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[Privado +18] Cuando la tormenta amaina [Kuroki]

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[Privado +18] Cuando la tormenta amaina [Kuroki]

Mensaje por Donovan Craig el Lun Ene 15, 2018 2:56 pm

Hacía pocos días desde su anterior encuentro con la pequeña sacerdotisa, pero no recordaba bien el final de la noche, sólo que estaba tomando una cerveza con ella y la morena y, luego, estaba en un callejón lleno de heridas y sangre tanto ajena como suya, pero no estaba ella…



Llevaba un rato tirado en el colchón de su cuarto, única estancia a excepción del baño del estudio que pagaba; miraba al techo, fijándose en un solitario grumo de la mala mano de pintura que le debieron dar. Entretanto, acariciaba inconscientemente a su gata, la única que jamás salió herida por él ni lo saldría por razones incomprensibles para todos y para sí mismo. Tampoco se planteaba la razón que impedía que no fuera capaz o no se le pasara por esa quebradiza cabeza suya dañar a ese débil animal que tenía como compañera, pero si había algo que no paraba darle vueltas en la cabeza desde que abrió los ojos ese mediodía. No paraba de buscar las piezas del puzzle que le faltaban para completar aquel recuerdo…

Pensó que lo más probable de cuando su amante despertó esa noche es que debió meterse en una pelea y de ahí los moratones que tenía y el recordarse en un callejón con sangre seca suya y ajena. Pero no era capaz de comprender como empezó o cómo se fue la pequeñaja que le acompañó. Por un lado, lo más lógico era pensar que la acompañaron al templo para sacarla de esa situación, pero sólo pensarlo le hervía la sangre… Ella era suya. ¿Se iría sola? ¿Y si la mataron? ¿Le quitaron ese placer? Gruñó ofuscado y con lentitud se incorporó haciendo que su gata, acostada en su regazo, hiciese lo mismo.

Se levantó y sacó dos huevos de la nevera, encendió el butano y colocó una sartén con aceite al fuego; mientras se calentaba agarró una manzana que tenía a mano y le dio un buen bocado. Masticando tranquilo observó su pequeña cueva al que llamaba hogar. Al lado de la puerta que daba a la calle había una solitaria silla, único inmueble que trajo el pequeño apartamento, frente a la puerta estaba por fin un sofá en conjunto con su mesa ya montada, después de semanas y semanas en la caja que vino. A la derecha del sofá y pegada a la pared por el lateral y trasero una nevera vieja y una silla más. Quedó un rato mirando esa vieja nevera que tan lejos quedaba de la zona de cocinar, pero no le importaba, él mismo la puso ahí. Frente a sí mismo, la puerta del baño y el colchón aún en el suelo y lleno de sábanas. Aunque no lo veía desde ahí, sabía que frente a la cama estaba el escritorio a medio montar y lleno de folios con dibujos y cuadros en madera, mientras, en uno de los laterales, un pequeño armario o taquillero donde guardaba su escasa ropa.

Rompió los huevos en el aceite hirviendo y esperó un poco. No tardó mucho en comer, ahí, de pie mientras seguía mirando la estancia. Al lado del fuego de cocina había un fregadero por un lado y una encimera en la otra con el hueco justo para una cafetera, el saco de pienso y una tabla de cortar. Los utensilios bien estaban en un estante o colgados, puesto que vivía solo apenas tenía cacharros más que los necesarios. Metió el plato en el fregadero y lo dejó con agua, llenó el comedero de su gata que enseguida vino con suaves maullidos a por su almuerzo. Se giró y se apoyó en la encimera de brazos cruzados. La cachimba estaba a un lado del sofá llamándole a relajarse, pero por otro lado quería sentir el fresco en su piel.
Apartamento:

Se puso unos pantalones vaqueros negros sin llegar a abrocharse el cinturón que a sus anchas colgaba, las botas sin amarrárselas, una camiseta gris que pilló cercana a la cama y cogió las llaves y el paquete de cigarrillos además de una botella de cerveza de la nevera. Con paso tranquilo bajó hasta la fachada del edificio y se relajó apoyando la espalda en la pared. Encendió el cigarro pensativo mientras con la otra mano golpeó en la pared la boca de la cerveza consiguiendo así abrirla. Apenas había gente, lo que agradecía y le permitía disfrutar de la brisa acariciar su piel.


