frase socarrona, dejó que su olfato inhalara una vez más el aroma de antes, la esencia que lo delató. Se le escapó un suspiro. Era mucho mejor que el hedor horrible de aquel policía.

Sentía relajarse a medida que el aire de la noche cosquilleaba sus mejillas. No tenia nada que perder por intentar joder al diablo en un callejón de mala muerte.
[ ghetto | 23:00 p.m | +hivvah ]
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[Privado] And then you came along. Empty Re: [Privado] And then you came along.

Mensaje por Ji Ahn Kyŏng el Vie Mar 06, 2020 11:16 pm

Aquel tipejo que se las había arreglado para arrastrarle consigo a su desgracia tenía agallas, eso debía reconocérselo. Era una verdadera lástima que aquel valor no fuera a servirle de mucho ahora que estaban solos y que, prácticamente, le había arrinconado contra la pared de un callejón cualquiera. A saber dónde estaban, la verdad. De cualquier manera, no; su atrevimiento no iba a sacarle del problema en el que se había metido él solito –y casi que de cabeza también–; quién sabe, lo mismo habría sido mejor dejar que los agentes lo detuvieran. Pero ya no había vuelta atrás; lo hecho, hecho estaba.

Ahora se encontraban solos y, si bien aquellas primeras palabras que salían de su boca le llamaron la atención, no tenía tiempo que perder y pronto dejó que su mano se encargara de que callara y guardase silencio. Era, cuanto menos, adulador; sin embargo, en ese instante requería silencio y no los halagos que tan gratuitamente estaba soltando solo tras haberle visto. Vaya, vaya con el niño…

Estaban ocultos tras aquel contenedor y se habían alejado bastante; eso estaba bien. Y que, además, no pareciera que los hubiesen seguido, era aún mejor. Pero debía asegurarse, por si acaso. Le daba exactamente igual lo que pudiera pasarle a aquel muchacho –porque no por nada antes de haber sido descubierto por el mismo, había estado a la espera de que hiciese alguna estupidez y se llevase a un par de tiros–, no obstante, y aunque meterse en problemas sonaba apetecible, a largo plazo era más conveniente seguir adoptando la identidad de Ahn y hacerse pasar por un buen ciudadano. Ya armaría de las suyas después, pero de cara al público lo idóneo era parecer un joven ejemplar y no el maniaco que se escondía bajo ese –¿por qué no decirlo?– apuesto rostro.

Poco tardó en hacer uso de aquel poder que el dueño del cuerpo poseía e infiltrarse en las ondas de radio que estarían empleando aquellos oficiales. No hizo ningún tipo de interferencia ni las cortó de ningún modo –aunque perfectamente habría podido hacerlo, pero algo sospechoso habría sido–; se limitó a escuchar el tiempo suficiente como para obtener la información que, en ese preciso momento, deseaba: ¿les perseguían o no? Una sonrisa de pura satisfacción y con ciertos tintes de crueldad se dibujó en su rostro cuando alcanzó a oír lo que quería; no, no lo hacían. Después de todo, resulta difícil perseguir a un par de objetivos que no puedes ver, ¿no? Estupendo… Todo estaba saliendo a pedir de boca.

Porque eso quería decir que ahora eran libres… ¿correcto?

Solos, sumidos en la oscuridad, sin testigos, perdidos en medio de la nada en un barrio de mala muerte, sin que la autoridad ni nade los persiguiese… ¿Quién ponía los límites ahora, eh? Verse envuelto en todo aquello sin haber podido preverlo le había irritado, cierto; ahora, sin embargo, tenía frente a él a alguien que apuntaba maneras y había conseguido darle la vuelta a aquel día tan aburrido. Pues bien, su turno para divertirse había llegado. Qué menos después del embrollo al que le había arrastrado. Los actos traen consecuencias; siempre.

Evidentemente no iba a tenerle callado para siempre; poco tardó en apartar su mano y ponerla también contra la pared en cuanto supo que no había peligro, casi como si estuviera a la espera de algo. Algún comentario o lo que fuera, algo tendría que ofrecerle después de aquello. Y no, no defraudó. Ah, los niños de hoy en día… ¿Pretendía hacerse el duro? ¿El gracioso tal vez, a juzgar por el guiño y la risilla? Contra Ahn podría haber funcionado pero, en ese instante, el coreano no era más que un testigo silencioso que dudaba entre dejar que las cosas fluyeran y siguieran su curso natural –y ahorrarse posteriores problemas con Hivvah;–, y retomar el control para evitar lo que quiera que aquel con quien compartía cuerpo estuviese planeando hacer. Claro que, si lo hacía, luego tendría que lidiar con él y… Casi que mejor no pensarlo. Sabía de lo que era capaz y enfadarle no era la mejor de las ideas, dejémoslo ahí.

En resumen, una pena que fuese Hivvah quien dominase la situación; aquellos juegos, desde luego, no iban a funcionar con él.
– ¿No te gusta? Yo no te veo disgustado, mocoso. – respondió, sin perder la sonrisa pero con algunos tintes agresivos en sus palabras, agachándose ligeramente para quedar a su misma altura y clavar sus ojos en los contrarios, firme y desafiante. Y sí, volvió a referirse al chico de aquella forma; a veces se emocionaba de más y se olvidaba de que, a pesar de la edad que él pudiera tener –que a saber cuál era, todo hay que decirlo–, el cuerpo que ocupaba no sería realmente el de alguien mucho más mayor de aquel a quién tenía contra la pared.

