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Mensaje por Apofis Misr el Lun Dic 23, 2019 2:28 am

No sabía ni cómo había acabado él, un prestigioso doctor de la mismísima Universidad de Oxford, miembro de la flor y nata intelectual de toda Gran Bretaña, en la recóndita Portugal, para trabajar con una supuesta serpiente de la que por alguna razón sus queridos compañeros de profesión se habían interesado. Y como eran un verdadero desastre, ahí había tenido que ir Apofis, en calidad de representante de la Universidad y biólogo. Qué mejor que la experiencia empírica para obtener más conocimiento de esos seres de los que él mismo era parte, siendo quisquillosos.

Así pues, ahí estaba él, dirigiéndose a Portugal en un lujoso avión. Clase preferente, obviamente, mientras degustaba de una copa de vino proveniente de la lejana Georgia. Y por supuesto, como no podía ser de otra forma, vestido con un elegante traje de diseñador, con corbata roja y camisa blanca bajo la americana. Y los ojos pintados con una delgada línea de Kohl, a la forma masculina tradicional egipcia: una línea extremadamente delgada y negra en el párpado y en la parte inferior de color verde oscuro, estirándose un poco hasta formar el “Ojo de Horus”, o al menos una representación sobre la piel humana. Todo esto, sumado a su notable acento árabe, dejaba muy en evidencia de en qué parte del mundo había nacido él. Y eso era lo que quería. Porque leyendo el expediente del juguetito del que iba a disponer, cierto dato se le hacía… Gracioso: proveniente de Egipto. Una serpiente egipcia. ¿No era eso curioso? Una bonita coincidencia que volvía todavía más apetecible a la fémina. Sí. Podría divertirse experimentando con ella. Muchísimo.

Perfecto entonces. Más razones tenía ahora para quedarse por ahí. El edificio en el que se estaba investigando con ella era un flamante hospital universitario en Oporto, con bastantes subterráneos y demás tonterías donde uno podía tener a una serpiente peligrosa sin miedo a que se comiera a los pacientes de más arriba. Tras ir al hotel y dejar ahí sus pocas pertenencias, había decidido presentarse directamente ahí. Sí, con traje y todo. Era una mejor forma de causar una buena primera impresión que si iba con bata de laboratorio, porque la que personalmente usaba, estaba un poco… Manchada de rojo. Por no decir que la bata en sí tenía más de rojo que de blanco.

Las presentaciones que tuvo con quienes serían sus compañeros duraron menos de lo que uno podía pensar. Primero de todo, porque él hablaba inglés y ellos portugués. Segundo, porque si bien podría tener la decencia de hablarles en su idioma, que para algo lo había estado estudiando antes de llegar ahí, eso de la cortesía no era algo que agradara al demonio. Él era más de llevar las cosas a su más escueta forma: “Hola, me llamo Apofis. Dónde tenéis a la niña guardada”. Nada más. Sus manos, cubiertas con flamantes guantes de cuero blanco, mientras tanto, iban ordenando cada cosa que iba viendo fuera de su sitio en cualquier lado: hasta los cabellos de una enfermera que pasaba por ahí. Todo lo tenían desordenado, por cierto. Le ofrecieron mirar previo a su interacción con el bicho ese los archivos con los datos que ya tenían. Pero en cuanto vio que estos venían en una carpeta y una página “3” detrás de una “42”, ladeó la cabeza, casi asqueado, y cuestionándose en su interior dónde demonios había ido a parar. Estos portugueses... Hacía quinientos años estaban dominando toda Brasil y descubriendo mares y océanos y ahora no sabían poner cuatro papeles bien dentro de una carpeta. Menudos campeones estaban hechos. Verdaderos hijos de la Roma Imperial, ahora que lo pensaba. Cabe destacar que, por cierto, Apofis no le tiene mucho cariño a prácticamente ninguna cultura occidental.

Pero eso no importaba ahora. Luego lo ordenaría todo, aunque tuviera que pasarse el fin de semana haciéndolo. Tras oír las precauciones que el que era jefe de la investigación le dijo que debía tener para relacionarse con la dama (que resultaba ser denominada “Maibe”, por cierto. Aunque eso le importara un rábano. Tanto que, por cierto, se ha mencionado que “oía” lo que le decían. Que estuviera escuchando sería un tema muy aparte).

Así pues, tras media hora de haber estado por ahí, ya le dejaron entrar. Lo curioso fueron las pocas palabras que salieron de la boca de Apofis hasta ese momento. Pero nada más se cerró la puerta tras de sí, lanzó un largo suspiro y miró a todos lados. Buen ambiente para mantener una serpiente. No demasiado cálido, y ahí una no podría ni incubar nada. Si lo que quieres es matarla de depresión, esa sala blanca era perfecta. Qué gran maravilla.

Nada más entrar ahí, y asegurarse que no hubiera ningún dispositivo que captara el sonido, abrió la boca, soltando de ella su aliento, sin más. ¿Por qué? Bueno. Eso estaba claro para alguien que supiera un poco de serpientes: estaba desprendiendo feromonas. Algo tan simple como el aliento de otra serpiente podía ayudarla a partir del órgano de Jacobson a saber que estaba frente a otra. Que esa otra era un hombre. Que tenía cinco mil años y que su función reproductiva estaba igual a desde que era un chaval. Ah, y que no tenía pareja en ese momento. ¿Qué? Eso es lo poco que se puede decir con feromonas. No iba a dedicarle un poema con solo lanzar el aliento.

-Me llamo Apofis, por cierto –dijo, caminando poco a poco y buscando a la criatura sin preocupación alguna. La sala era bastante grande. Y esa panda de idiotas había puesto más de un lugar donde ella podía esconderse y atacar por la espalda si quería. Cabe mencionar que ahora hablaba en árabe, para que solo ella pudiera entenderle si es que de verdad era egipcia (porque no, en Egipto no se hablaba egipcio desde hacía miles de años)- Y ahora ponte delante de mí que quiero conocerte. Prometo no meterte mano como seguro que hacen esos cerdos humanos nada más verte. Y tal vez te dé una cena en condiciones si me caes bien. Hay una enfermera que parece bastante más comestible que esa panda de viejos.


Última edición por Apofis Misr el Dom Feb 02, 2020 10:01 am, editado 1 vez
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Mensaje por Maibe el Mar Dic 24, 2019 9:19 pm

¿Cómo había llegado a esa situación? Era la pregunta que se le pasaba por la cabeza día tras día, casi de forma constante, como si aquello fuese a darle alguna respuesta. Por favor, ella no era una serpiente cualquiera; había nacido en pleno Egipto en medio del desierto; había sobrevivido en soledad y sin ayuda de absolutamente nadie incluso cuando no era más que una cría vulnerable en un entorno hostil repleto de depredadores y donde los alimentos escaseaban. Pero no nos equivoquemos, Maibe no era alguien especialmente fuerte y eso ella lo sabía bien; tan solo se le hacía increíblemente fácil acabar con vidas ajenas. Bastaba con un simple toquecito y pum, listo; uno menos.

Entonces, si era tan sencillo como eso… ¿por qué ahora estaba así, encerrada en una habitación blanca en el subsuelo de lo que parecía ser una especie de hospital o algo por el estilo, muerta del asco? Bueno, pues a decir verdad, en parte era culpa suya. ¿Lo admitiría algún día? Seguramente no. Y eso que no era una serpiente especialmente orgullosa. ¿Que por qué era ella misma la culpable, al menos en parte? Si en aquel entonces, ya varios años atrás, no se hubiese dejado llevar y se hubiese parado un poco a pensar y analizar las cosas, tal vez se hubiera dado cuenta de que enfrentarse a aquella mujer no era tan buena idea –o a intentarlo; porque no llegó ni a tocarla. Y menos mal-. Ah sí, esa mujer… Ella fue la primera en capturarla, la que la hizo pasar de depredador a presa con una facilidad pasmosa. Y desde entonces, en resumen, todo había ido cuesta abajo. Lejos quedaban ya aquellos felices momentos que alguna vez compartió con quien llegó a ser su esposo –y al que posteriormente también devoró, dicho sea de paso-, o aquella época en la que se dedicó a vagar por todo el norte de África y Oriente Medio haciendo y deshaciendo todo aquello que se le venía en gana –es decir, divertirse y engullir gente sin parar, pero para gustos los colores-.

¿Y ahora? ¿Dónde se encontraba ahora, más allá de aquella insulsa y aburrida habitación en la que la mantenían presa? A saber. Suponía que debía seguir en Europa, no obstante, los europeos eran criaturas extrañas y se le hacía difícil comprenderlos. Todo allí era distinto –o eso le pareció durante el breve periodo en el que gozó de libertad en el viejo continente antes de que esos asquerosos científicos aparecieran-; la gente, la cultura, el ambiente, el entorno, la lengua… O lenguas. Ya no sabía ni en qué idioma le estaban hablando y ellos tampoco parecían molestarse en querer establecer algún tipo de comunicación con ella; para nada. Solo estaban ahí por y para los venenos que producía. Los odiaba. A todos y cada uno de ellos.

Los mataría en cuanto tuviese la menor oportunidad y extendería su agonía todo lo que le fuera posible. Quería verlos sufrir.

Imaginárselos de aquella forma se había convertido en su pasatiempo favorito; de vez en cuando, hasta le sacaba alguna sonrisilla –quizás un tanto siniestra, pero una sonrisa al fin y al cabo- en contraposición con la seriedad y la cara de pocos amigos que solía mantener cuando se hallaba bajo su apariencia antropomorfa. Porque, a ver, que te encerrasen en un sitio así y se dedicasen a hacerte Dios sabe qué cosas día sí y día también no es algo agradable para nadie. ¿Y cómo es que lograban tocarla sin que les pasase nada si con un simple roce, en principio, Maibe ya podía matar a alguien? Aprovechándose de su debilidad a las bajas temperaturas para debilitarla y adormilarla, por supuesto.

¿Qué? ¿Acaso no era obvio? Evidentemente, la temperatura de la habitación no era la más indicada para ella –aunque tampoco lo suficientemente baja como para comenzase a hibernar. No, la querían consciente, dentro de lo que cabe- y, si bien con algo de ropa aquello no le supondría mayor problema, apenas le daban las típicas batas de hospital que vestían los pacientes –o sujetos de estudio, como en su caso-. Y, total, ¿para qué? Ella no era más que un animal a fin de cuentas, el pudor y la vergüenza por su parte brillaban por su ausencia; eso era cosa de humanos. Si se ponía aquella cosa era solo con la esperanza de mantener un poco su temperatura corporal más acorde a lo que verdaderamente necesitaba, nada más.

En aquel preciso instante, sin embargo, se hallaba bajo su forma original, terminando de engullir un animal algo más grande de los que solían utilizar para alimentarla. Por no mencionar que tampoco solían darle de comer a esas horas, pero bueno, comida es comida y tampoco tenía nada mejor que hacer. De hecho, estaba lista para enroscarse en su escondite tranquilamente y, es más, lo habría hecho de no ser por algo que percibió casi de la nada. Estaba acompañada. No obstante, sabía perfectamente que no era ninguno de esos humanos que estaban ahí para estudiarla; no, nada de eso; era otra serpiente. Tenía más información que esa, claro, pero tampoco vamos a perdernos en detalles: hombre, mayor que ella, soltero… En fin, lo típico, ¿no?

Aunque las sorpresas no terminaron ahí: por primera vez en mucho tiempo, alguien le habló en un idioma que comprendía. Aun así, no cedió a las exigencias contrarias –o a la negociación, porque le estaba ofreciendo una enfermera como tentempié y eso nunca estaba de más- y se quedó unos largos segundos escondida en su rincón hasta que se decidió a salir. Eso sí, no fue una entrada amigable ni pacífica. No tenía muchas fuerzas, pero las que le quedaban las usó para deslizarse velozmente hasta situarse en un abrir y cerrar de ojos detrás de ese hombre –porque otra cosa no, pero Maibe veloz era; y mucho cuando quería-, donde se transformó en la joven pelirroja que todos conocían –cabe destacar que desnuda puesto que la ropa no viene incluida con las transformaciones-. Por supuesto, no iba a quedarse quietecita como una niña obediente y buena; alzó uno de sus brazos hasta que logró tocar el cuello ajeno y la otra mano la posó sobre la espalda contraria. Sin embargo, no le envenenó… No todavía.
– ¿Qué quieres? – preguntó también en árabe, con tono serio y frío, brusca y visiblemente hostil mientras fruncía el ceño y clavaba sus ojos viperinos en los contrarios. Y, por si la escena no fuera suficiente de por sí, recalquemos que de su boca aún brotaba sangre del animal al que había dado muerte.
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Mensaje por Apofis Misr el Miér Dic 25, 2019 1:05 pm

…Y ahí tenía a la niña que sería suya las próximas semanas o meses, lo que durase la investigación. Siendo sinceros, no se esperaba semejante belleza casi idéntica al prototipo deífico que los griegos tuvieron. Sí, había podido tener una foto en sus manos de la dama, pero ahora la apreciaba mejor. Más en ese estado, tal y como había venido al mundo. Nada mal. Una sonrisa pícara se dibujó en su rostro nada más verla. ¿Y ella era de su raza? Pobrecita. Si él ya se sentía incómodo en un ambiente tan “frío” (relativamente hablando, y teniendo en cuenta que el desierto del que ambos venían podía alcanzar los cuarenta grados de temperatura fácilmente) yendo cubierto, no sabía lo que debería estar pasando ella.