Última edición por Donovan Craig el Miér Mar 21, 2018 1:41 pm, editado 1 vez

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Re: [Privado +18] Cuando la tormenta amaina [Kuroki]

Mensaje por Kuroki el Mar Ene 16, 2018 3:44 pm

Había pasado más de dos semanas desde que la vida de la pequeña sacerdotiza había regresado a la normalidad, aquellos sucios rumores sobre su persona de haberla visto en un bar de mala muerte pasaron a ser nada más que eso: simples rumores de gente que parecía no querer a la mujer más pura de la isla. Era bueno, en verdad que lo era pero una parte de la pelirroja extrañaba en sobremanera aquella sensación de adrenalina que le golpeaba cada segundo cuando se encontraba con Donovan.

Ahora mismo se encontraba haciendo unos mandados en diferentes áreas y hasta había quedado de ir a ayudar en labor de partera con una mujer que vivía en la zona de Karakura; esperaba no se le hiciera demasiado tarde pues la habían citado a éso de las dos de la tarde. Anduvo de aquí para allá recogiendo cosas, entregando unas otras en el orfanato y deteniéndose cada dos por tres para escuchar por lo menos un poco a los habitantes del pueblo que le reconocían y pedían un poco de su tiempo para platicar. Así era la vida de la pequeña mujer de un corazón tan grande que poco le faltaba para ser santa. Pese a estar ocupada en la mayor parte de su mañana, nada lograba apartar la imagen de Donovan de su cabeza pero rogaba a todos los Dioses habidos y por haber que el hombre no estuviera mal herido en algún sitio; sí, la pelirroja ya había sufrido dos veces el altercado por parte del militar pero éso no podía renegar de su bondadoso corazón el preocuparse por él.

Ah, de haber sabido lo que le esperaba al salir de la casa de la mujer encinta jamás habría salido de ahí entonces. No es que odiara al hombre, sino que odiaba la extraña conexión que había logrado con éste, pues ahora estaba obsesionada con él; aún a sabiendas de su sanguinaria sed de sangre, de su trágico pasado y su vacío espíritu, Kuroki no podía dejar de sentirse atraída por ése sujeto. ¿Porqué la desgracia quería jugarle malas pasadas? Si tan sólo el hombre viviera en sus memorias podría contenerse, pero una vez lo viera fuera de sus sueños entonces sabía y se resignaba a pertenecerle; ya lo había visto dos veces, dos veces habían sido más que suficiente para aseverar eso; no creía soportar una tercera vez. Si lo veía por tercera vez, sabía cual vidente que su destino estaría sellado por fín con el hombre y no podría huir nunca más de sus fauses, era mejor así donde Kuroki sólo rezaba por la seguridad del hombre donde quiera que estuviera.

Pero no, la vida no es fácil ni mucho menos es sencillo escapar de tu destino, mismo que la pequeña Kuroki sufrió al dar vuelta en la esquina del edificio. Realmente había sido un acto impulsivo, recordaba que una vieja amiga suya que iba a jugar al templo con ella cuando niñas vivía en dicho edificio y pensó que quizás podría ir a saludarla y dejarle unos cuantos cupcakes que llevaba en la bolsa de papel que sostenía en sus manos, regalo de la mujer encinta como agradecimiento por los servicios de Kuroki. Kuroki sintió que su sangre se apelmasaba hasta la planta de sus pies y un escalofrío le recorría desde la coronilla hasta su espalda baja... Ahí estaba su verdugo de pie como si la hubiése estado esperando todo éste tiempo, como si aquello estuviera predicho y Donovan supiera que en ése preciso momento ella pasaría por ahí.
Casi se le cae la bolsa de las manos y no pudo evitar soltar un ligero -¡Gasp! al dirigir su mirada a los ojos verduscos del militar. No podía moverse, no podía respirar... No quería moverse en realidad.

-D,Donovan... Su nombre le quemaba los labios pero era igual de exquisito pronunciarlo, por alguna razón poder decirlo con su melodiosa voz le llenaba de un extraño placer que ni si quiera ella lograba comprender. -¿Estás bien? Oh no, ya había empezado a aproximarse al militar, temerosa y lenta que seguía siendo parte de su forma de ser, pero al igual preocupada pues de lo ocurrido en el bar recordaba que alguien había empezado a golpearlo. Tenía una pequeña laguna mental, la verdad es que no había hecho por intentar recordar pero ahora que lo tenía frente a ella comenzaba a tener ligeros destellos de una mujer ensangrentada y del temor que le impidfió dormir por dos noches.