– ¿Parezco la clase de tipo que no está acostumbrado a escuchar cosas como esa? – ¿Ego? ¿Dónde? Si pretendía sacar algo de él así, la llevaba clara. Sabía que era apuesto y que tenía un físico que ya quisiera tener más de uno; a fin de cuentas, era él quien se mataba para trabajar y mantener esos definidos músculos que poseía –y que el contrario todavía no había tenido la oportunidad de ver–. ¿Los halagaría también si tuviera la posibilidad de contemplarlos? Era un niño gracioso; seguro que le servía para pasar el rato de una u otra forma.

¿Qué quería? Buena pregunta. Habría respondido única y directamente con un “divertirme”, no obstante, el joven continuó hablando y Hivvah, en su afán por ver hasta dónde era capaz de llegar el crío bajo las circunstancias en las que le había puesto, le dejó hablar cuanto quisiera. Sin interrupciones, solo con su mirada fija en él y sin borrar la sonrisa torcida y expectante que sus labios dibujaban. Si acaso, apenas dirigió la vista un par de segundos a aquellos colmillos que asomaban. ¿Le estaba llamando estúpido a él cuando podía haberlos usado perfectamente desde el principio para zafarse de los agentes que iban a detenerlo? De haberlo hecho, ahora no estaría donde estaba. ¿Era estúpido de verdad o… es que no lo había hecho porque –por el motivo que fuese– no podía? No sabría decir cuál de las dos opciones era mejor.

Rio. Sencillamente se echó a reír.


– ¿Y por qué debería darle mi nombre a alguien como tú? O sea, mírate; necesitando la ayuda de un simple civil para darles esquinazo a un mísero par de policías… – se mofó, sí. Muy descaradamente y sin apartarse ni un milímetro de él, además. Sin embargo, y a pesar de todo, se mantuvo tranquilo, calmado; demasiado incluso teniendo en cuenta lo orgulloso que era y lo que el contrario acababa de decirle apenas unos instantes atrás. – Aunque… – continuó, esta vez, suavizando más el tono, volviéndolo más cercano, cálido, amigable y hasta coqueto en cierto modo. – Ahora que te veo bien, he de reconocer que tienes una cara bonita, chico. – Como si nada, mientras hablaba, despegó sus manos de la pared, llevando una de ellas a las mejillas ajenas para regalarle alguna que otra caricia, y se alejó de dicha superficie contra la que le había tenido preso. Por supuesto, llevándoselo consigo.

Sonreía completamente sereno, seguro de sí mismo y de sus acciones, desviando la mirada poco a poco de los ojos ajenos para descenderla hasta pararse a contemplar los labios contrarios sin el menor disimulo. ¿Y se detuvo ahí? Oh no, claro que no. No contento con eso, también deslizó su mano hasta alcanzar con sus dedos la comisura de los labios del muchacho, pasando uno de ellos sobre la misma, entre provocador y travieso. Acto seguido, recortó distancias entre ambos rostros, casi como si buscase juntarlos para, al final, desviarse ligeramente y poder susurrarle al oído exactamente con la misma tonalidad que había empleado antes; esa que parecía tan encantadora y accesible:
– …Una lástima que no vaya a durarte mucho.

Y, por si había dudas, sí; se separó al instante y, sin contenerse ni medirse en fuerza, su puño aterrizó sobre la cara del otro joven con evidentes intenciones de enviarlo directo al suelo. ¿Qué hizo después? Volvió a reír, increíblemente divertido, por supuesto.

Se lo había buscado por decirle que necesitaba un cerebro.


“Déjalo y vámonos a casa… por favor…” La vocecilla de su huésped asomó tímidamente desde el interior de su cabeza. Hivvah solo soltó una nueva carcajada; algo más grave y áspera pero sin apartar la vista de quien los acompañaba en aquella agradable velada. No iban a volver con las manos vacías; eso estaba más que decidido. – ¿Por qué no te vas a dormir un rato? – Aquello fue más un murmuro que otra cosa aunque, ciertamente, no por ello no estuvo cargado de la violencia que le caracterizaba; no era una sugerencia, era una orden. No obstante, razón no le faltaba, sea lo que fuere lo que vinera a continuación, seguramente no sería nada que Ahn debiera presenciar. Era lo mejor para los dos; el coreano conservaba su estabilidad mental y él era libre de divertirse sin impedimentos. Ambos salían ganando.

– Y tú… – Se dirigió al desconocido ahora, acercándose a él con una sonrisa un tanto cruel y propinándole –ya de paso, y para nada suave– una patada por simple diversión. – No me has dado ningún motivo para no partirte las piernas. – comentó jovial, mirándole por encima del hombro, con cinismo y aires de superioridad, para, justo después, quedar nuevamente a su altura y posar una de sus manos sobre su cuello, por el momento, sin aplicar fuerza y sin hacer el menor uso de su poder, pero dejando abierta la posibilidad de hacerlo si así se le antojara. – Me haces gracia y me siento generoso hoy, así que elige: te parto las piernas o… te parto otra cosa. – De rositas no iba a irse, sin embargo… se había percatado de cómo le había mirado antes y, bueno, nunca había especificado de qué modo iba a divertirse con él. De alguna forma había que liberar tensiones, ¿no?

Porque no, en eso de que tenía la cara bonita no había mentido.
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