¿Empatizando? No. Preocupándose por un futuro juguete. Un juguete que por cierto, era más sabrosa que el vaso de vino que se había tomado en el avión. Se podía notar que obviamente, en cuanto giró la cabeza para mirar a Maibe, no tenía la más mínima intención de mirarle a los ojos. Sino a sus atributos mamarios. Es decir, lo que coloquialmente se lleva llamando pecho toda la vida. Bastante grandes para ser una reptil. Y muy bien proporcionados al cuerpo. Le gustaban, sí, tanto que le dedicó una pequeña sonrisita. Podría poner como excusa que le interesaba saber si las féminas de esa raza tenían glándulas mamarias tan rosadas y demás si eran ovíparas. Y así aprovechaba para toquetear un poco eso por el bien de la ciencia. La experiencia empírica era extremadamente necesaria para desentrañar los misterios que pudiera ocultar la dama.

Pero una cosa hacía que Apofis perdiera la atención más que ese cuerpo. Algo muy importante y extremadamente sensual para él. La sangre. Y oh… Ese pequeño hilo de sangre que goteaba por la boca de la mujer le acababa de dejar contra las cuerdas. Su mirada subió para fijarse en ella con posesividad. En esa hermosa marca carmesí. Ahora que se fijaba, todo en ella parecía hecho para provocarle: ese rojo en los labios, ese carmesí cabello. Todo rojo. El color de la sangre. Un símbolo para él tan erótico bastaba para provocarle. Y mucho.

Se le acercó. Mucho, girándose por completo y manteniendo ahora los ojos en ella, por pura cortesía. Primero, posó su dedo índice sobre los labios de Maibe, dirigiéndolos lentamente hacia la sangre y manchando su dedo con ella. Para luego retirarla y darle una pequeña lamida. ¿De qué animal era esa cosa? Sabía horrible. Nada digno de semejante dama. No… Ella se merecía la sangre de algo de su nivel. Como la enfermera a la que había estado toqueteando minutos atrás, por ejemplo. Ya se la entregaría más adelante, tal vez tras conseguirle un vestido del mismo color que su cabello y habérsela llevado a su hotel. Para darle un par de mordisquitos, por supuesto.

-¿Qué quiero, Maibe? Relájate. No te preocupes por lo que yo quiera, porque por protocolo te lo tengo que contar. –suspiró, fingiendo calma mientras se relamía, todavía con el sabor de la sangre en su rostro- Dime qué quieres tú. Soy Apofis Misr, la persona encargada de investigarte. Eso sobre el papel. Porque si me caes bien, solo con ser un poco cariñosa ya tendrás todo lo que desees y más. Lo primero será aumentar la temperatura de este asqueroso sitio –dijo, en referencia a esa sala que tal vez, muy a lo sumo, estaría a los… ¿Veinticinco grados Celsius? Tal vez. Y esa temperatura era, con perdón, asquerosa- Luego te pondré alguna comodidad más. Y mientras tanto te iré haciendo analíticas y esas cosas. Prometo ser lo más gentil que pueda con ese cuerpecito tuyo. –hablaba con calma y en perfecto árabe a pesar de la hostilidad de la mujer. Más bien, por qué no ser sinceros: esa misma hostilidad le parecía un gran complemento a la relación que les iba a envolver. Ojalá opusiera un poco de resistencia y tuviera que someterla de vez en cuando. O mejor todavía: ojalá intentara atacarle en ese instante- Pero antes de empezar con nuestra relación de científico-conejillo de indias, por favor, hablemos un rato. Llevo mucho tiempo sin ver a una de mi propia raza… Y lo echaba de menos. ¿Sería mucha molestia que me dijeras qué clase de investigaciones prefieres que no te haga? Me juego lo que quieras que todo lo relacionado con los colmillos. Yo personalmente, odio que me toquen los colmillos.
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Mensaje por Maibe el Vie Dic 27, 2019 12:15 am

Se mantenía completamente quieta y con la vista clavada en el otro sin dejar de tocarle en ningún momento. Sabía que, si ambos eran de la misma especie tal y como parecía por lo que había percibido instantes atrás, el hombre sería consciente del frío que envolvía aquella habitación y no le sería difícil imaginar cómo lo tendría que estar pasando ella al no llevar ninguna prenda encima; aun así, su expresión seria y hostil no cambió ni un ápice. No, no se dejaría ver como alguien débil ni vulnerable, ni tan siquiera en esas circunstancias. Si la querían en ese estado tendrían que adormecerla del todo y obligarla a entrar en hibernación porque, de otra forma, ella era alguien que hacía y deshacía cuanto le venía en gana; no era sumisa y mucho menos acobardada; era un alma libre. Y eso no había cambiado –ni cambiaría nunca- por muy encerrada que la tuviesen.

Por supuesto, y aunque no se podía decir que la suya fuese una inteligencia muy sobresaliente o espectacular, Maibe no era tonta y, como cabría esperarse, no tardó en percatarse de la mirada contraria sobre su cuerpo y la sonrisa que eso le provocaba. No hubo reacción alguna ante esto por parte de la serpiente; le daba exactamente igual cómo la mirase o qué pensara de ella, al menos tal y como estaban las cosas. En otro lugar, en otro momento, en libertad y a su aire, de haberse encontrado con alguien así, quién sabe, su actitud habría sido bastante diferente; quizás le hubiese seguido el juego de alguna forma. No obstante –y si bien no se cortaba ni un pelo y no tenía el menor problema o inconveniente a la otra de dejarse llevar por sus instintos más primarios-, su seguridad le importaba más que cualquier rato de lujuria que el otro pudiera ofrecerle. Era lógico, como animal que era, sus prioridades estaban bastante claras; primero sobrevive y luego ya, si eso, te reproduces.

Sin embargo, ahora sí, en cuanto el hombre se movió, frunció el ceño y adaptó su propia postura a la de este, para no dejar de tocarlo en una más que evidente actitud defensiva. Por si acaso. Es decir, nunca sabes cuándo vas a necesitar envenenar a alguien, ¿cierto? ¿Y por qué no lo había hecho ya en primer lugar si odiaba estar allí y estaba deseosa de salir y acabar con todos aquellos que la mantenían presa entre aquellas paredes? Muy sencillo: la raza ajena. Hacía bastante tiempo que no encontraba con nadie como ella y, pese a estar preparada para abalanzarse sobre él de ser necesario, su presencia había sido toda una sorpresa; un acontecimiento que no se esperaba para nada y algo difícil –si no imposible- de ignorar, a pesar de todo.

¿Qué se relajase? ¿En serio? ¿De verdad le estaba diciendo eso? ¿No se daba cuenta de lo absurdo que sonaba? Bufó ante soberana estupidez, con sus ojos viperinos y acechantes pendientes de cada gesto que hiciera y atenta a cada palabra que saliera por su boca. Que le provocase curiosidad y no le hubiese envenenado todavía no quería decir que le agradase o que se fiase de él lo más mínimo; de nuevo, no era tonta.
– ¿Eres uno de ellos? – Fue lo primero que dijo al escuchar eso de que iba a investigarla y, aunque se mantenía quieta en la misma posición, la violencia en sus palabras era más que obvia. Si era como ellos, si iba a hacerle lo mismo que ellos, no dudaría ni un segundo en tratar de matarlo.

– Los quiero muertos. A todos. – habló con una frialdad absoluta pero igualmente sincera, si bien no dio detalles al respecto de las posibles muertes que había pensado para los señores de las batas blancas –que, cabe destacar, eran bastante variadas. Después de todo, sería aburrido terminar con todos de la misma manera-. – Si de verdad somos lo mismo ya deberías saber que no somos especialmente cariñosas. – A ver, se trataba de unos animales que abandonan a sus crías incluso antes de que estas nazcan; si eran incapaces de establecer lazos afectivos incluso con su propia descendencia, esperar algo de cariño por su parte resultaba, cuanto menos, ingenuo. Claro que tampoco se esperaba que aquel comentario hubiera ido en serio, pero mejor salir de dudas cuanto antes. – Todas. – soltó, sin dar más explicaciones. Aunque, siendo sinceros, había cosas que le daban exactamente igual; de hecho, en principio, mientras no tuviera que ver con sus venenos, la mayoría de cosas le eran más o menos indiferentes. No obstante, en ese entonces, y tal y como había dicho, no estaba de humor para ninguna de ellas.
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Mensaje por Apofis Misr el Vie Dic 27, 2019 2:33 am

Mantuvo su humor alegre y totalmente calmado a pesar de las acciones de la contraria. Sabía perfectamente que esta estaba preparada para atacarle: lo notaba en el cuerpo desnudo de la hembra. Todos en ella parecía estar tensado, como hacía él momentos antes de atacar a una presa. Sin embargo… Sabía perfectamente que nada iba a pasar. Que podía mantener la calma ante semejante alarde de pura fachada y falsa hostilidad. Bien era cierto que los especímenes de la raza eran famosos por ser de ataque rápido y bastante fácil de provocar. Pero… ¿Qué importaría, de todas formas, que eso sucediera? Todavía sería mejor. Sería una forma de culminar su primera visita juntos muy interesante… Pero no la óptima.

Apofis era un hombre, que, si bien cruel y despiadado, también destacaba por dos cosas: anteponía la verdad en sus discursos y solía carecer de segundas intenciones en sus palabras, prefiriendo siempre las formas más tajantes. Era, además, un hombre extremadamente inteligente, teniendo en cuenta sus campos de especialización. Y que podía deducir de sobra por experiencias previas que la actitud que mantenía Maibe, si bien apta para no dejar de tocarle, no era la correcta si de verdad quisiera atacarle injustificadamente en un ahí y un ahora instantáneos. Tal vez estaba ante un ejemplar manso (qué graciosas ocurrencias tenía él) o que la habían drogado previamente en un ligero porcentaje (que sería lo más inteligente. Pero muchos seres inteligentes no parecían haber en ese lugar, siendo sinceros) que no quisiera atacar por incapacidad de ello o simplemente, por desconocimiento de sus futuras acciones.

Y parecía, visto lo visto, que la joven no iba a aceptar su petición ni iba a intentar hacer desaparecer ese ceño fruncido de su faz. Una verdadera lástima, pues él prefería mucho más verla sonriente. No por nada, caramba, pero es que desde esa posición y en un ambiente así, tal vez podría parecer que estaban teniendo una conversación desagradable… Que no era para nada su caso, teniendo semejante escultura que parecía recién sacada del taller del más preciso idealista del Renacimiento. Tan perfecta que… Solo podía pensar en tenerla entre sus brazos con tal de someterla. Pero poco a poco. Las cosas debían seguir un ritmo… Coherente.

Lo primero que hizo, ante los interrogantes hostiles que le presentaba la mujer, fue mirar a todos lados de la sala. Buscando qué tenían por ahí colgado, cualquier pieza de información que le fuera a resultar interesante. Lo que más le interesó fue que, idiotas no eran del todo, en vista de que en ningún lugar de la sala habían dejado herramientas quirúrgicas o nada que pudiera servir como arma. Ni llaves, ni carteles tras los cuales esconder nada. Una sala blanca con poco mobiliario, bastantes sitios en los que una serpiente podría hacer un escondite y un par de mesas que parecían preparadas para tener en ellas cualquier probeta que fuera menester, con una pica y un grifo en el que lavarse las manos y los instrumentos. Es decir, no para uso de la fémina tanto como lo podía ser para tener ahí los instrumentos. Ah, y había una camilla con cuerdas de cuero, posiblemente para inmovilizarla, lo cual, siendo sinceros, no dejaba de ser comprensible teniendo en cuenta la escasa fuerza que poseía un humano en comparación a una poderosa serpiente.

Nada de eso era de su interés más que Maibe en ese instante. Todo era insulso, ya lo usaría más adelante. El privilegio de poder tratarla de forma tranquila era algo que no tendría sin embargo todos los días en la misma medida, y que quería aprovechar bien. Tenía que jugar de forma correcta sus cartas para ganarse la confianza de la hembra, reto que se le antojaba difícil en vista de lo compleja que estaba demostrando ser. Una inteligencia que sin duda era idéntica a la humana, sí. Con capacidad de demostrar preferencias, gustos y poder hacer oraciones que deducía que podrían ser más complejas y estaba acortando tanto por pura furia con su entorno. Cosa que también era una muestra de inteligencia, al ser consciente de que estaba ahí por unas causas determinadas en contra de una voluntad que demostraba tener. ¡Impresionante! No estaba frente a una cría, precisamente.

-A lo que refiere sobre si soy uno de ellos…
-se rascó la barbilla, pensativo, buscando una respuesta del todo cierta- Sí y no. Soy científico, sí. Pero vengo de otra universidad, con otras intenciones de investigación y no las que tengan los portugueses estos. –dijo, en clara alusión al desprecio que sentía por los que eran sus recién conocidos compañeros. Sonrió al escuchar la petición que tenía la hembra- Entonces los quieres muertos. Mira tú por donde, qué casualidad. De todas formas, debes comprender que aun si… Los matara –que en algún momento lo haría, a largo plazo, por puro aburrimiento- sospecharían de ti inmediatamente y serías sacrificada por ser demasiado violenta. Y qué lástima para el mundo sería perder a un espécimen tan bello. –recalcó, sonriente y con ese tono despreocupado que había estado utilizando desde el primer momento- Respecto a lo de las serpientes… Bueno. Es que ser cariñoso es algo que nos rebaja demasiado, ¿no te parece? Es mucho más divertido someter a todo lo que no nos sea útil. Pero en serio, tómatelo con calma. ¿Quieres que nos sentemos y hablemos al respecto de forma más educada? Sé que tienes muchas dudas respecto… A todo lo que te rodea. O eso, o puedo agarrarte del pescuezo, ponerte sobre la camilla esa y empezar a diseccionarte como si fueras un cadáver. Porque yo soy bastante maniqueísta. Elige el extremo que más te guste, bonita.
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Mensaje por Maibe el Dom Dic 29, 2019 3:27 pm

A pesar de que no dejaba de tocarle, aquel hombre estaba tranquilo; demasiado. O al menos esa era la impresión que le daba a la serpiente. ¿Por qué? ¿Es que no sabía lo que podía hacer con un simple roce? ¿Esos tipos no lo tenían apuntado por ahí en algún papel o donde quiera que escribiesen las cosas? ¿Ni un informe o algo? ¿No se lo habían enseñado? ¿Por qué no iban a hacerlo? Los señores de bata blanca que la mantenían ahora cautiva resultaban extraños, sin embargo, Maibe no terminaba de comprender por qué no compartirían información con aquel que ahora la visitaba –sí, llamémoslo visita mejor-. Durante el tiempo que estuvo en Italia, todos los integrantes del equipo de investigación que se encargaba de estudiarla y experimentar con ella y sus venenos se pasaban los datos que recopilaban continuamente. Tampoco se quejaba si estos no lo hacían –al fin y al cabo, era una fisura de la que podía aprovecharse y sacar ventaja- pero era, cuanto menos, raro.