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Re: [Privado +18] Cuando la tormenta amaina [Kuroki]

Mensaje por Donovan Craig el Miér Ene 17, 2018 9:51 am

Su miraba oscilaba del suelo a los lados mientras saboreaba el rancio sabor que el cigarrillo dejaba en su boca, sosteniendo de la boca de la botella su cerveza con el brazo que colgaba vago en un suave balanceo. Él cerraba los ojos serenos, disfrutando del aire que topaba con él, sintiendo los distintos aromas que le traía. Y fue uno en particular el que le pidió abrirlos, un olor familiar y dulce.

Levantó la cabeza sosegado mientras su mirada se iba clavando en la alborotada melena rojiza que bailaba tenuemente con el viento en su dirección, como pidiendo acercarse a él cual imán. Ese rasgo de la pequeña que desde un principio le atrajo, que sin saberlo le recordaba a la brillante sangre recorrer el suelo amenazante. Si su heroína era el dolor y la sangre, ella era su traficante leal. Droga de la que no se podía despegar ni queriéndolo, quién querría alejar lo único capaz de hacerle sentir vivo. Si el drogadicto anhelaba su coca y alcohólico su brebaje, el psicópata codiciaba el sufrimiento ajeno.

Sus dorados orbes fueron moviéndose con marcada lentitud hasta llegar a la miel ensangrentada de los ojos de la sacerdotisa mientras ésta se le acercaba con pavor, pero se acercaba. Era como la mantis macho en celo, que a sabiendas de su futuro busca a la hembra y no huye al verla; pero aquí, los dos sexos se intercambiaron dejando que fuera la hembra quién acude a su verdugo.

Eso voz melodiosa no tardó en inundar el ambiente pronunciando el nombre del varón con un sutil tartamudeo, como si le costase poder pronunciar en voz alta al diablo mismo. Y es que la diferencia quizás no era mucha, podrían decirle que él era el señor del infierno sino fuese porque hasta el diablo es más benevolente que el exmilitar. No, a quién más se asemejaba era a la parca, diva de la muerte que nunca perdona una vida y se lleva hasta el último suspiro a su mundo oscuro y vacío.

La sacerdotisa estaba cada vez más cerca a pesar de que sus pasos vacilaban por el camino, pero ambos sabían que la trayectoria era recta y no se podía dar la vuelta, él no la dejaría regresar. Pobre caperucita roja que se interna cada vez más profundo en el solitario bosque del lobo feroz mientras él la espera en su mortal trampa, pues en este cuento no hay ningún valiente leñador. El lobo siempre acechaba y observaba a su deliciosa presa sin quitarle un solo ojo de encima, esperando el momento de echarse encima y clavar sus afiladas garras en su tierna carne.

Donovan la miraba sin decir palabra alguna hasta que la tuvo lo suficientemente cerca de sí, su instinto de depredador era astuto y paciente. Dejó caer el cigarro que aún estaba a la mitad, no se molestó en apagarlo siquiera, sólo tomó el último sorbo que quedaba en el culo de la botella y dejó ésta en el alféizar de una ventana cercana, la del portero de su propio edificio. No entendía la pregunta de la joven, no sabía que quería decir con eso. Sus estados de ánimos eran nulos y por consiguiente el estado propio le era siempre desconocido a no ser que enfermara; ahí si sabía contestar. Por otro lado, estaba acostumbrado al dolor y las heridas del combate aunque ello no le quitara la punzante sensación en el cuerpo, pero las lesiones le recordaban a su organismo que estaba aún vivo.

Miro a su alrededor, las marujas del barrio debían estar en casa o mirando tras uno de los ventanales para conseguir un nuevo chisme que contar, pero no le importaba ni buscaba eso, él se fijaba en el propio lugar en sí.

– ¿Qué haces aquí? – Su tono carente de emoción salió con brusquedad sin responder a su pregunta. Luego su mirada bajó a la bolsa que portaba en sus pequeñas manos. Era gracioso ver que la bolsa parecía ser más grande que ella, aunque Donovan sólo pensaba que siempre llevaba algo entre las manos. –Te llegan a dar una bolsa más grande y podrías entrar en ella. – Comentó sin más, aun mirando curioso.

Ahora que la tenía cerca, todos esos pensamientos que tenía desde que se levantó se fueron disipando para volver a su silencio habitual, no tenerla cerca le carcomía por dentro y, se acababa de dar cuenta de ello… Ya no la dejaría marchar. Si antes le obsesionaba tener un nuevo juguete, ahora era de su propiedad. El lobo hincó el diente y su mandíbula no aflojaría ni soltaría la presa.