Aunque… ¿sería esa realmente razón de su tranquilidad? ¿Y si resultaba que sí que era consciente de lo que la fémina era capaz pero él era inmune a sus toxinas? Es decir, tampoco sería tan descabellado… Era una serpiente al igual que ella; eso lo había sabido desde el primer instante y no lo cuestionaba. No obstante, también sabía perfectamente que, por muy serpiente que fuera, no era de su misma especie; la suya no era precisamente de las más comunes y, si de casualidad fuese uno de los suyos, ¿cuál sería la lógica en tener a un espécimen encerrado y al otro dejarle libre cuando, en principio, podían sacar información de ambos? O, ya puestos, aprovechando que uno era macho y la otra hembra, dejar que se reprodujesen e investigar lo que quiera que saliese de ahí.

¿Y si solo le estaba dando vueltas de más? Quién sabe, quizás solo era un loco suicida. ¿O es que de verdad estaba tan confiado como para mostrar semejante calma ante alguien como Maibe que, además, se notaba a kilómetros que no estaba lo que se dice muy contenta y feliz?

Como era de esperar, le siguió con la mirada cuando echó aquel vistazo a la habitación. ¿Qué pensaba encontrar? En aquel momento no había ningún instrumento ni ninguna de esas cosas –que Dios sabe qué narices eran esos chismes- que usaban con ella; sería estúpido que las hubiesen dejado. Estúpido para ellos, porque para Maibe serían bastante útiles. Pero, en fin; no había nada; se los llevaban cada vez que terminaban. Lo que sí que estaba era aquella camilla, sin embargo, cuando la ponían sobre ella bajaban aún más la temperatura de la sala, de forma que quedara adormilada y vulnerable, casi incapaz de defenderse o de poner resistencia. De nuevo, inteligente por su parte –porque si se acercaban a ella como si nada, serían envenenados inmediatamente y, bueno, sobra explicar las consecuencias que eso trae consigo, ¿verdad?-.

En cuanto le escuchó afirmar que, en efecto, se trataba de un científico, su ceño se frunció todavía más en una mueca de evidente desagrado y repulsión. Asco; eso era lo que sentía, sí. Ya había tenido suficiente, no necesitaba escuchar ni una palabra más. En ese mismo instante, dio un paso al frente, pegando su cuerpo al contrario y posando sus manos al completo sobre el otro, dispuesta a acabar aquella “charla” de forma precipitada y de malas maneras.

Pero no lo hizo.

Hubo algo, un pequeño detalle que la detuvo antes de hacer nada –si bien no dio ningún paso atrás para volver a como estaba antes-. Tenía… otras intenciones de investigación y su forma de dirigirse a los que se suponía que eran sus compañeros de profesión dejaba mucho que desear, haciendo que la serpiente sospechase que les tenía un cariño similar al que ella les profesaba –es decir: absolutamente ninguno-.
– ¿Qué pretendes tú que no pretendan ellos? – preguntó, directa y clara; sin rodeos, aunque aún hostil y sin rastro de simpatía. No obstante, no pudo evitar arquear una ceja con ligereza al escuchar sus siguientes palabras. – Quiero matarlos yo. – No dio ninguna explicación más al respecto; tampoco lo veía necesario. Ella ya tenía sus métodos y hasta ahora siempre habían funcionado; solo le faltaba la oportunidad para hacerlo. Porque en cuanto se presentase, por mínima que fuera, ya se podían dar todos por muertos. – ¿Qué educación puede tener un animal? – replicó, seria y hostil como venía siendo costumbre, pero con cierto toque ácido, casi como mofándose en cierta forma.

Por primera vez desde la irrupción ajena en aquella sala e ignorando la más que evidente amenaza por parte del otro, Maibe desvió la mirada y la posó apenas unos segundos sobre una de las cámaras con las que vigilaban qué hacía o qué dejaba de hacer allí dentro cuando se encontraba sola, solo para volver a posarla sobre el hombre que tenía frente a ella.
– Hablaré lo que quieras si me sacas de aquí. – soltó de pronto, sin pelos en la lengua y volviendo a adoptar la postura de antes, más defensiva que agresiva.
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Mensaje por Apofis Misr el Lun Dic 30, 2019 2:11 am

¿Entonces había conseguido ya convencer a Maibe de que sus intenciones eran… ¿Más lujuriosas que otra cosa? Porque sí, la investigación estaba muy bien, pero escasas eran las situaciones en las que se encontraba con otras serpientes. Menos hembras. Menos con esas proporciones corporales y ese color de cabello tan extremadamente poco corriente. Y aunque los movimientos de la contraria fueran hasta peligrosos, no le importaba. Verdaderamente, no se percataba de que la fémina podía tener determinadas intenciones que le fueran peligrosas, porque… Su atención se posaba más en el tacto ajeno que en otra cosa. En esa suave piel ligeramente gélida por el ambiente de la sala, y en esa figura tan bien desarrollada. Todo en ella parecía perfecto, casi deífico, así pues, ¿cómo se iba a fijar en que le intentaba atacar? Verdaderamente, la fuerza de Apofis le había añadido una debilidad: solía menospreciar a muchos de sus rivales. Y a cualquier cosa que se le acercara. Tanto que pensaba que las manos que había posado ahora Maibe en él eran puramente por lo mismo que antes se le había pegado.

Siendo sinceros, incluso si ahí hubiera riesgo para él (que lo dudaba), sería más divertido. El dolor le añadía mucho interés a la situación. Y el hecho de estar ante un espécimen calificado como “altamente peligroso” por sus estúpidos y debiluchos compañeros de investigación, no era sino interesante para él. Y parecía ser que algo había dicho Apofis que era del interés de la contraria, por mucho que él no era un experto en analizar las emociones ajenas (mucho menos en algo tan “complejo” para él como lo podía ser analizar cuál de todas sus palabras era más interesante que otra). Lo que sí sabía es que eso le podía resultar muy interesante. Cuanto menos se opusiera la contraria, mejor… Mucho mejor. Tal vez conseguiría tirársela en el sitio y todo, con un poco de suerte. Porque tampoco estaría mal, a fin de cuentas, un poco de sexo tras vete a saber tú cuántos años sin encontrarse a alguien de su especie. ¿Y estaba pensando Apofis en eso? Obviamente. No iba a pensar en amor precisamente teniendo en cuenta la situación.

Lo que sí que hizo fue girarse de nuevo, para estar mirándola de frente. No iba a dejar que la contraria tuviera ningún tipo de ventajas, y eso de estar tras de él era mucho. ¿Y si le daba por tomar la más mínima iniciativa? No era algo que le agradara precisamente, lo de dejar que otro llevara la batuta se le hacía… Incómodo como poco. Lo que sí que se le volvía más y más interesante cada vez que pasaba era escuchar a Maibe y sus reclamos y preguntas. Parecía que se había decidido ir por la parte de colaborar con él, al fin. No podía parecerle una más sensata idea. Si conseguía semejantes avances en unos quince minutos que tal vez había estado hablando con ella, no quería ni saber lo que habría obtenido al día de tenerla a su lado. Sí. Iban a divertirse mucho juntos.

Ahora, tras dejar que la contraria terminara de hablar y posando su mano sobre el mentón ajeno para mantenerlo firmemente sobre sus ojos, y aprovechando así para terminar de analizar esas deliciosas facciones. Tan suaves, y a su par, tan viperinas, como si esa mujer estuviera avisando a cualquiera con su mera presencia de su fuerza. Como debía ser, teniendo en cuenta la raza de esta. Se hubiera decepcionado de encontrarse con una persona débil o sumisa en lo más mínimo. Cuanto más se le resistiera, mejor. Cuanto más amenazara con morder a quien fuera, más divertido e interesante se volvía todo. Cuanto más expresara cómo imperaban en ella los instintos más primarios… Mejor se volvería lo que pudiera pasar a posterior.

-¿Qué pretendo yo, dices? –preguntó, con cierta ironía, casi conteniendo una pequeña risa ante tan obvia respuesta como tenía aquello- ¿Acaso no es obvio? –porque para él, lo era. Llevó los dedos de la mano que tenía libre hacia su propio labio inferior, marcando una forma de uve y luego penetrando esa misma uve tras sacar la lengua hacia afuera, como si estuviera lamiendo algo. Más directo no creía poder ser. Y deducía que ese gesto era prácticamente universal. Tras retirar la mano, siguió hablando, como si nada- Debes tenerlo delicioso y llevo sin comerme uno en condiciones demasiado tiempo. Todo sea por el bien de la ciencia, supongo. Que pareces de una especie en peligro de extinción. ¿No sería una lástima que además la lleváramos a desaparecer los científicos en nuestra obstinación por investigar con absolutamente todo lo que vemos? Hay que ser más liberal en la vida, mujer –pero al punto al que se quería ir eran las últimas palabras que había soltado Maibe. ¿Sacarla de ahí? No se le antojaba un problema, siendo sinceros. Tardaría dos segundos más o menos en convencer al resto de que era una buena idea llevársela a un hotel bajo la excusa de medir su nivel de interacción social- ¿Entonces quieres salir de esta sala y visitar Portugal? Te aviso que no es que haya nada que ver muy interesante. Las playas dan asco, y la comida que sirven es prácticamente igual a la que te pondrían en Italia o España, pero sin pizza ni paella. –no sabía exactamente a qué venía eso, teniendo en cuenta que ni el uno ni el otro iban a comer de eso teniendo en cuenta las razas que habían tenido la fortuna de ser- Sin embargo, hay que decir que por lo que he visto, hay alguna persona que parece comestible. ¿Entonces quieres que te saque de aquí? Supongo que sabrás que las serpientes somos… Individualistas. Y que para yo darte algo así quiero algo a cambio. Algo que sea equivalente. –sus palabras parecieron endulzarse en ese momento. Incluso hizo ademán de acercarse un poco a ella con la intención de arrinconarla con el cuerpo- Y claro, mucho dinero dudo que tengas… Y ya sabes cuál es la forma más rápida de contentar a un macho, ya sea reptil, marsupial o ave.
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Mensaje por Maibe el Miér Ene 01, 2020 8:58 pm

Seguía mirándole con el ceño fruncido y cara de pocos amigos en general; resultaba más que evidente que su presencia allí no era precisamente bienvenida, no obstante, y aunque hostil como la que más, el hombre le causaba cierta curiosidad. Es más, por sus palabras y por cómo había actuado en el poco tiempo que llevaba frente a ella, ya podía intuir que, de haberse cruzado en otro momento y en otro lugar, quizás hasta hubiesen podido llevarse bien. Todo lo bien que puede llevarse una serpiente con alguien, claro, porque, aunque Maibe –fuera, cuando no era un simple sujeto de investigación- se mostraba alegre y despreocupada habitualmente, no dejaba de ser alguien fría y potencialmente cruel. No, desde luego no era amable ni compasiva con aquellos a los que consideraba presas; le gustaba ver el dolor y la agonía en los ojos ajenos, lo disfrutaba, era… Entretenido, placentero.

Sí, en definitiva, una lástima que se hubiesen conocido de esta manera; podrían haber sido compañeros de cacerías o comilonas, pasar buenos ratos juntos… O todo lo contrario, la verdad. Eran serpientes; eso de vivir en manada no se les daba precisamente bien. No, eso de ser amiguitos seguramente no habría funcionado entre ellos, no nos engañemos. La empatía de la fémina dejaba bastante que desear y todo parecía apuntar a que el del contrario era un caso similar. ¿Pero qué otra cosa cabría esperarse si, a fin de cuentas y a pesar de pertenecer a distintas subespecies, no dejaban de ser el mismo animal? O eso creía ella por las feromonas que había percibido cuando el otro entró en aquella insulsa habitación blanca que tanto odiaba. Como mucho, tal vez se hubiesen divertido en compañía unos momentos y, después, si te he visto no me acuerdo. O puede que hubiesen intentado devorarse el uno al otro –literalmente-, pues, al menos Maibe, no sería la primera vez que cometía un acto de canibalismo.

Se giró. No le hizo ni pizca de gracia el movimiento ajeno y no se molestó lo más mínimo es disimular su descontento. ¿Para qué? Era mejor ser directa y dejar las cosas claras. No obstante, y por curioso o extraño que pudiera parecer en primera instancia, que la tomase del mentón ayudó a que se relajase un poco. Nada milagroso ni excepcional, claro, pero fue suficiente para reducir la tensión; era un gesto tranquilizador. ¿Que por qué? Muy simple: sus venenos podían transmitirse mediante el contacto físico por lo que, si los llegaba a necesitar, la posibilidad de atacar seguía ahí.