El viento comenzó a soplar con algo más de fuerza, elevando con salvajes movimientos sus cabellos y vestimenta. El ambiente se volvía frío y amenazante. Donovan se abstrajo en su cabellera al igual que un recién nacido mirando por primera vez el rostro de su madre. El dulce aroma de la joven se colaba por los pulmones del exmilitar, un perfume adictivo que quería poder saborear más de cerca.

Sin mutar palabra abrió la puerta del portal y con rudeza la agarro firme del frágil brazo, si apretaba un poco más se lo partiría sin dudar. – Va a llover. – Comentó al tiempo que entraba arrastrándola consigo. No le preocupaba que ella se mojara o pasara frío, lo que quería era tenerla cerca y alimentarse de su felicidad hasta secarla por completo, una felicidad que él trasformaría en penas y sufrimiento. Y bajo la lluvia no disfrutaría igual.

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Re: [Privado +18] Cuando la tormenta amaina [Kuroki]

Mensaje por Kuroki el Vie Feb 09, 2018 1:27 am

Una pregunta sustituyendo a otra y Kuroki se quedaba con la duda en sus labios apretándolos tratando de no preguntar otra cosa. Lo único que pudo decir al final fue -Vine por unas diligencias y... Y su rostro se enrojeció cual niñata enamorada; no era precisamente el halago más perfecto que había recibido en toda su vida pero apreciaba el hecho de que le dijeran algo como éso. A saber si era porque Kuroki nunca había recibido halagos de otra índole que las típicas de "Es usted muy bondadosa", "Usted debería ser santa" y "Dios bendiga a la sacerdotiza Kuroki"; quizá era una de las razones por las que se sentía tan nerviosa y tan atraída a ése sanguinario militar. -... Ah, es que... Me dieron muchos cupcakes. Y su voz más temblorosa apenas logró llegar susurrante a los oídos de su verdugo.

Ésta vez tembló pero no de temor sino de frío pues casi como una obra macabra de un día perfectamente soleado pasaba a nublarse y mostrar claros indicios de una fuerte lluvia en cuanto sus vistas se cruzaron. Si hubiése pensado rápido o si se hubiése armado de valor habría huido de ahí; más sin embargo, ahora era sostenida estoicamente del brazo y sin oponer mucha resistencia casi a tropezones entró por la puerta del departamento de aquel hombre. a sus espaldas sólo escuchó el rechinido de la puerta y el click del seguro cerrándose. Una última vez se dio cuenta de que su pacto con el demonio se había consumado una vez más.

La vista de aquella vivienda era deplorable y desaliñada, todo lo contrario a como vivía la sacerdotiza. Podía ver mucho polvo y sábanas destendidas, un cenicero rebozante de colillas de cigarro y muchas botellas vacías por el suelo; el único sitio donde podía sentarse era o en aquel sofá desdeñido o en la cama mullida del militar... ¿Qué cosas pensaba? ¿Ir a la cama de ése hombre? No, no lo haría pues lo consideraría una falta de respeto. Y así con el corazón palpitándole a flor de piel dio unos pasos como inspeccionando el lugar y buscando la mejor parte del sofá para sentarse no sin antes dejar la bolsa de los cupcakes sobre la mesita de centro.

-Puedes comerlos si gustas... Y de la nada, se sintió en confianza para empezar a hablar; era curioso ya que estar con Donovan le provocaba sentir dos cosas: Miedo y soltura. Podía sentir la confianza absoluta de hablar y hablar pese a que el hombre casi nunca le regresaba la plática, pero al menos la escuchaba o eso creía, pero al mismo tiempo hablaba con tanto miedo que vivía espantada por decir algo inapropiado que despertara a la doncella de su locura; y así vivía temiendo por no ser devorada por su estupidez. -Y,yo ya comí unas cuantas así que no tengo hambre. Pausa, por fín se sentó y como una doncella colocó ambas manos sobre sus piernas descubiertas esperando cualquier cosa. Una vez más la mirada de la pequeña revisó todo el lugar, le parecía un poco entristecedor que el militar viviera en ésas condiciones pero no podía hacer nada para que éste cambiara sus forma de vivir, ¿o si?

Seguía inmersa en sus pensamientos cuando de repente el sonido de un maullido se coló por una ventana y a la vez un pequeño gato entraba por éste; a Kuroki le pareció curioso y a la vez tierno pues amaba a los animales.