Arqueó de forma sutil una de sus cejas cuando le escuchó preguntar si no era obvio. Por lo que a ella respecta, el tipo era compañero –más o menos- de los señores que la habían encerrado ahí, despojándole de su libertad por segunda vez, y quienes se dedicaban a experimentar con ella día sí y día también. ¿Pensaba aprovecharse si el otro accedía a sacarla de allí para, como mínimo acabar con ellos? Lo principal era alejarse de aquel apestoso lugar lo más rápido posible, pero sí, no era una opción que descartase por muy sospechosa que fuera a parecer como el contrario le había advertido. Le daba exactamente igual ser sospechosa; es más, mejor aún. Sí, que sospechasen, que supiesen que había sido ella; que fuesen conscientes de una maldita vez que, de no ser por aquel frío helador que la adormilaba, no tenían nada que hacer contra ella.


– ¿Más liberal? – cuestionó con la misma actitud de la que había hecho gala durante todo su encuentro a pesar de la declaración de intenciones que acababa de hacer el mayor, como si ni se hubiese inmutado al respecto. – No sabes cómo soy. – sentenció, bastante segura de que no tendrían datos al respecto de sus gustos en el ámbito al que el hombre hacía referencia constantemente.

Portugal… Por lo menos había conseguido situarse en el mapa y no parecía haber estado tan equivocada al haber dado por hecho que seguía dentro del continente europeo.
– El turismo y esa… comida no me interesan. – Casi parecía haberle costado llamar alimento a los platos que había escuchado salir de la boca ajena. Sabía que formaban parte de la dieta de otros seres pero, a sus ojos, de comida tenían poco. – ¿Alguna? Comida es comida. – No, ella, desde luego, no era muy selectiva respecto a lo que se metía en la boca; mientras fuera carne estaba bien –y mejor aún si esta se encontraba cruda y fresca-. Sus siguientes palabras, sin embargo, no tardó en captarlas alto y claro. ¿Solo con eso ya podría salir? Perfecto; que así fuera. – Como quieras. – En esta ocasión, su voz sonó bastante más suave, más… casi podría decirse que amigable. En cualquier caso, un indicativo más de que estaba dispuesta a cooperar.

Y sin añadir nada más, llevó ambas manos a las mejillas ajenas, obligándole a agacharse y reducir así la diferencia de altura entre ambos, para juntar sus labios en un gélido beso –por las bajas temperaturas del lugar- pero pasional al mismo tiempo, que terminó con un mordisco en el labio inferior. Algo fuerte, tal vez, sin embargo, nada como para abrir ninguna herida. Ahora bien, una vez que el otro se había agachado, no había necesidad de dejar ambas manos en su rostro por lo que, mientras jugaba con la lengua ajena en el interior de su boca, dirigió una de estas a la entrepierna del hombre, acariciándola sobre la ropa… Hasta que decidió que había sido suficiente y, de golpe, se alejó varios pasos con un movimiento veloz.
– Seguiré cuando me saques de aquí. – Una pequeña sonrisa apareció en su rostro mientras se relamía, deseosa de abandonar aquel lugar de una vez por todas.
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Mensaje por Apofis Misr el Jue Ene 02, 2020 11:43 am

Entonces, iba a resultar que esa pelirroja era lo suficientemente inteligente como para saber de sobra a qué se refería. Si es que ese espécimen era increíble. Había visto humanos con menor capacidad para poder captar lo que de verdad querían decir sus frases entre líneas que esa serpiente, supuestamente incivilizada. Y no solo es que lo entendiera… También era capaz de adelantarse a lo que le fuera a pedir, por sí sola, como si lo estuviera adivinando. No opuso resistencia alguna a los movimientos femeninos. Se dejó hacer… Por el momento, arqueando ligeramente su espalda para quedar a una altura más cercana a ella. Y corresponder el beso, por supuesto. No se iba a negar a catar un poco esos labios. Y dejar a la contraria llevar la ventaja… Por ahora. Quería ver cuánta experiencia tenía esa niña. Si había estado siempre encerrada o si de lo contrario era verdad que había estado libre y se había podido reproducir. Que siendo serpiente, no solo era posible, era lo que prácticamente todos ellos hacían. Y por cómo besaba, no era excepción. Se notaba que al menos tenía bastante experiencia. Y… Eso era de agradecer. Posó la mano en la cintura de la contraria, con tal de acercarla todavía más a él. Y… Para notar más cosas a parte de esa manita tan atrevida que tenía la niña. Como su pecho. Como todo ese bien esculpido cuerpo. Y para que ella notara también, que en efecto, parecía ser que su cuerpo respondía bastante bien y ya tenía algo que oprimía ahí, donde ella había tocado. Y bastante grande.

-¿Qué no sé quién eres, dices, niña? –preguntó, todavía atrapándola con esa mano bien colocada para que no se le escapara o intentara retroceder- Pues pienso descubrirlo todo. Hasta qué sabor tiene eso que me estás enseñando con tanto amor y que tengo la sensación que intento tocar como tú estás haciendo, moriría en el intento… –y eso de poder enfrentarse a una mujer desnuda con tal de forzarla era algo que siempre había querido hacer, en verdad. ¿Tal vez podría planteárselo? Quizá. Pero… De momento había conseguido mucho con ceder ante ella, y tal vez iba a seguir un rato más antes de decidir qué hacer exactamente- Y darte de comer. ¿Quieres que te alimente, pequeña mía? Puedo darte mucha comida si te portas bien…

Y cuando ella se apartó, él empezó a cumplir con su promesa. Tras dedicar una pequeña reverencia a la joven, se reincorporó poco a poco, dejando su espalda totalmente erguida. Se le notaba bastante más… Calmado que segundos atrás. Su rostro, como mucho, expresaba una sonrisa amistosa, y ya. Porque sabía que eso lo habían estado grabándose con la cámara estratégicamente colocada. Y que si cualquiera le veía disfrutando de esos labios (bastante pasionales, por cierto), se sospecharía de su persona. Dudaba que hubiera alguien todavía vigilándole tras una conversación que se había extendido por bastante rato ya. Tal vez los primeros minutos sí, pero… Luego… No mucho. No había hecho nada hasta ese beso que fuera del interés de ningún científico, más que conversar.

-Espérate unos minutos. Espera con calma, que no te voy a dejar pasar esta noche en esta sala tan fría. Es odioso. Debes haberlo pasado muy mal… –suspiró, fingiendo amabilidad, para, repentinamente, pasar a hablar en perfecto inglés como si nada- Y ahora les voy a meter por el culo un poco de rectitud a ciertos científicos

No dijo más. Sale de la sala con total tranquilidad y se encuentra a los cinco o seis hombres en bata blanca que seguían por ahí, haciendo sus tonterías. Y a la becaria o lo que sea que fuese esa mujer que había prometido como comida a Maibe. La necesitaría llevar a la habitación algún día. Y luego regalársela a la mujer que le interesaba ahí. Quién sabe. Igual conseguía fecundar a esa niña y todo. Que lo de poner más bestias como él en el mundo era algo que llevaba demasiado tiempo sin hacer. Y nunca estaba de más saber que si algún día moría, no dejaría al mundo sin alguien que siguiera su legado… Pero bueno. Llegaba lo importante. Convencer a todos de lo buena idea que era dejar a una serpiente en sus manos. Como ventaja, no tenía noticias de que la niña hubiera matado a nadie. Eso le daba puntos.

Pero en fin. Sería absurdo intentar resumir esas conversaciones. Se pueden resumir de la siguiente forma: tras un poco de magia negra, dijeron que sí a todo. Ah, y se llevaría a la “cita” para que le ayudara, porque técnicamente, todo ahí sería por el bien de la ciencia. Y más importante. Habían dado una gabardina para que no tuviera que llevar a Maibe desnuda por la calle. No sabía cuánto había tardado en convencerles, pero de los quince minutos no bajaba. Tampoco es que a la niña le fuera de quince minutos.

Pero la cuestión es que en nada y menos había conseguido entrar de nuevo en la sala, con la pobre muchacha (Que debería tener entre dieciocho años y veinte. Y posiblemente no saldría viva de ese día). En fin. Culpa suya por parecer apetecible.

-Maibe. Nos vamos –habló en árabe con tal de que ella no le entendiera. Cuanto menos supiera la niña, mejor- Mi… Asistente te dará algo para que te cubras –dijo, refiriéndose a la gabardina que llevaba la fémina- Vamos a mi habitación de hotel, anda. Que tenemos que irnos antes de que cambien de opinión. Y te he traído cena. Toda la muchacha para esos colmillitos tuyos. Si es que soy maravilloso.
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Mensaje por Maibe el Sáb Ene 04, 2020 4:40 pm

¿Y si… se lo comía? Una pequeña e inocente pregunta que surgió en su mente y se dedicó a rondar su cabeza al poco de empezar a besarle y tocar su cuerpo. Bueno, quizás no era tan inocente realmente pero así era como lo percibía Maibe. Es decir, a saber cuánto tiempo llevaba allí encerrada, en Portugal, comiendo poco más que animales como ovejas, cerdos y ciervos o similares una vez cada semana o cada diez días aproximadamente. Y, aunque suponía que era lo que aquellos hombres que la mantenían presa entre aquellas blancas paredes habían estimado que sería necesario para ella por lo que les había permitido ver, lo cierto es que no era, ni de lejos, algo que la saciara. Porque no, no les había permitido ver de lo que era capaz. Sabían que podía cambiar de tamaño, en efecto, sin embargo, se había controlado para que no descubrieran los tamaños que podía llegar a alcanzar si así lo deseaba. Aunque, pensándolo bien, ¿realmente podía Maibe estar satisfecha con alguna presa? Esa serpiente era casi como un pozo sin fondo… En fin.

La pregunta no la abandonaba; no dejaba de darle vueltas una y otra vez. Cada vez más persistente y más difícil de ignorar. Hasta se planteó llevarlo a cabo. Ya le tenía ahí, estaba confiado y la tocaba directamente… Sería solo un momento, no tardaría nada en tenerlo tirado en el suelo a su merced listo para devorarlo y… No, no, no. No podía hacer eso. No podía permitir dejarse llevar por sus instintos y que se le nublase el pensamiento. No en ese preciso instante al menos; más adelante ya se iría viendo. Ese hombre era la clave para salir de ese maldito lugar de una vez por todas, no podía boicotearse a sí misma de una forma tan absurda. Ah, pero la tentación era fuerte…


– Sé cazar perfectamente y eso de portarme bien no va mucho conmigo… Pero comida es comida. – respondió, con un tono considerablemente más suave y amable de lo que había mostrado hasta ahora; lejos ya de esa hostilidad que la había caracterizado en un principio, si bien, por dentro, estaba luchando contra sí misma para contenerse y no hacer ninguna estupidez antes de tiempo. Quién sabe; tal vez hasta fuese esa la razón de su cambio de actitud. En resumidas cuentas, por muy cautiva que estuviese, no dejaba de ser una depredadora más, por lo que cazar no le suponía ningún problema –era algo natural para ella, al fin y al cabo- y “portarse bien”… Bueno, no era alguien que fuese activamente buscando romper las normas o algo así, pero tampoco alguien que fuera a cumplirlas a raja tabla. En otras palabras: era algo así como un alma libre que hacía y deshacía cuanto le venía en gana; a veces se “portaba bien” y otras se “portaba mal”.

Y finalmente se separó de él. Primero, para no ceder a esos impulsos que le decían que engullir al otro era una magnifica y perfecta idea y, segundo, para no darles a sus captores la satisfacción de presenciar una escena de sexo allí mismo. Que, dicho sea también de paso, en condiciones normales le habría dado exactamente igual tener testigos o no –porque eso de la vergüenza era cosa de humanos, no de animales salvajes del desierto-, no obstante, el odio y rencor que sentía hacia aquellos portugueses le empujó a poco más que lanzar un mirada desafiante a la cámara durante un par de segundos antes de volver a centrarse en quien la iba a liberar. No sabía si los estaban observando pero, si lo hacían, al menos habrían visto que el contrario la había tocado -y hasta se habían besado- y seguía en perfectas condiciones. Un aliciente más para que cedieran.


– Sí… Muy mal… – Repitió sin prestar demasiada atención y sin inmutarse apenas del cambio de idioma una vez que confirmó que el hombre cumpliría con su palabra. Se limitó a sentarse allí, en su forma humana y en medio de la habitación, son sus brazos rodeando sus piernas y apoyando su cabeza sobre las mismas, a la espera de recibir noticias sobre si sería libre ese mismo día o si tendría que aguantar algo más. No sabría decir cuánto tiempo pasó exactamente entre que le vio salir y volver a entrar acompañado de esa muchacha, sin embargo, en lo que quiera que hubiese tardado en conseguir dicho permiso, Maibe no se había movido ni un ápice, permaneciendo completamente tranquila en su sitio.

Miró a la chica de arriba a abajo descaradamente, con una pequeña sonrisa en el rostro que, de no ser porque era conocida por todos allí como una criatura peligrosa, casi le habría hecho parecer una joven inocente y amigable. La chiquilla esa no estaba nada mal; si no le entraba demasiado el hambre y podía mantenerse bajo control, quizás hasta se podría plantear divertirse un rato con ella antes del plato fuerte. Seguro que al otro también le agradaba el plan.
– No puedo esperar. – contestó una vez se puso en pie y se acercó a ambos, en árabe también, por supuesto. Clavó sus ojos viperinos en la otra fémina y, aunque mantuvo la misma expresión que antes, podía verse una pizca de deseo y emoción en los ojos dorados de la serpiente si uno prestaba la suficiente atención. Calma; aún no. Agarró la gabardina que la otra tenía para ella y no dudó en ponérsela, lista para salir de su prisión. – ...Gracias. – le dijo a ella, ahora sí, en inglés.
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Mensaje por Apofis Misr el Dom Ene 05, 2020 2:56 pm

-¿Entonces te gusta la niña? Me lo imaginaba. Te podría haber buscado algo mejor, pero bueno. Es la que más sangre fresca parece tener. –hablaba en árabe, por supuesto, mirando mientras tanto a la pobre desgraciada como si nada. Incluso le dedicaba una mirada amable y cariñosa, como si se estuviera ofreciéndola a cuidarla de la criatura que ahora iba con ellos de una forma parternal y esas cosas. En fin. Que se la iba a comer Maibe, así que tampoco se iba a encariñar mucho con ella- Y para ir abriendo apetito no debe estar del todo mal, ¿no crees? –ahora, vuelve a alternar entre los dos idiomas, pasando al inglés para tratar con la becaria- No te preocupes por ella. Yo te protegeré. Y créeme, la tengo totalmente dominada.