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Re: [Privado +18] Cuando la tormenta amaina [Kuroki]

Mensaje por Donovan Craig el Miér Mar 21, 2018 1:35 pm

Entró en su estancia con paso seguro, conociendo cada tablón del suelo que pisaban sus pies. La puerta se cerró tras ellos con una suavidad desalentadora cual paloma mensajera que es abatida en su último viaje. Muchos podían ver una simple puerta cerrarse, otros, los más precavidos, veían la salida taponarse y el oscuro pasillo extenderse a sus pies en un interminable camino de brumas y pesares.

El militar no había comida cupcakes en su vida, y seguramente no le gustarían pues prefería los sabores amargos al dulzor, y sin embargo la dulce sacerdotisa se había vuelto el plato más suculento del menú. ¿Por qué conformarse con verlo sólo de lejos? ¿Por qué no probarlo? Pues porque así dejaba mejor sabor de boca, así la devoraba con más ansias y degustaba mejor su miedo. Ese terror que sabía el militar que recorría el cuerpo de la joven cada vez que sus ojos lo captaban, ese terror que sacaba el salado sudor de su piel en una fría caricia semejante al filo del hacha midiendo el cuello que cortará. Cada pequeño detalle, cada escalofrío, cada poro de su piel, cada pequeña cicatriz y moratón se grababa a fuego en la mente del demente. Insana obsesión tan fuerte como su locura, o más…

Acaba de comer, por lo que no cogió nada de la bolsa ni se acercó. Observaba los movimientos de la chica a la espera de ver que hacía o buscaba. Hasta que se sentó con delicadeza y cuidado que no se viera más de lo debido, era más femenina de lo que ella podía imaginarse. Entretanto, Donovan decidió moverse al fin para ir hasta la estancia en la que dormía y recoger algo que tenía cerca de la cama, algo con lo que por lo general siempre llevaba encima. Ese cuchillo militar serrado que tantos habían sentido en sus carnes y tanto sufrimiento había causado a quienes se habían cruzado en el camino espinoso del delirio del muchacho. Sin embargo, lo que agarró fue varios cuchillos más pequeños que el anterior, finos y ligeros. Guardó las armas en el lateral de su cintura y volvió tranquilo hasta el sofá. Quizás la chica debió aprovechar aquel tiempo para huir, agarrar el pomo de esa puerta que por momentos más lejos podría parecerle estar.

Al llegar, dejó caer su cuerpo, acomodándose con soltura y brusquedad. Frente a sí varias marcas en la pared reflejaban uno de sus pasatiempos que no tardó en ejecutar pues su mano agarró la empuñadura mientras lo volteaba hasta que sus dedos acariciaron el frío metal afilado para luego salir disparado y clavarse en la pared con un sonoro golpe seco. Se quedó observando como temblaba aún el pequeño objeto, comparándolo con su acompañante y viendo la sangre inexistente brotar de la pared en un elegante hilo rojo… *Clack* Nuevamente lanzó otro cuchillo que acabó más bajo que el primero, a una altura concreta, coincidía con la de la sacerdotisa. Su mano agarró el tercero, pero éste nunca fue arrojado…

Hoy, tenía una distracción mejor, hoy nadie se la quitaría. Su cuerpo se acercó peligrosamente al de Kuroki, sus brazos la acorralaban por los laterales, su pierna derecha amenazaba con ponerse entremedia de las de ella mientras que la izquierda sostenía parte del peso con la rodilla que descansaba sobre el sofá, pegada al muslo derecho de la joven. El afilado arma rozaba la palma de su mano, tan afilada que ello bastó para manchar de rojo la parte del respaldo en que esa mano se apoyaba. No obstante, él no parecía darse cuenta, su mirada estaba fija en la de ella, sus oídos sólo estaban atentos al latir del corazón contrario, el aroma de la joven inundaba sus pulmones y la lengua saboreaba la sequedad del ambiente impaciente por saborearla.

Esta vez no escaparía, esta vez no la salvarían… Esa puerta dejó de existir, el cielo rugía sin dejar que otros gritaran más fuerte que su orquesta y, pese a ello, el silencio era perturbador en aquella habitación. Sólo el susurro de la voz del diablo acabó sentenciando el destino de la dulce chica.

– Ella está hambrienta…

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Re: [Privado +18] Cuando la tormenta amaina [Kuroki]

Mensaje por Kuroki el Mar Jul 17, 2018 12:01 pm

Tranquila y parsimoniosa, así reflejaba cada acto de la pequeña sacerdotiza al encontrarse sentada en aquel mullido sofá; no hacía falta si quiera que se moviera para exhudar aquella tranquilidad y paz de su cuerpo. Seguía cabizbaja tratando de no hacer contacto visual o de lo contrario no podría apartar la mirada, jamás. -Ah, uhmm... Soltó un suspiro, necesitaba decir tantas cosas pero a la vez quería permanecer en un total y abrumador silencio; pero no podría, no lo haría porque estaba en ella hablar, siempre hacerlo aunque la situación no ameritara hacerlo.
Con un ligero temblor en las manos apretó parte de los holanes de su vestido estrujándolos hasta arrugarlos y luego de liberar la tensión pensó en estirar las manos para abrir la bolsa, empero su acto se detuvo cual impacto al sentir el acorralamiento del militar, rodeada con brazos y piernas... Su cuerpo reaccionó, volvió a la tensión y el sonrojo se agazapó sobre sus mejillas.

¿Qué hacer? ¿Dónde buscar una abertura cuando estás en una burbuja perfectamente sellada? Kuroki sólo permaneció en silencio, mirando cómo el peliverde clavaba una vez la daga sobre la pared, hasta ése momento no había notado aquello pero ahora podía ver las incontables marcas sobre el yeso maltratado, ¿cuántas veces habrá hecho éso? ¿cuántas noches en vela habrá estado lanzando dagas a la pared en busca de un consuelo para no salir y atacar al primer hijo de puta que se cruzara en su camino? ¿cuántas veces habría recreado la misma actividad pero en algo más que sólo yeso?

La pelirroja tembló al igual que ésa empuñadura como si fuera su copia y cuando ésta dejó de vibrar, ella también. Lo más extraño de todo éso es que, una parte de ella sentía una agradable sensación por la cercanía del ex militar, ¿por qué? ¿por qué tenía que sentirse de ésa manera? ¿no sería mejor que le dijera al hombre que acabara con todo ésto en vez de seguir a la expectativa? A saber, quizá nunca se lo preguntaría y si lo hiciera, seguramente jamás podría entender la respuesta de él ni la suya propia. El ambiente seguía tenso, demasiado; y los relámpagos de la tormenta no ayudaban tampoco para nada, en vez de parecer un resguardo de la lluvia más bien parecía escuchar que cada gota que golpeaba el suelo de la calle recitaba el réquiem de su existencia.

-¿Eh? Ah... Lo siento. ¿Disculparse, porqué? Ni ella entendía porqué lo había hecho, quizás porque no había abierto la bolsa de los cupcakes y porque, claramente no había escuchado la frase completa a causa de un trueno que cimbró hasta una ventana del departamento, tan sólo lo único que pudo escuchar fue "Hambrienta". -Un poco. Claramente no podía ponerse de pie, no con ésa pierna obstruyéndole el paso pero sí pudo estirarse hasta coger una orilla de la bolsa y jalarla haca sí. Suave y gentil, con la delicadeza de una dama jaló el listón de la bolsa y la abrió revelando el contenido de ésta donde tomó un pequeño cupcake no más grande que su mano y adornado con muchos confites. -Es... No es mucho, pero... ¿quieres probarlo? Era lo menos que podía hacer, de haberse encontrado en otra situación y quizás en otro universo donde Donovan no era el lobo y ella no era la oveja, habría preparado algo mejor para invitarle; pero ahí estaba ahora, sentada al lado de la muerte sosteniendo gentilmente el pastelillo en sus manos y ofreciéndolo como tributo.

-Yo no tuve oportunidad de probarlos aún, pero estoy segura de que son deliciosos.

Algunos confites se desprendieron y cayeron sobre su vestido y ella no tardó en recoger las bolitas con la punta de sus dedos e introducirlos a su boca saboreando el dulzor. Amaba los dulces, quizá porque le recordaban a sí misma.
-¿D,donovan? Ehh.... Yo... El nerviosismo volvía a apoderarse de ella, habían pasado tantas cosas y a la vez tan poco entre ellos; apenas lo había visto tres veces en su vida pero sólo eso había bastado para saber todo... O casi todo de él. -Y,yo quería agradecerte... Por salvarme en ésa noche y... Bueno, eh.... Lamento lo que pasó en... en el bar. ¿La mujer habría estado bien? ¿Los demás que estaban en ésa noche? ¿Qué habría pasado cuando ella se desmayó?

¿Por qué no simplemente trataba de escapar en vez de seguir buscando respuestas a preguntas que jamás comprendería?

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Re: [Privado +18] Cuando la tormenta amaina [Kuroki]

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