Sonrió, amable y con cama. Esperaba que Maibe entendiera que o decía para relajar a una humana. Que normalmente para esos seres estar al lado de una flagrante asesina era… Tal vez incómodo. Por eso los tenían encerrados, a fin de cuentas, porque eran una panda de aburridos que debían aprender a disfrutar del dolor un poco más de lo que hacían. Por culpa de esas cosas acababan dejando echarse a perder joyas como ese hermoso rubí que ahora tenía a su lado, caminando como si nada. ¿Cuánto llevaría Maibe sin catar un poco de luz solar? Suponía que demasiado. Tal vez le sentaría bien broncearse un poco ahora que podía, por mucho que tuviera que devolverla ahí tras… Poco tiempo, teniendo en cuenta cuán rápido expiraba su beca en Portugal. ¿Y se creía la niña que la iba a soltar por siempre? Obviamente, no. Tenía una reputación como doctor que mantener y no dejar mancharse por… Cosas, nimiedades tales como soltar a una bestia por uno de los países más antiguos del mundo y también de los que más protección gozaba por parte de toda la OTAN y demás organismos con los que estaba en menor o mayor medida conectado. Llegan a estar por ejemplo en Afganistán, y tal vez se la podía llevar y todo… Pero ya así… Nada. Se la tiraría y cuando llegara el momento la pondría en manos de esos mismos científicos de nuevo. Pero eh, al menos, podría comerse a la becaria. No se podía enfadar del todo… Más o menos. Pero bueno, eso era algo que no le iba a contar hasta el último segundo.

Más bien, todo lo contrario, si se viera a Apofis en ese momento, poco se podría sospechar. Abrió la puerta para que ambas señoritas (los modales arcaicos le podían). Porque lo que más quería en ese momento era ver el rostro de Maibe cuando se encontrara con sus captores en un estado de… Aparente estupidez. Como que ausentes del resto del mundo. Sí, había sido él. Usando su magia de sangre, por supuesto. Y no la iba a retirar hasta que se fuera él mismo de ahí. Más bien. Estaba viendo a uno babear sobre lo que parecía ser un papel importante y todo. Se rio un poco ante la escena. Era como… La típica caricatura cómica para niños animada. Nada más, ni nada menos. Apofis era tan amigo de la coherencia como un político de la sinceridad.

-No les hagas nada, guapetona –dijo en árabe, mientras tomaba por la mano a la pobre joven que se había quedado asustada mirando a ese pobre y ya más mayor científico (que le había caído especialmente mal a Apofis) y ahora estaba bebiendo café con la nariz. Se lo merecía. Que le había visto mirarle raro antes- No todavía. Los he dejado un poco atontados para que puedas ver qué te espera si cuando lleguemos me dejas comprarte algo bonito con lo que lucirte. Como un vestido en condiciones y un poco de lencería por debajo. ¿Sabes lo que es la lencería? Supongo que sí. Tienes tanta pinta de virgen como esta niña de inteligente. Mírala, parece que se confía de dos personas que hablan en árabe y una es conocida por ser más bien una serpiente que una persona.

Pero en fin. Poco a poco, estaban saliendo de ahí, mientras Apofis tarareaba su cancioncita, todavía agarrando por la mano a la becaria y manteniendo controlada con su mirada a Maibe. En cuanto intentara lo más mínimo, lanzaría una gigantesca jaula de negra y azabache oscuridad sobre ella y a tomar por viento la experiencia que podría tener con ella. Y eso sería una lástima… Porque estaba bastante emocionado con poder mordisquear un poco a la niña. Tenía el coche aparcado en poco más de diez metros de la entrada al edificio universitario, que era donde se encontraban. Así que tampoco la expondría demasiado al frío de la ya entrada tarde. Tampoco quería hacerle daño exagerado solo con poner los pies en las atlánticas calles de Portugal. Por suerte, no parecía que todavía estaba empezando a refrescar demasiado.

Así pues, sin preocupación alguna, hizo ademán a Maibe para que le siguiera hacia el coche, mirándola constantemente para que no intentara escaparse tampoco ahora que veía calle tan abierta. Sacó con precaución la llave de su coche de alquiler, un flamante Mercedes blanco.

-Estas son las normas, señorita. La becaria detrás, tú conmigo, delante. Vamos a ir un momento a comprar alguna cosa para Maibe que veo necesaria, ¿sí? –hablaba en inglés con tal de que ambas entendieran sin problema- Como mucho una hora. Luego, nos acompañas a mi hotel y te dejo suelta, señorita. Me quedaré con Maibe a solas, no te preocupes. Puedo controlarla. O someterla si me apetece. Pero sigamos. –abre la puerta, y se mete en el asiento de piloto. Igual se confía demasiado, sí. Pero es que sabe que la serpiente no llegaría muy lejos ahí. Como mucho, esperaría a las doce y la encontraría por la calle congelada- Esta señora va a acabar siendo algo en medio de un sándwich de serpientes antes de que se entere, pobrecita–ahora hablaba en árabe, y a la serpiente, por supuesto. ¿Qué? ¿Acaso se creía alguien que iba a dejar a esa mujer comérsela sin haber catado él también un poco?- Igual le gusta y todo. Quién sabe. La cuestión es que se va a morir de todas formas.
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Mensaje por Maibe el Miér Ene 08, 2020 5:42 pm

Mantenía sus ojos viperinos fijos en aquella joven que, suponía, era humana. Eran buenas vistas; solo esperaba que el sabor no la defraudase aunque, si no se equivocaba con la raza ajena, difícilmente podría devorar otra cosa que no fuese un exquisito manjar. Es decir, lo humanos tenían buen sabor y eso era algo que sabía bien. Aunque nada como aquel primer humano al que le hincó el diente, claro. Aquello fue… diferente, especial; todo un acto de amor… Más o menos. O al menos, el concepto retorcido que tenía ella del amor. – No soy muy exigente con la comida, pero admito que tiene cierto encanto. – Con encanto, obviamente, se refería lo apetecible que se le hacía. Es más, si por ella hubiese sido, se hubiese lanzado a la yugular de aquella pobre desgraciada a la primera de cambio; allí mismo y sin contemplaciones. Pero si hacía eso difícilmente le dejarían marcharse de allí y todo se iría al traste, ¿verdad? Habló, por supuesto, en perfecto árabe.

Ganas de reír, eso tuvo al escuchar como el otro intentaba crear un ambiente tranquilo para que la chica mantuviese la calma y no se alterase demasiado con ella, aquel sujeto al que habían catalogado como peligroso, delante. De eso, y de relamerse pensando en el festín que se iba a dar en poco tiempo. Claro que no lo hizo. Serían un animal pero, desde luego, no era tonta; trataría de guardar las apariencias todo lo que le fuese físicamente posible. Porque sí, podía resistir un rato pero todo tenía un límite y sabía que, tarde o temprano, estallaría y se dejaría llevar por sus instintos independientemente del momento o del lugar en el que se encontrasen. Con suerte, para entonces, ya se habrían alejado de aquel maldito lugar. Y si no, pues bueno, ¿qué se le va a hacer?

Con una sonrisa serena y apacible, caminó, ya con la gabardina puesta y los otros dos a su lado, fuera de la habitación en la que la habían mantenido encerrada quién sabe cuánto tiempo. Ya ni se acordaba de cuándo había llegado allí. Eso sí, su sonrisa se ensanchó ligeramente al ver el estado en el que se encontraban sus captores. No era una satisfacción plena –porque muertos no estaban y así era como los quería ella; o torturados mínimamente como poco-, sin embargo, ya era más que nada. Resultaba gracioso y hasta… entrañable en cierto modo.
– No les voy a hacer nada ahora. No es divertido si no puedo ver el sufrimiento en sus ojos. – explicó como si aquello fuera lo más normal del mundo. ¿Cuál era el punto en matarles en ese instante si no podía ver la agonía y el horror en sus rostros? Puestos a hacerlo, ¿qué menos que eso, no? – Haz lo que quieras. – cortó, con cierta indiferencia hacia el vestido y la lencería. Sencillamente no lo veía como algo necesario pero tampoco tenía nada en contra. – A saber dónde quedó eso. – comentó en clara referencia a su propia virginidad, si bien, en realidad, conocía bien respuesta. Recordaba a la perfección el dónde, cómo y con quién; el cuándo… Eso ya estaba borroso en su memoria.

Lejos de cualquier gesto de felicidad, al poner un pie fuera de aquel edificio, su rostro se tornó serio, dejando tan solo su boca algo entreabierta y expulsando una pequeña cantidad de vaho, producto de la diferencia de temperatura. Que no, no era una tarde especialmente fría, pero cuando vas vestida con apenas una gabardina algo de fresco sí que sientes. De no ser por eso, quizás hasta se habría aventurado a dejar a su presa y su liberador ahí tirados y marcharse, no obstante, ¿podría si quiera aguantar la noche si lo hacía? En su condición actual lo dudaba bastante y, además, tampoco tenía muchas ganas de arriesgarse y morir por semejante estupidez ahora que era libre de una vez por todas –al menos durante algún tiempo-.

De esta manera, con aparente tranquilidad y en silencio, se dirigió al coche hasta estar montada en el asiento que el hombre le había indicado. Podría haber contestado; podría haber comentado o añadido cualquier cosa, pero no nos engañemos, si lo hacía lo más probable es que terminase soltando algo que no debería y cagándola, echándolo todo a perder. Tampoco quería eso a estas alturas; lo más inteligente era no abrir la boca más de lo necesario mientras no lo tuviese todo controlado. Y, en ese momento, evidentemente, poco o nada tenía bajo control. De hecho, bastante le estaba costando ya reprimirse y no morder a la becaria. Y quien dice morder, dice matarla y tragársela inmediatamente después, como buena serpiente.


– ¿Una hora no es mucho tiempo? No creo poder resistir tanto… – preguntó, de nuevo en árabe y ya en el asiento delantero, mordiéndose su labio inferior con cierta fuerza, aprovechando que su futura presa no podía verla desde su posición. Si les iba a llevar tanto tiempo, aquello la mataría por dentro. O no. Tal vez mataría a la becaria. Sí, seguramente terminase con la vida de la becaria; tampoco vamos a mentir. Y no solo aquel mordisco que llevó a que un pequeño hilo de sangre cayera por su boca, su mirada también la delataba: emoción, deseo, ansia… Todo cuanto había ocultado hasta no estar sentada allí mismo se reflejaba ahora en sus doradas orbes de pupila rasgada. Un poco más y casi empezaría a salivar cual perro pavloviano. – Yo había pensado en jugar un poco con ella antes de engullirla pero no puedo prometer nada si esa cosa del vestido y la lencería va a llevar tanto. – habló, dirigiéndose a él y mirándole de reojo mientras se remangaba parte de la gabardina para dejar sus piernas a la vista y que entendiese a qué se refería exactamente con eso de jugar. Todo ello mientras se relamía su propia sangre, claro.

Ya solo quedaba esperar que tardasen poco en llegar al hotel y poder así dejarse llevar. Había tantas cosas que quería hacerle a esa pobre niña…
– ¿Cómo te llamas? – le preguntó a ella, en inglés, a modo de acercamiento inocente para que se sintiese más cómoda, como queriendo hacerle ver que no era tan mala ni agresiva como probablemente imaginaba. Suele decirse que el acercamiento genera empatía; una pena que Maibe careciese casi al completo de esta y aquello solo fuese en pro de conseguir una expresión todavía más espectacular en la que regocijarse cuando llegase el momento de lanzarse al ataque.
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Mensaje por Apofis Misr el Lun Ene 13, 2020 1:18 am

¿Comestible esa niña? Sí. ¿Se la iban a comer en ese momento? Ni de broma. Las cosas eran mejores cuando se disfrutaban al igual que un buen vino. En su debido momento. Y de una forma elegante. En ese caso, cuando la tuvieran atada en la cama y totalmente agotada. Que no pudiera resistirse y en ese momento… Devorarla, como debía ser. Y luego tendría él su propia y triunfal cena. Sí, sí, en efecto, ya tenía esa cena pensada muy bien, pues era una parte de la gastronomía arábica: qué mejor que dejar las nalgas de la niña repletas de mordisquitos para celebrar su nueva libertad. Y por supuesto, para marcar territorio. Seguro que así ella no se olvidaría con eso de quién manda. Y… Era algo que desde que la había visto girarse le había apetecido hacer. Devorar ese trasero de forma… Metafórica debía ser divertido. Tanto que por cierto, incluso estando en el coche, y aprovechando que la becaria mucho no podía ver con los asientos, llevó por unos cortos segundos su mano a la nalga que más cerca le quedaba de Maibe, dándole un pequeño pellizco para ver e ir comprobando la mercancía que comería a posterior. Tal vez para Maibe la gula fuera primero. Para Apofis, no. La lujuria era el motor de la vida de ese hombre, básicamente. Y jamás dejaría de serlo.

-Creo que se llama Alexia o algo así. Yo que sé
–dijo en inglés, mirando a la pobre becaria. Sí, en el fondo, se compadecía de ella, pues sabía que tenía a una depredadora mirándola fijamente, y por mucho que lo hiciera de forma amable… Eso podía ser algo aterrador para cualquier humano- No creo que te hable. Está un poco… Asustada. Ya sabes. Los humanos sienten esas cosas. Me daría curiosidad saber qué es exactamente lo que se siente al estar asustado, la verdad.

No comentó nada más. Tenían muchas cosas que hacer, poco tiempo teniendo en cuenta cómo se veía a la niña ya perdiendo la cabeza… Y no quería perder la cena tan rápido… Quería ser extremadamente escueto. Ya sabía de antemano qué ropa le quedaría bien a la niña, y lo de la lencería era un asunto que dejaba a la opinión de Maibe. Pero bueno, que fuera exótico y con un poco de push up ya le contentaba. Básicamente, mientras sirviera para mostrar la belleza que esa mujer tenía, ya le bastaba y sobraba. Ah, pero la ropa sí que la eligió él. Un elegante traje de gala negro, que llegaba más o menos hasta las rodillas. Bastante revelador de escote… Y ajustado para que el bello cuerpo de la mujer quedara completamente bien honrado. La pregunta es: ¿cuánto habían tardado? Menos de una hora. Y la había hecho vestirse y todo. Lo que no entendía es cómo demonios un humano podía perder tanto el tiempo comprando ropa. Si es que le había dado tiempo para regalarle una bufanda a la becaria y todo. Que luego se quedaría Maibe porque esa mujer tenía las horas contadas, pero bueno. La cuestión es que en menos de una hora estaban en el hotel. Y no creía que la niña fuera capaz de perder los nervios en tan poco tiempo, habiendo estado antes días y días encerradas. ¿Qué más daban unos minutos de más o de menos? Ya estaban a punto de llegar a la habitación de hotel. Y ahí podría saciar dos de sus pecados juntos, a la vez. Él, y ella, por supuesto. Aunque tampoco tuviera mucha hambre él de lo que eran humanos. Ya había comido muchos… Lo que sí que quería era llevarse al fin a la cama a esa mujer que le había puesto el arma en ristre desde que había visto una foto de ella por primera vez. Y sí, eso era algo que tal vez la niña ya había podido notar y todo.

Tal vez lo más bonito ahí era el hotel. Sí. Un lugar verdaderamente… Cálido y acogedor. Elegante, sinuoso, de gigantescas columnas y demás, pero habitaciones íntimas y alejadas las unas de las otras. Lo cual era perfecto teniendo en cuenta que se iban a comer a una mujer tras cometer un asesinato. O tal vez ni eso: simplemente se la comieran mientras gritaban. Ojalá fuera así. Le había gustado siempre más esa opción. Y siempre le parecía divertido empezar por las piernas para que no pudieran patear y sí darse cuenta de que iban a morir. Y las humanas no eran cosas que le cayeran muy bien, siendo sinceros. Así que… Cuanto menos pudiera escuchar cualquier otro cliente de clase alta (teniendo en cuenta lo mucho que tendían a gritar la gente de ese nivel adquisitivo ante lo más mínimo y a irse a lloriquear a la persona de turno, lo cual podía provocar una reacción en cadena más negativa que positiva… Que podía acabar con toda Portugal muerta si le era necesario para salvar el pellejo), mejor.

-Señoritas. Acompañadme hasta la habitación y luego te puedes ir, Alexia. Solo eso, por favor.–habla en inglés, importante remarcarlo. Y de forma bastante cariñosa. Con una mano, guiaba a la niña, tomándola por la nuca con cuidado. Con la otra, llevaba por la cintura a Riven. Parecía un proxeneta o algo si alguien le miraba. Y… Bueno. En parte lo era. Un poco solo. Pero eso eran negocios de los que no quería que la niña se enterara todavía. Ni la una, ni la otra- Te daré algo de dinero a cambio.

Oh… Algo más que dinero le iba a dar a la niña. En cuanto llegaron a la puerta de la habitación, tras atravesar un par de pasillos bien decorados con cómodas alfombras rojas y paredes que imitaban ser de madera de roble (aunque se notara que tenían de naturales lo que Apofis tenía de cristiano). Pero en el momento de abrir la puerta, tras darle las llaves de la habitación con delicadeza a Maibe de tal forma que la otra no pudiera ver, cuando la niña hace ademán de despedirse… La atrapa con ambas manos. Una en la boca, y la otra agarrándola por el vientre para tirar hacia adentro.

-Pero también podemos… Divertirnos un rato más –escuchaba a la niña intentar zafarse. Pero su fuerza era simplemente abrumadora para una niña de esa edad. Y para cualquier humano- Abre la puerta, Maibe. Parece que nuestra acompañante desea estar con nosotros, ¿no la ves ansiosa de ello?
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Mensaje por Maibe el Lun Ene 13, 2020 11:42 pm

Arqueó una ceja al sentir aquel pellizco en el trasero. ¿Le molestó? ¿Le importó acaso? En absoluto; a decir verdad, le daba exactamente igual. Pero eso sí, no pudo resistirse a lanzarle un pequeño comentario, divertido y con cierto toque de malicia. Y, por supuesto, en árabe: – Dije que seguiría cuando me sacases; ¿tanta prisa tienes? No te creía un hombre tan impaciente. – Mientras hablaba, y para hacerlo más entretenido, pasó una de sus manos por las piernas contrarias, subiendo desde la rodilla hasta los muslos y acercándose peligrosamente a su entrepierna otra vez. No llegó a nada más, claro; aquello era como un pequeño aperitivo antes del plato principal, que disfrutarían ya en el hotel. Aunque, en fin, siendo sinceros, Maibe estaba más emocionada por comerse a la becaria que cualquier otra cosa. Nada personal; el sexo le gustaba como a la que más, sin embargo, la gula le podía. Siempre lo había hecho.

– Alexia, eh… Es un nombre bonito.  – comentó en inglés, todavía haciéndose la simpática con la pobre desgraciada, a ver si así se le quitaba un poco el miedo. Rodó los ojos al escuchar lo siguiente, obviamente porque la otra no podía verla y daba igual los gestos o muecas que hiciera mientras mantuviera ese tonillo alegre y amable. – ¿Asustada por qué? Solo soy una serpiente pequeñita y me tienes dominada, ¿no? – contestó. Y no, no mentía en lo de ser pequeñita. O no del todo, al menos. Así como podía convertirse en una criatura monstruosa y enorme, también podía transformarse en una culebrita diminuta y hasta casi adorable. – ¿Que qué se siente? ¿Estando asustado? – le preguntó a él, cambiando de idioma y sin mirar a ningún lugar en concreto, tan solo observando superficialmente el paisaje por la ventanilla del coche. – Se siente bien. – respondió con una sospechosa sonrisa mientras se relamía los labios, pensando en a saber qué cosa. No era el miedo en sí o el dolor propiamente dicho de lo que disfrutaba; para nada –no si era ella quienes los experimentaba, por supuesto; porque si eran otros quienes pasaban por tales experiencias, ella era tan feliz como una niña con un caramelo-. Era más bien la sensación de peligro que las acompañaba; pocas cosas la emocionaban tanto como eso. Pero bueno, tampoco dio más detalles al respecto.

– Había pensado en que me acompañase a por esa cosa de la lencería. Seguro que ella sabe elegir mejor que yo. – Porque, a fin de cuentas, ella pocas veces se había molestado en usar algo de eso. La miró de reojo con una sonrisa de oreja a oreja, y con la mente llena de pensamientos de… dudosa moralidad sobre qué hacer con la chiquilla. Iba a ser divertido; no podía esperar más. No obstante, si de verdad le tenía tanto miedo, la cosa iba a estar complicada. Aunque siempre le quedaba la habitación del hotel para… pasárselo bien.

Al final fue la dependienta de la tienda de turno la que se encargó de aconsejarla –o mejor dicho, de decidir por ella; porque todo ese asunto le era bastante indiferente- sobre la lencería. Roja, obviamente oculta al completo bajo aquel vestido negro que el hombre había elegido para ella, con algunas semitransparencias y detalles a encaje aquí y allá, y con un ligero push-up que, honestamente, tampoco es que le hiciera demasiada falta, pero se fiaba del criterio de dicha dependienta más que del suyo propio. Ah, y como olvidarse de la liga rodeando uno de sus muslos. Le había parecido un detalle divertido y, ¿por qué no comprarlo también? Total, era él quien pagaba.

El hotel muy bonito sí, pero lo más importante: tenía calefacción. Al fin un lugar en el que poder estar a gusto después de… de quién sabe cuánto tiempo encerrada en aquella habitación blanca con temperaturas que, evidentemente, distaban de ser las apropiadas para una criatura como ella. Allí no tenía la necesidad de cubrirse con la gabardina por lo que caminaba exhibiendo aquel vestido como si nada; como si realmente fuese una mujer elegante y no una serpiente salvaje nacida en algún lugar recóndito del desierto egipcio. Y claro está, para no arruinar la imagen, se aguantó la risa cuando escuchó al otro ofrecer dinero a cambio de un rato más de compañía. ¿Ahora eran prostitutas o algo así? Bueno, en su caso, más o menos. Es decir, después de todo, había accedido a acostarse con él con tal de que la sacara de su cautiverio. ¿Pero la becaria? Si más pinta de mojigata y santurrona no podía tener… ¿Tendría algún tipo de experiencia o sería aquella su primera –y última - vez? Distraída con esto, recorrió el cuerpo ajeno con la mirada descaradamente, como si eso fuera a darle alguna respuesta.

Al quedar ya frente a la puerta, tomó las llaves del mismo modo en que las recibió, ensanchando su sonrisa al ver cómo atrapaba a la chica. Bien, la fiesta ya había comenzado. Sin más preámbulos, abrió la puerta y pasó dentro, a la espera de que los otros dos la siguieran. Ni siquiera se detuvo a mirar la decoración de la misma; tenía cosas más importantes que hacer en ese momento.
– Sí, sí. Se la ve con ganas… ¿verdad? – dijo, en inglés y con el mismo tono simpático que había estado utilizando frente a ella todo este tiempo. Quería que la entendiese y que comprendiese lo que iba a suceder; quería ver el miedo ante lo inevitable en los ojos ajenos. Así, se colocó frente a la que se había convertido en presa de ambos y la tomó del mentón para obligarla a que la mirase. – Que delicia… – comentó, con una sonrisa tan despiadada como satisfactoria, y dejando salir un suspiro antes de soltarla y apartarse para darle al otro la libertad de hacer lo que quisiera. – Puedes soltarla; no va a poder caminar en un rato. – ¿Qué? Un poco de veneno paralizante no hace mal a nadie… A nadie que no lo reciba. Al menos no lo había usado en su máxima potencia; algo se estaba controlando. – Debes sentir las piernas muy pesadas ahora, ¿no? Tiene que ser difícil moverlas así… ¿Por qué no dejas que nos encarguemos nosotros? Vamos a cuidar muy bien de ti. – añadió, lanzándole una mirada cómplice a la otra serpiente.
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Mensaje por Apofis Misr el Lun Ene 20, 2020 2:24 pm

Ahora que lo pensaba, cualquiera que viera la escena podría pensar: “eh, pero si se comen a esa niña… ¿Cómo justificarán su total desaparición luego?” Bueno. Eso es algo que Apofis ya tenía pensado. Ser mago de sangre conllevaba ciertas ventajas. Y por esas mismas ventajas… Estaba enterrando sus uñas en el vientre ajeno. Necesitaba un poco de sangre para revivirla cuando la hubieran convertido en básicamente un pedazo de carne deshaciéndose en el estómago de Maibe. Calor, una habitación bastante cálida, dos mujeres a las que hacerles lo que él quisiera… Sangre… El paraíso. Sin duda alguna, iba a pasarlo muy bien. A saber cuánto tiempo había estado añorando ese momento, anhelando una nueva orgía en la que dejarse llevar por sus más bajos deseos. Oh. Le recordaba los viejos tiempos y todo, en esos momentos en los que podía ir secuestrando a personas sin problema alguno bajo la excusa de que era para cebar a un dios supuestamente maligno que… Oh, sorpresa, en realidad era él. En fin. Los humanos siempre habían estado muy atontados con esas estupideces como la palabra. La viva prueba, esa pobre becaria.

Una mujer que había caído en las garras de la confianza que podía inspirar un hombre fuerte y que se hacía imponer. Que pensaba que por unas pocas caricias, un poco de protección sobre una devoradora… Ya era amigo. Y no, señores. El “amigo” iba a revivirla tras darla como pago a una serpiente a cambio de sexo. Porque para él era mucho más útil devolverla a la vida, no por piedad, eh. Que luego tendría que explicar a demasiada gente alguna cosa sobre cómo la niña había tenido un desgraciado accidente y se había combustionado de forma espontánea. Y claro. Igual eso no colaba. De todas formas, y con tal de ir adelantándose… Además de cubrirle la mano con una mano, mientras la otra se clavaba y perforaba la piel del vientre ajeno (bastante suave y… Curiosamente bien trabajado, por cierto), iba caminando poco a poco hasta dejar a Alexia al lado de Maibe, que parecía querer empezar a manosear también.

Cabe decir que en cuanto entró en la habitación, se encargó de cerrar la puerta y asegurarse de que hubiera un letrero fuera en el que pusiera “No molestar” de forma bastante clara. La habitación, por cierto… Era bastante espaciosa. Simple, de pocos muebles, pero muy espaciosa. El suelo era de madera oscura, bastante cálido, con grandes ventanales que daban dirección a las costas portuguesas. Ah, y con una cama bastante grande, la cual, por cierto, tenía vistas hacia ese mismo océano. Lo cual era perfecto, por cierto, porque iban a estar los tres un poco apretujados hasta que Maibe la deshiciera de la existencia un rato. Lo que tardara él en regenerarla. Y luego comérsela. Y volver a regenerarla. Y así tenían dos estómagos llenos.

-Oh, Maibe, por dios –dijo, fingiendo de forma muy teatralizada estar asqueado ante ese acto. Como si le importara lo más mínimo la salud de la niña que ahora caía de bruces contra el suelo en cuanto la soltó para que la hembra se deshiciera en “mimos” tanto como quisiera- No seas tan mala con la pobre niña. Como si pudiera escapar de nosotros. ¿No ves que la pobre quiere sin venenos? Mírala. No ha opuesto casi nada de resistencia –su voz sonaba grave, y sin embargo hablaba mientras manchaba la camisa de su traje con esa sangre (para no perderla luego y tener que esperar a que Maibe hiciera sus deposiciones para obtener un poco de ADN de la niña, más que nada) que luego sería crucial para tener él también un poco de cena… Y salir de ahí legalmente impune. No parecía que nada más le importara- Eres muy bruta. Casi debería castigarte a ti también. Pero… Ahora voy a tener que prestar un poco de atención añadida a la pobre Alexia. Si es que…

Sus manos se deslizaron poco a poco hacia la niña, que, incluso estando paralizada, parecía hacer ademán de querer patalear o vete a saber qué. Pero eso tampoco hubiera servido de mucho, por cierto, puesto a que, si Apofis en algo destacaba, era en su bárbara fuerza bruta. Simplemente la acomodó entre sus brazos para levantarla sin mucho esfuerzo y dirigirse hacia un cómodo sillón de terciopelo que se encontraba en un rincón de la sala. Sentándose él primero, por supuesto, y dejando a la todavía opuesta becaria sobre sus piernas.

-¿No ves que la pobre es frágil, Maibe? ¿No le hueles el miedo? ¿Esa sensación de saber... Que hay algo mal en todo el asunto? ¿Que haga lo que haga la pobre es consciente de que nada va a poder? Porque yo sí. –seseó en ese momento. Pero no como lo haría como árabe. No. Seseó como lo haría una serpiente, dejando por unos segundos a sus pupilas transformarse en esas viperinas cuencas que en realidad eran- Huelo y sangre virgen. Dudo que haya dado un beso tan siquiera en su vida. –la atrapó por los mofletes, con tal de acercarla poco a poco hacia él. Hacia sus labios, más concretamente. Y es obvio lo que fue a continuación: un beso. Invasivo, increíblemente violento y con un dedo bastante amenazador en la yugular de la niña por si se le ocurría cometer alguna tontería como lo sería morder. Y por supuesto, de mientras, él seguía llevando la iniciativa totalmente en ese beso. Cazando la lengua ajena, sin respetar aparentemente nada en ella. Y así estuvo perfectamente por medio minuto- O tal vez sí. Pero por si acaso… No me iba a quedar con la duda. Nada mal. Tienes buen sabor, por cierto, Alexia. Me dan ganas de arrancarte la lengua y todo. Oh… Pero qué maleducados estamos siendo, ¿cierto? Oye… Maibe. ¿No crees que hace mucho calor aquí para una pobre humana? –eso era cierto. Porque había dejado el termostato cuando había salido a unos treinta grados. Para cuando llegara poder estar ahí sin tener que cubrirse con mantas, caramba- ¿Qué te parece si la desnudas en vista de que le puede dar un mareo y todo? Yo mientras tanto… Voy a encargarme de que nadie pueda molestarnos, ni antes ni después, no sé si me entiendes.

Y tras decir eso, aprovechando por supuesto para darle un pellizquito en el trasero a la becaria, que ahora parecía estar al borde del colapso más absoluto y empezar a llorar. Porque no sé si se obvia ya, pero la parte favorita de Apofis en lo que a mujeres respectaba… Era esa. Y con bastante diferencia. Pero es que… Qué otra cosa podía hacer. La faldita de esas color gris oscuro de la niña le iba provocando. Ese jersey de lanita así de color como cian... Y esa cara de mojigata se le hacía divertida y todo. Era todo lo contrario a Maibe. También era castaña de cabello y la típica niña que posiblemente era la pringada que no hablaba mucho en clase. ¿¡Y qué había mejor que arrebatar a ese tipo de mujeres toda dignidad?! Sería delicioso, por dios. Pero de todas formas… De momento eso no importaba. Había dejado a la niña en manos tan sabias como las que podía tener Maibe… Y él iba a aprovechar para ir quitándose la camisa en vista de que la necesitaría luego para revivir a la niña. Poco a poco, mientras que con el rabillo del ojo iba mirando por puro morbo qué hacía la serpiente con la niña.

-Oye, no te la comas, eh, que quiero catarla yo también un poco. Intentemos que aguante un poco, al menos hasta que la hayamos hecho divertirse… Mucho.
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Mensaje por Maibe el Sáb Ene 25, 2020 8:30 pm

Rodó los ojos al escuchar su comentario, medio burlona y soltando un par de leves y sutiles carcajadas; como si le importase algo que el otro fuera a recriminarle cualquiera de sus acciones, o como si la becaria tuviese valor alguno para ella más allá de ser, primero, poco más que un juguete con el que entretenerse y, después, nada más y nada menos que un algo que llevarse a la boca y… ¿saciar su hambre? No, eso no iba a pasar. Rara vez Maibe se saciaba en general –como si realmente fuese un pozo sin fondo-; no obstante, era bien cierto que alguna vez sí que había sucedido. Eso sí, esas pocas veces no había devorado tan solo un mísero cuerpo; hacían falta unos cuantos más para que quedara completamente satisfecha. Y no, no tenía ni la menor idea de por qué esto era así. Es decir, en teoría, era perfectamente capaz de aguantar un par de meses sin siquiera probar bocado y, aun así, no dejaba de querer comerse a casi cualquier criatura que se moviese. Ah... misterios de la vida.

– ¿Mala? Si estoy siendo muy buena… ¿verdad? – comentó, divertida y simpática; casi inocente, como ni nunca hubiese envenenado a nadie y el estado en el que se encontraba aquella pobre desgraciada fuese algo totalmente ajeno a ella. Se agachó cerca de la becaria, levantándola ligeramente para tomar su rostro y obligarla a que dirigiese su mirada a ella. Suspiró complacida al poder observar el miedo en los ojos contrarios; era tan excitante que a poco más tenía que luchar contra sus propios instintos para no matarla ahí mismo. ¿O mejor engullirla viva? Ugh, siempre tenía el mismo dilema… – Ella quiere sin venenos pero yo quiero con ellos. – sentenció, con el mismo tonillo alegre y despreocupado pero, al mismo tiempo, con cierta firmeza en sus palabras. Iba a envenenarla todo lo que fuera necesario y más; ya estaba decidido. – ¿Bruta? Pero si no me la he comido todavía. – Y, como si nada, volvió a soltarla para que el hombre hiciera con ella lo que le viniese en gana.

Por su parte, la serpiente volvió a levantarse y se retiró un par de pasos hasta quedar frente a un espejo no muy lejano, observando su propio reflejo con una amplia sonrisa en el rostro pero sin demasiado interés en realidad. A fin de cuentas, lo importante ahí no era ella –o no bajo su punto de vista-; el centro de atención era la becaria a la que se iba a merendar.
– Sí… No hay nada mejor que esa sensación. – murmuró, mordiéndose su propio labio y rodeándose a sí misma con sus brazos, suavemente, antes de girarse un mínimo para contemplar lo que el otro estaba haciendo con la chica.

Mentiría si dijera que no se relamió al ver aquella escena. Aunque, no vamos a negarlo; le habría gustado ser ella la primera en invadir el espacio personal de la becaria de esa forma y poder saborearla antes que nadie.
– Quieres arrancarle la lengua y luego la bruta soy yo… En fin. – comentó, con evidente burla y, sin embargo, disfrutando como la que más de todo aquello. – Claro, no queremos que se muera… Todavía. – afirmó, clavando su mirada viperina en los ojos de la muchacha al pronunciar lo último. Las doradas orbes de la serpiente, si acaso, transmitían deseo, emoción, ansia; eran crueles, salvajes, violentas… Como un depredador acechando a su presa… ¿Que no era ese precisamente el caso?

Sin mucho cuidado, y aprovechando que el hombre se había apartado, tomó a la niña indefensa y la dejó caer sobre la cama, dejando pasar unos pocos segundos para admirar la pieza que más adelante se comería… de más de una manera. Mientras tanto –y dado que la otra no es que se pudiera mover demasiado debido a los efectos del veneno-, con total calma se deshizo de su propio vestido para sentirse más cómoda en aquel cálido ambiente que, muy consideradamente, su compañero había preparado para ellos. Una vez sin dicha prenda, se subió también sobre el colchón, quedando sobre su futura víctima y deslizando suavemente sus manos bajo el jersey ajeno, deleitándose no solo con el tacto de la piel contraria, sino de la angustia y horror en su mirada, consciente de lo que vendría a continuación sin que hubiera forma de poder evitarlo. Era maravillo. Ser temida, odiada… Era una sensación tan fascinante como estremecedora.

Tranquilidad… No podía dejarse llevar; aún no.

No tardó demasiado en “liberar” a la becaria del calor que debía estar dándole aquella prenda, tirándola sin el menor reparo por ahí para, después, comenzar a desabrochar uno a uno los botones de la camisa que vestía debajo hasta dejarla abierta del todo. Eran buenas vistas, no nos engañemos; aquella pequeña santurrona escondía más de lo que parecía debajo de tanta ropa. En definitiva, una agradable sorpresa.

De rodillas y apoyada en uno de sus brazos, llevó su mano libre a las piernas de la chica, dejando pequeñas y casi delicadas caricias a su paso mientras, poco a poco, iba ascendiendo en dirección a su muslo. ¿Gentil? Bueno, con las caricias sí lo estaba siendo, no obstante, aquello era para compensar lo que estaba haciendo con la parte superior del cuerpo. ¿Que qué hacía? Oh, nada del otro mundo; no, no. Tan solo pasaba su lengua por ella, subiendo desde el vientre y pasando por su pecho –omitiendo que, si bien no tardaría en quitárselo, todavía llevaba puesto el sujetador- … ¿Y ya está? ¿Eso era todo? Qué más querría la pobre desgraciada que Maibe no estuviese haciendo nada más. No, de eso nada. Necrosis. Estaba haciendo que allá por donde su lengua pasease, las células de las capas más superficiales de la piel ajena muriesen, dejando unas bonitas marcas tras de sí y logrando que la otra emitiese algún que otro hermoso sonido, similares a quejidos –música para los oídos de la peliroja, todo hay que decirlo-. Porque sí, antes la había paralizado, sin embargo, la serpiente controlaba bastante bien sus venenos y las dosis correspondientes; sabía lo que hacía. Que la becaria prácticamente no pudiera mover su cuerpo no implicaba que no pudiese sentir dolor; su sistema nervioso no estaba afectado por completo y, honestamente, la destrucción de tejidos no es un proceso agradable.

Ahora bien, al llegar a su cuello, se detuvo con lo que había estado haciendo hasta entonces y, en su lugar, clavó sus afilados colmillos con fuerza. No, esta vez no la envenenaría; si lo hacía de forma tan directa moriría al instante y tampoco quería eso. Acababa de empezar, no podía echarlo a perder todo tan rápido. Aunque, eso sí, algo la hizo sangrar con la mordida y, evidentemente, no dudó el lamer la herida resultante.
– Es verdad que tiene buen sabor. – confirmó, girándose lo suficiente como para mirar al otro al mismo tiempo que se relamía con una sonrisa tan amplia como despiadada. Inmediatamente, volteó para quedar frente a su víctima una vez más, pasando una de sus manos por el cuello ajeno mientras la otra se acercaba peligrosamente a la intimidad de la chica.


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Mensaje por Apofis Misr el Lun Feb 24, 2020 2:57 am

La pregunta es… ¿Cuán paciente era Apofis en lo que a comida se trataba? La respuesta… Muy poco. Muy, pero que muy poco. Y ver a la contraria disfrutar de semejante manjar sola no le parecía justo, siendo sinceros. En su interior, ese goloso niño que todavía llevaba dentro miraba la escena con tal deseo que hasta parecía manifestarse en forma de chispas en los ojos de Apofis. Chispas literales, por cierto. De negra oscuridad. ¿Cuánto llevaría sin comerse dos bombones seguidos? A saber, a saber. Aunque ya veía que uno de esos dos bombones se divertía mucho atacando al otro. Alto, ahora que lo pensaba. ¿En qué momento le había dado tiempo a Maibe a desnudarse y quitarle la ropa a la otra? Se había girado unos segundos para quitarse la corbata y ya parecía que las estaba interrumpiendo en medio del polvo.

-Interesante –musitó, mientras se terminaba de quitar la camisa, dejando así al descubierto su atlético pecho, de pectorales bien marcados y una cantidad de músculo bastante importante para ser profesor universitario. Y por supuesto, cuando acabó de volver al estado en el que el Demiurgo le trajo al mundo, tampoco es que decepcionara de ahí abajo- Parece que tiene hasta un poco más de pecho que tú y todo. ¿Cómo puede ser eso? Y huele a virgen, como ya he repetido mil veces. No se ha pasado precisamente la pobre por muchas fiestas. Teniendo en cuenta cómo va vestida, ni se da cuenta que con un poco más de alegría podría tener al mundo entero a sus pies. Pobrecita –caminó poco a poco hacia un lado de la cama, concretamente, el más cercano al cabezal, sin interrumpir todavía a Maibe en su ritual- Bueno, seamos sinceros. Podría, porque ya no va a tener esa oportunidad. A no ser que se porte bien y yo decida revivirla. –los ojos de la niña se desviaron en ese momento hacia él. Parecía que lo había entendido a la primera de turno, ergo no tendría que andarse con más indirectas- Y luego comerla. Y así una vez y otra. ¿No te parece divertido, Maibe? Mañana podemos hacer lo mismo con otra persona y así ir probando. Como a la recepcionista del hotel, que tenía buen trasero visto lo visto. Nos las vamos comiendo y el último día las revivo a todas y nos marcamos un festín, ¿no te parece divertido? –sus manos pasaron a acariciar la cabeza de la niña en ese momento, de una forma tan suave, tan calmada y tan relajada… Que era hasta inquietante. Apofis en sí a ella no le hacía mucho caso. Estaba demasiado ocupado mirando a Maibe seguir con su juego. Francamente era interesante lo que podía hacer ese veneno. Lo tendría en cuenta más adelante, por supuesto, en especial para no enfadarla- Oye, mujer. Podríamos seguir con esta charla, ¿no? Es muy entretenida. Igual estamos avanzando demasiado rápido en esta relación. Ya sabes. Quizá a la niña le apetece ir más lento.

Estaba bromeando, por supuesto. Aunque mentiría si dijera que no estaba de humor para lo que fueran a hacer. El bulto de su pantalón era bastante delator, y vamos a ser sinceros, la lencería de Maibe mezclaba perfectamente su gusto por los trajes ajustados y ese cuerpecito de semidiosa que tenía la hembra, lo cual significaba que no es que fuera a “relajar” lo que tenía ahí abajo precisamente. Tampoco es que fuera un gran fanático del lésbico, pero… La escena en sí era también bastante inspiradora. Las heridas que causaba la reptil, la total incapacidad para defenderse de la otra… ¿No era maravilloso? Se encontraba frente a una escena de la que, además de ser único testigo y titiritero, tenía hasta cierto punto romántico. La cautiva vengándose de su raptora, degradándola más de lo que ella había hecho antes. Y por supuesto, un poco se iba a mover él.

Tal y como estaba, tenía a Maibe a cierta distancia. Pero no a la pobre niña, cuya cabeza estaba peligrosamente cerca de él. Y por supuesto, de eso se iba a aprovechar. Si bien agresivo y bastante bruto… Disfrutaba de las cosas que le producían cierta sensación sin más. Caricias, y esas cosas. Como las que dejaba poco a poco sobre el rostro ajeno, paseando sus dedos con tanta calma que ni tan siquiera parecía él. Esa calma que en el caso de Apofis, brillaba por su propia ausencia en ese tipo de situaciones. Pero no, él seguía con esas extrañas caricias, mientras bajaba poco a poco su cabeza, en dirección al cuello de la muchacha. Al igual que Maibe segundos atrás, comenzó a recorrerlo usando su propia lengua, lentamente y con delicadez. Disfrutando de ese curioso sabor, aunque, en su caso, prefiriera abstenerse de venenos o malas artes de mientras, teniéndola ya totalmente inmovilizada.

Lo que sí hacía él para compensar ese exceso de gentileza por su parte era… Bueno. Mordisquear un poco. Por no decir que enterraba completamente sus dientes una vez y otra para dejar que la sangre saliera a borbotones, solo, para con la misma malicia, regenerarle la herida al segundo, tras haber lamido un poco y haber probado la sangre. Si esa pobre desgraciada pudiera hacer otra cosa que no fuera quejarse en su idioma, tal vez sería escapar… Pero tal vez no podría, tal y como estaba quedándose de pálida. Cosa que a Apofis no le importaba lo más mínimo, puesto a que de paso estaba empezando a quitarle el sostén a la niña (porque no lo iban a usar mucho) con lentitud, ahora colocándose definitivamente sentado detrás de ella y sosteniéndola desde ahí ligeramente erguida, casi sobre sus piernas. Lo suficiente para que ella pudiera ver lo que hacía Maibe y él tener facilidad completa para tocar todo aquello que quisiera. De momento, sus manos la aguantaban por el vientre, pero esto duró poco, pues rápidamente las dirigió hacia las piernas ajenas, con tal de abrirle de piernas poco a poco y facilitar todavía más el trabajo a su homóloga. Llamadle voyeur si os apetece, pero él sabía que tenía todo el tiempo del mundo para penetrarla, y a fin de cuentas, eso era lo de menos. El sexo era a su parecer como un buen vino: había que mojarse primero los labios, olerlo, disfrutar de su textura y color, no beberse la copa como un cazurro. Esas cosas hacían que el hecho en sí se perdiera por completo.

El hecho del beso, por ejemplo. Un beso desde ahí a la joven, todavía con la boca repleta de remanentes del carmesí que segundos atrás le había robado. Notar ese miedo, esa lengua que intentaba escapar por activa y por pasiva, esa mirada tan aterrada como culpablemente excitada que mostraba. La espalda de la niña curvándose ligeramente ante los juegos, esos pequeños espasmos involuntarios… Tanto causados por el placer que no debería estar ahí pero su cuerpo de forma natural mostraba como el pavor lógico ante esa situación. Y es que Apofis estaba haciendo de las suyas de todas formas, forzando el proceso con su magia más por ligera compasión que diversión: ¿no tenía la niña derecho a disfrutar, al menos? Estaba ante sus últimos momentos de vida.

Cuando apartó los labios de los de ella, las bocas de ambos estaban igualmente impregnadas en sangre. Los labios de Alexia mostraban pequeñas gotas de ese mismo líquido. ¿Qué de dónde había salido? Obviamente, la becaria se había querido defender, mordiendo sin piedad al demonio. Lo cual, además de infructífero y placentero para él, había acabado en ese espectáculo rojizo. Un espectáculo, que por supuesto, iba a prolongarse todavía más y más si se le permitía.

-¿Tú qué crees, Maibe? ¿Lo hago yo también de una vez? Parece que se está poniendo un poco traviesa y todo.
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Mensaje por Maibe el Miér Mar 04, 2020 4:20 pm

Una vez más, la mordió en la misma zona sobre la que antes había dejado bien clavados sus colmillos. Por supuesto, de nuevo, sin inyectar ningún tipo de veneno; no quería romper a su nuevo juguete –y posterior cena– tan rápido. Bueno, no; en parte sí que quería, tampoco vamos a mentir. Romperla, destrozarla, despedazarla, devorarla… Claro que lo quería. ¿Cómo no iba a quererlo? Estaba ansiosa por cumplir con aquello, por darle caza, por escuchar su voz implorando clemencia y rogando por su vida, por saborearla y regodearse en aquella placentera sensación. Lo quería, lo deseaba, lo ansiaba, lo necesitaba… Y ya mismo. ¿Ya mismo? No, no; no podía dejarse llevar. Todavía no. Debía contenerse al menos un poco. Era su primera vez fuera de aquellas paredes blancas después de quién sabe cuánto tiempo; tenía que ser especial.

¿Y bien? ¿Consiguió reprimir ese instinto animal y ese deseo salvaje que se iba apoderando de ella desde el interior? Más o menos. Y menos mal que no lo hizo del todo, porque cerca estuvo de arrancarle un pedazo de cuello con esa última mordida. Por suerte, y aunque sí la suficiente como para rasgar su piel y hacer que la sangre brotara poco a poco, no aplicó tanta fuerza. Pero le habría gustado poder hacerlo; una lástima que los humanos fuesen tan frágiles y hubiese que tener cuidado con ellos.

O no.

Relamiendo sus propios labios, ahora bañados con la sangre de esa pobre desgraciada, y al mismo tiempo que la mano que mantenían en su muslo de deslizaba de forma ascendente hasta que rozar suave y delicadamente la intimidad de la chica con pequeños movimientos circulares, la serpiente desvió la mirada hacia su compañero nada más escuchar una palabra concreta. En sus ojos todavía se podía vislumbrar la excitación que la situación en general le provocaba, no obstante, y como curioso contraste, su ceño se frunció con ligereza. ¿Revivirla? No sabía si aquella idea le daba asco, o si la emocionaba más todavía.


– ¿Festín? ¿Planeas montarte una orgía con todas mis cenas al mismo tiempo? Que retorcido… – Comenzó aquella frase completamente seria, casi arisca, de la misma forma en la que se había mostrado frente a él nada más conocerle, sin embargo, y a medida que avanzaba pronunciando aquellas palabras, se fue relajando para, al final, con aquella última afirmación hasta esbozar una sonrisa; una amplia y cruel, pero completamente serena al mismo tiempo. – ¿Eso crees? – La miró a ella de reojo sin cambiar la expresión de su rostro ni un ápice; al menos por el momento. – A mí no me parece que tenga ni voz ni voto ahora mismo… Pero no la veo muy disgustada. – rio. Sí, una risilla alegre e incluso con cierto toque infantil, divertida y complacida a partes iguales. ¿Que por qué lo decía? Desde luego, por el rostro aterrorizado de la cría no sería –aunque, sin lugar a dudas, esa expresión le parecía tan bella como excitante–; no, más bien era por cómo había ido respondiendo su cuerpo a los movimientos de su mano que, cabe destacar, no habían cesado desde que los había comenzado.

Cuando el otro levantó a la chica y de deshizo de aquella molesta prenda, mientras le dejaba a él el espacio suficiente para que se divirtiera como le diera en gana usando el cuello ajeno, Maibe comenzó el camino de descenso nuevamente, imitando el mismo proceso de antes, claro está. Se estaba encargando de que la niña sintiera un mínimo de placer con una de sus manos, ¿qué menos que disfrutar ella también, no? Una lástima –sobre todo para la portuguesa– que la pelirroja entendiera el disfrute como el infligir daño a otra persona; una verdadera lástima, sí. No, en realidad pena ninguna; era como una niña con una caramelo.

Por supuesto, y como no podía ser de otra forma, mientras realizaba su viaje de descenso y aprovechando que ya no había tela que le impidiera actuar, llevó la mano que le quedaba libre a uno de los pechos ajenos, masajeándolo con suavidad pero firmeza, aumentando la ambivalencia que debía sentir la otra entre el placer y el dolor que entre los dos le proporcionaban sin que pudiera hacer nada al respecto. Y, bueno, aunque no la hubiera envenenado tampoco es que hubiera podido hacer gran cosa contra ambos, la verdad; no obstante, paralizarla al menos les ahorraba problemas innecesarios como que intentase huir o que tratase de forcejear inútilmente. Total, no iba a poder librarse de ellos; mejor que ni lo intentara y fueran directamente al grano.

¿Y quedó ahí? No, por supuesto que no; la serpiente no se iba a contentar con tan poco. Sin pensárselo mucho, comenzó a juguetear con uno de sus pezones, al principio limitándose a poco más que lamerlo entre traviesa y juguetona, sin dañarla de absolutamente de ningún modo y sin que sus venenos tuvieran ningún tipo de participación. Al principio. Porque poco tardó en hincarle también el diente, la verdad. Mucho se estaba conteniendo; hacía su mejor esfuerzo para no echarlo todo a perder, pero tampoco le pidamos milagros a un animal salvaje; no sería lógico. Mordidas suaves, revoltosas y pícaras, que poco a poco fueron aumentando en intensidad y fuerza hasta que, más que algún tipo de placer, lo que sintiera fuera dolor. Y, quizás por descuido o quizás aposta, la última lamida que le regaló, también se aseguró de impregnarla con veneno.

Entonces, siguió bajando por el cuerpo de la joven, dejando su marca allá donde pasaba al mismo tiempo que, ahora habiendo cesado con los juegos sobre la intimidad ajena, con ambas manos se zafaba de toda la ropa que cubría su parte inferior. Con cierta brusquedad y prisa, cabe destacar; dadas las circunstancias y el deseo animal que la corroía por dentro, no iba a perder el tiempo siendo cuidadosa. Quizás lo hubiera sido si hubiese sentido una mínima empatía por la muchacha pero… No, no era el caso. Poca empatía tenía ya de por sí, mucha menos iba a tener con alguien a quien consideraba poco más que una presa de la que alimentarse.

Y ya sin impedimento alguno, pasó al plato principal lamiendo la intimidad de la chica de abajo arriba, rozándola muy levemente con la lengua plana antes de pasar a jugar con los labios menores de la misma, rodeándolos y  dibujando círculos con la punta de esta. Pero todavía no se acercaría a la joya de la corona; calma. Primero buscaría provocarla acercándose a su clítoris e insinuando un sutil roce; por ahora, sin embargo, no iría más allá de esto. O, al menos, no con la boca. Porque tampoco se iba a quedar con las manos quietas eternamente; de eso nada. Una de ellas la posó –clavando sus uñas con cierta fuerza e inyectando sus venenos– sobre una de las piernas contrarias con intención de que las separara todavía más para darle un mayor espacio y comodidad; con la otra, se encargó de aumentar la sensación placentera que debía estar experimentando –muy a su pesar, probablemente–, introduciendo un par de dedos en ella que no tardaron en moverse rítmicamente.

Y así, alzó la mirada y clavó sus viperinos orbes en quienes la acompañaban, sin detenerse con aquella tarea. O no hasta que el hombre se dirigió a ella directamente. Ah… Era tan hermoso; aquella escena ahora teñida de roja la hizo estremecerse unos instantes. ¿Cómo resistirse? Se apartó muy sutilmente de su víctima y, todavía a gatas sobre el colchón, se acercó hasta él para dejar un pequeño y frío beso sobre sus labios, motivada por esa tan llamativa y atrayente tonalidad carmesí, y con el objetivo de saborearla de nuevo.
– ¿No estamos aquí para eso? – habló, coqueta y queriendo tentarle a hacer aquello que tenía en mente, relamiéndose la sangre y dibujando una sonrisa despiadada y sádica; a la espera de que comenzase el espectáculo.
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